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Estudio del psicoanálisis y psicología

Los escritos técnicos de Freud contin.5



Los escritos técnicos de Freud contin.5

Ni siquiera se trata de una represión, en el sentido de un elemento que se habría realizado
en cierto plano y que sería luego repelido. La represión dice Freud-página 111-es otra
cosa: Eine Verdrängung ist etwas anderes als cine Verwerfung. En la traducción francesa,
llevada a cabo por personas cuya intimidad con Freud habría debido tal vez inspirarlas
mejor —pero sin duda no basta haber sido portadora de la reliquia de una personalidad
eminente para estar autorizada a convertirse en su guardiana— se traduce: una represión
es algo distinto a un juicio que rechaza y elige. ¿Por qué traducir así Verwerfung? De
acuerdo, es difícil, sin embargo, la lengua francesa...
SR. HYPPOLITE: ¿Rechazo?
Sí, rechazo. También a veces negativa. ¿Por qué introducir súbitamente allí un juicio, en
un nivel en el que no hay huella alguna de Urteil? Hay Verwerfung(14). Tres páginas más
adelante, luego de elaborar las consecuencias de esta estructura, Freud concluye
diciendo: Kein Urteil über seine... Es la primera vez que Urteil aparece en el texto para
cerrar un párrafo. Sin embargo, aquí no hay juicio alguno. No se ha emitido juicio alguno
acerca de la existencia del problema de la castración; Aber etwas so, pero las cosas están
ahí, als ob sic nicht, como si no existieran.
Esta importante articulación nos indica que, en el origen, para que la represión sea posible,
es preciso que exista un más allá de la represión, algo último, ya constituido
primitivamente, un primer nódulo de lo reprimido, que no sólo no se reconoce, sino que,
por no formularse, literalmente es como si no existiese; sigo aquí a Freud. Sin embargo, en
cierto sentido, se halla en alguna parte puesto que —Freud nos lo dice constantemente—
es el centro de atracción que atrae hacia sí todas las represiones ulteriores.
Diré que es la esencia misma del descubrimiento Freudiano.
No es necesario recurrir, a fin de cuentas, a una predisposición innata para explicar cómo
se produce una represión de tal o cual tipo, histérica u obsesiva. Freud a veces lo admite
como marco general de referencia, pero nunca como principio. Lean Bemerkungen über
Neurosen, el segundo artículo de 1896 sobre las neurosis de defensa. ver nota(15)
Las formas que adquiere la represión son atraídas por este primer nódulo, que Freud
atribuye, en esa época, a determinada experiencia a la que llama experiencia originaria del
trauma. Retomemos el problema de la significación de la noción de trauma, noción que
debió relativizarse; retengan por el momento que el nódulo primitivo está en un nivel
distinto al de los avatares de la represión. Constituye su fondo y su soporte.
En la estructura de lo que le ocurre al hombre de los lobos, lo Verwerfund de la realización
de la experiencia genital es un momento muy especial, que Freud mismo distingue de
todos los demás. Cosa singular, lo que se ha excluido de la historia del sujeto, lo que éste
es incapaz de decir, necesitó del forzamiento de Freud para hacerse accesible. Sólo
entonces, la experiencia repetida del sueño infantil adquirió su sentido, y permitió, no la
reviviscencia, sino la reconstrucción directa de la historia del sujeto.
Interrumpo por un momento el tema del Hombre de los lobos para abordar por otra punta
el asunto. Tomemos la Traumdeutung, el capítulo séptimo, consagrado a los procesos
oníricos, Traumvorgänge. Freud comienza resumiendo las consecuencias que se
desprenden de lo que ha elaborado a lo largo de su libro.
La quinta parte del capítulo comienza con esta magnífica frase: Resulta sumamente difícil
proporcionara través de la descripción de una sucesión..—-pues Freud vuelve una vez
más a todo lo que ya ha explicado sobre el sueño—...la simultaneidad de un proceso
complicado, y al mismo tiempo intentar abordar sin prejuicio cada nueva exposición.ver
nota(16)
Esta frase subraya bien las dificultades que yo también encuentro aquí al reconsiderar
este problema siempre presente en nuestra experiencia, ya que es preciso, de diversas
formas, llegar a recrearlo, cada vez, desde un nuevo ángulo. Freud nos explica que hay
que volver a hacerse el ingenuo cada vez.
