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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Lev Semiónovich Vygotsky: Investigaciones sobre la inteligencia de los monos antropomorfos



Investigaciones sobre la inteligencia de los monos antropomorfos (*)

Prólogo a la edición rusa del libro de W. Köhler

Apartado 01
El desarrollo de las ideas y concepciones científicas se produce de forma dialéctica. Durante el proceso de desarrollo del conocimiento científico, se suceden puntos de vista opuestos sobre el mismo objeto de estudio y, con frecuencia, una nueva teoría no es continuación directa de la precedente, sino su negación dialéctica. La nueva teoría conserva aquellos logros de la teoría precedente que han resistido la verificación histórica, pero en su formulación y en sus conclusiones trata de superar las limitaciones de éstos y abarcar nuevas y más profundas capas de fenómenos.
Las concepciones sobre el intelecto de los animales se han desarrollado también de forma dialéctica. Podemos señalar y analizar claramente las tres etapas que ha recorrido últimamente esta disciplina en su evolución.
La primera corresponde a las teorías antropomórficas que, equivocadas por la semejanza externa que en determinados casos existe entre el comportamiento de los animales y del hombre, atribuían a los primeros concepciones, pensamientos e intenciones propios de este último, les transferían la forma de actuar del hombre y suponían que, en situaciones análogas, el animal obtenía los mismos resultados que el hombre mediante las mismas operaciones y procesos psicológicos. En aquella etapa se atribuían a los animales las formas más complejas del pensamiento humano.
La reacción contra este enfoque dio lugar a la investigación científica objetiva del comportamiento animal, que, mediante observaciones y experimentos meticulosos, consiguió demostrar que una gran parte de las operaciones que la teoría precedente tendía a considerar como acciones inteligentes no eran más que formas de actividad instintivas e innatas, mientras que la otra parte —las formas de comportamiento aparentemente inteligentes— deben su aparición a un proceso de ensayos y errores al azar. 177
E. Thorndike —padre de la psicología objetiva—, en sus investigaciones sobre el intelecto de las animales, logró demostrar experimentalmente que éstos, actuando según el procedimiento de ensayos y errores al azar, elaboran formas complejas de comportamiento que, en apariencia, son similares a las que se dan en el hombre, pero que, en su esencia, son profundamente distintas. En los experimentos de Thorndike, los animales abrían pestillos y cerraduras relativamente complicadas, manejaban mecanismos de diferente grado de dificultad, pero todo eso ocurría sin que hubiera una mínima comprensión de la situación o del mecanismo, gracias exclusivamente a un proceso de autoadiestramiento. Los experimentos de Thorndike abrieron una nueva era en la psicología animal. El propio Thorndike expuso magníficamente esta nueva corriente y su contraposición al enfoque anterior en el estudio del intelecto de los animales.
Según sus propias palabras, hasta ese momento todo el mundo estaba dispuesto a hablar de la inteligencia de los animales, pero nadie hacía referencia a su estupidez. El objetivo principal de la nueva corriente era demostrar que, cuando está frente a una situación similar a aquélla en la que un hombre «reflexiona», lo que exhibe el animal es «estupidez», un comportamiento irracional, que en esencia nada tiene que ver con el comportamiento reflexivo del hombre. Por consiguiente, para explicar ese comportamiento no hay ninguna necesidad de atribuir inteligencia a los animales.
Esa es la conclusión principal de estas investigaciones, que han marcado, corno ya hemos dicho, toda una época en la ciencia que nos ocupa.
A este respecto, W. Köhler dice, con razón, que el estudio del intelecto se ha visto dominado hasta hace muy poco por estas tendencias negativas, de acuerdo con las cuales los investigadores intentaban demostrar que el comportamiento de los animales era irracional, «no semejante al del hombre», y mecánico.
Las investigaciones de Köhler, junto con otra serie de investigaciones en este campo, representan una nueva etapa, la tercera, en el desarrollo del problema. Köhler se plantea exactamente la misma pregunta que Thorndike, y quiere investigar si en los animales superiores, en los monos antropomorfos, hay inteligencia, en el sentido estricto de la palabra; es decir, si en ellos se da ese tipo de comportamiento que desde hace mucho tiempo es considerado como un rasgo distintivo y específico del hombre. Pero Köhler trata de resolver este problema de otra forma, utilizando métodos y planteándose objetivos teóricos distintos de los de Thorndike.
El indudable mérito histórico de Thorndike consiste en haber logrado terminar de una vez para siempre con las tendencias antropomórficas en el estudio del comportamiento de los animales, y haber sentado las bases de los métodos científico-naturales objetivos en la psicología animal. La ciencia natural mecanicista ha obtenido su máximo triunfo con estas investigaciones. No obstante, una vez acabada esta tarea, en la que se ha puesto de manifiesto el mecanismo de formación de los hábitos, el propio curso de desarrollo de la ciencia ha planteado a los investigadores una nueva tarea, 178 que ya se perfilaba- esencia en los trabajos de Thorndike. Como consecuencia de sus investigaciones, se estableció una profunda separación entre el comportamiento de los animales y el del hombre. Según las investigaciones de Thorndike, en el comportamiento de los animales no era posible encontrar el menor signo de inteligencia, de manera que precisamente desde la perspectiva de las ciencias naturales resultaba imposible comprender cómo había surgido la inteligencia humana y qué nexos genéticos mantiene con el comportamiento de los animales. El comportamiento racional del hombre y el irracional de los animales quedaban completamente separados por un abismo, y esta separación ponía de relieve no sólo la impotencia del enfoque mecanicista para explicar el origen de las formas superiores del comportamiento humano, sino también la existencia de un conflicto de principio en la psicología genética.
Ciertamente, en este punto a la psicología se le ofrecían dos alternativas: o apartarse de la teoría evolucionista renunciando totalmente al intento de estudiar genéticamente el pensamiento —es decir, adoptar un punto de vista metafísico en la teoría de la inteligencia— o soslayar el problema del pensamiento en lugar de resolverlo, al eliminar la cuestión misma intentando demostrar que también el comportamiento del hombre —incluido su pensamiento— puede reducirse por completo a los procesos mecánicos de elaboración de hábitos, que en esencia no se diferenciarían en nada de estos mismos procesos tal y como se dan en las gallinas, los gatos o los perros. El primer camino lleva a una concepción idealista del pensamiento (escuela de Wurtzburgo); el segundo, al behaviorismo puro.
W. Köhler señala con razón que el mismo Thorndike, en sus primeras investigaciones, parte del reconocimiento tácito de que existe un comportamiento de tipo inteligente, con independencia de cómo se definan sus características y de cuáles sean los criterios que se adopten para diferenciarlo de otras formas de comportamiento.
La psicología asociacionista, al igual que la psicología de Thorndike, parte precisamente de la tesis de que los procesos que a un observador ingenuo le parecen inteligentes pueden reducirse al funcionamiento de un simple mecanismo asociativo. En palabras de Köhler, Thorndike, representante radical de esta corriente, llega a la siguiente conclusión como principal resultado de sus investigaciones con perros y gatos: no hay nada en el comportamiento de estos animales que presente el menor atisbo de inteligencia. Una persona sólo formula de esta manera sus conclusiones, continúa Köhler, cuando considera que hay otro tipo de comportamiento que es inteligente, y cuando sabe que esa contraposición se da en la observación directa (probablemente del hombre), aunque luego en la teoría trate de negarla.
Es evidente que, en relación con el problema que nos ocupa, hay una especie animal de una importancia realmente excepcional: los monos antropomorfos, nuestros parientes más próximos en la escala evolutiva, que ocupan un lugar especial entre los restantes animales. Las investigaciones 179 sobré esta cuestión deben arrojar luz sobre el origen de la inteligencia humana.
Es precisamente su proximidad al hombre, según señala Köhler, el motivo principal que despierta intuitivamente nuestro interés por la investigación del intelecto de los monos antropomorfos. Los estudios precedentes han mostrado que, en lo que se refiere a la química del cuerpo, que se refleja en las propiedades de la sangre, y a la estructura de su cerebro, los monos antropomorfos están más próximos al hombre que a las especies inferiores de monos. Surge, pues, de forma espontánea la cuestión de si no sería posible establecer también mediante investigaciones específicas el grado de parentesco que existe entre el hombre y el mono en el campo del comportamiento.
Lo más importante y decisivo de los trabajos de Köhler, el resultado fundamental que ha obtenido, es el hecho de haber verificado científicamente la idea intuitiva de que los monos antropomorfos no sólo están más próximos al hombre que a las especies inferiores de monos en lo que respecta a determinados rasgos morfológicos y fisiológicos, sino que también en el ámbito psicológico son sus parientes más cercanos. De esta manera, las investigaciones de Köhler proporcionan por vez primera en psicología una fundamentación objetiva del darwinismo en su punto más crítico, importante y difícil. Sus trabajos añaden a los datos de la anatomía y fisiología comparados los de la psicología comparada, completando con ellos el eslabón que faltaba anteriormente en la cadena evolutiva.
Cabe decir sin exagerar que gracias a estas investigaciones se ha conseguido por vez primera fundamentar y confirmar de forma exacta y objetiva la teoría evolucionista en el campo del desarrollo del comportamiento superior del hombre. Al mismo tiempo, estos estudios han superado también aquella separación teórica entre el comportamiento del hombre y de los animales originada por los trabajos de Thorndike, tendiendo un puente a través del abismo que separaba el comportamiento racional del irracional. Han mostrado —desde el punto de vista del darwinismo— la indudable verdad de que los rudimentos del intelecto, de la actividad racional del hombre, existen ya en el reino animal.
Es verdad que no hay ninguna necesidad teórica para esperar que los monos antropomorfos manifiesten rasgos de comportamiento análogos a los del hombre.
Últimamente, como señala con razón V. A. Vágner, se ha puesto en duda la idea de que el hombre procede de los monos antropomorfos. Existen razones fundadas para suponer que nuestros antepasados debieron de ser una especie extinguida de animales, a partir de la cual se desarrolló el hombre en línea evolutiva directa.
