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Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Lev Semiónovich Vygotsky: El significado histórico de la crisis de la psicología. Una investigación metodológica



El significado histórico de la crisis de la psicología. Una investigación metodológica
«Istorícheskii smysl psijologuícheskogo krízisa» 1927
Lev Semiónovich Vygotsky

Apartado 1
Últimamente, cada vez suenan con más frecuencia voces que plantean el problema de la psicología general como un problema de primerísima importancia. Estos planteamientos, y eso es lo más notable, no parten de los filósofos (para quienes eso se ha convertido en una costumbre profesional) ni de los psicólogos teóricos, sino de los psicológicos prácticos, que estudian aspectos concretos de la psicología aplicada, y de los psiquiatras y psicotécnicos, representantes de la parte más puntual y precisa de nuestra ciencia. Es evidente que nos encontramos ante una encrucijada, tanto en lo que se refiere al desarrollo de la investigación como a la acumulación de material experimental, la sistematización de los conocimientos y la formación de principios y leyes fundamentales. Continuar avanzando en línea recta, seguir realizando el mismo trabajo, dedicarse a acumular material paulatinamente, resulta estéril o incluso imposible. Para seguir adelante hay que marcarse un camino.
De esta crisis metodológica, de la evidente necesidad de dirección que muestran una serie de disciplinas particulares —en un determinado nivel de conocimientos— de coordinar críticamente datos heterogéneos, de sistematizar leyes dispersas, de interpretar y comprobar los resultados, de depurar métodos y conceptos, de establecer principios fundamentales, en una palabra, 259 de darle coherencia al conocimiento, de todo eso es de donde surge la ciencia general.
Por eso, el concepto de psicología general no coincide en absoluto con ese otro concepto básico, central para una serie de disciplinas específicas, cual es el de psicología teórica. Esta última (), debería ser considerada como que conforma esencialmente la psicología del hombre adulto normaluna de las disciplinas particulares, junto con la psicología animal y la psicopatología. El que hasta ahora haya desempeñado, y continúe haciéndolo en parte, ese papel de factor generalizador, y formador hasta cierto punto de la estructura y el sistema de las disciplinas concretas, a las que proporciona los conceptos fundamentales, y a las que conforma según su propia estructura, tiene explicación en la historia- del desarrollo de la ciencia, pero no es debido a una necesidad lógica. Si bien la psicología del hombre normal ha jugado un papel rector, ello no se desprende de la propia naturaleza de la ciencia, sino que ha dependido de condiciones externas: bastará que éstas, varíen para que la psicología del hombre normal pierda ese papel rector. En aquellos sistemas psicológicos que cultivan el concepto de inconsciente, el papel de esa disciplina rectora, cuyos conceptos principales sirven de puntos de partida a las ciencias afines, es desempeñado por la psicopatología. Tales son, por ejemplo, los sistemas de S. Freud, A. Adler y E. Kretschmer.
Para este último, ese papel determinante de la psicopatología no guarda ya relación con el concepto central de inconsciente, como sucede en Freud y Adler. Es decir: ya no se plantea que la psicopatología sea primordial porque estudia el objeto fundamental (el inconsciente), sino que se recurre a un criterio esencialmente metodológico según el cual la esencia y la naturaleza de los fenómenos a estudiar se revelan en la forma más pura en sus manifestaciones extremas, patológicas. Por consiguiente, hay que ir de la patología a la normalidad, explicar y comprender al hombre normal a partir de la patología y no a la inversa, como se venía haciendo hasta ahora. La clave de la psicología está en la patología; y no porque esta última haya desvelado y estudiado antes las raíces de la psique, sino porque ésta es la naturaleza interna de los hechos que a su vez condiciona la naturaleza del conocimiento científico sobre esos hechos. Si para la psicología tradicional cualquier persona con una psicopatología es, como objeto de estudio, una persona en mayor o menor grado normal y debe ser definida con respecto a la normalidad, para los nuevos sistemas cualquier persona normal es más o menos patológica y debe por tanto ser interpretada como una variante de tal o cual tipo patológico. Dicho simplemente, unos sistemas consideran a la persona normal como prototipo y al individuo patológico como una variedad o variante de ese prototipo; otros, por el contrario, toman como modelo el fenómeno patológico y consideran lo normal como una variedad suya. ¿Y quién podría decir cómo va a resolver este debate la psicología general futura?
Aparte de estas dos alternativas (una que adopta como patrón al hombre normal y otra que adopta el patológico), y que responden a criterios en parte 260 empíricos y en parte conceptuales, hay otros sistemas que se basan en la psicología animal. Es el caso, por ejemplo, de la mayoría de los cursos norteamericanos de comportamiento y de los rusos de reflexología, que desarrollan todo su sistema partiendo del concepto de reflejo condicionado, al que toman como principio central. Además de conceder un papel protagonista a la psicología animal empírica en la elaboración de los conceptos fundamentales, una serie de autores la presentan como la disciplina general a la que deberían referirse otras disciplinas. Arguyen que, puesto que la psicología animal ha sido la que ha dado lugar a la ciencia del comportamiento y ha constituido el punto de partida del análisis objetivo de lo psíquico, y puesto que esa ciencia es estrictamente una ciencia biológica, a ella le corresponde elaborar los conceptos fundamentales de la ciencia y proporcionárselos a otras disciplinas psicológicas.
Ese es, por ejemplo, el punto de vista de I. P. Pavlov. En su opinión, lo que hacen los psicólogos no puede reflejarse en la psicología animal, pero lo que hacen los psicólogos comparados determina en gran parte la tarea de los psicólogos; éstos construyen la superestructura y aquéllos establecen los fundamentos (1950). De hecho, la fuente de donde extraemos las categorías principales para analizar y explicar el comportamiento, la instancia a la que recurrimos para comprobar nuestros resultados, el modelo que nos sirve para perfeccionar nuestros métodos es la psicología animal.
Nos encontramos de nuevo ante una inversión en los papeles que la psicología tradicional había adjudicado a las diversas disciplinas. El punto de referencia era el hombre y de él se partía para dar cuenta del psiquismo animal; interpretando sus manifestaciones por analogía con nosotros mismos. Y no siempre podría reducirse la cuestión, ni mucho menos, a un burdo antropomorfismo; con frecuencia había fundamentos metodológicos serios que aconsejaban seguir esa vía en la investigación: la psicología subjetiva no podía funcionar de otra manera. Veía en la psicología del hombre la clave de la psicología de los animales y en las formas superiores la clave de la interpretación de las inferiores. El investigador no siempre ha de seguir el mismo camino seguido por la naturaleza, con frecuencia es más ventajoso el camino inverso.
Es a ese concepto de método «inverso» al que apuntaba Marx cuando afirmaba que la «anatomía del hombre era la clave de la anatomía del mono» (K. Marx, F. Engels, Obras, t. 46, parte I, pág. 42). «Sólo podremos comprender las conjeturas sobre la existencia de una conciencia elevada en las especies inferiores si ya previamente sabemos en qué consiste lo más elevado». De ahí que la economía burguesa nos ofrezca, la clave de la economía antigua, etc. Pero no en el sentido en que lo interpretan los economistas, que borran todas las diferencias históricas y ven todas las formas de la sociedad como formas burguesas. Podemos comprender el obrok o los diezmos, si conocemos los mecanismos del arrendamiento agrario, pero no se los puede identificar con este último» (Ibídem). 261
Comprender el obrok a partir de la renta y la forma feudal a partir de la burguesa: es exactamente el mismo procedimiento metodológico mediante el cual comprendemos y definimos el pensamiento y los rudimentos del lenguaje en los animales, a partir del pensamiento evolucionado y del lenguaje del hombre. Sólo podemos comprender cabalmente una determinada etapa en el proceso de desarrollo —o incluso el propio proceso— si conocemos el resultado al cual se dirige ese desarrollo, la forma final que adopta y la manera en que lo hace. Únicamente se trata, por supuesto, de transferir en un plano metodológico categorías y conceptos fundamentales de lo superior a lo inferior y no de extrapolar sin más observaciones y generalizaciones empíricas. Por ejemplo, los conceptos de clase social y de lucha de clases se manifiestan con toda nitidez cuando se analiza el sistema capitalista, pero son también la clave de todas las formas precapitalistas de la sociedad, aunque las clases sociales sean distintas, y no se den las mismas formas de lucha. Es decir, se trata de diferentes estadios concretos en el desarrollo de la categoría «clase social». Pero todas esas características, que permiten diferenciar las formas históricas de épocas anteriores de las formas capitalistas, no solo no se borran, sino que, por el contrario, únicamente resultan accesibles cuando se analizan a partir de categorías y conceptos obtenidos del análisis de otra formación superior.
«La sociedad burguesa —aclara Marx— es la organización histórica de producción más desarrollada y multiforme. Por eso, el análisis de los tipos de relaciones que se dan en su seno y la interpretación de su estructura nos brindan a la vez la posibilidad de analizar la estructura y las relaciones sociales de todas las formas de sociedad desaparecidas, cuyos despojos y elementos sirvieron para construirla. Algunos restos aún no superados de esos despojos y elementos continúan arrastrando su existencia dentro de la sociedad burguesa, y lo que en formas precedentes de sociedad únicamente existía como indicio se desarrolló en ella hasta alcanzar su pleno valor, etcétera» (Ibídem). El camino resulta más fácil de comprender cuando se conoce su final; éste es además el que da sentido a cada etapa particular.
Ese es uno de los posibles caminos metodológicos, y hay una serie de ciencias en las que está suficientemente justificado. ¿Es aplicable a la psicología? Pavlov, partiendo precisamente de un punto de vista metodológico, niega el camino del hombre hacia el animal; no se trata de que los fenómenos humanos sean esencialmente diferentes de los animales, sino que no pueden aplicarse a los animales las categorías y conceptos psicológicos humanos. Sería estéril —desde un punto de vista cognoscitivo— hacerlo. Por eso, Pavlov defiende el camino contrario: el de lo animal a lo humano, por considerarlo como el camino de investigación más directo y el que repite el seguido por la naturaleza. Según sus palabras, «si partimos de conceptos psicológicos, que no tienen lugar en el espacio real, no podemos penetrar en el mecanismo del comportamiento de los animales, en el mecanismo de estas relaciones» (1950, pág. 207). 262
Por consiguiente, la cuestión no está en los hechos, sino en los conceptos, es decir, en la forma de imaginarse estos hechos. «Nuestros hechos los imaginamos en forma de espacio y tiempo; para nosotros se trata de hechos totalmente científico-naturales; por el contrario, los hechos psíquicos se conciben únicamente en forma temporal» dice (Ibídem, pág. 104). Pavlov establece explícitamente que no sólo se trata de emanciparse de los conceptos psicológicos, sino de elaborar una nueva psicología con ayuda de los conceptos dotados de una referencia espacial; esta nueva psicología demuestra que su planteamiento no es únicamente aplicable a determinado grupo de hechos, sino que es un planteamiento de principios conceptuales y por tanto no se limita a reclamar independencia para su campo de investigación, sino que puede extender su influencia a todas las esferas del conocimiento psicológico apoyándose en este nuevo tipo de conceptos que se desarrollan en el espacio.
En su opinión, la ciencia trasladará antes o después al psiquismo humano los datos objetivos «guiándose por la similitud o la identidad de las manifestaciones externas» y explicará objetivamente la naturaleza y el mecanismo de la conciencia (Ibídem, pág. 23). Su camino va de lo simple a lo complejo, del animal al hombre. «Lo simple, lo elemental —dice— se comprende sin lo complejo, mientras que aclarar lo complejo sin lo elemental es imposible». A partir de estos datos se constituirá la base del conocimiento psicológico» (Ibídem, pág. 105). Y en el prólogo del libro en el que expone los 20 años de experiencia en el estudio del comportamiento animal, Pavlov declara que «está profunda, irrevocable y firmemente convencido de que así, siguiendo en lo fundamental este camino» se conseguirá «conocer el mecanismo y las leyes de la naturaleza humana» (Ibídem, pág. 17).
He aquí una nueva controversia entre el estudio de los animales y la psicología del hombre. La situación es, de hecho, muy semejante a la controversia entre la psicopatología y la psicología del hombre normal. ¿Qué disciplina debe regir, unir, elaborar los conceptos fundamentales, los principios y los métodos, comprobar y sistematizar los datos de todos los demás dominios? Si antes la psicología tradicional consideraba al animal como un antepasado más o menos lejano del hombre, ahora en cambio la reflexología se inclina a considerar al hombre como «un animal bípedo, sin plumas», con las palabras de Platón. Antes, se definía y describía la psique del animal con conceptos y términos extraídos de las investigaciones del hombre, ahora, el comportamiento de los animales nos proporciona «la clave para comprender el comportamiento del hombre», y lo que llamamos «comportamiento humano» se interpreta únicamente como derivado del hecho de que un cierto animal camina erguido y por eso habla, y de que dispone de manos con el dedo pulgar oponible.
Podemos preguntarnos de nuevo: ¿quién, aparte de la futura psicología general, resolverá esta controversia entre el hombre y el animal en psicología, controversia de cuya solución depende ni más ni menos que el destino futuro de nuestra ciencia? 263
Apartado 2
A partir del análisis de los tres tipos de sistemas psicológicos de que nos hemos ocupado, se desprende hasta qué punto ha madurado la necesidad de una psicología general y hemos perfilado en parte los límites y el contenido aproximado de este concepto. A partir de ahora, nos mantendremos en esa vía para nuestro análisis: partiremos de una serie de hechos, aunque sólo se trate de hechos de carácter muy general y abstracto (como tal o cual sistema psicológico y su modelo, las tendencias y el destino de diferentes teorías, estos o aquellos métodos de conocimiento, categorizaciones científicas y esquemas, etc.). No los trataremos desde el punto de vista de la lógica abstracta, puramente filosófica, sino como determinados hechos de la historia de la ciencia. Es decir, como acontecimientos concretos, históricamente vivos. Nos referiremos a los sistemas teniendo en cuenta sus tendencias, las oposiciones entre unos y otros, sus condicionamientos reales y su esencia teórico-cognoscitiva, es decir, su correspondencia con la realidad, a cuyo conocimiento están destinados. Es a través del análisis de la realidad científica y no mediante razonamientos abstractos como pretendemos obtener una idea clara de la esencia de la psicología individual y social —en tanto que aspectos de una misma ciencia— y del destino histórico de ambas. Y del mismo modo que el político extrae sus reglas de actuación del análisis de los acontecimientos nosotros extraeremos de ese análisis nuestras reglas para organizar la investigación metodológica, que se basa en el estudio histórico de las formas concretas que ha ido adoptando la ciencia y en el análisis teórico de estas formas para llegar a principios generalizadores, comprobados y válidos. En nuestra opinión, ahí debe estar el germen de esa psicología general, concepto que trataremos de aclarar en este capítulo.
