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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Viktor E. Frankl: EL HOMBRE DOLIENTE. El hombre en busca del sentido



EL HOMBRE EN BUSCA DEL SENTIDO"
El título esboza algo más que un tema: encierra una definición o, al menos, una interpretación del hombre. Del hombre como un ser que busca en definitiva el sentido. El hombre está siempre orientado y ordenado a algo que no es él mismo; ya sea un sentido que ha de cumplir ya sea otro ser humano con el que se encuentra. En una u otra forma, el hecho de ser hombre apunta siempre más allá de uno mismo, y esta trascendencia constituye la esencia de la existencia humana.
¿No es cierto que el hombre aspira propia y radicalmente a ser feliz? ¿No lo reconoció ya el propio Kant, añadiendo únicamente que el hombre debe aspirar también a hacerse digno de la felicidad? Yo diría que lo que el ser humano quiere realmente no es la felicidad en sí, sino un fundamento para ser feliz. Una vez sentado este fundamento, la felicidad o el placer surgen espontáneamente. Kant afirma en la segunda parte de su Metafísica de las costumbres titulada «Principios metafísicos del tratado de las virtudes» (Kónigsberg, bey Friedrich Nicolovius, 1797, p. VIIIs), que «la felicidad es la consecuencia del cumplimiento del deber» y que «la ley debe preceder al placer para que éste pueda sentirse». Pero lo que Kant dice sobre el cumplimiento del deber y la ley tiene, a mi juicio, un alcance mucho mayor y se puede transferir del ámbito de la moralidad al de la sensualidad. Los neurólogos podemos aportar muchos testimonios en este sentido. La práctica clínica demuestra constantemente que el desvío del «fundamento para ser feliz» es lo que impide ser felices a los neuróticos sexuales: al varón impotente o a la mujer frígida. Pero, ¿cómo se produce este desvío patógeno del «fundamento de la felicidad»? Por una búsqueda forzada de la felicidad misma, del placer mismo. Cuánta razón tenía Kierkegaard al afirmar que la puerta de la felicidad se abre hacia fuera y al que intenta «derribarla» se le cierra.
¿Cómo podemos explicar este hecho? Diciendo que lo más profundo del hombre no es el deseo de poder ni el deseo de placer, sino el deseo de sentido.
Frank, el hombre doliente, hombre en busca del sentido
Mis ideas sobre la motivación humana y el concepto de un deseo de sentido se han visto confirmados recientemente por las investigaciones llevadas a cabo en el Instituto de Psicología Experimental de la Universidad de Viena por Elisabeth Lukas; las investigaciones se basaban en las declaraciones de 1340 personas, y los miles de datos fueron elaborados mediante ordenador. La psicóloga Lukas introdujo un nuevo test a modo de complemento y para una detección más precisa de la frustración del deseo de sentido (sin excluir las posibilidades de intervención, no sólo a nivel terapéutico, sino también profiláctico): el logo-test (cf. Viktor E. Frankl, Der Wille zurn Sinn. Con una colaboración de Elisabeth S. Lukas, Berna/Stuttgart/Viena 1972).
En virtud de su deseo de sentido, el hombre aspira encontrar y realizar un sentido, pero también a encontrarse con otro ser humano en forma de un tú. Ambas cosas, la realización de un sentido y el encuentro humano, ofrecen al hombre un fundamento para la felicidad y el placer. Pero en el neurótico esta aspiración primaria se desvía hacia una búsqueda directa de la felicidad, hacia un deseo de placer. En lugar de ser el placer lo que debe ser: un efecto (el efecto secundario de un sentido realizado o del encuentro con otro ser), se convierte en el objetivo de una intención forzada, de una hiperintención. La hiperintención va acompañada de una híp erre flexión. El placer pasa a ser el contenido y el objeto de la atención humana. Pero cuando la persona neurótica se preocupa por el placer, pierde de vista el fundamento del mismo... y no puede producirse ya el efecto deseado. Cuanto más busca el placer, más se le sustrae.
Es fácil calcular cómo la hiperintención e hiperreflexión, o su influencia deletérea en la potencia y el orgasmo, se refuerzan cuando el hombre condenado a fracasar en su deseo de placer intenta salvar lo que puede recurriendo a una técnica del amor. La industria de la ilustración sexual le despoja de los últimos restos de esa espontaneidad que es una condición y supuesto del funcionamiento sexual normal. La obsesión del consumo sexual produce una hiperreflexión, especialmente en los jóvenes; de ahí el incremento del índice de neurosis sexuales en nuestras clínicas.
