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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Viktor E. Frankl: LA PSICOTERAPIA AL ALCANCE DE TODOS. El insomnio



X - EL INSOMNIO

La conferencia de hoy comienza algo más tarde que las anteriores, a una hora en la que quizá algunos de mis oyentes habrán pensado ya en irse a dormir. Es lógico, por tanto, que al buscar un tema apropiado para la emisión de hoy hayamos pensado en el problema del sueño como una cuestión psicoterapéutica, es decir, en el problema de la perturbación del sueño. Este tema le interesa bastante al profano en la materia, que normalmente sólo empieza a reflexionar sobre el sueño cuando algún trastorno le impide dormir. Un caso similar es el del hombre que sólo piensa en el corazón como órgano, comienza incluso a sentirlo, cuando tiene, por ejemplo, palpitaciones.
   El paciente que acude al médico porque padece una perturbación del sueño no suele utilizar este término, sino que habla normalmente de insomnio. Como si se diera alguna vez un insomnio auténtico. El denominado insomne, que se «autodescribe» como tal, se está engañando a sí mismo, pues por la noche duerme de hecho algunas horas, pero por la mañana está dispuesto a jurar que no ha dormido ni durante un momento. Esta persona está sujeta necesariamente a este engaño, y no exagera de forma más o menos consciente. Este engaño de sí mismo es similar al de las personas que aseguran que nunca sueñan, cuando en realidad lo que les suele pasar es que olvidan sus sueños.
   En lo que respecta a la perturbación del sueño, cabe decir que los somníferos, esto es, todos los medicamentos destinados a provocar el sueño por vía química, no constituyen una verdadera terapia. Antes bien, si se consumen de forma habitual, a la larga nunca son del todo inofensivos. Sin embargo, no se puede oponer nada contra el hecho de que se utilicen de vez en cuando; en el caso de un estado de excitación debido a cualquier tipo de conflicto o problema, siempre será mejor que la persona afectada se asegure el sueño con ayuda de los somníferos, es decir, mediante esta «muleta» química —por así decirlo—, que no que —demasiado orgulloso para llevar esta muleta o demasiado perezoso para acudir al médico— pase largas noches insomnes, hasta que... ¿Qué sucede entre tanto? Entre tanto se ha resuelto el problema o ha desaparecido el conflicto, pero el insomnio perdura ahora no por una causa exterior, sino por un motivo interior, ya que durante ese intervalo la persona afectada ha empezado a tener miedo al insomnio, y este temor es capaz de ahuyentar el sueño: se trata de un mecanismo de la ansiedad de expectativa, que hace que un síntoma en sí inofensivo y pasajero provoque en el paciente afectado determinados temores; éstos fortalecen el síntoma en cuestión, y este síntoma agravado incrementa a su vez los temores del enfermo. Podemos hablar en este caso de un círculo vicioso en el que cae el paciente. Egon Fenz habla, de forma quizá más adecuada, de una espiral en la que la enfermedad va ascendiendo. En cualquier caso, el paciente se va encerrando cada vez más en su ansiedad de expectativa como en un capullo: al principio tiene todavía la esperanza de que el síntoma desaparezca pronto, luego teme que se presente y al final está convencido de ello.
   ¿Qué se puede hacer desde el punto de vista médico? Mejor dicho, ¿qué puede hacer el paciente contra esta    
ansiedad de expectativa, en este caso contra el temor que le impide conciliar el sueño, el miedo a pasar la noche sin dormir? Se apodera de él una ansiedad que puede progresar hasta el denominado «miedo a la cama»: la persona que padece perturbaciones del sueño está cansada durante el día, pero a la hora de acostarse —al ver la cama— le aterro riza la idea de una noche de insomnio, se inquieta y excita, y esta misma excitación le impide dormir. Comete entonces el mayor error en que podía incurrir: espera impaciente al sueño. Sigue con viva atención lo que sucede dentro de si mismo; pero cuanta más atención pone, menos capaz es de relajarse para poder dormir, pues el sueño no es otra cosa que la relajación total. Aspira conscientemente a dormirse, pero el sueño no es nada más que la sumersión en la inconsciencia. Así, el hecho de pensar en él y de quererse dormir, sólo sirve para impedir que se duerma.
   Conozco a un hombre que tenía graves dificultades para conciliar el sueño. Un día consiguió dormirse, como siempre, con gran esfuerzo; entonces le asustó algo en su sueño poco profundo, le dio la sensación de que quería resolver algo, de que tenía que hacer algo. Se despertó y entonces se acordó de lo que quería: dormirse. Esto me recuerda a una figura de una farsa, un anciano que se pregunta constantemente: «¿Qué quería yo decir? Ah, es ver dad, no quería decir nada.»  
