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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Viktor E. Frankl: LA PSICOTERAPIA AL ALCANCE DE TODOS. ¿Qué opina el psiquiatra sobre el arte moderno?



XXIII - ¿QUÉ OPINA EL PSIQUIATRA SOBRE EL ARTE MODERNO?

   Nada más plantear la pregunta: ¿Qué opina el psiquiatra sobre el arte moderno?, surge otra cuestión: ¿Puede hablar realmente el psiquíatra sobre arte moderno? En una palabra: ¿entiende de este tema? A esto habría que contestar lo siguiente: sobre arte moderno se ha hablado ya mucho —tanto en forma de habladurías como de auténticas conferencias—, y se han dicho cosas en contra y a favor. Así, el arte moderno ha caído en la situación de un reo. ¿Es, por tanto, tan extraño que tras recibir tantas acusaciones sea necesario un dictamen, un dictamen psiquiátrico, el dictamen de un especialista en psiquiatría?
   Abordemos el primer problema: el psiquiatra no es un especialista en ello, al menos no en este sentido, sino que en realidad es, por así decirlo, un «especialista en personas». Como psiquiatra, no entiende nada de arte moderno, pero sí de la persona del artista. Analizando las personalidades de los artistas, me atrevo a confesarles lo siguiente: conozco a una serie de artistas modernos, y debo decir que entre ellos hay algunos que —desde el punto de vista psiquiátrico— constituyen personalidades totalmente normales (yo no les conocí porque fueran mis pacientes); pero a lo largo de los años he conocido también a numerosos pintores neuróticos o psicóticos, y debo aceptar que en general pintaban de forma muy realista o naturalista (1). Yo establezco el diagnóstico de un trastorno psíquico a partir de unos síntomas, pero nunca se me ocurrirá diagnosticar un trastorno mental teniendo en cuenta un estilo artístico determinado.
   Llegamos así a una segunda cuestión: ¿Se pueden sacar de una obra de arte deducciones psiquiátricas sobre su autor? Se han realizado numerosos intentos en este sentido, pero en general lo han hecho simples aficionados a la psiquiatría. Me refiero sobre todo a algunos periodistas y a ciertos críticos de arte que ven hoy de buen tono el analizar en sus críticas teatrales el complejo de Edipo u otro similar.
   Todos sabemos que hay algún artista moderno que afirma que él crea más obras bajo la influencia de su subconsciente. Surge así la tercera cuestión: ¿Qué hay que pensar de las denominadas producciones automáticas del inconsciente? Acabo de mencionar que ciertos críticos de arte presumen también de psiquiatras; ahora tengo que decir que los artistas a que nos estamos refiriendo ponen buena cara a este juego falso, participan en él cuando se comportan, por ejemplo, como esquizofrénicos, es decir, cuando actúan como si fueran realmente autómatas de su subconsciente. Pero, y vuelvo a hablar como psiquiatra, representan muy mal este papel.
   Seguramente alguien se preguntará cómo son realmente las pinturas de los enfermos mentales auténticos. En relación con esto debo recordar lo que creo que se olvida a menudo: que todas las producciones artísticas, o que quieren serlo, realizadas por enfermos mentales y recogidas y expuestas en hospitales o, por ejemplo, en el primer congreso mundial de psiquiatría celebrado en París, no han sido sólo recogidas sino escogidas. Y la elección se realizó sin duda desde el punto de vista de lo extraño, de lo singular. Pero casi todas las obras que he podido observar durante mis muchos años de trabajo en clínicas psiquiátricas eran —debo decirlo— muy triviales. Es cierto que en el conté nido, por ejemplo, en la elección de los temas se descubre siempre la influencia del trastorno psíquico. En cuanto a lo formal, en lo que al estilo se refiere, los psiquiatras no conocemos más que inclinaciones características de ciertas formas de epilepsia, como por ejemplo, la tendencia a representar ornamentos estereotipados.
   Por otra parte, no hay que olvidar que la graduación como pintor académico no supone una inmunización contra las enfermedades mentales. Un pintor auténtico, un verdadero artista, puede volverse psicótico. En el mejor de los casos, es decir, si tiene suerte en la desgracia, queda intacto su talento y continúa su producción artística. Si esto ocurre es a pesar de la psicosis, pero nunca debido a ella. Una enfermedad psíquica nunca es en sí productiva; el enfermo no es nunca creador por sí mismo. Sólo puede crear el espíritu del hombre, pero nunca una enfermedad del «espíritu», una enfermedad mental. El espíritu humano puede dar lo último de su fuerza creadora, en oposición a ese horrible destino denominado enfermedad mental.
   Cuando esto sucede hay que evitar caer en el error opuesto; es decir, igual que no se le atribuye a la enferme dad en sí ninguna fuerza creadora, tampoco se puede utilizar el hecho de una enfermedad mental en contra del valor artístico de una obra. El psiquiatra no juzga en ningún caso el valor o la falta de valor, lo auténtico o lo no auténtico. La cuestión de si la ideología de Nietzsche es verdadera o falsa no tiene nada que ver con su parálisis; el que los versos de Hólderlin sean bellos o no, no tiene nada que ver con su esquizofrenia. Yo expliqué esto de forma sencilla en cierta ocasión al decir: «2x2 = 4, aun cuando lo afirme un esquizofrénico.» (2)XXIII