Hay en este capítulo un progreso que nos permite palpar algo verdaderamente singular.
Freud enumera todas las objeciones que pueden formularse acerca de la validez del
recuerdo del sueño. ¿Qué es el sueño? ¿Es acaso exacta la reconstitución que hace el
sujeto? ¿Qué garantías tenemos de que no se mezcle en ella una verbalización ulterior?
¿No es acaso todo sueño algo instantáneo a lo cual la palabra del sujeto confiere una
historia? Freud rechaza estas objeciones y muestra que carecen de fundamento. Lo
muestra subrayando el hecho singular de que cuando más incierto es el texto que nos
brinda el sujeto, más significativo es. Freud que está escuchando el sueño, esperándolo
para revelar su sentido, reconoce justamente lo importante en la duda misma que formula
el sujeto ante ciertos fragmentos de su sueño. Debemos estar seguros porque el sujeto
duda.
Sin embargo, a medida que avanza el capítulo, el procedimiento se reduce a tal punto que,
finalmente, el sueño completamente olvidado, aquel sobre el cual el sujeto nada podría
decir sería el sueño más significativo. Es casi exactamente lo que escribe Freud: A
menudo se puede volver a encontrar a través del análisis lo que el olvido ha perdido; en
toda una serie de casos, al menos, algunos restos permiten volver a encontrar, no el sueño
mismo, lo cual es accesorio, sino los pensamientos que están en su base. Algunos restos:
es esto justamente lo que les digo, nada más queda del sueño.
¿Qué más le interesa a Freud? Llegamos aquí a los pensamientos que están en su base.
El término pensamiento es difícil de manejar para los que han estudiado psicología. Y,
como hemos aprendido psicología, estos pensamientos son para nosotros todo lo que
incesantemente ronda nuestra cabeza, tal como ocurre en las personas acostumbradas a
pensar...
Pero quizá sobre los pensamientos que están en su base, la Traumdeutung toda nos
esclarece suficientemente como para darnos cuenta que ellos no son lo que se cree
cuando se estudia la fenomenología del pensamiento, el pensamiento con o sin imagenes,
etc. No es lo que corrientemente llamamos el pensamiento, pues se trata siempre de un
deseo.
Dios sabe hasta qué punto en el curso de nuestra investigación hemos aprendido a
percibir que este deseo circula así como circula la sortija —apareciendo y
desapareciendo— en un juego de manos(17). A fin de cuentas aún no sabemos si lo
hemos de situar del lado del inconsciente o del lado de lo consciente. Por otra parte,
¿deseo de quién? y sobre todo, ¿deseo de qué falta?
Freud ilustra, en una breve nota de las Lecciónes introductorias al psicoanálisis, con un
ejemplo, lo que quiere decir.
Una paciente, escéptica, y a la vez muy interesada en Freud, le cuenta un sueño bastante
largo en el curso del cual varias personas le hablan del libro sobre el Witz , elogiándolo.
Todo esto no parece aportar nada. Luego cambia de tema, y todo lo que queda del sueño
es: canal. Quizás en otro libro figure esa palabra, algo vinculado a canal..., no sabe, no
entiende bien.
Sólo queda entonces canal, y no se sabe con qué se relacióna, de dónde viene, o adónde
va. Justamente, dice Freud, esto es lo más interesante, porque no es más que un pequeño
resto rodeado de un halo de incertidumbre.
