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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras Viktor Frankl: EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO. Parte primera (Primera fase: internamiento en el campo)



Parte Primera: un psicólogo en un campo de concentraciónPRIMERA FASE: INTERNAMIENTO EN EL CAMPOAl examinar e intentar ordenar la gran cantidad de materialrecogido como resultado de las numerosas observaciones yexperiencias de los prisioneros, cabe distinguir tres fases en lasreacciones mentales de los internados en un campo deconcentración: la fase que sigue a su internamiento, la fase de laauténtica vida en el campo y la fase siguiente a su liberación.

Estación Auschwitz.

El síntoma que caracteriza la primera fase es el shock. Bajociertas condiciones el shock puede incluso preceder a la admisiónformal del prisionero en el campo. Ofreceré, como ejemplo, lascircunstancias de mi propio internamiento.Unas 1500 personas estuvimos viajando en tren varios díascon sus correspondientes noches; en cada vagón éramos unos 80.Todos teníamos que tendernos encima de nuestro equipaje, lopoco que nos quedaba de nuestras pertenencias. Los cochesestaban tan abarrotados que sólo quedaba libre la parte superiorde las ventanillas por donde pasaba la claridad gris del amanecer.Todos creíamos que el tren se encaminaba hacia una fábrica demuniciones en donde nos emplearían como fuerza salarial. Nosabíamos dónde nos encontrábamos ni si todavía estábamos enSilesia o ya habíamos entrado en Polonia. El silbato de lalocomotora tenía un sonido misterioso, como si enviara un gritode socorro en conmiseración del desdichado cargamento que ibadestinado a la perdición. Entonces el tren hizo una maniobra, nosacercábamos sin duda a una estación principal. Y, de pronto, ungrito se escapó de los angustiados pasajeros: "¡Hay una señal,Auschwitz!" Su solo nombre evocaba todo lo que hay de horribleen el mundo: cámaras de gas, hornos crematorios, matanzasindiscriminadas. El tren avanzaba muy despacio, se diría queestaba indeciso, como si quisiera evitar a sus pasajeros, cuantofuera posible, la atroz constatación: ¡Auschwitz! A medida que ibaamaneciendo se hacían visibles los perfiles de un inmenso campo:la larga extensión de la cerca de varias hileras de alambradaespinosa; las torres de observación; los focos y las interminablescolumnas de harapientas figuras humanas, pardas a la luzgrisácea del amanecer, arrastrándose por los desolados camposhacia un destino desconocido. Se oían voces aisladas y silbatos demando, pero no sabíamos lo que querían decir. Mi imaginación mellevaba a ver horcas con gente colgando de ellas. Me estremecí dehorror, pero no andaba muy desencaminado, ya que paso a pasonos fuimos acostumbrando a un horror inmenso y terrible.A su debido tiempo entramos en la estación. El silencio inicialfue interrumpido por voces de mando: a partir de entoncesíbamos a escuchar aquellas voces ásperas y chillonas una y otravez, en todos los campos. Sonaban igual que el último grito deuna víctima, y sin embargo había cierta diferencia: eran roncas,cortantes, como si vinieran de la garganta de un hombre quetuviera que estar gritando así sin parar, un hombre al queasesinaran una y otra vez... Las portezuelas del vagón se abrieronde golpe y un pequeño destacamento de prisioneros entróalborotando. Llevaban uniformes rayados, tenían la cabezaafeitada, pero parecían bien alimentados. Hablaban en todas laslenguas europeas imaginables y todos parecían conservar ciertohumor, que bajo tales circunstancias sonaba grotesco. Como elhombre que se ahoga y se agarra a una paja, mi innatooptimismo (que tantas veces me había ayudado a controlar missentimientos aun en las situaciones más desesperadas) se aferróa este pensamiento: los prisioneros tienen buen aspecto, parecenestar de buen humor, incluso se ríen, ¿quién sabe? Tal vezconsiga compartir su favorable posición.Hay en psiquiatría un estado