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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Viktor E. Frankl: EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO. Segunda Parte: Conceptos básicos de logoterapia

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PARTE SEGUNDA: CONCEPTOS BÁSICOS DE LOGOTERAPIA

Los lectores de mi breve relato autobiográfico me pidieron que
hiciera una exposición más directa y completa de mi doctrina
terapéutica. En consecuencia, añadí a la edición original un
sucinto resumen de lo que es la logoterapia. Pero no ha sido
suficiente; me acosan pidiéndome que trate más detenidamente
el tema, de modo que en la presente edición he dado una nueva
redacción a mi relato, ampliándolo con más detalles.
No ha sido un cometido fácil. Transmitir al lector en un espacio
reducido todo el material que en alemán requirió veinte
volúmenes es una tarea capaz de desanimar a cualquiera.
Recuerdo a un colega norteamericano que un día me preguntó en
mi clínica de Viena: "Veamos, doctor, ¿usted es psicoanalista?" A
lo que yo le contesté: "No exactamente psicoanalista. Digamos
que soy psicoterapeuta." Entonces siguió preguntándome: "A qué
escuela pertenece usted?" "Es mi propia teoría; se llama
logoterapia", le repliqué. "¿Puede definirme en una frase lo que
quiere decir logoterapia?" "Sí", le dije, "pero antes que nada,
¿puede usted definir en una sola frase la esencia del
psicoanálisis?" He aquí su respuesta: "En el psicoanálisis, el
paciente se tiende en un diván y le dice a usted cosas que, a
veces, son muy desagradables de decir." Tras lo cual y de
inmediato yo le devolví la siguiente improvisación: "Pues bien, en
la logoterapia, el paciente permanece sentado, bien derecho, pero
tiene que oír cosas que, a veces, son muy desagradables de escuchar."
Por supuesto dije esto en tono más bien festivo y sin pretender
que fuera una versión resumida de la logoterapia. Sin embargo
tiene mucho de verdad, pues, comparada con el psicoanálisis, la
logoterapia es un método menos retrospectivo y menos
introspectivo. La logoterapia mira más bien al futuro, es decir, a
los cometidos y sentidos que el paciente tiene que realizar en el
futuro. A la vez, la logoterapia se desentiende de todas las
formulaciones del tipo círculo vicioso y de todos los mecanismos
de retroacción que tan importante papel desempeñan en el
desarrollo de las neurosis. De esta forma se quiebra el típico
ensimismamiento del neurótico, en vez de volver una y otra vez
sobre lo mismo, con el consiguiente refuerzo.
Que duda cabe que mi definición simplificaba las cosas hasta el
máximo y, sin embargo, al aplicar la logoterapia el paciente ha de
enfrentarse con el sentido de su propia vida para, a continuación,
rectificar la orientación de su conducta en tal sentido. Por
consiguiente, mi definición improvisada de la logoterapia es válida
en cuanto que el neurótico trata de eludir el cabal conocimiento
de su cometido en la vida, y el hacerle sabedor de esta tarea y
despertarle a una concienciación plena puede ayudar mucho a su
capacidad para sobreponerse a su neurosis.
Explicaré a continuación por qué empleé el término
"logoterapia" para definir mi teoría. Logos es una palabra griega
que equivale a "sentido", "significado" o "propósito". La
logoterapia o, como muchos autores la han llamado, "la tercera
escuela vienesa de psicoterapia", se centra en el significado de la
existencia humana, así como en la búsqueda de dicho sentido por
parte del hombre. De acuerdo con la logoterapia, la primera
fuerza motivante del hombre es la lucha por encontrarle un
sentido a su propia vida. Por eso hablo yo de voluntad de sentido,
en contraste con el principio de placer (o, como también
podríamos denominarlo, la voluntad de placer) en que se centra el
psicoanálisis freudiano, y en contraste con la voluntad de poder
que enfatiza la psicología de Adler.

- Voluntad de sentido.
La búsqueda por parte del hombre del sentido de la vida
constituye una fuerza primaria y no una "racionalización
secundaria" de sus impulsos instintivos. Este sentido es único y
específico en cuanto es uno mismo y uno solo quien tiene que
encontrarlo; únicamente así logra alcanzar el hombre un
significado que satisfaga su propia voluntad de sentido. Algunos
autores sostienen que los sentidos y los principios no son otra
cosa que "mecanismos de defensa", "formaciones y sublimaciones
de las reacciones". Por lo que a mí toca, yo no quisiera vivir
simplemente por mor de mis "mecanismos de defensa", ni estaría
dispuesto a morir por mis "formaciones de las reacciones". El
hombre, no obstante, ¡es capaz de vivir e incluso de morir por sus
ideales y principios!
Hace unos cuantos años se realizó en Francia una encuesta de
opinión. Los resultados demostraron que el 80 % de la población
encuestada reconocía que el hombre necesita "algo" por qué vivir.
Además, el 61 % admitía que había algo, o alguien, en sus vidas
por cuya causa estaban dispuestos incluso a morir. Repetí esta
encuesta en mi clínica de Viena tanto entre los pacientes como
entre el personal y el resultado fue prácticamente similar al
obtenido entre las miles de personas encuestadas en Francia; la
diferencia fue sólo de un 2 %. En otras palabras, la voluntad de
sentido para muchas personas es cuestión de hecho, no de fe.
Ni que decir tiene que son muchos los casos en que la
insistencia de algunas personas en los principios morales no es
más que una pantalla para ocultar sus conflictos internos; pero
aun siendo esto cierto, representa la excepción a la regla y no la
mayoría. En dichos casos se justifica la interpretación
psicodinámica como un intento de analizar la dinámica
inconsciente que le sirve de base. Nos encontramos en realidad
ante pseudoprincipios (buen ejemplo de ello es el caso del
fanático) que, por lo mismo, es preciso desenmascarar. El
desenmascaramiento o la desmitificación cesará, sin embargo, en
cuanto uno se tope con lo que el hombre tiene de auténtico y de
genuino; por ejemplo, el deseo de una vida lo más significativa
posible. Si al llegar aquí no se detiene, el hombre que realiza el
desenmascaramiento se limitaba a traicionar su propia voluntad al
menospreciar las aspiraciones espirituales de los demás.
Tenemos que precavernos de la tendencia a considerar los
principios morales como simple expresión del hombre. Pues lagos
o "sentido' no es sólo algo que nace de la propia existencia, sino
algo que hace frente a la existencia. Si ese sentido que espera ser
realizado por el hombre no fuera nada más que la expresión de sí
mismo o nada más que la proyección de un espejismo, perdería
inmediatamente su carácter de exigencia y desafío; no podría
motivar al hombre ni requerirle por más tiempo. Esto se considera
verdadero no sólo por lo que se refiere a la sublimación de los
impulsos instintivos, sino también por lo que toca a lo que C.G.
Jung denomina arquetipos del "inconsciente colectivo", en cuanto
estos últimos serían también expresiones propias de la
humanidad, como un todo. Y también se considera cierto por lo
que se refiere al argumento de algunos pensadores
existencialistas que no ven en los ideales humanos otra cosa que
invenciones. Según J.P. Sartre, el hombre se inventa a sí mismo,
concibe su propia "esencia", es decir, lo que él es esencialmente,
incluso lo que debería o tendría que ser. Pero yo no considero que
nosotros inventemos el sentido de nuestra existencia, sino que lo
descubrimos.
La investigación psicodinámica en el campo de los principios es
legítima; la cuestión estriba en saber si siempre es apropiada. Por
encima de todas las cosas debemos recordar que una
investigación exclusivamente psicodinámica puede, en principio,
revelar únicamente lo que es una fuerza impulsora en el hombre.
Ahora bien, los principios morales no mueven al hombre, no le
empujan, más bien tiran de él. Diré, de paso, que es una
diferencia que recordaba continuamente al pasar por las puertas
de los hoteles de Norteamérica: hay que tirar de una y empujar
otra. Pues bien, si yo digo que el hombre se ve arrastrado por los
principios morales, lo que implícitamente se infiere es el hecho de
que la voluntad interviene siempre: la libertad del hombre para
elegir entre aceptar o rechazar una oferta; es decir, para cumplir
un sentido potencial o bien para perderlo.
Sin embargo, debe quedar bien claro que en el hombre no
cabe hablar de eso que suele llamarse impulso moral o impulso
religioso, interpretándolo de manera idéntica a cuando decimos
que los seres humanos están determinados por los instintos
básicos. Nunca el hombre se ve impulsado a una conducta moral;
en cada caso concreto decide actuar moralmente. Y el hombre no
actúa así para satisfacer un impulso moral y tener una buena
conciencia; lo hace por amor de una causa con la que se
identifica, o por la persona que ama, o por la gloria de Dios. Si
obra para tranquilizar su conciencia será un fariseo y dejará de
ser una persona verdaderamente moral. Creo que hasta los
mismos santos no se preocupan de otra cosa que no sea servir a
su Dios y dudo siquiera de que piensen en ser santos. Si así fuera
serían perfeccionistas, pero no santos. Cierto que, como reza el
dicho alemán, "una buena conciencia es la mejor almohada"; pero
la verdadera moralidad es algo más que un somnífero o un
tranquilizante.