Kloach demuestra mediante una serie de argumentos sumamente convincentes que los monos antropomorfos no son más que una rama que se separó del antepasado del hombre. En la lucha por la supervivencia, los monos antropomorfos tuvieron que «sacrificar» —para adaptarse a determinadas condiciones de vida— aquellos elementos de su organización 180 que abrieron paso a formas más importantes de evolución progresiva y que condujeron al hombre. En palabras de Kloach, una reducción más pronunciada del tamaño del dedo pulgar impidió a estas ramas secundarias seguir el camino ascendente. Desde este punto de vista, los monos antropomorfos son vías muertas desviadas del carril principal seguido por la evolución progresiva.
Por consiguiente, sería un enorme error considerar a los monos antropomorfos como nuestros antepasados directos y esperar poder encontrar en ellos los rudimentos de todas las formas de comportamiento propias del hombre. Con toda probabilidad, el antepasado común nuestro y de los monos antropomorfos ha desaparecido, y, como señala acertadamente Kloach, estos últimos son tan sólo una ramificación de esa especie inicial.
Por tanto, lo que cabe esperar de entrada es que no vamos a encontrar una herencia genética directa entre el chimpancé y el hombre, que muchos rasgos del chimpancé —incluso en comparación con nuestro antepasado común— se habrán visto reducidos y muchos se habrán visto desviados de la línea fundamental de desarrollo. Por eso, no se puede tomar una decisión a priori, y sólo una investigación experimental puede dar una respuesta fidedigna a la cuestión que nos interesa.
W. Köhler se enfrenta a este problema con toda la exactitud del experimento científico. Transforma la conjetura teórica en un hecho establecido experimentalmente. En efecto, aún aceptando la exactitud de la argumentación de Kloach, no podemos dejar de considerar la enorme probabilidad teórica de que, dada la considerable semejanza que existe entre el hombre y el chimpancé tanto en la bioquímica de su sangre como en la estructura de su cerebro, podamos encontrar en estos monos rudimentos de formas de actividad específicamente humanas. Vemos, por consiguiente, que estas investigaciones no sólo abordan cuestiones derivadas de un intuitivo interés por los monos antropomorfos, sino que también afectan a problemas mucho más fundamentales de la teoría evolutiva.
W. Köhler ha conseguido demostrar que los monos antropomorfos exhiben un comportamiento inteligente del mismo tipo que aquel que se considera como una característica específica del hombre. Es decir, Köhler ha demostrado que los monos superiores son capaces de inventar y utilizar instrumentos. El empleo de instrumentos —que se considera como la base del trabajo del hombre— determina, como se sabe, la profunda singularidad que presenta la adaptación de éste a la naturaleza, singularidad que le distingue de otros animales.
Sabemos que, según la teoría del materialismo histórico, el empleo de instrumentos es el punto de partida responsable de la singularidad del desarrollo histórico del hombre, que le diferencia del desarrollo zoológico de sus antecesores. Sin embargo, el descubrimiento de Köhler de que los monos antropomorfos son capaces de inventar y utilizar instrumentos no sólo no es un hecho inesperado para el materialismo histórico, sino que ya había sido anticipado y previsto teóricamente. 181
K. Marx dice lo siguiente sobre este particular: «El uso y la fabricación de medios de trabajo, aunque ya esté presente en germen en ciertas especies de animales, es una característica propia del proceso de trabajo humano, y esa es la razón por la que Franklin define al hombre como “a toolmaking animal”, es decir, como un animal que fabrica instrumentos» (K. Marx, F. Engels, Obras, t. 23, págs. 190-191). Estas palabras apuntan no sólo al hecho de que los instrumentos son el momento de inflexión en el desarrollo del hombre, sino que además sugieren que los rudimentos de la utilización de instrumentos se pueden encontrar ya en ciertos animales.
«Tan pronto como el hombre se convierte en un animal que fabrica instrumentos —dice G. V. Plejánov—, entra en una nueva fase de desarrollo: termina su evolución zoológica y comienza el curso histórico de su vida» (1956, t. 2, pág. 153). «Está claro como el día —dice más adelante Plejánov— que el empleo de instrumentos, por imperfectos que sean, presupone un desarrollo enorme de las facultades mentales. Llovió mucho antes de que nuestros antepasados antropopitecinos alcanzaran semejante grado de desarrollo del `espíritu'. ¿Cómo lo lograron? Para ello hemos de acudir no a la historia, sino a la zoología... Sea como fuere, la zoología nos proporciona la imagen de un homo (el hombre) que posee ya la capacidad de inventar y utilizar los instrumentos más primitivos» (Ibídem).
Vemos, por tanto, con toda claridad que la capacidad de inventar y utilizar instrumentos es una condición para el desarrollo histórico del hombre y que surge ya en el período zoológico de evolución de nuestros antepasados. A este respecto, es muy importante precisar que Plejánov, al hablar del empleo de instrumentos como algo característico de nuestros antepasados, no se refiere al empleo instintivo de los mismos, propio de algunos animales inferiores (como, por ejemplo, la construcción de nidos por las aves o la de presas por los castores), sino a la invención de instrumentos basada en un elevado grado de desarrollo de las facultades mentales.
Los estudios experimentales de Köhler no constituyen una confirmación empírica directa de esta conjetura teórica, puesto que, al pasar del análisis teórico a la investigación experimental con los monos, debemos realizar una corrección, de la que ya hemos hablado anteriormente. No debemos olvidar ni por un instante que los monos antropoides que ha estudiado Köhler y nuestros antepasados antropopitecinos a los que se refiere Plejánov no son los mismos organismos. Sin embargo, una vez hecha esta corrección, no podemos rechazar la idea de que indudablemente entre unos y otros existe un parentesco genético muy cercano.
W. Köhler ha observado en sus experimentos y en los juegos naturales espontáneos de los animales una amplia utilización de instrumentos por parte de éstos, que indudablemente está genéticamente relacionada con ese prerrequisito para el desarrollo histórico del hombre al que se refiere Plejánov.
W. Köhler describe utilizaciones muy diversas de palos, cajones y otros objetos en calidad de instrumentos, mediante los cuales el chimpancé actúa 182 sobre las cosas que le rodean, así como ejemplos de fabricación primitiva de instrumentos. Por ejemplo, el chimpancé une dos o tres palos, colocando el extremo de uno en el orificio de otro para obtener un instrumento más largo, o rompe una rama para utilizarla como un palo, o desarma una estera de limpiarse los zapatos, que hay en la estación de antropoides con el fin de sacar las varillas de hierro con que está construida, o extrae del suelo una piedra medio enterrada en él, etcétera.
Pero, como ha mostrado Köhler, para los monos sólo el palo es un instrumento preferido y universal, al que daban las más variadas utilizaciones. En ese palo, como instrumento universal, los historiadores de la cultura y los psicólogos verán sin la menor dificultad el prototipo de nuestros más diversos instrumentos. El chimpancé utiliza el palo como pértiga para saltar, y también lo emplea como caña de pescar o como cucharilla, aplastando las hormigas que se han subido a él, y luego lamiéndolas. El palo es también la palanca con que abre la tapa del depósito de agua. El chimpancé cava la tierra empleando el palo como una pala. Utilizando el palo como un arma, se amenazan unos a otros. También se sirve del palo para apartar una lagartija o un ratón de su cuerpo, para tocar un alambre cargado de electricidad, etcétera.
En todas estas diferentes maneras de utilización de instrumentos nos hallamos en presencia de verdaderos rudimentos, indicios embrionarios o premisas psicológicas a partir de las cuales se ha desarrollado la actividad laboral del hombre. Engels, atribuyendo al trabajo un papel decisivo en el proceso de humanización del mono, dice que «el trabajo hizo al hombre» (K. Marx, F. Engels, Obras, t. 20, pág. 486). Por eso, Engels intenta analizar minuciosamente las condiciones que pudieron dar lugar a la aparición de la actividad laboral. Engels hace hincapié en la diferenciación de las funciones de las manos y los pies. «Con esto se dio —afirma— el paso decisivo para la transición del mono al hombre» (Ibídem).
En completo acuerdo con Darwin, que afirmaba también que «el hombre nunca hubiera logrado ocupar su situación dominante en el mundo sin el empleo de las manos —esos instrumentos que poseen la sorprendente propiedad de someterse dócilmente a su voluntad—», Engels cree que el paso decisivo fue la liberación de la mano de las funciones de desplazamiento. También en completo acuerdo con Darwin, supone que nuestro antecesor fue «un género de monos antropoides excepcionalmente desarrollados (Ibídem)».
En los trabajos de Köhler tenemos una demostración experimental de que el paso al empleo de instrumentos ya se había preparado de hecho durante el período de desarrollo zoológico de nuestros antepasados.
Puede parecer que en lo que acabamos de decir existe una contradicción interna. ¡No hay, asimismo, una contradicción entre los datos obtenidos por Köhler y lo que cabría esperar según la teoría del materialismo histórico? En efecto, hemos dicho que Marx considera que la utilización de instrumentos es un rasgo característico del trabajo humano, y que en su definición se 183
Puede parecer que en lo que acabamos de decir existe una contradicción interna. ¿No hay, asimismo, una contradicción entre los datos obtenidos por Köhler y lo que cabría esperar según la teoría del materialismo histórico? En efecto, hemos dicho que Marx considera que la utilización de instrumentos es un rasgo característico del trabajo humano, y que en su definición se 183 puede prescindir de los rudimentos de utilización de instrumentos que se dan en los animales. ¿No resulta lo que acabamos de decir acerca del nivel relativamente alto de desarrollo del empleo de instrumentos en el mono, y de su semejanza con el uso de instrumentos en el hombre, contradictorio con la afirmación de que el uso de instrumentos es un rasgo específico de este último?