Lo primero que podemos establecer a través de este análisis son los límites entre la psicología general y la psicología teórica del hombre normal. Hemos visto que ésta no tiene por qué identificarse con la psicología general, sino que, para algunos sistemas, es más bien una disciplina particular, siendo otra rama la que pasa a tener ese carácter general; hemos visto que el papel de la psicología general pueden desempeñarlo (y de hecho lo hacen) la psicopatología y la teoría del comportamiento animal. A. I. Vvedienski suponía que a la psicología general «sería mucho más acertado llamarla psicología básica, porque esa parte constituye la base de toda la psicología (1917, pág. 5). H. Höffding, que suponía .que es posible hacer psicología «mediante numerosos procedimientos y métodos», que afirmaba que «no existe una psicología, sino muchas», y que no veía la necesidad de unidad, tendía a considerar a la psicología subjetiva como «la base, alrededor de la cual, como alrededor de un centro, deben agruparse las riquezas de otras fuentes de conocimiento» (1980, pág. 30). En efecto, sería más oportuno en este caso hablar de una psicología básica o central en lugar de hablar de una psicología general. Pero hace falta no poco dogmatismo académico y no poca 264 ingenuidad presuntuosa para no ver que surgen otros sistemas con una base y un centro totalmente distintos y que, en esos otros sistemas, lo que los psicólogos académicos consideran «lo básico» se desplaza a la periferia por la propia naturaleza de las cosas. Toda una serie de sistemas han considerado que la psicología subjetiva era básica o central, cosa tan comprensible en su momento como lo es ahora el que haya perdido su importancia. Terminológicamente sería más correcto hablar de psicología teórica, diferenciándola de la psicología aplicada, como hace E. Münsterberg (1922). Todo lo referente al hombre normal y adulto constituiría una rama especial, junto con la psicología infantil, la psicología animal y la psicopatología.
La psicología teórica, señala L. Binsvanger, no es ni la psicología general ni una parte de ella, sino que es un objeto de la psicología general. Esta última se plantea preguntas tales como si es posible, en general, la psicología teórica, y qué estructura y utilidad tienen sus conceptos. La psicología teórica no se puede identificar con la psicología general, puesto que lo que ésta se plantea precisamente como problema fundamental no es el problema de la creación de teorías en psicología (1922, pág. 5).
Hay un segundo punto que nuestro análisis nos permite establecer con certeza: el propio hecho de que la psicología teórica, y posteriormente otras disciplinas, hayan desempeñado el papel de ciencia general está condicionado, por un lado, por la ausencia de una psicología general y, por otro, por la gran necesidad que hay de ella y de que sean desempeñadas sus funciones para hacer posible la investigación científica. La psicología está embarazada de una disciplina general, pero aún no la ha dado a luz.
Lo tercero que podemos deducir de nuestro análisis es la distinción entre dos fases en el desarrollo de cualquier ciencia general, de cualquier disciplina general, como muestra la historia de la ciencia y de la metodología. En la primera fase de desarrollo, la disciplina general se distingue de la especial sólo por un rasgo puramente cualitativo. Esa diferencia, como dice acertadamente Binsvanger, se da en la mayoría de las ciencias. Así, distinguimos la botánica general y la especial, la biología y la fisiología, la patología y la psiquiatría, etc. Para la disciplina general el objeto de estudio es lo general, lo que es propio de todos los objetos de la ciencia en cuestión. La disciplina particular se ocupa en cambio de lo que es propio de grupos o incluso de individuos dentro de una misma categoría de objetos. En este sentido, se concedía el nombre de especial a la disciplina que ahora llamamos diferencial; Y en ese mismo sentido, a esa rama de la psicología se la denominaba «individual». La parte general de la botánica o de la zoología estudia lo que hay de común a todas las plantas o a todos los animales; la psicología, lo que es propio de todos los hombres. Para ello, se abstrajo de la diversidad de los fenómenos en cuestión el concepto de uno u otro rasgo común, propio de todos o de la mayoría de ellos y ese rasgo, que se había despojado de la diversidad real de los rasgos concretos se convirtió en objeto de estudio d la disciplina general. Por eso se consideró que lo distintivo de esa disciplina 265 y su objetivo consistía en presentar científicamente hechos que son comunes al mayor número de fenómenos particulares de la rama en cuestión (L. Binsvanger, 1922, pág. 3).
Este estadio de búsqueda en el que se intenta definir un concepto abstracto y común para todas las disciplinas psicológicas (en el que se constituye el objeto de todas ellas y en el que se determina lo que hay que destacar del caos de los fenómenos aislados, y lo que tiene valor congoscitivo para la psicología de entre todos los fenómenos), es un estadio que aparece muy claramente en nuestro análisis. Nos permite calibrar qué significado pueden tener estas búsquedas para nuestra ciencia en el momento histórico actual de su desarrollo, cuál es el concepto que buscamos como objeto de la psicología y cuál es la respuesta que buscamos a la pregunta de qué es lo que estudia la psicología.
Todo fenómeno concreto es absolutamente infinito e inagotable si consideramos por separado cada uno de sus rasgos. En todos los fenómenos hay que buscar siempre lo que los convierte en objeto científico. Eso es precisamente lo que distingue la observación de un eclipse de sol por parte de un astrónomo de la observación de este fenómeno a título de simple curiosidad. En la primera observación se destacará del fenómeno aquello qué lo convierte en un hecho astronómico; en la segunda, sólo se observarán aquellos rasgos que por azar llaman la atención.
¿Qué es lo que tienen en común todos los fenómenos que estudia la psicología, qué es lo que convierte en hechos psíquicos a los fenómenos más diversos —desde la secreción de la saliva en los perros hasta el placer de la tragedia—, qué tienen en común los desvaríos de un loco y los rigurosísimos cálculos de un matemático? La psicología tradicional responde: lo que tienen en común es que todos ellos son fenómenos psíquicos, que no se desarrollan en el espacio y sólo son accesibles a la percepción del sujeto que los vive. La reflexología responde: lo que tienen en común es que todos estos fenómenos son hechos de comportamiento, procesos correlativos de actividad, reflejos, actos de respuesta del organismo. Los psicoanalistas dicen: lo que hay de común a todos estos hechos, lo más primario, lo que los une y constituye su base es el inconsciente. Por tanto, estas tres respuestas establecen tres significados distintos de la psicología general, a la que definen como la ciencia 1) de lo psíquico y de sus propiedades, o 2) del comportamiento, o 3) del inconsciente.
De aquí se desprende la importancia de la concepción general para delimitar el objeto de la ciencia. Cualquier hecho, expresado consecutivamente desde la `concepción de cada uno de estos tres sistemas, adoptará tres formas totalmente distintas; mejor dicho, tendremos tres hechos distintos. Y a medida que la ciencia avance, a medida que se acumulen los hechos, obtendremos sucesivamente tres generalizaciones distintas, tres clasificaciones distintas, tres sistemas distintos, tres ciencias distintas, que se hallarán tanto más lejos del hecho común que las unía y tanto más lejos unas de otras, 266 cuanto mayor sea el éxito con que se desarrollen. Al poco de su aparición, estas ciencias se verán obligadas a seleccionar distintos, hechos y la propia selección de los hechos determinará en lo sucesivo el desarrollo de la ciencia. K. Koffka ha sido el primero en exponer la idea de que, de seguir las cosas así, la psicología introspectiva y la psicología del comportamiento pasarán a constituir dos ciencias diferentes. El camino de una está tan lejos del de la otra, que «es imposible decir con seguridad si conducirán realmente a un mismo objetivo» (K. Koffka, 1926, pág. 179).
También Pavlov y Béjterev comparten esencialmente la misma opinión; para ellos es plausible la idea de la existencia paralela de dos ciencias: la psicología y la reflexología, que estudian lo mismo, pero desde distintas perspectivas. «No niego la psicología como conocimiento del mundo interior del hombre», dice Pavlov a este respecto (1950, pág. 125). Para Béjterev, la reflexología no se contrapone a la psicología subjetiva ni excluye en lo más mínimo a esta última, sino que delimita una esfera particular de la investigación, es decir: crea una ciencia paralela nueva. Él mismo habla de las estrechas relaciones entre ambas disciplinas científicas e incluso de una «reflexología subjetiva», que surgirá inevitablemente en el futuro (1923). Por cierto, hay que decir que tanto Pavlov como Béjterev niegan de hecho la psicología y confían en abarcar íntegramente toda la rama del saber acerca del hombre valiéndose del método objetivo, lo que equivale a admitir que sólo puede haber una ciencia, aunque de palabra reconozcan dos. Así es como el concepto general predetermina el contenido de la ciencia.
Actualmente, el psicoanálisis, el behaviorismo y la psicología subjetiva operan no sólo con diferentes conceptos, sino también con diferentes hechos. Hechos tan indudables, tan realísimos, tan comunes a todos, como el complejo de Edipo de los psicoanalistas, sencillamente no existen para otros psicólogos; para muchos se trata de la más loca fantasía. A W. Stern, que en general adopta una actitud benevolente hacia el psicoanálisis, las interpretaciones psicoanalíticas, tan habituales en la escuela de Freud y tan indudables para los psicoanalistas como la medición de la temperatura en un hospital, y los hechos cuya existencia afirman, le recuerdan la quiromancia y la astrología del siglo XVI. Para Pavlov, la afirmación de que el perro recordó la alimentación al oír el timbre no es más que una fantasía. Del mismo modo, los introspeccionistas consideran que en los actos de pensamiento no existen los movimientos musculares que afirman los conductistas.
Pero el concepto esencial que actúa de soporte en la ciencia, lo que podríamos denominar la abstracción primaria, no sólo está determinando el contenido de las disciplinas particulares, sino también su carácter integrador Y por tanto la forma de explicar los hechos, el principio explicativo esencial de la ciencia.
Y, así como en las disciplinas particulares se da una tendencia a transformarse en ciencia general y a extender su influencia a las ramas cercanas, la ciencia general surge de la necesidad de unir ramas heterogéneas del saber. Cuando disciplinas análogas acumulan suficiente cantidad de material en 267 dominios relativamente lejanos entre sí, surge la necesidad de unificar el material heterogéneo, de establecer y determinar la relación entre los diferentes dominios y entre cada uno de ellos y la totalidad del saber científico. ¿Cómo poner en relación el material de la patología, la psicología animal, la psicología social? Hemos visto que el substrato de la unidad viene dado fundamentalmente por la abstracción primaria. Pero la unión de material heterogéneo —como sostiene la psicología de la Gestalt— no puede lograrse mediante la simple aposición de la conjunción «y», mediante la simple unión o adición de las partes, de modo que cada una de ellas conserve el equilibrio y la independencia. La unidad se consigue mediante la subordinación y el dominio, mediante la renuncia de las disciplinas particulares a la soberanía en favor de una ciencia general. Dentro del nuevo conjunto no se produce la coexistencia de disciplinas sino un sistema jerárquico, dotado de un centro principal y otros secundarios, como el sistema solar. De suerte que la unidad es lo que determina el papel, el sentido y el significado de cada dominio aislado: esto es, no sólo determina el contenido de la ciencia, sino también la forma explicativa a adoptar, el principio de generalización que con el tiempo, a medida que evoluciona la ciencia, se convertirá en su principio explicativo.
Aceptar la psique, el inconsciente, o el comportamiento como conceptos primigenios no sólo significa reunir tres categorías distintas de hechos, sino también ofrecer tres diferentes formas de explicar esos hechos.
La tendencia a generalizar e integrar los conocimientos se transforma así en una tendencia a explicarlos, y el carácter de integración del concepto generalizador lo transforma en principio explicativo, porque explicar significa establecer una conexión entre varios hechos o varios grupos de hechos, explicar es referir una serie de fenómenos a otra, explicar significa para la ciencia definir en términos de causas. Mientras la integración tenga lugar en el seno de una disciplina, la explicación se llevará a cabo mediante la conexión causal de fenómenos que están dentro de un mismo dominio. Pero en cuanto elevamos nuestras generalizaciones por encima de disciplinas particulares, unificamos hechos de diferentes dominios, esto es, establecemos generalizaciones de segundo grado, debemos buscar de inmediato una explicación de grado superior, es decir, la conexión de todos los ámbitos del conocimiento en cuestión con hechos que están fuera de ellos. De esta manera, cuando buscamos un principio explicativo nos salimos de los límites de la ciencia particular y nos vemos obligados a situar esos fenómenos en un contexto más amplio.
Hay pues una tendencia a establecer un principio explicativo unitario y a que éste actúe desde fuera de los límites en que ha nacido la ciencia, convirtiéndose de ese modo en un principio explicativo, no ya de las categorías de la realidad a las que se refería en un principio, sino del sistema global de la realidad, y no sólo de la ciencia en que surgió, sino del sistema científico en su totalidad. Esta tendencia estaría en el origen de la rivalidad interdisciplinar por conseguir la supremacía. El hecho de que exista un 268 concepto generalizador y, al igual que se da una pugna entre las disciplinas por conseguir ese concepto generalizador, también se dará irremisiblemente una pugna por hacerse con el principio. En efecto: la reflexología no sólo plantea el concepto de comportamiento, sino también el principio del reflejo condicionado, es decir, la explicación del comportamiento en base a la experiencia externa al animal. Y resulta difícil decir cuál de estas dos ideas es más importante para esta corriente teórica. Si desechamos el principio de los reflejos condicionados, nos quedamos sólo con el comportamiento. Es decir, con un sistema de movimientos y de formas de actuar que tienen su explicación en la conciencia, materia de la que se ocupa hace mucho la psicología subjetiva. Si desechamos el concepto y nos quedamos sólo con el principio, tendremos una psicología asociacionista sensualista. De una y otra nos ocuparemos más adelante. De momento lo importante es establecer que tanto la generalización del concepto como el principio generalizador crean la ciencia general, pero sólo si uno y otro van unidos, si se dan a la vez. Del mismo modo, la psicopatología no sólo ofrece el concepto generalizador del inconsciente, sino que lo interpreta de forma explicativa con arreglo al principio de la sexualidad. Para el psicoanálisis generalizar las disciplinas psicológicas e integrarlas sobre la base del concepto del inconsciente supone explicar totalmente —a partir de la sexualidad— el mundo que estudia la psicología.
Ambas tendencias —la tendencia a la integración y a la generalización— aparecen todavía unidas y resulta difícil distinguirlas: la segunda no se manifiesta con la suficiente claridad y, a veces, incluso puede estar presente. Cuando coincide con la primera, ello se debe una vez más, a factores históricos y no a una necesidad lógica. Pero cuando se da una confrontación entre disciplinas por la supremacía, esa tendencia a la generalización suele aparecer en otra serie de hechos, pudiéndolo hacer —y eso es importante—limpiamente, esto es, independientemente de la primera tendencia. En ambos casos, puede decirse que ambas tendencias se manifiestan en su forma más pura.
Así, en la psicología tradicional, el concepto de lo psíquico puede estar presente en muchas explicaciones, si bien no en cualquiera: asociacionismo, psicología del acto, teoría de las facultades, etc. Esto es, la relación que hay entre la generalización y la integración es estrecha, pero no ineludible. Un concepto admite una serie de explicaciones y viceversa. Más aún, en los sistemas de la psicología del inconsciente, este concepto fundamental no se interpreta obligatoriamente como sexualidad. En A. Adler y K. Jung, la explicación básica viene dada por otros principios. Por consiguiente, en la confrontación disciplinar se dará necesaria y lógicamente esa primera tendencia del saber hacia la interacción pero la segunda tendencia no siempre se manifestará como una necesidad lógica, sino que aparecerá en función de los condicionamientos históricos. De ahí que resulte más fácil analizarla en su apariencia más pura en la confrontación de principios y escuelas dentro de una misma disciplina. 269
Apartado 3
Podemos pues afirmar que cualquier descubrimiento más o menos importante en cualquier rama, cualquier descubrimiento que se salga de los límites de ese dominio parcial tenderá a transformarse en un principio explicativo de todos los fenómenos psicológicos y obligará a la psicología a salir de sus propios límites, llevándola a dominios más amplios del saber. Esta tendencia se ha manifestado en las últimas décadas con una regularidad y constancia tan extraordinaria, y con tal uniformidad en las más diversas ramas, que es posible realizar predicciones sobre el proceso de evolución de tal o cual concepto o descubrimiento, de tal o cual idea. A su vez esa repetición regular que se da en la evolución de las más diversas ideas demuestra de forma evidente (con una evidencia que rara vez se presenta al historiador de la ciencia y al metodólogo) la necesidad objetiva que subyace al desarrollo de la ciencia, una necesidad que podremos descubrir si enfocamos los hechos de la ciencia desde un punto de vista también científico. Lo cual plantea la posibilidad de una metodología científica sobre una base histórica.
