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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Viktor Frankl: EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO. Parte Primera (Segunda Fase: la vida en el campo)



Parte Primera: un psicólogo en un campo de concentración

SEGUNDA FASE: LA VIDA EN EL CAMPO

Apatía.

Las reacciones descritas empezaron a cambiar a los pocos
días. El prisionero pasaba de la primera a la segunda fase, una
fase de apatía relativa en la que llegaba a una especie de muerte
emocional. Aparte de las emociones ya descritas, el prisionero
recién llegado experimentaba las torturas de otras emociones más
dolorosas, todas las cuales intentaba amortiguar. La primera de
todas era la añoranza sin límites de su casa y de su familia. A
veces era tan aguda que simplemente se consumía de nostalgia.
Seguía después la repugnancia que le producía toda la fealdad
que le rodeaba, incluso en las formas externas más simples.
A muchos de los prisioneros se les entregaba un uniforme
andrajoso que, por comparación, hubiera hecho parecer elegante
a un espantapájaros. Entre los barracones del campo no había
nada más que barro y cuanto más se trabajaba para eliminarlo
más se hundía uno en él. Una de las prácticas favoritas consistía
en destacar a un recién llegado en el grupo encargado de limpiar
las letrinas y retirar los excrementos. Si, como solía suceder,
parte de éstos le salpicaba la cara al trasladarlos entre los
desniveles del campo, cualquier signo de asco por parte del
prisionero o la intención de quitarse la porquería de la cara
merecía cuando menos un latigazo por parte del "capo", indignado
ante la "delicadeza" del prisionero. De esta forma se aceleraba la
mortificación ante las reacciones normales.
Al principio, el prisionero volvía la cabeza ante las marchas de
castigo de otros grupos; no podía soportar la contemplación de
sus compañeros yendo arriba y abajo durante horas, hundidos en
el fango, acompañadas las órdenes de golpes. Unos días o unas
semanas después, las cosas cambiaban. Por la mañana temprano,
cuando todavía estaba oscuro, el prisionero se plantaba frente a
la puerta, junto con su destacamento, listo para marchar. Oía un
grito y veía tirar a golpes al suelo a un camarada; se volvía a
poner de pie y nuevamente le volvían a derribar al suelo. ¿Y todo
por qué? Tenía fiebre, pero se había presentado a la enfermería
en un momento inoportuno. Le castigaban por tratar de zafarse
de sus deberes de esta forma irregular.
El prisionero que se encontraba ya en la segunda fase de sus
reacciones psicológicas no apartaba la vista. Al llegar a ese punto,
sus sentimientos se habían embotado y contemplaba impasible
tales escenas. Otro ejemplo: cuando ese mismo prisionero estaba
por la tarde esperando ante la enfermería con la esperanza de
que le concederían dos días de trabajos ligeros dentro del campo
a causa de sus heridas o quizás por el edema o la fiebre,
observaba impertérrito cómo era arrastrado un muchacho de 12
años para el que no había ya zapatos en el campo y le habían
obligado a estar en posición firme durante horas bajo la nieve o a
trabajar a la intemperie con los pies desnudos. Se le habían
congelado los dedos y el médico le arrancaba los negros muñones
gangrenados con tenazas, uno por uno. Asco, piedad y horror
eran emociones que nuestro espectador no podía sentir ya. Los
que sufrían, los enfermos, los agonizantes y los muertos eran
cosas tan comunes para él tras unas pocas semanas en el campo
que no le conmovían en absoluto.
Estuve algún tiempo en un barracón cuidando a los enfermos
de tifus; los delirios eran frecuentes, pues casi todos los pacientes
estaban agonizando. Apenas acababa de morir uno de ellos y yo
contemplaba sin ningún sobresalto emocional la siguiente escena,
que se repetía una y otra vez con cada fallecimiento. Uno por
uno, los prisioneros se acercaban al cuerpo todavía caliente de su
compañero. Uno agarraba los restos de las hediondas patatas de
la comida del mediodía, otro decidía que los zapatos de madera
del cadáver eran mejores que los suyos y se los cambiaba. Otro
hacía lo mismo con el abrigo del muerto y otro se contentaba con
agenciarse —¡Imagínense qué cosa!— un trozo de cuerda
auténtica. Y todo esto yo lo veía impertérrito, sin conmoverme lo
más mínimo. Pedía al "enfermo" que retirara el cadáver. Cuando
se decidía a hacerlo, lo cogía por las piernas, dejaba que se
deslizara al estrecho pasillo entre las dos hileras de tablas que
constituían las camas de los cincuenta enfermos de tifus y lo
arrastraba por el desigual suelo de tierra hasta la puerta. Los dos
escalones que había que subir para salir al aire libre siempre
constituían un problema para nosotros, que estábamos exhaustos
por falta de alimentación. Tras unos cuantos meses de estancia
en el campo, éramos incapaces de subir las escaleras sin
agarrarnos a la puerta para darnos impulso. El hombre que
arrastraba el cadáver se acercaba a los escalones. A duras penas
podía subir él; a continuación tenía que izar el cadáver: primero
los pies, luego el tronco y finalmente —con un ruido extraño— la
cabeza del muerto subía botando los dos escalones. Acto seguido
nos distribuían la ración diaria de sopa. Mi sitio estaba en la parte
opuesta del barracón, cerca de la pequeña y única ventana,
situada casi a ras del suelo. Mientras mis frías manos agarraban
la taza de sopa caliente de la que yo sorbía con avidez, miraba
por la ventana. El cadáver que acababan de llevarse me estaba
mirando con sus ojos vidriosos; sólo dos Horas antes había estado
hablando con aquel hombre. Yo seguía sorbiendo mi sopa. Si mi
falta de emociones no me hubiera sorprendido desde el punto de
vista del interés profesional, ahora no recordaría este incidente,
tal era el escaso sentimiento que en mí despertaba.

Lo que hace daño.

La apatía, el adormecimiento de las emociones y el
sentimiento de que a uno no le importaría ya nunca nada eran los
síntomas que se manifestaban en la segunda etapa de las
reacciones psicológicas del prisionero y lo que, eventualmente, le
hacían insensible a los golpes diarios, casi continuos. Gracias a
esta insensibilidad, el prisionero se rodeaba en seguida de un
caparazón protector muy necesario. Los golpes se producían a la
mínima provocación y algunas veces sin razón alguna. Por
ejemplo: el pan se repartía en el lugar donde trabajábamos y
teníamos que ponernos en fila para obtenerlo. En una ocasión, el
que estaba detrás de mí se corrió ligeramente hacia un lado y
esta mínima falta de simetría desagradó al guardián de las SS. Yo
no sabía lo que ocurría en la fila detrás de mí, ni lo que pasaba
por la mente del guardia, pero, de pronto, recibí dos fuertes
golpes en la cabeza. Sólo entonces me di cuenta de que a mi lado
había un guardia y que estaba usando su vara. En tales
momentos no es ya el dolor físico lo que más nos hiere (y esto se
aplica tanto a los adultos como a los niños); es la agonía mental
causada por la injusticia, por lo irracional de todo aquello.
Por extraño que parezca, un golpe que incluso no acierte a
dar, puede, bajo ciertas circunstancias, herirnos más que uno que
atine en el blanco. Una vez estaba de pie junto a la vía del
ferrocarril bajo una tormenta de nieve. A pesar del temporal
nuestra cuadrilla tenía que seguir trabajando. Trabajé con
bastante ahínco, repasando la vía con grava, ya que era la única
forma de entrar en calor. Durante unos breves instantes hice una
pausa para tomar aliento y apoyarme sobre la pala. Por
desgracia, el guardia se dio entonces media vuelta y pensó que yo
estaba holgazaneando. El dolor que me causó no fue por sus
insultos o sus golpes. El guardia decidió que no valía la pena
gastar su tiempo en decir ni una palabra, ni lanzar un juramento
contra aquel cuerpo andrajoso y demacrado que tenía delante de
él y que, probablemente, apenas le recordaba al de una figura
humana. En vez de ello, cogió una piedra alegremente y la lanzó
contra mí. A mí, aquello me pareció una forma de atraer la
atención de una bestia, de inducir a un animal doméstico a que
realice su trabajo, una criatura con la que se tiene tan poco en
común que ni siquiera hay que molestarse en castigarla.

El insulto.

El aspecto más doloroso de los golpes es el insulto que
incluyen. En una ocasión teníamos que arrastrar unas cuantas
traviesas largas y pesadas sobre las vías heladas. Si un hombre
resbalaba, no sólo corría peligro él, sino todos los que cargaban la
misma traviesa. Un antiguo amigo mío tenía una cadera dislocada
de nacimiento. Podía estar contento de trabajar a pesar del
defecto, ya que los que padecían algún defecto físico era casi
seguro que los enviaban a morir en la primera selección. Mi amigo
se bamboleaba sobre el raíl con aquella traviesa especialmente
pesada y estaba a punto de caerse y arrastrar a los demás con él.
En aquel momento yo no arrastraba ninguna traviesa, así que
salté a ayudarle sin pararme a pensar. Inmediatamente sentí un
golpe en la espalda, un duro castigo, y me ordenaron regresar a
mi puesto. Unos pocos minutos antes el guardia que me golpeó
nos había dicho despectivamente que los "cerdos" como nosotros
no teníamos espíritu de compañerismo.
En otra ocasión y a una temperatura de menos de veinte
grados centígrados empezamos a cavar el suelo del bosque, que
estaba helado, para tender unas cañerías. Para entonces ya me
había debilitado mucho físicamente. Vi venir a un capataz con sus
rechonchas mejillas sonrosadas. Su cara recordaba
inevitablemente la cabeza de un cerdo. Me fijé, con envidia, en
sus cálidos guantes, mientras pensaba que nosotros teníamos que
trabajar con las manos desnudas y sin ninguna prenda de abrigo,
como su chaqueta de cuero forrada de piel, bajo aquel frío tan
intenso. Durante un momento me observó en silencio. Sentí que
se mascaba la tragedia, ya que junto a mí tenía el montón de
tierra que mostraba exactamente lo poco que había cavado.
Entonces: "Tú, cerdo, te vengo observando todo el tiempo. Yo
te enseñaré a trabajar. Espera a ver como cavas la tierra con los
dientes, morirás como un animal. ¡En dos días habré acabado
contigo! No has debido dar golpe en toda tu vida. ¿Qué eras tú,
puerco, un hombre de negocios?"
Ya había dejado de importarme todo. Pero tenía que tomar en
serio esta amenaza de muerte, así que saqué todas mis fuerzas y
le miré directamente a los ojos: "Era médico especialista."
"¿Qué? ¿Un médico? Apuesto a que les cobrabas un montón de
dinero a tus pacientes."
"La verdad es que la mayor parte de mi trabajo lo hacía sin
cobrar nada, en las clínicas para pobres." Al llegar aquí,
comprendí que había dicho demasiado. Se arrojó sobre mí y me
derribó al suelo gritando como un energúmeno. No puedo
recordar lo que gritaba.
Afortunadamente el "capo" de mi cuadrilla se sentía obligado
hacia mí; sentía hacia mí cierta simpatía porque yo escuchaba sus
historias de amor y sus dificultades matrimoniales, que me
contaba en las largas caminatas a nuestro lugar de trabajo. Le
había causado cierta impresión con mi diagnosis sobre su carácter
y mi consejo psicoterapéutico. A partir de este momento me
estaba agradecido y ello me fue de mucho valor. En ocasiones
anteriores me había reservado un puesto junto a él en las cinco
primeras hileras de nuestro destacamento, que normalmente
componían 280 hombres. Era un favor muy importante. Teníamos
que alinearnos por la mañana muy temprano cuando todavía
estaba oscuro. Todo el mundo tenía miedo de llegar tarde y tener
que quedarse en las hileras de la cola. Si se necesitaban hombres
para hacer un trabajo desagradable, el jefe de los "capo" solía
reclutar a los hombres que necesitaba de entre los de las últimas
filas. Estos hombres tenían que marchar lejos a otro tipo de
trabajo, especialmente temido, a las órdenes de guardias
desconocidos. De vez en cuando, el "capo" elegía a los hombres
de las primeras cinco filas para sorprender a los que se pasaban
de listos. Todas las protestas y súplicas eran silenciadas con unos
cuantos puntapiés que daban en el blanco y las víctimas de su
elección eran llevadas al lugar de reunión a base de gritos y
golpes.
Ahora bien, mientras duraron las confesiones de mi "capo",
nunca me sucedió eso a mí. Tenía garantizado un puesto de honor
junto a él, lo que comportaba además otra ventaja. Como casi
todos los que estaban internados en el campo, yo padecía edema
de hambre. Mis piernas estaban tan hinchadas y la piel tan tirante
que apenas podía doblar las rodillas. No podía atarme los zapatos
si quería que cupieran en ellos mis pies hinchados. No hubiera
quedado espacio para los calcetines aun cuando los hubiera
tenido. Mis pies parcialmente desnudos estaban siempre mojados
y los zapatos llenos de nieve. Ello me producía, naturalmente,
congelaciones y sabañones. Cada paso que daba constituía una
verdadera tortura. Durante las largas marchas sobre los campos
nevados se formaban en nuestros zapatos carámbanos de hielo.
Una y otra vez los hombres resbalaban y los que les seguían
tropezaban y caían encima de ellos. Entonces la columna se
detenía unos momentos, no demasiados. Pronto entraba en
acción uno de los guardias y golpeaba a los hombres con la culata
de su rifle, haciendo que se levantaran rápidamente. Cuanto más
adelantado se estuviera en la columna, menos probabilidades
tenías de detenerte y de tener que recuperar después la distancia
perdida corriendo con los pies doloridos. ¡Qué agradecido debía
sentirme por haber sido designado médico personal de su señoría
el "capo" y por marchar en cabeza a un paso regular! Como pago
adicional a mis servicios, yo podía estar seguro de que mientras
en nuestro lugar de trabajo se repartiera un plato de sopa a la
hora de comer, cuando llegara mi turno, él metería el cacillo hasta
el fondo del perol para pescar unas pocas habichuelas.
Este mismo "capo", que anteriormente había sido oficial del
ejército, se había atrevido a musitar al capataz, aquel que se
había irritado conmigo, que me consideraba un trabajador
excepcionalmente bueno. No es que esto me ayudara mucho,
pero sí sirvió para salvarme la vida (una de las muchas veces que
se salvaría). Al día siguiente del episodio con el capataz el "capo"
me metió de contrabando en otra cuadrilla de trabajo.
Con este suceso, aparentemente trivial, quiero mostrar que
hay momentos en que la indignación puede surgir incluso en un
prisionero aparentemente endurecido, indignación no causada por
la crueldad o el dolor, sino por el insulto al que va unido. Aquella
vez, la sangre se me agolpó en la cabeza por verme obligado a
escuchar a un hombre que juzgaba mi vida sin tener la más
remota idea de cómo era yo, un hombre (debo confesarlo: la
observación que expongo seguidamente la hice a mis compañeros
de prisión tras la escena, lo que me produjo un cierto alivio
infantil) "que parecía tan vulgar y tan brutal que la enfermera de
la sala de espera de nuestro hospital ni siquiera le hubiera
permitido pasar".
Había también capataces que se preocupaban por nosotros y
hacían cuanto podían por aliviar nuestra situación, cuando menos
al pie de obra. Pero aún así no cesaban de recordarnos que un
trabajador normal hacía siete veces nuestro trabajo y en menos
tiempo. Entendían, sin embargo, nuestras razones cuando
argüíamos que ningún trabajador normal y corriente vivía con 300
g de pan (teóricamente, pero en la práctica recibíamos menos) y
1 litro de sopa aguada al día; que un obrero normal no vivía bajo
la presión mental a la que nos veíamos sometidos, sin noticias de
nuestros familiares que, o bien habían sido enviados a otro campo
o habían muerto en las cámaras de gas; que un trabajador
normal no vivía amenazado de muerte continuamente, todos los
días y a todas horas. Una vez incluso me permití decirle a un
capataz amablemente: "Si usted aprendiera de mí a operar el
cerebro con tanta rapidez como yo estoy aprendiendo de usted a
hacer carreteras, sentiría un gran respeto por usted." Y él hizo
una mueca.
La apatía, el principal síntoma de la segunda fase, era un
mecanismo necesario de autodefensa. La realidad se desdibujaba
y todos nuestros esfuerzos y todas nuestras emociones se
centraban en una tarea: la conservación de nuestras vidas y la de
otros compañeros. Era típico oír a los prisioneros, cuando al
atardecer los conducían como rebaños de vuelta al campo desde
sus lugares de trabajo, respirar con alivio y decir: "Bueno, ya
pasó el día."