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Como se sabe, Darwin era contrario a la opinión según la cual sólo .el hombre es capaz de emplear instrumentos. Según él, muchos mamíferos manifiestan en estado embrionario esa misma capacidad. Así, el chimpancé utiliza piedras para romper la cáscara de ciertos frutos, y los elefantes rompen ramas de los árboles y se abanican con ellas para espantar a las moscas.
No cabe duda de que Darwin tiene toda la razón desde su propio punto de vista —dice Plejánov, refiriéndose a las consideraciones de éste—, es decir, en el sentido de que en la tan cacareada «naturaleza humana» no hay un solo rasgo que no pueda encontrarse en una u otra especie animal, por lo que definitivamente no hay el menor fundamento para considerar al hombre como un ser aparte, asignándole un «reino especial». Pero no hay que olvidar que las diferencias cuantitativas pueden convenirse en cualitativas. Lo que en una especie animal existe en embrión puede convertirse en un rasgo diferenciador de otra especie. Esto es especialmente cierto en el caso de la utilización de instrumentos. El elefante rompe ramas y se sirve de ellas para espantar a las moscas. Eso es interesante e instructivo. Pero no cabe duda de que en la historia evolutiva de la especie «elefante» el empleo de ramas para espantar moscas no ha desempeñado ningún papel esencial: los elefantes no han llegado a ser elefantes porque sus más o menos elefantoides antepasados se abanicaran con ramas. En cambio, no es eso lo que sucede con el hombre.
«La existencia de los salvajes australianos depende totalmente de su bumerang, lo mismo que la de la Inglaterra contemporánea depende de sus máquinas. Si al australiano le quitáramos el bumerang y le convirtiéramos en labrador, se vería obligado a variar por completo su forma de vida, sus costumbres, su forma de pensar, su `naturaleza'» (1956, t. 1, pág. 609).
Hemos señalado ya que la utilización de instrumentos en los monos, según los estudios y observaciones de Köhler, no responde a la forma instintiva de que habla Plejánov. En efecto, el mismo Plejánov afirma que en el límite del mundo animal y humano este otro tipo de utilización de instrumentos, que él llama invención de instrumentos y que exige y presupone la existencia de un alto grado de desarrollo de las facultades mentales.
F. Engels también señala que «el proceso del trabajo surge tan sólo con la fabricación de instrumentos» (K. Marx, F. Engels, Obras, t. 20, pág. 491). Por consiguiente, hay que esperar a que el empleo de instrumentos alcance primero un grado de desarrollo relativamente alto en el reino animal para que resulte posible la transición a la actividad laboral del hombre. Pero, al mismo tiempo, lo que dice Plejánov acerca de la diferencia cualitativa entre 184 el empleo de instrumentos por parte del hombre y de los animales resulta totalmente aplicable también a los monos de Köhler.
Pondremos un ejemplo sencillo que demuestra perfectamente que en la adaptación biológica de los monos superiores los instrumentos desempeñan todavía un papel muy poco importante. Ya hemos dicho anteriormente que los monos utilizan los palos como armas, pero la mayoría de las veces sólo emplean este instrumento en «juegos bélicos». Un mono coge un palo, se aproxima amenazador a otro y le «pincha». Su adversario también se arma de un palo, y ya tenemos ante nosotros un juego «bélico» entre chimpancés. Pero si, señala Köhler, se produce una equivocación y el juego se transforma en una pelea seria, los monos tiran inmediatamente las armas al suelo y se atacan recurriendo a las manos, los pies y los dientes. El ritmo permite diferenciar el juego de la pelea seria. Si el mono agita un palo lenta y torpemente es que juega; pero cuando la cosa se pone seria, el chimpancé se lanza como un relámpago contra su adversario y éste no tiene tiempo de hacerse con un palo.
V. A. Vágner extrae de aquí una conclusión general, que no nos parece muy acertada. Dice: «Hay que tener mucho cuidado para no atribuir a facultades racionales lo que en gran medida hay que achacar a los instintos: usar una puerta para coger una cesta colgada del techo, una cuerda, etcétera. Suponer que estos animales poseen la capacidad de construir silogismos no tiene mayor fundamento que suponer que poseen la capacidad de utilizar un palo como instrumento, cuando los hechos demuestran que un chimpancé que tiene en sus manos un palo y que dispone, por tanto, de un arma, cuando se enfrenta a un adversario, en lugar de utilizarlo lo tira y recurre a las manos, los pies y los dientes» (1923).
En nuestra opinión, los hechos descritos por Köhler tienen una importancia verdaderamente crucial para valorar en su justa medida el uso de instrumentos por parte de los monos. Las observaciones de Köhler demuestran que esa utilización no se ha convertido aún en un rasgo característico del chimpancé y que no desempeña en la adaptación del animal un papel importante. La participación de los instrumentos en la lucha del chimpancé por la existencia es casi nula. Pero nosotros sostenemos que el hecho de que en un momento de excitación afectiva, como, por ejemplo, durante una pelea, el chimpancé arroje el arma al suelo no nos permite llegar a la conclusión de que carezca de la habilidad de utilizar el palo como un instrumento. Lo que caracteriza al estadio de desarrollo alcanzado por el chimpancé puede resumirse diciendo que está capacitado para inventar y utilizar inteligentemente instrumentos, pero que esa capacidad no ha llegado a convertirse aún en base de su adaptación biológica.
Por eso, W. Köhler tiene razón al señalar no sólo los factores que ponen de manifiesto la semejanza entre el chimpancé y el hombre, sino también las profundas diferencias que existen entre ambos, y los límites que separan incluso al mono más desarrollado del hombre más primitivo. En opinión de Köhler, la falta de habla, esa importantísima herramienta auxiliar del 185 pensamiento, y una limitación fundamental en el material más importante del intelecto, lo que se conoce con el nombre de «representaciones», son los factores que explicarían por qué no aparece en el chimpancé ni siquiera el menor rastro de desarrollo cultural. La vida del chimpancé transcurre dentro de unos límites muy estrechos en lo que se refiere al pasado y el futuro. El tiempo en que vive es, en este aspecto, extremadamente limitado y todo su comportamiento se encuentra en dependencia casi directa de la situación concreta dada.
W. Köhler se plantea el problema de hasta qué punto el comportamiento del chimpancé está dirigido hacia el futuro. La solución de este problema le parece importante por las siguientes razones. Gran número de observaciones muy diversas sobre los antropoides ponen de manifiesto fenómenos que por lo general sólo se presentan en seres que poseen una cultura, aunque ésta sea sumamente primitiva. Pero si los chimpancés no poseen nada que merezca el nombre de cultura, surge el problema de cuál es la causa de su limitación a este respecto. Hasta el hombre más primitivo prepara su palo de cavar, aunque no vaya a ponerse a cavar inmediatamente y no estén presentes las condiciones externas necesarias para el empleo del instrumento. El hecho mismo de preparar el instrumento para el futuro guarda relación, en opinión de Köhler, con la aparición de la cultura. Por lo demás, Köhler se limita sólo a plantear el problema y no se preocupa de resolverlo.
Nosotros creemos que la falta de desarrollo cultural, que desde el punto de vista psicológico constituye el factor más importante de la diferenciación entre el chimpancé y el hombre, depende de la ausencia en el comportamiento del primero de cualquier hecho comparable, aunque sea remotamente, al lenguaje humano, y, en sentido más amplio, de la utilización de signos.
Köhler afirma que, observando a los chimpancés, se puede constatar que poseen un lenguaje que en ciertos aspectos se encuentra sumamente próximo al lenguaje humano. Por ejemplo, su «lenguaje» posee gran cantidad de elementos fonéticos semejantes a los sonidos del habla humana. De ahí deduce Köhler que la ausencia de ésta en los monos superiores no puede explicarse por causas periféricas, como la existencia de defectos o imperfecciones del aparato fonador y articulatorio.
Pero los sonidos que los chimpancés emiten son siempre una expresión de su estado emocional, tienen siempre un significado meramente subjetivo y nunca designan nada objetivo, nunca se utilizan en calidad de signo que señale algo externo con respecto al animal. Las observaciones de Köhler sobre los juegos de los chimpancés han puesto de manifiesto que, aunque éstos «dibujaban» con arcilla coloreada, nunca se observó en ellos nada que pudiera parecerse siquiera lejanamente a un signo.
También otros investigadores, como R. Yerkes, han podido constatar la ausencia en estos animales de un lenguaje análogo al del hombre. Sin embargo, la psicología del hombre primitivo pone de manifiesto que el desarrollo cultural del psiquismo humano está ligado al empleo de signos. Y, aparentemente, el desarrollo cultural de nuestros antepasados antropopitecinos se 186 hizo posible solo a partir del momento en que, sobre la base del desarrollo del trabajo, apareció el lenguaje articulado. La ausencia de este último es la que «explica» la falta de rudimentos de desarrollo cultural en los chimpancés.
En lo que respecta al segundo factor a que se refiere Köhler, la limitación a la hora de operar en situaciones no visibles o con representaciones, nosotros creemos que también guarda una estrecha relación con la ausencia de habla o signos en general, puesto que es precisamente el lenguaje el medio más importante mediante el cual el hombre empieza a actuar en situaciones no inmediatamente perceptibles.
Pero, en esencia, ni la falta de lenguaje ni la limitación de la experiencia vital al tiempo presente explican el problema que plantea Köhler, ya que a su vez esas carencias necesitan ser explicadas. La falta de lenguaje no puede considerarse como la causa de la falta de desarrollo cultural en los monos antropoides, porque el lenguaje mismo forma parte de este fenómeno general. La verdadera causa es la diferencia en el tipo de adaptación. El trabajo, como señala Engels, desempeñó un papel decisivo en el proceso de transformación del mono en hombre. «El trabajo hizo al hombre» (K. Marx, F. Engels, Obras, t. 20, pág. 486)... y al lenguaje humano, y la cultura humana, y el pensamiento humano, y la proyección humana de la vida en el tiempo.
