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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Lev Semiónovich Vygotsky. CAPÍTULO 4: Las raíces genéticas del pensamiento y el lenguaje



CAPÍTULO 4

Las raíces genéticas del pensamiento y el lenguaje.

Apartado 1
El hecho principal que nos encontramos en el análisis genético del pensamiento y el lenguaje es que la relación entre ambos procesos no es constante a lo largo de su desarrollo, sino variable. La relación entre el pensamiento y el lenguaje cambia durante el proceso de desarrollo, tanto en cantidad como en calidad. En otras palabras, la evolución del lenguaje y el pensamiento no es paralela ni uniforme. Sus curvas de crecimiento se juntan y separan repetidas veces, se cruzan, durante determinados períodos se alinean en paralelo y llegan incluso a fundirse en algún momento, volviendo ¿ bifurcarse a continuación. Esto ocurre así, tanto en la filogenia como en la ontogenia. M adelante intentaremos demostrar que la relación entre el pensamiento y el lenguaje no es constante en todos los casos de deterioro, retraso, involución y cambios patológicos del intelecto o del habla; por el contrario, adopta en cada caso una forma específica característica precisamente del tipo concreto de proceso patológico, del cuadro concreto de alteración o retraso. Volviendo al desarrollo, lo primero que tenemos que decir es que el pensamiento y el lenguaje proceden de raíces genéticas independientes. Este hecho ha quedado demostrado consistentemente por toda una serie de investigaciones en el dominio de la psicología animal. Ambas funciones, en todo el reino animal, no sólo tienen raíces diferentes; su desarrollo, además, sigue líneas distintas. Las recientes investigaciones sobre el intelecto y el lenguaje de los antropoides, especialmente las de Köhler (1921a) y Yerkes’ (Yerkes y Learned, 1925) tienen un valor decisivo para revelar este hecho transcendental.
Los experimentos de Köhler ofrecen una demostración patente de que los rudimentos del intelecto, es decir, del pensamiento propiamente dicho, surgen en los animales con independencia del desarrollo del lenguaje y sin relación alguna con sus logros. Las «invenciones» de los monos en la preparación y uso de instrumentos o en el empleo de vías indirectas (rodeos) durante la resolución de diferentes tareas, constituyen indudablemente una fase inicial en el desarrollo del pensamiento, pero una fase prelingüística.
Según el propio Köhler, la principal conclusión del conjunto de sus investigaciones consiste en haber demostrado que el chimpancé manifiesta rudimentos de un comportamiento intelectual similar al del hombre (Köhler, 1921a, pág. 191). La ausencia de lenguaje y lo limitado de la huella estimular (las representaciones) son las principales razones de la enorme diferencia existente entre el antropoide y el hombre más primitivo. Köhler escribe: «La falta de una herramienta tan infinitamente valiosa (el lenguaje) y las limitaciones del importantísimo material intelectual básico, las denominadas representaciones, explican por qué al chimpancé le resultan inaccesibles incluso los rudimentos elementales del desarrollo cultural (ibídem, pág. 192).
En resumen, la conclusión principal de las investigaciones de Köhler en relación con el problema que nos interesa puede ser formulada como sigue: se manifiesta una inteligencia parecida a la humana en ausencia de un lenguaje más o menos comparable al humano, luego las operaciones intelectuales son, en los antropoides, independientes del «lenguaje».
Como es sabido, las investigaciones de Köhler han sido objeto de numerosas críticas; las publicaciones sobre esta cuestión han aumentado, tanto en cantidad de trabajos, como en variedad de criterios teóricos y perspectivas que representan. No hay unanimidad entre los psicólogos de diferentes corrientes y escuelas a la hora de interpretarlos teóricamente.
El propio Köhler acota su tarea. El no pretende desarrollar una teoría sobre el comportamiento intelectual (ibídem, pág. 134); se limita a analizar sus observaciones empíricas y tan sólo ofrece explicaciones teóricas cuando es necesario demostrar la especificidad de las reacciones intelectuales en comparación con las reacciones casuales resultantes de tanteos por ensayo y error, con selección de las respuestas exitosas y posterior combinación mecánica de movimientos aislados.
Köhler rechaza la hipótesis de la casualidad en la explicación del origen de las reacciones intelectuales del chimpancé y se limita a este posicionamiento teórico meramente negativo. Con igual decisión, pero también de forma negativa, se aparta de las concepciones biológicas idealistas de la teoría de lo inconsciente de Hartmann, de la concepción del «impulso vital» (elan vital) de Bergson y de las concepciones de los neovitalistas y los psicovitalistas con su idea de «fuerzas propositivas» en la materia viva. Todas estas teorías, cuyas explicaciones recurren explícita o implícitamente a agentes inobservables o mágicos, están para Köhler fuera del conocimiento científico (ibídem, págs. 152-153). «Debo subrayar con verdadera insistencia —dice— que no hay alternativa: o la casualidad, o los agentes sobrenaturales» (Agenten jenseits der Erfahrung) (ibídem pág. 153).
Por tanto, no encontramos una teoría de la inteligencia más o menos acabada y científicamente convincente ni entre los psicólogos de las diferentes orientaciones, ni tampoco en el propio Köhler. Por el contrario, tanto los partidarios consecuentes de la psicología biológica (Thorndike 3, Vágner Borovski como los de la psicología subjetivista (Bühler, Lindvorski, Jaensh), ponen en duda la tesis principal de Köhler, cada uno desde su punto de vista, los primeros dudan de la imposibilidad de limitar el intelecto del chimpancé al conocido método de ensayo y error, mientras los subjetivistas dudan de la afinidad entre el intelecto del chimpancé y el del hombre, de la posibilidad de pensamiento antropomorfo en los antropoides.
Por eso resulta tan curioso que, tanto quienes no ven en los actos del chimpancé nada más allá de los mecanismos instintivos, los «ensayos y errores» «nada más que el conocido proceso de la formación de hábitos» (Borovski, 1927, pág. 179), como quienes temen reducir las raíces del intelecto incluso a las formas más avanzadas del comportamiento de los monos, reconocen por igual en primer lugar la autenticidad de las observaciones de Köhler y, en segundo lugar, la independencia entre los actos y el lenguaje del chimpancé, lo cual es para nosotros aún más importante.
Esto justifica la afirmación de Bühler: «Los actos del chimpancé son completamente independientes del lenguaje y, en el ser humano, las formas más evolucionadas de pensamiento técnico-instrumental (Werkzeugdenken) guardan mucha menos relación con el lenguaje y los conceptos que otras formas de pensamiento» (1930, pág. 48). Más adelante volveremos a esta indicación de Bühler. En efecto, todas las investigaciones experimentales y las observaciones clínicas disponibles sobre esta cuestión apoyan la idea de que en el pensamiento del adulto la relación entre el intelecto y el lenguaje no es constante e igual para todas las funciones, para todas las formas de actividad intelectual o verbal.
También Borovski, en desacuerdo con Hobhouse, que atribuye a los animales un «razonamiento práctico» y con Yerkes, que encuentra procesos de «ideación» en los primates superiores, se pregunta: « los animales de algo análogo a los hábitos de lenguaje del hombre? Dado el estado actual de nuestros conocimientos, —responde— me parece más acertado decir que no existen suficientes motivos para atribuir hábitos de lenguaje ni a los monos ni a cualesquiera otros animales, con la excepción del hombre» (Borovski, 1927, pág. 189).
La cuestión sería fácil de resolver si realmente no encontrásemos en los monos rudimento alguno de lenguaje, nada genéticamente afín al lenguaje. Sin embargo, en el chimpancé nos encontramos de hecho, como muestran investigaciones recientes, un «lenguaje» relativamente desarrollado en ciertos aspectos (sobre todo en el fonético) y en cierto grado semejante al del hombre. Pero, y eso es lo más notable, el lenguaje del chimpancé y su inteligencia funcionan independientemente uno de otro.
Basándose en sus años de observaciones en la Estación Antropoidea de la isla de Tenerife, Köhler escribe sobre el «lenguaje» del chimpancé: «Todas sus manifestaciones fonéticas sin excepción reflejan tan sólo sus deseos y sus estados subjetivos; por tanto, se trata de expresiones emocionales, nunca son signo de algo «objetivo» (Köhler, 1921a, pág. 27).
Sin embargo, dada la cantidad de elementos sonoros de la fonética del chimpancé semejantes a la fonética humana, podemos estar seguros de que la ausencia de un lenguaje «semejante al del hombre» en el chimpancé no se explica por causas periféricas. Considerando absolutamente cierta la conclusión de Köhler acerca del lenguaje de los chimpancés, Delacroix señala con todo fundamento que los gestos y la mímica de los primates no revelan —natural mente, no por causas periféricas— la menor huella de estar expresando (o, mejor, significando) algo objetivo, es decir, de desempeñar la función de signo (Delacroix, 1924, pág. 77).
El chimpancé es en gran medida un animal social, su comportamiento sólo puede ser correctamente comprendido cuando se encuentra entre sus congéneres. Köhler ha descrito formas muy distintas de «comunicación verbal» entre los chimpancés. En primer lugar debe mencionarse la gesticulación emocional-expresiva, muy viva y rica en estos animales (mímica, gestos y reacciones sonoras). Le siguen los gestos expresivos de las emociones sociales (de saludo, etc.). Pero sus gestos y sus sonidos expresivos —dice Köhler — nunca significan o describen algo objetivo.
Estos animales comprenden perfectamente la mímica y los gestos de los otros. Con ayuda de gestos expresan no sólo sus estados emocionales, dice Köhler, sino también los deseos y los impulsos dirigidos hacia otros monos o hacia otros objetos. El procedimiento más extendido en estos casos consiste en que el chimpancé inicia el movimiento o la acción que quiere realizar o que quiere estimular en otro animal (empujar a otro animal a comenzar a andar, cuando el chimpancé le invita a ir con él; los movimientos de prensión, cuando un mono quiere recibir de otro un plátano, etc.). Todos éstos son gestos relacionados directamente con la propia acción.