Los sueños de los prisioneros.

Fácilmente se comprende que un estado tal de tensión junto
con la constante necesidad de concentrarse en la tarea de estar
vivos, forzaba la vida íntima del prisionero a descender a un nivel
primitivo. Algunos de mis colegas del campo, que habían
estudiado psicoanálisis, solían hablar de la "regresión" del
internado en el campo: una retirada a una forma más primitiva de
vida mental. Sus Apetencias y deseos se hacían obvios en sus
sueños.
Pero, ¿con qué soñaban los prisioneros? Con pan, pasteles,
cigarrillos y baños de agua templada. El no tener satisfechos esos
simples deseos les empujaba a buscar en los sueños su
cumplimiento. Si estos sueños eran o no beneficiosos ya es otra
cuestión; el soñador tenía que despertar de ellos y ponerse en la
realidad de la vida en el campo y del terrible contraste entre ésta
y sus ilusiones.
Nunca olvidaré una noche en la que me despertaron los
gemidos de un prisionero amigo, que se agitaba en sueños,
obviamente víctima de una horrible pesadilla. Dado que desde
siempre me he sentido especialmente dolorido por las personas
que padecen pesadillas angustiosas, quise despertar al pobre
hombre. Y de pronto retiré la mano que estaba a punto de
sacudirle, asustado de lo que iba a hacer. Comprendí en seguida
de una forma vivida, que ningún sueño, por horrible que fuera,
podía ser tan malo como la realidad del campo que nos rodeaba y
a la que estaba a punto de devolverle.

El hambre.

Debido al alto grado de desnutrición que los prisioneros
sufrían, era natural que el deseo de procurarse alimentos fuera el
instinto más primitivo en torno al cual se centraba la vida mental.
Observemos a la mayoría de los prisioneros que trabajan uno
junto a otro y a quienes, por una vez, no vigilan de cerca.
Inmediatamente empiezan a hablar sobre la comida. Un
prisionero le pregunta al que trabaja junto a él en la zanja cuál es
su plato preferido. Intercambiarán recetas y planearán un menú
para el día en que se reúnan: el día de un futuro distante en que
sean liberados y regresen a casa. Y así seguirán y seguirán,
describiendo con todo detalle, hasta que de pronto una
advertencia se irá transmitiendo, normalmente en forma de
consigna o número de contraseña: "el guardia se acerca".
Siempre consideré las charlas sobre comida muy peligrosas.
¿Acaso no es una equivocación provocar al organismo con
aquellas descripciones tan detalladas y delicadas cuando ya ha
conseguido adaptarse de algún modo a las ínfimas raciones y a
las escasas calorías? Aunque de momento puedan parecer un
alivio psicológico, se trata de una ilusión, que psicológicamente, y
sin ninguna duda, no está exenta de peligro.
Durante la última parte de nuestro encarcelamiento, la dieta
diaria consistía en una única ración de sopa aguada y un
pequeñísimo pedazo de pan. Se nos repartía, además, una
"entrega extra" consistente en 20 gr de margarina o una rodaja
de salchicha de baja calidad o un pequeño trozo de queso o una
pizca de algo que pretendía ser miel o una cucharada de jalea
aguada, cada día una cosa. Una dieta absolutamente inapropiada
en cuanto a calorías, sobre todo teniendo en cuenta nuestro
pesado trabajo manual y nuestra continua exposición a la
intemperie con ropas inadecuadas.
Los enfermos que "necesitaban cuidados especiales" —es
decir, a los que permitían quedarse en el barracón en vez de ir a
trabajar— estaban todavía en peores condiciones. Cuando
desaparecieron por completo las últimas capas de grasa
subcutánea y parecíamos esqueletos disfrazados con pellejos y
andrajos, comenzamos a observar cómo nuestros cuerpos se
devoraban a sí mismos. El organismo digería sus propias
proteínas y los músculos desaparecían; al cuerpo no le quedaba
ningún poder de resistencia. Uno tras otro, los miembros de
nuestra pequeña comunidad del barracón morían. Cada uno de
nosotros podía calcular con toda precisión quién sería el próximo
y cuándo le tocaría a él. Tras muchas observaciones conocíamos
bien los síntomas, lo que hacía que nuestros pronósticos fuesen
siempre acertados. "No va a durar mucho", o "él es el próximo"
nos susurrábamos entre nosotros, y cuando en el curso de
nuestra diaria búsqueda de piojos, veíamos nuestros propios
cuerpos desnudos, llegada la noche, pensábamos algo así: Este
cuerpo, mi cuerpo, es ya un cadáver, ¿qué ha sido de mí? No soy
más que una pequeña parte de una gran masa de carne
humana... de una masa encerrada tras la alambrada de espinas,
agolpada en unos cuantos barracones de tierra. Una masa de la
cual día tras día va descomponiéndose un porcentaje porque ya
no tiene vida.
Ya he mencionado hasta qué punto no se podían olvidar los
pensamientos sobre platos favoritos que se introducían a la fuerza
en la conciencia del prisionero, en cuanto tenía un instante de
asueto. Tal vez pueda entenderse, pues, que aun el más fuerte de
nosotros soñara con un futuro en el que tendría buenos alimentos
y en cantidad, no por el hecho de la comida en sí, sino por el
gusto de saber que la existencia infrahumana que nos hacía
incapaces de pensar en otra cosa que no fuera comida se acabaría
por fin de una vez.
Los que no hayan pasado por una experiencia similar
difícilmente pueden concebir el conflicto mental destructor del
alma ni los conflictos de la fuerza de voluntad que experimenta un
hombre hambriento. Difícilmente pueden aprehender lo que
significa permanecer de pie cavando una trinchera, sin oír otra
cosa que la sirena anunciando las 9,30 o las 10 de la mañana —la
media hora de descanso para almorzar— cuando se repartía el
pan (si es que lo había); preguntando una y otra vez al capitán —
si éste no era un tipo excesivamente desagradable— qué hora
era; tocar después con cariño un trozo de pan en el bolsillo,
cogiéndolo primero con los dedos helados, sin guantes, partiendo
después una migaja, llevársela a la boca para, finalmente, con un
último esfuerzo de voluntad, guardársela otra vez en el bolsillo,
prometiéndose a uno mismo aquella mañana que lo conservaría
hasta mediodía.
Podíamos sostener discusiones inacabables sobre la sensatez o
insensatez de los métodos utilizados para conservar la ración
diaria de pan que durante la última época de nuestro
confinamiento sólo se nos entregaba una vez al día. Había dos
escuelas de pensamiento: una era partidaria de comerse la ración
de pan inmediatamente. Esto tenía la doble ventaja de satisfacer
los peores retortijones del hambre, los más dolorosos, durante un
breve período de tiempo, al menos una vez al día, e impedía
posibles robos o la pérdida de la ración. El segundo grupo
sostenía que era mejor dividir la porción y utilizaba diversos
argumentos. Finalmente yo engrosé las filas de este último grupo.
El momento más terrible de las 24 horas de la vida en un
campo de concentración era el despertar, cuando, todavía de
noche, los tres agudos pitidos de un silbato nos arrancaban sin
piedad de nuestro dormir exhausto y de las añoranzas de
nuestros sueños. Empezábamos entonces a luchar con nuestros
zapatos mojados en los que a duras penas podíamos meter los
pies, llagados e hinchados por el edema. Y entonces venían los
lamentos y quejidos de costumbre por los pequeños fastidios,
tales como enganchar los alambres que reemplazaban a los
cordones. Una mañana vi a un prisionero, al que tenía por
valiente y digno, llorar como un crío porque tenía que ir por los
caminos nevados con los pies desnudos, al haberse encogido sus
zapatos demasiado como para poderlos llevar. En aquellos fatales
minutos yo gozaba de un mínimo alivio; me sacaba del bolsillo un
trozo de pan que había guardado la noche anterior y lo masticaba
absorto en un puro deleite.

Sexualidad.

La desnutrición, además de ser causa de la preocupación
general por la comida, probablemente explica también el hecho
de que el deseo sexual brillara por su ausencia. Aparte de los
efectos del shock inicial, ésta parece ser la única explicación del
fenómeno que un psicólogo se veía obligado a observar en
aquellos campos sólo de hombres: que, en oposición a otros
establecimientos estrictamente masculinos —como los barracones
del ejército— la perversión sexual era mínima. Incluso en sueños,
el prisionero se ocupaba muy poco del sexo, aun cuando según el
psicoanálisis "los instintos inhibidos", es decir, el deseo sexual del
prisionero junto con otras emociones deberían manifestarse de
forma muy especial en los sueños.

Ausencia de sentimentalismo.

En la mayoría de los prisioneros, la vida primitiva y el esfuerce
de tener que concentrarse precisamente en salvar el pellejo
llevaba a un abandono total de lo que no sirviera a tal propósito,
lo que explicaba la ausencia total de sentimentalismo en los
prisioneros. Esto lo experimenté por mí mismo cuando me
trasladaron desde Auschwitz a Dachau. El tren que conducía a
unos 2000 prisioneros atravesó Viena. Era a eso de la medianoche
cuando pasamos por una de las estaciones de la ciudad. Las vías
nos acercaban a la calle donde yo nací, a la casa donde yo había
vivido tantos años, en realidad hasta que caí prisionero. Éramos
cincuenta prisioneros en aquel vagón, que tenía dos pequeñas
mirillas enrejadas. Tan solo había sitio para que un grupo se
sentara en cuclillas en el suelo, mientras que el resto —que debía
permanecer horas y horas de pie— se agolpaba en torno a los
ventanucos. Alzándome de puntillas y mirando desde atrás por
encima de las cabezas de los otros, por entre los barrotes de los
ventanucos, tuve una visión fantasmagórica de mi ciudad natal.
Todos nos sentíamos más muertos que vivos, pues pensábamos
que nuestro transporte se dirigía al campo de Mauthausen y sólo
nos restaban una o dos semanas de vida. Tuve la inequívoca
sensación de estar viendo las calles, las plazas y la casa de mi
niñez con los ojos de un muerto que volviera del otro mundo para
contemplar una ciudad fantasma. Varias horas después, el tren
salió de la estación y allí estaba la calle, ¡mi calle! Los jóvenes
que ya habían pasado años en un campo de concentración y para
quienes el viaje constituía un acontecimiento escudriñaban el
paisaje a través de las mirillas. Les supliqué, les rogué que me
dejasen pasar delante aunque fuera sólo un momento. Intenté
explicarles cuánto significaba para mí en este momento mirar por
el ventanuco, pero mis súplicas fueron desechadas con rudeza y
cinismo: "¿Qué has vivido ahí tantos años? Bueno, entonces ya lo
tienes demasiado visto."

Política y religión.

Esta ausencia de sentimientos en los prisioneros "con
experiencia" es uno de los fenómenos que mejor expresan esa
desvalorización de todo lo que no redunde en interés de la
conservación de la propia vida. Todo lo demás el prisionero lo
consideraba un lujo superfino. En general, en el campo sufríamos
también de "hibernación cultural", con sólo dos excepciones: la
política y la religión: todo el campo hablaba, casi continuamente,
de política; las discusiones surgían ante todo de rumores que se
cazaban al vuelo y se transmitían con ansia. Los rumores sobre la
situación militar casi siempre eran contradictorios. Se sucedían
con rapidez y lo único que conseguían era azuzar la guerra de
nervios que agitaba las mentes de todos los prisioneros. Una y
otra vez se desvanecían las esperanzas de que la guerra acabara
con celeridad, esperanzas avivadas por rumores optimistas.
Algunos hombres perdían toda esperanza, pero siempre había
optimistas incorregibles que eran los compañeros más irritantes.
Cuando los prisioneros sentían inquietudes religiosas, éstas
eran las más sinceras que cabe imaginar y, muy a menudo, el
recién llegado quedaba sorprendido y admirado por la
profundidad y la fuerza de las creencias religiosas. A este
respecto lo más impresionante eran las oraciones o los servicios
religiosos improvisados en el rincón de un barracón o en la
oscuridad del camión de ganado en que nos llevaban de vuelta al
campo desde el lejano lugar de trabajo, cansados, hambrientos y
helados bajo nuestras ropas harapientas.
Durante el invierno y la primavera de 1945 se produjo un
brote de tifus que afectó a casi todos los prisioneros. El índice de
mortalidad fue elevado entre los más débiles, quienes habían de
continuar trabajando hasta el límite de sus fuerzas. Los chamizos
de los enfermos carecían de las mínimas condiciones, apenas
teníamos medicamentos ni personal sanitario. Algunos de los
síntomas de la enfermedad eran muy desagradables: una
aversión irreprimible a cualquier migaja de comida (lo que
constituía un peligro más para la vida) y terribles ataques de
delirio. El peor de los casos de delirio lo sufrió un amigo mío que
creía que se estaba muriendo y al intentar rezar era incapaz de
encontrar las palabras. Para evitar estos ataques yo y muchos
otros intentábamos permanecer despiertos la mayor parte de la
noche. Durante horas redactaba discursos mentalmente. En un
momento dado, empecé a reconstruir el manuscrito que había
perdido en la cámara de desinfección de Auschwitz y, en
taquigrafía, garabateé las palabras clave en trozos de papel
diminutos.

Una sesión de espiritismo.

De vez en cuando se suscitaba una discusión científica y en
una ocasión presencié algo que jamás había visto durante mi vida
normal, aun cuando, tangencialmente, se relacionaba con mis
intereses científicos: una sesión de espiritismo. Me invitó el
médico jefe del campo (prisionero también), quien sabía que yo
era psiquiatra. La reunión tuvo lugar en su pequeño despacho de
la enfermería. Se había formado un pequeño círculo de personas
entre los que se encontraba, de modo totalmente
antirreglamentario, el oficial de seguridad del equipo sanitario. Un
prisionero extranjero comenzó a invocar a los espíritus con una
especie de oración. El administrativo del campo estaba sentado
ante una hoja de papel en blanco, sin ninguna intención
consciente de escribir. Durante los diez minutos siguientes
(transcurridos los cuales la sesión concluyó ante el fracaso del
médium en conjurar a los espíritus para que se mostraran), su
lápiz trazó —despacio— unas cuantas líneas en el papel, hasta
que fue apareciendo, de forma bastante legible, “vae v.''. Me
aseguraron que el administrativo no sabía latín y que nunca antes
había oído las palabras "vae victis, ¡ay los vencidos!' Mi opinión
personal es que seguramente las habría oído alguna vez, aunque
sin llegar a captarlas de forma consciente, y quedaron
almacenadas en su interior para que el "espíritu" (el espíritu de su
subconsciente) las recogiera unos meses antes de nuestra
liberación y del final de la guerra.

La huida hacia el interior.