El hombre actual tiende a la hiperreflexión. La profesora Edith Joelson, de la Universidad de Georgia, ha demostrado que la autointerpretación (self-interpretation) y la autorrealización (self-actualiza-tiori) ocupan estadísticamente el lugar más elevado en la jerarquía de valores de los estudiantes americanos. Es obvio que se trata de una comprensión de sí mismo influida por un psicologismo analítico y dinámico, que impulsa al americano culto a sospechar siempre detrás de la conducta consciente unos móviles inconscientes. Pero yo me atrevo a afirmar, en lo concerniente a la autorrealización, que el hombre sólo es capaz de realizarse en la medida en que realiza un sentido. El imperativo de Píndaro, según el cual el hombre debe llegar a ser lo que ya es, necesita de un complemento que puede expresarse con esta frase de Jaspers: «El hombre es lo que es gracias a lo que hace suyo.»
Como el bumerán sólo vuelve al cazador que lo ha lanzado si no alcanza el blanco, la presa, se puede afirmar también que sólo fracasa en su autorrealización el hombre que ha fracasado primero en la realización del sentido o que es incapaz de encontrar el sentido que importaba realizar.
Frank, el hombre doliente, el hombre en busca del sentido
Algo análogo cabe decir del deseo de placer y del deseo de poder. Pero mientras que el placer es un efecto secundario de la realización del sentido, el poder es un medio para alcanzar un fin, ya que la realización del sentido está ligada a ciertas condiciones y presupuestos sociales y económicos. Pero, ¿cuándo está atento el hombre al mero efecto secundario y cuándo se limita al simple medio para conseguir un fin que es el poder? El deseo de placer y el deseo de poder sólo surgen cuando se ha frustrado el deseo de sentido; en otros términos: el principio de placer es un móvil neurótico, lo mismo que el afán de prestigio. Así se comprende que incluso Freud y Adler, pese a haber establecido sus principios en contacto con neuróticos, ignorasen la orientación primaria del ser humano hacia un sentido.
Pero ya no vivimos, como en tiempo de Freud, en una época de frustración sexual. La nuestra es una época de frustración existencial. Y es particularmente el joven el que se siente frustrado en su deseo de sentido. «¿Qué dice Freud o Adler a la joven generación actual? —pregunta Becky Leet, redactora jefe de un periódico editado por estudiantes de la Universidad de Georgia—. Tenemos la pildora que libera de las consecuencias de la actividad sexual: actualmente no hay razón médica alguna para estar reprimido sexualmente. Y tenemos poder: basta observar a los políticos americanos, que tiemblan ante la generación joven, y a la guardia roja de China. Pero Frankl afirma que la gente vive hoy en un vacío existencial y que éste se manifiesta sobre todo en el aburrimiento. Aburrimiento, esto nos suena más familiar, ¿verdad?, ¿o es que usted no conoce a muchas personas que se quejan de aburrimiento —a pesar de que sólo tienen que estirar el brazo para poseerlo todo—, aburrimiento incluso ante el sexo de Freud y ante el poder de Adler.»
Hoy, en efecto, son cada vez más numerosos los pacientes que acuden a nosotros con la sensación de un vacío interior que he descrito y calificado de «vacío existencial», con la sensación de un absurdo radical de su existencia. Y sería un error suponer que se trata de un fenómeno exclusivo del mundo occidental. Dos psiquiatras checos, Stanislav Kratochvil y Osvald Vymetal, han hecho notar en una serie de publicaciones que «esta enfermedad actual, que es la pérdida del sentido de la vida, especialmente en la juventud, franquea "sin pasaporte" las fronteras de los sistemas sociales capitalista, jcsocialista». El segundo de ellos, que en un congreso de neurólogos checos se declaró seguidor entusiasta de las teorías de Pavlov, afirmó, sin embargo, que frente al vacío existencial, el psiquiatra no tiene bastante con una psicoterapia de orientación pavloviana. Y los seguidores de Freud reconocen la presencia del vacío existencial al igual que los seguidores de Marx. Los primeros destacaron en un congreso internacional la frecuencia de casos en que los pacientes no presentan síntomas clínicos palpables y sufren más bien de una carencia de contenido para sus vidas; y en lo que respecta a los marxistas, Christa Kohler, directora del departamento de psicoterapia e investigación de neurosis en la clínica psiquiátrica de la Universidad Karl Marx de Leipzig, pudo «constatar a menudo el vacío existencial en sus propias investigaciones».
