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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Lev Semiónovich Vygotsky: Los métodos del investigación reflexológicos y psicológicos



Los métodos del investigación reflexológicos y psicológicos

Los métodos de investigación reflexológica del hombre han llegado ahora a un punto de inflexión en su desarrollo. La necesidad (y la inevitabilidad) de este viraje se debe, por un lado, a la desproporción que hay entre la inmensa tarea de estudiar la totalidad del comportamiento humano que se planteaba la reflexología y, por otro, a los modestos y escasos medios que para su resolución proporcionaba el experimento clásico de la formación del reflejo condicionado (secretor o motor).
Esa desproporción se pone de manifiesto cada vez con más claridad, a medida, que la reflexología1 pasa del estudio de las relaciones más elementales del hombre con el medio ambiente (la actividad que responde a las formas y fenómenos más primitivos) a la investigación de complejísimas y variadísimas interacciones, sin las cuales no se puede descifrar el comportamiento humano en sus leyes más importantes.
En ese sentido, más allá de lo elemental y primitivo, a la reflexología sólo le ha quedado la afirmación general escueta, aplicable por igual a todas las formas de comportamiento, de que éstas están constituidas por un sistema de reflejos condicionados. Pero esta afirmación excesivamente general no ha tenido en cuenta ni las particularidades específicas de cada sistema, ni las leyes que rigen la combinación de los reflejos condicionados en el sistema de conducta, ni las complejísimas interacciones y los reflejos de unos sistemas sobre otros, y ni siquiera ha esbozado un camino hacia la solución científica de esas cuestiones. De ahí el carácter declarativo y esquemático de los trabajos reflexológicos allí donde se plantean resolver los problemas del comportamiento del hombre en vertientes más o menos complejas.
La reflexología clásica se mantiene en sus investigaciones dentro de un principio científico universal darwiniano, reduciendo todo al mismo denominador. Y precisamente porque este principio es excesivamente general y universal no brinda a la ciencia un medio directo para juzgar acerca de sus formas particulares e individuales. A fin de cuentas, a la ciencia concreta del comportamiento humano también le resulta imposible limitarse a él, lo mismo que una física concreta no puede limitarse tan sólo al principio de la 03 vedad universal. Se requieren balanzas, aparatos y métodos especiales para conocer el mundo terrenal concreto, material, limitado, sobre la base de un principio general. Igual sucede con la reflexología. Todo induce a la ciencia del comportamiento del hombre a salirse de los límites del experimento clásico y buscar otros medios de conocimiento.
No sólo se ha puesto ya de manifiesto claramente una tendencia a la ampliación de la metodología reflexológica, sino que se perfilan las líneas que debe seguir esta ampliación: una mayor aproximación y, en último término, la fusión definitiva con los procedimientos de investigación establecidos hace mucho en la psicología experimental. Aunque esto parezca paradójico en lo que se refiere a disciplinas tan enfrentadas, y aunque no haya unanimidad entre los propios reflexólogos y valoren de formas muy diversas la psicología experimental, a pesar de todo ello, esta fusión, es decir, la creación de una metodología única do investigación del comportamiento humano y, por consiguiente, de una disciplina científica única, puede considerarse como un hecho que se está produciendo ante nuestros propios ojos.
La breve historia de esta aproximación es la siguiente. Inicialmente, la excitación eléctrica cutánea se realizaba en la planta del pie, con lo que se provocaba un reflejo de defensa en la planta del mismo o en todo él. Posteriormente, V. P. Protopópov 2 introdujo una importante modificación en el procedimiento: sustituyó el pie por la mano, suponiendo que resultaría mucho más ventajoso elegir la mano como criterio precisamente por ser ésta un aparato de respuesta más elaborado, más adaptado que el pie a las reacciones de orientación a la influencia del medio ambiente. Y apoya con argumentos extraordinariamente convincentes la gran importancia que para la reacción tiene la elección adecuada del aparato de respuesta. Es evidente que si elegimos en un tartamudo o en un sordo sus órganos articulatorios como aparato de respuesta, o aquella extremidad de un perro que corresponda a un centro motor cortical que se le haya extirpado o, en general, un aparato poco y mal adaptado al tipo de reacción que corresponda (como lo es el pie de una persona para los movimientos prensores), avanzaremos muy poco en el estudio de la rapidez, la exactitud y la perfección de la orientación, pese a que se mantengan intactas la función analizadora y combinatoria del sistema nervioso. «En efecto, nuestros experimentos han puesto de manifiesto —dice Protopópov— que la formación de los reflejos condicionados se consigue con más celeridad en las manos, como también se obtiene antes la diferenciación y se mantiene de una manera más consistente» (1923, pág. 22). En este sentido, la metodología de experimentación reflexológica comienza a parecerse notablemente a la psicológica. El sujeto puede colocar con facilidad la mano sobre la mesa y los dedos se ponen en contacto con la placa a través de la cual pasa la corriente eléctrica.
Por consiguiente, si en el estudio de los reflejos del hombre vamos más allá del principio general y nos planteamos el objetivo de estudiar los distintos tipos de reacción que determinan el comportamiento, la elección del órgano que ha de reaccionar será un factor de importancia decisiva. 04
Como dice Protopópov, «el hombre y el animal disponen dé numerosos aparatos de respuesta, pero sin duda responden a los excitantes heterogéneo del medio ambiente con aquéllos más desarrollados y mejor adaptados al caso en cuestión» (Ibídem, pág. 18). «El hombre huye de los peligros con los pies, se defiende con las manos, etc. Naturalmente, se puede desarrollar en el pie un reflejo combinado de defensa, pero si lo que tenemos que investigar no es sólo la función combinatoria que realizan por sí mismos los grandes hemisferios (=principio general. —L.V.), sino también establecer el grado de rapidez, exactitud y perfección de la orientación, el aparato de respuesta que se ha de elegir para la observación no será indiferente» (Ibídem).
Pero cuando decimos a hay que decir también b. Protopópov se ve obligado a reconocer que tampoco se puede detener aquí la reforma. «El hombre posee un aparato eferente mucho más desarrollado que la mano en el mismo ámbito motor y con ayuda de él establece una comunicación indudablemente mucho más amplia con el mundo que le rodea: me refiero aquí a los órganos articulatorios. Considero perfectamente posible y conveniente que las investigaciones reflexológicas pasen desde ahora a utilizar la locución como objeto, considerándola como un hecho particular de las condiciones de comunicación que determinan la interrelación del hombre con el medio circundante a través de su esfera motriz» (Ibídem, pág. 22). Que haya que considerar el habla como un sistema de reflejos condicionados es algo que no es necesario repetir, pues para la reflexología esto constituye una verdad casi evidente. Son también evidentes las ventajas que proporcionará a la reflexología la utilización del habla para ampliar y profundizar el círculo de los fenómenos a estudiar.
Por tanto, en lo que se refiere al aparato de respuesta, no existen ya desacuerdos y divergencias con la psicología. I. P. Pávlov señalaba las ventajas que tiene la elección precisamente del reflejo de secreción salival en los perros, a sabiendas de que es la menos arbitraria. Eso era extraordinariamente importante mientras se trataba de descubrir el principio mismo de los reflejos condicionados, de la «salivación psíquica» que se produce al ver la comida. Pero las nuevas tareas exigen también nuevos medios, los avances obligan a cambiar de hoja de ruta.