Apartado 02
En el mismo plano, en que Köhler resuelve la tarea que se plantea de forma puramente experimental, surge ante nosotros en toda su magnitud el problema del intelecto per se como una forma específica de comportamiento, que en el chimpancé puede ser estudiada en su expresión más pura y manifiesta. En efecto, en las condiciones adecuadas, el comportamiento de estos animales constituye a este respecto un objeto de estudio privilegiado, que permite investigar la «cultura pura» del intelecto. En él podemos ver en proceso de formación y en su forma original las reacciones que en el hombre adulto aparecen ya estereotipadas y automatizadas.
Al investigador le corresponde la tarea de demostrar que los chimpancés son capaces no sólo de utilizar instrumentos instintivamente, sino de construirlos y hacer un uso inteligente de ellos. De aquí se deriva la importancia tan fundamental que adquiere la capacidad de usar instrumentos para el estudio del intelecto.
W. Köhler dice que, antes de plantearse la cuestión de si los antropoides se comportan de forma inteligente, es necesario ponerse de acuerdo en cómo podemos distinguir en general las reacciones inteligentes de las de otra clase. Köhler presupone que esta diferenciación nos resulta conocida por la observación cotidiana del hombre. Como ya hemos dicho, Köhler afirma que la admisión tácita de esa diferenciación está incluso en la base de la teoría asociativa y de la teoría de Thorndike. 187
E. Thorndike y sus seguidores niegan la existencia de comportamiento inteligente en los animales y los asociacionistas tratan de reducir las acciones inteligentes a asociaciones. Este hecho demuestra por sí solo que tanto unos como otros parten de posiciones análogas a la de Köhler: es decir, parten de una diferenciación directa, intuitiva, entre acciones ciegas, mecánicas, basadas en ensayos al azar, y acciones inteligentes, basadas en la comprensión de la situación. Por eso, dice Köhler que inicia y termina su investigación teórica sin adoptar una postura positiva o negativa con respecto a la psicología asociacionista. El punto de partida de su estudio es el mismo que el de Thorndike. Su objetivo no es investigar en los antropoides «algo que se encuentra totalmente definido de antemano»; antes de ello, es necesario resolver la cuestión general de si el comportamiento de los monos superiores pertenece o no a ese tipo que conocemos de forma aproximada por nuestra propia experiencia y que denominamos «inteligente». De esta manera, actuamos de acuerdo con la lógica misma del conocimiento científico, puesto que en el comienzo de las ciencias experimentales no es posible hacer definiciones claras y exactas. Únicamente en el curso de un prolongado proceso de desarrollo y con investigaciones fructíferas pueden establecerse definiciones tan precisas.
Por consiguiente, Köhler no desarrolló en su libro una teoría de la conducta inteligente. Sólo aborda las cuestiones teóricas desde un punto de vista negativo, intentando demostrar que los datos empíricos obtenidos por él no pueden ser explicados por la teoría del azar y que, por tanto, el tipo de conductas exhibidas por los chimpancés es esencialmente distinto de los ensayos y errores realizados al azar. Köhler ni siquiera ofrece una respuesta hipotética a la cuestión de cuál puede ser el mecanismo psicológico de estas reacciones inteligentes, cuáles pueden ser las modificaciones del arco reflejo que se producen en los animales. Köhler limita deliberadamente su tarea a establecer la presencia de determinado tipo de reacciones y a buscar unos criterios objetivos lo más precisos posible para ese tipo de reacciones.
Acabamos de decir que Köhler no parte al comienzo de su trabajo de una definición precisa de comportamiento inteligente. Trataremos de aclarar, sin embargo, a qué se refiere Köhler cuando habla de comportamiento inteligente. Este tipo de comportamiento no adolece de una indefinición absoluta. La experiencia nos muestra, dice Köhler, que cuando el hombre o el animal consiguen un objetivo por una vía directa, propia de su organización, no hablamos de comportamiento inteligente. Más bien, la impresión de inteligencia surge cuando las circunstancias obstaculizan la vía directa hacia el objetivo dejando abierto un modo indirecto de actuar, y el hombre o el animal dan un rodeo acorde con la situación. Según Köhler, esta concepción es la que sirve de base a casi todos los estudios que han abordado ese mismo problema, independientemente de si lo resolvían con una respuesta afirmativa o negativa.
De la misma forma general, expone Köhler el principio de investigación que utiliza. En sus experimentos, se crea una situación en la que la vía 188 directa hacia el objetivo se encuentra obstaculizada, pero existe una vía indirecta para alcanzarlo. Se pone al animal en esa situación, que, en la medida de lo posible, deberá ser totalmente clara y visible. El experimento ha de revelarnos en qué medida es capaz el animal de recurrir a un rodeo. La siguiente complicación consiste en la introducción de instrumentos en la situación experimental. El rodeo hacia el objetivo no se consigue a través de los movimientos del cuerpo del propio animal, sino mediante otros objetos, que actúan en este caso en calidad de instrumentos. Hay que decir que, desde este punto de vista, la inclusión de instrumentos en el proceso del comportamiento modifica de forma radical su carácter, confiriéndole el carácter de rodeo.
W. Köhler señala que el criterio objetivo más importante que permite diferenciar el uso inteligente de instrumentos de una actividad instintiva y de los ensayos al azar es el hecho de que la estructura objetiva de la operación misma de utilización del instrumento se corresponda con la estructura de la situación objetiva. Más adelante señala, acertadamente, que el instinto existe para el cuerpo del animal, para la inervación de sus miembros, pero no para el palo que sostiene en su mano. Por eso podríamos considerar instintivos los movimientos orientados hacia el objetivo que el animal ejecuta con su propio cuerpo, pero no los movimientos complejos que realiza con un instrumento. Así, siempre que los movimientos de los órganos se ven sustituidos por los movimientos de un instrumento convirtiéndose en movimientos «mediados», nos hallamos en presencia de una operación inteligente del animal. Además de éste, hay un segundo criterio fundamental de comportamiento inteligente, que es justamente la utilización de instrumentos. La utilización adecuada de un instrumento en correspondencia con la estructura de la situación constituye un índice objetivo de la existencia de una reacción inteligente en el animal, ya que la utilización de instrumentos presupone la comprensión de las propiedades objetivas de las cosas. Y finalmente, para Köhler, un tercer y último criterio es el carácter estructural (integrado, configuracional) del conjunto de la operación llevada a cabo por el animal.
Por «estructura» la nueva psicología entiende procesos globales que presentan una serie de propiedades que no pueden deducirse aditivamente de las propiedades de sus partes, y que se distinguen como totalidades por una serie de regularidades. La diferencia objetiva más evidente entre una operación inteligente del chimpancé y otra que tiene su origen en un autoadiestramiento según el método de los ensayos al azar consiste en que la operación que realiza el chimpancé no está formada por elementos independientes, partes aisladas, que habrían aparecido anteriormente de forma desordenada entre otros muchos movimientos que no guardarían ninguna relación con la situación externa, y de entre los cuales se seleccionarían por su eficacia las reacciones apropiadas, las cuales, a su vez, gracias a su frecuente repetición, acabarían por juntarse en una reacción única encadenada. Lo que caracteriza a una reacción inteligente (operación) es precisamente el hecho de que no 189 está formada por la suma de partes aisladas, sino que surge de una sola vez como una totalidad de la que dependen las propiedades y el valor funcional de sus partes aisladas.
W. Köhler nos ha proporcionado una brillante demostración experimental del carácter integrado y total de las reacciones inteligentes de los chimpancés. Köhler ha mostrado cómo una acción aislada que forma parte de la operación del animal, considerada en sí misma, por separado, carece de sentido e, incluso, a veces se aparta del objetivo, mientras que en combinación con las demás, y sólo en combinación con las demás, cobra sentido. Este tipo de acción total, afirma Köhler, es el único medio posible de resolver el problema en la situación dada. Y esta característica es la que Köhler considera como criterio para identificar un rodeo genuino, es decir, una genuina operación inteligente. Al animal se le plantea una situación tal que para conseguir el fruto que se encuentra ante él tiene que realizar un movimiento de rodeo: por ejemplo, no puede atraerlo hacia sí directamente, sino que primero tiene que empujarlo, alejándolo de sí, para hacerlo llegar al otro extremo de la caja en cuyo interior se encuentra, de manera que, después de ir al otro lado de ésta, el chimpancé pueda cogerlo con la mano. Es absolutamente evidente que en un caso como éste, el conjunto total contiene partes que en cierto sentido se contraponen. Esa unidad dialéctica de las partes de un proceso unitario constituye el verdadero criterio para distinguir una reacción inteligente.
Esta reacción global y unitaria surge directamente de la influencia sobre el animal de la estructura de la situación, y la racionalidad de la reacción se comprueba viendo hasta qué punto la estructura de la operación realizada por el animal se corresponde con la estructura objetiva de la situación.
W. Köhler recurre, por tanto, a una forma puramente objetiva de estudiar la inteligencia. Köhler dice con toda claridad que, al hacer hincapié en el carácter integrado y total de las operaciones del animal, no estamos diciendo nada sobre su conciencia: simplemente nos estamos refiriendo a su comportamiento. La diferenciación entre operaciones inteligentes y no inteligentes nos remite exclusivamente, según sus palabras, a la fenomenología elemental del comportamiento de los chimpancés.
Cuando W. Köhler combate las tendencias mecanicistas de la psicología científico-natural, está intentando demostrar que, cuando pasamos a considerar formas de comportamiento superiores, podemos verificar en los animales con toda objetividad la diferencia cualitativa que existe entre esta nueva fase en el desarrollo del comportamiento y el puro autoadiestramiento.
Las investigaciones de Köhler han dado lugar a gran número de publicaciones, en las que se analizan críticamente tanto las tesis generales del autor como la interpretación de aspectos concretos de su trabajo. Ninguno de los críticos cuestiona la parte objetiva de los trabajos de Köhler, pero muchos se apartan de él en la interpretación de sus experimentos. Vamos a detenernos en aquellos puntos de vista críticos más típicos y fundamentales que nos 190 servirán de ayuda para valorar y comprender en su justa medida las tesis que plantea Köhler.