   Lo que en realidad sucede es lo que Dubois dijo en cierta ocasión: que el sueño es como una paloma, que se posa en la mano si se mantiene ésta quieta, pero que echa a volar en cuanto se la intenta agarrar. Al sueño también se le ahuyenta en cuanto se le intenta atrapar, y cuanto más se intenta, más se ahuyenta. Quien espera impaciente al sueño y se observa por ello a sí mismo con miedo, lo asusta.
   Pero, ¿qué hay que hacer? Sobre todo una cosa: olvidar la ansiedad de expectativa, el miedo a una noche insomne y tener presente algo que es indispensable y muy importante que se sepa: que el sueño que el organismo necesita indispensablemente lo provoca él mismo sea como sea. Esto es necesario saberlo, y a partir de aquí, crear lo que denominaría la confianza en el propio organismo. En realidad, este mínimo de sueño es distinto en cada persona. Lo importante no es la duración, sino la cantidad, que es el producto de la duración y la profundidad. Hay personas que no necesitan dormir mucho tiempo porque tienen un sueño muy profundo. Además, en una misma persona varía la profundidad del sueño a lo largo de una noche, por lo que se puede clasificar a las personas según su curva de sueño. Unas lo tienen más profundo a medianoche, y en otras alcanza su máxima profundidad por la mañana. Si se le priva a una de estas últimas de unas horas de sueño por la mañana, se les quita una mayor cantidad de sueño que a otra cuya curva de sueño desciende ya al acabar la noche. Así pues, no hay que tener miedo a las consecuencias que puede tener la perturbación del sueño para la salud. Pero hay también algo más: la persona que tenga problemas para dormirse, cuando se acuesta, puede pensar en todo menos en el problema del sueño, en el insomnio, etc. Es mejor que piense en los acontecimientos del día que acaba; debe pasarles revista con sus «ojos del espíritu». Esto resulta más beneficioso que si reprime las preocupaciones y los problemas y los expulsa de su conciencia, pues en tal caso es posible que perturben o alboroten, al menos, sus sueños. Pero no es suficiente el propósito de no pensar en el sueño, ya que esto nos obliga a pensar en él. Le sucede a uno entonces lo que a aquel hombre al que se le había prometido que podría convertir el cobre en oro, pero sólo con la condición de que durante los diez minutos que duraba el proceso de transformación no pensara en ningún camaleón; a partir de entonces, no era capaz de pensar en otra cosa más que en este extraño animal, en el que no había pensado en toda su vida.
   Si es cierto lo que he afirmado anteriormente, es decir, que el esfuerzo y la voluntad de dormirse ahuyentan al sueño, ¿qué sucedería sí alguien se acuesta y no intenta dormirse, no se esfuerza por nada o se esfuerza por algo que no es alcanzar el sueño? El éxito estaría garantizado: se dormiría inmediatamente. En una palabra, en el lugar del miedo ante el insomnio debe estar precisamente la intención de pasar una noche sin dormir, esto es, la renuncia consciente al sueño: esto es suficiente para garantizarlo. Basta con proponerse simplemente: «Esta noche no quiero dormir, sólo quiero relajarme y pensar en las vacaciones pasadas o en las próximas.» Si, como hemos visto, el hecho de querer dormir ahuyenta el sueño, el desear el insomnio, paradójicamente, lo provoca. Pues, al menos, no se teme ya el insomnio, y se está así en el mejor camino para caer en el sueño.
   Para acabar, sólo unas palabras sobre las interrupciones del sueño. ¿Qué debe hacer una persona que se duerme al acostarse pero se despierta por la noche? Ante todo, no debe hacer lo que, por desgracia, suelen hacer estas personas: no debe encender la luz, ni mirar el reloj, ni coger un libro, ni pensar en sus planes profesionales para el día siguiente. Lo único que debe hacer es buscar el final de lo último que ha soñado y pensar en ello. En una palabra, no hay que llegar al extremo de salir del estado de somnolencia. Y, ¿qué se debe hacer cuando uno se despierta por la mañana, pero demasiado temprano, cuando, por ejemplo, le despiertan unos vecinos que hacen ruido? Sólo una cosa: no enojarse por este molesto incidente, pues ello le impediría volverse a dormir. Pero tampoco se debe hacer de este enfado un camaleón y enfadarse precisamente por el enfado. No hay nada que enoje más a una persona enfadada
que el hecho de que le digan: «Hombre, no te enfades.» Así, lo que ayuda a una persona que se ha despertado y no se enfada, es el imaginarse, por ejemplo, que en ese momento, tan temprano, tuviera que salir de la cama y realizar un trabajo desagradable. En cuanto se abandona a estas fantasías, le invade una especie de pereza que hace que tarde o temprano se vuelva a dormir. Con esto llego al final de mis explicaciones sobre las perturbaciones del sueño, y me gustaría que esta conferencia a una hora tan tardía hubiera provocado en algunos de mis oyentes el grado de pereza y de cansancio suficiente para garantizarle, al menos hoy, una buena noche.

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