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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Viktor E. Frankl: LA PSICOTERAPIA AL ALCANCE DE TODOS. Algunas consideraciones en torno al amor



XII - ALGUNAS CONSIDERACIONES EN TORNO AL AMOR

   Según las canciones de moda, en el mundo sólo hay una cosa lo suficientemente importante y, sobre todo, K suficientemente digna para vivir por ella: el amor. ¿No afirma, al fin y al cabo, algo parecido el psicoanálisis, s bien expresado en formulaciones científicas? El eminente psiquiatra suizo Ludwig Binswanger opone a la filosofía de Martin Heidegger una teoría propia, en la que en el lugar de lo que según Heidegger caracteriza a la existencia humana (menschliches Dasein), esto es, el estar preocupado (In- Sorge-Sein), coloca el amor o, tal como lo expresa el propió Binswanger, la coexistencia de los hombres que se aman, que crea lo que él denomina «el nosotros» (Wirheit), Vemos, así, que la palabra amor es una expresión que responde a conceptos diferentes: unas veces —en las canciones de moda— significa flirteo, otras veces —en el psicoanálisis— la pulsión sexual como una forma de dejarse llevar por lo fisiológico y por lo biológico; por último, se habla del amor en el sentido puramente ontológico o antropológico en que el «análisis existencial» de Binswanger utiliza el término. Y según en qué sentido se hable del amor, es correcto o erróneo hablar de él como el centro o el punto culminante de la existencia humana.
A la vista de la cuestión de lo que es el amor, quizá sea mejor que partamos de la pregunta sobre lo que no es amor. Si hiciéramos caso a las canciones de moda, ¿qué no sería amor? Ninguna persona imparcial admitiría que es amor lo que siente un hombre que afirma querer a una muchacha, a la que acaba de conocer y que posee las cualidades que él más valora: pelo rubio y ojos azules. Parece más acertado pensar que en este caso se trata de algo instintivo. Tampoco se hablaría de amor en el más estricto sentido de la palabra en el caso, por ejemplo, de una persona que admira a una estrella de cine, aunque en este caso no se trate, como en el anterior, de unas cualidades ante las que reacciona una pulsión, sino de particularidades como la sonrisa o la voz. Todo esto no tiene nada que ver con el amor; en el último caso habría que hablar más bien de enamoramiento.
   Todo cambia cuando no se trata ya de las propiedades o particularidades que una persona posee, sino que lo importante es el portador de tales cualidades, esto es, ella, la persona en su individualidad y unicidad; en una palabra, cuando se trata de la persona que está tras esas propiedades y particularidades. Verla, estar con ella, significa amor.
   Así pues, el amor no tiene nada que ver con un compañero anónimo de relaciones instintivas, por ejemplo, un compañero que se puede cambiar a menudo por otra persona que tenga propiedades idénticas. En el caso del individuo elegido instintivamente, o del enamorado, no se busca a la persona, sino un tipo. A ello se debe también el hecho de que el amor sea, por así decirlo, intransferible. Cualquiera se puede convencer de esto en cuanto piense si, en caso de que muera una persona a la que ama, podría sustituirla por un doble, por ejemplo, por la hermana o el hermano gemelo de esa persona. El compañero en una relación puramente instintiva (también el compañero en una relación social) es más o menos anónimo. En cambio, al compañero en una relación de amor verdadero se le trata como una persona, se le considera como un tú. Por tanto, podríamos decir que amar significa poder decirle «tú» a alguien; pero no sólo esto, sino poderle decir también «sí», esto es, no sólo aprehenderle en toda su esencia, en su individualidad y unicidad, tal como hemos dicho anterior mente, sino aceptarle en lo que vale. Así pues, no consiste en ver sólo el «ser-así-y-no-de-otro-modo» de una persona, sino en ver al mismo tiempo su «poder-ser», su «deber ser», esto es, ver no sólo lo que realmente es, sino también lo que puede ser o lo que deberá ser. En otras palabras, citando una hermosa frase de Dostoieski: «Amar significa ver a la otra persona tal como la ha pensado Dios.»  Así pues, no se puede decir que el amor verdadero es ciego; esto sería válido, a lo sumo, para el enamoramiento. El amor verdadero devuelve la vista a los hombres, y no sólo esto, sino que además los convierte en clarividentes, en profetas, pues ver los valores del ser amado significa ver lo que es una simple posibilidad, esto es, no una realidad, sino algo que se va a realizar.