El segundo y más importante hecho consiste en que la propia metodología de la reflexología tropezó con determinados hechos que cualquier niño conoce perfectamente. El proceso de diferenciación del reflejo en el individuo no se consigue rápidamente. Transcurre mucho tiempo antes de que el reflejo que se ha formado pase de generalizado a diferenciado, es decir, para que el hombre aprenda a reaccionar únicamente al excitante principal y para que la reacción se inhiba ante los ajenos. «Resulta, por tanto (la cursiva es mía. —L.V.), que si se actúa sobre el sujeto con las palabras adecuadas se puede favorecer tanto la inhibición como la excitación de las reacciones condicionadas» (ibídem, pág. 16). Si se le explica a un sujeto que sólo un determinado sonido aparecerá combinado con la corriente eléctrica y los restantes no, la discriminación se producirá de inmediato. Con ayuda de la 05 palabra podemos provocar la inhibición y el reflejo condicionado al excitante principal e incluso puede provocarse el reflejo no condicionado a la corriente: basta decir al sujeto que no aparte la mano.
Por consiguiente, en la metodología del experimento se introduce «la palabra adecuada» para formar la discriminación. Ese mismo medio sirve no sólo para conseguir la inhibición, sino también para despertar la actividad refleja. «Si decimos de palabra al sujeto que aparte la mano a una determinada señal», el efecto no será peor que cuando se aparta la mano al pasar corriente por la placa. Protopópov supone que siempre provocamos la reacción deseada. Es evidente que, desde el punto de vista reflexológico, el hecho de apartar la mano mediante un acuerdo verbal establecido con el sujeto es un reflejo condicionado. Y toda diferencia entre esta reacción condicionada y otra elaborada a partir del reflejo a la corriente se zanja diciendo que en este caso nos hallamos ante un reflejo condicionado secundario, mientras que en el otro se trataba de uno primario. Pero también reconoce Protopópov que esa circunstancia habla más bien a favor de esta metodología. «Es indudable —dice— que en el futuro la investigación reflexológica sobre el hombre deberá realizarse fundamentalmente con ayuda de reflejos condicionados secundarios» (Ibídem, pág. 22). ¿Y no es en realidad evidente que serán precisamente los reflejos de orden superior los que desempeñen un papel importantísimo, tanto cuantitativa como cualitativamente, en el comportamiento del hombre durante la experimentación y que serán precisamente ellos los que expliquen el comportamiento en su estática y su dinámica? Pero con estas dos suposiciones: 1) la excitación y la limitación (discriminación) de la reacción con ayuda de instrucciones verbales, y 2) la utilización de toda clase de reacciones, incluida la verbal, la de la palabra, entramos de lleno en el campo de la metodología de la psicología experimental.
En el histórico artículo citado, V. P. Protopópov se detiene dos veces en este punto. Dice: «La organización de los experimentos en este caso... es absolutamente idéntica a la que se utiliza hace tiempo en la psicología experimental para investigar la denominada reacción psíquica simple». A continuación se introducen «las más diversas modificaciones en la organización de los experimentos, por ejemplo, cabe utilizar también con fines reflexológicos el denominado experimento asociativo... y, al hacerlo, no sólo tener en cuenta el objeto presente, sino descubrir también las huellas de excitaciones anteriores, incluyendo las inhibidas» (Ibídem).
Pese al elevado juicio que le merecen los experimentos psicológicos, pese a realizar tan decididamente el paso del experimento reflexológico clásico a la riquísima diversidad de la experimentación psicológica, vedada todavía a los fisiólogos, y pese a trazar con suma audacia nuevos caminos y métodos para la reflexología, Protopópov deja en el aire dos puntos extraordinariamente importantes, a cuya fundamentación y defensa está dedicado el presente artículo.
El primero se refiere a la técnica y a los métodos de investigación, y el segundo, a los principios y objetivos de las dos (?) ciencias. Ambos están 06 estrechamente ligados entre sí y con los dos guarda relación un equivoco importante que enturbia el problema. La aceptación de esos dos puntos aún por aclarar viene impuesta tanto por las conclusiones lógicamente inevitables de las tesis reflexológicas ya aceptadas, como por el próximo paso, que se dará pronto, a que conduce la evolución que ha adoptado este método.
¿Qué es lo que falta aún que impide que la metodología experimental fisiológica y la reflexológica coincidan y se fundan definitiva y totalmente? Tal como lo plantea Protopópov, sólo falta una cosa: el interrogatorio del sujeto, su informe verbal sobre el curso de algunos aspectos de los procesos y las reacciones, a los que los experimentadores no pueden acceder de otra forma que a través del testimonio del propio individuo objeto del experimento. Es aquí donde parece estar encerrada la esencia de la discrepancia, una discrepancia que la reflexología no duda en convertir en una cuestión decisiva y de principio.
Ese hecho está relacionado con el segundo punto, el relativo a los objetivos de ambas ciencias. Protopópov no habla ni una sola vez del interrogatorio del sujeto.
V. M. Béjterev 3 (1923) dice repetidamente que desde el punto de vista reflexológico, la investigación subjetiva sólo es admisible cuando se realiza sobre uno mismo. Sin embargo, el interrogatorio del sujeto es necesario precisamente desde el punto de vista de la integridad de la investigación reflexológica. De hecho, el comportamiento del sujeto y la fijación en él de nuevas reacciones reflejas vienen determinados no sólo por las reacciones (manifiestas, totalmente terminadas, aparentes y claramente perceptibles), sino también por los reflejos no manifestados externamente, semi-inhibidos, interrumpidos. Béjterev muestra, tras I. M. Séchenov 4, que el pensamiento no es otra cosa que un reflejo inhibido, retenido, un reflejo interrumpido en sus dos terceras partes, concretamente en el pensamiento con palabras, que es el caso más frecuente de reflejo verbal contenido.
Surge la pregunta: ¿por qué admitimos el estudio de los reflejos verbales en su integridad e incluso ciframos en ese campo las máximas expectativas y no tomamos en consideración esos mismos reflejos cuando no se manifiestan externamente pero que sin duda existen objetivamente? Si pronuncio en voz alta para que la oiga el experimentador la palabra «tarde», que me ha surgido por asociación, se considera como una reacción verbal, como un reflejo condicionado. Pero si pronuncio la palabra para mí, sin que se oiga, la pienso, ¿deja por ello de ser un reflejo y se altera su naturaleza? Y, ¿dónde está el límite entre la palabra pronunciada y la no pronunciada? Si se han movido los labios, si yo he emitido un balbuceo, que el experimentador no ha percibido, ¿qué hay que hacer en tal caso? ¿Podrá pedirme que repita en voz alta la palabra o considerará que eso es un método subjetivo, introspección u otras cosas prohibidas? Si eso es factible (y en ello coincidiría casi todo el mundo), ¿por qué no puede pedirme que diga en voz alta la palabra pronunciada mentalmente —es decir, murmurando sin mover los labios— en la medida en que era y seguirá siendo una reacción motriz, un reflejo condicionado sin el 07 cual no hay pensamiento? Y eso ya es interrogatorio, testimonio verbal y declaración del sujeto respecto a las reacciones no manifiestas, no captadas por el oído del experimentador pero que indudablemente tenían existencia objetiva con anterioridad (y ahí estriba toda la diferencia entre los pensamientos y el lenguaje, ¡sólo en eso!). Tenemos muchos medios de confirmar que existían de hecho con todos los rasgos propios de su realidad material, y, lo que es más importante, ellas mismas se ocuparán de convencernos de su existencia. Se pondrán de manifiesto con tanta fuerza y claridad en el curso ulterior de la reacción que obligarán al experimentador a tenerlas en cuenta o a renunciar en general a estudiar el curso de las reacciones en que están insertas. ¿Y existen muchos de esos procesos de reacciones, de desarrollo de reflejos condicionados en que no se introduzcan reflejos inhibidos (= pensamientos)?