A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza,
en la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar
una profunda vida espiritual. No cabe duda que las personas
sensibles acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron
muchísimo (su constitución era a menudo endeble), pero el daño
causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del
terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y
libertad espiritual. Sólo de esta forma puede uno explicarse la
paradoja aparente de que algunos prisioneros, a menudo los
menos fornidos, parecían soportar mejor la vida del campo que
los de naturaleza más robusta. Para aclarar este punto, me veo
obligado a recurrir de nuevo a la experiencia personal. Voy a
contar lo que sucedía aquellas mañanas en que, antes del alba,
teníamos que ir andando hasta nuestro lugar de trabajo.
Oíamos gritar las órdenes:
"¡Atención, destacamento adelante! ¡Izquierda 2,3,4!
¡Izquierda 2,3,4! ¡El primer hombre, media vuelta a la izquierda,
izquierda, izquierda, izquierda! ¡Gorras fuera!
Todavía resuenan en mis oídos estas palabras. A la orden de:
"¡Gorras fuera!" atravesábamos la verja del campo, mientras nos
enfocaban con los reflectores. El que no marchaba con
marcialidad recibía una patada, pero corría peor suerte quien,
para protegerse del frío, se calaba la gorra hasta las orejas antes
de que le dieran permiso.
En la oscuridad tropezábamos con las piedras y nos metíamos
en los charcos al recorrer el único camino que partía del campo.
Los guardias que nos acompañaban no dejaban de gritarnos y
azuzarnos con las culatas de sus rifles. Los que tenían los pies
llenos de llagas se apoyaban en el brazo de su vecino. Apenas
mediaban palabras; el viento helado no propiciaba la
conversación. Con la boca protegida por el cuello de la chaqueta,
el hombre que marchaba a mi lado me susurró de repente: "¡Si
nos vieran ahora nuestras esposas! Espero que ellas estén mejor
en sus campos e ignoren lo que nosotros estamos pasando." Sus
palabras evocaron en mí el recuerdo de mi esposa.

Cuando todo se ha perdido.

Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros,
resbalando en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el
otro, no dijimos palabra, pero ambos lo sabíamos: cada uno
pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al
cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la
mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de
nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a
quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la
veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su
mirada era más luminosa que el sol del amanecer.
Delante de mí tropezó y se desplomó un hombre, cayendo
sobre él los que le seguían. El guarda se precipitó hacia ellos y a
todos alcanzó con su látigo. Este hecho distrajo mi mente de sus
pensamientos unos pocos minutos, pero pronto mi alma encontró
de nuevo el camino para regresar a su otro mundo y,
olvidándome de la existencia del prisionero, continué la
conversación con mi amada: yo le hacía preguntas y ella
contestaba; a su vez ella me interrogaba y yo respondía.
"¡Alto!" Habíamos llegado a nuestro lugar de trabajo. Todos
nos abalanzamos dentro de la oscura caseta con la esperanza de
obtener una herramienta medio decente. Cada prisionero tomaba
una pala o un zapapico.
"¿Es que no podéis daros prisa, cerdos?" Al cabo de unos
minutos reanudamos el trabajo en la zanja, donde lo dejamos el
día anterior. La tierra helada se resquebrajaba bajo la punta del
pico, despidiendo chispas. Los hombres permanecían silenciosos,
con el cerebro entumecido. Mi mente se aferraba aún a la imagen
de mi mujer. Un pensamiento me asaltó: ni siquiera sabía si ella
vivía aún. Sólo sabía una cosa, algo que para entonces ya había
aprendido bien: que el amor trasciende la persona física del ser
amado y encuentra su significado más profundo en su propio
espíritu, en su yo íntimo. Que esté o no presente, y aun siquiera
que continúe viviendo deja de algún modo de ser importante. No
sabía si mi mujer estaba viva, ni tenía medio de averiguarlo
(durante todo el tiempo de reclusión no hubo contacto postal
alguno con el exterior), pero para entonces ya había dejado de
importarme, no necesitaba saberlo, nada podía alterar la fuerza
de mi amor, de mis pensamientos o de la imagen de mi amada. Si
entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que
hubiera seguido entregándome —insensible a tal hecho— a la
contemplación de su imagen y que mi conversación mental con
ella hubiera sido igualmente real y gratificante: "Ponme como
sello sobre tu corazón... pues fuerte es el amor como la muerte".
(Cantar de los Cantares, 8,6.)

Meditaciones en la zanja.

Esta intensificación de la vida interior ayudaba al prisionero a
refugiarse contra el vacío, la desolación y la pobreza espiritual de
su existencia, devolviéndole a su existencia anterior. Al dar rienda
suelta a su imaginación, ésta se recreaba en los hechos pasados,
a menudo no los más importantes, sino los pequeños sucesos y
las cosas insignificantes. La nostalgia los glorificaba, haciéndoles
adquirir un extraño matiz. El mundo donde sucedieron y la
existencia que tuvieron parecían muy distantes y el alma tendía
hacia ellos con añoranza: en mi apartamento, contestaba al
teléfono y encendía las luces. Muchas veces nuestros
pensamientos se centraban en estos detalles nimios que nos
hacían llorar.
A medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más
intensa, sentíamos también la belleza del arte y la naturaleza
como nunca hasta entonces. Bajo su influencia llegábamos a
olvidarnos de nuestras terribles circunstancias. Si alguien hubiera
visto nuestros rostros cuando, en el viaje de Auschwitz a un
campo de Baviera, contemplamos las montañas de Salzburgo con
sus cimas refulgentes al atardecer, asomados por las ventanucas
enrejadas del vagón celular, nunca hubiera creído que se trataba
de los rostros de hombres sin esperanza de vivir ni de ser libres.
A pesar de este hecho —o tal vez en razón del mismo— nos
sentíamos trasportados por la belleza de la naturaleza, de la que
durante tanto tiempo nos habíamos visto privados. Incluso en el
campo, cualquiera de los prisioneros podía atraer la atención del
camarada que trabajaba a su lado señalándole una bella puesta
de sol resplandeciendo por entre las altas copas de los bosques
bávaros (como se ve en la famosa acuarela de Durero), esos
mismos bosques donde construíamos un inmenso almacén de
municiones oculto a la vista. Una tarde en que nos hallábamos
descansando sobre el piso de nuestra barraca, muertos de
cansancio, los cuencos de sopa en las manos, uno de los
prisioneros entró corriendo para decirnos que saliéramos al patio
a contemplar la maravillosa puesta de sol y, de pie, allá fuera,
vimos hacia el oeste densos nubarrones y todo el cielo plagado de
nubes que continuamente cambiaban de forma y color desde el
azul acero al rojo bermellón, mientras que los desolados
barracones grisáceos ofrecían un contraste hiriente cuando los
charcos del suelo fangoso reflejaban el resplandor del cielo. Y
entonces, después de dar unos pasos en silencio, un prisionero le
dijo a otro: "¡Qué bello podría ser el mundo!"

Monólogo al amanecer.

En otra ocasión estábamos cavando una trinchera. Amanecía
en nuestro derredor, un amanecer gris. Gris era el cielo, y gris la
nieve a la pálida luz del alba; grises los harapos que mal cubrían
los cuerpos de los prisioneros y grises sus rostros. Mientras
trabajaba, hablaba quedamente a mi esposa o, quizás, estuviera
debatiéndome por encontrar la razón de mis sufrimientos, de mi
lenta agonía. En una última y violenta protesta contra lo
inexorable de mi muerte inminente, sentí como si mi espíritu
traspasara la melancolía que nos envolvía, me sentí trascender
aquel mundo desesperado, insensato, y desde alguna parte
escuché un victorioso "sí" como contestación a mi pregunta sobre
la existencia de una intencionalidad última. En aquel momento y
en una franja lejana encendieron una luz, que se quedó allí fija en
el horizonte como si alguien la hubiera pintado, en medio del gris
miserable de aquel amanecer en Baviera. "Et lux in tenebris lucet,
y la luz brilló en medio de la oscuridad." Estuve muchas horas
tajando el terreno helado. El guardián pasó junto a mí,
insultándome y una vez más volví a conversar con mi amada. La
sentía presente a mi lado, cada vez con más fuerza y tuve la
sensación de que sería capaz de tocarla, de que si extendía mi
mano cogería la suya. La sensación era terriblemente fuerte; ella
estaba allí realmente. Y, entonces, en aquel mismo momento, un
pájaro bajó volando y se posó justo frente a mí, sobre la tierra
que había extraído de la zanja, y se me quedó mirando fijamente.

Arte en el campo.

Antes, he hablado del arte. ¿Puede pensarse en algo parecido
en un campo de concentración? Depende más bien de lo que uno
llame arte. De vez en cuando se improvisaba una especie de
espectáculo de cabaret. Se despejaba temporalmente un
barracón, se apiñaban o se clavaban entre sí unos cuantos bancos
y se estudiaba un programa. Por la noche, los que gozaban de
una buena situación —los "capos"— y los que no tenían que hacer
grandes marchas fuera del campo, se reunían allí y reían o
alborotaban un poco; cualquier cosa que les hiciera olvidar. Se
cantaba, se recitaban poemas, se contaban chistes que contenían
alguna referencia satírica sobre el campo. Todo ello no tenía otra
finalidad que la de ayudarnos a olvidar y lo conseguía. Las
reuniones eran tan eficaces que algunos prisioneros asistían a las
funciones a pesar de su agotador cansancio y aun cuando, por
ello, perdieran su rancho de aquel día.
El buen humor es siempre algo envidiable: al principio de
nuestro internamiento nos permitían reunimos en un cuarto de
máquinas a medio construir para saborear durante media hora el
plato de sopa que nos repartían a medio día (como la tenía que
pagar la empresa constructora era de todo menos alimenticia). Al
entrar, cada uno recibía un cucharón de sopa aguada, y mientras
la sorbíamos con avidez, un prisionero italiano trepaba encima de
una cuba y nos entonaba arias italianas. Los días que nos daba el
recital musical, tenía garantizada una ración doble de sopa,
sacada del fondo del perol, es decir, ¡con guisantes!
En el campo se concedían premios no sólo por entretener, sino
también por aplaudir. Por ejemplo, a mí podía haberme protegido
(¡y fui muy afortunado al no necesitarlo!) el "capo" más temido de
todos, a quien por más de una razón se le conocía por el
sobrenombre de "el capo asesino". Contaré cómo sucedió. Una
tarde tuve el gran honor de que me invitaran otra vez a la sesión
de espiritismo. Estaban reunidos en aquella habitación unos
cuantos amigos íntimos del médico jefe; asimismo estaba
presente, de forma totalmente ilegal, el oficial al cargo del
escuadrón sanitario. El "capo asesino" entró allí por casualidad y
le pidieron que recitara uno de sus poemas que se habían hecho
famosos (o infames) en el campo. No necesitaba que se lo
repitieran dos veces, de modo que rápidamente sacó una especie
de diario del que empezó a leer unas cuantas muestras de su
arte. Me mordía los labios hasta hacerme sangre para no reírme
al escuchar uno de sus poemas amorosos y seguramente gracias
a ello salvé la vida; como además le aplaudí con largueza, es muy
posible que también hubiera estado a salvo caso de haber sido
destinado a su cuadrilla de trabajo, donde ya me habían asignado
un día, un día que para mí fue más que suficiente. Pero siempre
resultaba útil que el "capo asesino" le conociera a uno desde
algún ángulo favorable. Así que le aplaudí con todas mis fuerzas.
La obsesión por buscar el arte dentro del campo adquiría, en
general, matices grotescos. Yo diría que la impresión real que
producía todo lo que se relacionaba con lo artístico surgía del
contraste casi fantasmagórico entre la representación y la
desolación de la vida en el campo que le servía de telón de fondo.
Nunca olvidaré que en la segunda noche que pasé en Auschwitz
fue la música lo que me despertó de un sueño profundo. El
guardia encargado del barracón celebraba una especie de
fiestecilla en su habitación, que estaba próxima a la entrada de
nuestra puerta. Voces achispadas se desgañitaban cantando
tonadas gastadas. De pronto se hizo el silencio y en medio de la
noche se oyó un violín que tocaba desesperadamente un tango
triste, una melodía poco conocida y poco desgastada por la
continua repetición. El violín lloraba y una parte de mí lloraba con
él, pues aquel día alguien cumplía 24 años, alguien que yacía en
alguna otra parte de Auschwitz, quizás alejada sólo unos cientos o
miles de metros y, sin embargo, fuera de mi alcance. Ese alguien
era mi mujer.

El humor en el campo.

El descubrimiento de algo parecido al arte en un campo de
concentración ha de sorprender bastante al profano en estas
cosas, pero aún se sentiría mucho más sorprendido al saber que
también había cierto sentido del humor; claro está, en su
expresión más leve y aun así, sólo durante unos breves segundos
o unos minutos escasos. El humor es otra de las armas con las
que el alma lucha por su supervivencia. Es bien sabido que, en la
existencia humana, el humor puede proporcionar el
distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier
situación, aunque no sea más que por unos segundos. Yo mismo
entrené a un amigo mío que trabajaba a mi lado en la obra para
que desarrollara su sentido del humor. Le sugería que debíamos
hacernos la solemne promesa de que cada día inventaríamos una
historia divertida sobre algún incidente que pudiera suceder al día
siguiente de nuestra liberación. Se trataba de un cirujano que
había pertenecido al equipo de un gran hospital, así que una vez
intenté arrancarle una sonrisa insistiendo en que cuando se
incorporara a su antiguo trabajo le iba a resultar muy difícil
olvidar los hábitos que había aprendido en el campo de
concentración. Al pie de la obra que construíamos (y en especial
cuando el supervisor hacía su ronda de inspección) el capataz nos
estimulaba a trabajar más de prisa gritando: "¡Acción! ¡Acción!"
Así que dije a mi amigo: "Un día regresarás al quirófano para
operar a un paciente aquejado de peritonitis. De pronto, un
ordenanza entrará a toda prisa y anunciará la llegada del jefe del
equipo de operaciones gritando: "¡Acción! ¡Acción! ¡Que viene el jefe!"
A veces los otros inventaban sueños divertidos con respecto al
futuro, previendo; por ejemplo, cuando tuvieran un compromiso
para asistir a una cena se olvidarían de cómo se sirve la sopa y le
pedirían a la anfitriona que les echara una cucharada "del fondo".
Los intentos para desarrollar el sentido del humor y ver las
cosas bajo una luz humorística son una especie de truco que
aprendimos mientras dominábamos el arte de vivir, pues aún en
un campo de concentración es posible practicar el arte de vivir,
aunque el sufrimiento sea omnipresente. Cabría establecer una
analogía: el sufrimiento del hombre actúa de modo similar a como
lo hace el gas en el vacío de una cámara; ésta se llenará por
completo y por igual cualquiera que sea su capacidad.
Análogamente, el sufrimiento ocupa toda el alma y toda la
conciencia del hombre tanto si el sufrimiento es mucho como si es
poco. Por consiguiente el "tamaño" del sufrimiento humano es
absolutamente relativo, de lo que se deduce que la cosa más
nimia puede originar las mayores alegrías. Tomemos a modo de
ejemplo algo que sucedió en nuestro viaje de Auschwitz a un
campo filial del de Dachau. Todos temíamos que aquel traslado
nos llevara al campo de Mauthausen y nuestra tensión aumentaba
a medida que nos acercábamos a un puente sobre el Danubio que
el tren tenía que cruzar para llegar a Mauthausen, según
sabíamos por lo que contaban los prisioneros más
experimentados. Los que no hayan visto nunca algo parecido no
podrán imaginar los saltos de júbilo que los prisioneros daban en
el vagón cuando vieron que nuestro transporte no cruzaba aquel
puente y que "sólo" nos dirigíamos a Dachau.
¿Qué sucedió a nuestra llegada a este campo tras un viaje que
había durado dos días y tres noches? En el vagón no había sitio
para que todos nos acurrucáramos en el suelo al mismo tiempo,
la mayoría tuvo que permanecer de pie todo el viaje mientras que
unos pocos se turnaban para ponerse de cuclillas en la estrecha
franja que estaba empapada de orines. Cuando llegamos, las
primeras noticias que escuchamos a los prisioneros más antiguos
fueron que este campo relativamente pequeño (con una población
de 2500 reclusos) ¡no tenía "horno", ni crematorio, ni gas! Lo que
significaba que ninguno de nosotros iba a ser un "musulmán",
ninguno iba a ir derecho a la cámara de gas, sino que tendría que
esperar hasta que se dispusiera lo que se llamaba un "convoy de
enfermos" que lo devolvería a Auschwitz. Esta agradable sorpresa
nos puso a todos de buen humor. El deseo del viejo vigilante de
nuestro barracón en Auschwitz se había cumplido: habíamos
llegado lo más rápidamente posible a un campo que —a diferencia
de Auschwitz— no tenía "chimenea". Nos reímos y contamos
chistes a pesar de las cosas que tuvimos que soportar durante las
horas que siguieron.
Cuando nos contaron a los recién llegados resultó que faltaba
uno. Así es que hubimos de esperar a la intemperie bajo la lluvia
y el viento helado hasta que apareció el prisionero. Finalmente le
encontraron en un barracón, dormido, exhausto por el cansancio.
Entonces el pasar lista se convirtió en un desfile de castigo:
durante toda la noche y hasta muy entrada la mañana siguiente
tuvimos que permanecer de pie a la intemperie, helados y calados
hasta los huesos después del esfuerzo que había supuesto el
viaje. ¡Y aún así nos sentíamos contentos! En aquel campo no
había chimenea y Auschwitz quedaba lejos.

