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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Lev Semiónovich Vygotsky. CAPÍTULO 3: El problema del desarrollo del lenguaje en la teoría de Stern



CAPÍTULO 3

El problema del desarrollo del lenguaje en la teoría de Stern

La concepción puramente intelectualista de/lenguaje infantil y su desarrollo es lo que ha cambiado menos en el sistema teórico de Stern; incluso se ha consolidado y reforzado, ganando mayor desarrollo. Sin embargo, en ningún otro lugar se manifiestan con tanta evidencia, las limitaciones, las contradicciones internas y la inconsistencia científica del carácter idealista de su personalismo filosófico y psicológico.
El propio Stern denomina su orientación como personalista-genética. Más adelante recordaremos a lector en qué consiste el personalismo. Antes debemos aclarar cómo se contempla la perspectiva genética en esta teoría que, como toda teoría intelectualista, es en sí misma antigenética.
Stern distingue tres raíces (Wurzeln) en el lenguaje: la tendencia expresiva, la tendencia social a la comunicación y la tendencia «intencional». Las dos primeras no son rasgos diferenciadores del lenguaje humano, ambas aparecen en los rudimentos del «lenguaje» de los animales. Pero- la tercera está ausente por completo del «lenguaje» de los animales, es un rasgo específico del lenguaje humano. Stern define la intencionalidad como la orientación a un sentido determinado. «En una determinada etapa de su desarrollo intelectual, el hombre —dice Stern— adquiere la capacidad de «tener algo en mente» (etwas zu meinen), de referirse a «algo objetivo» cuando articula sonidos» (Stern y Stern, 1928, pág. 126), bien sea para referirse a un objeto, un contenido, un hecho, un problema, etc. Estos actos intencionales son en esencia actos del pensamiento (Denkleistungen); por eso, la aparición de la intencionalidad supone la intelectualización y la objetivación del lenguaje. Esa es la razón por la que los nuevos representantes de la psicología del pensamiento, como Bühler y, sobre todo, Reimut, apoyándose en Husserl subrayan la importancia del factor lógico en el lenguaje infantil. Si bien es cierto que Stern considera que estos autores van demasiado lejos en la caracterización lógica del lenguaje del niño, también él comparte la idea principal. En consonancia con esa idea, llega a señalar con precisión el momento en el desarrollo del lenguaje, cuando «se abre paso la intencionalidad y confiere al lenguaje su carácter específicamente humano» (ibídem, pág. 127).
Nada podemos objetar en contra de que el lenguaje humano en su forma desarrollada esté dotado de sentido y tenga significado objetivo, lo cual presupone necesariamente un cierto grado de desarrollo del pensamiento, y, en consecuencia, es indispensable tomar en cuenta la relación existente entre el lenguaje y pensamiento lógico. Pero, cuando Stern ve en estos rasgos del lenguaje humano desarrollado, necesitados de una explicación genética (cómo surgieron en el proceso evolutivo), una de las raíces, una fuerza motriz del desarrollo del lenguaje, una tendencia innata, casi un instinto, sea como fue re, algo primordial, situado, en cuanto a su función genética, a la altura de las tendencias expresiva y comunicativa, que sí se encuentran efectiva mente en el inicio del desarrollo del lenguaje, cuando, por último, el propio Stern lo denomina «die “intenttona Triebfeder des Sprachdran ges» (El instinto intencional que impulsa el lenguaje) (ibídem, pág. 126), está sustituyendo la explicación genética por la intelectualista.
El error principal de cualquier teoría intelectualista, y de ésta en panicular, radica en pretender la explicación a partir de lo mismo que necesita ser explicado. De ahí su cualidad antigenética (los rasgos distintivos de las formas avanzadas de desarrollo del lenguaje son relegadas a su inicio); de ahí su inconsistencia interna, su vaciedad e insustancialidad, porque no explica nada. Su lógica se mueve en un círculo vicioso cuando, a la pregunta acerca de cuáles son las raíces y cuáles los caminos del surgimiento del sentido del lenguaje humano, responde: de la tendencia intencional, o sea, de la tendencia hacia el sentido. Una explicación así recuerda aquella clásica del médico de Moliére, que explicaba el efecto soporífero del opio por las propiedades soporíferas del opio. Stern dice sin reparos: «En una determinada etapa de su desarrollo espiritual, el hombre adquiere la capacidad (Fíihigleeit) de tener algo en mente, de referirse a «algo objetivo» cuando articula sonidos» (ibídem). ¿En qué se diferencia esta explicación de la del médico de Moliére? Quizás la sustitución de la terminología latina por la alemana destaque aún más el carácter meramente verbal de semejante explicación, simplemente se sustituyen unas palabras por otras que expresan lo mismo que se trata de explicar.