Cabe mencionar, en fin, a Klitzke, profesor invitado americano en una universidad africana, que pudo confirmar en un informe {Students in Emerging Africa-Logotherapy in Tanzania) aparecido en «American Journal of Humanistic Psychology» que el vacío existencial se hace sentir visiblemente en el Tercer Mundo, sobre todo entre los jóvenes académicos.
Es lo que Paul Polak había predicho en 1947 al afirmar en una conferencia en la Sociedad de Psicología Individual que «la solución de la cuestión social haría visible y movilizaría la problemática espiritual; el hombre, al verse libre para ocuparse de sí mismo, descubriría lo problemático en su propia existencia». Y recientemente Ernst Bloch abundó en lo mismo al afirmar: «Los hombres reciben el obsequio de aquellas preocupaciones que sólo se solían tener en la hora de la muerte.»
En cuanto a las causas que provocan el vacío existencial, cabe enumerar dos: la pérdida del instinto y la pérdida de la tradición. Los instintos no dicen al hombre, contrariamente al animal, lo que debe hacer; las tradiciones tampoco dicen al hombre actual cuáles son sus deberes; y muchas veces éste parece no saber lo que quiere. Entonces se siente tentado a querer lo que los demás hacen o a hacer lo que los demás quieren. En el primer caso topamos con el conformismo y en el segundo con el totalitarismo; el uno, difundido en el hemisferio occidental, y el otro, en el hemisferio oriental.
Pero no son únicamente el conformismo y el totalitarismo las secuelas del vacío existencial, sino también el neuroticismo. Además de las neurosis psicógenas o neurosis en sentido estricto, hay también neurosis noógenas, como yo las llamo, neurosis que, más que una enfermedad psíquica, son una pobreza espiritual y que no pocas veces son consecuencia de un sentimiento radical de falta de sentido. En un centro de investigación psiquiátrica de Estados Unidos se han confeccionado algunos tests destinados al diagnóstico de las neurosis noógenas. James C. Crumbaugh ha aplicado el test PIL (PIL = Purpose In Life) en 1200 casos. Después de evaluar mediante ordenador los datos obtenidos, llegó al resultado de que la neurosis noógena constituye un cuadro patológico nuevo que desborda el marco de la psiquiatría tradicional, no sólo en el aspecto diagnóstico, sino también en el terapéutico. Investigaciones estadísticas efectuadas en Massachusetts, Londres, Tubinga y Viena han llevado a la conclusión de que el 20% aproximadamente de las neurosis es de tipo noógeno.
Frank, el hombre doliente, el hombre en busca del sentido
A propósito de la difusión del vacío existencial (no de las neurosis noógenas), puedo referirme aquí a un muestreo estadístico que efectué hace muchos años entre los asistentes a mi clase en la Facultad de Medicina de la Universidad de Viena; resultó que no menos del 407o habían experimentado la sensación de falta de sentido; entre mis alumnos americanos, la proporción no fue del 40, sino del 81%.
¿A qué obedece esta diferencia de resultados? Al reduccionismo que domina en los países anglosajones más que en otras partes. El reduccionismo se delata en expresiones como «no es más que...» El fenómeno existe también en nuestros países... y no es de hoy precisamente. Hace al menos 50 años mi profesor de historia natural decía paseando por el aula de enseñanza media: «La vida no es más que un proceso de combustión... un fenómeno de oxidación.» Entonces me levanté sin pedir la palabra y le lancé impetuosamente la pregunta: «Entonces, ¿qué sentido tiene la vida?» El reduccionismo se concretaba en aquel caso en un oxidacionismo.
Habría que ponderar lo que supone para un joven la cínica afirmación de que los valores son nothing but defense mechanisms and reaction formations (nada más que mecanismos de defensa y formas de reacción), como apareció en el «American Journal of Psychotherapy». Mi propia reacción a la teoría de las formas de reacción fue entonces la siguiente: nunca estaré dispuesto a vivir por mis formas de reacción ni a morir por mis mecanismos de defensa.