La regularidad en el cambio y el desarrollo de las ideas, la aparición y la muerte de los conceptos, incluso el cambio de categorizaciones, etc., todo ello puede explicarse científicamente si relacionamos la ciencia en cuestión: 1) con el substrato sociocultural de la época, 2) con las leyes y condiciones generales del conocimiento científico, 3) con las exigencias objetivas que plantea al conocimiento científico la naturaleza de los fenómenos objeto de estudio en el estadio actual de la investigación. Es decir, en último término, con las exigencias de la realidad objetiva que estudia la ciencia en cuestión. Porque el conocimiento científico deberá adaptarse, acomodarse a las particularidades de los hechos que se estudian, deberá estructurarse de acuerdo con sus exigencias. Y por eso, en la variación del hecho científico cabe descubrir siempre la participación de los hechos objetivos que estudia esa ciencia. Trataremos de tener en cuenta en nuestro análisis los tres puntos de vista.
Podemos expresar esquemáticamente el destino general y la línea de desarrollo de esas ideas explicativas del siguiente modo: en primer lugar, se da un descubrimiento real cualquiera más o menos importante, cualquier descubrimiento que modifique la idea habitual sobre todo un ámbito de fenómenos de referencia y que incluso rebase los límites de ese grupo parcial de fenómenos donde ha sido observado y formulado.
Le sigue el estadio de propagación de la influencia de esas mismas ideas a los dominios colindantes o, por así decirlo, la expansión de la idea a un mayor número de hechos de los que originalmente abarcaba. Todo ello da lugar a una modificación de la propia idea (o su aplicación): aparece una formulación de ésta más abstracta y la conexión con los hechos a los que debe su origen se va debilitando, aunque esa conexión actúe como garantía de la autenticidad de la nueva idea, en la medida en que ésta comienza su 270 marcha conquistadora, y eso es muy importante en tanto que descubrimiento científicamente comprobado.
En su tercer estadio de desarrollo, la idea, que ha impregnado ya en mayor o menor grado la disciplina en cuyo seno surgió inicialmente, se ha visto por ello parcialmente modificada y ha modificado a su vez la configuración estructural y el alcance de la disciplina. Desgajada ya de los hechos a los que debe su origen, la idea, que existía en forma de principio formulado más o menos abstractamente, pasa al nivel de la confrontación por el dominio en el seno de la disciplina, es decir, a la fase de integración. Eso suele ocurrir porque la idea, como principio explicativo, ha conseguido adueñarse de toda la disciplina, es decir, se ha adaptado al concepto y el concepto que servía de base a la disciplina se ha adaptado en parte a ella y ésta ahora actúa de acuerdo con él. Y en nuestro análisis hemos tropezado precisamente con ese estadio mixto de existencia de la idea, cuando ambas tendencias se apoyan mutuamente. Continuando su expansión a lomos de la tendencia a la integración, la idea se transfiere fácilmente a las disciplinas colindantes, sin dejar ella misma de modificarse, dilatándose a medida que incorpora nuevos hechos y modificando a su vez las ramas en las que penetra. El destino de la idea está unido por completo en esta etapa al de la disciplina que representa y que pugna por el dominio.
En el cuarto estadio, la idea vuelve a desprenderse del concepto inicial, puesto que el propio hecho de emprender una conquista (aunque esa conquista sea sólo un proyecto, defendido por una escuela o por la totalidad del ámbito del conocimiento psicológico, por todas las disciplinas) impulsa el desarrollo de la idea. La idea continuará siendo un principio explicativo en la medida en que rebase los límites del concepto principal; porque, como hemos visto, explicar significa salir de los propios límites en busca de causas externas. Si la idea coincidiese por completo con el concepto principal, ya no explicaría nada. Pero puesto que el concepto principal no puede lógicamente continuar desarrollándose (si fuera así se estaría negando a sí mismo, ya que su sentido estriba en definir una rama del conocimiento psicológico: de ahí que su propia esencia le impida salirse de sus límites) deberá producirse nuevamente la separación del concepto y de la explicación. Además, la propia integración presupone lógicamente (como hemos mostrado más arriba) el establecimiento de conexiones con una esfera más amplia de conocimientos, la salida de los propios límites, y eso es lo que hace la idea cuando se separa del concepto. Unas veces actúa de enlace entre la psicología y numerosas ramas externas a ella, como la biología, la fisioquímica o la mecánica, en tanto que el concepto principal la hace apartarse de ellas. Las funciones de estos aliados, que actúan temporalmente juntos, han vuelto a cambiar. Otras veces la idea se incorpora abiertamente a este o aquel sistema filosófico, extendiéndose, modificándose y modificando los más remotos ámbitos de la realidad, la totalidad del universo, formulándose como un principio universal o incluso como una ideología. 271
Ese descubrimiento, hinchado hasta convertirse en ideología, como la rana que se convirtió en buey, alcanza el más peligroso estadio de desarrollo, el quinto: estalla fácilmente, como una pompa de jabón; en todo caso, entra en el estadio de lucha y negación en que se encuentra ahora por doquier. Es verdad que ya antes, en los estadios precedentes, había tenido lugar una lucha contra la idea. Pero entonces se trataba de la reacción normal al movimiento de ésta, la resistencia de cada rama aislada a sus tendencias conquistadoras. La fuerza inicial que había engendrado su descubrimiento la protegía de la verdadera lucha por la existencia, como la madre protege a sus crías. Sólo ahora, tras haberse separado por completo de los hechos que la han originado, tras haber sido desarrollada hasta los límites lógicos, llevada hasta las últimas conclusiones y generalizada todo lo que es posible, es cuando la idea descubre finalmente lo que en realidad es y se manifiesta con su verdadero rostro. Por extraño que parezca, precisamente cuando ha sido llevada hasta su forma filosófica, cuando parece velada por numerosas capas y se halla muy lejos de sus raíces directas y de las causas sociales que la engendraron, sólo ahora descubre qué quiere, qué es, de qué tendencias sociales procede, a qué intereses de clase sirve. Tan sólo después de haberse desarrollado hasta convertirse en una ideología o hasta conseguir conexión con ella, la idea parcial, de hecho científico que era, se convierte de nuevo en un hecho de la vida social; es decir, retorna al seno de donde surgió. Sólo al convertirse de nuevo en una parte de la vida social, pone de manifiesto su naturaleza social, que vivía, naturalmente, todo el tiempo en ella, pero que permanecía oculta bajo la máscara del acto cognoscitivo y en calidad de tal figuraba.
Pues bien, en este estadio, el destino de la idea se determina aproximadamente así. A la nueva idea, como al nuevo gentilhombre, le señalan su origen burgués, es decir: su origen real. La limitan a las ramas de donde procede; la obligan a retroceder en su desarrollo; la reconocen como descubrimiento parcial, pero la rechazan como ideología; y ahora se establecen nuevos procedimientos para considerada a ella y a los hechos relacionados con ella como un descubrimiento parcial. Dicho de diferente manera, otras ideologías, que representan otras tendencias y fuerzas sociales, reconquistan la idea e incluso su campo inicial, elaboran su punto de vista sobre ella y entonces la idea o bien muere o continúa existiendo, incluida más o menos estrechamente en tal o cual ideología de entre una serie de ideologías, compartiendo su destino y realizando sus funciones, pero deja de existir como idea revolucionadora de la ciencia; es una idea que se ha retirado del servicio y que ha obtenido en su departamento el grado de general.
¿Por qué deja de existir la idea como tal? Porque en el campo de la ideología rige la ley, descubierta por Engels, de la concentración de ideas alrededor de dos polos —el idealismo y el materialismo—, que corresponden a los dos polos de la vida social, a las dos principales clases que luchan. La naturaleza social de las ideas se manifiesta con mucha más facilidad en un hecho filosófico que como hecho científico: acaba su papel de agente 272 ideológico oculto disfrazado de hecho científico, y queda desenmascarada, comenzando entonces a participar como un sumando más en la lucha de clases de las ideas. Aquí, en calidad de pequeño sumando de una enorme adición, se hunde como una gota de agua en el océano y deja de existir por sí misma.
Apartado 4
Este es el camino que recorre en psicología cualquier descubrimiento que tienda a convertirse en un principio explicativo. La misma aparición de tales ideas se explica por la existencia de una necesidad científica (arraigada, al fin y al cabo, en la naturaleza de los fenómenos que se estudian) y por la forma en que se manifiesta esa necesidad en una determinada etapa del conocimiento: en otras palabras, por la naturaleza de la ciencia y, en último término, por la naturaleza de la realidad psíquica que estudia esa ciencia. Pero lo único que la historia de la ciencia puede explicar es por qué ha surgido la necesidad de nuevas ideas en un determinado estadio del desarrollo y por qué ese nacimiento resultaba imposible cien años antes. Qué descubrimientos concretos se desarrollan en el seno de una ideología y cuáles no; qué ideas destacan, qué camino recorren, qué destino alcanzan, todo ello depende de factores externos a la historia de la ciencia y que la determinan.
Cabría una comparación al respecto con la doctrina del arte de G. V. Plejánov. La naturaleza ha dotado al hombre de una necesidad estética que posibilita que éste tenga ideas estéticas, gustos y sensaciones. Pero establecer con exactitud qué gustos, ideas y sensaciones va a tener el hombre social en cuestión en una determinada época histórica, no es directamente deducible de la naturaleza del hombre. Esta respuesta sólo nos la puede dar una interpretación materialista de la historia (G. V. Plejánov, 1922). Pero este razonamiento no es, en puridad, el fruto de una comparación o de una metáfora, sino que responde punto por punto a una ley general que Plejánov aplicó parcialmente a los problemas del arte. En realidad, la interpretación científica no es sino una forma más de actividad del hombre social entre otras actividades. Por consiguiente, el conocimiento científico, considerado como conocimiento de la naturaleza y no como ideología, constituye un tipo de trabajo y como todo trabajo es, ante todo, un proceso entre el hombre y la naturaleza. Y en ese proceso, el propio hombre se enfrenta a la naturaleza en tanto que fuerza surgida de su seno. Se trata pues de un proceso condicionado tanto por las propiedades de la naturaleza transformada como por las propiedades de la fuerza transformadora de la naturaleza; es decir, condicionado en este caso por la naturaleza de los fenómenos psíquicos y por las condiciones cognoscitivas del hombre (G. V. Plejánov, 1922 a). De ahí que los fenómenos psíquicos, en tanto que fenómenos naturales (es decir, sin modificar), no puedan explicar el desarrollo, el movimiento, los cambios en la historia de la ciencia. Esta es una verdad evidente. No obstante, en 273 cualquier estadio de desarrollo es posible aislar, diferenciar y abstraer las exigencias que plantea la propia naturaleza sobre los fenómenos que se deben estudiar en el nivel actual de conocimiento de que se dispone. Nivel que evidentemente no está determinado por la naturaleza de los fenómenos, sino por la historia del hombre. Precisamente porque en nuestro actual nivel de conocimientos, las propiedades naturales de los fenómenos psíquicos constituyen una categoría puramente histórica (ya que esas propiedades varían durante el proceso de conocimiento, y la suma de determinadas propiedades es una magnitud puramente histórica) cabe considerarlas como la causa o como una de las causas del desarrollo histórico de la ciencia.
Como ejemplo del patrón evolutivo que siguen en psicología las ideas generales que acabamos de describir, vamos a analizar el destino de cuatro conjuntos de ideas que han influido en las últimas décadas. Para ello, vamos a interesarnos únicamente por el hecho que hace posible la aparición de estas ideas y no por las ideas en sí, esto es, por aquel hecho que tiene sus raíces en la historia de la ciencia y no fuera de ella. No entraremos a analizar por qué precisamente estas ideas y su historia, y no otras, son importantes como síntoma, como indicador del estado que vive la historia de la ciencia. No nos interesa ahora la pregunta histórica, sino la metodológica: ¿hasta qué punto han sido descubiertos y en qué medida son conocidos los hechos psíquicos y qué cambios serían exigibles en la estructura de la ciencia para poder avanzar en el conocimiento sobre la base de lo ya conocido? El destino de los cuatro conjuntos de ideas permitirá poner al descubierto el contenido y la magnitud de las necesidades de la ciencia en el momento actual. La historia de la ciencia es importante por cuanto determina el grado de conocimiento de los hechos psíquicos.
Los cuatro conjuntos de ideas a que nos referimos son las del psicoanálisis, de la reflexología, de la psicología de la Gestalt y el personalismo.
Las ideas del psicoanálisis nacieron de descubrimientos específicos en el campo de la neurosis; se estableció inequívocamente el hecho de que toda una serie de fenómenos psíquicos están determinados por el inconsciente y el hecho de que la sexualidad se oculta en una serie de actividades y bajo formas que con anterioridad no se consideraban eróticas. Paulatinamente, este descubrimiento concreto, respaldado por el éxito de su aplicación terapéutica y con la autoridad que ello le confería (es decir, sancionado por la veracidad de su práctica) se traspasó a una serie de campos adyacentes, como la psicología de la vida cotidiana o la psicología infantil, además de adueñarse de la totalidad de los enfoques teóricos sobre la neurosis. En la confrontación disciplinar, esta idea se impuso sobre las más lejanas ramas de la psicología; sosteniéndose que con ella se podría estudiar la psicología del arte o la psicología de los pueblos. Pero el psicoanálisis estaba rebasando con ello los límites de la psicología: la sexualidad se transformaba en el principio metafísico de una serie de ideas metafísicas, el psicoanálisis se transformaba en ideología, la psicología se transformaba en metapsicología. El psicoanálisis dispone de su propia teoría del conocimiento y de su propia metafísica, 274 de su sociología y de su matemática. El comunismo y el tótem, la Iglesia y la obra de Dostoievski, el ocultismo y la publicidad, el mito y los inventos de Leonardo de Vinci no son sino sexo disfrazado y enmascarado.
Parecido ha sido el camino seguido por la idea del reflejo condicionado. Todos saben que surgió del estudio de la salivación psíquica en los perros. Pero resulta que se extendió también a otros fenómenos y conquistó la psicología animal. El sistema de Béjterev, por su parte, ha puesto todo su empeño en aproximarse y adherirse a todos los campos de la psicología para acabar sometiéndolos. Todo sueño, pensamiento, trabajo o creación, resultan ser un reflejo. La psicología colectiva del arte, la psicotecnia y la paidología, la psicopatología e incluso la psicología subjetiva acaban sometidas. Y ahora la reflexología sólo se codea con principios y leyes universales, con la esencia de la mecánica. Igual que el psicoanálisis se transforma en metapsicología a través de la biología, la reflexología se transforma a través de esta última en ideología energética. El sumario de un curso de reflexología es el catálogo universal de las leyes del universo. Y de nuevo, lo mismo que en el psicoanálisis, resulta que en el mundo todo es reflejo. Anna Karenina y la cleptomanía, la lucha de clases y el paisaje, el idioma y los sueños también son reflejos (V. M. Béjterev, 1921, 1923).