de ánimo que se conoce como la"ilusión del indulto", según el cual el condenado a muerte, en elinstante antes de su ejecución, concibe la ilusión de que leindultarán en el último segundo. También nosotros nosagarrábamos a los jirones de esperanza y hasta el últimomomento creímos que no todo sería tan malo. La sola vista de lasmejillas sonrosadas y los rostros redondos de aquellos prisionerosresultaba un gran estímulo. Poco sabíamos entonces quecomponían un grupo especialmente seleccionado que duranteaños habían sido el comité de recepción de las nuevasexpediciones de prisioneros que llegaban a la estación un día trasotro. Se hicieron cargo de los recién llegados y de su equipaje,incluidos los escasos objetos personales y las alhajas decontrabando. Auschwitz debe haber sido un extraño lugar enaquella Europa de los últimos años de la guerra, un lugar repletode tesoros inmensos en oro y plata, platino y diamantes,depositados en sus enormes almacenes, sin contar los queestaban en manos de las SS.A la espera de trasladarlos a otros campos más pequeños,metieron a 1100 prisioneros en una barraca construida paraalbergar probablemente a unas doscientas personas comomáximo. Teníamos hambre y frío y no había espacio suficiente nipara sentarnos en cuclillas en el suelo desnudo, no digamos yapara tendernos. Durante cuatro días, nuestro único alimentoconsistió en un trozo de pan de unos 150 gramos. Pero yo oí a losprisioneros más antiguos que estaban a cargo de la barracaregatear, con uno de los componentes del comité de recepción,por un alfiler de corbata de platino y diamantes. Al final, la mayorparte de las ganancias se convertían en tragos de aguardiente. Nome acuerdo ya de cuántos miles de marcos se necesitaban paracomprar la cantidad de Schnaps necesaria para pasar una "tardealegre", pero sí sé que los prisioneros veteranos necesitaban esostragos. ¿Quién podría culparles de tratar de drogarse bajo talescircunstancias? Había otro grupo de prisioneros que conseguíanaguardiente de las SS casi sin limitación alguna: eran los hombresque trabajaban en las cámaras de gas y en los crematorios y quesabían muy bien que cualquier día serían relevados por otraremesa y tendrían que dejar su obligado papel de ejecutores paraconvertirse en víctimas.La primera selección.Creo que todos los que formaban parte de nuestra expediciónvivían con la ilusión de que seríamos liberados, de que, al final,todo iba a salir muy bien. No nos dábamos cuenta del significadoque encerraba la escena que expongo a continuación. Hasta latarde no comprendimos su sentido. Nos dijeron que dejáramosnuestro equipaje en el tren y que formáramos dos filas, una demujeres y otra de hombres, y que desfiláramos ante un oficial delas SS. Por sorprendente que parezca, tuve el valor de escondermi macuto debajo del abrigo. Uno a uno, los hombres pasamosante el oficial. Me daba cuenta del peligro que corría si el oficiallocalizaba mi saco. Lo menos que haría sería derribarme al suelode una bofetada; lo sabía por propia experiencia. Instintivamente,al irme aproximando a él me enderecé de modo que no se dieracuenta de mi pesada carga. Ahora lo tenía frente a frente. Era unhombre alto y delgado y llevaba un uniforme impecable que lesentaba perfectamente. ¡Qué contraste con nosotros, todos suciosy mugrientos después de tan largo viaje! Había adoptado unaactitud de aparente descuido sujetándose el codo derecho con lamano izquierda. Ninguno de nosotros tenía la más remota ideadel siniestro significado que se ocultaba tras aquel pequeñomovimiento de su dedo que señalaba unas veces a la izquierda yotras a la derecha, pero sobre todo a la derecha.Tocaba mi turno. Alguien me susurró que si nos enviaban a laderecha ("desde el punto de vista del espectador") significabatrabajos forzados, mientras que la dirección a la izquierda erapara los enfermos e incapaces de trabajar, a quienes enviaban aotro campo. No podía hacer otra cosa que dejar que