-Frustración existencial.

La voluntad de sentido del hombre puede también frustrarse,
en cuyo caso la logoterapia habla de la frustración existencial. El
término existencial se puede utilizar de tres maneras: para
referirse a la propia (1) existencia; es decir, el modo de ser
específicamente humano; (2) el sentido de la existencia; y (3) el
afán de encontrar un sentido concreto a la existencia personal, o
lo que es lo mismo, la voluntad de sentido.
La frustración existencial se puede también resolver en
neurosis. Para este tipo de neurosis, la logoterapia ha acuñado el
término "neurosis noógena", en contraste con la neurosis en
sentido estricto; es decir, la neurosis psicógena. Las neurosis
noógenas tienen su origen no en lo psicológico, sino más bien en
la dimensión noológica (del griego noos, que significa mente), de
la existencia humana. Este término logoterapéutico denota algo
que pertenece al núcleo "espiritual" de la personalidad humana.
No obstante, debe recordarse que dentro del marco de referencia
de la logoterapia, el término "espiritual" no tiene connotación
primordialmente religiosa, sino que hace referencia a la dimensión
específicamente humana.

- Neurosis noógena.

Las neurosis noógenas no nacen de los conflictos entre
impulsos e instintos, sino más bien de los conflictos entre
principios morales distintos; en otras palabras, de los conflictos
morales o, expresándonos en términos más generales, de los
problemas espirituales, entre los que la frustración existencial
suele desempeñar una función importante.
Resulta obvio que en los casos noógenos, la terapia apropiada
e idónea no es la psicoterapia en general, sino la logoterapia, es
decir, una terapia que se atreva a penetrar en la dimensión
espiritual de la existencia humana. De hecho, lagos en griego no
sólo quiere decir "significación" o "sentido", sino también
"espíritu". La logoterapia considera en términos espirituales temas
asimismo espirituales, como pueden ser la aspiración humana por
una existencia significativa y la frustración de este anhelo. Dichos
temas se tratan con sinceridad y desde el momento que se
inician, en vez de rastrearlos hasta sus raíces y orígenes
inconscientes, es decir, en vez de tratarlos como instintivos. Si un
médico no acierta a distinguir entre la dimensión espiritual como
opuesta a la dimensión instintiva, el resultado es una tremenda
confusión. Citaré el siguiente ejemplo: un diplomático
norteamericano de alta graduación acudió a mi consulta en Viena
a fin de continuar un tratamiento psicoanalítico que había iniciado
cinco años antes con un analista de Nueva York. Para empezar, le
pregunté qué le había llevado a pensar que debía ser analizado;
es decir, antes que nada, cuál había sido la causa de iniciar el
análisis. El paciente me contestó que se sentía insatisfecho con su
profesión y tenía serias dificultades para cumplir la política
exterior de Norteamérica. Su analista le había repetido una y otra
vez que debía tratar de reconciliarse con su padre, pues el
gobierno estadounidense, al igual que sus superiores, "no eran
otra cosa" que imágenes del padre y, consecuentemente, la
insatisfacción que sentía por su trabajo se debía al aborrecimiento
que, inconscientemente, abrigaba hacia su padre. A lo largo de un
análisis que había durado cinco años, el paciente, cada vez se
había ido sintiendo más dispuesto a aceptar estas
interpretaciones, hasta que al final era incapaz de ver el bosque
de la realidad a causa de los árboles de símbolos e imágenes.
Tras unas cuantas entrevistas, quedó bien patente que su
voluntad de sentido se había visto frustrada por su vocación y
añoraba no estar realizando otro trabajo distinto. Como no había
ninguna razón para no abandonar su empleo y dedicarse a otra
cosa, así lo hizo y con resultados muy gratificantes. Según me ha
informado recientemente lleva ya cinco años en su nueva
profesión y está contento. Dudo mucho que, en este caso, yo
tratara con una personalidad neurótica, ni mucho menos, y por
ello dudo de que necesitara ningún tipo de psicoterapia, ni
tampoco de logoterapia, por la sencilla razón de que ni siquiera
era un paciente. Pues no todos los conflictos son necesariamente
neuróticos y, a veces, es normal y saludable cierta dosis de
conflictividad. Análogamente, el sufrimiento no es siempre un
fenómeno patológico; más que un síntoma neurótico, el
sufrimiento puede muy bien ser un logro humano, sobre todo
cuando nace de la frustración existencial. Yo niego
categóricamente que la búsqueda de un sentido para la propia
existencia, o incluso la duda de que exista, proceda siempre de
una enfermedad o sea resultado de ella. La frustración existencial
no es en sí misma ni patológica ni patógena. El interés del
hombre, incluso su desesperación por lo que la vida tenga de
valiosa es una angustia espiritual, pero no es en modo alguno una
enfermedad mental. Muy bien pudiera acaecer que al interpretar
la primera como si fuera la segunda, el especialista se vea
inducido a enterrar la desesperación existencial de su paciente
bajo un cúmulo de drogas tranquilizantes. Su deber consiste, en
cambio, en conducir a ese paciente a través de su crisis
existencial de crecimiento y desarrollo. La logoterapia considera
que es su cometido ayudar al paciente a encontrar el sentido de
su vida. En cuanto la logoterapia le hace consciente del logos
oculto de su existencia, es un proceso analítico. Hasta aquí, la
logoterapia se parece al psicoanálisis. Ahora bien, la pretensión
de la logoterapia de conseguir que algo vuelva otra vez a la
conciencia no limita su actividad a los hechos instintivos que
están en el inconsciente del individuo, sino que también le hace
ocuparse de realidades espirituales tales como el sentido potencial
de la existencia que ha de cumplirse, así como de su voluntad de
sentido. Sin embargo, todo análisis, aun en el caso de que no
comprenda la dimensión noológica o espiritual en su proceso
terapéutico, trata de hacer al paciente consciente de lo que
anhela en lo más profundo de su ser. La logoterapia difiere del
psicoanálisis en cuanto considera al hombre como un ser cuyo
principal interés consiste en cumplir un sentido y realizar sus
principios morales, y no en la mera gratificación y satisfacción de
sus impulsos e instintos ni en poco más que la conciliación de las
conflictivas exigencias del ello, del yo y del super yo, o en la
simple adaptación y ajuste a la sociedad y al entorno.

-Noodinámica.

Cierto que la búsqueda humana de ese sentido y de esos
principios puede nacer de una tensión interna y no de un
equilibrio interno.
Ahora bien, precisamente esta tensión es un requisito
indispensable de la salud mental. Y yo me atrevería a decir que
no hay nada en el mundo capaz de ayudarnos a sobrevivir, aun
en las peores condiciones, como el hecho de saber que la vida
tiene un sentido. Hay mucha sabiduría en Nietzsche cuando dice:
"Quien tiene un porque para vivir puede soportar casi cualquier
como." Yo veo en estas palabras un motor que es válido para
cualquier psicoterapia. Los campos de concentración nazis fueron
testigos (y ello fue confirmado más tarde por los psiquiatras
norteamericanos tanto en Japón como en Corea) de que los más
aptos para la supervivencia eran aquellos que sabían que les
esperaba una tarea por realizar.
En cuanto a mí, cuando fui internado en el campo de
Auschwitz me confiscaron un manuscrito listo para su
publicación (1). No cabe duda de que mi profundo interés por volver
a escribir el libro me ayudó a superar los rigores de aquel campo.
Por ejemplo, cuando caí enfermo de tifus anoté en míseras tiras
de papel muchos apuntes con la idea de que me sirvieran para
redactar de nuevo el manuscrito si sobrevivía hasta el día de la
liberación. Estoy convencido de que la reconstrucción de aquel
trabajo que perdí en los siniestros barracones de un campo de
concentración bávaro me ayudó a vencer el peligro del colapso.
Puede verse, pues, que la salud se basa en un cierto grado de
tensión, la tensión existente entre lo que ya se ha logrado y lo
que todavía no se ha conseguido; o el vacío entre lo que se es y
lo que se debería ser. Esta tensión es inherente al ser humano y
por consiguiente es indispensable al bienestar mental. No
debemos, pues, dudar en desafiar al hombre a que cumpla su
sentido potencial. Sólo de este modo despertamos del estado de
latencia su voluntad de significación. Considero un concepto falso
y peligroso para la higiene mental dar por supuesto que lo que el
hombre necesita ante todo es equilibrio o, como se denomina en
biología "homeostasis"; es decir, un estado sin tensiones. Lo que
el hombre realmente necesita no es vivir sin tensiones, sino
esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena. Lo que
precisa no es eliminar la tensión a toda costa, sino sentir la
llamada de un sentido potencial que está esperando a que él lo
cumpla. Lo que el hombre necesita no es la "homeostasis", sino lo
que yo llamo la "noodinámica", es decir, la dinámica espiritual
dentro de un campo de tensión bipolar en el cual un polo viene
representado por el significado que debe cumplirse y el otro polo
por el hombre que debe cumplirlo. Y no debe pensarse que esto
es cierto sólo para las condiciones normales; su validez es aún
más patente en el caso de individuos neuróticos. Cuando los
arquitectos quieren apuntalar un arco que se hunde, aumentan la
carga encima de él, para que sus partes se unan así con mayor
firmeza. Así también, si los terapeutas quieren fortalecer la salud
mental de sus pacientes, no deben tener miedo a aumentar dicha
carga y orientarles hacia el sentido de sus vidas.
Una vez puesta de manifiesto la incidencia beneficiosa que
ejerce la orientación significativa, me ocuparé de la influencia
nociva que encierra ese sentimiento del que se quejan hoy
muchos pacientes; a saber, el sentimiento de que sus vidas
carecen total y definitivamente de un sentido. Se ven acosados
por la experiencia de su vaciedad íntima, del desierto que
albergan dentro de sí; están atrapados en esa situación que ellos
denominan "vacío existencial".

