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Estudio del psicoanálisis y psicología

Los escritos técnicos de Freud contin.29



Los escritos técnicos de Freud contin.29

La palabra que emite el sujeto llega, sin que él lo sepa, más allá de sus límites en tanto
sujeto discursante, y a la vez permanece, sin duda alguna en el interior de sus límites en
tanto sujeto hablante. Si abandonan esta perspectiva surge de inmediato la objeción, que
me asombra no sea formulada más a menudo: ¿Por qué el discurso que usted detecta tras
el discurso de la equivocación no cae bajo la misma objeción que este último?
¿Si es un discurso al igual que el otro, por qué no está, él también, sumergido en el error?
En efecto, toda concepción de estilo junguiano, toda concepción que hace del
inconsciente, con el nombre de arquetipo, el lugar real de otro discurso, cae
categóricamente bajo esta objeción. arquetipos, esos símbolos sustantificados que residen
en la base del alma humana, por qué habrían de tener algo más verdadero que lo que
supuestamente está en la superficie? ¿Acaso es más verdadero lo que está en los sótanos
que lo que esta en el granero?
¿Qué quiere decir Freud cuando enuncia que el inconsciente no conoce la contradicción,
ni el tiempo? ¿Quiere decir acaso que el. inconsciente es una realidad verdaderamente
impensable? Ciertamente no, pues no hay realidad que sea impensable.
La realidad se define a partir de la contradicción. La realidad es lo que hace que cuando
estoy aquí, usted señorita, no puede ocupar el mismo lugar. No vemos por qué el
inconsciente escaparía a este tipo de contradicción. Lo que Freud quiere decir cuando
habla de la suspensión del principio de contradicción en el inconsciente, es que la palabra
verídica que supuestamente debemos detectar, no por observación sino por interpretación,
en el síntoma, el sueño, el lapsus, el Witz, obedece a leyes diferentes a las del discurso
sometido a la condición de desplazarse en el error hasta el momento del encuentro con la
contradicción. La palabra auténtica tiene otros modos, otros medios, que el discurso
corriente.
Es esto lo que debemos explorar rigurosamente si queremos realizar aunque no sea más
que un mínimo progreso en la reflexión acerca de lo que hacemos. Por supuesto, nada
nos obliga a hacerlo. Incluso sostengo que la mayoría de los seres humanos
habitualmente se dispensan de ello, y no por ello dejan de cumplir de modo satisfactorio
con sus obligaciones. Diré aún más: podemos hacer avanzar muchísimo más el discurso, e
incluso la dialéctica, prescindiendo totalmente del pensar. No obstante, todo progreso
capaz de constituir una revelación en el mundo simbólico implica, al menos por un breve
instante, un esfuerzo de pensamiento. Ahora bien, un análisis no es más que una serie de
revelaciones particulares para cada sujeto. Es pues verosímil que su actividad exija que el
analista se mantenga alerta respecto al sentido de lo que hace y que, de vez en cuando,
se deje un rato para pensar.
Estamos, pues, ante una pregunta: ¿Cuál es la estructura de esta palabra que está más
allá del discurso?
La novedad Freudiana, respecto a San Agustín, es la revelación en el fenómeno de esos
puntos vividos, subjetivos, donde emerge una palabra que sobrepasa al sujeto
discursante. Novedad tan cautivadora que difícilmente podemos creer que nadie la haya
percibido antes. Sin duda, era necesario que la mayoría de los hombres estuviesen
atrapados durante algún tiempo en un discurso sumamente perturbado, quizá desviado, y
en cierto sentido inhumano, alienante, para que esta palabra se manifestara con tal
acuidad, tal presencia, tal urgencia.
No lo olvidemos, ella surgió en la parte sufriente de los seres, y el descubrimiento
Freudiano asumió la forma de psicología mórbida, de psicopatología.
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Dejo, a fin de que reflexionen en ellas, todas estas consideraciones, porque quiero ahora
insistir en esto: sólo en el movimiento dialéctico de la palabra más allá del discurso
adquieren su sentido y se ordenan los términos que empleamos habitualmente, cual si
fuesen datos, sin pensar demasiado en ellos.