Considerando la descripción que hace Stern de ese momento evolutivo, descripción que se ha convertido en clásica y ha pasado a figurar en todos los cursos de psicología infantil, podemos comprobar a dónde conduce la excesiva caracterización lógica del lenguaje infantil. En esa edad (aproximada mente entre 1;6 y 2;0), el niño hace uno de los descubrimientos más Importantes de toda su vida, él descubre que «a cada objeto le corresponde un patrón de sonido que lo simboliza, que sirve para designarlo y comunicarlo, es decir, cada cosa tiene su nombre» (ibídem, pág. 190). Stern atribuye, por tanto, al niño en su segundo año de vida «el despertar de la conciencia a los símbolos y a la necesidad de ellos» (ibídem). Tal como Stern desarrolla muy coherentemente en otro de sus libros, este descubrimiento de la función simbólica de las palabras constituye ya una actividad mental del niño, en el verdadero sentido de la expresión. «La comprensión de la relación entre el signo y el significado, que aparece en esta edad, afirma Stern, es algo esencialmente distinto de la simple utilización de formas sonoras, o de representaciones de objetos y de sus asociaciones. Y la exigencia de que cada objeto, sea del tipo que sea, tenga su nombre, puede ser considerada como un verdadero y quizás el primer concepto generalizado del niño».
Si aceptamos la descripción de Stern, estaremos aceptando su suposición de que el niño de un año y medio o dos años comprende la relación entre el signo y el significado, que es consciente d la función simbólica del lenguaje, que «tiene conciencia del significado de la lengua y voluntad de apropiarse de ella» (Stern y Stern, 1928, pág. 150) y, por último, que «tiene conciencia de una regla general, de la existencia de un pensamiento general» es decir, de un concepto generalizado, como anteriormente denominó Stern este «pensamiento generalizado». ¿Existe fundamento empírico y teórico para semejante suposición? A nuestro juicio, - el desarrollo de este problema en los últimos veinte años nos lleva indefectiblemente a dar una respuesta negativa a esta pregunta.
Todo lo que sabemos sobre la mente del niño de un año y medio o dos años, encaja muy mal en la suposición de que sea capaz de realizar una operación intelectual tan complicada como es «tener conciencia del significado del lenguaje». Es más, numerosas investigaciones observacionales y experimentales muestran sin lugar a dudas que la comprensión de las relaciones entre el signo y el significado, y el uso funcional de los signos aparecen mucho más tarde y no están en absoluto al alcance del niño de esta edad. El desarrollo del uso de signos y la transición a operaciones con signos (a las funciones significativas del lenguaje), nunca ocurren, como han puesto de manifiesto investigaciones experimentales sistemáticas, como resultado inmediato de un descubrimiento repentino o una invención súbita del niño; el niño no descubre el significado del lenguaje de una sola vez y para siempre, como supone Stern al tratar de demostrar que el niño «descubre la esencia básica del símbolo una sola vez, en una categoría de palabras» (ibídem, pág. 194). Por el contrario, se trata de un complicado proceso genético, con su «historia natural de símbolos» es decir, sus raíces naturales y sus formas transitorias en los niveles más primitivos del comportamiento (por ejemplo, el denominado significado ilusorio de los objetos en el juego, y todavía antes, el gesto indicativo, etc.), y su «historia cultural de los signos» integrada por una serie de fases y etapas propias, en las cuales se producen cambios tanto cualitativos y cuantitativos como cambios funcionales, que tiene su propio crecimiento y metamorfosis, y que dispone de su dinámica y sus leyes.