En general, estas observaciones confirman plenamente la hipótesis de Wundt según la cual los gestos indicadores, que constituyen la fase más primitiva de desarrollo del lenguaje humano, no aparecen todavía en los animales, salvo en los primates, para los que ese gesto representa una fase intermedia entre el movimiento de agarrar y el de indicar. En cualquier caso, nos inclinamos a considerar este gesto de transición como un importantísimo paso en el aspecto genético del lenguaje puramente emocional al objetivo.
Köhler señala más adelante cómo este tipo de gestos ayuda en el curso de la experiencia a crear formas primitivas de explicación, precedentes funcionales de las instrucciones orales. Estos gestos son más próximos al lenguaje humano que el cumplimiento inmediato de las órdenes orales de los vigilantes españoles (come, entra*, etc.) por parte de los monos, que en esencia no se diferencia en nada de las mismas respuestas por parte de los perros.
Los chimpancés observados por Köhler en sus juegos «pintaban» con arcilla de color usando primero los labios y la lengua a modo de pincel y luego pinceles de verdad (Köhler, 1921a, pág. 70), pero estos animales, que normalmente transferían a sus juegos los procedimientos de comportamiento (como el - uso de instrumentos) aprendidos en situaciones experimentales formales y, a la inversa, transferían los procedimientos de juego a la vida real, nunca llegaron a mostrar el menor vestigio de estar creando signos al pintar. «Hasta donde sabemos, es completamente inverosímil —dice Bühler— que un chimpancé haya visto jamás un signo gráfico en una mancha» (1930, pág. 320).
Como dice el mismo autor en otro lugar, esa misma reserva es generalizable para valorar adecuadamente otros comportamientos «humanos» del chimpancé. «Ciertos hechos nos previenen de sobrevalorar los actos de los chimpancés. Sabemos que ningún explorador ha tomado a los gorilas o los chimpancés por personas, ni ha encontrado entre ellos instrumentos o prácticas tradicionales, distintos en cada tribu, que revelen la transmisión de los descubrimientos logrados de una generación a otra. Ninguna marca en piedra arenisca o en arcilla que pueda ser tomada por un dibujo representando algo, ni siquiera un adorno rasguñado durante el juego. Nada parecido a una lengua, es decir, sonidos equivalentes a nombres. Debe haber algunas razones internas para todo ello en conjunto» (ibídem, págs. 42-43).
Yerkes parece ser el único de los actuales investigadores de los antropoides para quien la causa de la ausencia de un lenguaje semejante al del hombre en el chimpancé no radica en «causas internas». Sus investigaciones sobre la inteligencia de los orangutanes le han suministrado en general resultados muy similares a los datos de Köhler; sin embargo, su interpretación va mucho más lejos que la de aquél. Según Yerkes, en el orangután se puede constatar una «ideación superior» si bien no por encima del pensamiento de un niño de tres años (Yerkes, 1916, pág. 132).
No obstante, un análisis crítico de la teoría de Yerkes pone fácilmente al descubierto su principal debilidad: no hay demostración objetiva de que el orangután resuelva las tareas experimentales con la ayuda de procesos de «ideación superior» es decir, con ayuda de representaciones o de huellas de estímulos. En definitiva, lo decisivo para admitir la «ideación» en el comportamiento del orangután es, para Yerkes, la analogía basada en su semejanza externa con el del hombre. Pero, como es evidente, la analogía no es un procedimiento científico suficientemente convincente. Esto no quiere decir que en general no se pueda usar en las investigaciones del comporta miento de los animales superiores; Köhler ha demostrado perfectamente la posibilidad de recurrir a ella dentro de los límites de la objetividad científica. Nosotros mismos tendremos ocasión de retomarla más adelante. Pero no existe fundamento científico para basar todas las conclusiones únicamente en una analogía como ésta.
Por el contrario, Köhler, con un análisis experimental minucioso, ha mostrado precisamente la influencia determinante de la configuración visual inmediata en el comportamiento del chimpancé. Bastaba, sobre todo en las primeras sesiones del experimento, con desplazar algo el palo que le servía como instrumento para alcanzar el fruto situado fuera de la jaula, de modo que el palo (instrumento) y el fruto (objetivo) no estuviesen en el mismo campo visual, para que la solución de la tarea se complicase notablemente y a menudo resultase imposible. En otras ocasiones, para alcanzar un objetivo distante sirviéndose de un instrumento más largo, el chimpancé había aprendido a empalmar dos palos insertando uno en una abertura existente en el extremo del otro. Era suficiente con presentarle los dos palos cruzados en forma de X para que la familiar y repetida operación de empalmar el instrumento le resultase imposible.
Podríamos citar decenas de datos experimentales a favor de lo dicho, pero será suficiente recordar dos: 1) de acuerdo con Köhler, una configuración visual inmediata y simple es la condición metodológica general, básica e indispensable de cualquier investigación de la inteligencia del chimpancé, condición sin la cual suele resultar imposible su estudio, y 2) según las conclusiones de Köhler, el rasgo básico y más general característico del comportamiento intelectual del chimpancé es precisamente su inherente limitación para la representación ( Es suficiente recordar estos dos puntos para considerar más que dudosa la conclusión de Yerkes. Es más; no se trata de consideraciones o convicciones generales de origen incierto, sino la única conclusión lógica posible de los experimentos llevados a cabo por Köhler.
Las investigaciones más recientes de Yerkes sobre la inteligencia y el lenguaje de los chimpancés también están relacionadas con la suposición del «comportamiento ideacional» en los antropoides. Respecto a la inteligencia, los nuevos resultados confirman lo establecido en las investigaciones precedentes del propio autor y otros psicólogos, sin ampliar, profundizar o delimitar más exactamente esos datos. Pero respecto al análisis del lenguaje, estos experimentos y observaciones sí que proporcionan nuevo material empírico y un intento nuevo y extraordinariamente audaz de explicar la ausencia de un lenguaje semejante al humano en el chimpancé.
«Las reacciones vocales —dice Yerkes—. son bastante frecuentes y variadas en los chimpancés jóvenes, pero el habla, en el sentido humano de la palabra, está ausente» (Yerkes y Learned, 1925, pág. 53). Su aparato fonador está desarrollado y no funciona peor que el humano, pero en ellos no aparece la tendencia a imitar los sonidos. Su imitación se reduce casi exclusivamente a la esfera de los estímulos visuales: imitan actos, no sonidos. Son incapaces de hacer lo que el papagayo hace con tan buen resultado. «Si la tendencia imitativa del papagayo se conjugase con. un intelecto de la calidad del chimpancé, sin duda alguna éste tendría también lenguaje, ya que dispone de un mecanismo fonador comparable al humano ‘y del tipo y grado de inteligencia con cuya ayuda podría ser completamente capaz de utilizar en la práctica los sonidos para fines lingüísticos» (ibídem).
Yerkes ha utilizado experimentalmente cuatro métodos para enseñar al chimpancé a emplear los sonidos como el hombre o, como él mismo dice, a hablar. Todos dieron resultados negativos. Como es lógico, de por sí los resultados negativos no permiten dar una respuesta definitiva al problema esencial: si es posible o no conseguir que el chimpancé hable. Köhler ha mostrado que los resultados negativos sobre la existencia de intelecto en el chimpancé a que habían llegado los experimentadores precedentes dependían ante todo del planteamiento incorrecto de tales experimentos, del desconocimiento de la «zona de dificultad» dentro de cuyos límites, únicamente, puede manifestarse el intelecto del chimpancé, del desconocimiento de la principal característica de ese intelecto, su estrecha dependencia de la configuración visual inmediata, etc. La causa de los resultados negativos puede radicar con mucha mayor frecuencia en el propio investigador, que en los fenómenos a analizar. Del hecho de que el animal no haya resuelto las tareas en cuestión en unas determinadas condiciones, no se desprende en absoluto que no sea capaz de resolver tarea alguna en ninguna circunstancia. «Las investigaciones de las capacidades intelectuales —ironiza Köhler— prueban a la vez tanto al animal sometido a examen, como al propio experimentador» (1921a, pág. 191).
No obstante, aunque no demos importancia decisiva a los resultados negativos de los experimentos de Yerkes en sí mismos, tenemos sobrado fundamento para relacionarlos con lo que sabemos por otras fuentes sobre el lenguaje de los monos. Y así, sus experimentos vienen a mostrar una vez más que los primates carecen de un lenguaje análogo al del hombre, ni siquiera de sus rudimentos, y cabe suponer que no pueden llegar a tenerlo (conviene, sin embargo, distinguir entre la carencia de lenguaje y la imposibilidad de adquirirlo artificialmente en condiciones preparadas experimentalmente con tal propósito).
¿Cuáles son las causas de esto? Los experimentos y las observaciones de Yerkes y Learned excluyen como causas el insuficiente desarrollo del aparato fonador y las limitaciones fonéticas. Para Yerkes la causa consiste en la ausencia o la debilidad de la imitación auditiva. Yerkes tiene naturalmente razón en que la ausencia de imitación auditiva puede haber sido la causa inmediata del fracaso de sus experimentos, pero es discutible que esa sea la razón principal de la ausencia de lenguaje en los monos. Todo lo que sabemos de la inteligencia de los chimpancés desmiente esa suposición, por más que Yerkes la considere categóricamente un hecho objetivo.
¿Cuál es el fundamento objetivo para afirmar que la inteligencia del chimpancé es del tipo y desarrollo necesario para producir. un lenguaje semejante al del hombre? Yerkes pudo disponer de un magnífico procedimiento experimental para comprobar y demostrar su tesis, pero por alguna razón no utilizó. De buen grado recurriríamos a ese procedimiento para resolver experimentalmente la cuestión en caso le presentarse la posibilidad de hacerlo.