La Verdichtung demuestra ser tan sólo la polivalencia de los sentidos en el lenguaje, sus
superposiciones, sus entrecruzamientos, por los cuales el mundo de las cosas no está
recubierto por el mundo de los símbolos, sino que es retomado así: a cada símbolo
corresponden mil cosas, y a cada cosa mil símbolos.
La Verneinung muestra el aspecto negativo de esta no superposición, puesto que es
preciso hacer entrar a los objetos en los agujeros, y como los agujeros no corresponden,
son entonces los objetos los que sufren.
También el tercer registro, el de la Verdrängung, puede referirse al discurso. Ya que,
observen bien- obsérvenlo bien en la práctica, es una indicación, háganlo y verán- cada
vez que hay represión en el sentido estricto de la palabra- pues represión no es repetición
ni tampoco denegación- se produce siempre una interrupción del discurso. El sujeto dice
que le falta la palabra.
Me falta la palabra ¿en qué momento aparece en la literatura un giro semejante? Fue
Saint-Amand quien lo pronunció por primera vez; no lo escribió sino que lo dijo un día, así
porque sí, en la calle. Forma parte de las innovaciones introducidas en la lengua por los
preciosistas. Somaize la señala en su Dicciónario de las preciosas, entre otras mil formas,
hoy ya corrientes, pero que en su momento fueron agudezas que creó en sus saloncitos
esa amable sociedad consagrada al perfecciónamiento del lenguaje. Ven como existe una
relación entre la carte du Tendre y la psicología psicoanalítica. Me falta la palabra, nunca
se hubiera dicho tal cosa en el siglo XVI.
Conocen el famoso ejemplo de la palabra que le faltaba a Freud: el nombre propio del
pintor de los frescos de Orvieto, Signorelli. ¿Por qué le faltaba esta palabra? Por qué si no
porque la conversación precedente no había llegado a su término; término que habría sido
el Herr, el amo absoluto, la muerte. Después de todo, existen quizá límites internos a lo
que se puede decir, como lo anuncia Mefistófeles, a menudo citado por Freud: Dios no
puede enseñar a sus muchachos todo lo que Dios sabe. Esto es la represión.
Cada vez que el maestro se detiene en la vía de su enseñanza por razones que dependen
de la naturaleza de su interlocutor, hay ya represión. Y yo, que les enseño cosas ilustradas
mediante imagenes, destinadas a volver a colocar las ideas en su lugar, yo también
gEnero represión aunque un poco menos que la que se genera habitualmente, la cual es
del orden de la denegación.
Vean el primer sueño que Freud presenta en el capítulo sobre la condensación, el de la
monografía botánica, ya resumido en el capítulo sobre el material y las fuentes del sueño.
Es una maravillosa demostración de todo lo que estoy aquí contando. Sin duda, cuando se
trata de sus propios sueños, Freud nunca nos dice el fondo del asunto, pero no tenemos
dificultad alguna para adivinarlo.
Freud, entonces, vio durante el día una monografía sobre los ciclámenes, las flores
preferidas de su mujer. Freud no ignora, cuando dice que muchos maridos- y también élofrecen
con menor frecuencia que la debida flores a su mujer, lo que esto significa. Freud
evoca su conversación con el oculista Köningstein quien operó a su padre, anestesiado
con cocaína. Ahora bien, conocen la famosa historia de la cocaína: Freud nunca perdonó a
su mujer que le hiciera acudir urgentemente a su lado; de no haberlo hecho- decía- habría
avanzado más en su descubrimiento; y se habría convertido en un hombre célebre.
También está en las asociaciones del sueño la enferma que responde al bello nombre de
Flora y en cierto momento aparece el Sr. Gärtner -que en alemán quiere decir jardineroacompañado,
como por casualidad, de su mujer, a la que Freud encuentra bluming,
floreciente.
Todo allí está en la penumbra. Freud, que no quiere romper con su mujer disimula el hecho
de que no le trae a menudo flores, y disimula también esa reivindicación, esa amargura
permanente que es la suya en el momento en que espera su nombramiento como profesor
extraordinario. La lucha que lleva a cabo a fin de que le reconozcan está allí subyacente
en los diálogos con sus colegas que evoca. Todo esto también está acentuado por el
hecho de que, en el sueño, el Sr. Gärtner lo interrumpe. Se comprende también por qué
estos dos restos diurnos, la conversación con el oculista, y la visión de la monografía,
alimentan este sueño. Ellos fueron los puntos fonemáticos vividos, si así puedo decirlo, a
partir de los cuales se puso en funcionamiento la palabra que se expresa en el sueño.
