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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Viktor E. Frankl: LA PSICOTERAPIA AL ALCANCE DE TODOS. El poder de obstinación del espíritu



XX - EL PODER DE OBSTINACIÓN DEL ESPÍRITU

 Sucede a menudo que el psicoterapeuta, el «médico del alma», le expone a su paciente, al enfermo mental, lo que tiene que hacer, cómo debe comportarse, pero el enfermo  explica al terapeuta que no puede hacerlo, que es imposible que no tiene la fuerza necesaria para esto o aquello, en un, palabra, que tiene una voluntad débil.
   ¿Existe realmente la debilidad o la firmeza de voluntad? ¿O hablar de ellas es una simple disculpa? Se suele decir que donde hay voluntad hay también un camino. Yo quisiera modificar esta frase, y me atrevería a afirmar que donde hay un objetivo, allí hay también una voluntad. En otras palabras, quien tiene bien claro un objetivo y aspira de verdad a alcanzarlo, nunca se quejará de que carece de fuerza de voluntad. Pero, por desgracia, tales personas no sólo se disculpan por su presunta falta de voluntad, sino que también afirman que no se pueden ayudar a sí mismas, que no pueden hacer otra cosa porque no existe la libertad de voluntad. Queda por saber qué es lo que dice a este respecto la práctica psicoterapéutica, la experiencia neurológica. ¿Será cierto lo que nos quiere hacer creer la «pseudoerudición», normalmente mal interpretada, pero que no por eso ha dejado de extenderse entre la gente y según la cual por citar a modo de ejemplo a un investigador de California, el hombre se encuentra bajo la tiranía de las glándulas germinales, sus hormonas son su destino y las ideas morales de una persona dependen única y exclusivamente de sus glándulas? ¿O, por el contrario, según dijo en cierta ocasión el propio Sigmund Freud, el hombre es un ser dominado por sus impulsos (cito textualmente), y el yo, tal como decía Freud, no es el amo de su propia casa?
   A nadie se le ocurrirá discutir que el hombre posee impulsos. En la época de Freud era necesario que alguien le quitara la máscara a una sociedad tan mojigata por un lado como lasciva por otro y le pusiera un espejo delante. Freud se daba cuenta de esta función, de su misión. En una conversación con el psiquiatra suizo Ludwig Binswanger mencionó: «La humanidad sabe que tiene espíritu; yo le he tenido que mostrar que tiene también impulsos.»    ¿No han cambiado el mundo y la sociedad desde entonces? ¿Se puede afirmar todavía hoy que el hombre sabe que es también un ser espiritual? ¿O, por el contrario, olvida su espiritualidad y, con ello, que es libre y responsable? ¿No es cierto que el hombre actual está dispuesto a reprimir su espiritualidad —utilizando la expresión del psicoanálisis—, igual que en su momento, en la época de Sigmund Freud, no quería saber nada de sus pulsiones?
   Es fácil demostrar que el hombre de hoy está harto o, si se quiere, cansado espiritualmente. Le gustaría acabar con su espiritualidad y con su libertad y su responsabilidad. Si este hastío y este cansancio espiritual son los síntomas de lo que se podría denominar la enfermedad de nuestro tiempo, entonces la tarea de la psicoterapia actual consiste —desde otra posición, desde una posición opuesta a lo que Freud hizo (a lo que Freud tuvo que hacer) — en analizar las neurosis colectivas de nuestro siglo. El profesor Kraemer ha indicado muy bien que está comenzando a perfilarse una nueva época en la psicoterapia, de forma que el espíritu que hasta ahora siguiendo a Ludwig Klages, se consideraba, como enemigo del alma, la nueva tendencia, por el contrario, convierte al espíritu en su aliado fiel en la lucha por la curación del alma. Podemos formular también esta idea dando la vuelta a la afirmación de Freud: el hombre de hoy sabe perfectamente que posee impulsos; lo que tenemos que enseñarle es que tiene también espíritu, que tiene espíritu, libertad y responsabilidad. Lo que tenemos que hacer lo-psicoterapeutas de hoy, que vivimos en esta época y estamos dispuestos a hacerlo, es volver a hacer al hombre libre de nuevo, libre y responsable.
   Pero ustedes se preguntarán: ¿No es precisamente la ciencia, las ciencias naturales, y en especial la neuropsiquiatría, la que parece demostrar continuamente cuánto depende el destino del hombre de cosas como la herencia y la educación, la predisposición y el medio ambiente, o si se prefiere una formulación mítica, la sangre y el suelo? ¿No es innato el carácter psíquico del hombre? y el tipo físico, la constitución, ¿no determina el carácter? Quien habla así sólo está demostrando que desconoce por completo lo específicamente humano en la psicología, la biología y la sociología, es decir, en las condiciones y en los hechos físicos, psíquicos y sociales de la existencia humana. El ser hombre en el verdadero sentido de la palabra comienza cuando la persona por decirlo así sobrepasa toda limitación, y eso sucede en virtud de lo que yo suelo denominar el poder de obstinación del espíritu (1).