La primera crítica de que fue objeto Köhler provenía de los psicólogos subjetivistas. Por ejemplo, según P. Lindworsky el mono no puede manifestar un comportamiento inteligente por dos razones: en primer lugar, los monos, a diferencia del hombre, muestran un estancamiento en su desarrollo mental durante miles de años; en segundo lugar, la inteligencia es para el mencionado autor equivalente a la comprensión de relaciones, y las operaciones de los monos no pueden basarse en ese tipo de comprensión. Esta crítica se caracteriza fundamentalmente por que, en su interpretación del comportamiento de los chimpancés, recurre a un principio metodológico totalmente distinto al de Köhler. Lindworsky se mantiene dentro del viejo punto de vista subjetivista y mecanicista. Para la mencionada crítica, los criterios objetivos y estructurales no son convincentes. Según Köhler, el criterio de inteligencia consiste en que las cosas se manejen de acuerdo con sus propiedades estructurales, pero Lindworsky considera que, si asumiéramos ese planteamiento, también deberíamos atribuir a la inteligencia actos instintivos.
K. Koffka, otro destacado representante de la psicología estructural, al analizar esta opinión, señala acertadamente que en los actos puramente instintivos, como han mostrado numerosas observaciones y experimentos (H. Volkelt y otros), podemos constatar que, cada vez que la situación se desvía del tipo normal, se produce un comportamiento sumamente inadecuado respecto a propiedades estructurales de importancia esencial.
Pero el aspecto más importante y básico de la crítica de Lindworsky consiste en que éste descompone las operaciones inteligentes de los chimpancés en partes, y se pregunta en qué parte de la operación interviene la inteligencia. La propia formulación de esta pregunta constituye una negación radical del planteamiento del problema efectuado por Köhler, ya que para él la inteligencia no «interviene» en un momento aislado de la operación, sino que es la totalidad de la operación con su estructura la que se acomoda a la estructura externa de la situación y la que, por consiguiente, es inteligente. Köhler suponía que las partes aisladas de la operación carecen de sentido por sí mismas y que sólo adquieren un sentido relativo dentro de la estructura de la acción en su conjunto.
Si aceptamos los criterios de la psicología subjetiva empirista en los que se apoya esta crítica, nos veremos obligados a atribuir a la inteligencia, a priori e independientemente del resultado de cualquier investigación, sólo aquellas propiedades que el análisis introspectivo descubre en el pensamiento del hombre. Así, K. Bühler, partiendo de la base de que, según todos los indicios objetivos, la conducta de los monos en los experimentos de Köhler no permite vislumbrar una actividad inteligente en sus operaciones, ve en ellas la acción aleatoria, es decir, ciega e irracional, de un mecanismo asociativo. 191
Para Bühler, como para otros psicólogos subjetivistas, la inteligencia está indisolublemente ligada a la capacidad de emitir juicios, a la sensación de la certeza. Según él, hay que demostrar que los chimpancés son capaces de hacer juicios. Sin embargo, al mismo tiempo, Bühler acepta por completo la interpretación objetiva de Köhler, que con su teoría intenta demostrar que son las relaciones de las cosas las que determinan el comportamiento de los monos. Bühler es de la opinión de que eso es perfectamente demostrable, y considera este hecho como un importante punto de partida del pensamiento. Por consiguiente, la discusión se centra en qué se entiende por inteligencia y no en cómo se interpretan los experimentos.
Bühler introduce una serie de hipótesis para explicar el comportamiento de los monos, cuyos rasgos básicos intentaré exponer de forma resumida. Este autor supone que el principio de efectuar un rodeo y el principio de alcanzar un fruto una rama o arrancarla para después atraerla hacia sí le vienen dados al animal por la naturaleza, lo mismo que le han sido proporcionados otros mecanismos instintivos que hasta ahora no somos capaces de explicar caso por caso, pero que debemos reconocer como realidades.
Por tanto, después de atribuir —no sin fundamentos suficientes— parte del éxito de los chimpancés al instinto y al autoadiestramiento a lo largo de su vida precedente, Bühler supone a continuación, ya de forma totalmente arbitraria, que el animal es capaz de «intuir» o «presentir» la situación final y partir de ella. Bühler pretende explicar el comportamiento de los chimpancés a través de un juego de representaciones. Un animal arborícola, dice, debe conocer bien la relación entre una rama y un fruto. Cuando el animal permanece enjaulado en un recinto, en cuyo exterior hay un fruto sin rama y en cuyo interior hay una rama sin fruto, el factor psicológico fundamental que interviene es que el animal, por así decir, se los representa unidos; el resto es evidente. Lo mismo puede decirse respecto al cajón. Cuando un mono en el bosque ve un fruto en lo alto de un árbol, es completamente natural que se fije en el tronco por el que ha de trepar para alcanzar el fruto. En el recinto no hay ningún árbol, pero en su campo visual hay un cajón: su acto espiritual estriba en situar en su imaginación el cajón en el lugar que le corresponde. Pensado y hecho, puesto que el chimpancé en otras situaciones se dedica con frecuencia a mover cajones jugando por el recinto.
Vemos que Bühler, a diferencia de Köhler, es partidario de reducir el mecanismo de acción de los chimpancés a un juego automático de representaciones. En nuestra opinión esta explicación no tiene base alguna en los datos objetivos obtenidos por Köhler, porque en sus investigaciones no hay nada que sugiera que en realidad el mono resuelve primero la tarea mediante representaciones, pero lo más importante es que, como dice K. Koffka, Bühler atribuye a los chimpancés una actividad representacional sumamente compleja que, a juzgar precisamente por los experimentos de Köhler, resulta sumamente improbable. De hecho, ¿dónde están los fundamentos objetivos 192 que permitirían atribuir al animal, como hace Bühler, la facultad de ponerse en la situación final y partir con su mirada del objetivo?
Por el contrario, como hemos observado en páginas anteriores, Köhler ha demostrado que un rasgo característico del intelecto de los chimpancés es precisamente las representaciones: por regla general, estos animales optan por una forma ciega de actuar tan pronto como la situación visible se vuelve relativamente ambigua y confusa desde el punto de vista óptico. Es precisamente la incapacidad del chimpancé para dirigir sus actos mediante representaciones, es decir mediante estímulos no visibles o que han dejado de estar presentes, lo que distingue todo su comportamiento. Köhler ha logrado demostrar experimentalmente que la menor complicación o confusión en la situación externa da lugar a que el chimpancé renuncie a resolver tareas que por sí mismas estarían a su alcance sin demasiado esfuerzo.
Pero la demostración definitiva de que los actos de los chimpancés no son un simple juego de representaciones puede verse en uno de los experimentos de Köhler. En efecto, como supone Bühler, el mono utilizará el palo en calidad de instrumento sólo porque mediante una representación «vuelve» a la rama de la que cuelga el fruto, entonces una rama de verdad que brotara de un árbol siempre tendría que convertirse con más facilidad y rapidez en instrumento. Sin embargo, el experimento demuestra lo contraria: al mono le resulta sumamente difícil la tarea de romper una rama viva del árbol y convertirla en instrumento; es una tarea más difícil que utilizar un palo que se encuentra ya listo para su uso.
Vemos, por tanto, que este experimento no habla en favor de la conjetura de Bühler y, junto con Koffka, creemos que la operación del chimpancé —unir el palo y el fruto— no tiene lugar en el ámbito de las representaciones o de un proceso psicofisiológico análogo, sino en el campo visual, y que esta operación no constituye la reproducción de una «experiencia» anterior, sino que implica el establecimiento de una nueva conexión estructural. Una importante demostración práctica de esto son unos experimentos análogos de Jaensch (1927) con niños eidéticos. Estos experimentos han puesto de manifiesto que la aproximación del instrumento al objeto, el establecimiento de una conexión puramente óptica entre ellos, se produce en el campo visual del eidético.
Pero en la crítica de Bühler hay puntualizaciones que nos parecen sumamente justificadas e importantes, y que no sólo no desmienten las tesis de Köhler, sino que las refuerzan y arrojan nueva luz sobre ellas. Bühler reconoce que los actos de los chimpancés tienen el carácter de actos objetivamente inteligentes, pero en lo que respecta a su perfección y a su pureza metódica —añade— esta conducta natural va a la zaga de otras muchas. Comparemos siquiera las inestables construcciones con cajas que realizan los monos con las celdillas de las abejas y con las telas de araña. La rapidez y seguridad con que trabajan las arañas y las abejas para conseguir su objetivo, en cuanto se dan todas las circunstancias que las impulsan a ello, son muy superiores a los inseguros y vacilantes movimientos de los monos. 193
Nosotros vemos en este hecho precisamente una demostración de que no estamos ante un acto instintivo del mono, sino ante un acto nuevo o, como dice Bühler, «un invento, en el sentido técnico de esta palabra». Pero, de las críticas de Bühler, lo que más valor tiene es que invitan a subrayar no sólo lo que distingue el comportamiento de los chimpancés de los actos instintivos y los hábitos, sino a señalar también lo que lo aproxima a ellos.
Por eso, si bien no es posible reducir los actos del chimpancé al instinto, a una rememoración directa de su vida natural, o a un hábito formado con anterioridad, sin embargo, nos parece que se ha señalado muy acertadamente el hecho de que en el comportamiento de los monos en situaciones nuevas desempeña un papel importante su experiencia previa, así como que existe una notable coincidencia entre las situaciones que se presentan en su vida natural en los bosques y las que se crean en los experimentos.