¿Quieren que la formule? Es, para decirlo crudamente: Ya no amo a mi mujer. O también
lo que a propósito de sus fantasías y gustos por el lujo evoca: Soy desconocido por la
sociedad, y frenado en mis ambiciones.
Pienso en uno de nuestros colegas que, en una conferencia sobre Freud decía: Era un
hombre sin ambiciones y necesidades. Es ésta una evidente falsedad, basta leer la vida de
Freud y conocer la brutalidad de sus respuestas a quienes se acercaban a él, idealistas,
con el corazón en la mano, y le interrogaban acerca de sus intereses, de los suyos, los de
Freud, en la existencia. Quince años después de la muerte de Freud no deberíamos en
modo alguno caer en la hagiografía. Felizmente nos queda en su obra algo que testimonia
un poco acerca de su personalidad.
Volvamos a este famoso sueño. Si hay sueño es porque hay represión, ¿verdad?
Entonces, ¿qué es lo que aquí estaba reprimido? ¿Acaso no los preparé para que
pudiesen reconocer, en el texto mismo de Freud, que cierto deseo fue suspendido durante
ese día, y que cierta palabra no fue pronunciada, no podía ser pronunciada, palabra que
llegaba al fondo de la confesión, al fondo del ser?
Dejaré hoy aquí la pregunta: ¿en el estado actual de las relaciones entre los seres
humanos, puede una palabra hablada fuera de la situación analítica ser una palabra
plena? La interrupción es la ley de la conversación. El discurso cotidiano tropieza siempre
con el desconocimiento, que es el resorte de la Verneinung.
Si leen la Traumdeutung guiándose con lo que les enseño, verán hasta qué punto los
conceptos se vuelven más claros, incluso el sentido- que a veces parece ambigüo- que
Freud dio a la palabra deseo.
Freud concede, lo cual puede parecer una sorprendente denegación, que es preciso
admitir dos clases de sueños; los sueños de deseo y los sueños-castigo. Pero si
comprendemos de qué se trata, nos damos cuenta que el deseo reprimido que se
manifiesta en el sueño se identifica con ese registro en el cual estoy intentando hacerlos
penetrar: es el ser que espera revelarse.
Esta perspectiva confiere su pleno valor al término deseo en la obra de Freud. Unifica el
campo del sueño, permite comprender los sueños paradójicos, como el sueño del joven
poeta cuya juventud es tan difícil, que indefinidamente sueña lo mismo: es un
empleaducho de sastrería. Este sueño no presentifica tanto un castigo como una
revelación del ser. Marca uno de los pasos de la identificación del ser, el pasaje del ser a
una nueva etapa, a una nueva encarnación simbólica de sí mismo. A ello se debe el valor
de todo lo que es del orden de la accesión, del concurso, del examen, de la habilitación:
valor no de prueba, ni de test, sino de investidura.
Por si acaso, he puesto en la pizarra este pequeño diamante que es un diedro de seis
caras.
Supongamos iguales todas sus caras, algunas están arriba y otras abajo respecto a un
plano. Por más que todas sus caras sean iguales no es un poliedro regular.
Concibamos que el plano medio, el plano donde se sitúa el triángulo que divide en dos a
esta pirámide, representa la superficie de lo real, de lo real en su simplicidad. Nada de lo
que está aquí puede franquearlo, los lugares están ocupados. Pero todo ha cambiado en
el otro piso. Porque las palabras, los símbolos introducen un agujero, un hueco, gracias al
cual todo tipo de pasajes son posibles. Las cosas se vuelven intercambiables.
Ese agujero en lo real se llama, según el modo de abordarlo, el ser o la nada. Ese ser y
esa nada están vinculados esencialmente al fenómeno de la palabra. La tripartición de lo
simbólico, lo imaginario y lo real- categorías elementales sin las cuales nada podemos
distinguir en nuestra experiencia- se sitúa en la dimensión del ser.
Sin duda, no gratuitamente, son tres. Debe allí existir una ley mínima que la geometría no
hace sino encarnar: a saber, que si desprenden en el plano de lo real una aleta que se
introduce en una tercera dimensión, ustedes no podrán hacer nada sólido sin, por lo
menos, otras dos aletas.