   En esta limitación, que es poderosa pero no todopoderosa, se incluye el propio carácter, en el que el hombre también tiene campo libre. En lugar de ser tan abstracto, voy a poner un ejemplo. Una joven paciente, a la que su médico censuraba su cobardía ante la vida, su disposición a huir de ella, respondió a los reproches con las siguientes palabras: « ¿Qué pretende usted de mí, doctor? Soy una hija única típica según Alfred Adler.» Quería decir que no se podía ayudar a sí misma, que nadie la podía ayudar, ya que de acuerdo con las teorías de la psicología individual tenía propiedades que son inalterables. Nos encontramos ante un modo de comportamiento típicamente neurótico, es decir, ante el fatalismo, la creencia en la fuerza del destino. El hombre neurótico tiende a mostrar la siguiente conducta: lo que comprueba en sí mismo, con eso se compromete; lo que encuentra en sí mismo, por ejemplo, en los rasgos de su carácter, con eso se conforma. Olvida que el hombre puede disponer sobre lo que el destino establece y que antes de haberlo hecho o intentado hacerlo no puede hablar del destino. Quien considera su futuro decidido desde un principio será incapaz de dominarlo.
   Como ya hemos dicho, se puede decir lo mismo del destino aparente dentro de cada uno, esto es, de las fuerzas internas, de las pulsiones y de los impulsos. Está claro que el hombre tiene impulsos, y nadie, ningún científico, los discutiría. El hombre tiene impulsos, pero los impulsos no lo tienen a él. No tenemos nada contra las pulsiones ni contra el hecho de que el hombre las afirme, pero nos gustaría destacar una cosa: que toda afirmación de los impulsos está determinada y concidionada por el hecho de que el hombre tiene también la libertad de negar un impulso. Así, me gustaría decir que lo primero que se tiene que afirmar, antes que cualquier impulsividad, es la libertad de decir «no». El hombre es el ser que también puede decir «no» —incluso con respecto a sí mismo— y que no tiene que decirse siempre «amén» a sí mismo. Todo esto queda expresado de forma más simple en lo que yo les digo a mis pacientes cuando, por ejemplo, me explican que son así y así, que tienen esta o aquella propiedad, que se dejan influir fácilmente o que muestran una cierta disposición a dejarse llevar: en una palabra, que tienen una voluntad débil. A estas personas yo les tengo que preguntar: «Bien, admito que usted posea esta o aquella propiedad, pero ¿es necesario condescender siempre consigo mismo?» Volvamos de nuevo al punto de partida: el hombre posee impulsos, pero tiene también libertad. Esto es lo que lo diferencia de los animales, pues el animal no tiene impulsos, sino que, en realidad, el animal es sus impulsos, mientras que el hombre tiene que identificarse en cada caso con uno de sus impulsos, lo que sucede precisamente cuando afirma dicho impulso. Por otro lado, la idea de que el hombre tiene libertad no es del todo correcta, ya que en realidad habría que decir: igual que el animal es sus impulsos, el hombre es su libertad. Pues el ser humano puede perder lo que tiene, pero no la libertad. Incluso cuando prescinde de ella, cuando renuncia a ella, lo hace voluntaria y libremente.
   Sé que existen escuelas filosóficas que niegan la libertad. Estos filósofos admiten que el hombre se siente libre, pero que en realidad no es libre, sino que esa sensación de libertad es una ilusión. Otros filósofos sostienen lo contrario, dicen que el hombre no sólo se siente libre, sino que es libre. Así, una afirmación se opone a la otra. El neurólogo no puede zanjar esta discusión entre los filósofos, pero quizá pueda llamar la atención sobre el hecho de que en psiquiatría se conocen estados psíquicos excepcionales, en los que el hombre no se siente libre. Estos estados excepcionales no se dan sólo en los casos de trastorno mental, sino que se pueden provocar en probandos normales. Basta con ingerir una cantidad insignificante de una sustancia química, del denominado LSD, para caer en un estado de intoxicación que sólo dura unas pocas horas, pero que va acompañado de trastornos sensitivos muy peculiares. Los probandos comentan, por ejemplo, que sienten como si su propio cuerpo se hubiera transformado; los miembros les parecen extraordinariamente grandes y los rostros que ven a su alrededor, desfigurados, como si los hubiera pintado un artista surrealista. Lo que a mí me parece más interesante es el hecho de que muchos cuentan que en ese estado de intoxicación por ácido lisérgico se sienten como si fueran autómatas, marionetas o títeres. ¿Qué quieren decir con ello? Que no se sienten libres. Nosotros podemos decir lo siguiente: si sucede en realidad lo que dicen ciertos filósofos, esto es, que el hombre, o mejor dicho su voluntad, no es libre, entonces necesita intoxicarse, por ejemplo, con ácido lisérgico para convencerse de esta realidad. A mí me gustaría preguntar: ¿Qué verdad es ésta que sólo se puede alcanzar si se ha tomado antes una neurotoxina? ¿Qué es más probable: que el hombre normal no sea un ser libre, es decir, que no tenga una voluntad libre y no se dé cuenta de ello porque se engaña a sí mismo, y que sólo se pueda librar de esta ilusión mediante la dietilamida del ácido lisérgico, o que, por el contrario, se sienta libre y sea también libre, y que una neurotoxina como el ácido lisérgico sólo sirva para hacerle olvidar su libertad? La solución la confió al sentido común de cada uno. Pero no olvidemos una cosa: el juicio sobre la libertad o la falta de libertad del hombre no es una cuestión de la teoría, sino sobre todo de la práctica, de la acción, aquí y ahora.

Notas:
1. Por fortuna, el hombre no tiene que hacer uso continuamente de este poder de obstinación; pues al igual que el hombre se afirma a pesar de su herencia, de su medio ambiente y de sus impulsos, también lo hace gracias a su herencia, a su medio ambiente y a sus impulsos; una advertencia que agradezco a la doctora Gertrud Paukner.

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