¿Cuál es el resultado? AI día siguiente, no el mismo día, la paciente cuenta que se le
ocurrió una idea que se relacióna con canal. Se trata precisamente de una agudeza. Una
travesía de Dover a Calais, un inglés y un francés. En el curso de la conversación, el inglés
cita la conocida frase: De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso. Y el francés,
gentil, responde: Sí, el Paso de Calais, lo cual es especialmente amable hacia el
interlocutor. Pero el Paso de Calais es el Canal de la Mancha. Volvemos entonces a
encontrar el canal, ¿y al mismo tiempo qué otra cosa? Presten atención, pues esto cumple
la misma función que el surgimiento de la presencia en el momento de la resistencia. La
enferma, escéptica, discutió antes largamente el mérito de la teoría de Freud sobre la
agudeza. Luego de la discusión, en el momento en que su discurso vacila y no sabe ya
qué camino tomar, aparece exactamente el mismo fenómeno —la resistencia tiene
presentación transferencial—como decía el otro día Mannoni; expresión que me pareció
muy acertada pues hablaba como partero.
De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso; éste es el punto donde el sueño se
engancha al oyente, pues esto es para Freud.
Así, canal no era gran cosa, pero es indiscutible después de las asociaciones.
Quisiera presentar otros ejemplos.
Dios sabe hasta qué punto Freud es cuidadoso cuando agrupa hechos, y no es casual que
en ciertos capítulos se reúnan cosas diferentes. En el sueño, en el momento en que éste
asume cierta orientación, ocurren fenómenos que son de orden lingüístico particularmente.
El sujeto con toda conciencia comete un error de lenguaje. El sujeto en el sueño sabe que
se trata de un error de lenguaje pues aparece allí un personaje para corregirle. En un
punto crítico, hay entonces una adaptación que se realiza mal, cuya función se desdobla
ante nuestros ojos. Pero dejemos esto de lado por ahora.
Tomemos también —lo elegí un poco al azar esta mañana— ese ejemplo célebre que
Freud publicó ya en 1898 en su primer capítulo de la Psicopatología de la vida cotidiana.
Freud se refiere, a propósito del olvido de nombres, a la dificultad que, un día en una
conversación con un interlocutor en el curso de un viaje, tuvo para recordar el nombre del
autor del célebre fresco de la catedral de Orvieto, grandiosa composición que representa
los acontecimientos esperados para el fin del mundo y centrada en torno a la aparición del
Anticristo. El autor de dicho fresco es Signorelli, y Freud no consigue encontrar su nombre.
Otros nombres acuden a su mente —es éste, no es éste— Botticelli, Boltraffio..., no
consigue encontrar Signorelli.
Lo consigue finalmente gracias a la aplicación de un procedimiento analítico. Pues este
pequeño fenómeno no surge de la nada, está inserto en el texto de una conversación. Iban
en ese momento de Ragusa hacia el interior de Dalmacia y se encontraban casi en la
frontera del imperio austríaco, en Bosnia Herzegovina. La palabra Bosnia se convierte en
pretexto para la narración de varias anécdotas, y lo mismo sucede con Herzegovina.
Surgen luego en la conversación alguno comentarios acerca de una tendencia
particularmente simpática de la clientela musulmana, que es, desde una cierta perspectiva,
primitiva, y que muestra en este punto una extraordinaria decencia. Cuando él médico
anuncia una mala noticia, que la enfermedad es incurable —el interlocutor de Freud
parece ser un médico que practica en la región— esta gente manifiesta cierto sentimiento
de hostilidad hacia él. Enseguida le dicen: Herr, si había algo qué hacer seguramente
usted habría sido capaz de hacerlo. Están frente a un hecho que es preciso aceptar, a ello
se debe su actitud cortés, controlada, respetuosa hacia el médico a quien llaman, en
alemán, Herr. Es éste el telón de fondo sobre el cual parece establecerse la continuación
de la conversación, puntuada por el olvido significativo que plantea un problema a Freud.
Freud señala que seguía con agrado la conversación pero que, a partir de cierto momento,
su atención se dirigió a otra cosa; mientras hablaba pensaba en otra cosa hacia la cual
esta anécdota médica lo conducía.