Stern ignora en la práctica todo ese intrincado camino, conducente a la maduración real de la función significativa y simplifica hasta el extremo la propia concepción del proceso de desarrollo del lenguaje. Pero ése es el destino de toda teoría intelectualista, que, en lugar de tener en cuenta el curso evolutivo real en toda su complejidad, da una explicación logicista. A la pregunta de cómo se desarrolla el sentido del lenguaje infantil, una teoría de este género responde: el niño descubre que el lenguaje tiene sentido. Una explicación de este tipo se merece totalmente ser situada entre otras célebres explicaciones intelectualistas análogas, tales como la de la invención del lenguaje, o la teoría racionalista del contrato social. Lástima que, tal explicación como ya hemos dicho, no explica verdaderamente nada.
Incluso ateniéndonos exclusivamente a los datos empíricos, la teoría de Stern resulta bastante infundada. Las observaciones de Wallon Koffka Piaget, Delacroix y otros muchos sobre niños normales y las observaciones específicas de Karl Bühler sobre niños sordomudos (citadas por Stern) han mostrado: 1) que la relación entre la palabra y el objeto ‘<descubierta» por el niño, no es la relación funcional simbólica, la que distingue el pensamiento verbal altamente desarrollado y que mediante el análisis lógico Stern la desucó y clasificó en una fase genética y la situó en el estadio más precoz; durante largo tiempo, la palabra es para el niño un atributo (Wallon) o una propiedad (Koffka), como otras, del objeto, más que un símbolo o un signo; en ese período, el niño domina antes la estructura meramente externa objeto-palabra, que la relación interna signo-significado, y 2) no se produce un «descubrimiento» como tal, cuya ocurrencia pueda ser señalada con exactitud en un determinado momento; por el contrario, una Serie de lentos y complejos cambios «moleculares» da lugar a esa etapa decisiva en el desarrollo del lenguaje.
Debemos reconocer sin reservas que, en conjunto, los datos de las observaciones de Stern se han visto repetidamente confirmados, incluso en este aspecto, a lo largo de los veinte años transcurridos desde la publicación de su primera obra. Sin duda, Stern ha identificado correctamente el momento crucial y decisivo en el desarrollo del lenguaje, de la cultura y de la mente del niño, su error consiste darle una explicación intelectualista o sea falsa. Stern ha señalado los dos indicios objetivos que permiten juzgar acerca de la existencia de este momento crítico, indicios cuya importancia en el desarrollo del lenguaje es difícil exagerar: 1) en este preciso momento aparecen las llamadas preguntas sobre denominaciones, y 2) el brusco crecimiento del vocabulario del niño.
En efecto, la activa ampliación del vocabulario, manifiesta en que el niño busca por su cuenta la palabra preguntando los nombres de los objetos que no conoce, no tiene parangón en el desarrollo del «lenguaje» de los animales y marca el inicio de una fase totalmente nueva, esencialmente distinta de la fase anterior en el desarrollo del niño: pasa de la función señalizadora del lenguaje a la función significativa, de utilizar señales acústicas a crear y emplear activamente sonidos. Es cierto que algunos investigadores (Wa Delacroix y otros) prefieren negar el significado general de este hecho, tratando, por un lado, de interpretarlo de modo distinto y, por otro, de borrar ‘os bien definidos límites entre este período de preguntas sobre las denominaciones y la segunda «edad de las preguntas». No obstante, dos hechos permanecen incontrovertibles: 1) precisamente en este momento, el «grandioso sistema de señales del lenguaje» (según expresión de Pávlov) emerge para el niño de entre la masa de todos los demás estímulos basados en señales y adopta una función especializada en el comportamiento, la función de signo; 2) testigos indiscutibles de este momento crítico son los indicios objetivos.
El reconocimiento de ambos hechos constituye un enorme mérito de Stern, lo cual hace más sorprendente aún su explicación de tales hechos. Para convencernos de la naturaleza intelectualista de dicha explicación, que se reduce a identificar una facultad especial, la «tendencia intencional» como la tercera raíz en el origen del lenguaje, basta con compararla con lo que sabemos acerca de las otras dos raíces del lenguaje. Cuando hablamos de la tendencia expresiva nos referimos a un sistema perfectamente definido de movimientos expresivos, genéticamente muy antiguo, cuyas raíces se adentran en los instintos y en los reflejos incondicionados, a un sistema que ha ido evolucionando a lo largo del tiempo, reorganizándose y haciéndose más complejo en el proceso de desarrollo; la segunda raíz, la función comunicativa, tiene un origen similar y una trayectoria evolutiva fácil de seguir desde los animales sociales inferiores hasta los antropoides y el hombre.