Por tanto, o renunciamos a estudiar el comportamiento de la persona en sus formas más trascendentales o introducimos obligatoriamente en nuestros experimentos el control de esos reflejos no manifiestos. La reflexología está obligada a tener también en cuenta los pensamientos y la totalidad de la psique si quiere comprender el comportamiento. La psique es únicamente un movimiento inhibido, y no sólo lo que objetivamente se puede tocar y que cualquiera puede ver. Lo que se ve solo a través del microscopio, del telescopio o de los rayos X también es objetivo. Y también lo son los reflejos inhibidos.
El propio Béjterev señala que los resultados de las investigaciones llevadas a cabo por la escuela de Wurtzburgo en el ámbito del «pensamiento puro», en las esferas superiores de la psique, coinciden en esencia con lo que sabemos de los reflejos condicionados. M. B. Krol 5 dice claramente que los nuevos fenómenos descubiertos por los investigadores de Wurtzburgo en el campo del pensamiento sin imágenes y no verbal no son otra cosa que los reflejos condicionados pavlovianos. ¡Y qué trabajo tan minucioso ha requerido precisamente el análisis de los informes y testimonios verbales de los sujetos sólo para llegar a concluir que el acto mismo del pensamiento escapa a la introspección, que lo encontramos ya, preparado, que no tiene cabida en informes o, lo que es lo mismo, que es un reflejo puro!
Ni que decir tiene, que el papel de estos informes e interrogatorios verbales, y el valor que les concede tanto la investigación reflexológica como la psicológica de carácter científico, no coinciden íntegramente con los que les atribuían los psicólogos subjetivistas. ¿Cómo deben ser considerados pues por los psicólogos objetivistas y cuál es su papel y su importancia en un sistema de experimentación rigurosa y científicamente verificables [verificable]?
Los reflejos no existen aisladamente, ni actúan de una manera dispersa, sino que se estructuran en complejos, en sistemas, en complicados grupos y formaciones que determinan el comportamiento del hombre. Las leyes que rigen la estructuración de los reflejos en complejos, los tipos que adoptan estas formaciones, las variedades y formas de interacción dentro de ellos y de interacción entre la totalidad de los sistemas, todas ellas son cuestiones de 08 primordial importancia dentro de los graves problemas con que se enfrenta la psicología científica del comportamiento. La doctrina de los reflejos sólo está en sus inicios y todavía no se ha investigado en todos esos ámbitos. Pero ya podemos hablar como de un hecho de la indudable interacción entre sistemas aislados de reflejos, de la influencia de unos sistemas en otros e incluso aproximarnos a una explicación de los rasgos, por el momento generales y burdos, que rigen el mecanismo de esa influencia. El mecanismo sería éste: en un reflejo cualquiera, su propia parte reactiva (movimiento, secreción) se convierte en excitante de un nuevo reflejo del mismo sistema o de otro sistema.
Pese a que no he podido encontrar esta formulación en ningún reflexólogo, su veracidad es tan patente que su ausencia sólo se explica porque todos la sobreentienden y la aceptan tácitamente. El perro reacciona al ácido clorhídrico segregando saliva (reflejo), pero la propia saliva constituye un nuevo excitante para el reflejo de la deglución o para expulsarla al exterior. En una asociación libre, en respuesta a la palabra «rosa», que actúa de excitante, pronuncio «capuchina». Se trata de un reflejo, que es a la vez el excitante de la palabra siguiente: «ranúnculo». (Todo esto ocurre dentro de un mismo sistema o de sistemas próximos, que colaboran.) El aullido de un lobo provoca en mí, como excitante, reflejos somáticos y mímicos de temor; el cambio en la respiración, las palpitaciones del corazón, el temblor, la sequedad en la garganta (reflejos) me hacen decir: «Siento miedo». Por consiguiente, un reflejo puede desempeñar un papel de excitante respecto a otro reflejo del mismo sistema o de un sistema diferente y provocarlo también como excitante externo (ajeno). Y en este sentido puede considerarse que la propia relación entre reflejos está sometida a todas las leyes de formación de los reflejos condicionados. De acuerdo con una ley de los reflejos condicionados, un reflejo entra en conexión con otro convirtiéndose, en determinadas circunstancias, en su excitante condicionado. Esta es la primera ley, evidente y fundamental, de la relación entre los reflejos.
Este mecanismo es el que permite comprender en rasgos muy aproximados y generales el valor (objetivo) que pueden tener para la investigación científica los testimonios verbales de los sujetos en una prueba. Los reflejos no manifestados (habla silenciosa), los reflejos internos, inaccesibles a la percepción directa del observador, a menudo pueden hacerse manifiestos indirectamente, de forma mediada, a través de reflejos accesibles a la observación respecto a los cuales desempeñan el papel de excitantes. A través de la presencia del reflejo completo (la palabra) establecemos la del correspondiente excitante, que en este caso desempeña un doble papel: el de excitante respecto al reflejo completo y el de reflejo respecto al excitante anterior. Sería un suicidio para la ciencia que, dado el enorme papel que desempeña precisamente la psique —esto es, el grupo de reflejos inhibidos— en la estructura de la conducta, renunciara a acceder a ella a través de un camino indirecto: su influencia en otros sistemas de reflejos. (Recordemos la doctrina de Béjterev sobre los reflejos internos, externo-internos, etc. Y más 09 si tenemos en cuenta que con frecuencia disponemos de excitantes internos, que no están a la vista; que permanecen ocultos en los procesos somáticos y que, sin embargo, se pueden desvelar a través de los reflejos producidos por ellos. La lógica es en este caso la misma e idéntico el funcionamiento de los pensamientos y su manifestación material).
Interpretado de ese modo, el informe del sujeto no constituye en modo alguno un acto de introspección que viene a echar su gota de acíbar en el barril de la miel de la investigación científica. No se trata de introspección. Ni el sujeto adopta en modo alguno la posición de observador ni ayuda al experimentador a buscar reflejos ocultos. El examen se mantiene hasta el final como objeto del experimento, pero tanto en él como en el propio informe se introducen mediante las preguntas algunas variaciones, transformaciones, se introduce un nuevo excitante (una nueva pregunta), un nuevo reflejo que aporta elementos de juicio sobre las partes no esclarecidas de las anteriores preguntas. Parece como si se sometiera al experimento a un doble objetivo.