Este procedimiento consiste en excluir la influencia de la imitación auditiva en el experimento de enseñar a hablar a los chimpancés. El lenguaje no se limita exclusivamente a la forma sonora. Los sordomudos han creado y utilizan un lenguaje visual. También se enseña a los niños sordomudos a comprender nuestro lenguaje leyendo en los movimientos de los labios. En los idiomas de los pueblos primitivos, como muestra I (1922), el lenguaje gestual coexiste con el sonoro y desempeña un importante papel.
Por último, el lenguaje como tal no está en modo alguno necesariamente liga do a un determinado soporte materia! (compárese el lenguaje escrito). Quizá, sugiere el propio Yerkes, sea posible enseñar a los chimpancés a usar los dedos tal como hacen los sordomudos, es decir, enseñarles el lenguaje de signos.
Si es verdad que la inteligencia del chimpancé le permite dominar el lenguaje humano y que su única dificultad consiste en no poseer la habilidad del papagayo para imitar los sonidos, podría entonces ser capaz, en condiciones experimentales, de manejar gestos convencionales con una función psicológica en todo equivalente a los sonidos convencionales. En lugar de los sonidos va-va o pa-pa utilizados por Yerkes, la reacción articulatoria del chimpancé consistiría en determinados movimientos de la mano como, por ejemplo, los usados en el alfabeto manual de los sordomudos para representar los mismos sonidos, o en otros movimientos cualesquiera. Lo importante no son los sonidos, sino el uso funcional de signos equivalente al lenguaje humano.
Experimentos de este tipo no han sido llevados a cabo y no podemos prever con certeza a dónde conducirían. Pero todo lo que sabemos del comportamiento de los chimpancés, incluidas las aportaciones de los experimentos de Yerkes, no da pie a esperar que el chimpancé adquiera realmente el lenguaje en sentido funcional. Nuestra idea es tan simple porque no hay ni un solo indicio de que los chimpancés utilicen signos. De lo único que tenemos certeza objetiva acerca de la inteligencia de estos animales no es de la existencia de «ideación» sino del hecho de que, en determinadas circunstancias, el chimpancé es capaz de emplear instrumentos muy sencillos y recurrir a rodeos.
Esto no quiere decir en modo alguno que la existencia de la «ideación» sea una condición necesaria para el origen del lenguaje. Esa es una cuestión ulterior. Pero para Yerkes hay, sin duda, una relación entre admitir la «ideación» como forma principal de actividad intelectual de los antropoides y afirmar que el lenguaje humano está a su alcance. Este nexo es tan evidente y tan importante que basta con adoptar otra teoría sobre el comportamiento intelectual del chimpancé para que, con ella, se venga también abajo la tesis de que un lenguaje de tipo humano está al alcance de este animal.
En realidad, si la «ideación» es en efecto la base de la actividad intelectual del chimpancé, entonces, ¿por qué no podemos admitir que el chimpancé pudiendo resolver una tarea usando instrumentos pueda resolver una tarea donde esté presente el lenguaje y el signo en general, de la misma manera que resuelve la tarea el hombre. (Se trata tan sólo de una suposición, no es en modo alguno un hecho demostrado.)?
No necesitamos ahora comprobar críticamente la veracidad de la analogía psicológica entre la tarea de emplear instrumentos y la de emplear conscientemente el lenguaje. Tendremos ocasión de hacerlo cuando nos ocupemos del desarrollo ontogenético del lenguaje. Ahora es más que suficiente recordar lo que hemos dicho sobre la «ideación» para poner de manifiesto toda la fragilidad, la arbitrariedad y la falta de fundamento empírico de la teoría del habla del chimpancé desarrollada por Yerkes.
Recordemos, en efecto, que el intelecto del chimpancé se caracteriza por la ausencia de «ideación» es decir, la incapacidad para operar con huellas de estímulos ausentes. La presencia de una configuración visual inmediata, fácilmente perceptible, patente en todo momento, constituye una condición indispensable para que el chimpancé recurra al uso adecuado de instrumentos. ¿Se dan estas condiciones (hasta ahora nos hemos referido tan sólo a una condición, puramente psicológica, porque tenemos constantemente en cuenta las circunstancias experimentales de Yerkes) en la situación en la cual el chimpancé podría descubrir el uso funcional del signo, el uso del lenguaje?
No se necesita ningún análisis especial para responder negativamente a esta pregunta. Es más: en ninguna situación, el uso del lenguaje puede convertirse en función de la organización del campo visual. Exige una operación intelectual de otro género, no del tipo ni del grado encontrados en el chimpancé. Nada de lo que sabemos del comportamiento de este animal evidencia la presencia de este tipo de operación; por el contrario, como hemos expuesto más arriba, para la mayoría de los investigadores la ausencia de esta operación es precisamente la diferencia más importante la inteligencia de! chimpancé y la humana.
En todo caso, tenemos dos hechos indiscutibles. El primero: el empleo racional del habla es una función intelectual, en ningún caso está determinada directamente por la configuración visual. El segundo: en todas las tareas que no implicaban configuraciones visuales inmediatas, sino relaciones de otra naturaleza (mecánicas, por ejemplo), los chimpancés pasaban del modo inteligente de comportamiento al puro y simple procedimiento de ensayo y error. Por ejemplo, una operación tan sencilla desde el punto de vista humano, como colocar un cajón sobre otro manteniendo el equilibrio o quitar una anilla de un clavo, sobrepasa las habilidades «naturales» del chimpancé para la estática y la mecánica (Köhler, 1921a, págs. 106 y 177). Esto es generalizable a todas las relaciones no visuales. La conclusión lógica inevitable en un análisis psicológico de estos dos hechos es que resulta altamente improbable la hipotética posibilidad de que el chimpancé pueda dominar el lenguaje humano.
Es curioso que Köhler introduzca el término Einsicht13 (cuya acepción literal más común es aprehender) para designar las operaciones intelectuales del chimpancé. Kafka señala agudamente que Köhler usa ese término al principio en su sentido literal de visión (Kafka, 1922, pág. 130) y más adelante lo generaliza a la percepción o comprensión de las relaciones, en oposición a la acción ciega.
Ciertamente Köhler nunca ha definido el término ni la teoría de esta «aprehensión». También es cierto que, a falta de la teoría para describir el comportamiento, el término adopta un doble sentido en su uso empírico: unas veces sirve para denominar las características peculiares de las operaciones que realiza el chimpancé, la estructura de sus actos, y otras para referir el proceso interno que prepara esos actos del chimpancé y los precede psicofisiológicamente en tanto que son la simple ejecución del plan interno de la operación. Bühler insiste especialmente el carácter interno de este proceso (1930, pág. 33). Borovski, en la misma línea, supone que si bien el mono «no hace intentos visibles (no alarga los brazos), en cambio ensaya en sus músculos» (1927, pág. 184).
Dejaremos de momento a un lado esta importantísima cuestión, porque no podemos ocuparnos en este momento de estudiarla en toda su extensión y además es poco probable que dispongamos de suficientes datos empíricos para resolverla; en todo caso, lo que se dice a este respecto se basa más bien en disquisiciones de carácter teórico general y en analogías con formas de comportamientos superiores e inferiores (el procedimiento de ensayo y error en los animales y el pensamiento humano) que en datos experimentales contrastados.
Tenemos que reconocer francamente que los experimentos de Köhler (y menos aún los de otros psicólogos objetivamente menos consecuentes) no permiten dar una respuesta más o menos concreta a esta cuestión. En cuanto al mecanismo de la reacción intelectual, los experimentos de Köhler no dan respuesta concreta alguna, ni siquiera hipotética; pero es indudable que como quiera que nos representemos el funcionamiento de este mecanismo y donde quiera que lo localicemos, en los propios actos del chimpancé o en el proceso preparatorio interno (tanto si es en la psicofisiología cerebral, como en la inervación muscular), sigue siendo válida la tesis sobre su dependencia de la situación inmediata y no de representaciones, ya que la inteligencia del chimpancé no funciona fuera de la configuración visual inmediata. Por ahora es esto y sólo esto lo que nos interesa.
«Incluso el mejor instrumento —dice a propósito Köhler— pierde fácil mente su valor ante una determinada situación si el ojo no puede captarlo simultáneamente o cuasi simultáneamente con el objetivo» (Köhler, 1921a, pág. 39). Al hablar de percepción cuasi simultánea, Köhler se refiere a las ocasiones en que el ojo no percibe los distintos elementos de la situación directa y simultáneamente con el objetivo, sino que o bien los percibe en proximidad temporal inmediata con él, o bien habían sido empleados repetidas veces anteriormente en una situación similar, o sea, puede decirse que son simultáneos en su función psicológica.
Así pues, este análisis quizás excesivamente prolijo nos conduce una vez mas, a diferencia de Yerkes, a una conclusión totalmente opuesta respecto a las posibilidades del chimpancé para adquirir un lenguaje semejante al del hombre: incluso en si este animal, dada su capacidad intelectual, tuviese la habilidad imitativa y las facultades del papagayo, es altamente improbable suponer que llegue a dominar el lenguaje. Pero además —y esto es lo más importante de todo—, aunque posee un lenguaje propio rico y en otros aspectos muy semejante al del hombre, este lenguaje relativamente muy desarrollado no tiene directamente mucho en común con su . también relativamente muy desarrollado intelecto.
Learned ha confeccionado un vocabulario del lenguaje del chimpancé, compuesto por 32 elementos «lingüísticos» o «palabras» que no sólo recuerdan bastante los elementos del lenguaje humano en el aspecto fonético, sino que tienen un determinado significado en el sentido de que son propias de determinadas situaciones u objetos que provocan, por ejemplo, deseo o satisfacción, descontento o rabia, el intento de evitar un peligro o eludir el miedo, etc. (Yerkes y Learned, 1925, pág. 54). Estas «palabras» fueron recogidas y anotadas durante la espera del alimento y durante la comida, en presencia de humanos y en compañía de otro chimpancé.