Las raíces, las trayectorias y los factores que condicionan el desarrollo de ambas funciones son claros y conocidos; tras sus denominaciones hay un proceso evolutivo real. No ocurre lo mismo con la tendencia intencional. Surge de la nada, carece de historia, nada la condiciona; es, según Stern, original, primario, surge espontáneamente y «de una vez para siempre». Y permite al niño descubrir el significado del lenguaje mediante una operación exclusivamente lógica.
Naturalmente, Stern no lo dice tan claramente en ningún sitio. Por el contrario, él mismo reprocha a Reimut, como ya hemos dicho, una posición excesivamente logicista; igual reproche hace a Ament considerando que su trabajo constituía la culminación del intelectualismo en el estudio del lenguaje infantil (1928, pág. 5). Pero el propio Stern, en su pugna con las teorías antiintelectualistas del lenguaje (Wundt Meumanni Idelbergeril y otros), que reducían los rudimentos del lenguaje infantil a procesos afectivos- volitivos y que negaban toda participación del factor intelectual en su aparición, adopta de hecho el mismo punto de vista puramente lógico, antigenético de Ament, Reimut y otros. Aunque considera que él expresa un punto de vista- más moderado, en realidad va más lejos que Ament en este sentido; si el intelectualismo de éste último tenía un carácter meramente empírico, positivista, el de Stern se transforma claramente en una concepción metafísica e idealista. Ament simplemente exageraba con ingenuidad, por analogía con los adultos, la capacidad del niño para pensar lógicamente. Stern no repite ese error, pero comete uno más grave: convierte el pensamiento en algo primario, lo considera como la raíz, como la causa primera de la aparición del sentido en el lenguaje.
Aunque pueda resultar paradójico, el intelectualismo se refleja más inconsistente e inadecuado precisamente ahí donde parece que debería radicar su legítima esfera de aplicación, en la teoría del pensamiento. Según Köhler el intelectualismo resulta especialmente inconsistente en la teoría del pensamiento; sus investigaciones demuestran de forma plenamente convincente lo acertado de su afirmación. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en el libro de Stern. Su parte menos convincente e internamente mis contradictoria es la dedicada al problema de las relaciones entre pensamiento y lenguaje. Se podía esperar que reducir el problema central del sentido del lenguaje a la tendencia intencional y a una operación intelectual, aportaría mucha luz a la cuestión de la relación e interacción entre el lenguaje y el pensamiento. En realidad, semejante enfoque del problema, presupone de antemano una inteligencia ya formada, impide indagar la complejísima interacción dialéctica entre la inteligencia y el lenguaje.
Es más, problemas que según el propio Stern deberían estar presentes en la investigación contemporánea sobre el niño, tales como el lenguaje interno, su aparición y su relación con el pensamiento, entre otros, apenas figuran en su libro. Stern cita los resultados de las investigaciones de Piaget sobre el lenguaje egocéntrico, pero los analiza exclusivamente en relación con la conversación del niño, sin interesarse ni por las funciones, ni por la estructura, ni por la importancia evolutiva de esa forma de lenguaje (ibídem, págs. 146-149) que, de acuerdo con la hipótesis que hemos expuesto, puede ser considerada como una forma de transición evolutiva, como la etapa intermedia entre el lenguaje externo e interno.
En general, Stern no analiza los complejos cambios funcionales y estructurales del pensamiento en relación con el desarrollo del lenguaje. Esta circunstancia es particularmente evidente en la traducción de las primeras palabras del niño al lenguaje adulto. Esta cuestión constituye la piedra de toque de cualquier teoría sobre el lenguaje infantil y, precisamente por eso, es el punto focal donde coinciden las principales teorías actuales sobre el desarrollo del lenguaje infantil. No es exageración afirmar que la estructura general de cualquier teoría del lenguaje infantil está determinada por cómo se interpretan o traducen las primeras palabras del niño.