   Con todo esto se podría tener la impresión de que el amor, también el amor entre el hombre y la mujer, tiene muy poco que ver con los impulsos. Pero esto no es en modo alguno cierto, ya que se puede decir que al amor le hace falta la impulsividad y, viceversa, ésta necesita del amor. ¿En qué medida necesita el amor la pulsión sexual? En la medida en que el amor se vale de lo impulsivo, lo utiliza como medio de expresión, de forma que se podría decir que la vida sexual del hombre comienza a ser humana, a ser digna de un ser humano, en el momento en que es vida afectiva. En lo que concierne, sobre todo, a la consideración de la vida afectiva o, mejor dicho, de la vida conyugal, como un simple medio de reproducción, hay que decir que esta opinión le niega al matrimonio, al menos al matrimonio sin hijos, cualquier otro sentido. Esta limitación del campo visual, esta reducción del sentido de la existencia humana, en una palabra, esta «ceguera» lleva, como toda ceguera, a la desesperación, pues toda desesperación se basa en una ceguera, es decir, en una sobre valoración de un concepto, que hace que uno sea «ciego» ante los demás conceptos.
   Qué pobre sería la vida si no ofreciera otras posibilidades para darle un sentido; esto es, qué pobre sería una vida cuyo sentido consistiera exclusivamente en casarse y tener hijos. Esta opinión desvaloriza la vida y degrada sobre todo la existencia de una mujer.
  ¿En qué medida necesitan los impulsos humanos el amor? En la medida en que todo desarrollo normal de las pulsiones tiene como condición previa la capacidad de amar, la cual determina el proceso de maduración de dichas pulsiones, marca la dirección del instinto; organiza la impulsividad y la ordena de acuerdo no sólo con una finalidad, sino también con un objeto, utilizando la antítesis de Freud, esto es, con la persona del compañero amado. Sólo en la medida en que la pulsión está así organizada y orientada hacia la otra persona, se puede integrar y subordinar esta pulsión a la propia persona; sólo entonces está garantizada una elección de pareja con carácter definitivo.
   La maduración de las pulsiones consiste, por tanto, en una creciente integración de la impulsividad en la persona. Sólo un yo que tiende hacia un tú puede integrar el ello.
   Hemos hablado de un proceso de integración, es decir, de la unificación y globalización de lo impulsivo en la persona, de un proceso de personalización, de repercusión desde el centro de la personalidad. Existen dos causas que pueden hacer fracasar este proceso de integración: el desaliento y la decepción. Por desaliento, cuando uno no se puede imaginar que sea posible construir una relación amorosa feliz, y por decepción, cuando el joven intenta establecer una auténtica relación amorosa, pero su pareja lo rechaza. Estas personas caen entonces en la estupefacción, en el éxtasis de un placer puramente instintivo, en la simple satisfacción de sus pulsiones. En tales casos, no se reprimen los impulsos, sino que se reprime el amor, lo reprimen las pulsiones. Pero luego se llega necesariamente, no sólo a la compensación, a un equilibrio, sino a una sobrecompensación; lo que ocurre entonces es que la cantidad ocupa e: lugar de la calidad; es decir, en vez de la felicidad del amor lo que se busca es la simple satisfacción de las pulsiones. Y cuanto menos cree una persona en la posibilidad de ver realizado su deseo de amor, más necesitará la mayor satisfacción posible de sus pulsiones. Lo tragicómico de todo este o, si debo llamarlo así, lo satírico, es que la persona en cuestión adopta la postura de un héroe, mientras que en realidad es un ser débil que no es capaz de crear una auténtica felicidad en el amor.
   Pero esto no siempre es así; no sólo se compensa de este modo una decepción amorosa, sino también una decepción en la búsqueda de un sentido existencial, lo que sucede en todos aquellos casos en que una persona fracasa en su deseo de sentido, como lo hemos denominado Cuanto más vacío queda su deseo de encontrar un sentido a la vida, más se convierte la satisfacción de las pulsiones en un medio para conseguir un fin, el placer; pero esto no es todo, ya que el placer se ha convertido entonces, a su vez, en un medio para conseguir otro fin, el estupor.
   En resumen, se puede decir que al hombre le alienta un deseo de sentido, un ansia de dar a su existencia el mayor sentido posible y, en consecuencia, le busca un contenido a su vida. Cuando este deseo de sentido no se ve realizado, el hombre intenta llenar el vacío y «se emborracha» con la satisfacción de sus pulsiones. En otras palabras, el deseo de placer aparece cuando el hombre ve fracasado su deseo de sentido; empieza entonces a depender del principio del placer en el sentido del psicoanálisis. Así, la libido sexual crece exuberantemente en los casos de vacío existencial.

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