No quisiera que se me interpretara mal. The Modes and Moráis of Psychotherapy nos ofrece la siguiente definición: «El hombre no es más que un mecanismo bioquímico, movido por un sistema de combustión que da energía a unos ordenadores.» Como neurólogo, reconozco que es legítimo comparar el sistema nervioso central con un ordenador. El fallo está en la afirmación de que el hombre no es más que un ordenador. El hombre es un ordenador, pero es al mismo tiempo infinitamente más que eso. Es indudable que las obras de Kant y de Goethe constan de las mismas letras del alfabeto que los libros de CourthsMahler y Marlitt. Pero eso es lo de menos. No se puede afirmar que la Crítica, de la razón pura, o La nieta del molinero, sea la mera acumulación de unas mismas letras del alfabeto. Es como si poseyéramos una imprenta y no una editorial.
El reduccionismo tiene razón dentro de sus límites. Pero sólo dentro de ellos. Su peligro es el pensamiento unidimensional. Este pensamiento priva de la posibilidad de encontrar un sentido. La afirmación de que el sentido de una estructura excede de los elementos de que ésta se compone, significa en definitiva que el sentido está localizado en una dimensión más elevada que los elementos. Así puede ocurrir que el sentido de una serie de acontecimientos no se encuentre en la dimensión de éstos. Entonces los acontecimientos en sí carecen de conexión. Si se trata de mutaciones, éstas constituyen simples fenómenos fortuitos, y toda la evolución no sería más que un puro azar. Ocurre como en el plano secante. Una curva senoidal cortada por otro plano perpendicular no deja en el plano secante más que 5 puntos aislados carentes de conexión. Con otras palabras, lo que se echa de menos es la sinopsis, la visión del sentido más elevado o más profundo de los acontecimientos: las partes de la curva senoidal por encima o por debajo del plano secante. Véase figura en página 18.
Volviendo al tema de la sensación de falta de sentido, hay que decir que el sentido no se puede «otorgar». «Dar sentido» significaría moralizar. Y la moral, en su significado tradicional, pronto no tendrá nada más que decir. Tarde o temprano nos veremos obligados, no ya a moralizar, sino a ontologizar la moral: habrá que definir el bien y el mal, no como algo que debamos o no hacer, sino el bien como aquello que favorece la realización del sentido que se encomienda a un ente y se le exige, y el mal como aquello que impide esa realización.
El sentido no se otorga, sino que se encuentra. A una lámina de Rorschach se le da sentido, cuya subjetividad «delata» al sujeto del test (proyectivo); pero en la vida no se otorga el sentido, sino que se encuentra. La vida no es un test de Rorschach, sino un enigma. Y lo que yo llamo deseo de sentido va más allá de la simple aprehensión de una figura. El propio Wertheimer apunta en esta dirección cuando habla de un carácter exigitivo inherente a toda situación, y de la naturaleza objetiva de esta exigencia.
El sentido es para encontrarlo y no para crearlo. Aquello que se puede crear será un sentido subjetivo, una mera impresión de sentido o un absurdo. Y así se comprende que el hombre incapaz de encontrar un sentido en su vida, o de inventarlo, para escapar de la sensación de absurdo, llegue a engendrar el absurdo o a crear un sentido subjetivo: lo primero ha acontecido ya en los escenarios (teatro del absurdo) y lo segundo ocurre en la embriaguez, sobre todo la que se induce mediante el LSD. Pero esta embriaguez implica el peligro de olvidar el verdadero sentido, las auténticas tareas del mundo (frente a las vivencias meramente subjetivas). Esto me recuerda siempre a los animales de laboratorio, a los que los investigadores californianos implantaban electrodos en el hipotálamo. Cada vez que se cerraba la corriente, los animales experimentaban la satisfacción del impulso sexual o del impulso alimentario; cuando aprendieron a conectar ellos mismos la corriente, hacían caso omiso de la pareja sexual y del alimento que se les ofrecía.
No sólo es necesario encontrar el sentido, sino que es posible, y la conciencia moral guía al hombre en esa búsqueda. La conciencia moral, en suma, es un órgano de sentido. Se puede definir como la facultad de intuir el sentido único y peculiar que late en cada situación. Por otra parte, nosotros hemos partido del supuesto de que el vacío existencial implica una pérdida de la tradición; al perderse las tradiciones, ¿no desaparece el sentido que éstas transmitían? Hay que contestar negativamente, por la sencilla razón de que la desaparición de las tradiciones no afecta al sentido, sino a los valores. El sentido permanece intacto en el derrumbe de las tradiciones, ya que es algo único y peculiar, algo que siempre cabe descubrir; los valores, en cambio, son ciertas categorías universales sobre el sentido, no inherentes a situaciones únicas y peculiares, sino típicas, recurrentes y que caracterizan la condición humana. La vida conservaría su sentido aunque desaparecieran todas las tradiciones de la humanidad y no subsistiera ningún valor general.