Pero también, la propia conciencia o la toma de conciencia de nuestros actos y estados deben ser interpretados como un sistema de mecanismos transmisores de unos reflejos a otros que funcionan correctamente —en cada momento consciente. Cuanto mayor sea el ajuste con que cualquier reflejo interno en calidad de excitante provoque una nueva serie de reflejos procedentes de otros sistemas y se transmita a otros sistemas, más capaces seremos de rendirnos cuenta a nosotros mismos de nuestras sensaciones, de comunicarlas a los demás y de vivirlas (sentirlas, fijarlas en la palabra, etc.). Rendir cuenta significa transferir unos reflejos a otros. Lo inconsciente psíquicamente estriba en que hay unos reflejos que no se transmiten a otros sistemas. Pueden darse grados de conciencia —es decir, interacciones entre sistemas en el seno del mecanismo del reflejo que actúa— de diversidad infinita. La conciencia de las propias sensaciones no significa otra cosa que el hecho de que actúan como objeto (excitante) de otras sensaciones: la conciencia es la sensación de las sensaciones, exactamente igual que las simples sensaciones son la sensación de los objetos. Pero precisamente la capacidad del reflejo (sensación del objeto) de ser un excitante (objeto de sensación) para un nuevo reflejo (nueva sensación) convierte a este mecanismo de conciencia en uno de transmisión de reflejos de un sistema a otro.
Eso equivale más o menos a lo que Béjterev denomina reflejos subordinados y no subordinados. En concreto, esta interpretación de la conciencia viene confirmada por los resultados de las investigaciones de la escuela de Wurtzburgo, que establecen entre otras cosas la imposibilidad de observar el propio acto de pensar («no se puede pensar el pensamiento»), porque escapa a la percepción; esto es, no puede actuar como objeto de percepción (excitante) para sí mismo, porque se trata de fenómenos de orden y naturaleza distintos a los de tantos procesos psíquicos que pueden ser observados y percibidos (de la misma manera que pueden actuar como excitantes para otros sistemas). Y, en nuestra opinión, el acto de la conciencia 10 no es un reflejo, como tampoco puede ser un excitante, sino que es un mecanismo de transmisión entre sistemas de reflejos.
Con esta interpretación, que establece una diferencia metodológica radical y de principio entre el informe verbal del sujeto y la introspección, cambia radicalmente, como es obvio, la naturaleza científica de la consigna y del interrogatorio. Lo que hacemos con la consigna no es pedirle al sujeto que se ocupe de una parte de las observaciones, que desdoble su atención y la dirija hacia sus propias vivencias. De ninguna manera. Lo que hace la consigna, en calidad de sistema de excitantes condicionados, es provocar previamente los reflejos de orientación necesarios que determinarán el curso ulterior de la reacción y los reflejos de orientación de los mecanismos transmisores, precisamente de aquellos mecanismos que se pondrán en juego en el curso del experimento. En este caso, la consigna que se dirige a los reflejos secundarios, reflejos de reflejos, no se diferencia básicamente en nada de la que se refiere a los reflejos primarios. En el primer caso: diga la palabra que acaba usted de pronunciar en su interior. En el segundo: aparte la mano.
Y prosigamos. El mismo interrogatorio no consiste en tirarle de la lengua al sujeto sobre sus vivencias. La cuestión es radicalmente distinta de principio. La persona sometida a prueba no es ya el testigo que declara sobre un crimen que presenció (su antiguo papel), sino que es el propio criminal, y, lo que es más importante, en el momento del crimen. No se trata de un interrogatorio después del experimento; es una parte orgánica, integrante, del mismo, y no se diferencia en nada de aquél, salvo en la utilización de los propios datos en el curso del experimento.
El interrogatorio no es una superestructura del experimento, sino el mismo experimento que aún no ha terminado y que prosigue. De ahí que el interrogatorio se ha de construir no como una charla, un discurso, como el interrogatorio de un fiscal, sino como un sistema de excitantes, en el que se lleve la cuenta exacta de cada sonido y se elijan rigurosamente tan sólo aquellos sistemas de reflejos reflejados, que en el experimento pueden tener ciertamente indudable valor científico y objetivo.
Por eso es por lo que todo el sistema de modificaciones (la sorpresa, el método gradual, etc.) del interrogatorio es de gran importancia. Deben crearse un sistema y una metodología de interrogatorio estrictamente objetivos, como parte de los excitantes introducidos en el experimento. Y es evidente que la introspección no organizada, lo mismo que la mayoría de los testimonios, no pueden tener un valor objetivo. Hay que saber qué es lo que se ha de preguntar. Cuando los vocablos, las definiciones, los términos y los conceptos son vagos no podemos relacionar, a través de un procedimiento objetivamente fiable, el testimonio que el sujeto ofrece del «leve sentimiento de dificultad» con el reflejo-excitante objetivo, provocado por este testimonio. Pero su testimonio: «ante la palabra trueno pensé en relámpago» puede tener un valor completamente objetivo para el establecimiento indirecto del hecho de que a la palabra «trueno» reaccionó con el reflejo no manifestado «relámpago». 11
Por consiguiente, se impone una reforma radical en la utilización del interrogatorio y de las consignas y en el control de los testimonios del sujeto. Yo sostengo que es posible crear en cada caso individual una metodología objetiva que transforme el interrogatorio del sujeto en un experimento científico rigurosamente exacto.
Aquí me gustaría señalar dos aspectos: uno, que limita lo dicho anteriormente, y otro, que amplía su valor.
El sentido limitador de estas afirmaciones es claro de por sí: esta modificación del experimento es aplicable a la persona adulta normal, capaz de comprender y hablar nuestro lenguaje. Pero ni a un recién nacido, ni a un enfermo mental, ni a un criminal que oculta algo, les haremos un interrogatorio. Y no lo haremos precisamente porque el entrelazamiento de un sistema de reflejos (conciencia) y la transmisión de éstos al sistema verbal, o bien no está desarrollada en ellos o está trastornada por la enfermedad, o se ha visto inhibida y retenida por otros complejos de reflejos más potentes. Pero en el caso de un adulto normal que ha consentido voluntariamente en realizar la prueba, el experimento es insustituible.
De hecho, es fácil distinguir en el hombre un grupo de reflejos, cuya denominación correcta sería la de sistema de reflejos de contacto social (A. B. Zalkind) 6. Se trata de reflejos que reaccionan a excitantes que a su vez son creados por el hombre. La palabra oída es un excitante, la palabra pronunciada es un reflejo que crea ese mismo excitante. Estos reflejos reversibles, que originan una base para la conciencia (entrelazamiento de reflejos), sirven de fundamento a la comunicación social y a la coordinación colectiva del comportamiento, lo que indica, entre otras cosas, el origen social de la conciencia. De soda la masa de excitantes, destaca claramente para mí un grupo: el de los estímulos sociales, que proceden de las personas; y se destacan porque yo mismo puedo reproducir esos excitantes, porque para mí se convierten muy pronto en reversibles y, por consiguiente, en comparación con los restantes, determinan mi comportamiento de forma distinta. Ellos me hacen parecerme, a mí mismo, me identifican conmigo mismo. En el amplio sentido de la palabra, es en el habla donde reside la fuente del comportamiento y de la conciencia. El habla constituye, por un lado, un sistema de reflejos de contacto social y, por otro, el sistema preferente de los reflejos de la conciencia, es decir, que sirven para reflejar la influencia de otros sistemas.