¡Quién fuera un preso común!.

Otra vez, vimos a un grupo de convictos que pasaban junto al
lugar donde trabajábamos. Y entonces se nos hizo patente y
obvia la relatividad del sufrimiento y envidiamos a aquellos
prisioneros por su existencia feliz, segura y relativamente bien
ordenada; sin duda tendrían la oportunidad de bañarse
regularmente, pensamos con tristeza. Seguramente dispondrían
de cepillos de dientes, de ropa, de un colchón —uno para cada
uno— y mensualmente el correo les traería noticias de lo que
sucedía a sus familiares o, al menos, de si estaban vivos o habían
muerto. Hacía mucho tiempo que nosotros habíamos perdido
todas estas cosas.
¡Y cómo envidiábamos a aquellos de nosotros que tenían la
oportunidad de entrar en una fábrica y trabajar en un espacio
cubierto, al abrigo de la intemperie! Más o menos todos nosotros
deseábamos que nos tocara un poco de suerte relativa. La escala
de la fortuna abarcaba muchos más matices. Por ejemplo, en los
destacamentos que trabajaban fuera del campo (en uno de los
cuales me encontraba yo) había unas cuantas unidades que se
consideraban peores que las demás. Se envidiaba al que no tenía
que chapotear en la húmeda y fangosa arcilla de un declive
escarpado, vaciando los artesones de un pequeño ferrocarril
durante doce horas diarias. La mayoría de los accidentes sucedían
realizando esta tarea y solían ser fatales.
En otras cuadrillas de trabajo el capataz seguía una tradición,
al parecer local, que consistía en propinar golpes a diestro y
siniestro, lo cual nos hacía envidiar la suerte relativa de no estar
bajo su mando o, todo lo más, de estarlo sólo temporalmente.
Una vez y debido a una situación desdichada fui a parar a aquel
grupo. Si tras dos horas de trabajo (durante las cuales el capataz
se ensañó conmigo especialmente) no nos hubiera interrumpido
una alarma aérea, obligándonos a reagruparnos después, creo
que hubiera tenido que regresar al campo en alguna de las
camillas que trasportaban a los hombres que habían muerto o
estaban a punto de morir por la extrema fatiga. Nadie podría
imaginar el alivio que en semejante situación puede producir el
sonido de la sirena; ni siquiera el boxeador que oye sonar la
campana que anuncia el final del asalto salvándose así, en el
último instante, de un K.O. seguro.

Suerte es lo que a uno no le toca padecer.

Agradecíamos los más ínfimos favores. Nos conformábamos
con tener tiempo para despiojarnos antes de ir a la cama, aunque
ello no fuera en sí muy placentero: suponía estar desnudos en un
barracón helado con carámbanos colgando del techo. Nos
contentábamos con que no hubiera alarma aérea durante esta
operación y las luces permanecieran encendidas. En la oscuridad
no podíamos despiojarnos, lo que suponía pasar la noche en vela.
Los escasos placeres de la vida del campo nos producían una
especie de felicidad negativa —"la liberación del sufrimiento",
como dijo Schopenhauer— pero sólo de forma relativa. Los
verdaderos placeres positivos, aún los más nimios escaseaban.
Recuerdo haber llevado una especie de contabilidad de los
placeres diarios y comprobar que en el lapso de muchas semanas
solamente había experimentado dos momentos placenteros. Uno
había ocurrido cuando, al regreso del trabajo y tras una larga
espera, me admitieron en el barracón de cocina asignándome a la
cola que se alineaba ante el cocinero-prisionero F. Semioculto
detrás de las enormes cacerolas, F. servía la sopa en los cuencos
que le presentaban los prisioneros que desfilaban
apresuradamente. Era el único cocinero que al llegar los cuencos
no se fijaba en los hombres; el único que repartía con equidad,
sin reparar en el recipiente y sin hacer favoritismos con sus
amigos o paisanos, obsequiándoles con patatas, mientras el resto
tenía que contentarse con la sopa aguada de la superficie.
Pero no me incumbe a mí juzgar a los prisioneros que
preferían a su propia gente. ¿Quién puede arrojar la primera
piedra contra aquel que favorece a sus amigos bajo unas
circunstancias en que, tarde o temprano, la cuestión que se
dilucidaba era de vida o muerte? Nadie puede juzgar, nadie, a
menos que con toda honestidad pueda contestar que en una
situación similar no hubiera hecho lo mismo.
Mucho tiempo después de haberme integrado a la vida normal
(es decir, mucho tiempo después de haber abandonado el
campo), me enseñaron una revista ilustrada con fotografías de
prisioneros hacinados en sus literas mirando, insensibles, a sus
visitantes: "¿No es algo terrible, esos rostros mirando fijamente, y
todo lo que ello significa?"
"¿Por qué?", pregunté y es que, en verdad, no lo comprendía.
En aquel momento lo vi todo de nuevo: a las 5 de la madrugada,
todo estaba oscuro allá afuera, como boca de lobo. Yo estaba
echado sobre un duro tablón en el suelo de tierra del barracón
donde "se cuidaba" a unos setenta de nosotros. Estábamos
enfermos y no teníamos que dejar el campo para ir a trabajar;
tampoco teníamos que desfilar. Podíamos permanecer echados
todo el día en nuestro rincón y dormitar esperando el reparto
diario de pan (que por supuesto era menor para los enfermos) y
el rancho de sopa (aguada y también menor en cantidad). Y, sin
embargo, estábamos contentos, satisfechos a pesar de todo.
Mientras nos apretujábamos los unos contra los otros para evitar
la pérdida innecesaria de calor, emperezados y sin la menor
intención de mover ni un dedo sin necesidad, oíamos los agudos
silbatos y los gritos que venían de la plaza donde el turno de
noche acababa de regresar y formaba para la revista. La ventisca
abrió la puerta de par en par y la nieve entró en nuestro
barracón. Un camarada exhausto y cubierto de nieve entró
tambaleándose y durante unos minutos permaneció sentado, pero
el guardia le echó fuera de nuevo. Estaba estrictamente prohibido
admitir a un extraño en un barracón mientras se procedía a pasar
revista. ¡Cómo compadecía a aquel individuo y qué contento
estaba yo de no encontrarme en su lugar, sino dormitando en la
enfermería! ¡Qué salvación suponía el permanecer allí dos días y,
tal vez, otros dos más!

¿Al campo de infecciosos?.

Mi suerte se vio incrementada todavía más. Al cuarto día de mi
estancia en la enfermería y a punto de ser asignado al turno de
noche —lo que habría supuesto mi muerte segura—, el médico
jefe entró apresuradamente en el barracón y me sugirió que me
ofreciese voluntario para desempeñar tareas sanitarias en un
campo destinado a enfermos de tifus. En contra de los consejos
de mis amigos (y a pesar de que casi ninguno de mis colegas se
ofrecía), decidí ir como voluntario. Sabía que en un grupo de
trabajo moriría en poco tiempo y si tenía que morir, siquiera podía
darle algún sentido a mi muerte. Pensé que tenía más sentido
intentar ayudar a mis camaradas como médico que vegetar o
perder la vida trabajando de forma improductiva como hacía
entonces. Para mí era una cuestión de matemáticas sencillas y no
de sacrificio. Pero el suboficial del equipo sanitario había
ordenado, en secreto, que se "cuidara" de forma especial a los
dos médicos voluntarios para ir al campo de infecciosos hasta que
fueran trasladados al mismo. El aspecto de debilidad que
presentábamos era tal que temía tener dos cadáveres más, en
vez de dos médicos.
Ya he mencionado antes que todo lo que no se relacionaba con
la preocupación inmediata de la supervivencia de uno mismo y
sus amigos, carecía de valor. Todo se supeditaba a tal fin. El
carácter del hombre quedaba absorbido hasta el extremo de verse
envuelto en un torbellino mental que ponía en duda y amenazaba
toda la escala de valores que hasta entonces había mantenido.
Influido por un entorno que no reconocía el valor de la vida y la
dignidad humanas, que había desposeído al hombre de su
voluntad y le había convertido en objeto de exterminio (no sin
utilizarle antes al máximo y extraerle hasta el último gramo de
sus recursos físicos) el yo personal acababa perdiendo sus
principios morales. Si, en un ultimo esfuerzo por mantener la
propia estima, el prisionero de un campo de concentración no
luchaba contra ello, terminaba por perder el sentimiento de su
propia individualidad, de ser pensante, con una libertad interior y
un valor personal. Acababa por considerarse sólo una parte de la
masa de gente: su existencia se rebajaba al nivel de la vida
animal. Transportaban a los hombres en manadas, unas veces a
un sitio y otras a otro; unas veces juntos y otras por separado,
como un rebaño de ovejas sin voluntad ni pensamiento propios.
Una pandilla pequeña pero peligrosa, diestra en métodos de
tortura y sadismo, los observaba desde todos los ángulos.
Conducían al rebaño sin parar, atrás, adelante, con gritos,
patadas y golpes, y nosotros, los borregos, teníamos dos
pensamientos: cómo evitar a los malvados sabuesos y cómo
obtener un poco de comida. Lo mismo que las ovejas se
congregan tímidamente en el centro del rebaño, también nosotros
buscábamos el centro de las formaciones: allí teníamos más
oportunidades de esquivar los golpes de los guardias que
marchaban a ambos lados, al frente y en la retaguardia de la
columna. Los puestos centrales tenían la ventaja adicional de
protegernos de los gélidos vientos. De modo que el hecho de
querer sumergirse literalmente en la multitud era en realidad una
manera de intentar salvar el pellejo. En las formaciones esto se
hacía de modo automático, pero otras veces se trataba de un acto
definitivamente consciente por nuestra parte, de acuerdo con las
leyes imperativas del instinto de conservación: no ser conspicuos.
Siempre hacíamos todo lo posible por no llamar la atención de los
SS.

Añoranza de soledad.

Cierto que había veces en que era posible —y hasta
necesario— mantenerse alejado de la multitud. Es bien sabido
que una vida comunitaria impuesta, en la que se presta atención
a todo lo que uno hace y en todo momento, puede producir la
irresistible necesidad de alejarse, al menos durante un corto
tiempo. El prisionero anhelaba estar a solas consigo mismo y con
sus pensamientos. Añoraba su intimidad y su soledad. Después
de mi traslado a un llamado "campo de reposo", tuve la rara
fortuna de encontrar de vez en cuando cinco minutos de soledad.
Tras el barracón de suelo de tierra en el que trabajaba y donde se
hacinaban unos 50 pacientes delirantes, había un lugar tranquilo
junto a la doble alambrada que rodeaba el campo. Allí se había
improvisado una tienda con unos cuantos postes y ramas de
árboles para cobijar media docena de cadáveres (que era la cuota
diaria de muertes en el campo). Había también un pozo que
llevaba a las tuberías de conducción de agua. Siempre que no
eran necesarios mis servicios solía sentarme en cuclillas sobre la
tapa de madera de este pozo, contemplando el florecer de las
verdes laderas y las lejanas colinas azuladas del paisaje bávaro,
enmarcado por las mallas de la alambrada de púas. Soñaba
añorante y mis pensamientos vagaban al norte, al nordeste y en
dirección a mi hogar, pero sólo veía nubes.
No me molestaban los cadáveres próximos a mí,
hormigueantes de piojos; sólo las pisadas de los guardias, al
pasar, me despertaban de mis sueños; o, a veces, una llamada
desde la enfermería o para recoger un nuevo envío de medicinas
para mi barracón, envío consistente en cinco o diez tabletas de
aspirina, para 50 pacientes y varios días. Las recogía y luego
hacía mi ronda, tomándole el pulso a los pacientes y
suministrándoles media tableta si se trataba de casos graves.
Pero los casos desahuciados no recibían medicinas. No les
hubieran ayudado y, además, habrían privado de ellas a los que
todavía tenían alguna esperanza. Para los enfermos leves no tenía
más que unas palabras de aliento. Así me arrastraba de paciente
en paciente, aunque yo mismo me encontraba exhausto y
convaleciente de un fuerte ataque de tifus. Después volvía a mi
lugar solitario sobre la tapa de madera del pozo. Por cierto, este
pozo salvó una vez la vida de tres compañeros prisioneros. Poco
antes de la liberación, se organizaron transportes masivos hasta
Dachau y estos tres hombres, acertadamente, intentaron evitar el
viaje. Bajaron al pozo y allí se escondieron de los guardias. Yo me
senté tranquilamente sobre la tapa, con aire inocente, tirando
piedrecitas a la alambrada de púas, como si se tratase de un
juego infantil. Al reparar en mí, el guardia dudó un momento,
pero pasó de largo. Pronto pude decir a los hombres que estaban
abajo que lo peor había pasado.

Juguete del destino.