K. Bühler muestra con gran detalle y —en nuestra opinión— de forma plenamente convincente que tanto lo que el mono es capaz de realizar en los experimentos como lo que no, es igualmente explicable por las condiciones de su vida natural en el bosque. Por eso es por lo que considera que el prototipo de utilización del palo puede encontrarse en el acto de coger un fruto mediante una rama, y el hecho de subir hacia lo alto por medio de cajas está relacionado con el de trepar por los trucos de los árboles, en tanto que la incapacidad de los chimpancés para apartar obstáculos se explica por el hecho de que un animal trepador, en el bosque, normalmente evitará con un rodeo un obstáculo que se interponga en su camino. Rara vez tendrá motivo para apartarlo; de ahí que a los monos todas las tareas con obstáculos les resulten muy difíciles. Al hombre le parece muy sencillo quitar un cajón que está junto a la reja y ocupar el lugar desde el que se puede alcanzar un fruto, mientras que muchos chimpancés se esfuerzan durante gran cantidad de horas probando distintos procedimientos alternativos, hasta que por fin adivinan lo que hay que hacer. Por eso, tiene razón Bühler al decir que en las acciones de los chimpancés no salta a la vista ninguna ruptura con el pasado. Un pequeño progreso en la vida de sus representaciones, un juego algo más libre de sus asociaciones es a lo que podría deberse el que los chimpancés sean superiores a los perros. Todo consistiría en utilizar adecuadamente lo que uno tiene. En eso estribaría cualquier novedad.
No se puede negar razón a la idea de Bühler de que en el intelecto de los chimpancés no existe ruptura con la actividad precedente y que al igual que sucede con el pensamiento humano, las operaciones inteligentes se asientan necesariamente sobre un sistema de hábitos previos, que se utilizan en una combinación nueva; sin embargo, los hábitos que participan en una operación intelectual y que forman parte de ella constituyen una «categoría anulada» en esta forma superior de comportamiento. Ahora bien, Bühler comete un nuevo error al suponer que la naturaleza no da saltos: el desarrollo tiene lugar precisamente gracias a los saltos, y los cambios cuantitativos a los que se refiere cuando compara al perro y al chimpancé se transforman en cualitativos: un tipo de comportamiento es sustituido por otro. La superación de 194 los errores cometidos por las ciencias naturales mecanicistas estriba en reconocer este principio dialéctico de transición de la cantidad a la cualidad.
Al evaluar el comportamiento de los chimpancés en los experimentos de Köhler, V. A. Vágner llega a la conclusión de que, si se tienen en cuenta los momentos, inicial y final, en ellos parece evidente la existencia de una comprensión del objetivo. Pero, si tenemos en cuenta los detalles de las acciones que se llevan a cabo entre estos momentos, tal y como los describe el propio Köhler, la existencia de la capacidad de comprender el objetivo comienza a hacerse más dudosa. Los intentos que efectúan los monos, los errores que cometen, su incapacidad para colocar un cajón sobre otro, etcétera, son prueba de la falta de inteligencia en sus actos.
Al igual que Bühler, V. A. Vágner considera posible reducir los actos de los chimpancés a instintos, «porque, ante sus ojos, todos esos objetos no se diferencian en nada de los que utilizan cuando están en libertad: para nosotros, una puerta y un tocón, un cable y una rama, una liana y una cuerda son cosas diferentes, pero para los monos constituyen objetos idénticos en tanto que son medios para resolver una tarea». Basta que aceptemos esto para que lleguemos con toda naturalidad a la conclusión de que Thorndike tenía razón cuando no encontraba en los monos (¡inferiores!) más que acciones de un mecanismo asociativo. En lo que respecta a las facultades mentales —reconoce este autor— los monos ocupan un lugar superior y, sin embargo, no son nada en comparación con el hombre, ya que muestran una total incapacidad de pensar, aunque sólo sea de forma elemental.
Al analizar el experimento relativo a la fabricación de instrumentos, Vágner dice: «¿Es eso así?» Ciertamente, el hecho ha sido transcrito con exactitud, pero es indudable que su verdadero significado puede hallarse oculto tras los fallos de los centenares o, quizá, millares de acciones carentes de sentido, que realizan los monos en su intento de conseguir los frutos». Al señalar el empleo de instrumentos inadecuados por parte de estos animales, afirma que difícilmente se puede estar de acuerdo con Köhler cuando concluye que el chimpancé pone de manifiesto facultades inteligentes de un tipo totalmente análogo a las que caracterizan al ser humano. En opinión de Vágner, el científico se acerca mucho más a la verdad cuando dice que la carencia de representaciones de objetos y fenómenos y la ausencia del don del habla establecen una abrupta separación entre los monos antropomorfos y las razas humanas más inferiores.
Creemos que Vágner comete aquí dos equivocaciones. En primer lugar, como ha señalado Köhler, los propios errores de los monos («errores positivos») hablan con frecuencia en favor del reconocimiento de su inteligencia y no en contra de ello. En segundo lugar, el hecho de que junto con las acciones inteligentes encontremos en los monos un gran número de actos absurdos, lo mismo que en el hombre, no dice nada en contra de que tengamos que hacer una distinción general entre un tipo de comportamiento y el otro. 195
Pero lo principal, lo más importante, es que Vágner pasa por alto el criterio fundamental planteado por Köhler, es decir, el carácter estructural de la operación en sí y su correspondencia con la estructura externa de la situación. En efecto Vágner no refuta ni lo uno ni lo otro, ni tampoco que ambos factores puedan deducirse a partir de actos instintivos.
Igualmente, V. M. Borovski no ve ninguna razón para incluir las operaciones de los chimpancés en una categoría de comportamiento especial y atribuir inteligencia a estos animales. Este autor prefiere pensar que no existe diferencia alguna entre el comportamiento de los monos y el de las ratas. Dice que, si bien el mono no realiza ensayos visibles (no alarga las manos), sí «ensayaría» en cambio, con algunos músculos; al igual que las ratas, el mono efectúa tentativas incompletas; estima la distancia basándose en su experiencia anterior; «experimenta» con algo, y sólo después de eso, surge la «solución repentina», y en la medida en que no sabemos con exactitud cómo ha surgido esa solución y desconocemos su historia y su mecanismo, de momento no tenemos posibilidad de descifrar los diferentes «Einsicht» 2 e «ideaciones». Estas etiquetas pueden servirnos tan sólo como señales de un problema que aún está por resolver, cuando no de un pseudo-problema.
Lo mismo que otros autores, Borovski, yendo más lejos que Köhler, trata de demostrar que el mono resuelve la tarea mediante tanteos y ensayos internos. A esto cabe decir que el propio Köhler deja totalmente sin resolver la cuestión de si se puede o no se puede reducir la operación de los chimpancés a la actuación de un mecanismo asociativo. Ya hemos comentado antes esta opinión de Köhler. En otro lugar la expone aún con mayor claridad.
Rechazar el principio del azar como explicación del comportamiento de los chimpancés no significa aún que se adopte tal o cual posición respecto a la teoría asociacionista en general, cuyos partidarios reconocen la diferencia que puede establecerse objetivamente entre el comportamiento inteligente y el no inteligente. Toda la cuestión estriba en si partiendo del principio de la asociación, esta teoría puede explicar la estructura de las operaciones de los chimpancés y su correspondencia con la estructura de la situación. Del principio de la asociación hay que deducir, según Köhler, cómo surge la comprensión de la relación intrínseca y esencial que existe entre dos cosas o, de un modo más general, la comprensión de la estructura de la situación; hay que explicar cómo surge la conexión entre los actos del animal a partir de las propiedades de las cosas mismas y no mediante la unión al azar de reacciones instintivas.
De esta manera, permanece sin resolver la cuestión de si se puede o no reducir los actos de los chimpancés a asociaciones de movimientos, es decir, a la formación de hábitos. Más aún, el propio Köhler y otros psicólogos de la misma corriente han señalado que también en los instintos de los animales y en sus hábitos debemos reconocer la existencia de actos estructurales, es decir, integrados globalmente. 196
Köhler ha mostrado que los monos, así como otros animales, llevan a cabo actos estructurales durante un proceso de adiestramiento, y que, incluso en los experimentos de Thorndike, no todo el comportamiento de tos animales carecía por completo de inteligencia; por el contrario, sus animales hacían una tajante diferenciación entre aquellos casos en que la solución no tenía un nexo razonable con la situación y aquellos en que ese nexo sí existía. Por consiguiente parece que también Köhler suprime esa separación tajante entre la inteligencia y otras formas inferiores de actividad. Koffka señala con toda la razón que, a diferencia de Bühler, la psicología estructural considera el instinto, los hábitos y la inteligencia, no como aparatos distintos o como mecanismos completamente separados unos de otros, sino como formaciones estructurales relacionadas internamente entre sí, que pueden transformarse una en otra. Los psicólogos de esta corriente son partidarios, por tanto, de borrar la tajante separación entre los diferentes grados de desarrollo del comportamiento, y aceptan que ya durante la formación de los hábitos y durante la actividad de los instintos existen rudimentos de actividad que no es mecánica, sino estructural.
El principio de la estructura cumple en los trabajos de estos psicólogos una doble finalidad metodológica, y en esto radica su verdadera importancia dialéctica. Por un lado, este principio unifica todos los grados o niveles de desarrollo del comportamiento, destruyendo la separación a que se refiere Bühler, y mostrando que hay continuidad en el desarrollo de lo superior a partir de lo inferior y que las propiedades estructurales ya están presentes en los instintos y los hábitos. Por otro lado, este principio permite establecer una profunda y básica distinción cualitativa entre los distintos niveles destacando todo lo nuevo que aporta cada etapa al desarrollo del comportamiento y que la distingue de la precedente.
De acuerdo con la interpretación de Koffka, el intelecto, el adiestramiento y el instinto descansan sobre funciones estructurales que operan de modo diferente, y no sobre aparatos diferentes que pueden conectarse en caso de necesidad, como supone Bühler.