-El vacío existencial.

El vacío existencial es un fenómeno muy extendido en el siglo
XX. Ello es comprensible y puede deberse a la doble pérdida que
el hombre tiene que soportar desde que se convirtió en un
verdadero ser humano. Al principio de la historia de la
humanidad, el hombre perdió algunos de los instintos animales
básicos que conforman la conducta del animal y le confieren
seguridad; seguridad que, como el paraíso, le está hoy vedada al
hombre para siempre: el hombre tiene que elegir; pero, además,
en los últimos tiempos de su transcurrir, el hombre ha sufrido
otra pérdida: las tradiciones que habían servido de contrafuerte a
su conducta se están diluyendo a pasos agigantados. Carece,
pues, de un instinto que le diga lo que ha de hacer, y no tiene ya
tradiciones que le indiquen lo que debe hacer; en ocasiones no
sabe ni siquiera lo que le gustaría hacer. En su lugar, desea hacer
lo que otras personas hacen (conformismo) o hace lo que otras
personas quieren que haga (totalitarismo).
Mi equipo del departamento neurológico realizó una encuesta
entre los pacientes y los enfermos del Hospital Policlínico de Viena
y en ella se reveló que el 55 % de las personas encuestadas
acusaban un mayor o menor grado de vacío existencial. En otras
palabras, más de la mitad de ellos habían experimentado la
pérdida del sentimiento de que la vida es significativa.
Este vacío existencial se manifiesta sobre todo en un estado de
tedio. Podemos comprender hoy a Schopenhauer cuando decía
que, aparentemente, la humanidad estaba condenada a bascular
eternamente entre los dos extremos de la tensión y el
aburrimiento. De hecho, el hastío es hoy causa de más problemas
que la tensión y, desde luego, lleva más casos a la consulta del
psiquiatra. Estos problemas se hacen cada vez más críticos, pues
la progresiva automatización tendrá como consecuencia un gran
aumento del promedio de tiempo de ocio para los obreros. Lo
único malo de ello es que muchos quizás no sepan qué hacer con
todo ese tiempo libre recién adquirido.
Pensemos, por ejemplo, en la "neurosis del domingo", esa
especie de depresión que aflige a las personas conscientes de la
falta de contenido de sus vidas cuando el trajín de la semana se
acaba y ante ellos se pone de manifiesto su vacío interno. No
pocos casos de suicidio pueden rastrearse hasta ese vacío
existencial. No es comprensible que se extiendan tanto los
fenómenos del alcoholismo y la delincuencia juvenil a menos que
reconozcamos la existencia del vacío existencial que les sirve de
sustento. Y esto es igualmente válido en el caso de los jubilados y
de las personas de edad.
Sin contar con que el vacío existencial se manifiesta
enmascarado con diversas caretas y disfraces. A veces la
frustración de la voluntad de sentido se compensa mediante una
voluntad de poder, en la que cabe su expresión más primitiva: la
voluntad de tener dinero. En otros casos, en que la voluntad de
sentido se frustra, viene a ocupar su lugar la voluntad de placer.
Esta es la razón de que la frustración existencial suele
manifestarse en forma de compensación sexual y así, en los casos
de vacío existencial, podemos observar que la libido sexual se
vuelve agresiva.
Algo parecido sucede en las neurosis. Hay determinados tipos
de mecanismos de retroacción y de formación de círculos viciosos
que trataré más adelante. Sin embargo una y otra vez se observa
que esta sintomatología invade las existencias vacías, en cuyo
seno se desarrolla y florece. En estos pacientes el síntoma que
tenemos que tratar no es una neurosis noógena. Ahora bien,
nunca conseguiremos que el paciente se sobreponga a su
condición si no complementamos el tratamiento psicoterapéutico
con la logoterapia, ya que al llenar su vacío existencial se
previene al paciente de ulteriores recaídas. Así pues, la
logoterapia está indicada no sólo en los casos noógenos como
señalábamos antes, sino también en los casos psicógenos y,
sobre todo, en lo que yo he denominado "(pseudo)neurosis
somatógenas". Desde esta perspectiva se justifica la afirmación
que un día hiciera Magda B. Arnold (2): "Toda terapia debe ser,
además, logoterapia, aunque sea en un grado mínimo."
Consideremos a continuación lo que podemos hacer cuando el
paciente pregunta cuál es el sentido de su vida.

-El sentido de la vida.

Dudo que haya ningún médico que pueda contestar a esta
pregunta en términos generales, ya que el sentido de la vida
difiere de un hombre a otro, de un día para otro, de una hora a
otra hora. Así pues, lo que importa no es el sentido de la vida en
términos generales, sino el significado concreto de la vida de cada
individuo en un momento dado. Plantear la cuestión en términos
generales puede equipararse a la pregunta que se le hizo a un
campeón de ajedrez: "Dígame, maestro, ¿cuál es la mejor jugada
que puede hacerse?" Lo que ocurre es, sencillamente, que no hay
nada que sea la mejor jugada, o una buena jugada, si se la
considera fuera de la situación especial del juego y de la peculiar
personalidad del oponente. No deberíamos buscar un sentido
abstracto a la vida, pues cada uno tiene en ella su propia misión
que cumplir; cada uno debe llevar a cabo un cometido concreto.
Por tanto ni puede ser reemplazado en la función, ni su vida
puede repetirse; su tarea es única como única es su oportunidad
para instrumentarla.
Como quiera que toda situación vital representa un reto para
el hombre y le plantea un problema que sólo él debe resolver, la
cuestión del significado de la vida puede en realidad invertirse. En
última instancia, el hombre no debería inquirir cuál es el sentido
de la vida, sino comprender que es a él a quien se inquiere. En
una palabra, a cada hombre se le pregunta por la vida y
únicamente puede responder a la vida respondiendo por su propia
vida; sólo siendo responsable puede contestar a la vida. De modo
que la logoterapia considera que la esencia íntima de la existencia
humana está en su capacidad de ser responsable.

-La esencia de la existencia.

Este énfasis en la capacidad de ser responsable se refleja en el
imperativo categórico de la logoterapia; a saber: "Vive como si ya
estuvieras viviendo por segunda vez y como si la primera vez ya
hubieras obrado tan desacertadamente como ahora estás a punto
de obrar." Me parece a mí que no hay nada que más pueda
estimular el sentido humano de la responsabilidad que esta
máxima que invita a imaginar, en primer lugar, que el presente
ya es pasado y, en segundo lugar, que se puede modificar y
corregir ese pasado: este precepto enfrenta al hombre con la
finitud de la vida, así como con la finalidad de lo que cree de sí
mismo y de su vida.
La logoterapia intenta hacer al paciente plenamente consciente
de sus propias responsabilidades; razón por la cual ha de dejarle
la opción de decidir por qué, ante qué o ante quién se considera
responsable. Y por ello el logoterapeuta es el menos tentado de
todos los psicoterapeutas a imponer al paciente juicios de valor,
pues nunca permitirá que éste traspase al médico la
responsabilidad de juzgar.
Corresponde, pues, al paciente decidir si debe interpretar su
tarea vital siendo responsable ante la sociedad o ante su propia
conciencia. Una gran mayoría, no obstante, considera que es a
Dios a quien tiene que rendir cuentas; éstos son los que no
interpretan sus vidas simplemente bajo la idea de que se les ha
asignado una tarea que cumplir sino que se vuelven hacia el
rector que les ha asignado dicha tarea.
La logoterapia no es ni labor docente ni predicación. Está tan
lejos del razonamiento lógico como de la exhortación moral. Dicho
figurativamente, el papel que el logoterapeuta representa es más
el de un especialista en oftalmología que el de un pintor. Este
intenta poner ante nosotros una representación del mundo tal
como él lo ve; el oftalmólogo intenta conseguir que veamos el
mundo como realmente es. La función del logoterapeuta consiste
en ampliar y ensanchar el campo visual del paciente de forma que
sea consciente y visible para él todo el espectro de las
significaciones y los principios. La logoterapia no precisa imponer
al paciente ningún juicio, pues en realidad la verdad se impone
por sí misma sin intervención de ningún tipo.
Al declarar que el hombre es una criatura responsable y que
debe aprehender el sentido potencial de su vida, quiero subrayar
que el verdadero sentido de la vida debe encontrarse en el mundo
y no dentro del ser humano o de su propia psique, como si se
tratara de un sistema cerrado. Por idéntica razón, la verdadera
meta de la existencia humana no puede hallarse en lo que se
denomina autorrealización. Esta no puede ser en sí misma una
meta por la simple razón de que cuanto más se esfuerce el
hombre por conseguirla más se le escapa, pues sólo en la misma
medida en que el hombre se compromete al cumplimiento del
sentido de su vida, en esa misma medida se autorrealiza. En otras
palabras, la autorrealización no puede alcanzarse cuando se
considera 'un fin en sí misma, sino cuando se la toma como efecto
secundario de la propia trascendencia.
No debe considerarse el mundo como simple expresión de uno
mismo, ni tampoco como mero instrumento, o como medio para
conseguir la autorrealización. En ambos casos la visión del
mundo, o Weltanschauung, se convierte en Weltentwertung, es
decir, menosprecio del mundo.
Ya hemos dicho que el sentido de la vida siempre está
cambiando, pero nunca cesa. De acuerdo con la logoterapia,
podemos descubrir este sentido de la vida de tres modos
distintos: (1) realizando una acción; (2) teniendo algún principio;
y (3) por el sufrimiento. En el primer caso el medio para el logro o
cumplimiento es obvio. El segundo y tercer medio precisan ser
explicados.
El segundo medio para encontrar un sentido en la vida es
sentir por algo como, por ejemplo, la obra de la naturaleza o la
cultura; y también sentir por alguien, por ejemplo el amor.

