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Estudio del psicoanálisis y psicología

Melanie Klein: dos fuentes de ansiedad



Melanie Klein señala que al comienzo de la vida hay dos fuentes de ansiedad:

la interna estaría dada por el Instinto de Muerte que fundamenta el temor a la aniquilación y la externa, que estaría dada por la experiencia al nacer en forma de la primera castración y sería la base de las angustias posteriores.
La primera relación objetal que realiza el niño es la alimentación y se realiza con el pezón de la madre, tanto para los instintos de vida como para los de muerte, impulsos que estarían en equilibrio cuando el bebé está libre de hambre y tensión interna. El equilibrio se puede perturbar tanto por pulsiones internas como por elementos del medio, desencadenando la Avidez.
Cualquier aumento de la avidez fortalece la sensación de frustración y paralelamente aumenta la intensidad de la agresión, lo que simultáneamente incrementa la ansiedad persecutoria y esta aumenta, a su vez, la Avidez, formando un círculo cerrado. Por otro lado, a medida que aumenta la gratificación, disminuye la envidia, la disminución de la envidia permite mayor gratificación y esto a su vez, estimula la disminución de la envidia.

Plantea Melanie Klein que la base constitucional de la intensidad de la Avidez es provocada por la fuerza de los impulsos destructores en su interacción con los impulsos libidinosos. En algunos casos, la ansiedad persecutoria incrementa la avidez y en otros, produce tempranas inhibiciones de la alimentación.
Las experiencias que tiene el niño de ser alimentado y de ser frustrado constituyen internamente las imágenes de dos pechos: un pecho vinculado con la frustración, el malo, y un pecho vinculado con la satisfacción, el bueno. Esta división se produce por la inmadurez del Yo, la falta de integración del Yo y el proceso de división del objeto. A las experiencias de frustración y satisfacción se suman los procesos de introyección y proyección, que contribuyen a hacer más ambivalente la relación objetal, de este modo quedan estructurados los prototipos que forman el núcleo del Superyo.
El Yo inmaduro del bebé está expuesto desde el nacimiento a la ansiedad provocada por la innata polaridad de los instintos y cuando se ve enfrentado con la ansiedad que le produce el Instinto de Muerte, el Yo lo deflexiona. Así, la gratificación no sólo satisface la necesidad de bienestar, amor y nutrición; también se la necesita para mantener a raya la aterradora persecución.
De la proyección original del instinto de muerte surge otro Mecanismo de Defensa, la identificación proyectiva, en la que se escinden y apartan partes del Yo y objetos internos y se los proyecta en el objeto externo, que queda entonces poseído y controlado por las partes proyectadas e identificado con ellas.

La ansiedad predominante de la posición esquizoparanoide (0 a 4 meses) es que el objeto u objetos persecutorios se introduzcan en el Yo y avasallen y aniquilen tanto al Objeto como al Yo.
Para contrarrestar el nivel de ansiedad, el Yo desarrolla varios mecanismos de defensa, donde, en algunas situaciones, se proyecta lo bueno para mantenerlo a salvo de lo que se siente como maldad interna y situaciones en que se introyectan los perseguidores, hace una identificación con ellos o incluso, recurre a la desintegración del Yo, en un intento de controlarlos. Sin embargo, los mecanismos de defensa no sólo protegen al Yo de ansiedades inmediatas, sino también tienen funciones de etapas progresivas del desarrollo como la Escisión, que constituye la base de la represión y la atención, y la Proyección, que posibilita la empatía.
Cuanto menor es la ansiedad persecutoria, la tendencia hacia la división es menor y el Yo tiende más hacia la integración. La síntesis de amor y odio hacia un objeto total da origen al comienzo de la Posición Depresiva alrededor de los cuatro meses.

En la Etapa Depresiva (de los 6 a 8 meses): el comienzo de una emoción dolorosa de culpa y necesidad de reparación; que la agresión está mitigada por la libido, donde la ansiedad persecutoria se encuentra disminuida y que la ansiedad relacionada con el destino del objeto interno y externo que está en peligro lleva al Yo a efectuar una reparación e inhibir los impulsos agresivos. Al mismo tiempo la organización sexual va progresando, los impulsos anales y uretrales aumentan, pero de cualquier modo siguen predominando los orales.
El bebé tolera mejor el instinto de muerte dentro de sí y decrecen sus temores paranoides, disminuyen la escisión y la proyección y gradualmente puede predominar el impulso a la integración del Yo y del Objeto. La relación ya no es con objetos parciales sino que se transforma en una relación objetal total: reconocer a la madre como tal también significa reconocerla como individuo con una vida propia y con sus propias relaciones con otras personas; el bebé descubre cuán desamparado está, cómo depende totalmente de ella y cuántos celos le provocan los demás, puede recordar gratificaciones anteriores en momentos en que está siendo frustrado, enfrentándose a conflictos vinculados con la ambivalencia.

El motivo principal de la ansiedad del bebé es que sus impulsos destructivos hayan destruido o lleguen a destruir al objeto amado de quien depende totalmente, lo que aumenta la necesidad de poseer este objeto, guardándolo dentro de sí y protegiéndolo de su propia destructividad. La omnipotencia de los mecanismos de introyección oral hace surgir ansiedad ante la perspectiva que los poderosos impulsos destructivos destruyan no sólo al objeto bueno externo, sino también al objeto bueno introyectado.
La experiencia de la depresión moviliza en el bebé el deseo de reparar a su objeto u objetos destruidos. Como cree que la destrucción de su objeto se debe a sus propios ataques destructivos, cree también que su propio amor y cuidados podrán deshacer los efectos de su agresión.

Cambia el carácter del Superyo: el objeto persecutorio es vivenciado como autor de castigos crueles y el objeto ideal, con quien el yo anhela identificarse, se convierte en la parte del Superyo correspondiente al Ideal del Yo, que también resulta persecutorio por sus elevadas exigencias de perfección. A medida que se aproximan entre sí el objeto ideal y el persecutorio en la Posición Depresiva, el Superyo se integra más y es vivenciado como un objeto interno total, amado con ambivalencia.

La reparación propiamente dicha apenas puede considerarse una defensa, ya que se basa en el reconocimiento de la realidad psíquica, en la vivencia del dolor que esta realidad causa y en la adopción de una acción adecuada para remediarla en la fantasía o en la realidad. La reparación maníaca es una defensa en la medida que su fin es reparar al objeto sin que aparezcan sentimientos de culpa o pérdida: no se dirige nunca a los objetos originales o a internos, siempre a objetos más remotos; es necesario no sentir que uno mismo dañó al objeto destinatario de la reparación; se siente al objeto como inferior, dependiente y despreciable; no puede completarse nunca porque si lo hiciera, el objeto sería merecedor de amor y aprecio y, por último, este tipo de reparación no alivia la culpa subyacente ni proporciona una satisfacción duradera.