Por eso estriba ahí la raíz de la solución al enigma del «yo» ajeno, del conocimiento de la psique de los demás. El mecanismo de la conciencia de uno mismo (autoconocimiento) y del reconocimiento de los demás es idéntico: tenemos conciencia de nosotros mismos porque la tenemos de los demás y por el mismo mecanismo, porque nosotros somos con respecto a nosotros lo mismo que los demás respecto a nosotros. Nos reconocemos a nosotros mismos sólo en la medida en que somos otros para nosotros mismos, esto es, por cuanto somos capaces de percibir de nuevo los reflejos propios como excitantes. Entre el mecanismo que me permite repetir en voz 12 alta la palabra pronunciada mentalmente y el de que pueda repetir eso con otra palabra, no hay básicamente diferencia alguna: en ambos casos se trata de un reflejo-excitante reversible. Por eso, es en el contacto social entre el experimentador y el sujeto donde ese contacto se desarrolla con normalidad (una persona adulta, etc.). El sistema de reflejos verbales del sujeto ofrece al experimentador la autenticidad de un hecho científico, siempre y cuando se cumplan todas las condiciones de certeza, necesidad y globalidad que caracterizan a un sistema de reflejos bajo estudio.
El segundo aspecto, que amplifica lo expuesto anteriormente, puede ser expresado sencillamente del siguiente modo. El interrogatorio del sujeto con el fin de estudiar y controlar de un modo totalmente objetivo los reflejos no manifiestos es una parte necesaria en cualquier investigación experimental de una persona normal en estado de vigilia. No hablamos aquí del testimonio introspectivo de sensaciones subjetivas, al que Béjterev tenía derecho a conceder un valor únicamente complementario, colateral, auxiliar, sino de una fase objetiva de la experimentación, una fase de verificación de los datos obtenidos en las fases anteriores, de la que casi ningún experimento puede prescindir. En efecto, la psique en general desempeña en los organismos superiores y en el hombre un papel de complejidad refleja creciente y el hecho de no estudiarla significa renunciar al análisis (precisamente a un análisis objetivo y no unilateral, subjetivo al revés) del comportamiento humano. No se ha dado ningún caso de pruebas realizadas con sujetos normales en que el factor de los reflejos inhibidos, de la psique, no haya determinado de una forma u otra el comportamiento del sujeto y haya podido por tanto ser eliminado del fenómeno a estudiar o no ser tenido absolutamente en cuenta. No hay ningún acto de comportamiento durante el experimento en el que, junto al curso de los reflejos que percibe, no se le escapen al sujeto otros que no están al alcance de la vista o del oído. Es decir, que tampoco existe ningún caso en el que podamos renunciar a esta parte del experimento, aunque sólo sea a título de verificación.
Si un sujeto os dice que no ha comprendido la consigna, ¿no tomaréis este reflejo verbal como una prueba inequívoca de que vuestro excitante no ha provocado los reflejos de orientación que necesitáis? Y si preguntáis a esa persona: «¿Ha comprendido usted la consigna?», ¿acaso esa lógica precaución no implica recurrir a la palabra acabada [emitida en su totalidad N.R.E.] como reflectora de reflejos, como testigo de una serie de reflejos inhibidos? Y cuando una reacción se ha demorado mucho, ¿no tendrá el experimentador en cuenta una declaración del sujeto del tipo: «He recordado un asunto desagradable para mí»? Etcétera. En la medida en que se trata de un método imprescindible, podemos encontrar millares de casos en los que no se utiliza científicamente. Y acaso ¿no sería de utilidad dirigirse al sujeto tras una reacción que se ha demorado más de lo que cabía esperar respecto a otras experiencias para preguntarle «¿estaba usted pensando en otras cosas durante el experimento?» para obtener la respuesta: «Sí, he estado pensando todo el tiempo si hoy se me han dado bien todas las cosas». Y no sólo en tan 13 lamentables casos es útil y necesario recurrir al testimonio del sujeto. Para determinar los reflejos de orientación, para tener en cuenta los reflejos ocultos necesarios que hemos provocado nosotros mismos con el fin comprobar que no ha habido reflejos extraños y para otros mil objetivos es necesario recurrir a una metodología de interrogatorio científicamente elaborada, en lugar de utilizar charlas y conversaciones que inevitablemente se filtran en el experimento. Pero es obvio que esta metodología requiere complejísimas modificaciones para cada caso.
Para terminar con esta cuestión y pasar a la segunda, estrechamente relacionada con ella, es curioso señalar que los reflexólogos que han adoptado la metodología de la psicología experimental en su integridad omiten precisamente este aspecto, por considerarlo al parecer superfluo y no ajustado a los principios del método objetivo, etc. En este sentido ofrece gran interés la recopilación «Nuevas ideas en medicina» (1924, núm. 4), en la que hay una serie de artículos que perfilan una línea de desarrollo metodológica en la dirección marcada por V. P. Protopópov, con la particularidad además de excluir el interrogatorio. Eso mismo sucede en la práctica. Cuando la escuela pavloviana pasó a realizar experimentos con seres humanos, reprodujo íntegramente el método psicológico sin recurrir al interrogatorio. ¿No será ésta la explicación de la escasez de conclusiones y la pobreza de resultados de las investigaciones que hemos oído en los informes experimentales presentados en este congreso? ¿Qué pueden añadir a la verificación del principio general —establecido hace ya mucho y de manera más elocuente— de que en el ser humano los reflejos se establecen con mayor rapidez que en el perro? Eso se sabe sin necesidad de recurrir a experimentos. La constatación de lo evidente y la repetición del abecé de lo que se desconoce es indefectiblemente un atributo de todo aquel investigador que no desea modificar radicalmente los métodos de su trabajo.
Me he planteado en este trabajo la tarea de elaborar un esquema estructural de un método científico-objetivo común para la investigación y la experimentación del comportamiento humano y su defensa desde un punto de vista teórico. Pero como ya he dicho, esta cuestión técnica se halla en estrecha relación con otra discrepancia de carácter teórico, sobre la cual insisten los reflexólogos, incluso aquellos que reconocen la unidad de método con los psicólogos. Protopópov se expresa así: «La inclusión en este método [de la reflexología. —Red] de los procedimientos de análisis que se utilizan hace mucho en la psicología experimental... ha sido resultado del desarrollo natural de la propia reflexología y no significa en modo alguno la transformación de esta última en psicología. El paulatino perfeccionamiento del método reflexológico le ha conducido casualmente (la cursiva es mía —L.V.) a esas modalidades de investigación, que sólo presentan semejanzas externas (la cursiva es mía —L.V.) con las que se aplican en psicología. Los fundamentos de principio, el objeto y las tareas de estas dos disciplinas continúan siendo totalmente distintos. Mientras la psicología estudia los procesos psíquicos como vivencias anímicas en su manifestación objetiva»..., 14 etcétera. (1923, págs. 25-26) –lo que sigue a continuación es conocido por todo lector de obras de reflexología.
Creo que no es difícil demostrar que ese acercamiento no es casual y que la similitud de formas de análisis no es sólo externa. En la medida en que la reflexología trata de explicar la totalidad del comportamiento del hombre tiene que utilizar inevitablemente el mismo material que la psicología. La pregunta se plantea así: ¿puede la reflexología hacer caso omiso de la psique y no tenerla en cuenta para nada en tanto que sistema de reflejos inhibidos y entramado de diferentes sistemas? ¿Cabe explicar científicamente el comportamiento del hombre sin recurrir a la psique? ¿Debe la psicología sin alma, la psicología sin metafísica alguna, convertirse en psicología sin psique —en reflexología? Desde el punto de vista biológico, sería absurdo suponer que la psique es totalmente innecesaria para el sistema de la conducta. O aceptamos tan evidente absurdo o negamos la existencia de la psique. Pero de eso no son partidarios los fisiólogos más extremistas: ni Pávlov, ni Béjterev.