las cosassiguieran su curso, como así sería a partir de entonces muchasveces más. El macuto me pesaba y me obligaba a ladearme haciala izquierda, pero hice un esfuerzo para caminar erguido. Elhombre de las SS me miró de arriba abajo y pareció dudar;después puso sus dos manos sobre mis hombros. Intenté contodas mis fuerzas parecer distinguido: me hizo girar hasta quequedé frente al lado derecho y seguí andando en aquelladirección.Por la tarde nos explicaron la significación del juego del dedo.Se trataba de la primera selección, el primer veredicto sobrenuestra existencia o no existencia. Para la gran mayoría deaquella expedición, cerca de un 90%, significó la muerte; lasentencia se ejecutó en las horas siguientes. Los que fueronenviados hacia la izquierda marcharon directamente desde laestación al crematorio. Dicho edificio, según me contó unprisionero que trabajaba allí, tenía escrito sobre sus puertas envarios idiomas europeos, la palabra "baño". Al entrar, a cadaprisionero se le entregaba una pastilla de jabón y después..., perogracias a Dios no necesito relatar lo que sucedía después. Muchoshan escrito ya sobre tanto horror. Los que nos habíamos salvado,la minoría de nuestra expedición, supo aquella tarde la verdad.Pregunté a los prisioneros que llevaban allí algún tiempo a dóndepodrían haber enviado a mi amigo y colega P."¿Lo mandaron hacia la izquierda?""Sí", repliqué."Entonces puede verle allí", me dijeron."¿Dónde?" La mano señalaba la chimenea que había a unoscuantos cientos de yardas y que arrojaba al cielo gris de Poloniauna llamarada de fuego que se disolvía en una siniestra nube dehumo."Allí es donde está su amigo, elevándose hacia el cielo", fue surespuesta. Pero entonces todavía no comprendía lo que queríadecir hasta que me revelaron la verdad con toda su crudeza.Pero me estoy adelantando al contar las cosas. Desde unpunto de vista psicológico, teníamos un largo, muy largo, caminopor delante desde que pusimos el pie en la estación hasta nuestraprimera noche en el campo. Escoltados por los guardias de las SSque iban cargados con pesados fusiles, nos hicieron recorrer apaso ligero el camino que desde la estación atravesaba laalambrada electrificada y el campo, hasta llegar al pabellón dedesinfección; para aquellos de nosotros que habíamos pasado laprimera selección, fue un auténtico baño. Una vez más se vioconfirmada nuestra ilusión de salvarnos. Los hombres de las SSparecían casi casi encantadores. Pronto supimos por qué: eranamables con nosotros mientras teníamos nuestros relojes depulsera y nos podían persuadir, en todos los tonos y maneras,para que se los entregáramos. ¿Acaso no habíamos perdido yatodo lo que poseíamos? ¿Por qué no habíamos de dar nuestroreloj a aquellas personas relativamente agradables? Tal vez algúndía nos lo devolverían con creces.Desinfección.Esperamos en un cobertizo que parecía ser la antesala de lacámara de desinfección. Los hombres de las SS aparecieron yextendieron unas mantas sobre las que teníamos que echar todolo que llevábamos encima: relojes y joyas. Todavía había entrenosotros unos cuantos ingenuos que preguntaron, para regocijode los más avezados que actuaban de ayudantes, si no podíanconservar su anillo de casados, una medalla o algún amuleto deoro. Nadie podía aceptar todavía el hecho de que todo,absolutamente todo, se lo llevarían. Intenté ganarme la confianzade uno de los prisioneros de más edad. Acercándome a élfurtivamente, señalé el rollo de papel en el bolsillo interior de michaqueta y dije: "Mira, es el manuscrito de un libro científico. Yasé lo que vas a decir: que debo estar agradecido de salvar la vida,que eso es todo cuanto puedo esperar del destino. Pero no puedoevitarlo, tengo que conservar este manuscrito a toda costa:contiene la obra de mi vida. ¿Comprendes lo que quiero decir?"Sí, empezaba a comprender. Lentamente, en su rostro se fuedibujando una mueca, primero de piedad, luego se mostródivertido, burlón, insultante, hasta