Pero la conciencia moral puede también extraviar al hombre. Es más: hasta el último instante, hasta el último suspiro, el hombre no sabe si ha cumplido realmente el sentido de su vida o más bien se ha equivocado: ignoramus et ignorabimus. Pero el hecho de que no sepamos ni siquiera en el lecho de la muerte si el órgano de sentido, que es nuestra conciencia, no ha sufrido una ilusión, significa que la conciencia de los demás puede haber tenido razón. La tolerancia, sin embargo, no equivale a la indiferencia, ya que el respeto a la fe ajena no significa en modo alguno la identificación con esa fe.
Vivimos en una época en la que predomina la sensación de una falta general de sentido. En nuestra época la educación no debe limitarse a impartir el saber, sino que ha de favorecer la depuración de la conciencia moral, de suerte que el hombre se sensibilice lo suficiente para poder captar el postulado inherente a cada situación. En una época en la que los diez mandamientos han perdido para muchos su vigencia, el hombre debe capacitarse para percibir los 10 000 mandamientos incluidos en las 10 000 situaciones con las que le confronta su vida. Entonces no sólo recuperará el sentido de esta vida, sino que él mismo se inmunizará contra el conformismo y el totalitarismo, las dos secuelas del vacío existencial; en efecto, sólo una conciencia lúcida le capacitará para la «resistencia», para no amoldarse al conformismo ni doblegarse ante el totalitarismo.
En cualquier caso, la educación debe ser hoy más que nunca una educación para la responsabilidad. Y ser responsable significa ser selectivo, ser capaz de elegir. Vivimos en una affluent society, recibimos avalanchas de estímulos de los medios de comunicación social y vivimos en la era de la pildora. Si no queremos anegarnos en el oleaje de todos estos estímulos, en una promiscuidad total, debemos aprender a distinguir lo que es esencial y lo que no lo es, lo que tiene sentido y lo que no lo tiene, lo que reclama nuestra responsabilidad y lo que no vale la pena.
Me atrevo a predecir que tarde o temprano el hombre actual adquirirá una nueva conciencia de responsabilidad. Lo está anunciando ya la marea de las protestas. Sin olvidar que la protesta se convierte muchas veces en «antitest», porque va contra algo y no en favor de algo: no sabe ofrecer una alternativa constructiva. La libertad degenera en arbitrariedad si no está complementada con la responsabilidad.
Señoras y señores: no les estoy hablando, al menos no sólo, como filósofo, sino como psiquiatra. Ningún psiquiatra, ningún psícoterapeuta —y ningún logoterapeuta— puede decir a un enfermo lo que es el sentido, pero sí que la vida tiene sentido; y algo más: que conserva este sentido bajo todas las condiciones y circunstancias; y esto, gracias a la posibilidad de encontrar un sentido en el sufrimiento, de transfigurar el sufrimiento humano en una aportación positiva; el psiquiatra, en suma, puede dar testimonio de algo que el hombre es capaz de hacer incluso cuando fracasa. O en otros términos, con palabras que Lou Salomé escribió a Freud, cuando éste «no acababa de resignarse a la existencia destinada a ser desahuciada»: lo que importa es que «la manera como uno se compadece en favor de todos nosotros, se convierta para nosotros en señal de lo que uno es capaz de hacer».