La psicología de la Gestalt surge inicialmente de investigaciones psicológicas concretas sobre los procesos de percepción de la forma y ahí es donde recibe su bautismo práctico: ha superado la prueba de la verdad. Pero al haber nacido en la misma época que el psicoanálisis y la reflexología, realiza el mismo camino que ellos con sorprendente uniformidad. Entra en la psicología animal y resulta que el pensamiento de los monos es también un proceso gestáltico; en el caso de la psicología del arte y de la psicología de los pueblos resulta que el concepto prehistórico del mundo y la creación del arte también son Gestalten, la psicología infantil y la psicopatología también entran a formar parte de la Gestalt, al igual el desarrollo del niño y las enfermedades psíquicas. Transformada finalmente en ideología, la psicología de la Gestalt descubre las Gestalten en la física y la química, en la fisiología y la biología, y la Gestalt, apergaminada hasta llegar a convertirse en una fórmula lógica, aparece en el fundamento del mundo; al crear el mundo, dijo Dios: «que sea Gestalt y todo se convirtió en Gestalt (M. Wertheimer, 1925; W. Köhler, 1917, 1920; K. Koffka, 1925).
El personalismo, por último, surge inicialmente de las investigaciones de la psicología diferencial. El principio de la personalidad, de tan extraordinario valor para la medición en psicología o para los enfoques aptitudinales, etc., se expandió en primer lugar a lo ancho de la psicología para rebasar después sus límites. En el concepto de individualidad, bajo la forma de personalismo crítico, cabía incluir no sólo al hombre, sino también a los animales y a las Plantas. Un solo paso más, que ya se ha dado en la historia del psicoanálisis Y de la reflexología, y todo el mundo se convertiría en personalidad. La filosofía, que había comenzado contraponiendo la individualidad a las cosas, arrebatándola del dominio de éstas, terminó reconociendo que todas las 275 cosas eran individualidades. Resultó que las cosas no existían en absoluto. La cosa es únicamente una parte de la individualidad: da igual la pierna del hombre que la pata de la silla; pero como esta parte consta a su vez de partes, etc., hasta el infinito, resulta que la pierna o la pata vuelve a ser una individualidad respecto a sus partes y una parte tan sólo con relación al conjunto. El sistema solar y las hormigas, el tranviario de Hindenburg, la mesa y la pantera son igualmente individualidades (W. Stern, 1924).
Estos destinos, tan semejantes como cuatro gotas de la misma lluvia, arrastran las ideas por el mismo camino. El volumen del concepto aumenta y tiende hacia el infinito, y, de acuerdo con la conocida ley de la lógica, su contenido tiende con idéntica celeridad hacia cero. Cada una de estas ideas es, en el lugar que le corresponde, extraordinariamente rica en cuanto a su contenido, está llena de significado y sentido, está plena de valor y es fructífera. Pero cuando las ideas se elevan al rango de leyes universales valen lo mismo unas que otras, son absolutamente iguales entre sí, es decir, simples y redondos ceros; la individualidad de Stern es para Béjterev un complejo de reflejos, para Wertheimer una Gestalt y para Freud sexualidad.
Y en el quinto estadio de desarrollo, todas estas ideas se enfrentan a la misma crítica, que puede reducirse a una sola fórmula. Al psicoanálisis se le dice: el principio de la sexualidad inconsciente es insustituible para explicar las neurosis histéricas, pero no arroja ninguna luz sobre la estructura del mundo ni sobre el desarrollo de la historia. A la reflexología le dicen: no se puede cometer un error lógico. El reflejo constituye tan sólo uno de los capítulos de la psicología, no impregna su totalidad ni, naturalmente, la totalidad del mundo (V. A. Vágner, 1923; L. S. Vygotski, 1925 a). A los psicólogos de la Gestalt se les dice: han hallado ustedes un principio muy valioso en su campo; pero si el pensamiento no supone otra cosa que momentos de unidad e integridad o, lo que es lo mismo, sólo encierra una fórmula gestáltica, y si esa fórmula expresa la esencia de cualquier proceso orgánico e incluso físico, el cuadro del mundo resultaría evidentemente de una perfección y sencillez asombrosas: la electricidad, la fuerza de la gravedad y el pensamiento humano se reducirían a un denominador común. No se pueden meter pensamiento y actitud en un mismo cajón de estructuras que no demuestren primero que su puesto está en el mismo recipiente que las funciones estructurales. El nuevo factor funciona en un campo muy amplio, pero limitado: como principio universal no resiste a la crítica. Y, aunque gracias al modo de pensar de algunos audaces teóricos, haya imperado la ley de lograr «todo o nada» en los intentos explicativos, los investigadores prudentes se ven obligados, actuando de contrapeso, a tomar en consideración la tozudez de los hechos. Porque tratar de explicar todo equivale a no explicar nada.
Esta tendencia que cualquier idea nueva en psicología tiene a convertirse en ley universal ¿no significaría que la psicología deba basarse en realidad en leyes universales, que todas estas ideas estén esperando que llegue la idea-maestra y ponga en su lugar cada idea particular y le indique cuál es su significado? 276 La regularidad del camino que con sorprendente constancia recorren las ideas más diversas está poniendo naturalmente de manifiesto que este camino está predeterminado por la necesidad objetiva de un principio explicativo, y precisamente porque este principio hace falta y no existe es por lo que algunos principios parciales ocupan su puesto. La psicología se ha dado cuenta de que para ella es cuestión de vida o muerte hallar un principio explicativo general y se aferra a cualquier idea, aunque sea falsa.
Spinoza, en su «Tratado de depuración del intelecto» describe así ese estado de conciencia: «Es el caso del enfermo que padece una dolencia mortal y prevé el irremediable fin si no se toma un remedio contra ella, por lo que se ve obligado a buscarlo con todas sus fuerzas, aunque el remedio sea dudoso, porque todas sus esperanzas están cifradas en él (1924, pág. 63).
Apartado 5
A lo largo de la evolución de los descubrimientos parciales sobre los principios generales, hemos podido observar cómo se manifestaba en su forma pura una tendencia a la explicación, que se había perfilado ya en la pugna por el predominio que se da entre disciplinas. Pero hemos llegado ya con ello a la segunda fase de la evolución de la ciencia general, a la que nos hemos referido de pasada más arriba. En la primera fase, determinada por la tendencia a la generalización, la ciencia general se diferencia de las ciencias particulares por su estructura interna. Como veremos, no todas las ciencias recorren ambas fases en su desarrollo; en la mayoría de ellas la disciplina general sólo se da en la primera fase. Veremos claramente la causa cuando formulemos con exactitud su diferencia cualitativa con la segunda fase.
Hemos visto ya cómo el principio explicativo nos obliga a salir de los límites de una ciencia determinada para interpretar la totalidad del saber como una categoría particular que existe entre toda una serie de categorías, esto es, nos lleva a los últimos y más generales principios, que son esencialmente principios filosóficos. En este sentido, la ciencia general es la filosofía de las disciplinas particulares.
En ese sentido dice L. Binsvanger que la ciencia general estudia los fundamentos y los problemas de todo un sector de la realidad, como, por ejemplo, la biología general (1922, pág. 3). Es curioso que el libro que dio origen a la biología general se llamara «Filosofía de la zoología» U. B. Lamarck). Cuanto más lejos llega la investigación general, continúa Binsvanger, mayor es el sector que abarca y más abstracto y lejano de la realidad directamente percibida resulta el objeto de esa investigación. En lugar de plantas, animales o personas, el objeto del que se ocupa la ciencia es la manifestación de la vida, fuerza y materia, como en física, en lugar de los cuerpos y sus cambios. A cualquier ciencia le llega antes o después el momento en que debe tener conciencia de sí misma como de un conjunto, comprender sus métodos y trasladar la atención de los actos y los fenómenos a los conceptos que utiliza. Pero desde ese momento la ciencia general pasa 277 a distinguirse de la particular, no porque tenga un ámbito más amplio, mayor contenido, sino porque está organizada cualitativamente de otra forma. No estudia ya los mismos objetos que la ciencia particular, sino que analiza sus conceptos; se convierte en una investigación crítica, en el sentido en que E. Kant empleó esta expresión. El análisis crítico no es ya en absoluto un análisis biológico o físico, sino que se centra en los conceptos de la biología y de la física. Binsvanger define, por tanto, la psicología general como la interpretación crítica de los principales conceptos de la psicología, lo que en dos palabras puede resumirse como la «crítica de la psicología». Es una rama de la metodología general, esto es, una parte de la lógica, cuya tarea consiste en estudiar cómo se aplican las diferentes formas y normas lógicas en distintas ciencias en función de la naturaleza real, formal y material que presente el objeto, en función del modo de abordar el conocimiento de los problemas (1922, págs. 3-5).
Pero este razonamiento, aunque basado en premisas lógico-formales, resulta veraz sólo a medias. Es verdad que la ciencia general es la doctrina de los fundamentos últimos, de los principios y problemas generales de la rama del saber en cuestión y que por consiguiente su objeto, su forma de análisis, sus criterios, son diferentes a los de las disciplinas particulares. Pero no es verdad que sea únicamente una parte de la lógica, una disciplina lógica. No es cierto que la biología general haya dejado de ser una disciplina biológica, o que la psicología general haya dejado de ser psicología y se hayan convertido ambas en lógica, ni que sean sólo crítica en el sentido kantiano, que trabajaba únicamente con conceptos. Si nos atenemos a la naturaleza interna del saber científico, eso es falso tanto desde su punto de vista histórico, como fáctico.
Es erróneo históricamente, es decir, no responde a la situación real de los hechos en ninguna de las ciencias. No existe ninguna ciencia general con la forma descrita por Binsvanger. Incluso la biología general tal y como existe en realidad (la biología cuyos fundamentos fueron establecidos por Lamarck y Darwin en sus trabajos), la biología que es hasta ahora el código del conocimiento real de la materia viva no es, evidentemente, una parte de la lógica, sino una ciencia natural, aunque de alto nivel. No se ocupa por supuesto de objetos vivos y concretos, de plantas o animales, sino de abstracciones tales como el organismo, la evolución de las especies, la selección natural, la vida. Pero lo que estudia con ayuda de estas abstracciones es, al fin y al cabo, la misma realidad que la zoología y la botánica. Sería equivocado afirmar que estudia conceptos y no la realidad reflejada en ellos, igual que lo sería decir que un ingeniero que estudia el plano de una máquina lo que hace es estudiar el plano y no la máquina o que un anatomista que estudia con un atlas anatómico, lo que estudia son los dibujos y no el esqueleto humano. Porque también los conceptos son sólo dibujos, fotografías, esquemas de la realidad, y al estudiarlos estudiamos modelos de esta última lo mismo que mediante un plano o un mapa geográfico estudiamos un país o una ciudad extraña. 278
El propio Binsvanger se ve obligado a reconocer, respecto a ciencias tan desarrolladas como la física y la química, que se ha creado, entre los polos crítico y empírico, un amplio campo de investigación que conocemos bajo la denominación de física (o química) teórica o general. La psicología científico-natural teórica señala el psicólogo suizo, se comporta también de un modo similar cuando intenta actuar según los parámetros de la física. Por muy abstractamente que formule la física teórica el objeto de su estudio, por ejemplo, la «disciplina de las dependencias causales entre los fenómenos de la naturaleza», estudia hechos reales. La física general analiza el propio concepto de fenómeno físico, de conexión física causal, pero no las leyes y teorías particulares sobre cuya base pudieran ser explicados los fenómenos reales como físicamente causales: antes bien, la propia explicación física constituye un objeto de investigación de la física general (L. Binsvanger, 1922, págs. 4-5).
Como vemos, el propio Binsvanger reconoce que su concepción de la ciencia general difiere precisamente en este punto de la concepción actual que se da en una serie de ciencias. Lo que las distingue no es el mayor o menor grado de abstracción de los conceptos o el que éstos estén más o menos alejados de los hechos reales o empíricos, ni las dependencias causales que establecen como objeto general de una ciencia, sino que se diferencian en su objetivo final: la física general se orienta, en último término, hacia hechos reales que quiere explicar con ayuda de conceptos abstractos. Idealmente, la ciencia general no se orienta hacia los hechos reales sino a los propios conceptos, y no tiene nada que ver con los hechos reales.
Lo cierto es que, cuando surgen oposiciones entre teoría e historia, cuando existen, como en este caso, divergencias entre la idea y el hecho, la discusión se resuelve siempre en un sentido o en otro. Pero en las investigaciones sobre los principios, los argumentos sobre los hechos resultan, a veces, inoportunos. Aquí, ante la crítica que señala la disconformidad existente entre ideas y hechos puede responderse con razón y con sentido: peor para los hechos. En este caso, peor para las ciencias, si éstas se hallan en la fase de desarrollo en que no han alcanzado aún el grado de ciencia general. El que la ciencia general no exista todavía en ese sentido, no quiere decir que no vaya a existir, que no deba existir, que no sea posible ni necesario iniciarla. Por eso, el problema ha de estudiarse desde sus raíces lógicas; sólo entonces será posible explicarse también el significado histórico de la divergencia entre la ciencia natural y su idea abstracta.
De hecho, es importante establecer dos tesis.
1. Todo concepto científico-natural, por muy alto que sea su grado de abstracción respecto al hecho empírico, encierra siempre una concentración, un sedimento de la realidad concreta y real de cuyo conocimiento científico ha surgido, aunque sólo sea en una solución muy débil. Es decir, a cualquier concepto, aunque se trate del más abstracto —del último le corresponde cierto grado de realidad, representada en el concepto en forma abstracta, Segregada de la realidad; incluso conceptos puramente ficticios, no ya científico-naturales, 279 sino matemáticos, son a fin de cuentas una repercusión, un reflejo de relaciones reales entre cosas y procesos reales, aunque no procedan de un conocimiento experimental, real, sino que hayan surgido a priori, siguiendo el camino deductivo, de operaciones especulativas lógicas. Incluso un concepto tan abstracto como la serie numérica, incluso una ficción tan patente como el cero (es decir, la idea de la ausencia de cualquier magnitud) son, como mostró Engels, plenamente cualitativos. Es decir, son en última instancia reales, son correspondencias muy lejanas y abstractas de las relaciones reales entre las cosas. La realidad existe incluso dentro de las abstracciones imaginarias de las matemáticas. «16 no es solamente la suma de 16 unidades, sino que es también el cuadrado de 4 y la cuarta potencia de 2... Solamente los números pares son divisibles por 2... Para 3 rige la regla de la suma de las cifras... Para 7 rige una regla especial» (K. Marx, F. Engels. Obras, t. 20, pág. 573). «El cero anula cualquier otro número por el que se multiplique; y, al combinarse con otro número como divisor o como dividendo convierte a este número, en el primer caso, en infinitamente grande y en el segundo, en infinitamente pequeño...» (Ibídem, pág. 576). Sobre todos estos conceptos de las matemáticas cabría decir lo que dice Engels del cero, empleando palabras de Hegel: «La nada de un algo es una determinada nada» (Ibídem, pág. 577), es decir, una nada real, a fin de cuentas. Pero, ¿no serán quizás estas cualidades, propiedades o determinaciones de los conceptos como tales, que no guardan la menor relación con la realidad?