-El sentido del amor.

El amor constituye la única manera de aprehender a otro ser
humano en lo más profundo de su personalidad. Nadie puede ser
totalmente conocedor de la esencia de otro ser humano si no le
ama. Por el acto espiritual del amor se es capaz de ver los trazos
y rasgos esenciales en la persona amada; y lo que es más, ver
también sus potencias: lo que todavía no se ha revelado, lo que
ha de mostrarse. Todavía más, mediante su amor, la persona que
ama posibilita al amado a que manifieste sus potencias. Al hacerle
consciente de lo que puede ser y de lo que puede llegar a ser,
logra que esas potencias se conviertan en realidad.
En logoterapia, el amor no se interpreta como un
epifenómeno (3) de los impulsos e instintos sexuales en el sentido de
lo que se denomina sublimación. El amor es un fenómeno tan
primario como pueda ser el sexo. Normalmente el sexo es una
forma de expresar el amor. El sexo se justifica, incluso se
santifica, en cuanto que es un vehículo del amor, pero sólo
mientras éste existe. De este modo, el amor no se entiende como
un mero efecto secundario del sexo, sino que el sexo se ve como
medio para expresar la experiencia de ese espíritu de fusión total
y definitivo que se llama amor.
Un tercer cauce para encentar el sentido de la vida es por vía
del sufrimiento.

-El sentido del sufrimiento.

Cuando uno se enfrenta con una situación inevitable,
insoslayable, siempre que uno tiene que enfrentarse a un destino
que es imposible cambiar, por ejemplo, una enfermedad
incurable, un cáncer que no puede operarse, precisamente
entonces se le presenta la oportunidad de realizar el valor
supremo, de cumplir el sentido más profundo, cual es el del
sufrimiento. Porque lo que más importa de todo es la actitud que
tomemos hacia el sufrimiento, nuestra actitud al cargar con ese
sufrimiento.
Citaré un ejemplo muy claro: en una ocasión, un viejo doctor
en medicina general me consultó sobre la fuerte depresión que
padecía. No podía sobreponerse a la pérdida de su esposa, que
había muerto hacía dos años y a quien él había amado por encima
de todas las cosas. ¿De qué forma podía ayudarle? ¿Qué decirle?
Pues bien, me abstuve de decirle nada y en vez de ello le espeté
la siguiente pregunta: "¿Qué hubiera sucedido, doctor, si usted
hubiera muerto primero y su esposa le hubiera sobrevivido?"
"¡Oh!", dijo, "¡para ella hubiera sido terrible, habría sufrido
muchísimo!" A lo que le repliqué: "Lo ve, doctor, usted le ha
ahorrado a ella todo ese sufrimiento; pero ahora tiene que pagar
por ello sobreviviendo y llorando su muerte."
No dijo nada, pero me tomó la mano y, quedamente,
abandonó mi despacho. El sufrimiento deja de ser en cierto modo
sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido, como
puede serlo el sacrificio.
Claro está que en este caso no hubo terapia en el verdadero
sentido de la palabra, puesto que, para empezar, su sufrimiento
no era una enfermedad y, además, yo no podía dar vida a su
esposa. Pero en aquel preciso momento sí acerté a modificar su
actitud hacia ese destino inalterable en cuanto a partir de ese
momento al menos podía encontrar un sentido a su sufrimiento.
Uno de los postulados, básicos de la logoterapia estriba en que
el interés principal del hombre no es encontrar el placer, o evitar
el dolor, sino encontrarle un sentido a la vida, razón por la cual el
hombre está dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese
sufrimiento tenga un sentido.
Ni que decir tiene que el sufrimiento no significará nada a
menos que sea absolutamente necesario; por ejemplo, el paciente
no tiene por qué soportar, como si llevara una cruz, el cáncer que
puede combatirse con una operación; en tal caso sería
masoquismo, no heroísmo.
La psicoterapia tradicional ha tendido a restaurar la capacidad
del individuo para el trabajo y para gozar de la vida; la
logoterapia también persigue dichos objetivos y aún va más allá
al hacer que el paciente recupere su capacidad de sufrir, si fuera
necesario, y por tanto de encontrar un sentido incluso al
sufrimiento. En este contexto, Edith Weisskopf-Joelson,
catedrática de psicología de la Universidad de Georgia, en su
artículo sobre logoterapia (4) defiende que "nuestra filosofía de la
higiene mental al uso insiste en la idea de que la gente tiene que
ser feliz, que la infelicidad es síntoma de desajuste. Un sistema
tal de valores ha de ser responsable del hecho de que el cúmulo
de infelicidad inevitable se vea aumentado por la desdicha de ser
desgraciado". En otro ensayo (5) expresa la esperanza de que la
logoterapia "pueda contribuir a actuar en contra de ciertas
tendencias indeseables en la cultura actual estadounidense, en la
que se da al que sufre incurablemente una oportunidad muy
pequeña de enorgullecerse de su sufrimiento y de considerarlo
enaltecedor y no degradante", de forma que "no sólo se siente
desdichado, sino avergonzado además por serlo".
Hay situaciones en las que a uno se le priva de la oportunidad
de ejecutar su propio trabajo y de disfrutar de la vida, pero lo que
nunca podrá desecharse es la inevitabilidad del sufrimiento. Al
aceptar el reto de sufrir valientemente, la vida tiene hasta el
último momento un sentido y lo conserva hasta el fin,
literalmente hablando. En otras palabras, el sentido de la vida es
de tipo incondicional, ya que comprende incluso el sentido del
posible sufrimiento.
Traigo ahora a la memoria lo que tal vez constituya la
experiencia más honda que pasé en un campo de concentración.
Las probabilidades de sobrevivir en uno de estos campos no
superaban la proporción de 1 a 28 como puede verificarse por las
estadísticas. No parecía posible, cuanto menos probable, que yo
pudiera rescatar el manuscrito de mi primer libro, que había
escondido en mi chaqueta cuando llegué a Auschwitz. Así pues,
tuve que pasar el mal trago y sobreponerme a la pérdida de mi
hijo espiritual. Es más, parecía como si nada o nadie fuera a
sobrevivirme, ni un hijo físico, ni un hijo espiritual, nada que
fuera mío. De modo que tuve que enfrentarme a la pregunta de si
en tales circunstancias mi vida no estaba huérfana de cualquier sentido.
Aún no me había dado cuenta de que ya me estaba reservada
la respuesta a la pregunta con la que yo mantenía una lucha
apasionada, respuesta que muy pronto me sería revelada.
Sucedió cuando tuve que abandonar mis ropas y heredé a cambio
los harapos de un prisionero que habían enviado a la cámara de
gas nada más poner los pies en la estación de Auschwitz. En vez
de las muchas páginas de mi manuscrito encontré en un bolsillo
de la chaqueta que acababan de entregarme una sola página
arrancada de un libro de oraciones en hebreo, que contenía la
más importante oración judía, el Shema Yisrael. ¿Cómo
interpretar esa "coincidencia" sino como el desafío para vivir mis
pensamientos en vez de limitarme a ponerlos en el papel?
Un poco más tarde, según recuerdo, me pareció que no
tardaría en morir. En esta situación crítica, sin embargo, mi
interés era distinto del de mis camaradas. Su pregunta era:
"¿Sobreviviremos a este campo? Pues si no, este sufrimiento no
tiene sentido." La pregunta que yo me planteaba era algo
distinta: "¿Tienen todo este sufrimiento, estas muertes en torno
mío, algún sentido? Porque si no, definitivamente, la
supervivencia no tiene sentido, pues la vida cuyo significado
depende de una casualidad —ya se sobreviva o se escape a ella—
en último término no merece ser vivida."

- Problemas metaclínicos.