Resulta difícil para un extraño comprender cuan poco valor se
concedía en el campo a la vida humana. El prisionero estaba ya
endurecido, pero posiblemente adquiría más conciencia de este
absoluto desprecio por la vida cuando se organizaba un convoy de
enfermos. Los cuerpos demacrados se echaban en carretillas que
los prisioneros empujaban a lo largo de muchos kilómetros, a
veces entre tormentas de nieve, hasta el siguiente campo. Si uno
de los enfermos moría antes de salir, se le echaba de todas
formas, ¡porque la lista tenía que estar completa! La lista era lo
único importante. Los hombres sólo contaban por su número de
prisionero. Uno se convertía literalmente en un número: que
estuviera muerto o vivo no importaba, ya que la vida de un
"número" era totalmente irrelevante. Y menos aún importaba lo
que había tras aquel número y aquella vida: su destino, su
historia o el nombre del prisionero. En los transportes de
pacientes a los que yo, en calidad de médico, tenía que
acompañar desde un campo de Baviera a otro, hubo un prisionero
joven cuyo hermano no estaba en lista y al que, por tanto, había
que dejar atrás. El joven suplicó tanto que el guardia decidió
hacer un cambio y el hermano ocupó el lugar de un hombre que,
de momento, prefería quedarse. ¡Con tal de que la lista estuviera
correcta! Y esto era fácil: el hermano cambió su número, nombre
y apellido con los del otro prisionero, pues, como ya he dicho
antes, carecíamos de documentación; ya teníamos bastante
suerte con conservar nuestro cuerpo que, al fin y al cabo, seguía
respirando. Todo lo demás que nos rodeaba, como los harapos
que pendían de nuestros esqueletos macilentos, sólo tenía interés
cuando se ordenaba un transporte de enfermos. Se examinaba a
los "musulmanes" con curiosidad descarada, con el fin de
averiguar si sus chaquetas o sus zapatos eran mejores que los de
uno. Después de todo, su suerte estaba echada. Pero los que
quedaban en el campo, capaces aún para algún trabajo, debían
aguzar sus recursos para mejorar las posibilidades de
supervivencia. No eran sentimentales. Los prisioneros se
consideraban totalmente a merced del humor de los guardias —
juguetes del destino— y esto les hacía más inhumanos de lo que
las circunstancias habrían hecho presumir. Siempre había
pensado que, al cabo de cinco o diez años, el hombre estaba
siempre en condiciones de saber lo que había repercutido
favorablemente en su vida. El campo de concentración me
proporcionó mayor precisión: con frecuencia sabíamos si algo
había sido bueno al cabo de cinco o diez minutos. En Auschwitz
me impuse a mí mismo una norma que resultó ser buena y que
todos mis camaradas observaron más tarde. Por regla general,
contestaba a todas las preguntas con la verdad, pero guardaba
silencio sobre lo que no se me pedía de forma expresa. Si me
preguntaban la edad, la decía; si querían saber mi profesión,
decía "médico", sin más explicaciones. En la primera mañana en
Auschwitz un oficial de las SS asistió a la revista. Teníamos que
agruparnos atendiendo a diferentes criterios: prisioneros de más
de cuarenta años, de menos de cuarenta, trabajadores del metal,
mecánicos, etc. Luego examinaban si teníamos hernias y algunos
prisioneros tenían que formar otro grupo. El mío fue llevado a
otro barracón, donde nos alinearon de nuevo. Tras otra selección
y después de más preguntas sobre mi edad y profesión, me
enviaron a un grupo más reducido. De nuevo nos condujeron a
otro barracón agrupados de forma diferente. Este proceso
continuó durante un tiempo y yo me sentía muy desdichado al
encontrarme entre extranjeros que hablaban lenguas para mí
ininteligibles. Por fin pasé la última revisión y me hallé de nuevo
en el grupo que estaba conmigo en el primer barracón. Mis
compañeros apenas se habían dado cuenta de que durante aquel
tiempo yo había andado de barracón en barracón. Fui consciente
de que en los pocos minutos transcurridos me había cruzado con
un destino distinto en cada ocasión.
Cuando se organizó el traslado de los enfermos al "campo de
reposo", mi nombre (es decir, mi número) estaba en la lista, ya
que se necesitaban algunos médicos. Pero nadie creía que el lugar
de destino fuera de verdad un campo de reposo. Unas semanas
atrás se había preparado un traslado similar y entonces todos
pensaron que les llevaban a la cámara de gas. Cuando se anunció
que quien se presentara voluntario para el temido turno de noche
sería borrado de la lista, de inmediato se ofrecieron voluntarios 28
prisioneros. Un cuarto de hora más tarde se canceló el transporte
pero aquellos 28 prisioneros quedaron en la lista del turno de
noche. Para la mayoría de ellos significó la muerte en un plazo de
quince días.

La ultima voluntad aprendida de memoria.

Y ahora se disponía por segunda vez el transporte al campo de
reposo. Y también ahora se desconocía si era una estratagema
para aprovecharse de los enfermos hasta su último aliento, aun
cuando sólo fuera durante catorce días o si su destino serían las
cámaras de gas o un campo de reposo verdadero. El médico jefe,
que me había tomado cierto apego, me dijo furtivamente una
noche a las diez menos cuarto:
"He hecho saber en el cuarto de mando que todavía se puede
borrar su nombre de la lista; tiene de tiempo hasta las diez."
Le dije que eso no iba conmigo; que yo había aprendido a
dejar que el destino siguiera su curso:
"Prefiero quedarme con mis amigos", le contesté.
Sus ojos tenían una expresión de piedad, como si
comprendiera... Estrechó mi mano en silencio, a modo de adiós,
no para la vida, sino desde la vida. Despacio, volví a mi barracón
y allí encontré a un buen amigo esperándome:
"¿De verdad quieres irte con ellos?", me dijo con tristeza.
"Sí, voy a ir."
Se le saltaron las lágrimas y yo traté de consolarle. Todavía
me quedaba algo por hacer, expresarle mi última voluntad.
"Otto, escucha, en caso de que yo no regrese a casa junto a
mi mujer y en caso de que la vuelvas a ver, dile que yo hablaba
de ella a diario, continuamente. Recuérdalo. En segundo lugar,
que la he amado más que a nadie. En tercer lugar, que el breve
tiempo que estuve casado con ella tiene más valor que nada, que
pesa en mí más incluso que todo lo que hemos pasado aquí.
Otto, ¿dónde estás ahora? ¿Vives? ¿Qué ha sido de ti desde
aquel momento en que estuvimos juntos por última vez?
¿Encontraste a tu mujer? ¿Recuerdas cómo te hice aprender de
memoria mi última voluntad —palabra por palabra— a pesar de
tus lágrimas de niño?
A la mañana siguiente partí con el transporte. Esta vez no era
ningún truco. No nos llevaron a la cámara de gas, sino a un
campo de reposo de verdad. Los que me compadecieron se
quedaron en un campo donde el hambre se iba' a ensañar en ellos
con mayor fiereza que en este nuevo campo. Habían intentado
salvarse pero lo que hicieron fue sellar su propio destino. Meses
después, tras la liberación, encontré a un amigo de aquel campo,
quien me contó que él, como policía, había tenido que buscar un
trozo de carne humana que faltaba de un montón de cadáveres y
que la rescató de un puchero donde la encontró cociéndose. El
canibalismo había hecho su aparición; yo me fui justamente a
tiempo.
¿No recuerda esto el relato de Muerte en Teherán? En cierta
ocasión, un persa rico y poderoso paseaba por el jardín con uno
de sus criados, compungido éste porque acababa de encontrarse
con la muerte, quien le había amenazado. Suplicaba a su amo
para que le diera el caballo más veloz y así poder apresurarse y
llegar a Teherán aquella misma tarde. El amo accedió y el
sirviente se alejó al galope. Al regresar a su casa el amo también
se encontró a la Muerte y le preguntó: "¿Por qué has asustado y
aterrorizado a mi criado?" "Yo no le he amenazado, sólo mostré
mi sorpresa al verle aquí cuando en mis planes estaba encontrarle
esta noche en Teherán", contestó la muerte.

Planes de fuga.

El prisionero de un campo de concentración temía tener que
tomar una decisión o cualquier otra iniciativa. Esto era resultado
de un sentimiento muy fuerte que consideraba al destino dueño
de uno y creía que, bajo ningún concepto, se debía influir en él.
Estaba además aquella apatía que, en buena parte, contribuía a
los sentimientos del prisionero. A veces era preciso tomar
decisiones precipitadas que, sin embargo, podían significar la vida
o la muerte. El prisionero hubiera preferido dejar que el destino
eligiera por él. Este querer zafarse del compromiso se hacía más
patente cuando el prisionero debía decidir entre escaparse o no
escaparse del campo. En aquellos minutos en que tenía que
reflexionar y decidir —y siempre era cuestión de unos minutos—
sufría todas las torturas del infierno. ¿Debía intentar escaparse?
¿Debía correr el riesgo? También yo experimenté este tormento.
Al irse acercando el frente de batalla, tuve la oportunidad de
escaparme. Un colega mío que visitaba los barracones fuera del
campo cumpliendo sus deberes profesionales quería evadirse y
llevarme con él. Me sacaría de contrabando con el pretexto de
que tenía que consultar con un colega acerca de la enfermedad de
un paciente que requería el asesoramiento del especialista. Una
vez fuera del campo, un miembro del movimiento de resistencia
extranjero nos proporcionaría uniformes y alimentos. En el último
instante surgieron ciertas dificultades técnicas y tuvimos que
regresar al campo una vez más. Aquella oportunidad nos sirvió
para surtirnos de algunas provisiones, unas cuantas patatas
podridas, y hacernos cada uno con una mochila. Entramos en un
barracón vacío de la sección de mujeres, donde no había nadie
porque éstas habían sido enviadas a otro campo. El barracón
estaba en el mayor de los desórdenes: resultaba obvio que
muchas mujeres habían conseguido víveres y se habían escapado.
Por todas partes había desperdicios, pajas, alimentos
descompuestos y loza rota. Algunos tazones estaban todavía en
buen estado y nos hubieran servido de mucho, pero decidimos
dejarlos. Sabíamos demasiado bien que, en la última época, en
que la situación era cada vez más desesperada, los tazones no
sólo se utilizaban para comer, sino también como palanganas y
orinales. (Regía una norma de cumplimiento estrictamente
obligatorio que prohibía tener cualquier tipo de utensilio en el
barracón, pero muchos prisioneros se vieron forzados a incumplir
esta regla, en especial los afectados de tifus, que estaban
demasiado débiles para salir fuera del chamizo ni aun
ayudándoles.) Mientras yo hacía de pantalla, mi amigo entró en el
barracón y al poco volvió trayendo una mochila bajo su chaqueta.
Dentro había visto otra que yo tenía que coger. Así que
cambiamos los puestos y entré yo. Al escarbar entre la basura
buscando la mochila y, si podía, un cepillo de dientes vi, de
pronto, entre tantas cosas abandonadas, el cadáver de una
mujer.
Volví corriendo a mi barracón y reuní todas mis posesiones: mi
cuenco, un par de mitones rotos, "heredados" de un paciente
muerto de tifus, y unos cuantos recortes de papel con signos
taquigráficos (en los que, como ya he mencionado antes, había
empezado a reconstruir el manuscrito que perdí en Auschwitz).
Pasé una última visita rápida a todos mis pacientes que,
hacinados, yacían sobre tablones podridos a ambos lados del
barracón. Me acerqué a un paisano mío, ya casi medio muerto, y
cuya vida yo me empeñaba en salvar a pesar de su situación.
Tenía que guardar secreto sobre mi intención de escapar, pero mi
camarada pareció adivinar que algo iba mal (tal vez yo estaba un
poco nervioso). Con la voz cansada me preguntó: "¿Te vas tú
también?" Yo lo negué, pero me resultaba muy difícil evitar su
triste mirada. Tras mi ronda volví a verle. Y otra vez sentí su
mirada desesperada y sentí como una especie de acusación. Y se
agudizó en mí la desagradable sensación que me oprimía desde el
mismo momento en que le dije a mi amigo que me escaparía con
él. De pronto decidí, por una vez, mandar en mi destino. Salí
corriendo del barracón y le dije a mi amigo que no podía irme con
él. Tan pronto como le dije que había tomado la resolución de
quedarme con mis pacientes, aquel sentimiento de desdicha me
abandonó. No sabía lo que me traerían los días sucesivos, pero yo
había ganado una paz interior como nunca antes había
experimentado. Volví al barracón, me senté en los tablones a los
pies de mi paisano y traté de consolarle; después charlé con los
demás intentando calmarlos en su delirio.
Y llegó el último día que pasamos en el campo. Según se
acercaba el frente, los transportes se habían ido llevando a. casi
todos los prisioneros a otros campos. Las autoridades, los "capos"
y los cocineros se habían esfumado. Aquel día se dio la orden de
que el campo iba a ser totalmente evacuado al atardecer. Incluso
los pocos prisioneros que quedaban (los enfermos, unos cuantos
médicos y algunos "enfermeros") tendrían que marcharse. Por la
noche había que prenderle fuego al campo. Por la tarde aún no
habían aparecido los camiones que vendrían a recoger a los
enfermos. Todo lo contrario; de pronto se cerraron las puertas del
campo y se empezó a ejercer una vigilancia estrecha sobre la
alambrada, para evitar cualquier intento de fuga. Parecía como si
hubieran condenado a los prisioneros que quedaban a quemarse
con el campo. Por segunda vez, mi amigo y yo decidimos escapar.
Nos dieron la orden de enterrar a tres hombres al otro lado de la
alambrada. Éramos los únicos que teníamos fuerzas suficientes
para realizar aquella tarea. Casi todos los demás yacían en los
pocos barracones que aún se utilizaban, postrados con fiebre y
delirando. Hicimos nuestros planes: cuando lleváramos el primer
cadáver sacaríamos la mochila de mi amigo ocultándola en la
vieja tina de ropa sucia que hacía las veces de ataúd; con el
segundo cadáver llevaríamos mi mochila del mismo modo y en el
tercer viaje trataríamos de evadirnos. Los dos primeros viajes los
hicimos según lo acordado. Cuando regresamos, esperé a que mi
amigo buscara un trozo de pan para poder comer algo los días
que pasáramos en los bosques. Esperé. Pasaban los minutos y yo
me impacientaba cada vez más al ver que no regresaba. Después
de tres años de reclusión, me imaginaba con gozo cómo sería la
libertad, pensaba en lo maravilloso que sería correr en dirección
al frente. Más tarde supe lo peligroso que hubiera sido semejante
acción. Pero no llegamos tan lejos. En el momento en que mi
amigo regresaba, la verja del campo se abrió de pronto y un
camión espléndido, de color aluminio y con grandes cruces rojas
pintadas entró despacio hasta la explanada donde formábamos.
En él venía un delegado de la Cruz Roja de Ginebra y el campo y
los últimos internados quedaron bajo su protección. El delegado
se alojaba en una granja vecina para estar cerca del campo en
todo momento y acudir en seguida en caso de emergencia.
¿Quién pensaba ya en evadirse? Del camión descargaban cajas
con medicinas, se distribuían cigarrillos, nos fotografiaban y la
alegría era inmensa. Ya no teníamos necesidad de salir corriendo
ni de arriesgarnos hasta llegar al frente de batalla.
En nuestra excitación habíamos olvidado el tercer cadáver, así
que lo sacamos afuera y lo dejamos caer en la estrecha fosa que
habíamos cavado para los tres cuerpos. El guardia que nos
acompañaba —un hombre relativamente inofensivo— se volvió de
pronto extremadamente amable. Vio que podían volverse las
tornas y trató de ganarse nuestro favor: se unió a las breves
oraciones que ofrecimos a los muertos antes de echar la tierra
sobre ellos. Tras la tensión y la excitación de los días y horas
pasados, las palabras de nuestras oraciones rogando por la paz
fueron tan fervientes como las más ardorosas que voz humana
haya musitado nunca.
El último día que pasamos en el campo fue como un anticipo
de la libertad. Pero nuestro regocijo fue prematuro. El delegado
de la Cruz Roja nos aseguró que se había firmado un acuerdo y
que no se iba a evacuar el campo; sin embargo, aquella noche
llegaron los camiones de las SS trayendo orden de despejar el
campo. Los últimos prisioneros que quedaban serían enviados a
un campo central desde donde se les remitiría a Suiza en 48
horas para canjearlos por prisioneros de guerra. Apenas podíamos
reconocer a los SS, de tan amables como se mostraban
intentando persuadirnos para que entráramos en los camiones sin
miedo y asegurándonos que podíamos felicitarnos por nuestra
buena suerte. Los que todavía tenían fuerzas se amontonaron en
los camiones y a los que estaban seriamente enfermos o muy
débiles les izaban con dificultad. Mi amigo y yo —que ya no
escondíamos nuestras mochilas— estábamos en el último grupo y
de él eligieron a trece para la última expedición. El médico jefe
contó el número preciso, pero nosotros dos no estábamos entre
ellos. Los trece subieron al camión y nosotros tuvimos que
quedarnos. Sorprendidos, desilusionados y enfadados increpamos
al doctor, que se excusó diciendo que estaba muy fatigado y se
había distraído. Aseguró que había creído que todavía teníamos
intención de evadirnos. Nos sentamos impacientes, con nuestras
mochilas a la espalda, y esperamos con el resto de los prisioneros
a que viniera un último camión. Fue una larga espera.
Finalmente, nos echamos sobre los colchones del cuarto de
guardia, ahora desierto, exhaustos por la excitación de las últimas
horas y días, durante las cuales habíamos fluctuado
continuamente entre la esperanza y la desesperación. Dormimos
con la ropa y los zapatos puestos, listos para el viaje.
El estruendo de los rifles y cañones nos despertó. Los
fogonazos de las bengalas y los disparos de fusil iluminaban el
barracón. El médico jefe se precipitó dentro ordenándonos que
nos echáramos a tierra. Un prisionero saltó sobre mi estómago
desde la litera que quedaba encima de la mía con zapatos y todo.
¡Vaya si me despertó! Entonces nos dimos cuenta de lo que
sucedía: ¡la línea de fuego había llegado hasta nosotros!
Amenguó el tiroteo y empezó a amanecer. Allá afuera, en el
mástil junto a la verja del campo, una bandera blanca flotaba al
viento. Hasta muchas semanas después no nos enteramos de
que, durante aquellas horas, el destino había jugado con los
pocos prisioneros que quedábamos en el campo. Otra vez más
pudimos comprobar cuan inciertas podían ser las decisiones
humanas, especialmente en lo que se refiere a las cosas de la
vida y la muerte. Ante mí tenía las fotografías que se habían
tomado en un pequeño campo cercano al nuestro. Nuestros
amigos que pensaron viajar hacia la libertad aquella noche,
transportados en los camiones, fueron encerrados en los
barracones y seguidamente murieron abrasados. Sus cuerpos,
parcialmente carbonizados, eran perfectamente reconocibles en la
fotografía. Yo pensé de nuevo en el cuento de Muerte en Teherán.