Este esquema presentifica lo siguiente: sólo en la dimensión del ser, y no en la de lo real,
pueden inscribirse las tres pasiones fundamentales: en la unión entre lo simbólico y lo
imaginario, esa ruptura, esa arista que se llama el amor; en la unión entre lo imaginario y lo
real, el odio; en la unión entre lo real y lo simbólico, la ignorancia.
Sabemos que la dimensión de la transferencia existe de entrada, en forma implícita, antes
del comienzo mismo del análisis, antes que ese concubinato que es el análisis la
desencadene. Ahora bien, estas dos posibilidades, amor y odio, están siempre
acompañadas por una tercera, que generalmente se descuida, y que no se cuenta entre
los componentes primarios de la transferencia: la ignorancia como pasión. Sin embargo, el
sujeto que viene a analizarse se coloca, como tal, en la posición de quien ignora. Sin esta
referencia no hay entrada posible al análisis: nunca se la nombra, nunca se piensa en ella,
cuando en realidad es fundamental.
La pirámide superior, que corresponde a la elaboración de la Verdrängung, la Verdichtung
y la Verneinung, se edifica a medida que progresa la palabra. Y el ser se realiza.
Al comienzo del análisis, como al comienzo de toda dialéctica, ese ser existe
implícitamente, de modo virtual, no está realizado. Para el inocente, para quien nunca
penetró en dialéctica alguna y sencillamente se cree en lo real, el ser no tiene ninguna
presencia. La palabra incluida en el discurso se revela gracias a la ley de la asociación
libre que lo pone en duda, entre paréntesis, suspendiendo la ley de no-contradicción. Esta
revelación de la palabra es la realización del ser.
El análisis no es esa reconstitución de la imagen narcisista a la cual, frecuentemente, se lo
reduce. ¿Si el análisis sólo fuese poner a prueba ciertos comportamientos, más o menos
bien captados, más o menos proyectados astuciosamente, gracias a la colaboración de
dos yo, si nos limitásemos a acechar el surgimiento de no sé qué realidad inefable, por qué
esa realidad habría de tener algo privilegiado respecto a las otras? En mi esquema, el
punto O está en algún sitio por detrás y, a medida que su palabra lo simboliza, se realiza
en su ser.
Por hoy terminaremos aquí.
Ruego insistentemente a quienes este discurso haya interesado, incluso trabajado, que la
próxima vez me formulen preguntas- no demasiado largas puesto que sólo nos queda un
seminario- en torno a las que intentaré ordenar la conclusión, si es que puede hablarse de
conclusión. Nos servirá como nudo para emprender el año próximo un nuevo capítulo.
Pienso, cada vez más, que el año próximo deberé dividir este seminario en dos si quiero,
por una parte, explicarles el presidente Schreber y el mundo simbólico en la psicosis y, por
otra, mostrar a partir de das Ich und das Es, que ego, superego y Es no son nuevos
nombres para viejas entidades psicológicas. Espero hacerles ver así que el estructuralismo
introducido por Freud adquiere su verdadero sentido en el movimiento de la dialéctica por
donde los conduje este año.
El concepto del análisis
7 de Julio de 1954
Lo intelectual y lo afectivo. El amor y el odio en lo imaginario y en lo simbólico. Ignorantia
Docta. La investidura simbólica. El discurso como trabajo. El obsesivo y su amo.
¿Alguien quiere preguntar algo?
SRA. AUBRY: Comprendo que en la conjunción entre lo imaginario y lo real se encuentre
el odio, a condición de entender conjunción en el sentido de ruptura. Que el amor se
encuentre en la conjunción entre lo simbólico y lo imaginario es lo que no comprendo bien.
Su pregunta me agrada mucho. Quizá me permitirá dar a nuestro último encuentro del año
el clima que prefiero, familiar más que magistral.
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Leclaire, usted seguramente tiene también algo que preguntar. La última vez, después del
seminario, me dijo algo que se parecía mucho a una pregunta: Me hubiese gustado que
hablase de la transferencia a pesar de todo.
Son ustedes duros, a pesar de todo: sólo les hablo de ella, y no están satisfechos. Existen
razones profundas que explican que siempre queden insatisfechos respecto al tema de la
transferencia. No obstante, hoy intentaremos tratarlo nuevamente.
