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Estudio del psicoanálisis y psicología

SOBRE LA SALUD MENTAL (1960): Melanie Klein


SOBRE LA SALUD MENTAL (1960): Melanie Klein



Obras Completas de Melanie Klein
35. SOBRE LA SALUD MENTAL (1960)

La base de la salud mental es una personalidad bien integrada.
Comenzaré enunciando algunos elementos de una personalidad bien
integrada: madurez emocional, fuerza de carácter, capacidad de manejar
emociones conflictivas, equilibrio entre la vida interior y la adaptación a la
realidad y una fusión exitosa entre las distintas partes de la personalidad.
Las fantasías y deseos infantiles persisten en cierto grado aun en una
persona emocionalmente madura. Si estas fantasías y deseos han sido
exitosamente elaborados y experimentados libremente, en primer lugar en
los juegos infantiles, son fuente de intereses y actividades que enriquecen la
personalidad. En cambio, si el agravio por deseos insatisfechos sigue
siendo muy fuerte y su elaboración se ve dificultada, se perturban las
relaciones personales y el placer proveniente de otras fuentes, se hace difícil
aceptar los sustitutos adecuados a etapas posteriores del desarrollo y se
deteriora el sentido de realidad.
Aun si el desarrollo es satisfactorio y se logra placer de diversas
fuentes, en las capas profundas de la mente hallamos cierto sentimiento de
dolor por los placeres irremisiblemente perdidos y las posibilid ades
irrealizables. Si bien gente de edad media experimenta conscientemente la
pena de que la infancia y la juventud nunca volverán, encontramos en su
psicoanálisis que lo añorado también es la temprana infancia y sus placeres.
La madurez emocional significa que estos sentimientos de pérdida pueden
ser contrarrestados hasta cierto punto por la capacidad de aceptar
sustitutos y que las fantasías infantiles no perturban la vida emocional
adulta. Poder disfrutar de los placeres que están a nuestro alcance en cada
momento vital se relaciona con una relativa libertad de resquemores y
envidia. Por consiguiente, poder contentarse vicariamente a determinada
edad con los placeres que obtiene la gente joven, particularmente nuestros
hijos y nietos, es un signo de madurez emocional. Otra fuente de
gratificación, aun antes de la ancianidad, es la riqueza de los recuerdos que
mantienen vivo al pasado.
La fortaleza del carácter está basada en procesos muy tempranos. La
relación con la madre es la primera y fundamental, aquella en la que el niño
experimenta amor y odio por primera vez. No sólo es un objeto externo
sino que el niño internaliza (introyecta, diría Freud) aspectos de su
personalidad. Si los aspectos buenos de la madre introyectada dominan a
los frustrantes, esta madre internalizada deviene la base de la fortaleza del
carácter, porque el yo puede desarrollar así sus potencialidades; puesto que
si ella se experimenta como madre que guía y protege pero no domina, la
identificación con ella hace posible la paz interior. El éxito de esta primera
relación se extiende a la relación con otros miembros de la familia, en primer
lugar con el padre, y se refleja luego en las actitudes adultas, tanto en el
círculo familiar como hacia la gente en general.
La internalización de los padres buenos y la identificación con ellos
subyace a la lealtad hacia la gente y los ideales y a la capacidad de hacer
sacrificios por las propias convicciones. La lealtad hacia lo que se ama o
hacia lo que se cree justo implica que los impulsos hostiles y la angustia
asociada, que nunca son totalmente eliminados, se han volcado hacia
aquellos objetos que hacen peligrar lo que se siente bueno. Este proceso
nunca se lleva a cabo totalmente y persiste la angustia de que la
destructividad pueda hacer peligrar los objetos buenos internalizados así
como los externos.
Muchas personas aparentemente equilibradas no tiene fuerza de
carácter. Eluden los conflictos internos y externos, tratando de llevar una
vida fácil. Por consiguiente, tienden hacia lo expeditivo y al éxito sin
desarrollar convicciones arraigadas.
Sin embargo, si un carácter fuerte no está mitigado por la
consideración hacia el prójimo, no es una característica de una personalidad
equilibrada. Nuestra experiencia del mundo se enriquece con la
comprensión, compasión, simpatía y tolerancia hacia los demás y nos hace
sentir más seguros internamente y menos solos.
El equilibrio depende de nuestra comprensión de la variedad de
nuestros impulsos y sentimientos contradictorios y de nuestra capacidad de
resolver estos conflictos internos.