Cada día que pasa, el médico se ve confrontado más y más
con las preguntas: ¿Qué es la vida? ¿Qué es el sufrimiento,
después de todo? Cierto que incesante y continuamente al
psiquiatra le abordan hoy pacientes que le plantean problemas
humanos más que síntomas neuróticos. Algunas de las personas
que en la actualidad visitan al psiquiatra hubieran acudido en
tiempos pasados a un pastor, un sacerdote o un rabino, pero hoy,
por lo general, se resisten a ponerse en manos de un eclesiástico,
de forma que el médico tiene que hacer frente a cuestiones
filosóficas más que a conflictos emocionales.

- Un logodrama.

Me gustaría citar el siguiente caso: en una ocasión, la madre
de un muchacho que había muerto a la edad de once años fue
internada en mi clínica tras un intento de suicidio. Mi ayudante, el
Dr. Kocourek, la invitó a unirse a una sesión de terapia de grupo y
ocurrió que yo entré en la habitación donde se desarrollaba la
sesión de psicodrama. En ese momento, ella contaba su historia.
A la muerte de su hijo se quedó sola con otro hijo mayor, que
estaba impedido como consecuencia de la parálisis infantil. El
muchacho no podía moverse si no era empujando una silla de
ruedas. Y su madre se rebelaba contra el destino. Ahora bien,
cuando ella intentó suicidarse junto con su hijo, fue precisamente
el tullido quien le impidió hacerlo. ¡El quería vivir! Para él, la vida
seguía siendo significativa, ¿por qué no había de serlo para su
madre? ¿Cómo podría seguir teniendo sentido su vida? ¿Y cómo
podíamos ayudarla a que fuera consciente de ello?
Improvisando, participé en la discusión. Y me dirigí a otra
mujer del grupo. Le pregunté cuántos años tenía y me contestó
que treinta. Yo le repliqué: "No, usted no tiene 30, sino 80, está
tendida en su cama moribunda y repasa lo que fue su vida, una
vida sin hijos pero llena de éxitos económicos y de prestigio
social." A continuación la invité a considerar cómo se sentiría ante
tal situación. "¿Qué pensaría usted? ¿Qué se diría a sí misma?"
Voy a reproducir lo que dijo exactamente, tomándolo de la cinta
en que se grabó la sesión: "Oh, me casé con un millonario; tuve
una vida llena de riquezas, ¡y la viví plenamente! ¡Coqueteé con
los hombres, me burlé de ellos! Pero, ahora tengo ochenta años y
ningún hijo. Al volver la vista atrás, ya vieja como soy, no puedo
comprender el sentido de todo aquello; y ahora no tengo más
remedio que decir: ¡mi vida fue un fracaso!"
Invité entonces a la madre del muchacho paralítico a que se
imaginara a ella misma en una situación semejante, considerando
lo que había sido su vida. Oigamos lo que dijo, grabado
igualmente: "Yo quise tener hijos y mi deseo se cumplió; un hijo
se murió y el otro hubiera tenido que ir a alguna institución
benéfica si yo no me hubiera ocupado de él. Aunque está tullido e
inválido, es mi hijo después de todo, de manera que he hecho lo
posible para que tenga una vida plena. He hecho de mi hijo un ser
humano mejor." Al llegar a este punto rompió a llorar y,
sollozando, continuó: "En cuanto a mí, puedo contemplar en paz
mi vida pasada, y puedo decir que mi vida estuvo cargada de
sentido y yo intenté cumplirlo con todas mis fuerzas. He obrado lo
mejor que he sabido; he hecho lo mejor que he podido por mi
hijo. ¡Mi vida no ha sido un fracaso!"
Al considerar su vida como si estuviera en el lecho de muerte
pudo, de pronto, percibir en ella un sentido, sentido en el que
también quedaban comprendidos sus sufrimientos. Por idéntico
motivo, se hizo patente que una vida tan corta como, por
ejemplo, la del hijo muerto, podía ser tan rica en alegría y amor
que tuviera mayor significado que una vida que hubiera durado
ochenta años.
Pasado un rato, procedí a hacer otra pregunta; esta vez me
dirigía a todo el grupo. Les pregunté si un chimpancé al que se
había utilizado para producir el suero de la poliomielitis y, por
tanto, había sido inyectado una y otra vez, sería capaz de
aprehender el significado de su sufrimiento. Al unísono, todo el
grupo contestó que no, rotundamente; debido a su limitada
inteligencia, el chimpancé no podía introducirse en el mundo del
hombre, que es el único mundo donde se comprendería su
sufrimiento. Entonces continué formulando la siguiente pregunta:
"¿Y qué hay del hombre? ¿Están ustedes seguros de que el
mundo humano es un punto terminal en la evolución del cosmos?
¿No es concebible que exista la posibilidad de otra dimensión, de
un mundo más allá del mundo del hombre, un mundo en el que la
pregunta sobre el significado último del sufrimiento humano
obtenga respuesta?"

- El suprasentido.
Este sentido último excede y sobrepasa, necesariamente, la
capacidad intelectual del hombre; en logoterapia empleamos para
este contexto el término suprasentido. Lo que se le pide al
hombre no es, como predican muchos filósofos existenciales, que
soporte la insensatez de la vida, sino más bien que asuma
racionalmente su propia capacidad para aprehender toda la
sensatez incondicional de esa vida. Logos es más profundo que lógica.
El psiquiatra que vaya más allá del concepto del suprasentido,
más tarde o más temprano se sentirá desconcertado por sus
pacientes, como me sentí yo cuando mi hija de 6 años me hizo
esta pregunta:
"¿Por qué hablamos del buen Dios?" A lo que le contesté:
"Hace unas semanas tenías sarampión y ahora el buen Dios te ha
curado.' Pero la niña no quedó muy contenta y replicó: "Muy bien,
papá, pero no te olvides de que primero él me envió el
sarampión."
No obstante, cuando un paciente tiene una creencia religiosa
firmemente arraigada, no hay ninguna objeción en utilizar el
efecto terapéutico de sus convicciones. Y, por consiguiente,
reforzar sus recursos espirituales. Para ello, el psiquiatra ha de
ponerse en el lugar del paciente. Y esto fue exactamente lo que
hice, por ejemplo, una vez que me visitó un rabino de Europa
oriental y me contó su historia. Había perdido a su mujer y a sus
seis hijos en el campo de concentración de Auschwitz, muertos en
la cámara de gas, y ahora le ocurría que su segunda mujer era
estéril. Le hice observar que la vida no tiene como única finalidad
la procreación, porque entonces la vida en sí misma carecería de
finalidad, y algo que en sí mismo es insensato no puede hacerse
sensato por el solo hecho de su perpetuación. Ahora bien, el
rabino enjuició su difícil situación, como judío ortodoxo que era,
aludiendo a la desesperación que le producía el hecho de que a su
muerte no habría ningún hijo suyo para rezarle el Kaddish. (6)
Pero yo no me di por vencido e hice un nuevo intento por
ayudarle, preguntándole si no tenía ninguna esperanza de ver a
sus hijos de nuevo en el cielo. Mas la contestación a mi pregunta
fueron sollozos y lágrimas, y entonces salió a la luz la verdadera
razón de su desesperación: me explicó que sus hijos, al morir
como mártires inocentes (7), ocuparían en el cielo los más altos
lugares y él no podía ni soñar, como viejo pecador que era, con
ser destinado a un puesto tan bueno. Yo no le contradije, pero
repliqué: "¿No es concebible, rabino, que precisamente sea ésta
la finalidad de que usted sobreviviera a su familia, que usted
pueda haberse purificado a través de aquellos años de
sufrimiento, de suerte que también usted, aun no siendo inocente
como lo eran sus hijos, pueda llegar a ser igualmente digno de
reunirse con ellos en el cielo? ¿No está escrito en los Salmos que
Dios conserva todas nuestras lágrimas? (8) Y así tal vez ninguno de
sus sufrimientos haya sido en vano." Por primera vez en muchos
años y, al amparo de aquel nuevo punto de vista que tuve la
oportunidad de presentarle, el rabino encontró alivio a sus
sufrimientos.