Apartado 03
Los límites de nuestro ensayo no incluyen el análisis y la crítica más o menos detallada de la psicología estructural y la teoría gestaltista, a la que pertenece la investigación de Köhler. No obstante, consideramos que para valorar correctamente las investigaciones de Köhler, e incluso para entenderlas de forma adecuada, es completamente imprescindible detenerse brevemente en el fundamento filosófico de las mismas. Y no sólo porque únicamente cuando llevamos las ideas hasta su límite lógico y las estructuramos filosóficamente es cuando éstas descubren su verdadera faz, sino fundamentalmente porque tanto históricamente como por su propia esencia la cuestión misma planteada por Köhler —la cuestión de la inteligencia— inevitablemente 197 aparece ligada estrechamente a problemas filosóficos. Se puede afirmar categóricamente, sin temor a errar ni a exagerar, que no hay una cuestión psicológica tan crítica y central por su trascendencia metodológica en todo el sistema de la psicología como el problema de la inteligencia. (Aquí vamos a' limitarnos tan sólo a analizar cuestiones relacionadas con los experimentos de Köhler, es decir, cuestiones relativas a la psicología animal, sin abordar la psicología estructural y a teoría de la Gestalt en su conjunto).
No hace mucho, Külpe resumía la situación de las investigaciones experimentales en el campo de los procesos del pensamiento afirmando que «Nos hallamos de nuevo en el camino de las ideas». El intento de la escuela de Wurtzburgo de dar un paso hacia delante superando la teoría asociacionista, el intento de demostrar las particularidades de los procesos mentales y su irreductibilidad a la asociación han significado, en realidad, un paso hacia atrás: una vuelta a Platón. Eso por un lado. Por otro, el asociacionismo de H. Ebbinghaus y T. Ribot o el behaviorismo de J. Watson conducían a la supresión del problema mismo del intelecto, disolviendo el pensamiento en procesos de tipo más elemental. En los últimos años esta tendencia psicológica ha respondido a la afirmación de O. Külpe por boca de Watson, diciendo que, en esencia, el pensamiento no se diferencia en nada del juego del tenis o de la natación.
El libro de Köhler ocupa en esta cuestión una posición completamente nueva, profundamente distinta, tanto respecto a la escuela de Wurtzburgo como respecto al behaviorismo puro. Köhler combate en dos frentes, contraponiendo sus investigaciones a los intentos, por un lado, de borrar las diferencias entre el pensamiento y los hábitos motores ordinarios y, por otro, de presentar el pensamiento como un acto puramente espiritual, un actus purus, que no tendría nada en común con formas más elementales de comportamiento y que nos devolvería a las ideas platónicas. Es esta lucha en dos frentes en lo que consiste la novedad de la manera en que Köhler plantea el problema del intelecto.
Podría parecer fácilmente, juzgando por las apariencias, que caemos en franca contradicción con lo que hemos dicho anteriormente. Antes afirmábamos que el libro de Köhler no contenía ninguna teoría de la inteligencia y que sólo figuraba en él la descripción objetiva y el análisis de los datos experimentales obtenidos por el autor. Es fácil sacar a partir de aquí la conclusión de que las investigaciones de Köhler no ofrecen oportunidades para hacer generalizaciones filosóficas, y que el intento de captar y analizar críticamente la base filosófica sobre la que se asientan está condenado de antemano al fracaso, en la medida en que de esa manera estaríamos intentando ir más allá de una teoría psicológica del pensamiento que ni siquiera existe; pero no es así. El sistema de hechos que presenta Köhler es, al mismo tiempo, el sistema de ideas con cuya ayuda estos hechos han sido obtenidos y a la luz de las cuales han sido interpretados y explicados. Y es precisamente la falta de una teoría del pensamiento más o menos desarrollada en Köhler lo que hace necesario que nos detengamos en las bases filosóficas 198 de sus trabajos. Si las ideas y premisas filosóficas que sirven de base a la investigación han sido presentadas sin desarrollar, tanto más importante resultará para interpretar y valorar adecuadamente su libro que intentemos desarrollarlas.
Es evidente que, a este respecto, está totalmente fuera de lugar la precipitación, el intento de anticipar, aunque sólo fuera en sus rasgos generales, la teoría del pensamiento que aún no ha desarrollado Köhler. Pero para entender correctamente los hechos presentados por él es necesario examinar los puntos de vista filosóficos que han servido de base para la recogida, análisis y sistematización de estos datos.
Recordemos que el concepto de inteligencia de Köhler se diferencia radicalmente del concepto al que han llegado Külpe y sus colaboradores como resultado de sus investigaciones. Ellos han analizado el intelecto desde arriba: estudiando las formas más desarrolladas, elevadas y complejas del pensamiento abstracto humano.
W. Köhler trata de analizar el intelecto desde abajo, a partir de sus raíces, de sus gérmenes primarios, tal y como se manifiesta en el mono antropoide. No sólo aborda su investigación desde el otro extremo, sino que su propia concepción de la inteligencia se contrapone esencialmente a la concepción que ha servido de base a las investigaciones experimentales precedentes sobre el pensamiento.
En la facultad del pensamiento, según Külpe, hallaron los sabios de la antigüedad el rasgo diferenciador de la naturaleza humana. En el pensamiento vieron, primero, el padre de la Iglesia San Agustín y, después Descartes, la única base firme sobre la que podía asentarse la existencia del individuo que duda. Ahora bien, nosotros no nos limitamos a decir: «pienso, luego existo», sino que decimos también: «el mundo existe tal y como lo establecemos y determinamos nosotros».
El pensamiento humano es para estos psicólogos la característica distintiva de la naturaleza del hombre, y es además la propiedad que determina y establece la existencia del mundo. Para Köhler en cambio, la cuestión primordial, lo que de verdad importa, es, ante todo, la demostración proporcionada por él mismo de que el chimpancé manifiesta un comportamiento inteligente del mismo tipo que el del hombre, que el tipo de comportamiento inteligente que se da en el hombre puede encontrarse sin duda alguna en los monos antropomorfos, y que en la evolución biológica el pensamiento no es una propiedad característica de la naturaleza humana, sino que, como sucede con cualquier otro aspecto de ésta, se ha desarrollado a partir de formas más primitivas que se encuentran en los animales. A través de los monos antropoides la naturaleza humana se aproxima a la animal, no sólo por los rasgos morfológicos y fisiológicos, sino también por esa forma de comportamiento que se consideraba específicamente humana. Hemos visto anteriormente cómo el empleo de instrumentos, que siempre había sido considerado un rasgo distintivo de la actividad humana, ha sido demostrado experimentalmente por Köhler en los monos antropoides. 199
Pero al mismo tiempo, Köhler no sólo sitúa el desarrollo de la inteligencia al mismo nivel que el de otras propiedades y funciones de los animales y del hombre, sino que plantea además un criterio de actividad intelectual completamente opuesto al anterior. Para él, el comportamiento inteligente que se pone de manifiesto en la utilización de instrumentos es ante todo una forma particular de actuar sobre el mundo circundante, un procedimiento que está determinado en todos sus puntos por las propiedades objetivas de los objetos sobre los que actuamos y de los instrumentos de los que hacemos uso. Para Köhler, el intelecto no es aquel pensamiento que determinaba y establecía la existencia del mundo, sino una capacidad que se guía a sí misma por las relaciones objetivas esenciales de las cosas, que descubre las propiedades estructurales de la situación externa y permite que se actúe de acuerdo con la estructura objetiva de las cosas.
Recordemos que, tal y como la describe Köhler en su libro, la actividad intelectual de los monos de hecho se limita exclusivamente al empleo de instrumentos. En el plano teórico el autor se plantea cuál es el criterio objetivo de la mencionada actividad. Según él, sólo nos parece indefectiblemente inteligente el comportamiento de los animales que, como un proceso íntegro y cerrado, se corresponde con la configuración de la situación externa, con la estructura general del campo. Por eso, según Köhler, es este rasgo —la aparición de la solución como una totalidad en concordancia con la estructura del campo— el que puede adoptarse como criterio de inteligencia.
Vemos pues que, en contraposición con la tesis idealista de que la existencia depende del pensamiento, puesta claramente de manifiesto en las conclusiones de Külpe, Köhler plantea un punto de vista opuesto, basado en que el pensamiento- depende de cosas objetivas que existen fuera de nosotros y actúan sobre nosotros. Al mismo tiempo, el pensamiento no pierde para Köhler su especificidad, ya que le atribuye de forma exclusiva la facultad de descubrir y tomar en consideración las relaciones estructurales objetivas, así como la de orientar las acciones sobre las cosas en función de las relaciones percibidas. Las operaciones mentales de los chimpancés, que, según señala el propio Köhler, recuerdan en sus rasgos más generales lo que O. Selz logró establecer respecto a la actividad mental del hombre, no consisten al fin y al cabo más que en actos estructurales, cuya inteligencia estriba en su correspondencia con la estructura de la situación objetiva. Es precisamente esto lo que diferencia radicalmente las operaciones intelectuales del chimpancé del proceso de ensayos y errores aleatorios mediante el cual pueden establecerse en los animales hábitos relativamente complejos.
W. Köhler lucha contra el intento de Thorndike y otros psicólogos norteamericanos de reducir todo el comportamiento de los animales exclusivamente al proceso de ensayo y error. Muestra con rigor experimental los factores objetivos que distinguen una solución auténtica de la tarea de una solución casual. No repetiremos aquí los argumentos de Köhler y menos aún añadiremos nada nuevo a ellos. Únicamente queremos señalar que, si bien Köhler no ofrece siquiera los rudimentos de una teoría «positiva» que 200 explique el comportamiento inteligente de los monos, sí aporta, sin embargo; un exhaustivo análisis «negativo» de los hechos que demuestra que el comportamiento de los monos observado por él es algo esencialmente distinto del proceso de ensayo y error.