 1. En la casa del director del manicomio de Amberes pude ver en cierta ocasión pinturas que seguían las tendencias más modernas —todas excepto una-; ésa, un cuadro impresionista, era también la única que había sido realizada por un paciente.
   2. Véase Viktor E. Frankl: Psychotherapie und Weltanschauung, «Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie». septiembre. 1925: «Sabemos de antemano que todo lo que no es 'normal' no tiene por qué ser falso. Se puede afirmar, así pues, que Schopenhauer veía el mundo a través de unas gafas grises, que veía bien, pero que el resto de las personas, las normales, llevaban gafas con cristal rosa, o. en otras palabras, no les afectaba la melancolía de Schopenhauer, sino que el deseo de vivir de las personas sanas les mantenía la ilusión de ver un valor absoluto en la vida.»
 Falta saber si el arte moderno tiene algo en común con las producciones (evito intencionadamente la palabra «creaciones») de las personas que padecen realmente una enfermedad mental, y lo que puede representar este denominador común. A esto habría que responder que, en cierto modo, algunos enfermos mentales se encuentran en una situación similar a la del artista moderno: el enfermo se siente agobiado por la vivencia de «mundos nunca vividos» tal como lo denominó Storch en cierta ocasión; frente a este hecho tan singular, él lucha por expresarse verbal-mente y en esta lucha no le bastan las palabras del lenguaje cotidiano, sino que forma palabras nuevas; estos neologismos no son un síntoma de determinadas psicosis, como nosotros, los psiquiatras, vemos a menudo. De forma similar, el artista moderno, que se enfrenta a una serie de problemas —ni más ni menos que la problemática de nuestro tiempo— a los que no se ajustan las formas habituales, ¿es de extrañar que busque formas nuevas? El denominador común que buscábamos se encuentra, así pues, en la necesidad de expresarse, en la crisis de la expresión que sufre tanto el enfermo mental como el artista contemporáneo. No se debe considerar este hecho común como algo malo de cara al artista; no es ninguna deshonra. En primer lugar, en todas las épocas existe una crisis de expresión como ésta; la época en que se vive se considera siempre «moderna». Y, en segundo lugar, estas crisis de expresión se dan, desde el punto de vista psíquico en todos los ámbitos de la vida espiritual. ¿Es acaso menos acusada en la filosofía o en la psiquiatría moderna? Todos conocemos el estilo tan complicado y los numerosos neologismos introducidos por Martin Heidegger. Hace tiempo decidí hacer el experimento de advertir durante una conferencia que tres frases de mi exposición procedían de una obra de Heidegger, mientras que el resto lo había tomado de una conversación mantenida ese mismo día con una paciente esquizofrénica. Le pedí al auditorio que dijera qué frases creía que habían sido sacadas del libro del famoso filósofo y cuáles se debían a la paciente con un trastorno mental. Debo confesarles que la mayoría de mis oyentes consideraron esquizofrénicas las palabras del gran filósofo, y viceversa; las palabras de un filósofo de quien el conocido psiquiatra suizo Ludwig Binswanger dijo en cierta ocasión que, con una sola frase, Heidegger había hecho pasar a la historia bibliotecas enteras sobre un mismo tema. Supongamos que esto sea así. ¿No tuvo que crear Heidegger palabras nuevas para realizar una tarea histórica de este tipo? Si no tenia suficiente con los términos antiguos, con estas monedas manoseadas, esto puede hablar a lo sumo en contra de la utilidad de nuestra lengua, pero nunca en contra del filósofo o de su estilo lingüístico característico.