- La transitoriedad de la vida.
A este tipo de cosas que parecen adquirir significado al margen
de la vida humana pertenecen no ya sólo el sufrimiento, sino la
muerte, no sólo la angustia sino el fin de ésta. Nunca me cansaré
de decir que el único aspecto verdaderamente transitorio de la
vida es lo que en ella hay de potencial y que en el momento en
que se realiza, se hace realidad, se guarda y se entrega al
pasado, de donde se rescata y se preserva de la transitoriedad.
Porque nada del pasado está irrecuperablemente perdido, sino
que todo se conserva irrevocablemente.
De suerte que la transitoriedad de nuestra existencia en modo
alguno hace a ésta carente de significado, pero sí configura
nuestra responsabilidad, ya que todo depende de que nosotros
comprendamos que las posibilidades son esencialmente
transitorias. El hombre elige constantemente de entre la gran
masa de las posibilidades presentes, ¿a cuál de ellas hay que
condenar a no ser y cuál de ellas debe realizarse? ¿Qué elección
será una realización imperecedera, una "huella inmortal en la
arena del tiempo"? En todo momento el hombre debe decidir,
para bien o para mal, cuál será el monumento de su existencia.
Normalmente, desde luego, el hombre se fija únicamente en la
rastrojera de lo transitorio y pasa por alto el fruto ya granado del
pasado de donde, de una vez por todas, él recupera todas sus
acciones, todos sus goces y sufrimientos. Nada puede deshacerse
y nada puede volverse a hacer. Yo diría que haber sido es la
forma más segura de ser.
La logoterapia, al tener en cuenta la transitoriedad esencial de
la existencia humana, no es pesimista, sino activista. Dicho
figurativamente podría expresarse así: el pesimista se parece a
un hombre que observa con temor y tristeza como su almanaque,
colgado en la pared y del que a diario arranca una hoja, a medida
que transcurren los días se va reduciendo cada vez más. Mientras
que la persona que ataca los problemas de la vida activamente es
como un hombre que arranca sucesivamente las hojas del
calendario de su vida y las va archivando cuidadosamente junto a
los que le precedieron, después de haber escrito unas cuantas
notas al dorso. Y así refleja con orgullo y goce toda la riqueza que
contienen estas notas, a lo largo de la vida que ya ha vivido
plenamente. ¿Qué puede importarle cuando advierte que se va
volviendo viejo? ¿Tiene alguna razón para envidiar a la gente
joven, o sentir nostalgia por su juventud perdida? ¿Por qué ha de
envidiar a los jóvenes? ¿Por las posibilidades que tienen, por el
futuro que les espera? "No, gracias", pensará. "En vez de
posibilidades yo cuento con las realidades de mi pasado, no sólo
la realidad del trabajo hecho y del amor amado, sino de los
sufrimientos sufridos valientemente. Estos sufrimientos son
precisamente las cosas de las que me siento más orgulloso
aunque no inspiren envidia".

-La logoterapia como técnica.

No es posible tranquilizar un temor realista, como es el temor
a la muerte, por vía de su interpretación psicodinámica; por otra
parte, no se puede curar un temor neurótico, cual es la
agorafobia, por ejemplo, mediante el conocimiento filosófico.
Ahora bien, la logoterapia también ha ideado una técnica que
trata estos casos. Para entender lo que sucede cuando se utiliza
esta técnica, tomemos como punto de partida una condición que
suele darse en los individuos neuróticos, a saber: la ansiedad
anticipatoria. Es característico de ese temor el producir
precisamente aquello que el paciente teme. Por ejemplo, una
persona que teme ponerse colorada cuando entra en una gran
sala y se encuentra con mucha gente, se ruborizará sin la menor
duda. En este sentido podría extrapolarse el dicho: "el deseo es el
padre del pensamiento" y afirmar que "el miedo es la madre del
suceso".
Por irónico que parezca, de la misma forma que el miedo hace
que suceda lo que uno teme, una intención obligada hace
imposible lo que uno desea a la fuerza. Puede observarse esta
intención excesiva, o "hiperintención" como yo la denomino,
especialmente en los casos de neurosis sexuales. Cuanto más
intenta un hombre demostrar su potencia sexual o una mujer su
capacidad para sentir el orgasmo, menos posibilidades tienen de
conseguirlo. El placer es, y debe continuar siéndolo, un efecto o
producto secundario, y se destruye y malogra en la medida en
que se le hace un fin en sí mismo.
Además de la intención excesiva, tal como acabamos de
describirla, la atención excesiva o "hiperreflexión", como se la
denomina en logoterapia, puede ser asimismo patógeno (es decir,
producir enfermedad). El siguiente informe clínico ilustrará lo que
quiero decir. Una joven acudió a mi consulta quejándose de ser
frígida. La historia de su vida descubrió que en su niñez su padre
había abusado de ella; sin embargo y, como fácilmente se
evidenció, no fue esta experiencia, traumática en sí, la que
eventualmente le había originado la neurosis sexual. Sucedía que
tras haber leído trabajos de divulgación sobre psicoanálisis, la
paciente había vivido todo el tiempo con la temerosa expectativa
de la desgracia que su traumática experiencia le acarrearía en su
día. Esta ansiedad anticipatoria se resolvía tanto en una excesiva
intencionalidad para confirmar su femineidad como en una
excesiva atención que se centraba en sí misma y no en su
compañero. Todo lo cual era más que suficiente para incapacitarla
y privarle de la experiencia del placer sexual, ya que en ella el
orgasmo era tanto un objeto de la atención como de la intención,
en vez de ser un efecto no intencionado de la devoción no
reflexiva hacia el compañero. Tras seguir un breve período de
logoterapia, la atención e intención excesivas de la paciente sobre
su capacidad para experimentar el orgasmo se hicieron "dereflexivas"
(y con ello introducimos otro término de la
logoterapia). Cuando recodificó su atención enfocándola hacia el
objeto apropiado, es decir, el compañero, el orgasmo se produjo
espontáneamente (9).
Pues bien, la logoterapia basa su técnica denominada de la
"intención paradójica" en la dualidad de que, por una parte el
miedo hace que se produzca lo que se teme y, por otra, la
hiperintención estorba lo que se desea (10). Por la intención
paradójica, se invita al paciente fóbico a que intente hacer
precisamente aquello que teme, aunque sea sólo por un
momento.
Recordaré un caso. Un joven médico vino a consultarme sobre
su temor a transpirar. Siempre que esperaba que se produjera la
transpiración, la ansiedad anticipatoria era suficiente para
precipitar una sudoración. A fin de cortar este proceso
tautológico, aconsejé al paciente que en el caso de que ocurriera
la sudoración, decidiera deliberadamente mostrar a la gente
cuánto era capaz de sudar. Una semana más tarde me informó de
que cada vez que se encontraba a alguien que antes hubiera
desencadenado su ansiedad anticipatoria, se decía para sus
adentros: "Antes sólo sudaba un litro, pero ahora voy a sudar por
lo menos diez." El resultado fue que, tras haber sufrido por su
fobia durante años, ahora era capaz, con una sola sesión, de
verse permanentemente libre de ella en una semana.
El lector advertirá que este procedimiento consiste en darle la
vuelta a la actitud del paciente en la medida en que su temor se
ve reemplazado por un deseo paradójico. Mediante este
tratamiento, el viento se aleja de las velas de la ansiedad.
Ahora bien, este procedimiento debe hacer uso de la capacidad
específicamente humana para el desprendimiento de uno mismo,
inherente al sentido del humor. Esta capacidad básica para
desprenderse de uno mismo se pone de manifiesto siempre que
se aplica la técnica logoterapéutica denominada "intención
paradójica". Al mismo tiempo se capacita al paciente para
apartarse de su propia neurosis. Gordon W. Allport escribe11: "El
neurótico que aprende a reírse de sí mismo puede estar en el
camino de gobernarse a sí mismo, tal vez de curarse." La
intención paradójica es la constatación empírica y la aplicación
clínica de la afirmación de Allport.
Los informes de unos pocos casos más pueden servir para
explicar mejor este método. El paciente que cito a continuación
era un contable que había sido tratado por varios doctores en
distintas clínicas sin obtener ningún avance terapéutico. Cuando
llegó a verme estaba en el límite de la desesperación y reconocía
que estaba a punto de suicidarse. Durante varios años venía
padeciendo el calambre de los escribientes, que últimamente era
tan agudo que corría grave peligro de perder su empleo. De modo
que una situación tal sólo podía aliviarse por una terapia breve e
inmediata. Para iniciar el tratamiento, mi ayudante recomendó al
paciente que hiciera justamente lo contrario de lo que venía
haciendo; es decir, en vez de tratar de escribir con la mayor
claridad y pulcritud posibles, que escribiera con los peores
garabatos. Se le aconsejó que se dijera para sus adentros:
"Bueno, ahora voy a mostrar a toda esa gente lo buen
chupatintas que soy." Y en el momento en que deliberadamente
trató de garrapatear, le fue imposible hacerlo. "Intenté hacer
garabatos, pero no pude, así de sencillo", nos contó al día
siguiente. En 48 horas el paciente pudo, de este modo, liberarse
de su calambre de escribiente y así continuó durante el período de
observación después del tratamiento. Hoy es un hombre feliz y
puede trabajar a pleno rendimiento.
Un caso similar referente al habla y no a la escritura me contó
mi colega en el Departamento de Laringología del Hospital
Policlínico. Era el caso más serio de tartamudeo que él había
encontrado en muchos años de práctica de la medicina. Nunca en
su vida, hasta donde el tartamudo podía recordar, se había visto
libre de esta dificultad para hablar, ni por un momento, excepto
una vez. Ello sucedió cuando tenía 12 años y se había subido
detrás de un coche de la calle para hacerse llevar. Cuando el
conductor le agarró pensó que la única forma de escapar era
atraerse su simpatía, por lo cual trató de demostrarle que era un
pobre muchacho tartamudo. Desde el momento en que intentó
tartamudear fue incapaz de conseguirlo. Sin darse cuenta, había
practicado la intención paradójica, si bien no con propósitos
terapéuticos.
Sin embargo, esta presentación no debería dar la impresión de
que la intención paradójica sólo es eficaz en los casos
monosintomáticos. Mediante esta técnica logoterapéutica mis
compañeros del Hospital Policlínico de Viena han conseguido curar
incluso neurosis de carácter obsesivo-compulsivo en los grados
más altos y más pertinaces. Hago referencia, por ejemplo, a una
mujer de 65 años que durante 60 años venía padeciendo una
obsesión de limpieza tan seria que yo creía que el único
procedimiento para curarla era practicarle una lobotomía. No
obstante, mi ayudante empezó el tratamiento logoterapéutico con
la técnica de la intención paradójica y dos meses más tarde la
paciente podía llevar una vida normal. Antes de admitirla en la
clínica nos había confesado: "La vida es un infierno para mí".
Disminuida por su compulsión y por su obsesión bacteriofóbica, al
final había tenido que quedarse en la cama todo el día incapaz de
realizar ninguna tarea doméstica. No sería exacto afirmar que hoy
está totalmente libre de sus síntomas, ya que siempre puede
venirle a la mente alguna obsesión, pero sí es capaz de "reírse de
ella", como dice; en una palabra, de aplicar la intención
paradójica.
La intención paradójica también puede aplicarse en casos de
trastornos del sueño. El temor al insomnio (12) da por resultado una
hiperintención de quedarse dormido que, a su vez, incapacita al
paciente para conseguirlo. Para vencer este temor especial, yo
suelo aconsejar al paciente que no intente dormir, sino por el
contrario que haga lo opuesto, es decir, permanecer despierto
cuanto sea posible. En otras palabras, la hiperintención de
quedarse dormido, nacida de la ansiedad anticipatoria de no
poder conseguirlo, debe reemplazarse por la intención paradójica
de no quedarse dormido, que pronto se verá seguida por el
sueño.
La intención paradójica no es una panacea, pero sí un
instrumento útil en el tratamiento de las situaciones obsesivas,
compulsivas y fóbicas, especialmente en los casos en que subyace
la ansiedad anticipatoria. Además, es un artilugio terapéutico de
efectos a corto plazo, de lo cual no debiera, sin embargo,
concluirse que la terapia a corto plazo tenga sólo efectos
terapéuticos temporales. Una de las "ilusiones más comunes de la
ortodoxia freudiana" escribía el desaparecido Emil A. Gutheil (13) "es
que la durabilidad de los resultados se corresponde con la
duración de la terapia". Entre mis casos tengo, por ejemplo, el
informe de un paciente a quien se administró la intención
paradójica hace más de veinte años y su efecto terapéutico ha
probado ser permanente.
Otro hecho, digno de tener en cuenta, es que la intención
paradójica es efectiva cualquiera que sea la etiología del caso en
cuestión. Lo que confirma un planteamiento de Edith Weisskopf-
Joelson (14): "Si bien la terapia tradicional ha insistido en que las
prácticas terapéuticas deben fundamentarse en bases etiológicas,
es muy posible que determinados factores puedan ser causa de
neurosis durante la niñez más temprana, y que factores
totalmente diferentes puedan curar las neurosis en la edad adulta."
Muy a menudo hemos visto cómo las causas de las neurosis,
es decir, los complejos, conflictos y traumas son a veces los
síntomas de las neurosis y no sus causas. El arrecife que se hace
visible con la marea baja no es la causa de la marea baja, claro
está, es la marea baja lo que hace que el arrecife se muestre.
Ahora bien, ¿qué es la melancolía sino una especie de marea baja
anormal? y otra vez en este caso los sentimientos de culpa que
aparecen de manera típica en las "depresiones endógenas" (no
confundirlas con las depresiones neuróticas) no son la causa de
esta modalidad especial de la depresión. La verdad es todo lo
contrario, puesto que esta marea baja emocional hace aparecer
en la superficie consciente los sentimientos de culpa; se limita
únicamente a sacarlos a la luz.
En cuanto a la verdadera causa de las neurosis, aparte de sus
elementos constitutivos, ya sean de naturaleza psíquica o
somática, parece que los mecanismos retroactivos del tipo de la
ansiedad anticipatoria son un importante factor patógeno. A un
síntoma dado le responde una fobia; la fobia desencadena el
síntoma y éste, a su vez, refuerza la fobia. Ahora bien, en los
casos obsesivos-compulsivos se puede observar una cadena
similar de acontecimientos, en los que el paciente lucha contra las
ideas que le acosan (15) Con ello, sin embargo, aumenta el poder de
aquéllas para molestarle, puesto que la presión precipita la
contrapresión. ¡Y otra vez más el síntoma se refuerza! Por otra
parte, tan pronto como el paciente deja de luchar contra sus
obsesiones y en vez de ello intenta ridiculizarlas, tratándolas con
ironía, al aplicarles la intención paradójica, se rompe el círculo
vicioso, el síntoma se debilita y finalmente se atrofia. En el caso
afortunado que no se haya producido un vacío existencial que
invite y atraiga al síntoma, el paciente no sólo conseguirá
ridiculizar su temor neurótico, sino que al final logrará ignorarlo por completo.
Como vemos, la ansiedad anticipatoria debe contraatacarse
con la intención paradójica; la hiperintención, al igual que la
hiperreflexión deben combatirse con la "de-reflexión"; ahora bien,
ésta no es posible, finalmente, si no es mediante un cambio en la
orientación del paciente hacia su vocación específica y su misión
en la vida (16).
No es el ensimismamiento del neurótico, ya sea de
conmiseración o de desprecio, lo que puede romper la formación
del círculo; la clave para curarse está en la trascendencia de uno mismo.