Es fácil darse cuenta de que se trata de un vocabulario de significados emocionales. Son reacciones vocales emocionales, más o menos diferenciadas y que más o menos establecen un nexo condicionado reflejo con una serie de estímulos, agrupados alrededor de la comida, etc. En esencia, este vocabulario confirma lo dicho por Köhler respecto al habla del chimpancé en general: es un lenguaje emocional.
Ahora puede ser interesante aclarar tres puntos relativos a esta característica del lenguaje del chimpancé. Primero; su conexión con movimientos emocionales expresivos, especialmente patente en los momentos de fuerte excitación afectiva del animal, no constituye una particularidad específica de los antropoides; por el contrario, se trata de un rasgo muy común en los animales que disponen de aparato fonador y, con mucha probabilidad, esta forma de reacción vocal es precisamente la base de la aparición y el desarrollo del lenguaje humano. Segundo: los estados emocionales y afectivos constituyen para el chimpancé una esfera de comportamiento rica en manifestaciones articulatorias, p extremadamente desfavorable para el funcionamiento de las reacciones intelectuales. Köhler señala repetidas veces cómo las reacciones emocionales, especialmente aquellas de mayor intensidad, aniquilan las operaciones intelectuales del chimpancé. Y tercero: en lo emocional no se agotan para el chimpancé las funciones del lenguaje; tampoco esto constituye una propiedad exclusiva del lenguaje de los antropoides, sino que aproxima su lenguaje al habla de otras muchas especies de animales y constituye también la indudable raíz genética de la correspondiente función del lenguaje humano. El habla no es tan sólo una reacción expresiva emocional, sino un medio de contacto psicológico con los demás miembros de la especie14. Tanto los monos observados por Köhler como los chimpancés de Yerkes y Learned manifiestan sin la menor duda esta función del lenguaje. No obstante, tampoco esta función de contacto está ligada en modo alguno a una reacción intelectual, es decir, al pensamiento animal. Se trata también de una reacción emocional que forma evidente e indiscutiblemente parte del complejo sistema emocional, pero una parte que desempeña, desde el punto de vista biológico y psicológico, una función distinta de otras reacciones afectivas. A lo que menos puede recordar esta reacción es a la comunicación intencional, consciente de informar o de influir. En realidad, se trata de una reacción instintiva o algo muy parecido.
No cabe duda de que esta función del lenguaje está entre las más antiguas formas de comportamiento y guarda una relación genética con las señales ópticas y acústicas de los «líderes» de las manadas. Recientemente, Von Frisch en su investigación sobre el lenguaje de las abejas ha descrito formas de comportamiento muy interesantes y de gran importancia teórica que cumplen funciones de comunicación o contacto (Von Frisch, 1928); dentro de su amplia diversidad de formas y dentro de su indudable origen instintivo, no se puede dejar de reconocer en ellas un comportamiento de naturaleza parecida a las conexiones articulatorias del chimpancé (Köhler, l pág. 44). Después de esto no podemos menos que dudar de la supuesta completa independencia en la relación entre su lenguaje y su intelecto.
Podemos hacer un pequeño resumen. Nos interesaba la relación entre pensamiento y lenguaje en el desarrollo filogenético de ambas funciones. Para ponerlo en claro hemos recurrido a analizar las investigaciones experimentales y las observaciones sobre la lengua y el intelecto de los antropoides. Formulemos brevemente las principales conclusiones a que hemos llegado y que nos son necesarias para posteriores análisis del problema.
1. El pensamiento y el lenguaje tienen diferentes raíces genéticas.
2. El desarrollo del pensamiento y el lenguaje siguen líneas distintas y son independientes uno del otro.
3. La relación entre el pensamiento y el lenguaje no es una magnitud más o menos constante en el curso del desarrollo filogenético.
4. Los antropoides manifiestan un intelecto semejante al del hombre en unos aspectos (rudimentos de empleo de instrumentos) y un lenguaje semejante al del hombre en otros (fonética del habla, función emocional y rudimentos de la función social del lenguaje).
5. Los antropoides no manifiestan la relación característica del hombre:
la estrecha correspondencia entre el pensamiento y el lenguaje. En el chimpancé uno y otro no guardan ningún tipo de conexión.
6. En la filogenia del pensamiento y el lenguaje, podemos reconocer indiscutiblemente una fase prelingüística en el desarrollo de la inteligencia y
una fase preintelectual en el desarrollo del lenguaje.
Apartado 2
En la ontogenia, la relación entre las líneas de desarrollo del pensamiento y el lenguaje son mucho más intrincadas y oscuras. No obstante, también aquí, dejando por completo a un lado la cuestión del paralelismo entre la ontogenia y la filogenia o de otra relación más compleja entre ellas, podemos establecer distintas raíces genéticas y diferentes líneas en la evolución del pensamiento y el lenguaje.
Tan sólo recientemente hemos obtenido pruebas experimentales objetivas de que el pensamiento del niño atraviesa en su desarrollo una fase prelingüística. Los experimentos de Köhler con los chimpancés, convenientemente modificados, fueron trasladados a niños que aún no han accedido al lenguaje. El propio Köhler ha recurrido más de una vez a los experimentos con niños para efectuar comparaciones; Bühler ha investigado sistemáticamente estas cuestiones en los niños. «Se trataba de actos —dice Bühler, refiriéndose a sus experimentos— idénticos a los del chimpancé, de modo que esta fase de la vida infantil puede acertadamente denominarse edad del chimpancé; nos estamos refiriendo a niños en una edad que corresponde a los 10, 11 y 12 meses... En la edad del chimpancé, el niño realiza sus primeras invenciones, naturalmente muy primitivas, pero enormemente importantes en su desarrollo mental (1930, pág. 97).
Lo que teóricamente tiene la máxima importancia en estos experimentos, al igual que en los experimentos con chimpancés, es la independencia entre los rudimentos de las reacciones intelectuales y el lenguaje. Al señalar esto, Bühler escribe: «Se acostumbra a decir que el proceso de hominización (Menschwerden) comienza en el lenguaje; es posible, pero puede que antes de él ya exista el pensamiento instrumental (es decir, la comprensión de relaciones mecánicas y la invención de medios mecánicos para metas mecánicas o, más brevemente, aún antes del lenguaje, hay una acción provista de un sentido subjetivo o, lo que es lo mismo, provista de un objetivo consciente» (ibídem, pág. 48).
Las raíces preintelectuales del lenguaje en el desarrollo del niño son conocidas desde hace mucho. Los gritos, el balbuceo e incluso las primeras palabras del niño son etapas muy patentes en el desarrollo del lenguaje, pero etapas preintelectuales. No tienen nada en común con el desarrollo del pensamiento.
Por lo general, el lenguaje infantil ha sido considerado como una forma de comportamiento predominantemente emocional en esta fase de su des arrollo. Investigaciones recientes (la de Bühler 8 y otros sobre las primeras formas de comportamiento social del niño y el inventario de sus reacciones durante el primer año de vida, y la de sus colaboradores Hetzer y Tuder Can sobre las reacciones tempranas del niño a la voz humana) muestran cómo durante el primer año de vida del niño encontramos un rico desarrollo de la función social del lenguaje, precisamente en su fase preintelectual de desarrollo.
El relativamente complejo y rico contacto social del niño da lugar a un desarrollo extraordinariamente temprano de los recursos comunicativos. Se han logrado constatar sin la menor duda la aparición de reacciones simples pero bien definidas, del niño a la voz humana ya en su tercera semana de vida (reacciones presociales) y la primera reacción social a la voz humana en el segundo mes (Bühler, 1927, pág. 124). De igual modo, la risa, e balbuceo, las indicaciones y los gestos desempeñan el papel de medios de contacto social en los primeros meses de vida del niño. Por tanto, las dos funciones del lenguaje que conocemos a través de la filogenia se manifiestan claramente ya en el primer año de vida de los niños.
Pero lo más importante que sabemos acerca del desarrollo del pensamiento y el lenguaje en el niño es que, en un determinado momento, a edad temprana, hacia los dos años, las líneas de desarrollo del pensamiento y el lenguaje, hasta entonces ajenas una a la otra, se encuentran y coinciden, dando comienzo a una forma totalmente nueva de comportamiento, exclusivamente humana. Stern es quien ha descrito antes y mejor que otros este acontecimiento trascendental en el desarrollo psíquico del niño. Ha mostrado cómo se despierta en él la vaga conciencia de la importancia de la lengua y la voluntad de conquistarla. Como él mismo dice, el niño realiza en esta fase el mayor descubrimiento de su vida, descubre que «cada cosa tiene su nombre» (1922, pág. 92).
Este momento crucial, a partir del cual el lenguaje se hace intelectual y el pensamiento se hace verbal, se reconoce por dos rasgos inconfundibles y objetivos, según los cuales podemos juzgar con certeza si se ha producido ya o todavía no este cambio en el desarrollo del lenguaje y, en los casos de una evolución anormal y retardada, en cuanto tiempo se ha desplazado este momento en comparación con el desarrollo normal del niño. Ambos aspectos están estrechamente ligados entre sí. El primero consiste en que el niño en quien se ha producido este cambio comienza a ampliar activamente su vocabulario, su repertorio léxico, preguntando cómo se llama cada cosa nueva. El segundo, consecuencia del anterior, consiste en el aumento extraordinariamente rápido, a saltos, del número de palabras que domina el niño, ampliando más y más su vocabulario.
Es sabido que los animales pueden asimilar algunas palabras aisladas del lenguaje humano y utilizarlas en las correspondientes situaciones. El niño, antes de llegar al momento crítico, también asimila palabras aisladas, como estímulos condicionados o sustitutos de objetos, personas, actos, estados, deseos particulares. Sin embargo, en esta etapa sólo sabe tantas palabras como le enseñan las personas que le rodean.
