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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Viktor E. Frankl: EL HOMBRE DOLIENTE. Amor y Sexo



AMOR Y SEXO
Matrimonio y amor parecen dos conceptos estrechamente relacionados entre sí. Pero esto sólo pasa desde que existen matrimonios de amor, o sea, en los matrimonios que se pactan (por no decir permanecen) sobre la base del amor. Pero en este sentido los matrimonios de amor constituyen un fenómeno relativamente reciente, como señala el sociólogo Helmut Schelsky en su Sociología de la sexualidad. Cabe decir, no obstante, que el amor es generalmente la condición y el requisito de eso que se llama un matrimonio feliz. La cuestión es saber si la felicidad basada en el amor es duradera. El amor, en efecto, puede ser una condición necesaria de la felicidad conyugal; pero esto no quiere decir, ni de lejos, que sea una condición suficiente.
Ahora bien, ¿qué es el amor? ¿Es la simple y estricta sexualidad, como creyó Sigmund Freud, susceptible únicamente de transformarse en una sublimación de las energías sexuales? Tal es la tesis del reduccionismo, que intenta convertir todo fenómeno en epifenómeno, haciéndolo derivar de otros fenómenos. Pero el reduccionismo no procede así basándose en datos empíricos, sino partiendo de determinada visión del hombre que no formula de modo explícito, sino que presupone sin más, como si fuese una verdad científica.
Pero si no queremos someter un fenómeno como el amor al lecho de Procusto de interpretaciones y adoctrinamientos arbitrarios y aspiramos a aprehenderlo sin merma, no será suficiente una exégesis psicoanalista y tendremos que recurrir a un análisis fenomenológico. En esta perspectiva el amor aparece como un fenómeno antropológico de primer orden. El amor, en efecto, se revela como uno de los dos aspectos de eso que yo llamo la autotrascendencia de la existencia humana. Entiendo por tal el hecho antropológico fundamental de que el ser humano remite siempre, más allá de sí mismo, hacia algo que no es él: hacia algo o hacia alguien, hacia un sentido que el hombre colma o hacia un semejante con el que se encuentra. Y el hombre se realiza a sí mismo en la medida en que se trasciende: al servicio de una causa o en el amor a otra persona. Con otras palabras, el hombre sólo es plenamente hombre cuando se deshace por algo o se entrega a otro. Y es plenamente él mismo cuando se pasa por alto y se olvida de sí mismo. Qué hermoso es un niño cuando se le fotografía y él no se da cuenta, absorto como está en el juego.
Antes hablábamos de encuentro, ¿es que hay que definir el amor como encuentro? El encuentro es una relación con un semejante en la que se reconoce a éste como ser humano. De esto se desprende que al semejante no se le utiliza como simple medio para un fin, si a tenor de la segunda versión del imperativo categórico de Immanuel Kant, pertenece a la actitud esencial del hombre que el semejante nunca sea degradado a simple medio para un fin.
Ahora bien, parece que el amor supone un paso más respecto al encuentro, ya que no se limita a acoger al semejante en su condición humana, sino además en su unicidad y singularidad o, lo que es lo mismo, como persona. Porque la persona no es un ser humano como los otros, sino diferente de los otros, y en esta diferencia resulta ser algo único y singular. Y sólo cuando el amante acoge al amado en su unicidad y singularidad, éste se convierte para él en un tú.
El primer aspecto de la autotrascendencia, la búsqueda y alcance de un sentido, puede expresarse con un concepto tomado de la teoría de la motivación y que yo suelo llamar «deseo de sentido». Este concepto ha encontrado ya una verificación a nivel empírico (Elisabeth S. Lukas, James C. Crumbaugh y otros). Kratochvil y Planova sostienen que el deseo de sentido es una motivación sui generis y, como tal, no se reduce a otra motivación (reduccionismo), ni puede derivarse de ella. Abraham H. Maslow llega a afirmar que el deseo de sentido es la motivación «primaria», base de la conducta humana.
Pero actualmente podemos observar la constante frustración a que está sometido este deseo de sentido, y los psiquiatras vemos cómo el sentimiento del absurdo como origen de las neurosis le arrebata la primacía, incluso en los países comunistas y en desarrollo, al sentimiento de inferioridad descrito por Alfred Adler. Este sentimiento de absurdo va acompañado de una conciencia de vacío que yo llamo «vacío existencial». Y en este vacío existencial prolifera la libido sexual. Sólo de este modo se puede explicar la inflación sexual que se produce en nuestro tiempo. Como toda inflación, incluida la del mercado de dinero, conduce a una devaluación. La sexualidad, en efecto, se va desvalorizando en el curso de la inflación sexual a medida que se deshumaniza. Porque la sexualidad humana es más que la mera sexualidad. Y lo es en la medida en que viene a ser la expresión de una relación amorosa.
Sin embargo, la afirmación de que la sexualidad humana es más que mera sexualidad no es suficiente, porque también la sexualidad animal puede superar lo meramente sexual. Irenáus Eibl-Eibesfeldt ha hecho notar en su libro Liebe und Hass. Zur Naturgeschichte elementarer Verhaltensweise, que «el comportamiento sexual de los vertebrados está al servicio del grupo», especialmente en los primates. Por ejemplo, «la copulación del babuino persigue únicamente este fin social». En mayor medida aún «la unión sexual cumple en el ser humano la doble finalidad de la procreación y la vinculación a la pareja». «Pero el hecho de que la sexualidad esté al servicio de la vinculación a la pareja presupone una relación interhumana, es decir, el amor como unión individualizada.» «El amor es una relación interhumana individualizada, y un cambio constante de pareja está en contradicción con él.» Eibl-Eibesfeldt no duda en declarar que el ser humano «muestra en este sentido una tendencia congénita a la relación conyugal duradera». El mismo autor advierte, en fin, contra el «peligro de una desindividualización de la relación sexual», que «significaría la muerte del amor».