que rugió una palabra enrespuesta a mi pregunta, una palabra que siempre estabapresente en el vocabulario de los internados en el campo:"¡Mierda!" Y en ese momento toda la verdad se hizo patente antemí e hice lo que constituyó el punto culminante de la primera fasede mi reacción psicológica: borré de mi conciencia toda vidaanterior.De pronto se produjo cierto revuelo entre mis compañeros deviaje, que hasta ese momento permanecían de pie con los rostrospálidos, asustados, debatiéndose sin esperanza. Otra vez oíamosgritar, dando órdenes, a aquellas voces roncas. A empujones, noscondujeron a la antesala inmediata a los baños. Allí nosagrupamos en torno a un hombre de las SS que esperó hasta quetodos hubimos llegado. Entonces dijo: "Os daré dos minutos ymediré el tiempo por mi reloj. En estos dos minutos osdesnudaréis por completo y dejaréis en el suelo, junto a vosotros,todas vuestras ropas. No podéis llevar nada con vosotros aexcepción de los zapatos, el cinturón, las gafas y, en todo caso, elbraguero. Empiezo a contar: ¡ahora!"Con una rapidez impensable, la gente se fue desnudando.Según pasaba el tiempo, cada vez se ponían más nerviosos ytiraban torpemente de su ropa interior, sin acertar con loscinturones ni con los cordones de los zapatos. Fue entoncescuando oímos los primeros restallidos del látigo; las correas decuero azotaron los cuerpos desnudos. A continuación nosempujaron a otra habitación para afeitarnos: no se conformaronsolamente con rasurar nuestras cabezas, sino que no dejaron niun solo pelo en nuestros cuerpos. Seguidamente pasamos a lasduchas, donde nos volvieron a alinear. A duras penas nosreconocimos; pero, con gran alivio, algunos constataban que delas duchas salía agua de verdad...Nuestra única posesión: la existencia desnuda.Mientras esperábamos a ducharnos, nuestra desnudez se noshizo patente: nada teníamos ya salvo nuestros cuerpos mondos ylirondos (incluso sin pelo); literalmente hablando, lo único queposeíamos era nuestra existencia desnuda. ¿Qué otra cosa nosquedaba que pudiera ser un nexo material con nuestra existenciaanterior? Por lo que a mí se refiere, tenía mis gafas y mi cinturón,que posteriormente hube de cambiar por un pedazo de pan. A losque tenían braguero les estaba reservada todavía una pequeñasorpresa más. Por la tarde, el prisionero veterano que estaba acargo de nuestro barracón nos dio la bienvenida con un discursitoen el que nos aseguró bajo su palabra de honor que,personalmente, colgaría "de aquella viga" —y señaló hacia ella— acualquiera que hubiera cosido dinero o piedras preciosas a subraguero. Y orgullosamente explicó que, como veterano que era,las leyes del campo le daban derecho a hacerlo.Con los zapatos hubo también sus más y sus menos. Aunquese suponía que los conservaríamos, los que poseían un par mediodecente tuvieron que entregarlos y, a cambio, les dieron otroszapatos que no les servían. Pero los que estaban en verdaderadificultad eran los prisioneros que habían seguido el consejoaparentemente bien intencionado que les dieron (en la antesala)los prisioneros veteranos y habían cortado las botas altas yuntado después jabón en los bordes para ocultar el sabotaje. Loshombres de las SS parecían estar esperándolo. Todos lossospechosos de tal delito pasaron a una pequeña habitacióncontigua. Al cabo de un rato volvimos a oír los azotes del látigo ylos gritos de los hombres torturados. Esta vez el castigo duróbastante tiempo.Las primeras reacciones.Las ilusiones que algunos de nosotros conservábamos todavíalas fuimos perdiendo una a una; entonces, casi inesperadamente,muchos de nosotros nos sentimos embargados por un humormacabro. Supimos que nada teníamos que perder como no fuerannuestras vidas tan ridículamente desnudas. Cuando las duchasempezaron a correr, hicimos de tripas corazón e intentamosbromear sobre nosotros mismos y entre nosotros. ¡Después detodo sobre nuestras espaldas caía agua de verdad!...Aparte de