Después la situación es básicamente distinta. El niño, cuando ve un objeto nuevo, pregunta cómo se flama. Siente la necesidad de la palabra y trata activamente de apropiarse del signo perteneciente a cada objeto, del signo que le sirve para nombrar y comunicarse. Si en su primera etapa de desarrollo el lenguaje infantil es, como ha señalado con razón Meumann, afectivo-volitivo en cuanto a su valor psicológico, a partir de la segunda etapa el lenguaje entra en la fase intelectual de su desarrollo. Al parecer, el niño descubre la función simbólica del lenguaje.
«El proceso descrito —dice Stern— puede definirse sin lugar a dudas como actividad mental del niño en el sentido exacto de la palabra; comprender la relación entre e signo y el significado, tal como se manifiesta en el niño en este momento, es algo esencialmente distinto de la simple utilización de las ideas y sus asociaciones. La exigencia de que a cada objeto» del género que sea, le corresponda su nombre puede quizás considerarse, en efecto, como el primer concepto general del niño» (ibídem, pág. 93).
En esto conviene detenerse, ya que aquí, en el momento evolutivo de la intersección del pensamiento y el lenguaje, aparece por vez primera el núcleo del denominado problema del pensamiento y el lenguaje. ¿Qué representa este hecho, este «mayor descubrimiento en la vida del niño»? y ¿es correcta la interpretación de Bühler compara este descubrimiento con las invenciones del chimpancé. «Se puede interpretar esta circunstancia y darle vueltas como se quiera —dice—, pero siempre se descubrirá un paralelismo psicológico en esta etapa decisiva con las invenciones del chimpancé» (Bühler, 1923, pág. 55). Koffka también desarrolla esa misma idea. «La función nominativa (Namengebung —-dice— es un descubrimiento, una invención del niño, que revela un total paralelismo con los inventos del chimpancé. Hemos visto que estos últimos son una acción estructurada, por consiguiente, podemos ver también en la denominación una acción estructurada. Podríamos decir que la palabra pasa a formar parte de la estructura del objeto igual que el palo forma parte de la situación de querer apoderarse de la fruta» (Koffka, 1925, pág. 243).
Cuando examinemos las relaciones funcionales y estructurales entre el pensamiento y el lenguaje, discutiremos si esto es así o no, hasta qué punto y en qué medida es cierta la analogía entre el descubrimiento de la función significativa de la palabra por parte del niño y el del valor funcional de instrumento en el palo por parte del chimpancé, y en qué se diferencian ambas operaciones. Aquí queremos únicamente llamar la atención sobre un detalle de importancia básica: el «mayor descubrimiento en la vida del niño» tan sólo resulta posible en una determinada etapa, relativamente avanzada, del desarrollo del pensamiento y el lenguaje. Para «descubrir» el lenguaje hay que pensar.
Podemos formular brevemente nuestras conclusiones:
1. También en el desarrollo ontogenético del pensamiento y el lenguaje, encontramos raíces distintas de ambos procesos.
2. En el desarrollo del lenguaje del niño podemos constatar una «etapa preintelectual» así como una «etapa prelingüística» en el desarrollo del pensamiento.
3. Hasta un determinado momento, ambos desarrollos siguen líneas distintas, independientes una de la otra.
4. En cieno punto, las dos líneas se encuentran, desde entonces el pensamiento se hace verbal y el lenguaje, intelectual.
3
Cualquiera que sea la resolución que se adopte respecto al complicado y todavía discutible problema teórico de la relación entre el pensamiento y el lenguaje, se debe reconocer al menos la extraordinaria importancia de los procesos del lenguaje interno en el desarrollo del pensamiento. Su importancia para toda nuestra actividad intelectual es tan grande, que muchos psicólogos han identificado el lenguaje interno con el pensamiento. Desde su punto de vista, el pensamiento no es más que un lenguaje inhibido, contenido, silencioso. No obstante, la psicología no ha aclarado cómo se produce la transformación del lenguaje externo en interno, ni a qué edad aproximada mente tiene lugar tan importantísimo cambio, o cómo transcurre, ni a qué se debe y cuáles son en general sus características evolutivas.
Watson, que identifica el pensamiento con el lenguaje interno, constata con toda la razón que no sabemos «en qué punto de la organización de su lenguaje realizan los niños la transición del lenguaje abierto al susurro y después al lenguaje encubierto» porque este problema «tan sólo se ha investigado incidentalmente» (1926, pág. 293). Pero nos parece (a la luz de nuestros experimentos y observaciones y también de lo que sabemos en general sobre el desarrollo del lenguaje infantil), que el mismo planteamiento de la cuestión por parte de Watson es absolutamente erróneo.
No hay razones válidas para admitir que• el lenguaje interno se desarrolle de un modo mecánico, mediante la reducción progresiva de la sonoridad del habla. La transición del lenguaje externo (abierto) al interno (encubierto) no tiene por qué producirse a través del susurro, del habla queda. Es difícil concebir que ocurra de modo que el niño comience gradualmente a hablar cada vez más bajo y que, como resultado de ese proceso, llegue por fin al lenguaje sin sonido. En otras palabras, no podemos aceptar que la génesis del lenguaje interno infantil consista en la siguiente secuencia de etapas: lenguaje audible — susurro — lenguaje interno.
Tampoco la otra hipótesis de Watson, en realidad igual de infundada, ayuda a salvar la cuestión. «Quizás —prosigue— desde el mismo inicio las tres formas evolucionan conjuntamente» (ibídem). Ni un sólo dato objetivo apoya ese «quizás». Por el contrario, la profunda diferencia funcional y estructural entre el lenguaje audible y el interno, reconocida por todos, incluido Watson, habla en contra de ello.
«Piensan en voz alta» dice Watson, refiriéndose a los niños de temprana edad. Y ve, con toda razón, la causa de ello en que «su medio no les exige la rápida transformación del lenguaje externo en oculto» (ibídem). «Incluso si pudiéramos desplegar todos los procesos ocultos y grabarlos en un disco sensible —continúa desarrollando la misma idea— o en el cilindro de un fonógrafo, habría en ellos tantas abreviaciones, tantos elipsis y tanta economía, que resultarían irreconocibles de no seguir su formación desde el punto inicial, donde están completos y son de naturaleza social, hasta su etapa final, donde habrán de servir para procesos individuales, no sociales» (ibídem, pág. 294).
No tenemos más remedio que preguntarnos cuál es el fundamento para suponer que dos formas tan dispares funcionalmente (procesos sociales o individuales) y estructuralmente (diferenciación del lenguaje a lo largo del proceso hasta resultar irreconocible, debido a las abreviaciones, elipsis y economía), como son las formas externa e interna del lenguaje, sean evolutivamente paralelas y avancen conjunta y simultáneamente, o se relacionen entre sí de forma consecutiva a través de una forma de transición (Susurro), que de un modo meramente mecánico, formal, según una dimensión cuantitativa externa, o sea, puramente fenotípica, ocupa un lugar intermedio entre las otras d formas, pero que en el plano funcional y estructural, es decir, genotípico, no es en modo alguno transitoria.
Esta última afirmación hemos tenido ocasión de comprobarla experimentalmente estudiando el lenguaje en forma de susurro de niños de temprana edad. Nuestra investigación ha puesto de manifiesto que 1) en el aspecto estructural, en el susurro no se observan grandes cambios ni desviaciones con respecto al habla en voz alta, ni, lo que es importante, cambios característicos por su tendencia en lo que respecta al lenguaje interno; 2) en el aspecto funcional, el susurro también se diferencia notablemente del lenguaje interno y no manifiesta, ni siquiera como tendencia, rasgos análogos; 3) en el aspecto genético, finalmente, el susurro puede ser provocado muy pronto, pero de por sí no se desarrolla espontáneamente de modo patente hasta la edad escolar. Lo único que confirma la tesis de Watson es lo siguiente: ya a la edad de tres años, bajo la presión de las exigencias sociales, el niño es capaz, si bien con dificultad y durante un corto periodo de tiempo, a hablar en voz baja y a susurrar.
Nos hemos detenido en la opinión de Watson no sólo porque está muy extendida y es típica de la teoría del pensamiento y el lenguaje que representa el mencionado autor y porque permite contraponer con toda evidencia el planteamiento genotípico de la cuestión al fenotípico, sino principalmente por motivos de orden positivo. En el planteamiento adoptado por Watson nos parece ver la indicación metodológica correcta para la resolución de todo el problema.
Este camino metodológico consiste en la necesidad de encontrar el eslabón intermedio que une los procesos del lenguaje externo e interno, eslabón que debería ser transitorio entre unos y otros procesos. Ya hemos intentado demostrar que la opinión de Watson, según la cual él susurro sería ese eslabón. intermedio de unión, no encuentra confirmación objetiva. Antes bien, todo lo que sabemos del susurro del niño contradice la hipótesis de que esa forma de hablar sea un proceso transitorio entre el lenguaje externo e interno. No obstante, el intento de hallar este eslabón intermedio que falta en la mayoría de las investigaciones psicológicas, constituye un acierto absoluto de Watson.
Nos inclinamos a ver este proceso intermedio entre el lenguaje externo e interno en el denominado lenguaje infantil egocéntrico, descrito por el psicólogo suizo Piaget (véase el capítulo segundo del presente libro). En favor de ello hablan también las observaciones de Lemaitre y otros autores sobre el lenguaje interno en la edad escolar. Estas observaciones han puesto de manifiesto que es todavía altamente lábil, que no se ha estabilizado. Esto revela, naturalmente, que nos hallamos ante procesos evolutivamente recientes, todavía insuficientemente formados y determinados.
Hemos de decir que, al parecer, el lenguaje egocéntrico, aparte de su función puramente expresiva y de descarga, aparte del simple acompañamiento de la actividad infantil, se convierte con gran facilidad en pensamiento, en el sentido propio de la palabra es decir, asume la función de una operación planificadora, o de resolución de las dificultades que surgen en el curso de la actividad.