F. Engels considera claramente errónea la opinión de que las matemáticas tratan de creaciones puramente libres y de productos del espíritu humano que carecen de toda correspondencia en el mundo objetivo. Lo cierto es precisamente lo contrario. En la naturaleza encontramos prototipos de todas estas cantidades imaginarias. La molécula posee propiedades respecto a la masa correspondiente, idénticas a las que posee la diferencial matemática con respecto a su variable. «La naturaleza opera con estas diferenciales, con las moléculas, exactamente del mismo modo y con arreglo a las mismas leyes que las matemáticas con sus diferenciales abstractas» (Ibídem, pág. 583). En matemáticas olvidamos todas estas analogías y por eso sus abstracciones se convierten en algo enigmático. Siempre podemos hallar «relaciones reales, de las que está tomada... la relación matemática e incluso casos naturales análogos al modo matemático en que actúa esta relación» (Ibídem, pág. 586). Prototipos del infinito matemático y otros conceptos figuran en el mundo real. «El infinito matemático está tomado, aunque sea de un modo inconsciente, de la realidad, razón por la cual sólo puede comprenderse partiendo de la realidad y no de sí mismo, de la abstracción matemática» (Ibídem).
Si esto es verdad respecto a la abstracción matemática (es decir, respecto a la máxima abstracción posible) lo será de manera aún más evidente cuando lo aplicamos a las abstracciones reales de las ciencias naturales; éstas han de ser explicadas, naturalmente, partiendo tan sólo de la realidad de que han sido tomadas y no partiendo de ellas mismas, de las propias abstracciones. 280
2. La segunda tesis que es necesario establecer para realizar un, análisis de principio del problema de la ciencia general es opuesta a la primera. Si aquélla afirmaba que en la más alta abstracción científica hay un elemento de realidad, ésta, como teorema contrario, establece que todo hecho científico-natural aislado, por empírico y poco maduro que sea, encierra ya una abstracción primaria. El hecho real y el hecho científico se distinguen precisamente uno de otro en que el último constituye el hecho real reconocido en determinado sistema, es decir, una abstracción de ciertos rasgos de la inagotable suma de signos del hecho natural. El material de la ciencia no lo constituye el material natural sin madurar, sino el material lógicamente elaborado que se destaca de acuerdo con un determinado signo. Los cuerpos físicos, el movimiento, la sustancia, son abstracciones. El propio acto de denominar un hecho mediante la palabra supone superponerle un concepto, el de destacar en él una de sus facetas significa interpretarlo asimilándolo a la categoría de los fenómenos reconocida anteriormente por la experiencia. Cualquier palabra es ya una teoría, como observaron hace tiempo los lingüistas y mostró perfectamente A. A. Potébnia.
Todo lo que se describe como hecho es ya teoría, dice Münsterberg, recordando las palabras de Goethe, al fundamentar la necesidad de la metodología (1922). Cuando nos tropezamos con lo que denominamos vaca y decimos: «esto es una vaca», al acto de percibir unimos el de pensar, incluyendo la mencionada percepción en un concepto general; el niño, al nombrar por primera vez las cosas, realiza auténticos descubrimientos. Lo que uno ve no es, en realidad, una vaca. Las vacas no se ven. Lo que se ve es algo grande, negro, que se mueve, muge, etc.; y se comprende que es una vaca, y ese acto es un acto de clasificación, de inclusión de un fenómeno aislado dentro de la categoría de fenómenos análogos, de sistematización de la experiencia, etc. Así, la propia lengua encierra los fundamentos y las posibilidades de la cognición científica del hecho. La palabra es el germen de la ciencia, y en este sentido cabe decir que en el comienzo de la ciencia estaba la palabra.
¿Quién ha visto, quién ha percibido hechos empíricos, como el calor oculto en la formación del vapor? En ningún proceso real podemos percibirlo directamente, pero podemos deducir obligatoriamente ese hecho, y deducir significa operar con conceptos.
Un buen ejemplo de la existencia de abstracciones y de participación del pensamiento en todo hecho científico lo hallamos en Engels. Las hormigas tienen ojos distintos de los nuestros; ven rayos químicos invisibles para nosotros. Eso es un hecho. ¿Cómo ha sido establecido? ¿Cómo podemos saber que «las hormigas ven cosas para nosotros invisibles»? Lo basamos, naturalmente, en las percepciones de nuestros ojos, pero también en la actividad de nuestro pensamiento. Por consiguiente, el establecimiento de un hecho científico es ya producto del pensamiento, es decir del concepto. «Claro está que jamás llegaremos a saber cómo ven los rayos químicos las 281 hormigas. Y a quien eso le torture, no vemos qué remedio podemos ofrecerle» (K. Marx, F. Engels, Obras, t. 20, pág. 555)1.
He aquí el mejor ejemplo de falta de coincidencia entre el hecho real y el científico. En este caso, la discrepancia se manifiesta con especial claridad, pero en cualquier hecho se presenta en mayor o menor medida. No hemos visto jamás los rayos químicos ni hemos percibido las sensaciones de las hormigas; es decir: como hecho real de la experiencia directa, la visión de los rayos químicos por parte de las hormigas no existe para nosotros. Pero para la existencia colectiva de la humanidad sí existe como hecho científico. ¿Qué decir entonces del hecho de la rotación de la Tierra alrededor del Sol? Se trata en este caso de un hecho real, que para llegar a ser un hecho científico ha tenido que invertir el curso natural del pensamiento del hombre, a pesar de que la rotación de la Tierra alrededor del Sol haya sido estudiada mediante las observaciones de la rotación del Sol alrededor de la Tierra.
Ahora disponemos de todo lo necesario para resolver el problema y podemos dirigirnos directamente hacia nuestro objetivo. Si la base de cualquier concepto científico la constituyen los hechos y, a su vez, la de los hechos científicos radica en los conceptos, de aquí se desprende inevitablemente que, en cuanto a su objeto de análisis, la diferencia entre las ciencias generales y las empíricas es puramente cuantitativa y no conceptual: se trata de diferentes grados y no de diferentes naturalezas de un fenómeno. Las ciencias generales no se ocupan de objetos reales, sino de abstracciones; no estudian las plantas y los animales, sino la vida: su objetivo son los conceptos científicos. Pero la vida es también parte de la realidad, y estos conceptos tienen prototipos en la realidad. Las ciencias particulares tienen como objetos hechos reales con existencia efectiva: no estudian la vida en general, sino clases y grupos reales de plantas y animales. Pero también las plantas y los animales, y el abedul y el tigre, e incluso este abedul y este tigre son ya conceptos. El hecho y el concepto constituyen el objeto de unas y otras disciplinas, pero sólo en diferente grado, en diferente proporción. Por consiguiente, la física general no deja de ser una disciplina física y no se convierte en parte de la lógica por el hecho de que se ocupe de los conceptos físicos más abstractos; incluso en ellos se reconoce, a fin de cuentas, un determinado fragmento de, la realidad.
Pero puede que la naturaleza de los objetivos de la disciplina general y de la particular sea en realidad la misma, puede que las distinga sólo la proporción de la relación entre el concepto y el hecho y que la diferencia de principio que permite incluir a una de ellas en la lógica y a la otra en la física 282 radique en la dirección, en el objetivo, en el punto de vista de ambos análisis, en el distinto papel, por decirlo así, que desempeñan los mismos elementos en ambos casos. ¿No podríamos decir que tanto el concepto como el hecho participan en la formación del objeto de una y otra ciencia, pero en un caso —en el de la ciencia empírica— recurrimos a los conceptos para conocer los hechos y en el segundo —en la ciencia general— utilizamos los hechos para conocer los propios conceptos? En el primer caso, el concepto no es un objeto, un fin, un objetivo de conocimiento. Los conceptos son instrumentos de la ciencia, medios, procedimientos auxiliares, pero el fin de ésta, su objeto, son los hechos; como resultado del conocimiento aumenta el número de hechos que conocemos y no el de conceptos; éstos, en cambio, como todos los instrumentos de trabajo, se desgastan con el uso, se deterioran, necesitan ser revisados y, con frecuencia, sustituidos. En el segundo caso, por el contrario, estudiamos los propios conceptos como tales, su relación con los hechos es tan sólo un medio, un procedimiento, un método, la comprobación de su utilidad. Como resultado de ello no conocemos nuevos hechos, pero adquirimos o bien nuevos conceptos o nuevos conocimientos acerca de los conceptos. Porque se puede mirar dos veces una gota de agua con un microscopio y se tratará de dos procesos totalmente distintos, a pesar de que la gota y el microscopio sean los mismos; la primera vez, por medio del microscopio estudiamos la composición de la gota de agua; la segunda vez, mediante el examen de la gota de agua, comprobamos la propia validez del microscopio, ¿no es así?
Pero la dificultad del problema consiste precisamente en que esto no es así. Es verdad que, en la ciencia particular, utilizamos los conceptos como instrumentos para conocer los hechos. Pero, a medida que los utilizamos, los comprobamos, los estudiamos, los dominamos, los modificamos, eliminamos los conceptos inútiles y creamos otros nuevos. Ya en el primer estadio de elaboración científica del material empírico, el empleo de conceptos implica una crítica a los propios conceptos desde la perspectiva de los hechos y permite que unos conceptos sean comparados con otros y que algunos sean modificados. Valgan como ejemplo los dos hechos científicos que acabamos de mencionar, que no pertenecen en absoluto a la ciencia general: la rotación de la Tierra alrededor del Sol y la visión de las hormigas. ¡Cuánta labor Crítica sobre nuestras percepciones y, por tanto, cuántos conceptos relacionados con ellas, cuántos análisis directos de los conceptos (visión - no visión, movimiento aparente), cuánta creación de nuevos conceptos, cuántas conexiones nuevas entre los conceptos, cuántos tipos de conceptos de visión, de luz, de movimiento, etc. han sido necesarios para establecer estos hechos! Finalmente, ¿acaso no sucede que la propia selección de los hechos que queremos conocer se produce en función de un análisis conceptual y no sólo de hechos? Porque si los conceptos, en su calidad de instrumentos, estuviesen destinados de antemano a determinados hechos de la experiencia, sobraría, toda ciencia: miles y miles de funcionarios registradores o estadistas contadores se habrían dedicado a distribuir todo el Universo en fichas, columnas, 283 secciones. El concepto científico se distingue del registro en el acto de la elección del concepto necesario, es decir, en el análisis del hecho y el análisis del concepto.
Toda palabra es una teoría; la denominación del objeto es el concepto que se le aplica. Es verdad que con ayuda de las palabras queremos interpretar los objetos. Pero es que cada denominación, cada utilización de la palabra, de ese embrión de la ciencia, constituye una crítica de la palabra, un desgaste de su imagen, una ampliación de su significado. Los lingüistas han demostrado con toda claridad cómo varían" las palabras con el uso; de lo contrario, la lengua no se renovaría jamás, las palabras no morirían, no nacerían, no envejecerían.
Finalmente, cualquier descubrimiento en la ciencia, cualquier paso adelante en la ciencia empírica, es siempre al mismo tiempo un acto de crítica del concepto. I. P. Pavlov ha descubierto el hecho en los reflejos condicionados; pero, ¿es que no ha creado al mismo tiempo un nuevo concepto; es que antes se daba el nombre de reflejo a un movimiento aprendido, resultado del adiestramiento? No podía ser de otra forma: si la ciencia sólo descubriera hechos, sin ampliar con ello los límites de los conceptos, no descubriría nada nuevo; permanecería estancada, se limitaría a encontrar una y otra vez nuevos ejemplares de los mismos conceptos. Todo nuevo grano de un hecho es ya una ampliación del concepto. Toda nueva relación descubierta entre dos hechos exige inmediatamente la crítica de los dos conceptos correspondientes y el establecimiento de nuevas relaciones entre ellos. El reflejo condicionado es el descubrimiento de un nuevo hecho con ayuda de un viejo concepto. Hemos sabido que el sialismo psíquico surge directamente del reflejo, mejor dicho, que es el mismo reflejo, pero que actúa en otras condiciones. Pero al mismo tiempo es el descubrimiento de un nuevo concepto con ayuda de un antiguo hecho: con ayuda del hecho conocido de todos de que «la boca se me hace agua al ver la comida, hemos obtenido un concepto totalmente nuevo del reflejo. Nuestra idea de él ha modificado diametralmente; antes, el reflejo era sinónimo de un hecho prepsíquico, inconsciente, invariable. Ahora en los reflejos se agrupa toda la psique, el reflejo ha resultado ser el mecanismo más flexible, etc. ¿Cómo hubiera sido posible eso, de haber estudiado Pavlov únicamente el hecho de la salivación y no el concepto de reflejo? En esencia es lo mismo, pero expresado de dos formas distintas, ya que en todo descubrimiento científico, el conocimiento del hecho es, en la misma medida, el conocimiento del concepto. El análisis científico de los hechos se diferencia precisamente del registro de los mismos en que implica la acumulación de conceptos, implica la interrelación de conceptos y hechos, resaltando los primeros.
Finalmente, en las ciencias particulares es donde nacen todos los conceptos que estudia la ciencia general. Porque no es en la lógica donde nacen las ciencias naturales, no es ella la que les suministra conceptos preparados de antemano. ¿Cómo cabe admitir entonces que 284 la labor de creación de conceptos más y más abstractos se produzca de forma totalmente inconsciente? ¿Cómo es posible la existencia de teorías, leyes, hipótesis alternativas sin la crítica de conceptos? ¿Cómo se puede crear en general una teoría o lanzar una hipótesis, es decir, algo que rebase los límites de los hechos, sin trabajar en los conceptos?
¿Podría suceder entonces que en las ciencias particulares el análisis de los conceptos se haga de pasada, junto con otras cosas, a medida que se van estudiando los hechos, y que la ciencia general estudie exclusivamente conceptos? Eso también sería erróneo. Hemos visto que los conceptos abstractos con que opera la ciencia general encierran un núcleo real. Se plantea entonces la siguiente pregunta: ¿qué hace la ciencia con ese núcleo: prescinde de él, lo olvida, se oculta tras la inexpugnable fortaleza de la abstracción, como las materias puras, y no recurre a ese núcleo ni en el proceso de análisis, ni en su resultado, como si el núcleo real no existiera en absoluto? Basta estudiar el tipo de análisis que se utiliza en la ciencia general y su resultado final para ver que eso no es así. ¿Es que los conceptos se analizan a través de la pura deducción, del hallazgo de relaciones lógicas entre ellos y no a través de una nueva inducción, de un nuevo análisis, del establecimiento de nuevas relaciones, en una palabra, a través del trabajo sobre el contenido real de esos conceptos? Porque no desarrollamos nuestro pensamiento a partir de premisas parciales, como en matemáticas, sino que inducimos, creamos nuevas abstracciones. Así actúa la biología general y la física general. Ninguna ciencia general puede actuar de otro modo, dado que la fórmula lógica «A es B» se sustituye por definiciones, es decir, por A y B reales: la masa, el movimiento, el cuerpo, el organismo. Y como resultado del análisis que realiza la ciencia general no obtenemos, como es lógico, nuevas fórmulas de interrelación de conceptos, sino nuevos hechos: conocemos, por ejemplo, la evolución o la herencia o la inercia. ¿Cómo conocemos el concepto de evolución, qué camino seguimos para alcanzarlo? Comparando hechos tales como los datos que provienen de la anatomía comparada, de la fisiología, de la botánica y de la zoología, de la embriología y de la fototecnia y la zootecnia, etc. Es decir, actuamos igual que en las ciencias particulares, con hechos individuales; y basándonos en el nuevo estudio de hechos originados en distintas ciencias, establecemos otros nuevos. Durante todo el proceso de análisis y como resultado de él, operamos con hechos.