- La neurosis colectiva.

Cada edad tiene su propia neurosis colectiva. Y cada edad
precisa su propia psicoterapia para vencerla. El vacío existencial
que es la neurosis masiva de nuestro tiempo puede descubrirse
como una forma privada y personal de nihilismo, ya que el
nihilismo puede definirse como la aseveración de que el ser
carece de significación. Por lo que a la psicoterapia se refiere, no
obstante, nunca podrá vencer este estado de cosas a escala
masiva si no se mantiene libre del impacto y de la influencia de
las tendencias contemporáneas de una filosofía nihilista; de otra
manera representa un síntoma de la neurosis masiva, en vez de
servir para su posible curación. La psicoterapia no sólo será
reflejo de una filosofía nihilista, sino que asimismo, aun cuando
sea involuntariamente y sin quererlo, transmitirá al paciente una
caricatura del hombre y no su verdadera representación.
En primer lugar, existe un riesgo inherente al enseñar la teoría
de la "nada" del hombre, es decir, la teoría de que el hombre no
es sino el resultado de sus condiciones biológicas, sociológicas y
psicológicas o el producto de la herencia y el medio ambiente.
Esta concepción del hombre hace de él un robot, no un ser
humano. El fatalismo neurótico se ve alentado y reforzado por
una psicoterapia que niega al hombre su libertad.
Cierto, un ser humano es un ser finito, y su libertad está
restringida. No se trata de liberarse de las condiciones, hablamos
de la libertad de tomar una postura ante esas condiciones. Como
ya indiqué en una ocasión (Value Dimensions in Teaching, una
película en color para la televisión, producida por Hollywood
Animators, Inc., para la California Júnior College Association):
tengo el pelo gris; soy responsable de no ir al peluquero a que me
lo tina, como hacen bastantes señoras. De manera que,
tratándose del color del pelo, todo el mundo tiene un cierto grado de libertad.

- Crítica al pandeterminismo.