   Tras esta digresión sobre la necesidad de expresión que siente el artista llegamos al final de la pregunta acerca de si se debe tomar en serio o no el arte moderno. En este sentido quiero destacar que podemos contestar aquí esta pregunta gracias a la aportación que nos ofrece el psiquiatra. ¿Qué significa en este caso «tomar en serio»? Significa tanto como reconocer que una cosa es auténtica, y en relación con la autenticidad, el psiquiatra sólo puede decir una cosa: es posible que este o aquel estilo característico del arte contemporáneo fuera creado en su origen por un artista con un determinado trastorno mental; es posible también que esas personalidades con trastornos y sus creaciones tengan una cierta fuerza de sugestión que instaure una nueva moda. Pero donde hay una moda, allí surgen antes o después los «oportunistas» —siempre los hay—, y entre ellos habrá alguno que no tome del todo en serio ni el arte, ni al público, ni a sí mismo, sino que piense que el mundo snob se quiere dejar engañar.
Admitimos que todo esto es posible; pero para mí, como psiquiatra, está claro que entre los artistas modernos, incluso entre los que hacen las creaciones más atrevidas, siempre hay alguno que por ser auténtico merece que se le tome en serio. Quien haya sido alguna vez, tal como yo lo he sido y como sólo puede serlo un psiquiatra que ejerza su profesión, testigo de la lucha continua y sincera del paciente que se dedica al arte, de su lucha interna por expresar sus intenciones artísticas, me tendrá que apoyar. Quien haya sido, como yo, testigo de cómo uno de estos artistas se conformaba con una obra sólo después de haberla diseñado cien veces o de cómo su conciencia sólo podía admitir el décimo intento, será más prudente en su crítica y más discreto en sus valoraciones precipitadas. Pues sabrá, al igual que yo, que incluso lo que a primera vista parece casual, ha surgido de una necesidad interior. No sé qué porcentaje suponen estos artistas auténticos, pero tampoco me corresponde a mí contestar a esta pregunta. Si existe uno solo de estos artistas legítimos, auténticos, entonces vale la pena esforzarse por aprender a distinguir entre lo auténtico y lo no auténtico y no precipitarse a rechazar el arte moderno en general y a molestar con este fin a la psiquiatría.

Notas:

1. En la casa del director del manicomio de Amberes pude ver en cierta ocasión pinturas que seguían las tendencias más modernas —todas excepto una-; ésa, un cuadro impresionista, era también la única que había sido realizada por un paciente.
 2. Véase Viktor E. Frankl: Psychotherapie und Weltanschauung, «Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie». septiembre. 1925: «Sabemos de antemano que todo lo que no es 'normal' no tiene por qué ser falso. Se puede afirmar, así pues, que Schopenhauer veía el mundo a través de unas gafas grises, que veía bien, pero que el resto de las personas, las normales, llevaban gafas con cristal rosa, o. en otras palabras, no les afectaba la melancolía de Schopenhauer, sino que el deseo de vivir de las personas sanas les mantenía la ilusión de ver un valor absoluto en la vida.»

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