Por consiguiente, las diferencias que se dan en cuanto a objetivos, dirección y formación de los conceptos y los hechos entre las ciencias generales y las particulares vuelven a ser solamente diferencias cuantitativas, diferencias de grado y no de naturaleza. Diferencias que no son ni absolutas ni de principios.
Pasemos finalmente a definir positivamente lo que es la ciencia general. Podría parecer que, si las diferencias entre ciencias generales y particulares, en lo que respecta a su objeto y formas de análisis, son sólo relativas y no absolutas, cuantitativas y no de principio, careceríamos de fundamentos para delimitar las ciencias desde un punto de vista teórico. Podría parecer que no 285 existe ciencia general alguna, sino sólo ciencias particulares. Pero eso no es cierto, por supuesto. La cantidad en este caso se transforma en cualidad y establece el origen de una ciencia cualitativa distinta, pero no la excluye de la familia de las ciencias en cuestión ni la traspasa a la lógica. Que la base de cualquier concepto científico esté fundamentada en un hecho no significa que en todo concepto científico el hecho esté representado del mismo modo. En el concepto matemático de infinito, la realidad se nos presenta de un modo totalmente distinto a como lo está en el concepto del reflejo condicionado. En los conceptos de orden superior con que opera la ciencia general, la realidad aparece representada de un modo distinto a como la representa la ciencia empírica. Y ese procedimiento, ese tipo, esa forma de presentación de la realidad por las diferentes ciencias es lo que determina la estructura de las disciplinas.
Pero esa diferencia en el modo de presentar la realidad, es decir, de estructurar los conceptos, tampoco debe interpretarse como absoluta. Entre la ciencia empírica y la general existen muchos grados de transición: ni una sola ciencia digna de ese nombre, dice Binsvanger, puede «limitarse a la simple acumulación de conceptos, tenderá más bien a transformar sistemáticamente todo concepto en regla, las reglas en leyes, las leyes en teorías« (1922, pág. 4). A medida que se acumula saber científico dentro de la propia ciencia, se elaboran ininterrumpidamente conceptos, métodos y teorías. Es decir, la transición de un polo al otro —del hecho al concepto— que se produce hace que desaparezca el abismo lógico, el abismo infranqueable entre la ciencia general y la particular. Este proceso es el que origina la independencia real y la necesidad de la ciencia general. Al igual que la propia disciplina particular realiza en su interior todo ese trabajo de elaborar los hechos, convirtiéndolos en leyes y éstas, a través de las teorías, en hipótesis, la ciencia general lleva a cabo ese mismo trabajo para una serie de ciencias particulares, siguiendo idéntico procedimiento y con iguales fines.
Este razonamiento es absolutamente análogo al que sigue Spinoza cuando habla del método. Recurriendo a una comparación del ámbito industrial, el proceso metodológico, equivaldría, por su naturaleza, a la elaboración de medios de producción. Pero en la industria, la elaboración de medios de producción no constituye un proceso inicial especial, sino una parte del proceso general de producción y depende de los mismos procesos e instrumentos de producción que el resto de la producción.
«Ante todo hemos de admitir —razona Spinoza— que no llevemos el análisis en este caso hasta el infinito; en otras palabras, para hallar el mejor método de análisis de la verdad no nos hace falta otro método con que analizar el método de análisis de la verdad, y para analizar el segundo método no necesitamos un tercer método, y así hasta el infinito; porque siguiendo ese camino jamás conseguiríamos conocer la verdad, ni en general ningún concepto. Cuando nos referimos a los métodos de conocimiento, se nos plantea un problema similar al que se plantea con los instrumentos materiales de trabajo, y es posible seguir un razonamiento análogo: en efecto, 286 para forjar el hierro hace falta un martillo; para disponer de él hace falta que esté hecho; para ello hay que tener martillos y otros instrumentos; para tener estos instrumentos serían necesarios otros, y así hasta el infinito. Alguien podría intentar demostrar estérilmente, basándose en esto, que los hombres no tienen la menor posibilidad de forjar el hierro. No obstante, igual que al principio los hombres fueron capaces de crear cosas sencillas con ayuda de instrumentos innatos (aunque a costa de enorme trabajo y de un modo muy imperfecto), y después realizaron algo más difícil, ya con menos trabajo y con mayor perfección, y así (pasando de forma paulatina de las creaciones más primitivas a los instrumentos de trabajo, y de los instrumentos a las siguientes creaciones y a los siguientes instrumentos) consiguieron instrumentos más complejos y eficaces que exigen un gasto de trabajo insignificante, de igual modo también el intelecto, mediante su fuerza innata crea instrumentos intelectuales, y con ayuda de ellos adquiere nuevas fuerzas para nuevas creaciones intelectuales. Mediante estas últimas, elabora investigaciones, y así va avanzando poco a poco hasta alcanzar el punto culminante de la sabiduría» (1914, págs. 81-84).
Incluso la corriente metodológica, cuyo representante es Binsvanger, no puede por menos de reconocer que la producción de instrumentos y la creación no son dos procesos independientes en la ciencia, sino dos facetas de un mismo proceso, que van mano a mano. Siguiendo a H. Rickert, Binsvanger define toda la ciencia como la elaboración de un material. Y por eso se plantea dos problemas en relación con cada ciencia: el problema del material y el de su elaboración. Sin embargo, no es posible establecer una distinción tajante entre el material de una ciencia y su elaboración, porque el propio concepto de objeto de cualquier ciencia empírica implica un alto grado de elaboración. Binsvanger establece una diferencia entre el material bruto, el objeto real, y el objeto científico; este último es creado por la ciencia mediante conceptos procedentes del objeto real (Binsvanger, 1922, págs. 7-8). Si planteamos un tercer círculo de problemas —sobre la relación entre el material y la elaboración, es decir, entre el objeto y el método de la ciencia—, también aquí la discusión puede girar únicamente alrededor de qué es lo que define a qué: el método al objeto o al revés. Unos, como K. Stumpf, suponen que la única diferencia en los métodos radica en la diferencia entre los objetos. Otros, como Rickert, son de la opinión que distintos objetos, tanto físicos como psíquicos, exigen el mismo método (Ibídem, págs. 21-22). Pero, como podemos ver, tampoco hay aquí fundamentos que permitan delimitar entre la ciencia general y la particular.
Lo único que demuestra todo esto es que es imposible definir de forma absoluta .el concepto de ciencia general, sólo cabe hacerlo en relación a la ciencia particular. No se diferencia de esta última ni por el objeto, ni por el método, ni por el fin, ni por el resultado de sus análisis. En relación con toda una serie de ciencias particulares, que estudian desde el mismo punto de vista ámbitos contiguos de la realidad, la ciencia general realiza el mismo trabajo, empleando el mismo procedimiento y con el mismo fin que cada una 287 de las ciencias particulares. Hemos visto que ninguna ciencia se limita simplemente a acumular material, sino que lo somete a un tratamiento multiforme y multigradual, que permite agrupar y generalizar ese material, creando teorías e hipótesis, que ayudan a interpretar con mayor amplitud la realidad y que la ilustran con hechos particulares aislados. La ciencia general continúa la tarea de las ciencias particulares. Cuando el material ha alcanzado el grado máximo de generalización posible en la ciencia particular en cuestión, la última generalización sólo puede tener lugar fuera de sus límites, mediante comparaciones con una serie de ciencias próximas. Eso es lo que hace la ciencia general. Su única diferencia con las ciencias particulares consiste en que realiza el trabajo sobre la base del realizado por una serie de ciencias. Si efectuase ese mismo trabajo únicamente con respecto a una ciencia, jamás se hubiera convertido en una disciplina independiente y hubiera continuado siendo una parte de esa misma ciencia. Por eso se puede definir la ciencia general como la ciencia que recibe el material de una serie de ciencias particulares y lleva a cabo una ulterior elaboración y generalización del mismo, imposible dentro de cada disciplina por separado.
Por eso, la relación entre la ciencia general y la ciencia particular es la misma que la que existe entre la teoría de esta ciencia particular y una serie de leyes particulares suyas. Es decir, se trata de una diferencia en función del grado de generalización de los fenómenos a estudiar. La ciencia general surge de la necesidad de continuar la labor de las ciencias particulares allí donde la terminan estas últimas. La relación entre la ciencia general y las teorías, leyes, hipótesis y métodos de las ciencias particulares es la misma que la que existe entre éstas y los hechos de la realidad que estudian. La biología recibe material procedente de distintas ciencias y lo elabora igual que lo hace con el suyo cada ciencia particular. La única diferencia consiste en que la biología comienza allí donde terminan la embriología, la zoología, la anatomía, etc. La biología reúne un material tomado de diferentes ciencias, lo mismo que cada una de esas ciencias reúne distintos materiales.
Este punto de vista explica tanto la estructura lógica de la ciencia general como su estructura real y su papel histórico. Si aceptáramos la opinión opuesta de que la ciencia general es parte de la lógica, resultaría inexplicable, en primer lugar, por qué son precisamente las disciplinas muy desarrolladas las que han logrado crear y elaborar hasta los más mínimos detalles sus métodos, sus conceptos básicos y sus teorías, las que dan lugar a ciencias generales. Deberían ser las disciplinas nuevas y jóvenes, las que comienzan, las que más necesitaran adoptar los conceptos y los métodos de otras ciencias. En segundo lugar, ¿por qué es un grupo de disciplinas próximas el que se integra en la biología general y no se constituye en ciencia general cada una de las ciencias —la botánica, la zoología, la antropología- por separado? ¿Es que no se puede definir una lógica de la zoología o de la botánica, por separado, lo mismo que existe una lógica del álgebra? De hecho, tales disciplinas aisladas pueden existir y existen, pero no por eso se 288 convierten en ciencias generales, lo mismo que la metodología de la botánica no se convierte en biología.
L. Binsvanger parte, lo mismo que toda su corriente, de una concepción idealista del saber científico, es decir, de premisas idealistas de carácter gnoseológico y de una concepción lógico-formal de las ciencias. Para él, los conceptos están separados de los objetos reales por un abismo infranqueable. El saber tiene sus leyes, su naturaleza y su apriorismo. Conduce a una realidad conocida. Por eso, para Binsvanger, resulta posible estudiar esos apriorismos, esas leyes, esos conocimientos aislados, independientemente de lo que se conoce con ellos. Según él, es posible aplicar la crítica de la razón científica en biología, psicología, física, lo mismo que para Kant era posible la crítica de la razón pura. Binsvanger está dispuesto a admitir que los métodos de conocimiento determinan la realidad, lo mismo que para Kant la razón dictaba leyes a la naturaleza. Para él, las relaciones entre las ciencias no están determinadas por su desarrollo histórico ni por las exigencias de la experiencia científica (es decir, por las exigencias de la propia realidad que se conoce a través de la ciencia), sino por la estructura lógico-formal de los conceptos.
Este enfoque no sería concebible desde otra perspectiva filosófica, puesto que renunciaríamos a esas premisas lógico-formales y gnoseológicas y eso supondría la caída inmediata de esa concepción de la ciencia general. Basta con que adoptemos la perspectiva realista-objetiva —esto es, materialista en gnoseología y dialéctica en lógica— en el análisis teórico del conocimiento científico, para que dicha teoría resulte inviable. Este nuevo enfoque nos lleva a que la realidad determina nuestra experiencia; que la realidad determina el objeto de la ciencia y su método, y que es totalmente imposible estudiar los conceptos de cualquier ciencia prescindiendo de las realidades representadas por esos conceptos.
F. Engels señala repetidas veces que para la lógica dialéctica la metodología de la ciencia es el reflejo de la metodología de la realidad. «La clasificación de las ciencias —dice—, cada una de las cuales analiza una forma especial de devenir o una serie de formas de devenir coherentes y que se transforman las unas en las otras, es, por tanto, la clasificación, la ordenación en su sucesión inherente de estas mismas formas de devenir, y en ello reside su importancia» (K. Marx, F. Engels. Obras, t. 20, págs. 564-565). ¿Cabe decirlo con mayor claridad? Cuando clasificamos las ciencias, establecemos la jerarquía de la propia realidad. «La dialéctica subjetiva, el pensamiento dialéctico no es sino el reflejo del devenir a través de contradicciones...» (Ibídem, pág. 526). Aquí aparece claramente la exigencia de tener en cuenta la dialéctica objetiva de la naturaleza a la hora de investigar la dialéctica subjetiva en tal o cual ciencia, es decir, el pensamiento dialéctico. Naturalmente, eso no significa en modo alguno que cerremos los ojos a las condiciones subjetivas de ese pensamiento. El propio Engels, que estableció la correspondencia entre la realidad y el Pensamiento en matemática, dice que «todas las leyes numéricas dependen del sistema adoptado y se hallan condicionadas por él. Así, en los sistemas 289 base dos y base tres, dos por dos no es igual a cuatro, sino a cien o a once» (Ibídem, pág. 574). Podemos dar un paso más y decir que las presuposiciones subjetivas de que parte el proceso de conocimiento se manifiestan siempre en nuestro modo de expresar las leyes de la naturaleza y de relacionar diferentes conceptos; han de ser tenidas en cuenta, pero siempre como reflejo de la dialéctica objetiva.
Por consiguiente, a la crítica gnoseológica y a la lógica formal, como fundamentos de la psicología general, se ha de contraponer la dialéctica, que «se concibe como la ciencia de las leyes más generales de todo devenir. Esto significa que sus leyes deben regir tanto el devenir de la naturaleza y la historia humana como el que se da en el campo del pensamiento» (Ibídem, pág. 582). Quiere esto decir que la dialéctica de la psicología (así es como podemos denominar brevemente la psicología general, en contra de la definición de Binsvanger de «crítica de la psicología») es la ciencia de las formas más generales del devenir tal y como se manifiesta en el comportamiento y en los procesos de conocimiento, esto es, al igual que la dialéctica de la ciencia natural es, al mismo tiempo, la dialéctica de la naturaleza, la dialéctica de la psicología es, a la vez, la dialéctica del hombre como objeto de la psicología.
Engels considera incluso que la clasificación puramente lógica de los juicios de Hegel se basa no sólo en el pensamiento, sino también en las leyes de la naturaleza. Ese es precisamente el rasgo que él considera distinto de la lógica dialéctica. «... Lo que en Hegel se nos muestra como un desarrollo de la forma discursiva del juicio como tal, responde al desarrollo de nuestros conocimientos teóricos sobre la naturaleza del devenir en general, conocimientos que descansan sobre una base empírica. Lo que demuestra, en efecto, que las leyes del pensamiento y las leyes naturales coinciden necesariamente entre sí cuando se las conoce de un modo certero» (Ibídem, págs. 539-540). Estas palabras encierran la clave de la psicología general como parte de la dialéctica: esta correspondencia entre pensamiento y realidad que se de en la ciencia constituye a la vez el objeto y el criterio fundamental e incluso el método de la psicología general, es decir, su principio general.