I. P. Pávlov dice claramente que «nuestros estados subjetivos constituyen una realidad primordial, que rigen nuestra vida cotidiana y condicionan el progreso de la convivencia humana. Pero una cosa es vivir de acuerdo con estados subjetivos y otra analizar sus mecanismos desde un punto de vista verdaderamente científico» (1951). De suerte que hay una realidad primordial que rige nuestra vida cotidiana (y eso es esencial) y, sin embargo, la investigación objetiva de la actividad nerviosa superior —el comportamiento—puede prescindir del control de esa instancia directriz del comportamiento, es decir, de la psique.
Básicamente, dice Pávlov, en la vida sólo nos interesa una cosa: nuestro contenido psíquico. En lo que más ocupado está el hombre es en la conciencia y en los tormentos de ésta. Y el propio Pávlov reconoce que es imposible no prestarles atención (a los fenómenos psíquicos), porque están estrechísimamente unidos a los fenómenos fisiológicos, y determinan el funcionamiento íntegro del órgano. ¿Puede renunciarse tras esto al estudio de la psique? Y el propio Pávlov sitúa muy bien el papel de cada ciencia, cuando dice que la reflexología estudia el fundamento de la actividad nerviosa y la psicología, la superestructura. «Y como lo sencillo, lo elemental, es comprensible sin lo complejo, mientras que es imposible analizar lo último sin lo primero, de ahí que nuestra posición sea mejor, ya que el éxito de nuestras investigaciones no depende en absoluto de otras. Creo que, por el contrario, nuestras investigaciones deben revestir más importancia para la psicología, ya que habrán de constituir posteriormente el principal fundamento del edificio de la psicología» (Ibídem, pág. 105). Cualquier filósofo corroborará que la reflexología es el principio general, el fundamento. Hasta ahora, mientras se estaban construyendo los cimientos, comunes para los animales y el hombre, cuando se trataba de lo simple y elemental, no era necesario contar con lo psíquico. Pero eso es un fenómeno temporal: cuando los veinte años de experiencia con que cuenta la reflexología lleguen a treinta, la 15 situación variará. Yo he partido de la tesis de que la crisis de la metodología comienza en los reflexólogos precisamente cuando pasan de los fundamentos; de lo elemental y lo simple, a una estructura superior, a lo complejo y sutil.
V. M. Béjterev (1923) se muestra todavía más decidido, más resuelto o, dicho de otra manera, adopta una postura más inconsecuente y contradictoria intrínsecamente. Sería un gran error considerar, reconocer, que los procesos subjetivos son por naturaleza fenómenos completamente superfluos o colaterales (epifenómenos), ya que sabemos que en ella todo lo superfluo se atrofia y se destruye, mientras que nuestra propia experiencia nos dice que los fenómenos subjetivos alcanzan su máximo desarrollo en los procesos más complejos de actividad correlativa [sootnosítelnaia diéiatelnost] (pág. 78).
¿Es posible, nos preguntamos, excluir el estudio de aquellos fenómenos que alcanzan su máximo desarrollo en los procesos más complejos de actividad correlativa, en esa ciencia que hace precisamente de esa actividad correlativa el objeto de su estudio? Pero Béjterev no desecha la psicología subjetiva, sino que la deslinda de la reflexología. Porque es evidente para cualquiera que aquí cabe adoptar una de las dos siguientes alternativas: 1) o bien explicar la totalidad de la actividad correlativa sin la psique —hecho que reconoce Béjterev—, en cuyo caso, esta última se convierte en un fenómeno colateral, cosa que él mismo niega; 2) o bien esa explicación resulta imposible, en cuyo caso se debe admitir la psicología subjetiva, deslindándola de la ciencia del comportamiento, etc. En lugar de optar por una u otra alternativa, Béjterev habla de la mutua relación de ambas ciencias, de su posible acercamiento en el futuro; pero, como aún no ha llegado ese momento, supone que mientras tanto podemos mantenernos en el ámbito de unas relaciones mutuas estrechas entre ambas disciplinas científicas.
Béjterev habla aún de la posible e incluso inevitable construcción en el futuro de una reflexología que se ocupe específicamente de estudiar los fenómenos subjetivos. Pero si la psique es inseparable de la actividad correlativa y alcanza su máximo desarrollo precisamente en sus formas superiores, ¿cómo es posible estudiarlas por separado? Eso sólo sería factible si se reconociera que las dos facetas del problema tienen una naturaleza y una esencia diferenciadas, como ha sostenido insistentemente la psicología. Pero Béjterev rechaza la teoría del paralelismo y la interacción psicológicos y afirma precisamente la unidad de los procesos psíquicos y nerviosos.
Habla muchas veces de la correlación entre los fenómenos subjetivos (psique) y los objetivos, manteniéndose veladamente siempre en el ámbito del dualismo. Y dualismo es esencialmente el verdadero nombre de la postura adoptada por Pávlov y Béjterev. Para este último, la psicología experimental no es aceptable precisamente porque recurre a la introspección para estudiar el mundo interior, la psique. Béjterev propone que sus investigaciones sean analizadas sin tener en cuenta los procesos de la conciencia. Y en lo que se refiere a los métodos dice claramente que la reflexología utiliza métodos objetivos rigurosos que le son específicos. Por 16 cierto, que en lo que respecta a los métodos hemos visto que la propia reflexología reconoce que coinciden plenamente con los psicológicos.
En resumen, dos ciencias que tienen el mismo objeto de análisis: el comportamiento del hombre, que utilizan para ello los mismos métodos, continúan, sin embargo, a pesar de todo, siendo dos ciencias distintas2. ¿Qué las impide fundirse? Fenómenos subjetivos o psíquicos, repiten a los cuatro vientos los reflexólogos. ¿Y en qué consisten esos fenómenos subjetivos: lo psíquico?
Entre los posibles enfoques sobre esta cuestión —que es decisiva—, la reflexología adopta la posición del más puro idealismo y dualismo, cuya denominación correcta sería la de idealismo a la inversa. Para Pávlov se trata de fenómenos sin causa y que no ocupan lugar; para Béjterev carecen de existencia objetiva alguna, ya que sólo pueden ser estudiados dentro de sí mismos. Pero, tanto Béjterev como Pávlov saben que estos fenómenos rigen nuestra vida. No obstante, ven en ellos, en lo psíquico, algo distinto —que deberá ser investigado independientemente— de los reflejos, al igual que éstos deberán investigarse por separado de lo psíquico. Estamos, naturalmente, ante un materialismo de pura cepa: renunciar a la psique. Pero sólo es materialismo en un ámbito: el suyo. Fuera de ese ámbito, actúa como idealismo de pura cepa, separando la psique y su estudio del sistema general de conducta del hombre.