Se culpa con frecuencia al psicoanálisis de lo que se llama
pansexualismo. Yo, por mi parte, dudo de que tal reproche haya
sido alguna vez legítimo. Ahora bien, sí hay algo que a mí me
parece todavía una presunción más errónea y peligrosa, a saber,
lo que yo llamaría "pandeterminismo". Con lo cual quiero
significar el punto de vista de un hombre que desdeña su
capacidad para asumir una postura ante las situaciones,
cualesquiera que éstas sean. El hombre no está totalmente
condicionado y determinado; él es quien determina si ha de
entregarse a las situaciones o hacer frente a ellas. En otras
palabras, el hombre en última instancia se determina a sí mismo.
El hombre no se limita a existir, sino que siempre decide cuál será
su existencia y lo que será al minuto siguiente.
Análogamente, todo ser humano tiene la libertad de cambiar
en cada instante. Por consiguiente, podemos predecir su futuro
sólo dentro del amplio marco de la encuesta estadística que se
refiere a todo un grupo; la personalidad individual, no obstante,
sigue siendo impredecible. Las bases de toda predicción vendrán
representadas por las condiciones biológicas, psicológicas o
sociológicas. No obstante, uno de los rasgos principales de la
existencia humana es la capacidad para elevarse por encima de
estas condiciones y trascenderlas. Análogamente, y en último
término, el hombre se trasciende a sí mismo; el ser humano es
un ser autotrascendente.
Permítaseme citar el caso del Dr. J. Es el único hombre que he
encontrado en toda mi vida a quien me atrevería a calificar de
mefistofélico, un ser diabólico. En aquel tiempo solía
denominársele "el asesino de masas de Steinhof, nombre del gran
manicomio de Viena. Cuando los nazis iniciaron su programa de
eutanasia, tuvo en su mano todos los resortes y fue tan fanático
en la tarea que se le asignó, que hizo todo lo posible para que no
se escapara ningún psicótico de ir a la cámara de gas. Acabada la
guerra, cuando regresé a Viena, pregunté lo que había sido del
Dr. J. "Los rusos lo mantenían preso en una de las celdas de
reclusión de Steinhof, me dijeron. "Al día siguiente, sin embargo,
la puerta de su celda apareció abierta y no se volvió a ver más al
Dr. J.". Posteriormente, me convencí de que, como a muchos
otros, sus camaradas le habían ayudado a escapar y estaría
camino de Sudamérica. Más recientemente, sin embargo, vino a
mi consulta un austríaco que anteriormente fuera diplomático y
que había estado preso tras el telón de acero muchos años,
primero en Siberia y después en la famosa prisión Lubianka en
Moscú. Mientras yo hacía su examen neurológico, me preguntó,
de pronto, si yo conocía al Dr. J. Al contestarle que sí, me replico:
"Yo le conocí en Lubianka. Allí murió, cuando tenía alrededor de
los 40, de cáncer de vejiga. Pero antes de morir, sin embargo, era
el mejor compañero que imaginarse pueda. A todos consolaba.
Mantenía la más alta moral concebible. Era el mejor amigo que yo
encontré en mis largos años de prisión."
Esta es la historia del Dr. J., el "asesino de masas de Steinhof'
¡Cómo predecir la conducta del hombre! Se pueden predecir los
movimientos de una máquina, de un autómata; más aún, se
puede incluso intentar predecir los mecanismos o "dinámicas" de
la psique humana; pero el hombre es algo más que psique.
Aparentemente, el pandeterminismo es una enfermedad
infecciosa que los educadores nos han inoculado; y esto es
verdadero también para muchos adeptos a las religiones que
aparentemente no se dan cuenta de que con ello sacan las bases
más profundas de sus propias convicciones. Porque, o bien se
reconoce la libertad decisoria del hombre a favor o contra Dios, o
a favor o contra los hombres, o toda religión es un espejismo y
toda educación una ilusión. Ambas presuponen la libertad, pues si
no es así es que parten de un concepto erróneo.
La libertad, no obstante, no es la última palabra. La libertad
sólo es una parte de la historia y la mitad de la verdad. La
libertad no es más que el aspecto negativo de cualquier
fenómeno, cuyo aspecto positivo es la responsabilidad. De hecho,
la libertad corre el peligro de degenerar en nueva arbitrariedad a
no ser que se viva con responsabilidad. Por eso jo recomiendo
que la estatua de la Libertad en la costa este de EE. UU. se
complemente con la estatua de la Responsabilidad en la costa oeste.

- El credo psiquiátrico.

Nada hay concebible que pueda condicionar al hombre de tal
forma que le prive de la más mínima libertad. Por consiguiente, al
neurótico y aun al psicótico les queda también un resto de
libertad, por pequeño que sea. De hecho, la psicosis no roza
siquiera el núcleo central de la personalidad del paciente.
Recuerdo a un hombre de unos 60 años que me enviaron a causa
de las alucinaciones auditivas que padecía desde hacía décadas.
Tenía frente a mí a una personalidad totalmente derrumbada.
Cuando pasaba por algún lugar, cuantos había en su derredor le
tomaban por un idiota. Y sin embargo, ¡qué extraño encanto
irradiaba aquel hombre! De niño había querido ser sacerdote,
pero tuvo que contentarse con la única alegría que podía
experimentar y que era cantar los domingos por la mañana en el
coro de la iglesia. Pues bien, la hermana que le acompañaba nos
informó de que, a veces, se ponía muy excitado; pero, en el
último momento era capaz de dominarse. Me interesó sumamente
la psicodinámica que acompañaba al caso, ya que pensé que el
paciente tenía una fuerte fijación en su hermana; así que le
pregunté como hacía para controlarse: "¿Por quién lo hace?" A
continuación siguió una pausa de unos segundos y entonces el
paciente contestó: "Lo hago por Dios." En ese momento, lo más
profundo de su personalidad se hizo patente y en el fondo de
aquella hondura se reveló una auténtica vida religiosa a pesar de
la pobreza de su formación intelectual.
Un individuo psicótico incurable puede perder la utilidad del ser
humano y conservar, sin embargo, su dignidad. Tal es mi credo
psiquiátrico. Yo pienso que sin él no vale la pena ser un
psiquiatra. ¿A santo de qué? ¿Sólo por consideración a una
máquina cerebral dañada que no puede repararse? Si el paciente
no fuera algo más, la eutanasia estaría plenamente justificada.

- La psiquiatría rehumanizada.

Durante mucho tiempo, de hecho durante medio siglo, la
psiquiatría ha tratado de interpretar la mente humana como un
simple mecanismo y, en consecuencia, la terapia de la
enfermedad mental como una simple técnica. Me parece a mí que
ese sueño ha tocado a su fin. Lo que ahora empezamos a
vislumbrar en el horizonte no son los cuadros de una medicina
psicologizada, sino de una psiquiatría humanizada.
Sin embargo, el médico que todavía quiera desempeñar su
papel principal como técnico se verá obligado a confesar que él no
ve en su paciente otra cosa que una máquina y no al ser humano
que hay detrás de la enfermedad.
El ser humano no es una cosa más entre otras cosas; las cosas
se determinan unas a las otras; pero el hombre, en última
instancia, es su propio determinante. Lo que llegue a ser —dentro
de los límites de sus facultades y de su entorno— lo tiene que
hacer por sí mismo. En los campos de concentración, por ejemplo,
en aquel laboratorio vivo, en aquel banco de pruebas,
observábamos y éramos testigos de que algunos de nuestros
camaradas actuaban como cerdos mientras que otros se
comportaban como santos. El hombre tiene dentro de sí ambas
potencias; de sus decisiones y no de sus condiciones depende
cuál de ellas se manifieste.
Nuestra generación es realista, pues hemos llegado a saber lo
que realmente es el hombre. Después de todo, el hombre es ese
ser que ha inventado las cámaras de gas de Auschwitz, pero
también es el ser que ha entrado en esas cámaras con la cabeza
erguida y el Padrenuestro o el Shema Yisrael en sus labios.

Notas:
1. Se trataba de la primera versión de mi primer libro, cuya traducción al
castellano la publicó en 1950 el Fondo de Cultura Económica, México, con el
título Psicoanálisis y existencialismo.
2. Magda B. Arnold y John A. Gasson, "The Human Person, The Ronald
Press Company, Nueva York, 1954, p. 618.
3. Fenómeno que se produce como consecuencia de un fenómeno
primario.
4. Edith Weisskopf-Joelson, Same Comments on a Viennese School of
Psychiatry. "The Journal of Abnormal and Social Psychology", vol. 51., pp.
701-3 (1955).
5. Edith Weisskopf-Joelson, Logotherapy and Existencial Análisis, "Acta
psychotherap.", vol. 6, pp. 193-204 (1958).
6. Oración mortuoria.
7. l,'kidush hashem, es decir, por la santificación del nombre de Dios.
8. De mi peregrinar llevas tú cuenta: recoge mi pesar en tu redoma, ¿no
se halla ya en tu libro? (Sal 56. 9).
9. Para tratar los casos de impotencia sexual, la logoterapia ha
desarrollado una técnica específica basada en su teoría de la "hiperintención"
y la "hiperreflexión" como se apunta en el texto (Viktor E. Frankl, The
pleasure principie and sexual neurosis, "The International Journal of
Sexology", vol. 5, n.° 3, pp. 1 28-30 (1952). Claro está que en esta breve
presentación de los principios de la logoterapia no podemos exponerla.
10. Lo describí en alemán en 1939 (Viktor E. Frankl. Zur Medikamentösen
Unterstürzung der Psychotherapie bei Neurosen, "Schweizer Archiv für
Neurologie und Psychiatrie", vol. 43, pp. 26-31).
11. Gordon W. Allport, The Individual and His Religion, The Macmillan
Company, Nueva York 1956, pág. 92.
12. El temor al insomnio se debe, en la mayoría de los casos al
desconocimiento que el paciente tiene de que el organismo se ofrece a sí
mismo la mínima cantidad de sueño que de verdad necesita.
13. Emil A. Gutheil, "American Journal of Psychotherapy", vol. 10, pág.
134 (1956).
14. Edith Weisskopf-Joelson, Some Comments on a Viennese School of
Psychiatry, "The Journal of Abnormal and Social Psychology," vol. 51. pp.
701-703 (1955).
15. Ello suele ser motivado por el temor del paciente a que sus
obsesiones indiquen una psicosis inminente o incluso real; el paciente
desconoce el hecho empírico de que la neurosis obsesiva-compulsiva le
inmuniza contra la psicosis formal, en vez de encaminarle en dicha dirección.
16. Esta convicción la comparte Allport cuando dice: "Al igual que el foco
de los cambios que compiten desde el conflicto a las metas no egoístas, la
vida en conjunto se fortalece aunque las neurosis no desaparezcan nunca por
completo' (op. cit. pág. 95)

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