Por un lado, evocaba el alto valor que confieren los pacientes, en particular los islámicos, a
todo lo que se refiere a las funciones sexuales. Un paciente que lo había consultado por
trastornos de su potencia sexual le había dicho literalmente: cuando eso ya no es posible
la vida no vale la pena ser vivida. Por otra parte, recordó que había recibido, en uno de los
sitios que había visitado, la noticia de la muerte de uno de sus pacientes al que había
tratado durante mucho tiempo, noticia que no deja de producir —dice Freud—cierta
conmoción. No había querido expresar sus ideas respecto a la valorización de los
procesos sexuales porque no estaba muy seguro de su interlocutor. Además, adrede no
había detenido su pensamiento en el tema de la muerte de dicho enfermo. Pero pensando
en todo esto había dejado de prestar atención a lo que estaba diciendo.
Freud presenta en su texto un pequeño esquema muy bonito —consulten la edición de
Imago— donde escribe todos los nombres: Botticelli, Boltraffio, Herzegovina, Signorelli, y
debajo de ellos los pensamientos reprimidos, el sonido Herr y la pregunta. Lo que ha
quedado es el resultado. La palabra Signor fue atraída por el Herr de estos musulmanes
tan corteses, Traffio por el hecho de que allí había recibido el shock de la mala noticia
relativa a su paciente. Lo que Freud pudo encontrar, en el momento en que su discurso
buscaba al autor del fresco de Orvieto, es lo que quedaba disponible, luego que cierta
cantidad de elementos radicales fueran atraídos por lo que él denomina lo reprimido; es
decir, las ideas en torno a las historias sexuales de los musulmanes, y el tema de la
muerte.
¿Qué significa esto? Lo reprimido no estaba tan reprimido; pues si bien Freud no habló de
ello a su compañero de viaje, nos lo entrega enseguida en el texto. Pero sucede como si
estas palabras —bien puede hablarse de palabras aunque tales vocablos sólo sean partes
de palabras, ya que tienen vida de palabras individuales— fuesen la parte del discurso que
Freud debía verdaderamente dirigir a su interlocutor. No la ha dicho, aunque haya
comenzado a hacerlo. Era eso lo que le interesaba, era eso lo que estaba a punto de
decir, pero por no haberlo dicho, a renglón seguido en su conexión con su interlocutor sólo
quedaron desechos, pedazos, desprendimientos de esta palabra.
¿No ven ustedes allí hasta qué punto este fenómeno, que se produce a nivel de la
realidad, es complementario de lo que sucede a nivel del sueño? Asistimos aquí a la
emergencia de una palabra verdadera.
Sabe Dios cuán lejos puede resonar esta palabra verdadera. Qué es lo que está aquí en
juego sino lo absoluto de !a muerte que está allí presente con la cual Freud nos dice
prefirió, y no simplemente a causa de su interlocutor, no enfrentarse demasiado. Dios sabe
también que el problema de la muerte es vivido por el médico como un problema de
dominio. Ahora bien, en este caso el médico —Freud— como el otro, perdió, es siempre
así como vivimos la pérdida del enfermo, sobre todo cuando lo hemos tratado durante
mucho tiempo.
¿Qué es por lo tanto lo que decapita a Signorelli? En efecto, todo se concentra en torno a
la primera parte de este nombre, y de su repercusión semántica. En la medida en que
Freud no pronuncia la palabra, la que puede revelar el secreto más profundo de su ser,
sólo puede quedar enganchado al otro a través de los desprendimientos de esta palabra.
No quedan sino los desechos. El fenómeno del olvido es manifestado allí literalmente por
la degradación de la palabra en su relación con el otro.
He aquí entonces adonde quería yo llegar a través de estos ejemplos: en la medida en que
el reconocimiento del ser no culmina, la palabra fluye enteramente hacia la vertiente a
través de la cual se engancha al otro.
No es ajeno a la esencia de la palabra, si se me permite la expresión, engancharse al otro.
La palabra es sin duda mediación, mediación entre el sujeto y el otro, e implica la
realización del otro en la mediación misma. Un elemento esencial de la realización del otro
es que la palabra puede unirnos a él. Es esto sobre todo lo que les he enseñado hasta
ahora, ya que es ésta la dimensión en la que nos desplazamos constantemente.
Pero existe otra faceta de la palabra que es revelación.
Revelación, y no expresión: el inconsciente sólo se expresa mediante una deformación,
Entstellung, distorsión, transposición.