El logoterapeuta no procede en realidad por la vía moralista, sino por la vía fenomenológica. Nosotros no formulamos juicios de valor sobre determinados hechos, sino que constatamos la experiencia axiológica del hombre vulgar y corriente; es éste el que sabe el sentido que tiene la vida, el trabajo, el amor y, last but not least, el sufrimiento soportado con valentía. El hombre corriente encuentra un sentido en el quehacer o crear humano. También encuentra un sentido en hacer una experiencia, en amar a alguien: incluso ve a veces un sentido en una situación desesperada que le sorprende inerme. Lo que importa es la actitud con que afronta el destino inevitable e inexorable. El hombre de la calle sabe todo esto, aunque sea incapaz de expresarlo. Y si es cierto, como afirma Paul Polak, que la logoterapia en su teoría traduce a lenguaje científico la idea que el hombre vulgar y corriente tiene de sí mismo, habrá que decir que ella debe retraducir su propio saber al lenguaje del hombre en su cotidianidad. Como hemos sugerido, el análisis fenomenológico de la experiencia axiológica del hombre de la calle permite destilar una axiología, que se caracteriza por una tricotomía. Hay tres categorías de valores: «valores creativos», «valores vivenciales» y «valores de actitudes». Es interesante señalar que esta tricotomía se vio confirmada mediante análisis factorial con un material de 1340 personas; es más: se pudo confirmar también por el mismo método la jerarquía que existe entre las tres categorías axiológicas: los valores de actitudes están por encima de los valores creativos y los valores vivenciales.
Insisto: la fenomenología traduce este saber radical al lenguaje científico, y la logoterapia retraduce esa experiencia elaborada al lenguaje del hombre de la calle; y esto es perfectamente posible. Modesto Canales es un peón de albañil... realmente un «hombre de la calle». Después de una conferencia que pronuncié en Nueva Orleans, me dijo que había estado 11 años en la cárcel, que allí le dieron a leer mi libro El hombre en busca de sentido y que el libro fue lo único que le había ayudado en todos aquellos años.
¿O debo contarles el caso de Aaron Mitchell? El director de la prisión de San Quentin, en las proximidades de San Francisco, me invitó a dar una conferencia a los reclusos, que eran delincuentes altamente peligrosos. Al final se levantó uno de mis oyentes y dijo que los reclusos de Death Row, que albergaba en sus celdas a los condenados a muerte, tenían prohibido asistir a la conferencia, y preguntó si no podía decir unas palabras a través del micrófono a uno de ellos, Mr. Mitchell, que a los pocos días sería ejecutado en la cámara de gas. Me quedé perplejo, pero no pude desatender el ruego. Improvisé estas frases: «Créame usted, Mr. Mitchell, yo puedo comprender de algún modo su situación. Yo también viví una temporada a la sombra de una cámara de gas. Pero créame, Mr. Mitchell, que tampoco entonces abandoné un momento mi convicción de que la vida tiene un sentido en todas las condiciones y circunstancias. Porque si realmente tiene un sentido, lo seguirá teniendo hasta el final. Si no tiene ningún sentido, tampoco lo tendrá por mucho que dure. Aun una vida que aparentemente hemos malgastado puede llenarse retroactivamente de sentido superándonos a nosotros mismos mediante el autorreconocimiento.» ¿Y saben ustedes lo que conté luego a Mr. Mitchell? La muerte de Iván Illich narrada por Tolstoi. La historia de un hombre que se encuentra de pronto con que no va a vivir más y cobra conciencia de haber malversado la vida. Pero precisamente esta conciencia le hace superarse hasta el punto de llenar de sentido esa vida aparentemente absurda.
Mr. Mitchell fue el último hombre que murió en la cámara de gas de San Quentin. Poco antes de su muerte concedió una entrevista a «San Francisco Chronicle» y de ella se desprende que había asimilado perfectamente la historia de la muerte de Iván Illich.
El profesor Farnsworth, de la Universidad de Harvard, pronunció una vez una conferencia ante la American Medical Association, donde dijo: «La medicina se enfrenta hoy con la tarea de ampliar su función. En un período de crisis como el que experimentamos actualmente, los médicos deben cultivar la filosofía. La gran enfermedad de nuestro tiempo es la carencia de objetivos, el aburrimiento, la falta de sentido y de propósito.» Al médico se le plantean hoy algunas cuestiones que no son de naturaleza médica, sino filosófica, y para las que apenas está preparado. Los pacientes acuden al psiquiatra porque dudan del sentido de su vida o desesperan de poder encontrarlo. Habría que seguir el consejo kantiano de aplicar la filosofía como una medicina. Si esa medicina causa repugnancia, cabe sospechar que es por el miedo a afrontar el propio vacío existencial.
Es obvio que se puede ser médico sin apuntarse a tales ideas; pero en ese caso habría que recordar lo que dijo Paul Dubois en una circunstancia análoga: el médico difiere entonces del veterinario en una sola cosa: en la clientela.

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