Si esta hipótesis se viera justificada a lo largo de la investigación posterior, podríamos llegar a una conclusión de enorme importancia teórica. Comprobaríamos que el lenguaje se convierte en interno psicológicamente antes que fisiológicamente. El lenguaje egocéntrico es interno por su función, es un lenguaje para uno mismo, que se halla en el camino de pasar al interior, es un lenguaje medio incomprensible para los que rodean al sujeto. Es un lenguaje que ha brotado interiormente de forma profunda en el comporta miento del niño, pero a la vez fisiológicamente es todavía un lenguaje externo, y no manifiesta la menor tendencia a convenirse en susurro o en cualquier otra forma casi inaudible.
También tendríamos entonces respuesta a otra pregunta teórica: ¿por que el lenguaje pasa a ser interno? La respuesta sería que pasa a serlo porque varía su función. La secuencia en el desarrollo del lenguaje no se perfilaría entonces como la señala Watson. En lugar de las tres etapas (lenguaje audible, susurro, lenguaje silencioso), tendríamos otras tres: lenguaje externo, egocéntrico e interno. Al mismo tiempo, conseguiríamos un procedimiento de gran importancia para la metodología de investigación del lenguaje interno, de sus particularidades estructurales y funcionales al natural, en su devenir, y al mismo tiempo un procedimiento objetivo, ya que todas estas particularidades estarían presentes en el lenguaje externo que puede ser objeto de experimentación y ser medido. Nuestras investigaciones muestran que el lenguaje en este sentido no representa excepción alguna de la regla general que rige el desarrollo de cualquier operación psíquica basada en el empleo de signos, bien se trate de un recuerdo mnemotécnico, de procesos de cómputo o de cualquier otra operación intelectual de empleo de signos.
Al investigar experimentalmente semejante clase de operaciones del más diverso carácter, hemos tenido la posibilidad de constatar que este desarrollo atraviesa, hablando en general cuatro etapas fundamentales. La primera es la denominada etapa primitiva o natural, cuando la operación se presenta tal y como se formó en las primeras fases del comportamiento. A esta etapa de desarrollo corresponden el lenguaje preintelectual y el pensamiento preverbal, a los que nos hemos referido más arriba.
Le sigue la etapa que denomina convencionalmente etapa de «psicología ingenua» por analogía con lo que los investigadores en el campo de la inteligencia práctica denominan «física ingenua». Denominan «ingenua» a la experiencia de los animales o de los niños en el ámbito de las propiedades 108 físicas del propio cuerpo y de las cosas que lo rodean, de objetos e instrumentos. Experiencia ingenua que determina en lo fundamental el uso de Instrumentos por parte del niño y las primeras operaciones de su inteligencia práctica. Observamos algo análogo también en la esfera del desarrollo del comportamiento del niño. En este momento se forma también la principal experiencia psíquica ingenua a cerca de las propiedades de las operaciones psíquicas más importantes con que tiene que enfrentarse el niño. Sin embargo, al igual que en la esfera de desarrollo de los actos prácticos, también aquí esta experiencia ingenua del niño suele resultar insuficiente, imperfecta, ingenua, en el sentido recto de la palabra, debido a lo cual da lugar al empleo inadecuado de las propiedades psíquicas, los estímulos, las reacciones. En el campo del desarrollo del lenguaje, esta etapa se perfila con extraordinaria nitidez en la evolución general del lenguaje del niño y se manifiesta en que el dominio de las estructuras y formas gramaticales se anticipa en él al dominio de las estructuras y operaciones lógicas correspondientes a esas formas. El ‘liño domina las oraciones subordinadas, las formas de lenguaje del tipo «porque» «como» «si» «cuando» «por el contrario» o «pero» mucho antes de llegar a dominar las relaciones causales, temporales, condicionales, adversativas, etc. El niño domina la sintaxis del lenguaje antes que la del pensamiento. Las investigaciones de Piaget han mostrado sin duda alguna que el desarrollo gramatical del niño precede al desarrollo de su lógica y que llega relativamente tarde a dominar las operaciones lógicas correspondientes a las estructuras gramaticales asimiladas por él mismo mucho tiempo antes.
A continuación, con el incremento paulatino de la experiencia psíquica ingenua, el niño alcanza la etapa del signo externo, de la operación externa, con cuya ayuda puede resolver cierta tarea psíquica. Es la etapa tan conocida del contar con los dedos dentro de la adquisición de la aritmética, la etapa de los signos mnemotécnicos externos como apoyo al recuerdo. En el desarrollo del lenguaje se corresponde con el habla egocéntrica del niño.
A esta tercera etapa le sigue la cuarta, que llamamos el estadio del «crecimiento hacia dentro» porque lo caracteriza ante todo el que la operación externa se convierte en interna, a causa de lo cual experimenta profundos cambios. Se trata del cálculo mental o de la aritmética muda en el desarrollo del niño, es la denominada memoria lógica, que utiliza relaciones internas en forma de signos interiores. En la esfera del lenguaje, le corresponde el habla interna o inaudible. Lo más notable en este sentido es que entre las operaciones externas e internas existe en este caso una interacción constante, las operaciones pasan continuamente de una forma a otra. Y eso lo apreciamos con mayor claridad en el campo del lenguaje interno, que, como ha establecido Delacroix, cuanto más se acerca al lenguaje externo, está más estrechamente ligado al comportamiento, pudiendo llegar a adoptar una forma completamente idéntica a él cuando se convierte en preparación del lenguaje externo (por ejemplo, la reflexión acerca de un discurso, o una conferencia próximos, etc.). En estos casos, en el comportamiento no existen de hecho límites metafísicos bruscos entre el comportamiento externo e 109 interno, el uno se transforma fácilmente en el otro, uno se desarrolla bajo la influencia del otro.
Si pasamos ahora de la génesis del lenguaje interno a la cuestión relativa a cómo funciona este último en las personas adultas, tropezaremos ante todo con la cuestión que se planteó respecto a los animales y respecto al niño: ¿están relacionados obligatoriamente el pensamiento y el lenguaje en el comportamiento de la persona adulta, cabe identificar estos dos procesos? Todo lo que sabemos a este respecto nos obliga a dar una respuesta negativa. Podríamos ilustrar esquemáticamente la relación entre el pensamiento y el lenguaje en este caso mediante dos circunferencias que se cortan, demostrando que una parte de los procesos del lenguaje y el pensamiento coinciden. Es la denominada esfera del pensamiento verbal. Pero esto último no agota ni todas las formas de pensamiento ni todas las de lenguaje. Existe una gran zona del pensamiento, que no guarda relación inmediata con el pensamiento verbal. En ella hay que incluir ante todo, como ya ha señalado Bühler, el pensamiento instrumental y técnico y, en general, todo el campo de la denominada inteligencia práctica, que sólo recientemente se ha convertido en objeto de intensas investigaciones.
Además, como es sabido, los psicólogos de la escuela de Wurtzburgo han establecido en sus investigaciones que el pensamiento puede realizarse sin constatar introspección alguna de la participación de imágenes y movimientos relacionados con el lenguaje. Los trabajos experimentales más modernos han mostrado también que la actividad y la forma del lenguaje interno no están en ninguna relación objetiva inmediata con los movimientos de la lengua o la garganta realizados por la persona sometida a prueba.
Del mismo modo, no hay fundamento psicológico alguno para trasladar al pensamiento todas las clases de actividad articulatoria del hombre. Cuando, por ejemplo, repito durante el proceso de habla interna una poesía cualquiera que he aprendido de memoria o una frase que me ha sido propuesta en el curso del experimento, en todos estos casos no hay ningún dato para trasladar estas operaciones a la esfera del pensamiento. Watson, al cometer el error de identificar el pensamiento y el lenguaje, se ve obligado a considerar intelectuales todos los procesos lingüísticos. Como resultado de ello tiene que trasladar al pensamiento también los procesos de recuerdo simple de textos.
Igualmente, el lenguaje que tiene una función emocional-expresiva, el lenguaje lírico, aunque goza de todos los rasgos del lenguaje, difícilmente puede ser incluido dentro de la actividad intelectual en el sentido estricto del término.
Por tanto, llegamos a la conclusión de que también en los adultos la fusión, del pensamiento y el lenguaje es un fenómeno parcial, que tiene fuerza y valor sólo aplicado a la esfera del pensamiento verbal, mientras que otras esferas del pensamiento no verbal y del lenguaje no intelectual permanecen únicamente bajo la influencia lejana, no inmediata de esa fusión y no mantienen con ella ningún nexo causal. 110
Apartado 4
Podemos recapitular los resultados a que nos conduce nuestro análisis. Hemos tratado ante todo de observar las raíces genéticas del pensamiento y el lenguaje, según los datos de la psicología comparada. Como hemos visto, dado el estado de conocimientos en este campo, resulta imposible observar de un modo más o menos completo la trayectoria evolutiva del pensamiento anterior al lenguaje y del propio lenguaje. Hasta el momento continúa siendo discutible la cuestión fundamental: ¿se puede constatar sin lugar a dudas la existencia en los antropoides de un intelecto del mismo tipo y género que el humano? Köhler resuelve esta cuestión positivamente, otros autores, en sentido negativo. Pero, independientemente de cómo se resuelva finalmente con nuevos aunque todavía insuficientes datos, algo está claro ya: el camino hacia la inteligencia humana y hacia el lenguaje humano no coinciden en el reino animal, las raíces genéticas del pensamiento y el lenguaje son distintas.