Es más: la «muerte del amor» acarrearía, a nuestro juicio, una disminución del placer. Los psiquiatras podemos observar constantemente que, cuando la sexualidad no es ya expresión del amor, y pasa a ser un medio para la obtención de placer, este mismo placer fracasa; en efecto, y para decirlo en fórmula extrema, cuanto más se busca el placer, más se escapa éste. Mis experiencias me dicen que la impotencia y la frigidez obedecen en la mayoría de los casos a este mecanismo. Y viceversa: la revista americana «Psychology Today» realizó una encuesta entre 20 000 personas, con el resultado de que entre los factores que más contribuían a la potencia y el orgasmo, el amor ocupaba el primer puesto.
Según esto, la optimización del goce sexual exige que no se aisle ni se desintegre la sexualidad separándola del amor y deshumanizándola. Pero no debemos olvidar que la sexualidad así deshumanizada no se humaniza de pronto, sino que requiere un proceso. Tomemos como punto de partida para explicarlo un par de conceptos de Sigmund Freud: la distinción entre objetivo y objeto del instinto. Cuando empieza en la pubertad el desarrollo y la maduración de la sexualidad en sentido propio, se produce la descarga de tensiones sexuales acumuladas —en el sentido de un objetivo del instinto—, una descarga que no hay por qué concebir en forma de acto sexual: para esto basta la masturbación. Sólo en una fase posterior del desarrollo y la maduración sexual se agrega un objeto de instinto, aparece en el horizonte una pareja idónea para el acto sexual, una pareja cualquiera: para esto basta una prostituta.
Esto significa que la sexualidad no alcanza aún en esta fase el plano propiamente humano, no está aún del todo humanizada, ya que en el plano humano la pareja no pasa a ser objeto, sino que es sujeto y, sobre todo, no puede ser utilizada como mero medio para un fin, el fin de la satisfacción del instinto o de la obtención del placer. Lo cual no excluye obviamente que el placer aparezca tanto más, cuanto menos el hombre se preocupe por él.
¿Qué ocurre cuando el hombre, en su desarrollo y maduración, se estanca en la primera o en la segunda fase, o «regresa» a una de las dos fases? Mientras el individuo se encuentra en la primera fase y cree poder realizar el «acto sexual» sin el objetivo del instinto, se vale del onanismo y necesita la pornografía. Pero si no ha pasado más allá de la segunda fase, esta «fijación» se manifiesta en la promiscuidad, y en todo caso ya le basta la prostitución.
Resulta así que tanto el consumo de pornografía como la necesidad de prostitución, incluida la necesidad de promiscuidad, son síntomas de retraso psicosexual que requieren un diagnóstico. Pero la industria del placer sexual tiene buen cuidado de glorificarlos sublimándolos como «progresistas». La industria de la «ilustración sexual» contribuye a ello denunciando la hipocresía, pero procediendo a su vez hipócritamente al clamar por la libertad de expresión, con lo que quiere decir libertad para el negocio y el lucro. El resultado de todo esto es una presión de consumo sexual que genera trastornos de potencia. Estos trastornos, en efecto, suelen producirse cuando el paciente tiene la impresión de que la potencia es un «rendimiento» que se espera de él, que se le exige y reclama, sobre todo cuando la exigencia procede de su pareja. Pero tampoco esto es válido sólo para el ser humano, sino que se da también en los animales. Konrad Lorenz pudo inducir a un pez betta hembra a nadar en dirección al macho para el apareamiento, no en forma coqueta, sino violenta, ante lo cual el macho inhibía el reflejo del apareamiento.
George L. Ginsberg, William A. Frosch y Theodore Shapiro, de la Universidad de Nueva York, informan en «Archives of General Psychiatry» que la impotencia aumenta más que nunca entre los jóvenes. Y los tres psiquiatras lo atribuyen a que las mujeres, con la libertad sexual recién conquistada, exigen y reclaman de los hombres un rendimiento sexual, como se constata en la encuesta de los pacientes: «Las mujeres emancipadas de hoy exigen rendimiento sexual.»
He dicho que la sexualidad humana se deshumaniza cuando queda degradada en simple medio para la obtención de placer. Pero también es un abuso considerar la sexualidad como mero medio para la reproducción en lugar de dejarla ser lo que es: expresión del amor. Y precisamente una religión que define a Dios como amor debía haber evitado definir ex cathedra que el matrimonio y el amor sólo tienen sentido si se ordenan a la procreación. En todo caso, esto se proclamó en una época en la que no sólo el casamiento por amor era una excepción, sino que lo normal era una gran mortalidad infantil. Hoy nos encontramos, en cambio, con el problema contrario: la explosión demográfica. Y tenemos la «pildora» a nuestra disposición. Pero la pildora sólo puede contribuir a humanizar la sexualidad si ésta se emancipa: la sexualidad sólo pasará a ser la culminación del amor si se pone voluntaria y temporalmente, y no forzosamente, al servicio de la procreación.

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