En el apartado anterior nos hemos detenido en valorar y sopesar detalladamente los argumentos de Köhler y los de sus críticos. Ahora nos interesa conocer cuál es el sustrato filosófico de -esta «tesis negativa», sustrato que Köhler reconoce explícitamente. Según él, al rechazar el principio del azar para explicar la aparición de las soluciones de los monos, entra en aparente conflicto con las ciencias naturales. Pero, en su opinión, este conflicto sólo es aparente y superficial, porque la teoría del azar, capaz de explicar científica y detalladamente hechos que se producen en otras situaciones, resulta en este caso incoherente precisamente desde el punto de vista de las ciencias naturales. En este caso, Köhler diferencia taxativamente su teoría y puntos de vista de los enfoques desarrollados con anterioridad, por otros autores que se asemejan al suyo por su carácter crítico hacía la teoría del azar.
Según él, la negación de la teoría del azar aparece ya en E. Hartmann, a quien le parece imposible admitir que las aves puedan encontrar al azar el camino hacia sus nidos, deduciendo de ello que es su inconsciente el que lo hace posible. Bergson considera sumamente improbable que los elementos del ojo puedan haberse organizado al azar y, por eso, obliga a su «impulso vital» a realizar el milagro. A los neovitalistas y los psicovitalistas no les satisface el azar darwiniano y hallan en la materia viva fuerzas orientadas hacia objetivos con idénticas características que el pensamiento humano, pero que, sin embargo, no se experimentan conscientemente. Según las propias palabras de Köhler, la única relación que su libro tiene con las mencionadas teorías es que tanto en estas como en aquél se rechaza la teoría del azar.
Aunque muchos suponen que el rechazo de esa teoría conduce obligatoriamente a adoptar alguna de las doctrinas que hemos mencionado, Köhler afirma que, para el investigador naturalista, no existe en absoluto esa disyuntiva entre el azar y los agentes suprasensibles. Esta disyuntiva se basa en el equívoco fundamental de que, aparentemente, todos los procesos fuera de la materia orgánica están subordinados a las leyes del azar. Köhler considera incoherente, precisamente desde el punto de vista de la física, éste planteamiento de «o bien una cosa, o bien la otra», en un terreno donde existen en realidad otras posibilidades. De esta manera, Köhler aborda un importantísimo aspecto teórico de la psicología estructural: su intento de superar los dos callejones sin salida, fundamentales de las ciencias naturales actuales, las concepciones mecanicistas y las vitalistas. M. Wertheimer ha sido el primero en señalar desde el punto de vista de la teoría estructural que ambas concepciones son incongruentes.
En su deseo de explicar los procesos nerviosos que tienen lugar en el cerebro a la luz de la nueva teoría, Wertheimer llega al convencimiento de 201 que estos procesos deben ser considerados, no como a suma de excitaciones aisladas, sino como estructuras globales integradas. En su opinión, no hay ninguna necesidad teórica de admitir, como hacen los vitalistas, que junto a las excitaciones aisladas y por encima de ellas existen procesos centrales especiales, específicos. Más bien hay que admitir que cualquier proceso fisiológico del cerebro constituye un todo único que no está formado simplemente mediante la suma de excitaciones procedentes de centros aislados, sino que posee todas las características de una estructura a las que nos hemos referido antes.
Por consiguiente, el concepto de estructura —es decir, un todo que posee como tal, propiedades específicas que no pueden reducirse a las propiedades de sus partes aisladas— ayuda a la nueva psicología, a superar las teorías mecanicistas y vitalista. A diferencia de C. Ehrenfels y otros psicólogos, que consideran la estructura como una característica de los procesos psíquicos superiores, como algo que aporta la conciencia a los elementos a partir de los cuales se construye la percepción de las totalidades, la nueva psicología parte del principio de que estas totalidades, que- llamamos «estructura» no sólo no son un privilegio de los procesos conscientes superiores, sino que tampoco son en absoluto una propiedad exclusiva de la psique.
Si observamos atentamente, dice Koffka, encontraremos esos procesos por doquier en la naturaleza. Por tanto, nos vemos obligados a aceptar la existencia de esas totalidades en el sistema nervioso y a considerar como tales totalidades los procesos psicofísicos, siempre que haya razones para adoptar tal punto de vista. Y razones hay muchas. Hemos de aceptar que los procesos conscientes no son más que procesos parciales que forman parte de totalidades mayores cuya existencia testimonian evidenciando que los procesos fisiológicos son también totalidades integradas como los procesos psíquicos.
Vemos, por tanto, que la psicología estructural se aproxima a una resolución monista del problema psicofísico, admitiendo como principio la configuración estructural no sólo de los procesos psíquicos, sino también de los procesos fisiológicos del cerebro. Los procesos nerviosos, dice Koffka, que corresponden a fenómenos tales como el ritmo, la melodía o la percepción de figuras, deben poseer las propiedades esenciales de estos fenómenos, es decir, su carácter primordialmente estructural.
Para demostrar la existencia de estructuras en el ámbito de los procesos no psicológicos, Köhler decidió investigar si era posible que en el mundo de los fenómenos físicos existiera eso que llamamos «estructura». En un trabajo específico, Köhler trata de demostrar que en el ámbito de los fenómenos físicos existe ese tipo de procesos totales e integrados que podemos denominar con pleno derecho «estructurales», en el sentido en que esta palabra se utiliza en psicología. Las particularidades y propiedades características de dichas totalidades no pueden deducirse de la suma de las propiedades y rasgos de sus partes.
A primera vista, podría parecer que cualquier combinación química constituye un ejemplo de estructura de este tipo de carácter no psicológico; 202 por ejemplo, las combinaciones químicas complejas poseen en cualquier caso propiedades que no son específicas de ninguno de los elementos que las integran. Pero una demostración tan simple no resulta, hablando con rigor, convincente, porque, como dice Köhler, si utilizamos esta analogía, resulta que, por un lado, en las combinaciones químicas no podemos descubrir muchas de las estructuras psicológicas más importantes (la dependencia funcional de las partes respecto al todo) y, por otro, cabe esperar que, gracias a los éxitos futuros de la fisioquímica, estas propiedades sean reducidas a propiedades físicas primarias. Por eso, para determinar las posibilidades teóricas que existen para considerar los procesos que tienen lugar en el sistema nervioso central como procesos estructurales, Köhler se plantea la tarea de analizar si en el campo de los fenómenos físicos pueden darse las estructuras. Como hemos dicho, contesta afirmativamente a esta pregunta.
En conexión con estas investigaciones, para Köhler cambia radicalmente el planteamiento tradicional del problema psicofísico. Basta tan sólo con admitir, junto con la nueva psicología, que los procesos fisiológicos del cerebro presentan las mismas estructuras que los psíquicos, para que el abismo que durante toda la historia de la psicología existía entre lo psíquico y lo físico desaparezca por completo y surja en su lugar una interpretación monista de los procesos psicofísicos.
«Habitualmente se supone», dice Köhler, «que ni siquiera de las más exactas observaciones y conocimientos físicos relativos a los procesos cerebrales podremos extraer nada que nos ayude a explicar las experiencias correspondientes. Yo sostengo lo contrario. En teoría, es perfectamente concebible que se pueda efectuar una observación del cerebro que descubra procesos físicos cuya estructura y, por consiguiente, cuyas propiedades esenciales, sean análogas a las que el sujeto experimenta fenoménicamente. Pero en la práctica esta posibilidad apenas nos resulta concebible, no sólo por causas técnicas en el sentido corriente de la palabra, sino ante todo debido a otra dificultad: la diferencia existente entre el espacio geométrico-anatómico del cerebro y su espacio funcional.»
Uno de los argumentos tradicionales más importantes contra la admisión de correlatos físicos del pensamiento (y de los procesos psíquicos superiores en general) es, en palabras de Köhler, la tesis de que en el mundo físico no existen ni pueden existir «unidades con divisiones específicas». En la medida en que esta última objeción desaparece al tener que admitir la existencia de «estructuras físicas», es fácil comprender, afirma Köhler, la importancia que deberá tener en el futuro la teoría estructural para la psicología de los procesos superiores, especialmente la psicología del pensamiento.
En el libro dedicado a la crisis de la psicología actual, K. Bühler señala el parentesco entre la psicología estructural y el «antiguo spinozismo». Esta observación es totalmente acertada. En efecto, la psicología estructural renuncia al dualismo tradicional de la psicología empírica, según la cual los procesos psíquicos no son «cosas naturales», según la expresión de Spinoza, 203 que siguen las leyes generales de la naturaleza, sino «cosas que están más allá de sus límites». Es fácil darse cuenta de que en la base de esta concepción monista hay una interpretación filosófica de lo psíquico y lo físico muy próxima a la doctrina de Spinoza, y con cuyas raíces guarda en cualquier caso relación.

Notas
[1] La traducción de la obra de Köhler fue efectuada por L. V. Zánkov y I. M. Soloviov y supervisada por el propio Vygotski, que fue el principal responsable de que la obra fuese vertida al ruso [Editorial de la Academia Comunista, 1930]. La traducción corresponde a la segunda edición alemana del libro de Köhler, publicada en 1921, con el título de Intelligenzprüfungen an Menschenaffen, literalmente «Pruebas de Inteligencia aplicadas a Monos Antropoides». El libro había sido previamente traducido al inglés con el titulo de The Mentality of Apes, «La Mentalidad de los Monos», que es con el que la mayoría de la gente lo conoce. La traducción española, publicada en Editorial Debate, adopta el título de Experimentos sobre la Inteligencia de los Chimpancés. Tanto la versión inglesa como la española están también realizadas sobre la segunda edición alemana, pero, a diferencia de la edición rusa, incluyen un amplio apéndice titulado .Sobre la Psicología del Chimpancé. (Köhler, 1921b), con observaciones misceláneas de Köhler sobre la conducta de estos animales. El prólogo escrito por Vygotsky sólo se refiere, por consiguiente, a una parte del texto de la edición española (págs. 39-289). [N. R. E.: J. C. G.]

* El artículo, escrito como prólogo al libro de W. Köhler, fue editado en ruso en 1930. [1]

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