Irritabilidad.

Aparte de su función como mecanismo de defensa, la apatía de
los prisioneros era también el resultado de otros factores. El
hambre y la falta de sueño contribuían a ella (al igual que ocurre
en la vida normal), así como la irritabilidad en general, que era
otra de las características del estado mental de los prisioneros. La
falta de sueño se debía en parte a la invasión de toda suerte de
bichos molestos que, debido a la falta de higiene y atención
sanitaria, infectaban los barracones tan terriblemente
superpoblados. El hecho de que no tomáramos ni una pizca de
nicotina o cafeína contribuía igualmente a nuestro estado de
apatía e irritabilidad.
Además de estas causas físicas, estaban también las mentales,
en forma de ciertos complejos. La mayoría de los prisioneros
sufrían de algún tipo de complejo de inferioridad. Todos nosotros
habíamos creído alguna vez que éramos "alguien" o al menos lo
habíamos imaginado. Pero ahora nos trataban como si no
fuéramos nadie, como si no existiéramos. (La conciencia del amor
propio está tan profundamente arraigada en las cosas más
elevadas y más espirituales, que no puede arrancarse ni viviendo
en un campo de concentración. ¿Pero cuántos hombres libres, por
no hablar de los prisioneros, lo poseen?) Sin mencionarlo, lo
cierto es que el prisionero medio se sentía terriblemente
degradado. Esto se hacía obvio al observar el contraste que
ofrecía la singular estructura sociológica del campo. Los
prisioneros más "prominentes", los "capos", los cocineros, los
intendentes, los policías del campo no se sentían, por lo general,
degradados en modo alguno, como se consideraban la mayoría de
los prisioneros, sino que al contrario se consideraban
¡promovidos! Algunos incluso alimentaban mínimas ilusiones de
grandeza. La reacción mental de la mayoría, envidiosa y quejosa,
hacia esta minoría favorecida se ponía de manifiesto de muchas
maneras, a veces en forma de chistes. Por ejemplo, una vez oí a
un prisionero hablarle a otro sobre un "Capo" y decirle:
"¡Figúrate! Conocí a ese hombre cuando sólo era presidente de un
gran banco. Ahora, el cargo de "capo" se le ha subido a la
cabeza." Siempre que la mayoría degradada y la minoría
promovida entraban en conflicto (y eran muchas las
oportunidades de que tal sucediera, empezando por el reparto de
la comida) los resultados eran explosivos. De suerte que la
irritabilidad general (cuyas causas físicas se analizaron antes) se
hacía más intensa cuando se le añadían estas tensiones mentales.
Nada tiene de sorprendente que la tensión abocara en una lucha
abierta. Dado que el prisionero observaba a diario escenas de
golpes, su impulso hacia la violencia había aumentado. Yo sentía
también que cerraba los puños y que la rabia me invadía cuando
tenía hambre y cansancio. Y el cansancio era mi estado normal,
ya que durante toda la noche teníamos que cebar la estufa, que
nos permitían tener en el barracón a causa de los enfermos de
tifus. No obstante, algunas de las horas más idílicas que he
pasado en mi vida ocurrieron en medio de la noche cuando todos
los demás deliraban o dormían y yo podía extenderme frente a la
estufa y asar unas cuantas patatas robadas en un fuego
alimentado con el carbón que sustraíamos. Pero al día siguiente
me sentía todavía más cansado, insensible e irritable.
Mientras trabajé como médico en el pabellón de los enfermos
de tifus, tuve que ocupar también el puesto de jefe del mismo, lo
que quería decir que ante las autoridades del campo era
responsable de su limpieza (si es que se puede utilizar el término
limpieza para describir aquella condición). El pretexto de la
inspección a la que con frecuencia nos sometían era más con
ánimo de torturarnos que por motivos de higiene. Mayor cantidad
de alimentos y unas cuantas medicinas nos hubieran ayudado
más, pero la única preocupación de los inspectores consistía en
ver si en el centro del pasillo había una brizna de paja o si las
mantas sucias, hechas andrajos e infectadas de piojos estaban
bien plegadas y remetidas a los pies de los pacientes. El destino
de los prisioneros no les preocupaba en absoluto. Si yo me
presentaba marcialmente con mi rapada cabeza descubierta y
chocando los talones informaba: "Barracón número VI/9; 52
pacientes, dos enfermeros ayudantes y un médico", se sentían
satisfechos. A renglón seguido se marchaban. Pero hasta que
llegaban —solían anunciar su visita con muchas horas de
antelación y muchas veces ni siquiera venían— me veía obligado
a mantener bien estiradas las mantas, a recoger todas las motas
de paja que caían de las literas y a gritar a los pobres diablos que
se revolvían en sus catres, amenazando con desbaratar mis
esfuerzos para conseguir la limpieza y pulcritud requeridas. La
apatía crecía sobre todo entre los pacientes febriles, de suerte
que no reaccionaban a nada si no se les gritaba. A veces fallaban
incluso los gritos y ello exigía un tremendo esfuerzo de
autocontrol para no golpearlos. La propia irritabilidad personal
adquiría proporciones inauditas cuando chocaba con la apatía de
otro, especialmente en los casos de peligro (por ejemplo, cuando
se avecinaba una inspección) que tenían su origen en ella.

La libertad interior.

Tras este intento de presentación psicológica y explicación
psicopatológica de las características típicas del recluido en un
campo de concentración, se podría sacar la impresión de que el
ser humano es alguien completa e inevitablemente influido por su
entorno y (entendiéndose por entorno en este caso la singular
estructura del campo de concentración, que obligaba al prisionero
a adecuar su conducta a un determinado conjunto de pautas).
Pero, ¿y qué decir de la libertad humana? ¿No hay una libertad
espiritual con respecto a la conducta y a la reacción ante un
entorno dado? ¿Es cierta la teoría que nos enseña que el hombre
no es más que el producto de muchos factores ambientales
condicionantes, sean de naturaleza biológica, psicológica o
sociológica? ¿El hombre es sólo un producto accidental de dichos
factores? Y, lo que es más importante, ¿las reacciones de los
prisioneros ante el mundo singular de un campo de concentración,
son una prueba de que el hombre no puede escapar a la
influencia de lo que le rodea? ¿Es que frente a tales circunstancias
no tiene posibilidad de elección?
Podemos contestar a todas estas preguntas en base a la
experiencia y también con arreglo a los principios. Las
experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre
tiene capacidad de elección. Los ejemplos son abundantes,
algunos heroicos, los cuales prueban que puede vencerse la
apatía, eliminarse la irritabilidad. El hombre puede conservar un
vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso
en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física.
Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a
los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los
demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede
que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de
que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la
última de las libertades humanas —la elección de la actitud
personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su
propio camino.
Y allí, siempre había ocasiones para elegir. A diario, a todas
horas, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, decisión
que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que
amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo, la libertad interna;
que determinaban si uno iba o no iba a ser el juguete de las
circunstancias, renunciando a la libertad y a la dignidad, para
dejarse moldear hasta convertirse en un recluso típico.
Visto desde este ángulo, las reacciones mentales de los
internados en un campo dé concentración deben parecemos la
simple expresión de determinadas condiciones físicas y
sociológicas. Aun cuando condiciones tales como la falta de
sueño, la alimentación insuficiente y las diversas tensiones
mentales pueden llevar a creer que los reclusos se veían
obligados a reaccionar de cierto modo, en un análisis último se
hace patente que el tipo de persona en que se convertía un
prisionero era el resultado de una decisión íntima y no
únicamente producto de la influencia del campo.
Fundamentalmente, pues, cualquier hombre podía, incluso bajo
tales circunstancias, decidir lo que sería de él —mental y
espiritualmente—, pues aún en un campo de concentración puede
conservar su dignidad humana. Dostoyevski dijo en una ocasión:
"Sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos" y estas
palabras retornaban una y otra vez a mi mente cuando conocí a
aquellos mártires cuya conducta en el campo, cuyo sufrimiento y
muerte, testimoniaban el hecho de que la libertad íntima nunca se
pierde. Puede decirse que fueron dignos de sus sufrimientos y la
forma en que los soportaron fue un logro interior genuino. Es esta
libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace
que la vida tenga sentido y propósito.
Una vida activa sirve a la intencionalidad de dar al hombre una
oportunidad para comprender sus méritos en la labor creativa,
mientras que una vida pasiva de simple goce le ofrece la
oportunidad de obtener la plenitud experimentando la belleza, el
arte o la naturaleza. Pero también es positiva la vida que está casi
vacía tanto de creación como de gozo y que admite una sola
posibilidad de conducta; a saber, la actitud del hombre hacia su
existencia, una existencia restringida por fuerzas que le son
ajenas. A este hombre le están prohibidas tanto la vida creativa
como la existencia de goce, pero no sólo son significativas la
creatividad y el goce; todos los aspectos de la vida son
igualmente significativos, de modo que el sufrimiento tiene que
serlo también. El sufrimiento es un aspecto de la vida que no
puede erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la
muerte. Sin todos ellos la vida no es completa.
La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una
pregunta: ¿Sobreviviremos al campo de concentración? De lo
contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La
pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba era esta otra:
¿Tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes?
Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al
internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera
en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido
dependiera, en última instancia, de la casualidad no merecería en
absoluto la pena de ser vivida.

El destino, un regalo.

El modo en que un hombre acepta su destino y todo el
sufrimiento que éste conlleva, la forma en que carga con su cruz,
le da muchas oportunidades —incluso bajo las circunstancias más
difíciles— para añadir a su vida un sentido más profundo. Puede
conservar su valor, su dignidad, su generosidad. O bien, en la
dura lucha por la supervivencia, puede olvidar su dignidad
humana y ser poco más que un animal, tal como nos ha
recordado la psicología del prisionero en un campo de
concentración. Aquí reside la oportunidad que el hombre tiene de
aprovechar o de dejar pasar las ocasiones de alcanzar los méritos
que una situación difícil puede proporcionarle. Y lo que decide si
es merecedor de sus sufrimientos o no lo es.
No piensen que estas consideraciones son vanas o están muy
alejadas de la vida real. Es verdad que sólo unas cuantas
personas son capaces de alcanzar metas tan altas. De los
prisioneros, solamente unos pocos conservaron su libertad sin
menoscabo y consiguieron los méritos que les brindaba su
sufrimiento, pero aunque sea sólo uno el ejemplo, es prueba
suficiente de que la fortaleza íntima del hombre puede elevarle
por encima de su adverso sino. Y estos hombres no están
únicamente en los campos de concentración. Por doquier, el
hombre se enfrenta a su destino y tiene siempre oportunidad de
conseguir algo por vía del sufrimiento. Piénsese en el destino de
los enfermos, especialmente de los enfermos incurables. En una
ocasión, leí la carta escrita por un joven inválido, en la que a un
amigo le decía que acababa de saber que no viviría mucho tiempo
y que ni siquiera una operación podría aliviarle su sufrimiento.
Continuaba su carta diciendo que se acordaba de haber visto una
película sobre un hombre que esperaba su muerte con valor y
dignidad. Aquel muchacho pensó entonces que era una gran
victoria enfrentarse de este modo a la muerte y ahora —escribía—
el destino le brindaba a él una oportunidad similar.
Los que hace unos años vimos la película Resurrección —según
la novela de Tolstoi— no hubiéramos pensado nunca en un primer
momento que en ella se daban cita grandes destinos y grandes
hombres. En nuestro mundo no se daban tales situaciones por lo
que no había nunca oportunidad de alcanzar tamaña grandeza...
Al salir del cine fuimos al café más próximo, y, junto a una taza
de café y un bocadillo, nos olvidamos de los extraños
pensamientos metafísicos que por un momento habían cruzado
por nuestras mentes. Pero cuando también nosotros nos vimos
confrontados con un destino más grande e hicimos frente a la
decisión de superarlo con igual grandeza espiritual, habíamos
olvidado ya nuestras resoluciones juveniles, tan lejanas, y no
dimos la talla.
Quizás para algunos de nosotros llegue un día en que veamos
otra vez aquella película u otra análoga. Pero para entonces otras
muchas películas habrán pasado simultáneamente ante nuestros
ojos del alma; visiones de gentes que alcanzaron en sus vidas
metas más altas de las que puede mostrar una película
sentimental. Algunos detalles, de una muy especial e íntima
grandeza humana, acuden a mi mente; como la muerte de
aquella joven de la que yo fui testigo en un campo de
concentración. Es una historia sencilla; tiene poco que contar, y
tal vez pueda parecer invención, pero a mí me suena como un
poema.
Esta joven sabía que iba a morir a los pocos días; a pesar de
ello, cuando yo hablé con ella estaba muy animada.
"Estoy muy satisfecha de que el destino se haya cebado en mí
con tanta fuerza", me dijo. "En mi vida anterior yo era una niña
malcriada y no cumplía en serio con mis deberes espirituales."
Señalando a la ventana del barracón me dijo: "Aquel árbol es el
único amigo que tengo en esta soledad." A través de la ventana
podía ver justamente la rama de un castaño y en aquella rama
había dos brotes de capullos. "Muchas veces hablo con el árbol",
me dijo.
Yo estaba atónito y no sabía cómo tomar sus palabras.
¿Deliraba? ¿Sufría alucinaciones? Ansiosamente le pregunté si el
árbol le contestaba.
"Sí" ¿Y qué le decía? Respondió: "Me dice: 'Estoy aquí, estoy
aquí, yo soy la vida, la vida eterna."

Análisis de la existencia provisional.