Stern no ve posible interpretar las primeras palabras del niño en un plano exclusivamente intelectual, o exclusivamente afectivo-volitivo. Como es sabido, en oposición a la interpretación intelectualista de las primeras palabras del niño como denominación de objetos, Meumann afirma (y en ello ve Stern, con toda la razón, su enorme mérito), que «al principio, el lenguaje activo del niño no invoca ni nombra ningún objeto ni acción circundante, el significado de esas palabras tiene tan sólo carácter emocional y volitivo» (Meumann, 1928, pág. 182). Al analizar las primeras palabras del niño, Stern, contradiciendo a Meumann, demuestra concluyentemente que con frecuencia «prevalece la indicación del objeto» sobre «el suave tono emocional» (Stern y Stern, 1928, pág. 183). Es muy importante señalar esto último. Como muestran de modo irrefutable los datos y el propio Stern reconoce, la indicación del objeto ‘Hindeuten auf das Objekt), surge en los «preestadios» iniciales (Ein primitivieren Entwicklungsstadien) del lenguaje infantil, antes de la aparición de cualquier intencionalidad, descubrimiento, etc. Este hecho parece hablar de forma suficientemente convincente contra el reconocimiento del carácter primario de la tendencia intencional.
Una amplia serie de factores expuestos por el propio Stern parecen ratificar esta idea: por ejemplo, el papel mediador de los gestos, concretamente del gesto de señalar, en el establecimiento del significado de las primeras palabras (ibídem, pág. 166); o los experimentos de Stern, donde se pone de manifiesto la relación directa entre la supremacía del significado objetivo de las primeras palabras sobre el afectivo, por un lado, y la función indicadora de esas palabras (»indicación de algo objetivo») por otro (ibídem, pág. 166 y siguientes); análogas observaciones han sido llevadas a cabo por otros autores y por el propio Stern, etc. etc.
Pero Stern rechaza el camino genético, el único posible para explicar coherentemente desde un punto de vista científico cómo el sentido del lenguaje surge en el proceso de desarrollo de la intencionalidad, cómo «la orientación hacia un significado concreto» procede de la orientación del signo indicador (el gesto, o la primera palabra) hacia un determinado objeto y, en última instancia, de la orientación afectiva hacia el objeto. Como ya hemos dicho, Stern prefiere el atajo de la explicación intelectualista (la aparición del sentido viene de la tendencia del sentido) al largo y complicado recorrido dialéctico de la explicación genética.
He aquí cómo traduce Stern las primeras palabras del lenguaje infantil. «El mamá del niño —dice—, traducido al lenguaje desarrollado, no significa la palabra «madre» sino la oración «mamá, ven aquí» «mamá, dame» «mamá, siéntame en la silla» «mamá, ayúdame» etc. (ibídem, pág. 180). Si nos fijamos de nuevo en los hechos, es fácil reconocer que realmente no es la palabra mamá en sí lo que se traduce al lenguaje adulto como, por ejemplo, «mamá, siéntame en la silla» sino todo el comportamiento del niño en ese momento (gatea hacia la silla, intenta sujetarse a ella con las manos, etc.). En una situación como ésta, la orientación «afectivo-volitiva» hacia el objeto (usando el término de Meumann) es todavía inseparable de la «orientación intencional» del lenguaje hacia determinado sentido; lo uno y lo otro están aún fundidos en una unidad inseparable, y la única traducción correcta del mamá infantil y en general de las primeras palabras del niño es el gesto indicador del cual comienzan a ser el equivalente, el sustituto convencional.
Hemos llegado a propósito en este punto central de todo el sistema metodológico y teórico de Stern, y sólo en calidad de ilustración hemos recurrido a algunos aspectos de las explicaciones concretas del psicólogo alemán sobre determinadas etapas del desarrollo del lenguaje en el niño. Aquí no podemos comentar con cierta amplitud y detalle todo su riquísimo contenido, ni siquiera las cuestiones más importantes del mismo. Diremos únicamente que el carácter intelectualista, la tendencia antigenética, se pone de manifiesto también en la interpretación de los restantes problemas trascendentales: los problemas del desarrollo de los conceptos, de los principales estadios en el desarrollo del lenguaje •y el pensamiento, etc. Al señalar ese rasgo hemos mostrado el eje principal de la teoría psicológica de Stern, es más, de todo su sistema psicológico. Para terminar, queremos subrayar que ese rasgo no es casual, se deriva inexorablemente de las premisas filosóficas del personalismo, es decir, del fundamento metodológico del sistema general de Stern, y esas premisas lo condicionan por completo.