Incluso quienes niegan la existencia de inteligencia en los chimpancés de Köhler, no niegan ni pueden negar que se trata del camino hacia el intelecto, de sus raíces, es decir, de una forma superior de elaboración de los hábitos. Incluso Thorndike, mucho antes que Köhler, que se interesó por este problema y lo resolvió en sentido negativo, considera que, por su forma de comportamiento, al mono le corresponde un lugar superior en el reino animal (1901)15. Otros autores, como Borovski, se inclinan a negar no sólo en los animales, sino también en el hombre esa fase superior de comportamiento, situada por encima de los hábitos y que merece el calificarse inteligente. Por consiguiente, para ellos la cuestión misma de la semejanza entre inteligencia de los primates y la humana debe plantearse de otro modo.
Para nosotros está claro que el tipo superior de comportamiento del chimpancé, como quiera que lo consideremos, en tanto que lo caracteriza el uso de instrumentos, constituye el anticipo embrionario del comportamiento humano. Para los marxistas no resulta en absoluto inesperado el descubrimiento de Köhler. Marx dice al respecto: «El uso y la creación de instrumentos de trabajo, aunque propio en forma rudimentaria de algunas especies animales, constituye el rasgo característico específico del trabajo humano...» (Marx y Engels, Obras, tomo 23, págs. 190-191). En este mismo sentido, dice Plejánov «Como quiera que sea, la zoología dio a la historia un horno, capaz ya de inventar y utilizar las herramientas más primitivas» (1956, tomo 2, pág. 153). 111
Por tanto, el capítulo superior de la zoopsicología, que surge ante nosotros, no es en absoluto teóricamente nuevo para el marxismo. Merece la pena señalar que Plejánov se refiere claramente no a la actividad instintiva, como son las construcciones de los castores, sino a la facultad de inventar y utilizar instrumentos, es decir, a la operación intelectual16.
Tampoco es nada nueva para el marxismo la tesis de que en el reino animal se hallan las raíces del intelecto humano. Engels, al explicar el sentido de la diferenciación por parte de Hegel entre juicio y razón, escribe: «Los humanos compartimos con los animales todas las clases de actividad racional: la inducción, deducción y, por consiguiente, también la abstracción (los conceptos de especies en Diderot: cuadrúpedos y bípedos), el análisis de objetos desconocidos (cascar una nuez es ya un principio de análisis), la síntesis (en las tretas y trampas de los animales) y, como unión de ambos, el experimento (cuando surgen obstáculos nuevos y situaciones difíciles). Por su tipo, todos estos métodos, es decir, todos los procedimientos lógicos habituales de la investigación científica, coinciden en el ser humano y en los animales superiores. Sólo difieren en cuanto a su grado (según el nivel de desarrollo de cada procedimiento)»17 (Marx y Engels, Obras, tomo 20, pág. 557).
Igual de categóricamente se expresa Engels sobre las raíces del lenguaje en los animales: «Pero dentro de los límites de su círculo de ideas, puede aprender también a comprender lo que dice» y más adelante alega el criterio totalmente objetivo de tal «comprensión»: «Enseñen a un papagayo palabras soeces, de modo que tenga idea de su significado (uno de los principales entretenimientos de los marineros que regresan de países cálidos), intenten luego irritarlo y descubrirán pronto que es capaz de utilizar sus palabras soeces tan correctamente como una verdulera berlinesa. Exactamente lo mismo sucede cuando piden golosinas» (ibídem, pág. 490)18.
No intentamos en absoluto a atribuir a Engels la idea, y menos aún vamos a defenderla, de que encontramos en los animales un lenguaje y un pensamiento humanos o, por lo menos, semejantes a los del hombre. Más 112 adelante trataremos de aclarar los límites precisos de estas afirmaciones de Engels y su verdadero significado. Ahora nos importa tan sólo demostrar que, en cualquier caso, no existen fundamentos para negar la existencia de raíces genéticas del pensamiento y el lenguaje en el reino animal; y esas raíces son, según todos los datos, distintas para el pensamiento y el lenguaje. No existen fundamentos para negar la existencia en el reino animal de caminos genéticos hacia el intelecto y el lenguaje del hombre y esos caminos resultan una vez más distintos para las dos formas de comportamiento que nos interesan.
La gran facultad para aprender a hablar que tiene, por ejemplo, el papagayo no guarda relación directa alguna con un mayor desarrollo en los rudimentos del pensamiento y al revés: el mayor desarrollo de estos rudimentos en el reino animal no guarda la menor relación aparente con los logros del lenguaje. Lo uno y lo otro siguen caminos específicos propios, lo uno y lo otro tiene distintas líneas de desarrollo19.
Prescindiendo por completo de cómo enfocar la cuestión referente a la relación entre la ontogenia y la filogenia, hemos podido constatar sobre la base de nuevas investigaciones experimentales, que en el desarrollo del niño las raíces evolutivas y los caminos de la inteligencia y el lenguaje son distintos. Hasta cierto punto podemos observar la maduración preintelectual del lenguaje e independientemente de ella la maduración preverbal del intelecto del niño. En determinado momento, como afirma Stern, profundo observador del desarrollo del habla infantil, se produce la intersección, el encuentro de ambas líneas de desarrollo. El lenguaje se convierte en intelectual y el pensamiento pasa a realizarse a través del lenguaje. Como ya sabemos, Stern ve en ello el mayor descubrimiento del niño.
Algunos investigadores, como Delacroix, se inclinan a negarlo. Esos autores son partidarios de negar el valor general de las interrogaciones del niño en la primera edad de las preguntas ¿cómo se llama eso?), a diferencia de las de su segunda edad de las preguntas (cuatro años después, la pregunta es ¿por qué?) y en todo caso, de negar el valor de síntoma a la aparición de este fenómeno, al que atribuye Stern valor de indicador de que el niño ha descubierto que «cada cosa tiene su nombre» (Delacroix, 1924, pág 286). WaIlon supone que para el niño el nombre es, durante algún tiempo, más un atributo que un sustituto del objeto. «Cuando el niño de un año y medio pregunta por el nombre de cualquier objeto, evoca la conexión recién descubierta, pero nada indica que lo uno no sea un simple atributo de lo otro. Sólo la generalización sistemática de las preguntas puede atestiguar que no se trata de una conexión casual y pasiva, sino de una tendencia que
113 anticipa la función de búsqueda de un signo simbólico para todo lo real)) (Delacroix, pág. 287). Koffka adopta, como hemos visto, una posición intermedia entre ambas opiniones. Por un lado, siguiendo a Bühler, subraya la analogía entre la invención, el descubrimiento de la función nominativa del lenguaje por parte del niño, y los descubrimientos de instrumentos por parte del chimpancé. Por otro lado, limita esta analogía al hecho de que la palabra entra en la estructura del objeto sin tener, sin embargo, el significado funcional del signo. La palabra forma parte de la estructura del objeto, como sus restantes elementos y a la par que ellos. Se convierte para el niño durante algún tiempo en una propiedad del objeto, junto a sus restantes propiedades.
Pero esta propiedad del objeto, su nombre, puede separarse de ella (verschiedbar); cabe ver cosas sin oír su nombre, lo mismo que, por ejemplo, los ojos son un rasgo constante, pero separable de la madre, rasgo que no se ve cuando ésta vuelve la cabeza. «Y en nuestro conocimiento ingenuo, la cuestión es completamente igual: el vestido azul sigue siendo azul incluso cuando en la oscuridad no vemos su color. El nombre es una propiedad de todos los objetos y el niño completa todos sus esquemas según esta regla» (Koffka, 1925, pág. 244).
También Bühler señala que cualquier objeto nuevo representa para el niño una situación-tarea que resuelve, según el esquema estructural general, nombrándolo con una palabra. Cuando ésta le falta para designar un objeto nuevo, la pregunta a los adultos (Bühler, 1923, pág. 54).
Consideramos que esta opinión es la que más se acerca a la realidad y elimina perfectamente la dificultad que surge en la discusión entre Stern y Delacroix. Los datos de la psicología etnológica y, sobre todo, de la psicología del lenguaje infantil (véase Piaget, 1923) confirman que la palabra es para el niño durante largo tiempo más bien una propiedad que un símbolo del objeto: como hemos visto, el niño domina antes la estructura externa que la interna. Primero domina la estructura externa palabra-objeto, que después se convierte en estructura simbólica.
No obstante, nos hallamos de nuevo, como en el caso de los experimentos de Köhler, ante una cuestión que la ciencia no ha conseguido resolver aún en la práctica. Tenemos ante nosotros toda una serie de hipótesis, entre las cuales podemos elegir tan sólo la más probable. La más probable de ellas es la «hipótesis intermedia».
¿En qué la apoyamos? En primer lugar, es fácil renunciar a atribuir al niño de un año y medio el descubrimiento de la función simbólica del lenguaje, operación intelectual consciente y altamente compleja, lo que en términos la generales concuerda mal con el nivel mental general del niño de dieciocho meses. En segundo lugar, nuestras conclusiones coinciden por completo con otros datos experimentales, todos los cuales muestran que el empleo funcional de un signo, incluso más sencillo que la palabra, surge más adelante y no está en modo alguno al alcance del niño de esa edad. En tercer lugar, nuestras conclusiones coinciden con los datos generales de la psicología del habla infantil, según los cuales el niño tarda todavía mucho tiempo en 114 tomar conciencia del significado simbólico del lenguaje y utiliza la palabra como una de las propiedades de las cosas. En cuarto lugar, las observaciones sobre niños anormales (particularmente las de Kellerbo), referidas por Stern, muestran, con palabras de Bühler, que ha estudiado cómo se produce esta etapa en los niños sordomudos cuando se les enseña el lenguaje, que no tiene lugar ese «descubrimiento» del cual pueda identificarse con exactitud el momento en que se produce, mientras que, por el contrario, es el resultado de una serie de cambios «moleculares» (Bühler, 1923). Y, por último, en quinto lugar, todo esto coincide plenamente con el curso general de dominio del signo que hemos esbozado, sobre la base de investigaciones experimentales, en el capítulo precedente. No hemos podido observar jamás en los niños, ni siquiera de edad escolar, un descubrimiento directo conducente al empleo funcional del signo. Siempre le precede la etapa de la «psicología ingenua» la etapa del dominio de la estructura externa de! signo, que sólo después, durante el proceso en que el niño opera con éste, le lleva al empleo funcional correcto del mismo. El niño, que considera la palabra como una propiedad de la cosa, entre sus otras propiedades, se encuentra precisamente en esta etapa de desarrollo del lenguaje.