Ya hemos dicho que, en última instancia, los responsables del
estado de ánimo más íntimo del prisionero no eran tanto las
causas psicológicas ya enumeradas cuanto el resultado de su libre
decisión. La observación psicológica de los prisioneros ha
demostrado que únicamente los hombres que permitían que se
debilitara su interno sostén moral y espiritual caían víctimas de
las influencias degenerantes del campo. Y aquí se suscita la
pregunta acerca de lo que podría o debería haber constituido este
"sostén interno".
Al relatar o escribir sus experiencias, todos los que pasaron
por la experiencia de un campo de concentración concuerdan en
señalar que la influencia más deprimente de todas era que el
recluso no supiera cuánto tiempo iba a durar su encarcelamiento.
Nadie le dio nunca una fecha para su liberación (en nuestro
campo ni siquiera tenía sentido hablar de ello). En realidad, la
duración no era sólo incierta, sino ilimitada. Un renombrado
investigador psicológico manifestó en cierta ocasión que la vida en
un campo de concentración podría denominarse "existencia
provisional". Nosotros completaríamos la definición diciendo que
es "una existencia provisional cuya duración se desconoce".
Por regla general, los recién llegados no sabían nada de las
condiciones de un campo. Los que venían de otros campos se
veían obligados a guardar silencio y, de algunos campos, nadie
regresó. Al entrar en él, las mentes de los prisioneros sufrían un
cambio. Con el fin de la incertidumbre venía la incertidumbre del
fin. Era imposible prever cuándo y cómo terminaría aquella
existencia, caso de tener fin. El vocablo latino finis tiene dos
significados: final y meta a alcanzar. El hombre que no podía ver
el fin de su "existencia provisional", tampoco podía aspirar a una
meta última en la vida. Cesaba de vivir para el futuro en
contraste con el hombre normal. Por consiguiente cambiaba toda
la estructura de su vida íntima. Aparecían otros signos de
decadencia como los que conocemos de otros aspectos de la vida.
El obrero parado, por ejemplo, está en una posición similar. Su
existencia es provisional en ese momento y, en cierto sentido, no
puede vivir para el futuro ni marcarse una meta. Trabajos de
investigación realizados sobre los mineros parados han
demostrado que sufren de una particular deformación del tiempo
—el tiempo íntimo— que es resultado de su condición de parados.
También los prisioneros sufrían de esta extraña "experiencia del
tiempo". En el campo, una unidad de tiempo pequeña, un día, por
ejemplo, repleto de continuas torturas y de fatiga, parecía no
tener fin, mientras que una unidad de tiempo mayor, quizás una
semana, parecía transcurrir con mucha rapidez. Mis camaradas
concordaron conmigo cuando dije que en el campo el día duraba
más que la semana. ¡Cuan paradójica era nuestra experiencia del
tiempo! A este respecto me viene el recuerdo de La Montaña
Mágica, de Thomas Mann, que contiene unas cuantas
observaciones psicológicas muy atinadas. Mann estudia la
evolución espiritual de personas que están en condiciones
psicológicas semejantes; es decir, los enfermos de tuberculosis en
un sanatorio, quienes tampoco conocen la fecha en que les darán
de alta; experimentan una existencia similar, sin ningún futuro,
sin ninguna meta.
Uno de los prisioneros, que a su llegada marchaba en una
larga columna de nuevos reclusos desde la estación al campo, me
dijo más tarde que había sentido como si estuviera desfilando en
su propio funeral. Le parecía que su vida no tenía ya futuro y
contemplaba todo como algo que ya había pasado, como si ya
estuviera muerto. Este sentimiento de falta de vida, de un
"cadáver viviente" se intensificaba por otras causas. Mientras que,
en cuanto al tiempo, lo que se experimentaba de forma más
aguda era la duración ilimitada del período de reclusión, en
cuanto al espacio eran los estrechos límites de la prisión. Todo lo
que estuviera al otro lado de la alambrada se antojaba remoto,
fuera del alcance y, de alguna forma, irreal. Lo que sucedía
afuera, la gente de allá, todo lo que era vida normal, adquiría
para el prisionero un aspecto fantasmal. La vida afuera, al menos
hasta donde él podía verla, le parecía casi como lo que podría ver
un hombre ya muerto que se asomara desde el otro mundo.
El hombre que se dejaba vencer porque no podía ver ninguna
meta futura, se ocupaba en pensamientos retrospectivos. En otro
contexto hemos hablado ya de la tendencia a mirar al pasado
como una forma de contribuir a apaciguar el presente y todos sus
horrores haciéndolo menos real. Pero despojar al presente de su
realidad entrañaba ciertos riesgos. Resultaba fácil desentenderse
de las posibilidades de hacer algo positivo en el campo y esas
oportunidades existían de verdad. Ese ver nuestra "existencia
provisional" como algo irreal constituía un factor importante en el
hecho de que los prisioneros perdieran su dominio de la vida; en
cierto sentido todo parecería sin objeto. Tales personas olvidaban
que muchas veces es precisamente una situación externa
excepcionalmente difícil lo que da al hombre la oportunidad de
crecer espiritualmente más allá de sí mismo. En vez de aceptar
las dificultades del campo como una manera de probar su fuerza
interior, no toman su vida en serio y la desdeñan como algo
inconsecuente. Prefieren cerrar los ojos y vivir en el pasado. Para
estas personas la vida no tiene ningún sentido.
Claro está que sólo unos pocos son capaces de alcanzar cimas
espirituales elevadas. Pero esos pocos tuvieron una oportunidad
de llegar a la grandeza humana aun cuando fuera a través de su
aparente fracaso y de su muerte, hazaña que en circunstancias
ordinarias nunca hubieran alcanzado. A los demás de nosotros, al
mediocre y al indiferente, se les podrían aplicar las palabras de
Bismarck: "La vida es como visitar al dentista. Se piensa siempre
que lo peor está por venir, cuando en realidad ya ha pasado."
Parafraseando este pensamiento, podríamos decir que muchos de
los prisioneros del campo de concentración creyeron que la
oportunidad de vivir ya les había pasado y, sin embargo, la
realidad es que representó una oportunidad y un desafío: que o
bien se puede convertir la experiencia en victorias, la vida en un
triunfo interno, o bien se puede ignorar el desafío y limitarse a
vegetar como hicieron la mayoría de los prisioneros.

Spinoza, educador.

Cualquier tentativa de combatir la influencia psicopatológica
que el campo ejercía sobre el prisionero mediante la psicoterapia
o los métodos psicohigiénicos debía alcanzar el objetivo de
conferirle una fortaleza interior, señalándole una meta futura
hacia la que poder volverse. De forma instintiva, algunos
prisioneros trataban de encontrar una meta propia. El hombre
tiene la peculiaridad de que no puede vivir si no mira al futuro:
sub specie aeternitatis. Y esto constituye su salvación en los
momentos más difíciles de su existencia, aun cuando a veces
tenga que aplicarse a la tarea con sus cinco sentidos. Por lo que a
mí respecta, lo sé por experiencia propia. Al borde del llanto a
causa del tremendo dolor (tenía llagas terribles en los pies debido
a mis zapatos gastados) recorrí con la larga columna de hombres
los kilómetros que separaban el campo del lugar de trabajo. El
viento gélido nos abatía. Yo iba pensando en los pequeños
problemas sin solución de nuestra miserable existencia. ¿Qué
cenaríamos aquella noche? ¿Si como extra nos dieran un trozo de
salchicha, convendría cambiarla por un pedazo de pan? ¿Debía
comerciar con el último cigarrillo que me quedaba de un bono que
obtuve hacía quince días y cambiarlo por un tazón de sopa?
¿Cómo podría hacerme con un trozo de alambre para reemplazar
el fragmento que me servía como cordón de los zapatos?
¿Llegaría al lugar de trabajo a tiempo para unirme al pelotón de
costumbre o tendría que acoplarme a otro cuyo capataz tal vez
fuera más brutal? ¿Qué podía hacer para estar en buenas
relaciones con un "capo" determinado que podría ayudarme a
conseguir trabajo en el campo en vez de tener que emprender a
diario aquella dolorosa caminata?
Estaba disgustado con la marcha de los asuntos que
continuamente me obligaban a ocuparme sólo de aquellas cosas
tan triviales. Me obligué a pensar en otras cosas. De pronto me vi
de pie en la plataforma de un salón de conferencias bien
iluminado, agradable y caliente. Frente a mí tenía un auditorio
atento, sentado en cómodas butacas tapizadas. ¡Yo daba una
conferencia sobre la psicología de un campo de concentración!
Visto y descrito desde la mira distante de la ciencia, todo lo que
me oprimía hasta ese momento se objetivaba. Mediante este
método, logré cierto éxito, conseguí distanciarme de la situación,
pasar por encima de los sufrimientos del momento y observarlos
como si ya hubieran transcurrido y tanto yo mismo como mis
dificultades se convirtieron en el objeto de un estudio
psicocientífico muy interesante que yo mismo he realizado. ¿Qué
dice Spinoza en su Ética? "Affectus, qui passio est, desinit esse
passio simulatque eius claram et distinctam formamus ideam. La
emoción, que constituye sufrimiento, deja de serlo tan pronto
como nos formamos una idea clara y precisa del mismo." (Ética,
5a parte, "Sobre el poder del espíritu o la libertad humana", frase III).
El prisionero que perdía la fe en el futuro —en su futuro—
estaba condenado. Con la pérdida de la fe en el futuro perdía,
asimismo, su sostén espiritual; se abandonaba y decaía y se
convertía en el sujeto del aniquilamiento físico y mental. Por regla
general, éste se producía de pronto, en forma de crisis, cuyos
síntomas eran familiares al recluso con experiencia en el campo.
Todos temíamos este momento no ya por nosotros, lo que no
hubiera tenido importancia, sino por nuestros amigos. Solía
comenzar cuando una mañana el prisionero se negaba a vestirse
y a lavarse o a salir fuera del barracón. Ni las súplicas, ni los
golpes, ni las amenazas surtían ningún efecto. Se limitaba a
quedarse allí, sin apenas moverse. Si la crisis desembocaba en
enfermedad, se oponía a que lo llevaran a la enfermería o hacer
cualquier cosa por ayudarse. Sencillamente se entregaba. Y allí se
quedaba tendido sobre sus propios excrementos sin importarle nada.
Una vez presencié una dramática demostración del estrecho
nexo entre la pérdida de la fe en el futuro y su consiguiente final.
F., el jefe de mi barracón, compositor y libretista bastante
famoso, me confió un día:
"Me gustaría contarle algo, doctor. He tenido un sueño
extraño. Una voz me decía que deseara lo que quisiera, que lo
único que tenía que hacer era decir lo que quería saber y todas
mis preguntas tendrían respuesta. ¿Quiere saber lo que le
pregunté? Que me gustaría conocer cuándo terminaría para mí la
guerra. Ya sabe lo que quiero decir, doctor, ¡para mí! Quería
saber cuándo seríamos liberados nosotros, nuestro campo, y
cuándo tocarían a su fin nuestros sufrimientos." "¿Y cuándo tuvo
usted ese sueño?", le pregunté.
"En febrero de 1945", contestó. Por entonces estábamos a
principios de marzo.
"¿Y qué le contestó la voz?"
Furtivamente me susurró:
"El treinta de marzo."
Cuando F. me habló de aquel sueño todavía estaba rebosante
de esperanza y convencido de que la voz de su sueño no se
equivocaba. Pero al acercarse el día señalado, las noticias sobre la
evolución de la guerra que llegaban a nuestro campo no hacían
suponer la probabilidad de que nos liberaran en la fecha
prometida. El 29 de marzo y de repente F. cayó enfermo con una
fiebre muy alta. El día 30 de marzo, el día que la profecía le había
dicho que la guerra y el sufrimiento terminarían para él, cayó en
un estado de delirio y perdió la conciencia. El día 31 de marzo
falleció. Según todas las apariencias murió de tifus.
Los que conocen la estrecha relación que existe entre el estado
de ánimo de una persona —su valor y sus esperanzas, o la falta
de ambos— y la capacidad de su cuerpo para conservarse
inmune, saben también que si repentinamente pierde la
esperanza y el valor, ello puede ocasionarle la muerte. La causa
última de la muerte de mi amigo fue que la esperada liberación no
se produjo y esto le desilusionó totalmente; de pronto, su cuerpo
perdió resistencia contra la infección tifoidea latente. Su fe en el
futuro y su voluntad de vivir se paralizaron y su cuerpo fue presa
de la enfermedad, de suerte que sus sueños se hicieron
finalmente realidad.
Las observaciones sobre este caso y la conclusión que de ellas
puede extraerse concuerdan con algo sobre lo que el médico jefe
del campo me llamó la atención: la tasa de mortandad semanal
en el campo aumentó por encima de todo lo previsto desde las
Navidades de 1944 al Año Nuevo de 1945. A su entender, la
explicación de este aumento no estaba en el empeoramiento de
nuestras condiciones de trabajo, ni en una disminución de la
ración alimenticia, ni en un cambió climatológico, ni en el brote de
nuevas epidemias. Se trataba simplemente de que la mayoría de
los prisioneros había abrigado la ingenua ilusión de que para
Navidad les liberarían. Según se iba acercando la fecha sin que se
produjera ninguna noticia alentadora, los prisioneros perdieron su
valor y les venció el desaliento. Como ya dijimos antes, cualquier
intento de restablecer la fortaleza interna del recluso bajo las
condiciones de un campo de concentración pasa antes que nada
por el acierto en mostrarle una meta futura. Las palabras de
Nietzsche: "Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar
cualquier cómo" pudieran ser la motivación que guía todas las
acciones psicoterapéuticas y psicohigiénicas con respecto a los
prisioneros. Siempre que se presentaba la oportunidad, era
preciso inculcarles un porque —una meta— de su vivir, a fin de
endurecerles para soportar el terrible como de su existencia.
Desgraciado de aquel que no viera ningún sentido en su vida,
ninguna meta, ninguna intencionalidad y, por tanto, ninguna
finalidad en vivirla, ése estaba perdido. La respuesta típica que
solía dar este hombre a cualquier razonamiento que tratara de
animarle, era: "Ya no espero nada de la vida." ¿Qué respuesta
podemos dar a estas palabras?

La pregunta por el sentido de la vida.

Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra
actitud hacia la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos
y* después, enseñar a los desesperados que en realidad no
importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera
algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas
sobre el significado de la vida y, en vez de ello, pensar en
nosotros como en seres a quienes la vida les inquiriera continua e
incesantemente. Nuestra contestación tiene que estar hecha no
de palabras ni tampoco de meditación, sino de una conducta y
una actuación rectas. En última instancia, vivir significa asumir la
responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los
problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna
continuamente a cada individuo.
Dichas tareas y, consecuentemente, el significado de la vida,
difieren de un hombre a otro, de un momento a otro, de modo
que resulta completamente imposible definir el significado de la
vida en términos generales. Nunca se podrá dar respuesta a las
preguntas relativas al sentido de la vida con argumentos
especiosos. "Vida" no significa algo vago, sino algo muy real y
concreto, que configura el destino de cada hombre, distinto y
único en cada caso. Ningún hombre ni ningún destino pueden
compararse a otro hombre o a otro destino. Ninguna situación se
repite y cada una exige una respuesta distinta; unas veces la
situación en que un hombre se encuentra puede exigirle que
emprenda algún tipo de acción; otras, puede resultar más
ventajoso aprovecharla para meditar y sacar las consecuencias
pertinentes. Y, a veces, lo que se exige al hombre puede ser
simplemente aceptar su destino y cargar con su cruz. Cada
situación se diferencia por su unicidad y en todo momento no hay
más que una única respuesta correcta al problema que la
situación plantea.
Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de
aceptar dicho sufrimiento, pues ésa es su sola y única tarea. Ha
de reconoces el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y
está solo en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento
ni sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que
adopte al soportar su carga.
En cuanto a nosotros, como prisioneros, tales pensamientos no
eran especulaciones muy alejadas de la realidad, eran los únicos
pensamientos capaces de ayudarnos, de liberarnos de la
desesperación, aun cuando no se vislumbrara ninguna
oportunidad de salir con vida. Ya hacía tiempo que habíamos
pasado por la etapa de pedir a la vida un sentido, tal como el de
alcanzar alguna meta mediante la creación activa de algo valioso.
Para nosotros el significado de la vida abarcaba círculos más
amplios, como son los de la vida y la muerte y por este sentido es
por el que luchábamos.

Sufrimiento como prestación.

Una vez que nos fue revelado el significado del sufrimiento,
nos negamos a minimizar o aliviar las torturas del campo a base
de ignorarlas o de abrigar falsas ilusiones o de alimentar un
optimismo artificial. El sufrimiento se había convertido en una
tarea a realizar y no queríamos volverle la espalda. Habíamos
aprehendido las oportunidades de logro que se ocultaban en él,
oportunidades que habían llevado al poeta Rilke a decir: "Wie viel
ist aufzuleiden" "¡Por cuánto sufrimiento hay que pasar!." Rilke
habló de "conseguir mediante el sufrimiento" donde otros hablan
de "conseguir por medio del trabajo". Ante nosotros teníamos una
buena cantidad de sufrimiento que debíamos soportar, así que era
preciso hacerle frente procurando que los momentos de debilidad
y de lágrimas se redujeran al mínimo. Pero no había ninguna
necesidad de avergonzarse de las lágrimas, pues ellas testificaban
que el hombre era verdaderamente valiente; que tenía el valor de
sufrir. No obstante, muy pocos lo entendían así. Algunas veces,
alguien confesaba avergonzado haber llorado, como aquel
compañero que respondió a mi pregunta sobre cómo había
vencido el edema, confesando: "Lo he expulsado de mi cuerpo a
base de lágrimas."