aquella extraña clase de humor, otra sensación seapoderó de nosotros: la curiosidad. Yo había experimentado yaantes este tipo de curiosidad como reacción fundamental anteciertas circunstancias extrañas. Cuando en una ocasión estuve apunto de perder la vida en un accidente de montañismo, en elmomento crítico, durante segundos (o tal vez milésimas desegundo) sólo tuve una sensación: curiosidad, curiosidad sobre sisaldría con vida o con el cráneo fracturado o cualquier otropercance.Una fría curiosidad era lo que predominaba incluso enAuschwitz, algo que separaba la mente de todo lo que la rodeabay la obligaba a contemplarlo todo con una especie de objetividad.Al llegar a este punto, cultivábamos este estado de ánimo comomedida de protección. Estábamos ansiosos por saber lo quesucedería a continuación y qué consecuencias nos traería, porejemplo, estar de pie a la intemperie, en el frío de finales deotoño, completamente desnudos y todavía mojados por el aguade la ducha. A los pocos días nuestra curiosidad se tornó ensorpresa, la sorpresa de ver que no nos habíamos resfriado.A los recién llegados nos estaban reservadas todavía muchassorpresas de este tipo. Los médicos que había en nuestro grupofuimos los primeros en aprender que los libros de texto mienten.En alguna parte se ha dicho que si no duerme un determinadonúmero de horas, el hombre no puede vivir. ¡Mentira! Yo habíavivido convencido de que existían unas cuantas cosas quesencillamente no podía hacer: no podía dormir sin esto, o nopodía vivir sin aquello. La primera noche en Auschwitz dormimosen literas de tres pisos. En cada litera (que medíaaproximadamente 2 X 2,5 m) dormían nueve hombres,directamente sobre los tablones. Para cada nueve había dosmantas. Claro está que sólo podíamos tendernos de costado,apretujados y amontonados los unos contra los otros, lo que teníaciertas ventajas a causa del frío que penetraba hasta los huesos.Aunque estaba prohibido subir los zapatos a las literas, algunoslos utilizaban como almohadas a pesar de estar cubiertos de lodo.Si no, la cabeza de uno tenía que descansar en el pliegue de unbrazo casi dislocado. Y aún así, el sueño venía y traía olvido yalivio al dolor durante unas pocas horas.Me gustaría mencionar algunas sorpresas más acerca de loque éramos capaces de soportar: no podíamos limpiarnos losdientes y, sin embargo y a pesar de la fuerte carencia vitamínica,nuestras encías estaban más saludables que antes. Teníamos quellevar la misma camisa durante medio año, hasta que perdía laapariencia de tal. Pasaban muchos días seguidos sin lavarnos nisiquiera parcialmente, porque se helaban las cañerías de agua y,sin embargo, las llagas y heridas de las manos sucias por eltrabajo de la tierra no supuraban (es decir, a menos que secongelaran). O, por ejemplo, aquel que tenía el sueño ligero y alque molestaba el más mínimo ruido en la habitación contigua, seacostaba ahora apretujado junto a un camarada que roncabaruidosamente a pocas pulgadas de su oído y, sin embargo, dormíaprofundamente a pesar del ruido. Si alguien nos preguntara sobrela verdad de la afirmación de Dostoyevski que aseguraterminantemente que el hombre es un ser que puede ser utilizadopara cualquier cosa, contestaríamos: "Cierto, para cualquier cosa,pero no nos preguntéis cómo".¿“Lanzarse contra la alambrada''?.Nuestro ensayo psicológico no nos ha llevado tan lejostodavía; ni tampoco nosotros los prisioneros estábamos entoncesen condiciones de saberlo. Aún nos hallábamos en la primera fasede nuestras reacciones psicológicas. Lo desesperado de lasituación, la amenaza de la muerte que día tras día, hora trashora, minuto tras minuto se cernía sobre nosotros, la proximidadde la muerte de otros —la mayoría— hacía que casi todos, aunquefuera por breve tiempo, abrigasen el pensamiento de suicidarse.Fruto de las convicciones personales que más tarde mencionaré,la primera noche que pasé en el campo me hice a mí mismo lapromesa de que no "me lanzaría contra la alambrada". Esta era lafrase que se utilizaba en el campo para describir el método desuicidio más popular: tocar la cerca de alambre electrificada. Estadecisión negativa de no lanzarse contra la alambrada no era difícilde tomar en Auschwitz. Ni tampoco tenía objeto alguno elsuicidarse, ya que para el término medio de los prisioneros, lasexpectativas de vida, consideradas objetivamente y aplicando elcálculo de probabilidades, eran muy escasas. Ninguno de nosotrospodía tener la seguridad de aspirar a encontrarse en el pequeñoporcentaje de hombres que sobrevivirían a todas las selecciones.En la primera fase del shock, el prisionero de Auschwitz no temíala muerte. Pasados los primeros días, incluso las cámaras de gasperdían para él todo su horror; al fin y al cabo, le ahorraban elacto de suicidarse.Compañeros a quienes he encontrado más tarde me hanasegurado que yo no fui uno de los más deprimidos tras el shockdel internamiento. Recuerdo que me limité a sonreír y, muysinceramente, cuando ocurrió este episodio la mañana siguiente anuestra primera noche en Auschwitz. A pesar de las órdenesestrictas de no salir de nuestros barracones, un colega que habíallegado a Auschwitz unas semanas antes se coló en el nuestro.Quería calmarnos y tranquilizarnos y nos contó algunas cosas.Había adelgazado tanto que, al principio, no le reconocí. Con untinte de buen humor y una actitud despreocupada nos dio unoscuantos consejos apresurados:"¡No tengáis miedo! ¡No temáis las selecciones! El Dr. M. (jefesanitario de las SS) tiene cierta debilidad por los médicos." (Estoera falso; las amables palabras de mi amigo no correspondían a laverdad. Un prisionero de unos 60 años, médico de un bloque debarracones, me contó que había suplicado al Dr. M. para queliberara a su hijo que había sido destinado a la cámara de gas. ElDr. M. rehusó fríamente ayudarle.)"Pero una cosa os suplico, continuó, que os afeitéis a diario,completamente si podéis, aunque tengáis que utilizar un trozo devidrio para ello... aunque tengáis que desprenderos del últimopedazo de pan. Pareceréis más jóvenes y los arañazos harán quevuestras mejillas parezcan más lozanas. Si queréis mantenerosvivos sólo hay un medio: aplicaros a vuestro trabajo. Si algunavez cojeáis, si, por ejemplo, tenéis una pequeña ampolla en eltalón, y un SS lo ve, os apartará a un lado y al día siguientepodéis asegurar que os mandará a la cámara de gas. ¿Sabéis aquién llamamos aquí un "musulmán"? Al que tiene un aspectomiserable, por dentro y por fuera, enfermo y demacrado y esincapaz de realizar trabajos duros por más tiempo: ése es un"musulmán". Más pronto o más tarde, por regla general máspronto, el "musulmán" acaba en la cámara de gas. Así querecordad: debéis afeitaros, andar derechos, caminar con gracia, yno tendréis por qué temer al gas. Todos los que estáis aquí, auncuando sólo haga 24 horas, no tenéis que temer al gas, exceptoquizás tú." Y entonces señalando hacia mí, dijo: "Espero que note importe que hable con franqueza." Y repitió a los demás: "Detodos vosotros él es el único que debe temer la próxima selección.Así que no os preocupéis." Y yo sonreí. Ahora estoy convencido deque cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo mismo aquel día.Fue Lessing quien dijo en una ocasión: "Hay cosas que debenhaceros perder la razón, o entonces es que no tenéis ningunarazón que perder." Ante una situación anormal, la reacciónanormal constituye una conducta normal. Aún nosotros, lospsiquiatras, esperamos que los recursos de un hombre ante unasituación anormal, como la de estar internado en un asilo, seananormales en proporción a su grado de normalidad. La reacciónde un hombre tras su internamiento en un campo deconcentración representa igualmente un estado de ánimoanormal, pero juzgada objetivamente es normal y, como mástarde demostraré, una reacción típica dadas las circunstancias.

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