Apartado 6
La psicología general guarda con las disciplinas particulares la misma relación que el álgebra con la aritmética. Esta opera con cantidades determinadas, concretas; aquélla estudia todas las formas generales posibles de relaciones entre las cualidades; por consiguiente, cada operación aritmética puede ser considerada como un caso particular de fórmula algebraica. De aquí se desprende evidentemente que para cada disciplina particular y para cada una de sus leyes no le es indiferente qué caso particular de qué fórmula general es. Lo que diferencia a la ciencia general y le atribuye su papel protagonista no dimana del hecho de que esté por encima de las ciencias, o 290 de que se base en la lógica, esto es, en los últimos fundamentos del conocimiento científico, sino del hecho de que está bajo las ciencias particulares, de que parte de las propias ciencias y éstas delegan en la ciencia general su sanción de verdad. La ciencia general surge, por tanto, de la situación prevalente que ocupa respecto a las ciencias particulares: resume su soberanía, es su portadora. Si representásemos gráficamente en forma de un círculo el sistema de conocimientos que abarcan todas las disciplinas psicológicas, la ciencia general sería el centro de la circunferencia.
Supongamos ahora que tenemos varios centros distintos, como en el caso de la discusión entre disciplinas especiales que pretenden ser el centro, o de la pretensión de diferentes ideas de ser el principio explicativo central. Es evidente que les corresponderán distintas circunferencias; como cada nuevo centro será al mismo tiempo un punto periférico de la antigua circunferencia, obtendremos, por consiguiente, varias circunferencias que se cortan entre sí. Esa nueva distribución de cada circunferencia representaría gráficamente en nuestro ejemplo un sector particular de conocimiento de los que se ocupa la psicología desde su propio centro, es decir, en cuanto disciplina general.
Quien adopte el punto de vista de la disciplina general o, lo que es lo mismo, se plantee los hechos de las disciplinas generales no en un plano de igualdad, sino como material científico, y se pregunte cómo abordan esas disciplinas los hechos de la realidad, sustituirá inmediatamente el punto de vista de la crítica por el del análisis. La crítica se halla en el mismo plano que lo criticado y se desarrolla íntegramente en el seno de una disciplina concreta. Su objetivo es exclusivamente crítico y no positivo: sólo le interesa si tal o cual teoría es verdadera o no y en qué grado; valora y juzga, pero no analiza. A critica a B, pero ambos ocupan igual posición respecto a los hechos. La cuestión varía cuando A comienza a adoptar respecto a B la misma posición que éste respecto a los hechos, es decir, no criticar a B, sino analizarlo. El análisis pertenece ya a la ciencia general; sus tareas no son críticas, sino positivas; no le interesa valorar tal o cual doctrina, sino conocer algo nuevo sobre los hechos que ofrece la doctrina. Entonces, cuando la ciencia utiliza la crítica como método, tanto el proceso [la investigación. —R. R.] como el resultado de ese proceso se diferenciarán radicalmente de la discusión crítica. Al fin y al cabo, la crítica formula opiniones, aunque se trate de opiniones sólidas y seriamente fundamentadas, mientras que el análisis general establece leyes y hechos objetivos.
Sólo quien eleve su análisis desde el plano de la discusión crítica de tal o cual sistema hasta la altura de la investigación básica, con ayuda de los métodos de la ciencia general, descubrirá el verdadero significado de la crisis de la psicología y percibirá la estructura subyacente en la actual confrontación de ideas y posiciones, una confrontación condicionada por el propio desarrollo de la ciencia y por la naturaleza de la realidad a estudiar en la fase de su conocimiento. En lugar del caos de opiniones heterogéneas, de la abigarrada discrepancia de opiniones, se .le ofrecerá un cuadro armonioso sobre los criterios fundamentales que rigen el desarrollo científico. Se le mostrará el 291 sistema de tendencias objetivas que necesariamente se han de dar en la tarea histórica del desarrollo de la ciencia y que actúan, con la fuerza de un muelle de acero, a pesar de investigaciones y teóricos. En lugar de discutir y valorar críticamente a tal o cual autor, en lugar de tacharle de inconsciente y contradictorio, se dedicará al análisis positivo de las exigencias que plantean las tendencias objetivas de la ciencia. Logrará así hacerse con un mapa del esqueleto de la ciencia general en cuanto sistema de leyes, principios y hechos determinados, en lugar de un conjunto de opiniones sobre opiniones.
Sólo un investigador así captará con fidelidad y precisión el significado de la catástrofe que se está produciendo y obtendrá una idea clara del papel que juega cada teoría y escuela, del lugar que ocupa y del significado que tiene. En vez de recurrir al impresionismo y a la subjetividad, inevitables en toda crítica, se guiará por la certeza científica y por la veracidad. Desaparecerán para él (y ése será el primer resultado del nuevo punto de vista) las diferencias individuales. Comprenderá el papel de. individuo en la historia; comprenderá que no se pueden explicar las pretensiones de universalismo de la reflexología partiendo de errores y opiniones personales, de particularidades, de la ignorancia de sus creadores, lo mismo que no puede explicarse la revolución francesa basándose en la corrupción de los reyes y de la corte. Podrá analizar en qué medida el desarrollo de la ciencia depende de la buena o mala voluntad de sus artífices, qué es lo que se puede explicar en función de esa voluntad y lo que, por el contrario, debe ser explicado más allá de ella, en base a las tendencias objetivas que actúan a pesar de esos artífices. Es evidente que el carácter universal que adopta en Béjterev la perspectiva reflexológica viene determinado tanto por las peculiaridades de una creación personal como por su bagaje científico. Pero también para Pavlov, con una mentalidad y una experiencia científica distintas, la reflexología constituye la «última ciencia», la «omnipotente ciencia natural, que proporcionará la «verdadera, completa y total felicidad humana» (1950, pág. 17). Él mismo camino recorren de forma distinta el behaviorismo y la psicología de la Gestalt. Está claro que lo que hay que estudiar, en lugar del mosaico de la buena y mala voluntad de los investigadores, es la unidad de los procesos de regeneración del tejido científico en psicología, que está condicionando la voluntad de todos los investigadores.
Apartado 7
Podemos desvelar el significado exacto de la dependencia entre cada operación psicológica y la ley general, tomando como ejemplo cualquier problema que haya rebasado los límites de la disciplina particular que lo ha planteado.
Cuando T. Lipps, al hablar del subconsciente dice que no es tanto una cuestión psicológica como una cuestión de la psicología, se está refiriendo a que el subconsciente es un problema de la psicología general (1914). Con ello 292 sólo quería significar que la cuestión del subconsciente no se resolvería como resultado de tal o cual análisis parcial, sino de una investigación básica con los métodos de la ciencia general. Es decir, comparando amplísimos datos de los más diversos sectores de la ciencia: relacionando el problema con algunas de las premisas fundamentales del conocimiento científico, por un lado, y con algunos de los resultados más generalizados de todas las ciencias, por otro; encontrando el lugar, de este concepto dentro del sistema de los conceptos fundamentales de la psicología; realizando un análisis dialéctico esencial sobre la naturaleza del concepto y de las cualidades de la realidad que éste ha abstraído. Este análisis precede lógicamente a cualquier análisis concreto sobre aspectos parciales de la vida subconsciente y determina la manera en que deben plantearse los propios análisis.
Como muy bien dijo Münsterberg: .Al fin y al cabo, vale más obtener una respuesta provisional y relativamente exacta a una pregunta correctamente planteada, que contestar con la exactitud de una décima a una pregunta planteada de forma equivocada» (1922, pág. 6). En la creación y la investigación científica, el planteamiento correcto de una pregunta no es un acto menos importante que la elaboración de la respuesta adecuada, y exige mucha más responsabilidad. La inmensa mayoría de las investigaciones psicológicas modernas anota con sumo cuidado y exactitud la última fracción decimal de la respuesta a una pregunta planteada erróneamente de raíz.
El tipo y cobertura de los materiales que estudiemos variarán en función de que aceptemos, junto con Münsterberg, que el subconsciente es simplemente fisiológico y no psicológico; o que convengamos con otros en considerar los fenómenos temporalmente ausentes de la conciencia como subconscientes (como toda una masa de recuerdos, conocimientos y hábitos, potencialmente conscientes) o de que llamemos subconscientes a los fenómenos que no han alcanzado el umbral de la conciencia, que son mínimamente conscientes, periféricos en el campo de la conciencia, automáticos e irreconocibles; o de que hallemos en la base del desplazamiento subconsciente, junto con Freud, una tendencia de carácter sexual o en nuestro segundo yo, una personalidad especial; o que finalmente demos a todos estos fenómenos el nombre de in-, sub- o superconscientes o admitamos las tres denominaciones, al igual que Stern. Todo ello hará variar seriamente el tipo, la cobertura, la composición y las propiedades del material a estudiar. La pregunta presupone en parte la respuesta.
Los intentos eclécticos de conjugar elementos heterogéneos, de distinta naturaleza y de distintos orígenes científicos, carecen de ese carácter sistemático, de esa sensación de estilo, de esa conexión entre nexos que proporciona el sometimiento de las tesis particulares a una sola idea que ocupa un lugar central en el sistema del que forma parte. Tales son, por ejemplo, las síntesis del behaviorismo y la psicología freudiana en las publicaciones norteamericanas; el freudismo sin Freud de los sistemas de A. Adler y K. Jung; el freudismo reflexológico de Béjterev y A. B. Zalkind y finalmente, los intentos de unir la psicología freudiana y el marxismo (A. K. Luria, 1925; B. D. Fridman, 293 1925). ¡Cuántos ejemplos sólo en el campo del subconsciente! Todos estos planteamientos toman la cola de un sistema y la adaptan a la cabeza de otro, intercalando entretanto el tronco de un tercero. No es que tan monstruosas combinaciones sean erróneas, todas ellas son verídicas hasta la última fracción decimal, pero la pregunta a que tratan de responder está planteada equivocadamente. Se puede multiplicar el número de habitantes de Paraguay por el de verstas que hay de la Tierra al Sol y dividir el producto obtenido por la duración media de la vida del elefante y realizar impecablemente toda la operación, sin equivocarse en una sola cifra, y aun así el número obtenido puede conducir a error a quien quiera saber cuál es la renta nacional de Paraguay. Eso es lo que hacen los eclécticos: responden a la pregunta planteada por la filosofía marxista con lo que les sugiere la metapsicología freudiana Para mostrar la arbitrariedad de estos intentos, nos detendremos en tres tipos de casos de unión de una pregunta de un tipo con una respuesta de otro. No pretendemos, ni mucho menos, agotar toda la gama de intentos eclécticos con estos tres ejemplos.
El primer intento de asimilar a una escuela cualquiera los productos científicos de otra consiste en trasladar directamente las leyes, los hechos, las teorías, las ideas, etc. En apoderarse de un sector más o menos amplio ocupado por otros investigadores, en anexionarse un territorio ajeno. Tal política de anexión directa la suele vivir todo sistema científico nuevo que extienda su influencia a disciplinas cercanas y pretenda ocupar un papel rector en la ciencia general. Su propio material resulta excesivamente reducido y este mismo sistema absorbe y subordina cuerpos extraños, modificándolos ligeramente y rellenando así el vacío de sus extensos límites. Generalmente, lo que resulta es un conglomerado de teorías científicas y hechos embutidos con horrible arbitrariedad dentro de los límites de la idea que los une.
Así es el sistema de la reflexología de V. M. Béjterev. Para él, todo vale, incluso la teoría de A. I. Vvedienski sobre la incognoscibilidad del yo ajeno (es decir, la expresión extrema del solipsismo y del idealismo en psicología), bastándole con que esta teoría confirme más o menos su tesis particular de la necesidad del método objetivo. El que, dentro del conjunto general de todo el sistema, esa idea de la incognoscibilidad represente una profunda brecha que socava los fundamentos del enfoque realista de la personalidad no le importa al autor (señalemos, por cierto, que Vvedienski apoya su teoría en los trabajos de... Pavlov, sin darse cuenta de que al llamar en su ayuda al sistema de la psicología objetiva está recurriendo a su enterrador). Pero para el metodólogo resulta profundamente significativo que antípodas como «Vvedienski-Pavlov» y «Béjterev-Vvedienski» no sólo se desmientan entre sí, sino que presupongan necesariamente la existencia de ambos y vean en la coincidencia de sus conclusiones el testimonio de la «firmeza de esas conclusiones». Para el tercero [es decir, para el metodólogo -R. R.] esta claro que no se trata de una coincidencia de conclusiones obtenidas de forma 294 totalmente independiente por representantes de diferentes especialidades (por ejemplo, del filósofo Vvedienski y el fisiólogo Pavlov), sino de la coincidencia de los puntos de vista de partida, que tienen su origen en las premisas filosóficas del idealismo dualista. Esta «coincidencia» viene predeterminada desde el mismo principio: Béjterev acepta a Vvedienski; si uno tiene razón, también la tendrá el otro.
El principio de la relatividad de A. Einstein y los principios de la mecánica newtoniana, incompatibles de por sí, se avienen perfectamente en el sistema ecléctico. La «Reflexología colectiva» de Béjterev reúne el catálogo positivo de las leyes universales. En este sentido, la metodología del sistema se caracteriza por un pensamiento volátil e impulsivo, por una inercia de ideas que, a través de una comunicación directa, saltándose todos los trámites intermedios, nos lleva a la ley de la relación proporcional entre la velocidad del movimiento y la fuerza motriz, establecida en mecánica, al hecho de la participación de los Estados Unidos de América en la Gran Guerra europea y viceversa, del experimento de cierto doctor Schwarzmann sobre los límites de la frecuencia de las excitaciones cutáneas, que permiten la formación del reflejo concatenado, a la «ley universal de la relatividad, que se manifiesta por doquier y que alcanzó su culminación definitiva en la relación entre los astros y los planetas en las brillantes investigaciones de Einstein» (V. M. Béjterev, 1923, pág. 344).
No hace falta decir que la anexión de áreas psicológicas es igual de terminante y audaz. Las investigaciones de los procesos mentales superiores realizadas por la escuela de Wurtzburgo, así como los resultados de los estudios de otros representantes de la psicología subjetiva «se pueden coordinar con el esquema de los reflejos cerebrales o combinatorios» (Ibídem, pág. 387). No hay necesidad de señalar que sólo con esta frase se borran codas las premisas esenciales del sistema propio: ya que si todo puede coordinarse con el esquema del reflejo y todo «está completamente de acuerdo» con la reflexología, incluso lo descubierto por la psicología subjetiva, ¿por qué ir contra esa psicología? Los descubrimientos realizados en Wurtzburgo se han obtenido con un método que, en opinión de Béjterev, no conducen a la verdad; y, sin embargo, están completamente de acuerdo con la verdad objetiva. ¿Cómo puede ser esto?
