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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Viktor E. Frankl: EL HOMBRE DOLIENTE. Monantropismo



MONANTROPISMO
Tuve mis dudas antes de aceptar la invitación a hablar en esta sesión. Soy un poco escéptico en lo que se refiere a los resultados de estas reuniones. Uno descubre en ellas, con demasiada frecuencia, una ingenuidad que le hace recordar la anécdota de aquellos soldados que caen en una emboscada y oyen disparos en las copas de los árboles. Los soldados huyen, pero uno de ellos vuelve atrás y grita a los emboscados: «Dejen de disparar. ¿No ven que por aquí pasa la gente?»
A esto se añade que yo no soy de esos psiquiatras que se creen poseedores, al parecer, de la omnisciencia y la omnipotencia y se permiten pontificar en los campos de otras disciplinas. Los psiquiatras actuales ignoramos aún lo que es propiamente la esquizofrenia y, sobre todo, cuáles son los medios para su curación. ¿Vamos a fingir que sabemos cómo se puede erradicar la guerra en el mundo? No crean ustedes en la omnisciencia de los psiquiatras: es un mito. Tampoco crean en la omnipotencia de los psiquiatras: es una superstición... Pero la omnipresencia de los psiquiatras es un hecho... como pueden ustedes comprobar en los congresos internacionales.
Y, sin embargo, es posible que la psiquiatría pueda ofrecer algo en este campo. Existen aún ciertos paralelismos entre la patología individual y la patología social. Hay mecanismos neuróticos, como el círculo vicioso de la angustia de expectativa. Si el deseo es el padre del pensamiento, la angustia es la madre del acontecimiento. Cuando un conferenciante teme sonrojarse o trabucarse, empieza a enrojecer y a tartamudear apenas aparece ante el público; el miedo provoca lo que uno teme. Este efecto refuerza el temor originario, y el temor adicional refuerza su efecto. ¿No podría ocurrir que el miedo a la guerra desencadenara guerras? ¿Y que se pueda desarrollar una técnica análoga a la del tratamiento de las neurosis a fin de romper esos círculos viciosos?
No pienso sólo en los mecanismos neuróticos, sino también en los psicóticos. Hay pacientes con manía persecutoria para los que se inventó la expresión de persecuteur persecuté. Yo he podido constatar que tales pacientes, cuando dejan de observar si otras personas los persiguen, no tienen la impresión de ser perseguidos. Pero la desconfianza engendra desconfianza en la otra parte, y esta desconfianza parece justificar la propia y la refuerza. ¿No hay paralelismos en el plano social que se puedan aplicar a la prevención y evitación de las guerras?
Es bien conocida la definición de la guerra como continuación de la política con otros medios. Pero esta definición sólo es válida para uno de los dos tipos de política que yo distingo. Hay una política para la que el fin justifica todos los medios. La otra política, en cambio, sabe muy bien que hay medios que no pueden justificar ni el más sacrosanto de los fines.
Es evidente que todo esto desemboca en último extremo en la cuestión de los valores. ¿Qué es el «fin»? Si se trata de un valor, ¿hay valores reconocidos por todos los grupos? ¿Y hay denominadores comunes sobre aquello que hace la vida digna de vivirse?
Si hay algo claro y evidente en este punto es lo siguiente: La mera supervivencia no puede ser el valor supremo. Ser hombre significa estar orientado y ordenado a algo que no es uno mismo. La existencia humana se caracteriza por su autotrascendencia. Cuando la existencia humana no apunta más allá de sí misma, la permanencia en la vida deja de tener sentido, es imposible. Ésta fue al menos la lección que yo aprendí en los tres años que hube de pasar en Auschwitz y en Dachau, y los psiquiatras militares pudieron confirmar en el mundo entero que los prisioneros de guerra más capacitados para sobrevivir eran aquellos que se orientaban hacia el futuro, hacia una meta de futuro, hacia un sentido que debían cumplir en el futuro. ¿No puede aplicarse esto, por analogía, al tema de la supervivencia de la humanidad?
Pero si la humanidad quiere encontrar un sentido que sea válido para todos, debe dar un nuevo paso. Después de haber alcanzado, hace miles de años, el monoteísmo, la fe en un solo Dios, debe llegar a creer en una sola humanidad. Hoy necesitamos más que nunca un monantropismo.

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