La psique no existe fuera del comportamiento, lo mismo que éste no existe sin aquélla, aunque sólo sea porque se trata de lo mismo. En opinión de Béjterev, los estados subjetivos, los fenómenos psíquicos, existen en la tensión de la corriente nerviosa, en el reflejo (!anoten esto!) de concentración, ligado a la retención de la corriente nerviosa, cuando se establecen nuevos nexos. ¿Qué fenómenos tan misteriosos son éstos? ¿No está claro ya que también ellos sólo son reacciones del organismo, pero reflejadas por otros sistemas de reflejos: el lenguaje, la emoción (reflejo mímico-somático) y otros? E. problema de la conciencia debe ser planteado y resuelto por la psicología en la medida en que se trata de una interacción, un reflejo, una autoexcitación, de diferentes sistemas de reflejos. Es consciente lo que se transmite en calidad de excitante a otros sistemas y produce en ellos una respuesta. La conciencia es el aparato de respuesta.
Es por eso por lo que los fenómenos subjetivos únicamente están a mi alcance, sólo yo los percibo como excitantes de mis propios reflejos. En este sentido tiene mucha razón W. James, que ha mostrado en un brillante 17 análisis que nada nos obliga a admitir el hecho de la existencia de la conciencia como algo independiente del mundo, a pesar de no negar ni nuestras vivencias ni la conciencia de éstas. Toda la diferencia entre la conciencia y el mundo (entre el reflejo al reflejo y el reflejo al excitante estriba sólo en el contexto de los fenómenos. El mundo está en el ámbito de los excitantes; la conciencia, en el de mis reflejos. Esta ventana es un objeto (el excitante de mis reflejos); la misma ventana, con esas mismas cualidades, es mi sensación (un reflejo transmitido a otros sistemas). La conciencia es sólo el reflejo de los reflejos.
Al afirmar que también la conciencia debe ser interpretada como una reacción del organismo a sus propias reacciones, se ve uno obligado a ser más reflexólogo que el propio Pávlov. Qué se le va a hacer; si se quiere ser consecuente, hay que estar a veces en contra de tal indecisión y ser más papista que el papa y más monárquico que el rey. Los reyes no son siempre buenos monárquicos.
Cuando la reflexología excluye los fenómenos psíquicos del círculo de sus investigaciones como algo que no es competencia suya actúa igual que la psicología idealista, que estudia la psique prescindiendo de todo lo demás, como a un mundo encerrado en sí mismo. A decir verdad, raramente ha excluido la psicología de su ámbito el aspecto objetivo de los procesos psíquicos y no ha solido encerrarse en el círculo de la vida interior, como si ésta fuera una isla deshabitada del espíritu. Los estados subjetivos —aislados del espacio y de sus causas— no existen por sí mismos. Y por lo mismo tampoco puede existir la ciencia que los estudie. Estudiar el comportamiento de la persona sin la psique, como quiere la reflexología, es tan imposible como estudiar la psique sin el comportamiento. No es posible por tanto hacer sitio para dos ciencias distintas. Y no es preciso ser muy perspicaz para darse cuenta de que la psique es esa misma actividad correlativa, que la conciencia es una actividad correlativa dentro del propio organismo, dentro del sistema nervioso: la actividad correlativa del cuerpo humano consigo mismo.
El estado actual de ambas ramas del saber sugiere claramente que la integración de ambas ciencias no sólo es necesaria sino también fructífera. La psicología está viviendo una seria crisis en Occidente y en la URSS. Para James no es sino un montón de materiales en bruto. N. N. Langue compara la situación de la psicología con la de Príamo en las ruinas de Troya (1914, pág. 42). Todo se ha derrumbado, ése es el resultado de la crisis y no sólo en Rusia. Pero también la reflexología ha ido a parar a un callejón sin salida, tras haber levantado los cimientos. Una ciencia no puede prescindir de la otra. Es necesario y urgente elaborar una metodología científica objetiva común, un planteamiento común de los problemas más importantes que cada ciencia por separado no puede ya, no sólo plantear, sino siquiera tratar de resolver. Y si no parece claro que pueda construirse la superestructura salvo que se disponga de cimientos, tampoco los constructores de éstos, una vez 18 que los han terminado, pueden colocar una sola piedra sin comprobar las directrices y el tipo de edificio que han de levantar.
Hay que hablar claro. Los enigmas de la conciencia, de la psique, no se pueden eludir con subterfugios, ni metodológicos ni teóricos. No se puede dar un rodeo para dejar la conciencia a un lado. James se preguntaba si existía la conciencia y respondía que la respiración sí, de eso estaba seguro, pero en cuanto a la conciencia, lo ponía en duda. Pero este planteamiento de la cuestión es gnoseológico. Psicológicamente la conciencia es un hecho indudable, una realidad primordial y un hecho, ni secundario, ni casual, de enorme importancia. Nadie lo discute. Podremos diferir el problema, pero no eliminarlo por completo. En la nueva psicología las cosas no marcharán bien hasta que nos planteemos audaz y claramente el problema de la psique y de la conciencia y hasta que no lo resolvamos experimentalmente, siguiendo un procedimiento objetivo. En qué etapa surgen los rasgos conscientes de los reflejos, cuál es su significado biológico, son preguntas que hay que plantear, y hay que prepararse para resolverlas experimentalmente. El problema estriba simplemente en plantear correctamente la cuestión y la solución llegará más pronto o más tarde. En un arrebato «energético», Béjterev llega hasta el pampsiquismo, a atribuir dimensión personal a plantas y animales; en otro sitio no se decide a rechazar la hipótesis del alma. La reflexología no abandonará ese estado de primitiva ignorancia sobre la psique mientras se mantenga alejada de ella y continúe encerrada en el estrecho círculo del materialismo fisiológico. Ser materialista en fisiología no es difícil. Pero prueben a serlo en psicología y, si no lo logran, continúen ustedes siendo idealistas.
Últimamente el problema de la introspección y de su papel en la investigación psicológica se ha agudizado extraordinariamente bajo la influencia de dos factores:
Por un lado, la psicología objetiva que, aunque aparentemente haya tendido en un primer momento a rechazar de plano la introspección, considerándola un método subjetivo, últimamente aventura algunos intentos por hallar un valor objetivo en eso que se denomina introspección. J. Watson, A. Weiss y otros han comenzado a hablar de «conducta verbal» y relacionan la introspección con el funcionamiento de este aspecto verbal de nuestro comportamiento; otros hablan de «conducta interna», de «conducta verbal» manifiesta, etcétera.
Por otro lado, la nueva tendencia de la psicología alemana, la denominada «psicología de la Gestalt» (W. Köhler, K. Koffka, M. Wertheimer y otros), que ha alcanzado en los últimos tres-cuatro años enorme importancia, ha intervenido con una violenta crítica en los dos frentes, acusando tanto a la psicología empírica como al behaviorismo, del mismo pecado: de su incapacidad para estudiar mediante un método único (objetivo o subjetivo) el comportamiento real, vital, del hombre.
Ambos factores complican aún más el problema del valor de la introspección y obligan por tanto a analizar sistemáticamente las formas, esencialmente 19 diferentes, de introspección a las que estas tres partes en discusión se refieren. Trataremos en las siguientes líneas de sistematizar el problema, aunque debemos hacer previamente algunas observaciones de carácter general.