Otro aspecto del equilibrio es la adaptación al mundo externo,
adaptación que no interfiera con la libertad de nuestras emociones y
pensamientos. Esto implica interacción; la vida interior siempre influye en
las actitudes hacia la realidad externa y a su vez es influida por las
adaptaciones a la realidad. El niño, desde un comienzo, internaliza sus
primeras experiencias y a la gente que lo rodea, y estas internalizaciones
influyen en su vida interior. Si la bondad del objeto predomina a lo largo de
esos procesos y forma parte de la personalidad, su actitud hacia
experiencias que provienen del mundo externo es a su vez favorablemente
influida. No es necesariamente un mundo perfecto el que percibe dicho
niño, pero por cierto es un mundo mucho más valioso porque su situación
interna es mucho más feliz. Una interacción exitosa de este tipo contribuye
al equilibrio y a la buena relación con el mundo externo.
El equilibrio no significa evitar conflictos; implica la fuerza para
tolerar emociones dolorosas y poder manejarlas. Si disociamos
excesivamente las emociones dolorosas, restringimos la personalidad y
provocamos inhibiciones variadas. Particularmente, la represión de la vida
de fantasía tiene gran repercusión en el desarrollo porque inhibe el talento y
el intelecto; también impide la apreciación de las realizaciones de otra gente
y el placer que de ello deriva. La falta de goce en el trabajo y el descanso,
en la relación con otra gente, vacía la personalidad y despierta angustia e
insatisfacción. Dicha angustia es tanto persecutoria como depresiva, y si es
excesiva constituye la base de la enfermedad mental.
El hecho de que algunas personas vivan sin mayores apremios, en
especial si son exitosas, no excluye su labilidad respecto de la enfermedad
mental, si no han enfrentado nunca exitosamente sus conflictos profundos.
Estos pueden hacerse sentir en ciertas fases críticas como la adolescencia,
la edad media o la vejez. La gente mentalmente sana tiene en cualquier época
de la vida más posibilidades de mantenerse equilibrada y además depende
mucho menos del éxito externo.
De mi descripción se desprende que la salud mental no es compatible
con la superficialidad, puesto que ésta se vincula con la renegación del
conflicto interior y de las dificultades externas. Se utiliza la renegación de
manera excesiva porque el yo no es suficientemente fuerte para tolerar el
dolor. Aunque en ocasiones la renegación pueda formar parte de una
personalidad normal, si es predominante lleva a la superficialidad, pues
impide la comprensión de la vida interior y, por consiguiente, un verdadero
conocimiento de los demás. Se pierde la satisfacción de dar y recibir, de
experimentar gratitud y de ser generoso.
La inseguridad que subyace a una renegación intensa, también es
causa de la falta de confianza en si mismo, porque inconscientemente una
comprensión insuficiente da como resultado el desconocimiento de partes
de la personalidad. El hecho de volcarse en el mundo externo es un escape
de dicha inseguridad; sin embargo, si surgen fracasos en los logros o en las
relaciones con los demás, dichos individuos son incapaces de tolerarlos.
Por contraste, la persona capaz de experimentar profundamente el
dolor cuando llega, también es capaz de compartir la pena y el infortunio
ajenos. Asimismo no se verá abrumando por dicha pena o infelicidad y
podrá recuperar y mantener el equilibrio, todo lo cual forma parte de la
salud mental. Las primeras experiencias en compartir el dolor de los demás
se vinculan a aquellos más cercanos al niño, sus padres y hermanos.
Quienes pueden comprender como padres los conflictos de sus hijos y sus
tristezas tendrán un profundo conocimiento de las complejidades de la vida
interior del niño, y también podrán compartir plenamente sus placeres y
gozar de una intima relación con él.
Los esfuerzos para lograr éxito externo son compatibles con un
carácter fuerte si no se transforman en el centro de satisfacción de la vida.
De mi observación se desprende que si ése es el principal objetivo y no se
desarrollan las otras actitudes que he descrito, el equilibrio mental es
inseguro. Las satisfacciones externas no reemplazan la paz interior. Esta
sólo se logra si se reducen los conflictos internos y por consiguiente se ha
instaurado la confianza en sí mismo y en los demás. Si falta esa tranquilidad
de espíritu, el individuo puede responder a cualquier fracaso externo con
fuertes sentimientos de persecución y privación.
A lo largo de mi descripción de la salud mental he mostrado su
naturaleza compleja y multiforme, pues, como ya he señalado, se basa en el
interjuego entre las fuentes fundamentales de la vida mental -los impulsos de
amor y de odio-, interacción donde predomina la capacidad de amar.
Para esclarecer los orígenes de la salud mental, describiré
sucintamente la vida emocional del bebé y del niño. La buena relación del
bebé con la madre, la alimentación, el amor y el cuidado que ella le provee,
son la base de un desarrollo emocional estable. Sin embargo, aun en este
momento tan temprano y bajo las circunstancias más favorables, el
conflicto entre el amor y el odio, o como diría Freud, entre los impulsos
destructivos y la libido, desempeña un importante papel en esta relación.