Todo esto confirma la tesis de Stern, a quién muy probablemente indujo a error la interpretación de la semejanza externa, fenotípica, de las preguntas del niño. ¿Significa esto, sin embargo, que disminuye también la importancia de la conclusión fundamental a que podríamos llegar en base al esquema que hemos descrito del desarrollo ontogenético del pensamiento y el lenguaje, precisamente porque también en la ontogénesis el pensamiento y el lenguaje siguen hasta cierto punto diferentes caminos evolutivos y sólo después de ese punto sus líneas se entrecruzan? En absoluto. Esta conclusión continua siendo válida independientemente de que disminuya o no la importancia de la tesis de Stern o pueda ser sustituida por otra. Hay un acuerdo general en que las formas iniciales de las reacciones intelectuales del niño, identificadas experimentalmente por Köhler y otros siguiendo los experimentos del primero, son tan independientes del lenguaje como lo son también los actos del chimpancé (Delacroix, 1924, pág. 283). Por cierto, también hay acuerdo general en que las etapas iniciales de desarrollo del habla del niño corresponden a una fase preintelectual.
Si esto es evidente e indudable en lo que respecta al balbuceo infantil, últimamente puede considerarse establecido también respecto a las primeras palabras del niño. Es cierto que la tesis de Meumann de que éstas tienen un carácter completamente afectivo-volitivo, que son signos de «deseos y sentimientos» exentos todavía de valor objetivo y que se limitan a ser una pura reacción subjetiva, al igual que el lenguaje de los animales (Meumann, 1928), ha sido impugnada recientemente por una serie de autores. Stern se inclina a pensar que los elementos de lo objetivo no aparecen todavía separados en estas primeras palabras (Stern, 1928). Delacroix ve una conexión directa entre las primeras palabras y el contexto inmediato (-Delacroix, 1924). Sin embargo, ambos autores están de acuerdo en que la palabra carece de 115 valor objetivo permanente y firme y se parece, en cuanto a su carácter objetivo, a las palabrotas que pronuncian los papagayos amaestrados. Puesto que los deseos y sentimientos propios, las reacciones subjetivas, entran en conexión con la situación objetiva y puesto que también las palabras se relacionan con ella, nada tira por tierra la tesis general de Meumann (ibídem, pág. 280).
Podemos hacer un resumen de lo que nos ha proporcionado el análisis de la ontogénesis del lenguaje y el pensamiento. Las raíces genéticas y los cursos de desarrollo del pensamiento y el lenguaje resultan también aquí hasta cierto punto diferentes. La novedad consiste en la intersección de las dos líneas de desarrollo, que nadie discute. Que esto suceda en uno o una serie de puntos, de una vez, repentinamente, o que vaya creciendo lenta y paulatinamente y sólo después se abra paso, que sea resultado de un descubrimiento o simplemente de la acción estructural y prolongada de un cambio funcional, que coincida con la edad de dos años o con la edad escolar, independiente mente de estas cuestiones todavía discutibles, sigue siendo indudable el hecho fundamental de la intersección de ambas líneas de desarrollo.
Nos queda aún por resumir lo que nos ha proporcionado el análisis del lenguaje interno. De nuevo tropieza con una serie de hipótesis. ¿Se ha desarrollado el lenguaje interno a través del susurro o del lenguaje egocéntrico, es simultáneo a la evolución del lenguaje externo o surge en una fase relativamente avanzada del mismo, pueden ser considerados el lenguaje interno y el pensamiento ligado a él como una etapa concreta en el desarrollo de cualquier forma cultural de comportamiento? Independientemente de cómo se resuelvan en la investigación empírica estas preguntas, importantísimas en sí mismas, la conclusión fundamental no varía. Esta conclusión afirma que el lenguaje interno se desarrolla mediante la acumulación de prolongados cambios funcionales y estructurales, que se deriva del lenguaje externo del niño a medida que se diferencian las funciones social y egocéntrica del lenguaje y que, finalmente, las estructuras del lenguaje que asimila el niño se convierten en las estructuras fundamentales de su pensamiento.
Al mismo tiempo, se pone de manifiesto el hecho principal, indudable y decisivo: la dependencia que tiene el desarrollo del pensamiento y el lenguaje respecto a los medios del pensamiento y de la experiencia socio-cultural del niño. El desarrollo del lenguaje interno viene determinado en lo fundamental desde fuera, el desarrollo de la lógica del niño es, como han mostrado las investigaciones de Piaget, función directa de su lenguaje socializado. Podríamos decir así: el pensamiento del niño evoluciona en función del dominio de los medios sociales del pensamiento, es decir, en función del lenguaje.
Simultáneamente, llegamos a la formulación de la tesis principal de todo nuestro trabajo, tesis que tiene un importantísimo valor metodológico para todo el planteamiento del problema. Esta conclusión se desprende de la comparación entre el desarrollo del lenguaje interno y el pensamiento verbal con la evolución del lenguaje y la Inteligencia en el reino animal y en la primera infancia, según líneas específicas y separadas. Esta comparación 116 muestra que un desarrollo no es simplemente continuación directa de otro, sino que se ha modificado también su naturaleza misma, pasando del desarrollo biológico al sociohistórico.
Creemos que los capítulos precedentes han puesto de manifiesto con suficiente claridad que el pensamiento verbal no constituye una forma natural de comportamiento, sino una forma histórico-social, que debido a ello se distingue en lo fundamental por toda una serie de propiedades y regularidades específicas, que no pueden encontrarse en las formas naturales del pensamiento y el lenguaje. Pero lo principal radica en que, al reconocer el carácter histórico del pensamiento verbal, hemos de incluir en esta forma de comportamiento todas las tesis metodológicas que el materialismo histórico establece para todos los fenómenos históricos de la sociedad humana. Finalmente, hemos de esperar de antemano que, en rasgos generales, el principio de desarrollo histórico del comportamiento dependa directamente de las leyes generales del desarrollo histórico de la sociedad humana.
Pero con ello, el propio problema del pensamiento supera metodológica mente los límites de las ciencias naturales y se transforma en el problema central de la psicología histórica del ser humano, es decir, de la psicología social. Varía también al mismo tiempo el planteamiento metodológico del problema. Sin llegar a tocar esta cuestión en toda su profundidad, hemos creído conveniente detenernos en los puntos cruciales de la misma, puntos que son los aspectos más difíciles de la metodología y a la vez los más importantes y centrales en el análisis del comportamiento humano, basándonos en el materialismo dialéctico e histórico. En sí mismo, este segundo problema del pensamiento y el lenguaje, así como muchos de los aspectos particulares relativos al análisis funcional y estructural de las relaciones entre ambos procesos que hemos mencionado de pasada, deberán ser objeto de futuras investigaciones.

Notas:
13 Puede traducirse corno «aprehender», «captar», «advertir», «darse cuenta», originalmente en sentido perceptivo. El lector español esta probablemente familiarizado con el término inglés insight, que traduce literalmente el concepto del alemán.
14 Hempelmann sólo admite la función expresiva en el lenguaje de los animales, aunque tampoco niega que las señales vocales de alerta, etc., desempeñan objetivamente una (Función comunicativa 1926, p 530). L. S. Vygotski.
15 Thorndike, en sus experimentos con monos inferiores (macacos), ha observado el proceso de adquisición repentina de movimientos adecuados para la consecución de un objetivo y el cese rápido, con frecuencia instantáneo, de ‘os movimientos inadecuados. Aunque la rapidez de este proceso, dice, no es comparable al fenómeno similar en el hombre, esta forma de resolución difiere de la adoptada por gatos, perros o gallinas, caracterizada por la eliminación gradual de los movimientos que no conducen al logro del objetivo. [ 5. Vygotski.}
16 Evidentemente, en el chimpancé no encontramos el uso instintivo de instrumentos, sino los rudimentos de su utilización razonada. «Es claro como el día —prosigue Plejánov— que el empleo de instrumentos, por imperfecto que sea, presupone un desarrollo considerable de las facultades mentales» (1965, tomo 2, pág. 138). (L. S. Vygotski]
17 En otro lugar dice Engels: «Desde luego, no pensamos negar a los animales la capacidad de realizar acciones intencionales y planificadas» (es decir, acciones similares a la que Köhler encuentra en el chimpancé). Engels se refiere a que «la acción planificada aparece ya en forma embrionaria allí donde el protoplasma, la proteína viva, existe y reacciona., y esta facultad «alcanza ya en los mamíferos un nivel relativamente alto» (Marx y Engels, Obras completas, y. 20, pág. 495). [ 5. Vygotski.]
18 En otro lugar dice Engels a este respecto: «Lo poco que estos últimos, incluso los más desarrollados, pueden comunicarse unos a otros, pueden expresarlo sin ayuda del lenguaje articulado» (ibídem, pág. 489). Según Engels, los animales domésticos pueden necesitar el lenguaje. «Por desgracia, sus órganos de fonación están tan especializados en determinado sentido, que les es totalmente imposible servirse de ellos. Sin embargo, cuando disponen del órgano adecuado, esta incapacidad puede desaparecer dentro de ciertos limites» (ibídem). Por ejemplo, en el papagayo. (L. 5. Vygotski 1)
19 Smidt señala que el desarrollo del lenguaje no es un índice directo del desarrollo psíquico y del comportamiento del reino animal. En cuanto a desarrollo lingüístico, el elefante y el caballo, por ejemplo, van por detrás del cerdo y la gallina (1923, pág. 46). [ 5. Vygotski )

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