En primer lugar, debemos señalar que la solución al problema ha de darse dentro de la crisis cada vez más patente de la propia psicología empírica; Nada, más falso que pretender que la crisis que parece haber escindido en dos campos la ciencia rusa es tan sólo una crisis local, propia de Rusia. La crisis se extiende hoy por toda la psicología universal. La aparición de una escuela psicológica (la psicología de la Gestalt), surgida en el seno de la psicología empírica, es buena prueba de ello. ¿De qué acusan estos psicólogos a la introspección? Fundamentalmente de que con este método de estudio los fenómenos psíquicos se convierten inevitablemente en subjetivos, porque la introspección, que exige atención analítica, arranca siempre el objeto a observar del nexo en que ha aparecido y lo traslada a un nuevo sistema, «al sistema del sujeto», al «yo» (K. Koffka, 1924). En esas circunstancias, las vivencias se convierten, inevitablemente, en subjetivas. Koffka compara la introspección, capaz únicamente de observar sensaciones claras, con las gafas y la lupa, a cuya ayuda recurrimos cuando no podemos leer una carta. Pero mientras el cristal de aumento no modifica el propio objeto, sino que ayuda a verlo con más claridad, la introspección sí que modifica el objeto a observar. Al comparar pesos, dice Koffka, la descripción psicológica verdadera no deberá ser, según este punto de vista, «este objeto es más pesado que aquél», sino «mi sensación de pesadez se ha intensificado». De este modo lo objetivo se transforma en subjetivo con este método de investigación.
Los nuevos psicólogos reconocen también el heroico fracaso de la escuela de Wurtzburgo y la impotencia de la psicología empírica (experimental). La verdad es que también reconocen la esterilidad del método puramente objetivo y proponen una perspectiva funcional e integral. Para estos psicólogos los procesos conscientes «son únicamente procesos parciales de grandes configuraciones»; por eso, y continuando con su posición, «tras la parte consciente de un gran proceso —es decir, la configuración—, tras los límites de su conciencia», sometemos nuestras tesis a comprobación funcional con hechos objetivos. Los psicólogos que reconocen que la introspección no constituye el método fundamental, principal, de la psicología, se limitan a hablar sólo de aquella introspección real, auténtica, es decir, comprobada a través de consecuencias extraídas funcionalmente de ella y confirmada por los hechos.
Vemos, por consiguiente, que si, por un lado, la reflexología rusa y el behaviorismo norteamericano intentan encontrar una «introspección objetiva», los mejores representantes de la psicología empírica buscan también una «introspección real», fidedigna.
Para responder a la pregunta de en qué consistiría tal cosa es por lo que hay que intentar sistematizar todas las formas de introspección y estudiar cada una de ellas por separado. 20
Podemos distinguir cinco formas principales.
1. La instrucción a la persona sometida a prueba. Eso es, naturalmente, en parte una introspección, ya que presupone la organización consciente, interna, del comportamiento de esa persona. Quien intente evitarla en los experimentos con sujetos humanos cometerá un error, porque sustituirá las consignas manifiestas, y que por tanto se tienen en cuenta, por la autoinstrucción de la persona en cuestión, por la consigna inculcada por las circunstancias del experimento, etc. Es dudoso que actualmente quede alguien que niegue .a necesidad de la consigna.
2. Manifestaciones de la persona sometida a prueba, relativas al objeto externo. Por ejemplo, cuando se muestran dos círculos: «éste es azul, aquél, blanco». Este tipo de introspección, que se comprueba sobre todo recurriendo al cambio funcional de toda una serie de excitantes y declaraciones (no es un círculo azul, sino una serie de círculos azules que se oscurecen y aclaran paulatinamente), también puede resultar fidedigna.
3. Las declaraciones de la persona sometida a prueba sobre sus propias reacciones internas: «me duele, me siento bien», etc. Es una forma menos fidedigna de introspección, aunque resulta accesible a la comprobación objetiva y puede ser admitida.
4. El descubrimiento de una reacción oculta. La persona sometida a prueba dice un número que se le ha ocurrido; cuenta cómo está colocada la lengua dentro de su boca; repite una palabra que ha pensado, etc. Esta es la variedad de descubrimiento indirecto de la reacción, que propugnamos en el presente artículo.
5. Finalmente, la descripción detallada por parte de la persona sometida a prueba de sus estados internos (metodología de Wurtzburgo). Constituye la variedad de introspección menos fidedigna y más inasequible a comprobación. Aquí, a la persona sometida a prueba se la coloca en la situación de observador auxiliar; el observador (observer, como dicen los psicólogos ingleses) pasa a ser en este caso el sujeto y no el objeto del experimento; el experimentador se limita al papel de indagador y protocolista. Aquí, en lugar de hechos se ofrecen teorías preparadas.
Tengo la impresión de que el problema del valor científico que cabe atribuir a .a introspección ha de resolverse de forma análoga a como resolvemos la del valor práctico de los testimonios de la víctima y del culpable en la instrucción de un sumario. Son parciales —eso lo sabemos a priori y por eso encierran elementos de falsedad; incluso puede ocurrir que sean totalmente falsos. Por eso es absurdo fiarse de ellos. ¿Pero significa eso que no debemos escucharlos en general durante el proceso y prescindamos de interrogar a los testigos? Eso tampoco sería inteligente. Escuchamos al procesado y a la víctima, verificamos, confrontamos, recurrimos a pruebas materiales, a documentos, huellas, testimonios de testigos (aquí también hay testigos falsos) y de ese modo establecemos el hecho. 21
No hay que olvidar que existen muchas ciencias que no pueden estudiar el asunto recurriendo a la observación directa3. Los historiadores y los geólogos restablecen hechos que ya no existen, a través de métodos indirectos y, sin embargo, estudian, en fin de cuentas, hechos que existieron y no huellas y documentos que han quedado y se han conservado. El psicólogo se encuentra con frecuencia en la misma situación que el historiador y el arqueólogo y actúa entonces como el detective que investiga un crimen que no presenció.

Notas:

1 «Metódika refleksologuícheskogo i psijologuícheskogo issliédovania». Este artículo fue escrito basándose en la comunicación que L. S. Vygotski presentó al II Congreso Nacional de Psiconeurología en Leningrado, el 06 de enero de 1924 y fue publicado en la colección «Problemas de la psicología actual» bajo la redacción de K. N. Kornílov. Moscú, 1926.
2 En el resumen del congreso, publicado en la compilación: «Novedades en reflexología» (1925, núm. 1), en los comentarios, se dice sobre mi informe, refiriéndose a esta idea, que el autor «ha intentado de nuevo borrar los límites entre los enfoques reflexológicos y psicológicos, originando con ello algunos malévolos comentarios sobre la reflexología, que ha caído en contradicciones internas» (pág. 359). En lugar de desmentir esta idea, el ponente alega que «el informante es un psicólogo que trata además de asimilar también el planteamiento reflexológico. Los resultados hablan por sí mismos». ¡Un silencio harto elocuente! Aunque hubiera sido más oportuna y necesaria una formulación exacta de mi error.
3 Compárese Ivanovski [Introducción metodológica a la ciencia y la filosofía] El autor señala cómo algunos psicólogos se oponían a la introducción del inconsciente en psicología, basándose en que no puede ser observado directamente. Los psicólogos objetivistas también estudian los fenómenos de la conciencia recurriendo al método indirecto, del mismo modo que los psicólogos anteriores estudiaban lo inconsciente por sus huellas, sus manifestaciones, sus influencias, etcétera.

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