Las frustraciones, que en cierto grado son inevitables, refuerzan el odio y la
agresividad. Por frustración no sólo quiero decir que el niño no es
alimentado cuando lo desea; pues descubrimos más tarde, en el análisis,
que existen deseos inconscientes, no siempre perceptibles en la conducta
del bebé, que se centran en la continua presencia de la madre y en su amor
exclusivo. La avidez y los deseos mayores que los que cualquier situación
externa pueda satisfacer forman parte de la vida emocional del bebé.
Además, junto a los impulsos destructivos el bebé experimenta sentimientos
de envidia, los que refuerzan su avidez e interfieren en su capacidad de
gozar de las satisfacciones disponibles. Los sentimientos destructivos
hacen surgir el temor a la retaliación y persecución, y éste es el primer tipo
de angustia que experimenta el bebé.
Esta lucha da como resultado que en la medida en que el bebé quiere
preservar los aspectos amados de la madre buena, internos y externos, debe
disociar el amor del odio y mantener la división de la madre en una buena y
una mala. Esto le permite lograr un cierto grado de seguridad en su relación
con la madre amada y, por consiguiente, desarrollar su capacidad de amar.
Si la disociación no es muy profunda y no impide más tarde la integración y
la síntesis, el niño podrá desarrollarse normalmente y tener una buena
relación con la madre.
He mencionado que los sentimientos de persecución son la primera
forma de la angustia, pero también esporádicamente se experimentan
sentimientos depresivos desde el comienzo de la vida. Se refuerzan a
medida que crece el yo y se afirma el sentido de la realidad, y predominan
en la segunda mitad del primer año de vida (posición depresiva). En ese
estadío el bebé experimenta plenamente la angustia depresiva y el
sentimiento de culpa en relación con sus impulsos agresivos hacia la madre
amada. Muchos de los problemas de diversa gravedad que surgen en los
bebés, tales como: perturbaciones en el dormir, en la alimentación,
incapacidad de gozar, exigencias de permanente atención y de la presencia
de la madre, son el resultado de este conflicto. Más adelante otro resultado
incrementa las dificultades en adaptarse a las demandas del crecimiento.
Juntamente con el sentimiento de culpa más desarrollado se
experimenta el deseo de reparar, y esa tendencia alivia al bebé porque al
complacer a la madre siente que anula el daño que en sus fantasías
agresivas le ha ocasionado. Por más primitiva que sea esta capacidad en el
bebé, satisfacer este deseo de reparación es uno de los factores principales
entre los que lo ayudan a superar en parte su depresión y su culpa. Si no
puede expresar su reparación o no puede experimentarla, lo que significaría
que su capacidad de amor no es lo suficientemente fuerte, el bebé deberá
recurrir a una mayor disociación. Esto dará como resultado que aparezca
como excesivamente bueno y sumiso. Pero además sus dotes y virtudes se
verán perturbadas, pues serán frecuentemente reprimidas junto con los
sentimientos dolorosos que subyacen a sus conflictos. Es decir, que si el
bebé no puede experimentar conflictos dolorosos también está perdiendo
otras cosas importantes en otros sentidos, como ser el desarrollo de otros
intereses, la capacidad de apreciar a la gente y de experimentar otros
placeres variados.
Pese a todas estas dificultades internas y externas, el bebé encuentra
normalmente la manera de resolver estos conflictos básicos, y esto le
permite más adelante experimentar alegría y gratitud por la felicidad
recibida. Si tiene la suerte de tener padres comprensivos, sus problemas
serán menores; por otra parte, una crianza demasiado permisiva o estricta
aumentará sus dificultades. La capacidad de resolver sus conflictos se
desarrolla a lo largo de la adolescencia y la adultez y es la base de la salud
mental. Por consiguiente, la salud mental no es tan sólo un producto de la
personalidad madura, sino que en cierto modo se aplica a cada momento
del desarrollo del individuo.
He mencionado la importancia del ambiente del niño, pero éste es
sólo un aspecto de un complejo interjuego entre factores externos e
internos. Por factores internos entiendo que algunos niños, desde un
comienzo, tienen mayor capacidad de amor que otros, lo que está ligado a
un yo más fuerte, y que su vida de fantasía es más rica y permite el
desarrollo de todas sus dotes. Por lo tanto podemos hallar niños que, aun
en condiciones favorables, no adquieren el equilibrio que forma la base de
la salud mental, mientras que otros, en circunstancias desfavorables, si lo
obtienen.