Stern intenta en la teoría del lenguaje infantil, como en la teoría general del desarrollo infantil, superar las posiciones extremas de empiristas e innatistas. -Por una parte, enfrenta su punto de vista sobre el desarrollo del lenguaje con el de Wundt, para quien el lenguaje infantil es un producto (<del medio que rodea al niño, en el cual participa en realidad sólo pasivamente» y, por otra parte, lo opone al de Ament, para quien el primer lenguaje infantil (las onomatopeyas y el denominado Amrnensprache (12) es un logro de incontables generaciones de niños a lo largo de miles de años. Stern trata de tener en cuenta también el papel de la imitación y de la actividad espontánea del niño en la evolución del lenguaje. «Hemos de aplicar aquí —dice— el concepto de convergencia: solamente la interacción constante de las aptitudes internas en las que se basa la disposición a hablar y las condiciones externas que, a través del lenguaje de las personas que rodean al niño, proporcionan a esas aptitudes el punto de aplicación y los elementos para su ejercicio, hace que el niño consiga dominar el lenguaje» (ibídem, pág. 129).
La convergencia no es para Stern tan sólo el procedimiento de explicar el desarrollo del lenguaje, sino un principio general para la explicación causal del comportamiento humano. En esta ocasión, el principio general es aplicado al caso panicular de la asimilación del lenguaje por parte del niño. En realidad es un ejemplo más de que, citando a Goethe, «las palabras de la ciencia ocultan la esencia». El sonoro vocablo «convergencia>) refleja un indiscutible principio metodológico (la exigencia de estudiar el desarrollo como proceso condicionado por la interacción del organismo y el medio) ¡ibera en la práctica al autor de analizar los factores sociales y del medio en el desarrollo del habla. Ciertamente Stern enfatiza que el medio social constituye el factor principal de desarrollo del lenguaje del niño (ibídem, pág. 291), pero en la práctica limita el papel de este factor a la influencia puramente cuantitativa de retardo o aceleración de los procesos de desarrollo, cuyo curso está subordinado a regularidades internas, inmanentes. Eso lleva al autor a sobreestimar en exceso los factores internos, como hemos intentado mostrar en el ejemplo de la explicación sobre el sentido del lenguaje. Esta sobrestimación se deriva de la idea principal de Stern.
La idea principal de Stern es la idea del personalismo: la personalidad como unidad psicofísica neutral. «Consideramos el lenguaje infantil —dice— ante todo como un proceso radicado en la integridad de la personalidad» (ibídem, pág 121). Para Stern, la personalidad es «algo que existe en la realidad, que a pesar de las múltiples panes constituye una unidad real, específica y que se valora a sí misma, y como tal, a pesar de sus múltiples funciones parciales, actúa como una unidad orientada hacia un fin determinado» (Stern, 1905, pág. 16).
Como es evidente, semejante concepción monádica de la personalidad de esencia metafísico idealista no puede por menos de conducir al autor a una teoría personalista del lenguaje, es decir, a una teoría que deduce el habla, sus orígenes y sus funciones de «la integridad de la personalidad que se desarrolla hacia un fin determinado». De ahí procede el intelectualismo y el antigenetismo. En ninguna parte se refleja esta orientación metafísica de la personalidad monádica con tanta claridad como en el enfoque de los problemas del desarrollo; en ninguna parte, este personalismo extremado, que desconoce la naturaleza social de la personalidad, conduce a tales absurdos como en la doctrina del lenguaje, siendo éste un mecanismo social de comportamiento. La concepción metafísica de la personalidad, que deduce todos los procesos del desarrollo de la tendencia de la personalidad a autodirigirse hacia un objetivo determinado, trastoca la relación genética real entre la personalidad y el lenguaje: en lugar de una historia del desarrollo de la propia personalidad, en la cual el habla desempeña un importante papel, se crea una metafísica de la personalidad de cuya tendencia a la intencionalidad nace el lenguaje.

Notas

12 * Ammensprache literalmente, habla de nodriza. Es un concepto equivalente a «habla maternal. (en inglés, .baby talle.), referido a la forma peculiar de habla utilizada por los adultos para dirigirse a los bebés a su cuidado. [ de la edición española, A. L..]

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