Si quisiera expresar los tres tiempos de la estructuración de la palabra en la búsqueda de
la verdad tomando como modelo uno de esos cuadros alegóricos que florecían en la
época romántica tales como la virtud persiguiendo al crimen, ayudada por el
remordim iento, diría: El error huyendo del engaño y alcanzado por la equivocación. Espero
que perciban que esto pinta la transferencia tal como intento hacérsela captar en esos
momentos de suspensión que conoce la confesión de la palabra.
DR. LECLAIRE: Sí.
¿En suma, qué es lo que le deja insatisfecho? ¿Tal vez la articulación de lo que expongo
con la concepción habitual de la transferencia ?
DR. LECLAIRE: Cuando examinamos lo que se ha escrito sobre la transferencia, tenemos
la impresión de que el fenómeno de la transferencia entra en la categoría de las
manifestaciones de orden afectivo, de las emociones; en oposición a otras
manifestaciones de orden intelectual, como, por ejemplo, los procedimientos que apuntan
a la comprensión. Por lo tanto, siempre resulta incómodo intentar dar cuenta, en términos
corrientes y habituales, de su perspectiva acerca de la transferencia. Las definiciones de
transferencia hablan siempre de emoción, de sentimiento de fenómeno afectivo; esto se
opone categóricamente a todo lo que en un análisis puede llamarse intelectual.
Si... Vea, existen dos modos de aplicación de una disciplina que se estructura a través de
una enseñanza. Está lo que usted oye, y luego lo que usted hace con lo que oye. Estos
dos planos no se recubren, pero pueden coincidir en ciertos signos secundarios. Veo
desde este ángulo lo que puede tener de fecundo toda acción verdaderamente didáctica.
Transmitir conceptos no es tanto lo que está aquí en juego sino explicárselos, pasándoles
en consecuencia el relevo y la carga de cumplir con ellos. Pero hay algo aún más
imperativo: señalarles los conceptos de los que nunca hay que servirse.
Si hay algo de este orden en lo que aquí enseño es lo siguiente: les ruego a cada uno de
ustedes que, en el interior de su propia investigación de la verdad, renuncien radicalmenteaunque
sólo fuese a título provisional para ver qué se gana dejándola de lado- a utilizar
una oposición como la de afectivo e intelectual.
No deja de ser tentador adherir a esta consigna durante cierto tiempo, ya que es evidente
que al utilizar esta oposición sólo se desemboca en una serie de callejones sin salida. Esta
oposición es de las más contrarias a la experiencia analítica, y de las que más oscurecen
su comprensión.
Me piden que rinda cuentas de lo que enseño, y de las objeciones que esta enseñanza
puede encontrar. Les enseño el sentido y la función de la acción de la palabra, en tanto
ella es el elemento de la interpretación. Ella es el médium fundador de la relación
intersubjetiva y retroactivamente modifica a ambos sujetos. Es la palabra la que,
literalmente, crea lo que los instaura en esa dimensión del ser que intento hacerles
percibir.
No se trata aquí de una dimensión intelectual. Si en algún sitio se sitúa lo intelectual, es a
nivel de los fenómenos del ego, en la proyección imaginaria del ego, pseudoneutralizada -
pseudo en el sentido de mentira- que el análisis denunció como fenómeno de defensa y
resistencia.
Podremos avanzar mucho si me siguen. La cuestión no es saber hasta dónde se puede
llegar, la cuestión es saber si alguien nos seguirá. En efecto, éste es un elemento
discriminativo de lo que se puede llamar la realidad. Con el pasar del tiempo, a través de la
historia humana, asistimos a progresos que sería erróneo considerar progresos de las
circunvoluciones. Son progresos del orden simbólico. Vean la historia de una ciencia como
las matemáticas. Durante siglos se estancó en torno a problemas que ahora son evidentes
para niños de diez años. Y, sin embargo, alrededor de ellos se movilizaban cerebros
potentes. Hemos estado parados diez siglos de más ante la ecuación de segundo grado.
Los griegos hubieran podido encontrarla ya que encontraron cosas más difíciles en los
problemas de máximo y mínimo. El progreso matemático no es el progreso de la potencia
del pensamiento del ser humano. A partir del momento en que un señor inventa un signo
así (simb. raíz cuadrada) o así, (simb. integral de:), se produce entonces algo bueno. Así
son las matemáticas.