Ciertas actitudes prominentes en los primeros estadíos del desarrollo
continúan en cierto grado en la vida adulta. Sólo si son modificados de
manera suficiente es posible la salud mental. Por ejemplo, el bebé tiene
sentimientos de omnipotencia que hacen que sus impulsos de amor y de
odio le parezcan muy poderosos. Fácilmente podemos observar en el
adulto remanentes de esta actitud, aunque la mejor adaptación a la realidad
disminuye normalmente el sentimiento de que lo que uno ha deseado se ha
cumplido.
Otro factor en el desarrollo temprano es la renegación de lo doloroso,
lo que podemos observar también en la vida adulta. La tendencia a idealizar
el objeto y a sí mismo es el resultado de la necesidad del niño de disociar lo
bueno de lo malo, tanto en sí mismo como en sus objetos. Hay una íntima
correlación entre la necesidad de idealizar y la angustia persecutoria. La
idealización tiene el efecto de reasegurar, y en tanto prosigue operando en el
adulto sirve al fin de contrarrestar las angustias persecutorias. El temor a los
enemigos y a los ataques hostiles se mitiga incrementando la creencia en la
bondad de la gente.
Cuanto más se hayan modificado esas actitudes en la infancia y en la
adultez, mayor será el equilibrio mental. Cuando el juicio no está obnubilado
por la angustia persecutoria y la idealización, entonces es posible una
evaluación madura.
Como las actitudes descritas nunca son superadas completamente,
desempeñan un papel en las variadas defensas que utiliza el yo para
combatir la angustia. Por ejemplo, la disociación es un modo de preservar el
objeto bueno y los impulsos buenos contra los peligrosos y terroríficos,
impulsos destructivos que crean objetos retaliatorios, y este mecanismo es
reforzado siempre que se incrementa la angustia.
Al analizar niños, también he hallado que refuerzan mucho la
omnipotencia cuando están asustados. La proyección y la introyección,
procesos básicos, son además mecanismos que pueden ser utilizados
defensivamente. El niño se siente malo y trata de escapar a la culpa
atribuyendo su propia maldad a los demás, lo que significa que refuerza sus
angustias persecutorias. Una manera en que utiliza la introyección como
defensa es meter dentro de sí objetos que se espera que protegerán contra
los objetos malos. Un corolario de la angustia persecutoria es la
idealización, pues cuanto mayor es la persecución, mayor será la necesidad
de idealizar. La madre idealizada deviene una ayuda contra la persecutoria.
También está ligado a todas estas defensas cierto elemento de renegación,
porque es el medio de lidiar con toda situación dolorosa o atemorizante.
A medida que se desarrolla el yo, más intrincadas y exitosas son las
defensas, pero también son menos rígidas. Cuando la comprensión no es
obstaculizada por las defensas, es posible lograr la salud mental. Una
persona sana mentalmente puede darse cuenta de su necesidad de ver las
situaciones displacenteras a una luz más favorable y corregir su tendencia a
embellecerías. De ese modo está menos expuesta a la dolorosa experiencia
de la ruptura de la idealización y al predominio consiguiente de las angustias
depresivas y persecutorias. Por lo tanto, es más capaz de manejar las
experiencias dolorosas derivadas del mundo externo.
Un elemento importante de la salud mental que aún no he tratado es la
integración, la que se expresa por medio de la fusión de las diferentes partes
del sí-mismo. La necesidad de integración deriva del sentimiento
inconsciente de que partes de uno mismo son desconocidas, de una
sensación de empobrecimiento a causa de verse privado de ciertas partes.
Esta sensación de partes desconocidas de uno mismo urge a la integración.
Más aun, la necesidad de integración deriva del conocimiento inconsciente
de que el odio sólo puede ser mitigado por el amor, y que si ambos se
mantienen separados es imposible el alivio. Pese a esa tendencia, la
integración siempre implica dolor, porque el odio disociado y sus
consecuencias son muy difíciles de enfrentar, y la incapacidad de tolerar
este dolor renueva la tendencia a disociar las partes amenazantes y
perturbadoras de los impulsos. En una persona normal, pese a estos
conflictos se puede llevar a cabo gran parte de la integración, y cuando ésta
es perturbada por motivos externos o internos, la persona normal puede
volver a lograrla. La integración también tiene el efecto de crear la tolerancia
hacia nuestros impulsos y, por lo tanto, hacia los defectos ajenos. La
experiencia me demuestra que nunca existe una integración completa, pero
cuanto más uno se acerca a ella mayor será la comprensión de los impulsos
y las angustias, más fuerte será el carácter y mayor el equilibrio mental.