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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Viktor Frankl: EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO. Parte Primera: un psicólogo en un campo de concentración



Parte Primera: un psicólogo en un campo de concentración

"Un psicólogo en un campo de concentración". No se trata, por
lo tanto, de un relato de hechos y sucesos, sino de experiencias
personales, experiencias que millones de seres humanos han
sufrido una y otra vez. Es la historia íntima de un campo de
concentración contada por uno de sus supervivientes. No se
ocupa de los grandes horrores que ya han sido suficiente y
prolijamente descritos (aunque no siempre y no todos los hayan
creído), sino que cuenta esa otra multitud de pequeños
tormentos. En otras palabras, pretende dar respuesta a la
siguiente pregunta: ¿Cómo incidía la vida diaria de un campo de
concentración en la mente del prisionero medio?
Muchos de los sucesos que aquí se describen no tuvieron lugar
en los grandes y famosos campos, sino en los más pequeños, que
es donde se produjo la mayor experiencia del exterminio.
Tampoco es un libro sobre el sufrimiento y la muerte de grandes
héroes y mártires, ni sobre los preeminentes "capos" —
prisioneros que actuaban como especie de administradores y
tenían privilegios especiales— o los prisioneros de renombre. Es
decir, no se refiere tanto a los sufrimientos de los poderosos,
cuanto a los sacrificios, crucifixión y muerte de la gran legión de
víctimas desconocidas y olvidadas, pues era a estos prisioneros
normales y corrientes, que no llevaban ninguna marca distintiva
en sus mangas, a quienes los "capos" realmente despreciaban.
Mientras estos prisioneros comunes tenían muy poco o nada que
llevarse a la boca, los "capos" no padecían nunca hambre; de
hecho, muchos de estos "capos" lo pasaron mucho mejor en los
campos que en toda su vida, y muy a menudo eran más duros
con los prisioneros que los propios guardias, y les golpeaban con
mayor crueldad que los hombres de las SS. Claro está que los
"capos" se elegían de entre aquellos prisioneros cuyo carácter
hacía suponer que serían los indicados para tales procedimientos,
y si no cumplían con lo que se esperaba de ellos, inmediatamente
se les degradaba. Pronto se fueron pareciendo tanto a los
miembros de las SS y a los guardianes de los campos que se les
podría juzgar desde una perspectiva psicológica similar.

Selección activa y pasiva.

Es muy fácil para el que no ha estado nunca en un campo de
concentración hacerse una idea equivocada de la vida en él, idea
en la que piedad y simpatía aparecen mezcladas, sobre todo al no
conocer prácticamente nada de la dura lucha por la existencia que
precisamente en los campos más pequeños se libraba entre los
prisioneros, del combate inexorable por el pan de cada día y por
la propia vida, por el bien de uno mismo y por la propia vida, por
el bien de uno mismo y por el de un buen amigo. Pongamos como
ejemplo las veces en que oficialmente se anunciaba que se iba a
trasladar a unos cuantos prisioneros a un campo de
concentración, pero no era muy difícil adivinar que el destino final
de todos ellos sería sin duda la cámara de gas. Se seleccionaba a
los más enfermos o agotados, incapaces de trabajar, y se les
enviaba a alguno de los campos centrales equipados con cámaras
de gas y crematorios. El proceso de selección era la señal para
una abierta lucha entre los compañeros o entre un grupo contra
otro. Lo único que importaba es que el nombre de uno o el del
amigo fuera tachado de la lista de las víctimas aunque todos
sabían que por cada hombre que se salvaba se condenaba a otro.
En cada traslado tenía que haber un número determinado de
pasajeros, quien fuera no importaba tanto, puesto que cada uno
de ellos no era más que un número y así era como constaban en
las listas. Al entrar en el campo se les quitaban todos los
documentos y objetos personales (al menos ése era el método
seguido en Auschwitz), por consiguiente cada prisionero tenía la
oportunidad de adoptar un nombre o una profesión falsos y lo
cierto es que por varias razones muchos lo hacían. A las
autoridades lo único que les importaba eran los números de los
prisioneros; muchas veces estos números se tatuaban en la piel
y, además, había que llevarlos cosidos en determinada parte de
los pantalones, de la chaqueta o del abrigo. A ningún guardián
que quisiera llevar una queja sobre un prisionero —casi siempre
por "pereza"— se le hubiera ocurrido nunca preguntarle su
nombre; no tenía más que echar una ojeada al número (¡y cómo
temíamos esas miradas por las posibles consecuencias!) y
anotarlo en su libreta.
Volvamos al convoy a punto de partir. No había tiempo para
consideraciones morales o éticas, ni tampoco el deseo de
hacerlas. Un solo pensamiento animaba a los prisioneros:
mantenerse con vida para volver con la familia que los esperaba
en casa y salvar a sus amigos; por consiguiente, no dudaban ni
un momento en arreglar las cosas para que otro prisionero, otro
"numero", ocupara su puesto en la expedición.
De lo expuesto hasta ahora se desprende que el proceso para
seleccionar a los "capos" era de tipo negativo; para este trabajo
se elegía únicamente a los más brutales (aunque había algunas
felices excepciones). Además de la selección de los "capos", que
corría a cargo de las SS y que era de tipo activo, se daba una
especie de proceso continuado de autoselección pasiva entre
todos los prisioneros. Por lo general, sólo se mantenían vivos
aquellos prisioneros que tras varios años de dar tumbos de campo
en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la
existencia; los que estaban dispuestos a recurrir a cualquier
medio, fuera honrado o de otro tipo, incluidos la fuerza bruta, el
robo, la traición o lo que fuera con tal de salvarse. Los que hemos
vuelto de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o
milagros —como cada cual prefiera llamarlos— lo sabemos bien:
los mejores de entre nosotros no regresaron.