Algo nos espera.

Siempre que era posible, en el campo se aplicaba algo que
podría definirse como los fundamentos de la psicoterapia o de la
psicohigiene, tanto individual como colectivamente. Los esbozos
de psicoterapia individual solían ser del tipo del "procedimiento
para salvar la vida". Dichas acciones se emprendían por regla
general con vistas a evitar los suicidios. Una regla del campo muy
estricta prohibía que se tomara ninguna iniciativa tendente a
salvar a un hombre que tratara de suicidarse. Por ejemplo, se
prohibía cortar la soga del hombre que intentaba ahorcarse, por
consiguiente, era de suma importancia impedir que se llegara a
tales extremos.
Recuerdo dos casos de suicidio frustrado que guardan entre sí
mucha similitud. Ambos prisioneros habían comentado sus
intenciones de suicidarse basando su decisión en el argumento
típico de que ya no esperaban nada de la vida. En ambos casos se
trataba por lo tanto de hacerles comprender que la vida todavía
esperaba algo de ellos. A uno le quedaba un hijo al que él
adoraba y que estaba esperándole en el extranjero. En el otro
caso no era una persona la que le esperaba, sino una cosa, ¡su
obra! Era un científico que había iniciado la publicación de una
colección de libros que debía concluir. Nadie más que él podía
realizar su trabajo, lo mismo que nadie más podría nunca
reemplazar al padre en el afecto del hijo.
La unicidad y la resolución que diferencian a cada individuo y
confieren un significado a su existencia tienen su incidencia en la
actividad creativa, al igual que la tienen en el amor. Cuando se
acepta la imposibilidad de reemplazar a una persona, se da paso
para que se manifieste en toda su magnitud la responsabilidad
que el hombre asume ante su existencia. El hombre que se hace
consciente de su responsabilidad ante el ser humano que le
espera con todo su afecto o ante una obra inconclusa no podrá
nunca tirar su vida por la borda. Conoce el "porqué" de su
existencia y podrá soportar casi cualquier "cómo".

Una palabra a tiempo.

Las oportunidades para la psicoterapia colectiva eran
limitadas. El ejemplo correcto era más efectivo de lo que pudieran
serlo las palabras. Los jefes de barracón que no eran autoritarios,
por ejemplo, tenían precisamente por su forma de ser y actuar
mil oportunidades de ejercitar una influencia de largo alcance
sobre los que estaban bajo su jurisdicción. La influencia inmediata
de una determinada forma de conducta es siempre más efectiva
que las palabras. Pero, a veces, una palabra también resulta
efectiva cuando la receptividad mental se intensifica con motivo
de las circunstancias externas. Recuerdo un incidente en que
hubo lugar para realizar una labor terapéutica sobre todos los
prisioneros de un barracón, como consecuencia de la
intensificación de su receptividad provocada por una determinada
situación externa.
Había sido un día muy malo. A la hora de la formación se
había leído un anuncio sobre los muchos actos que, de entonces
en adelante, se considerarían acciones de sabotaje y, por
consiguiente, punibles con la horca. Entre estas faltas se incluían
nimiedades como cortar pequeñas tiras de nuestras viejas mantas
(para utilizarlas como vendajes para los tobillos) y "robos
mínimos. Hacía unos días que un prisionero al borde de la
inanición había entrado en el almacén de víveres y había robado
algunos kilos de patatas. El robo se descubrió y algunos
prisioneros reconocieron al "ladrón". Cuando las autoridades del
campo tuvieron noticia de lo sucedido, ordenaron que les
entregáramos al culpable; si no, todo el campo ayunaría un día.
Claro está que los 2500 hombres prefirieron callar. La tarde de
aquel día de ayuno yacíamos exhaustos en los camastros. Nos
encontrábamos en las horas más bajas. Apenas sé decía palabra y
las que se pronunciaban tenían un tono de irritación. Entonces, y
para empeorar aún más las cosas, se apagó la luz. Los estados de
ánimo llegaron a su punto más bajo. Pero el jefe de nuestro
barracón era un hombre sabio e improvisó una pequeña charla
sobre todo lo que bullía en nuestra mente en aquellos momentos.
Se refirió a los muchos compañeros que habían muerto en los
últimos días por enfermedad o por suicidio, pero también indicó
cuál había sido la verdadera razón de esas muertes: la pérdida de
la esperanza. Aseguraba que tenía que haber algún medio de
prevenir que futuras víctimas llegaran a estados tan extremos. Y
al decir esto me señalaba a mí para que les aconsejara.
Dios sabe que no estaba en mi talante dar explicaciones
psicológicas o predicar sermones a fin de ofrecer a mis camaradas
algún tipo de cuidado médico de sus almas. Tenía frío y sueño,
me sentía irritable y cansado, pero hube de sobreponerme a mí
mismo y aprovechar la oportunidad. En aquel momento era más
necesario que nunca infundirles ánimos.

Asistencia psicológica.

Seguidamente hablé del futuro inmediato. Y dije que, para el
que quisiera ser imparcial, éste se presentaba bastante negro y
concordé con que cada uno de nosotros podía adivinar que sus
posibilidades de supervivencia eran mínimas: aun cuando ya no
había epidemia de tifus yo estimaba que mis propias
oportunidades estaban en razón de uno a veinte. Pero también les
dije que, a pesar de ello, no tenía intención de perder la
esperanza y tirarlo todo por la borda, pues nadie sabía lo que el
futuro podía depararle y todavía menos la hora siguiente. Y aun
cuando no cabía esperar ningún acontecimiento militar importante
en los días sucesivos, quiénes mejor que nosotros, con nuestra
larga experiencia en los campos para saber que a veces se
ofrecían, de repente, grandes oportunidades, cuando menos a
nivel individual. Por ejemplo, cabía la posibilidad de que,
inesperadamente, uno fuera destinado a un grupo especial que
gozara de condiciones laborales particularmente favorables, ya
que este tipo de cosas constituían la "suerte" del prisionero.
Pero no. sólo hablé del futuro y del velo que lo cubría.
También les hablé del pasado: de todas sus alegrías y de la luz
que irradiaba, brillante aun en la presente oscuridad. Para evitar
que mis palabras sonaran como las de un predicador, cité de
nuevo al poeta que había escrito: “Was du erlebt, kann keine
Macht der Welt dir rauben, ningún poder de la tierra podrá
arrancarte lo que has vivido.” No ya sólo nuestras experiencias,
sino cualquier cosa que hubiéramos hecho, cualesquiera
pensamientos que hubiéramos tenido, así como todo lo que
habíamos sufrido, nada de ello se había perdido, aun cuando
hubiera pasado; lo habíamos hecho ser, y haber sido es también
una forma de ser y quizá la más segura.
Seguidamente me referí a las muchas oportunidades
existentes para darle un sentido a la vida. Hablé a mis camaradas
(que yacían inmóviles, si bien de vez en cuando se oía algún
suspiro) de que la vida humana no cesa nunca, bajo ninguna
circunstancia, y de que este infinito significado de la vida
comprende también el sufrimiento y la agonía, las privaciones y la
muerte. Pedí a aquellas pobres criaturas que me escuchaban
atentamente en la oscuridad del barracón que hicieran cara a lo
serio de nuestra situación. No tenían que perder las esperanzas,
antes bien debían conservar el valor en la certeza de que nuestra
lucha desesperada no perdería su dignidad ni su sentido. Les
aseguré que en las horas difíciles siempre había alguien que nos
observaba —un amigo, una esposa, alguien que estuviera vivo o
muerto, o un Dios— y que sin duda no querría que le
decepcionáramos, antes bien, esperaba que sufriéramos con
orgullo —y no miserablemente— y que supiéramos morir.
Y, finalmente, les hablé de nuestro sacrificio, que en cada caso
tenía un significado. En la naturaleza de este sacrificio estaba el
que pareciera insensato para la vida normal, para el mundo donde
imperaba el éxito material. Pero nuestro sacrificio sí tenía un
sentido. Los que profesaran una fe religiosa, dije con franqueza,
no hallarían dificultades para entenderlo. Les hablé de un
camarada que al llegar al campo había querido hacer un pacto
con el cielo para que su sacrificio y su muerte liberaran al ser que
amaba de un doloroso final. Para él, tanto el sufrimiento como la
muerte y, especialmente, aquel sacrificio, eran significativos. Por
nada del mundo quería morir, como tampoco lo queríamos
ninguno de nosotros. Mis palabras tenían como objetivo dotar a
nuestra vida de un significado, allí y entonces, precisamente en
aquel barracón y aquella situación, prácticamente desesperada.
Pude comprobar que había logrado mi propósito, pues cuando se
encendieron de nuevo las luces, las miserables figuras de mis
camaradas se acercaron renqueantes hacia mí para darme las
gracias, con lágrimas en los ojos. Sin embargo, es preciso que
confiese aquí que sólo muy raras veces hallé en mi interior
fuerzas para establecer este tipo de contacto con mis compañeros
de sufrimientos y que, seguramente, perdí muchas oportunidades
de hacerlo.

Psicología de los guardias del campamento.

Llegamos ya a la tercera fase de las reacciones espirituales del
prisionero: su psicología tras la liberación. Pero antes de entrar en
ella consideremos una pregunta que suele hacérsele al psicólogo,
sobre todo cuando conoce el tema por propia experiencia: ¿Qué
opina del carácter psicológico de los guardias del campo? ¿Cómo
es posible que hombres de carne y hueso como los demás
pudieran tratar a sus semejantes en la forma que los prisioneros
aseguran que los trataron? Si tras haber oído una y otra vez los
relatos de las atrocidades cometidas se llega al convencimiento de
que, por increíbles que parezcan, sucedieron de verdad, lo
inmediato es preguntar cómo pudieron ocurrir desde un punto de
vista psicológico. Para contestar a esta pregunta, aunque sin
entrar en muchos detalles, es preciso puntualizar algunas cosas.
En primer lugar, había entre los guardias algunos sádicos, sádicos
en el sentido clínico más estricto. En segundo lugar, se elegía
especialmente a los sádicos siempre que se necesitaba un
destacamento de guardias muy severos. A esa selección negativa
de la que ya hemos hablado en otro lugar, como la que se
realizaba entre la masa de los propios prisioneros para elegir a
aquellos que debían ejercer la función de "capos" y en la que es
fácil comprender que, a menudo, fueran los individuos más
brutales y egoístas los que tenían más probabilidades de
sobrevivir, a esta selección negativa, pues, se añadía en el campo
la selección positiva de los sádicos.
Se armaba un gran revuelo de alegría cuando, tras dos horas
de' duro bregar bajo la cruda helada, nos permitían calentarnos
unos pocos minutos allí mismo, al pie del trabajo, frente a una
pequeña estufa que se cargaba con ramitas y virutas de madera.
Pero siempre había algún capataz que sentía gran placer en
privarnos de esta pequeña comodidad. Su rostro expresaba bien a
las claras la satisfacción que sentía no ya sólo al prohibirnos estar
allí, sino volcando la estufa y hundiendo su amoroso fuego en la
nieve. Cuando a las SS les molestaba determinada persona,
siempre había en sus filas alguien especialmente dotado y
altamente especializado en la tortura sádica a quien se enviaba al
desdichado prisionero.
En tercer lugar, los sentimientos de la mayoría de los guardias
se hallaban embotados por todos aquellos años en que, a ritmo
siempre creciente, habían sido testigos de los brutales métodos
del campo. Los que estaban endurecidos moral y mentalmente
rehusaban, al menos, tomar parte activa en acciones de carácter
sádico, pero no impedían que otros las realizaran.
En cuarto lugar, es preciso afirmar que aun entre los guardias
había algunos que sentían lástima de nosotros. Mencionaré
únicamente al comandante del campo del que fui liberado.
Después de la liberación —y sólo el médico del campo, que
también era prisionero, tenía conocimiento de ello antes de esa
fecha— me enteré de que dicho comandante había comprado en
la localidad más próxima medicinas destinadas a los prisioneros y
había pagado de su propio bolsillo cantidades nada despreciables.
Por lo que se refiere a este comandante de las SS, ocurrió un
incidente interesante relativo a la actitud que tomaron hacia él
algunos de los prisioneros judíos. Al acabar la guerra y ser
liberados por las tropas norteamericanas, tres jóvenes judíos
húngaros escondieron al comandante en los bosques bávaros. A
continuación se presentaron ante el comandante de las fuerzas
americanas, quien estaba ansioso por capturar a aquel oficial de
las SS, para decirle que le revelarían donde se encontraba
únicamente bajo determinadas condiciones: el comandante
norteamericano tenía que prometer que no se haría ningún daño
a aquel hombre. Tras pensarlo un rato, el comandante prometió a
los jóvenes judíos que cuando capturara al prisionero se ocuparía
de que no le causaran la más mínima lesión y no sólo cumplió su
promesa, sino que, como prueba de ello, el antiguo comandante
del campo de concentración fue, de algún modo, repuesto en su
cargo, encargándose de supervisar la recogida de ropas entre las
aldeas bávaras más próximas y de distribuirlas entre nosotros.
El prisionero más antiguo del campo era, sin embargo, mucho
peor que todos los guardias de las SS juntos. Golpeaba a los
demás prisioneros a la más mínima falta, mientras que el
comandante alemán, hasta donde yo sé, no levantó nunca la
mano contra ninguno de nosotros.
Es evidente que el mero hecho de saber que un hombre fue
guardia del campo o prisionero nada nos dice. La bondad humana
se encuentra en todos los grupos, incluso en aquellos que, en
términos generales, merecen que se les condene. Los límites
entre estos grupos se superponen muchas veces y no debemos
inclinarnos a simplificar las cosas asegurando que unos hombres
eran unos ángeles y otros unos demonios. Lo cierto es que,
tratándose de un capataz, el hecho de ser amable con los
prisioneros a pesar de todas las perniciosas influencias del campo
es un gran logro, mientras que la vileza del prisionero que
maltrata a sus propios compañeros merece condenación y
desprecio en grado sumo. Obviamente, los prisioneros veían en
estos hombres una falta de carácter que les desconcertaba
especialmente, mientras que se sentían profundamente
conmovidos por la más mínima muestra de bondad recibida de
alguno de los guardias. Recuerdo que un día un capataz me dio
en secreto un trozo de pan que debió haber guardado de su
propia ración del desayuno. Pero me dio algo más, un "algo"
humano que hizo que se me saltaran las lágrimas: la palabra y la
mirada con que aquel hombre acompañó el regalo.
De todo lo expuesto debemos sacar la consecuencia de que
hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la
"raza" de los hombres decentes y la raza de los indecentes.
Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas
sociales. Ningún grupo se compone de hombres decentes o de
hombres indecentes, así sin más ni más. En este sentido, ningún
grupo es de "pura raza" y, por ello, a veces se podía encontrar,
entre los guardias, a alguna persona decente.
La vida en un campo de concentración abría de par en par el
alma humana y sacaba a la luz sus abismos. ¿Puede sorprender
que en estas profundidades encontremos, una vez más,
únicamente cualidades humanas que, en su naturaleza más
íntima, eran una mezcla del bien y del mal? La escisión que
separa el bien del mal, que atraviesa imaginariamente a todo ser
humano, alcanza a las profundidades más hondas y se hizo
manifiesta en el fondo del abismo que se abrió en los campos de
concentración.
Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre
quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el
hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha
inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha
entrado en ellas con paso firme musitando una oración.

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