El informe del prisionero n.° 119.104: ensayo psicológico.

Este relato trata de mis experiencias como prisionero común,
pues es importante que diga, no sin orgullo, que yo no estuve
trabajando en el campo como psiquiatra, ni siquiera como
médico, excepto en las últimas semanas. Unos pocos de mis
colegas fueron lo bastante afortunados como para estar
empleados en los rudimentarios puestos de primeros auxilios
un prisionero más, el número 119.104, y la mayor parte del
tiempo estuve cavando y tendiendo traviesas para el ferrocarril.
En una ocasión mi trabajo consistió en cavar un túnel, sin ayuda,
para colocar una cañería bajo una carretera. Este hecho no quedó
sin recompensa, y así justamente antes de las Navidades de 1944
me encontré con el regalo de los llamados "cupones de premio",
de parte de la empresa constructora a la que prácticamente
habíamos sido vendidos como esclavos: la empresa pagaba a las
autoridades del campo un precio fijo por día y prisionero. Los
cupones costaban a la empresa 50 Pfenning cada uno y podían
canjearse por seis cigarrillos, muchas veces varias semanas
después, si bien a menudo perdían su validez. Me convertí así en
el orgulloso propietario de dos cupones por valor de doce
cigarrillos, aunque lo más importante era que los cigarrillos se
podían cambiar por doce raciones de sopa y esta sopa podía ser
un verdadero respiro frente a la inanición durante dos semanas.
El privilegio de fumar cigarrillos le estaba reservado a los "capos",
que tenían asegurada su cuota semanal de cupones; o quizás al
prisionero que trabajaba como capataz en un almacén o en un
taller y recibía cigarrillos a cambio de realizar tareas peligrosas.
Las únicas excepciones eran las de aquellos que habían perdido la
voluntad de vivir y querían "disfrutar" de sus últimos días. De
modo que cuando veíamos a un camarada fumar sus propios
cigarrillos en vez de cambiarlos por alimentos, ya sabíamos que
había renunciado a confiar en su fuerza para seguir adelante y
que, una vez perdida la voluntad de vivir, rara vez se recobraba.
Lo que realmente importa ahora es determinar el verdadero
sentido de esta empresa. Muchos recuentos y datos sobre los
campos de concentración ya están en los archivos. En esta
ocasión, los hechos se considerarán significativos en cuanto
formen parte de la experiencia humana. Lo que este ensayo
intenta describir es la naturaleza exacta de dichas experiencias;
para los que estuvieron internados en aquellos campos se trata de
explicar estas experiencias a la luz de los actuales conocimientos
y a los que nunca estuvieron dentro puede ayudarles a
aprehender y, sobre todo a entender, las experiencias por las que
atravesaron ese porcentaje excesivamente reducido de los
prisioneros supervivientes y su peculiar y, desde el punto de vista
de la psicología, totalmente nueva actitud frente a la vida. Estos
antiguos prisioneros suelen decir: "No nos gusta hablar de
nuestras experiencias. Los que estuvieron dentro no necesitan de
estas explicaciones y los demás no entenderían ni cómo nos
sentimos entonces ni cómo nos sentimos ahora."
Es difícil intentar una presentación metódica del tema, ya que
la psicología exige un cierto distanciamiento científico. ¿Pero es
que el hombre que hace sus observaciones mientras está
prisionero puede tener ese distanciamiento necesario? Sólo los
que son ajenos al caso pueden garantizarlo, pero es mucha su
lejanía para que lo que puedan decir sea realmente válido.
Únicamente el que ha estado dentro sabe lo que pasó, aunque sus
juicios tal vez no sean del todo objetivos y sus estimaciones sean
quizá desproporcionadas al faltarle ese distanciamiento. Es
preciso hacer lo imposible para no caer en la parcialidad personal,
y ésta es la gran dificultad que encierra este tipo de obras: a
veces se hará necesario tener valor para contar experiencias muy
íntimas. El auténtico peligro de un ensayo psicológico de este tipo
no estriba en la posibilidad de que reciba un tono personal, sino
comprendí que el anonimato le haría perder la mitad de su valor,
ya que la valentía de la confesión eleva el valor de los hechos.
Decidí expresar mis convicciones con franqueza, y por esta razón
me abstuve de suprimir algunos de los pasajes, venciendo incluso
mi desagrado hacia el exhibicionismo.
en que reciba un tinte tendencioso.
Dejaré a otros la tarea de decantar hasta la impersonalidad los
contenidos de este libro al objeto de obtener teorías objetivas a
partir de experiencias subjetivas, que puedan suponer una
aportación a la psicología o psicopatología de la vida en
cautiverio, investigada después de la primera guerra mundial, y
que nos hizo conocer el síndrome de la "enfermedad de la
alambrada de púas". Debemos a la segunda guerra mundial el
haber enriquecido nuestros conocimientos sobre la "psicopatología
de las masas" (si puedo citar esta variante de la conocida frase
que es el título de un libro de LeBon), al regalarnos la guerra de
nervios y la vivencia única e inolvidable de los campos de
concentración.
Llegado a este punto desearía hacer una observación. En un
principio traté de escribir este libro de manera anónima,
utilizando tan solo mi número de prisionero. A ello me impulsó mi
aversión al exhibicionismo. Una vez terminado el manuscrito comprendí que el anonimato le haría perder la mitad de su valor,
ya que la valentía de la confesión eleva el valor de los hechos.
Decidí expresar mis convicciones con franqueza, y por esta razón
me abstuve de suprimir algunos de los pasajes, venciendo incluso
mi desagrado hacia el exhibicionismo.

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