Con la misma despreocupación se procede a la anexión del territorio del psicoanálisis. Para ello basta con declarar que «la doctrina de los complejos de K. Jung se corresponde completamente con los datos de la reflexología Pero en un párrafo anterior hemos señalado que esta doctrina se basa en un análisis subjetivo, que rechaza Béjterev. No importa: nos hallamos en un mundo de una armonía preestablecida, de una maravillosa correspondencia, de una admirable coincidencia de doctrinas basadas en análisis falsos y datos procedentes de las ciencias exactas; más precisamente, nos encontramos en un mundo de «revoluciones terminológicas», según expresión de P. P. Blonski (1925 a, pág. 226). 295
Toda nuestra época ecléctica está llena de estas coincidencias. Por ejemplo, A. B. Zalkind anexiona esos mismos sectores del psicoanálisis y de la doctrina de los complejos en nombre de los sectores dominantes. Resulta que la escuela psicoanalítica ha desarrollado el mismo concepto de dominancia, sólo que «con otras expresiones y con otros métodos», con plena independencia de la escuela reflexológica. «La corriente de los complejos» de los psicoanalíticos, «la orientación estratégica» de los adlerianos son los mismos dominantes, pero en formulaciones fisiológicas generales. La anexión, la trasposición mecánica de fragmentos de un sistema ajeno al propio, parece producirse en este caso, como en todos los casos siempre, de manera milagrosa y como evidencia de verdad. Semejante coincidencia teórica y práctica «casi milagrosa» de dos doctrinas que operan con un material manifiestamente distinto y que emplean métodos totalmente diferentes constituye una prueba convincente de lo acertado del camino fundamental que sigue la actual reflexología.2
Recordemos que para Vvedienski su coincidencia con Pavlov era también una prueba de la veracidad de sus tesis. Más aún: esta coincidencia muestra, como señala repetidas veces Béjterev, que se puede llegar a una verdad coincidente a través de métodos completamente distintos. En realidad, lo que prueba la coincidencia es tan sólo la carencia metodológica de principios y el eclecticismo del sistema en que se establece la coincidencia. Un refrán oriental dice que quien toma un pañuelo ajeno toma el olor ajeno; quien toma de los psicoanalíticos la doctrina de los complejos de Jung, la catarsis de Freud, la orientación estratégica de Adler, toma también una buena dosis del olor de esos sistemas, es decir, del espíritu filosófico de sus autores.
Si este primer procedimiento de importación de ideas ajenas de una escuela a otra recuerda la anexión de un territorio ajeno, el segundo procedimiento de asociación de ideas ajenas se asemeja a un tratado de alianza entre dos países, mediante el cual ninguno de los dos pierde su independencia, pero acuerdan actuar conjuntamente, partiendo de la comunidad de intereses. Este procedimiento es al que se suele recurrir cuando se quieren asociar el marxismo y la psicología freudiana. En este caso se utiliza el método que por analogía con la geometría podríamos denominar «método de superposición lógica de conceptos». Define al sistema marxista como monista, materialista, dialéctico, etc. Después se establece el monismo, el materialismo, etc. del sistema freudiano; al superponer los conceptos, éstos coinciden, y se 296 declaran unidos los sistemas. Mediante un procedimiento elemental se eliminan contradicciones burdas, bruscas, que saltan a la vista, excluyéndolas simplemente del sistema, se las considera exageradas, etc. Así es como se desexualiza el freudismo, porque el pansexualismo no concuerda en modo alguno con la filosofía de Marx. «Bueno», nos dicen, «admitamos el freudismo sin los postulados de la sexualidad». Pero ocurre que esos postulados precisamente constituyen el nervio, el alma, el centro de todo el sistema. ¿Cabe aceptar un sistema sin su centro? Porque la psicología freudiana sin el postulado de la naturaleza sexual del inconsciente es lo mismo que el cristianismo sin Cristo o el budismo con Alá.
Sería, naturalmente, un milagro histórico que en Occidente hubiera surgido y se hubiera creado un sistema acabado de filosofía marxista sobre raíces filosóficas totalmente distintas y una situación cultural completamente diferente. Eso habría significado que la filosofía no determina en absoluto el desarrollo de la ciencia. Fijémonos si no: parten de Schopenhauer para crear la psicología marxista, lo cual equivale a la misma total esterilidad del intento de unir psicología freudiana y marxismo, al igual que el éxito de la coincidencia bejtereviana significaría la bancarrota del método objetivo: si los datos del análisis subjetivo coinciden íntegramente con los del objetivo, habría que preguntarse por qué es peor el análisis subjetivo. Si Freud pensaba sin saberlo en otros sistemas filosóficos y aún adhiriéndose conscientemente a ellos creó la doctrina marxista de la psique, ¿en nombre de qué, cabe preguntarse, hay que infringir tan fructífero error: si en Freud no hay que modificar nada, en opinión de estos autores, para qué unir el psicoanálisis con el marxismo? Al hilo de esta argumentación surge una curiosa pregunta: ¿cómo es posible que la evolución lógica de un sistema que coincide por completo con el marxismo, le lleve a considerar que lo fundamental es la idea de la sexualidad, siendo que el carácter fundamental de esa idea es claramente irreconciliable con el marxismo? ¿Es que un método no es responsable en alguna medida de las conclusiones conseguidas con su ayuda? ¿Cómo es posible que un método veraz, que crea un sistema veraz, basado en premisas veraces, haya llevado a sus autores a una teoría falsa, a una idea central falsa? Hay que poseer una gran dosis de despreocupación metodológica para no ver estos problemas, que surgen inevitablemente en todo intento mecánico de desplazar el centro de cualquier sistema científico: en este caso, desde la doctrina de Schopenhauer sobre la voluntad como base del mundo a la doctrina de Marx sobre el desarrollo dialéctico de la materia.
Pero aún nos espera lo peor. Estos intentos llevan a cerrar los ojos a hechos contradictorios, conducen a no prestar atención a áreas amplísimas, a principios capitales, introducen monstruosas tergiversaciones en los dos sistemas que se trata de unir. Obliga a realizar en ambos transformaciones como las que lleva a cabo el álgebra para demostrar la identidad de dos expresiones. Pero transformar el aspecto de los sistemas, operando con magnitudes absolutamente disímiles a las algebraicas, conduce siempre de hecho a deformar la esencia de los propios sistemas. 297
Por ejemplo, en el artículo de A. R. Luria se presenta el psicoanálisis como el «sistema de psicología monista», cuya metodología «coincide con la metodología del marxismo» (1925, pág. 55). Para demostrarlo, se operan transformaciones verdaderamente ingenuas en ambos sistemas, como resultado de las cuales acaban «coincidiendo». Veamos brevemente estas transformaciones. Ante todo, en el artículo se incluye al marxismo en la metodología general de la época (junto con Darwin, Kant, Pavlov, Einstein, todos los cuales establecen el fundamento metodológico de la época). El papel y la importancia de cada uno de los mencionados autores son, claro está, profundamente distintos por principio. Y el papel del materialismo dialéctico es absolutamente diferente por su propia naturaleza. No conocer eso implicaría, en general, excluir mecánicamente el método sumativo de los «grandes logros científicos». Basta con reducir a un común denominador todos estos nombres y el marxismo para que no resulte difícil la adhesión a este último de cualquier «gran logro científico», porque ésa es precisamente la premisa; porque es precisamente en ella y no en la conclusión donde se encierra la «coincidencia» que se busca. La «metodología fundamental de la época» está integrada por la suma de los descubrimientos de Pavlov, Einstein, etc.; el marxismo es uno de los descubrimientos que forman parte del «grupo de principios obligatorios para todas las ciencias conexas». Ahí, es decir, en la primera página se podrían dar por terminados todos los razonamientos: basta con citar juntos a Einstein y Freud (porque también éste representa un «gran logro científico» y participa, por tanto, en el «fundamento metodológico general de la época»). ¡Pero cuánta confianza carente de espíritu crítico hay que tener en los nombres científicos para extraer de la suma de apellidos famosos la metodología de una época!
No existe una única metodología fundamental de una época; lo que hay en realidad son conjuntos de principios metodológicos en litigio, profundamente hostiles, que se excluyen unos a otros, y cada teoría —la de Pavlov, la de Einstein, etc.— tiene sus valores metodológicos. Sacar del paréntesis la metodología general de la época y diluir en ella el marxismo significa transformar no sólo la apariencia, sino también la esencia del marxismo.
Pero esas transformaciones también las experimenta inevitablemente la psicología freudiana. Al propio Freud le habría extrañado mucho haberse enterado de que el psicoanálisis es un sistema de la psicología monista y que él «continúa metodológicamente... el materialismo histórico» (B. D. Fridman, 1925, pág. 159). Evidentemente, ninguna revista psicoanalítica publicaría artículos de Luria o de Fridman. Y eso es muy importante. Porque nos hallamos ante una situación rarísima: Freud y su escuela no se declaran en ningún sitio ni monistas, ni materialistas, ni dialécticos, ni continuadores del materialismo histórico. En cambio, a ellos les declaran: «ustedes son esto, la otro y lo de más allá; ustedes mismos no saben qué son». No es que la situación sea imposible, podría darse, pero exige aclarar con precisión las bases metodológicas de la doctrina, establecer cómo la conciben y cómo la han desarrollado sus autores, y después desmentir con claridad los fundamentos 298 de la misma e indicar de qué bases se ha servido el psicoanálisis para desarrollar un sistema de metodología ajena a sus autores. En lugar de ello, sin un solo análisis de los conceptos principales de Freud, sin sopesar e iluminar críticamente sus premisas y puntos de partida, sin ilustrar críticamente la génesis de sus ideas, incluso sin una simple información de cómo concibe de hecho Freud los fundamentos filosóficos de su sistema, se afirma mediante la acumulación lógico-formal de hechos la identidad de los dos sistemas.
Pero ¿puede ser verídica esta característica lógico-formal de ambos sistemas? Hemos visto ya cómo se extrae del marxismo su aportación a la metodología general de la época, en la que todo se reduce, de forma ejemplar e ingenua, a un común denominador: al ser Einstein y Pavlov y Marx ciencia, han de tener un fundamento común. Pero en esto aún se desfigura más la psicología freudiana. No me refiero yo al hecho de desposeerla de la idea central, siguiendo un procedimiento mecánico, como hace A. B. Zalkind (1924), que silencia esa idea en su artículo (lo cual es también curioso). Pero veamos el supuesto monismo del psicoanálisis, con el que Freud no habría estado de acuerdo. ¿Dónde, en qué palabras, con qué motivo se pasó al terreno del monismo filosófico a que se refiere el artículo? ¿Es que toda reducción de un cierto grupo de hechos a la unidad empírica es monismo? Al contrario, Freud reconoce siempre lo psíquico, es decir, lo inconsciente como una fuerza especial, que, no puede reducirse a ninguna otra. Además, ¿por qué ese monismo «materialista» en el sentido filosófico? El materialismo médico (que reconoce la influencia de órganos aislados, etc. en las formaciones psíquicas) está todavía muy lejos del filosófico. Juega fundamentalmente un papel gnoseológico en la filosofía marxista, y Freud se mantiene en lo gnoseológico en el terreno de la filosofía idealista. Es un hecho (no sólo no desmentido, sino ni siquiera analizado por los autores de la «coincidencia») que la doctrina de Freud sobre el papel primario de las pasiones ciegas, papel que se refleja de forma inconsciente y desvirtuado en la conciencia, se remonta directamente a la metafísica idealista de la voluntad y a las representaciones de Schopenhauer. En sus conclusiones más extremas, el propio Freud señala que se halla en el puerto de Schopenhauer. Pero también en sus premisas fundamentales, así como en las líneas determinantes de su sistema, está ligado a la filosofía del gran pesimista, como puede ponerlo de manifiesto el análisis más simple.
Y también en sus trabajos «prácticos» el psicoanálisis muestra sus tendencias profundamente estáticas y no dinámicas, conservadoras, antidialécticas y antihistóricas. Reduce los procesos psíquicos superiores —individuales y colectivos— directamente a raíces que han evolucionado poco, primitivas, en esencia prehistóricas, prehumanas, sin dejar espacio a la historia. La obra de F. M. Dostoievski se analiza del mismo modo que los tótems y tabúes de las tribus primitivas; la Iglesia cristiana, el comunismo, la horda primaria, todo ello procede en el psicoanálisis de una misma fuente. Que tales tendencias se hallan en el psicoanálisis lo testimonian todos los trabajos de 299 esta escuela que tratan de los problemas de la cultura, la sociología, la historia. Comprobamos por tanto que no sigue, sino que niega, la metodología del marxismo. Pero de eso, ni una palabra.
Por último, y en tercer lugar, todos los conceptos principales del sistema psicológico de Freud se remontan a T. Lipps. Los conceptos de «inconsciente, de «energía psíquica ligada a determinadas representaciones», de las pulsiones como base de la psique, de la lucha de las pulsiones y de las transferencias, de la naturaleza afectiva de la conciencia, etc. Con otras palabras, las raíces psicológicas de Freud se adentran en las capas espiritualistas de la psicología de Lipps. ¿Cómo cabe no tener esto en cuenta para nada al hablar de la metodología de Freud?
Por consiguiente, vemos de dónde surge Freud y hacia dónde se dirige su sistema: de Schopenhauer y Lipps a Kohlnay y la psicología de las masas. Hace falta ser monstruosamente tolerante para silenciar la metapsicología, la psicología social,3 la teoría de la sexualidad de Freud, cuando se explica el sistema del psicoanálisis. Ese modo de exponer el sistema llevaría a que una persona que no conociera a Freud obtuviera una idea equivocada de él. El propio Freud habría sido el primero en protestar contra la denominación de «sistema». En su opinión, uno de los mayores méritos del psicoanálisis y de su autor consiste en que éste elude conscientemente el carácter del sistema (1925). Él mismo Freud rechaza el «monismo» del psicoanálisis: no insiste en reconocer el carácter exclusivo y original de los hechos descubiertos por él; no trata en absoluto de «ofrecer una teoría exhaustiva de la vida espiritual del hombre». Se limita a exigir la aplicación de su tesis para completar y corregir nuestros conocimientos obtenidos por cualquier medio (Ibídem). En otro lugar dice que el psicoanálisis se caracteriza por su técnica y no por su contenido. También manifiesta que la teoría psicológica es sólo temporal y que será sustituida por una teoría orgánica.
Todo esto puede conducir fácilmente a error. Puede parecer que el psicoanálisis carece, en efecto, de sistema y que sus datos pueden utilizarse para corregir y ampliar cualquier sistema de conocimientos adquirido por cualquier otro medio. Pero eso es profundamente erróneo. De lo que carece el psicoanálisis es de una teoría-sistema apriorista; como sucede con Pavlov, Freud ha descubierto demasiado para crear un sistema abstracto. Pero lo mismo que el héroe de Moliere que, sin sospecharlo, hablaba toda su vida en prosa, Freud, como investigador, creaba un sistema: al introducir un nuevo vocablo, al relacionar un término con otro, al describir un nuevo hecho, al extraer una nueva conclusión iba creando paso a paso un sistema. Lo que sucede es que la estructura de su sistema es muy específica, muy oscura y complicada, y que resulta muy difícil orientarse en ella. Es mucho más fácil 300 hacerlo en los sistemas metodológicos conscientes, precisos, libres de contra-dicciones, que tienen plena conciencia de sus maestros, que han sido unificados y estructurados Lógicamente; es mucho más difícil valorar con acierto y descubrir la verdadera naturaleza de las metodologías inconscientes, que se forman espontánea, contradictoriamente, bajo las más diversas in-fluencias, a las que pertenece precisamente el psicoanálisis. Por eso, éste exige un análisis metodológico particularmente escrupuloso y crítico y no la ingenua superposición de los rasgos de dos sistemas distintos.
«Para una persona no versada en los problemas científico-metodológicos —dice V. N. Ivanovski—, el método es el mismo para todas las ciencias» (1923, pág. 249). Y la ciencia que más ha sufrido esta falta de comprensión del problema ha sido la psicología. Siempre la adscribían o bien a la biología o a la sociología. No ha sido frecuente que se valorasen sus leyes y teorías mediante el criterio de la propia metodología psicológica, es decir, partiendo de un interés hacia el pensamiento científico psicológico como tal, de su teoría y su metodología, de sus fuentes, formas y fundamentos. Es por eso por lo que en nuestra crítica de sistemas ajenos, en la valoración de su veracidad, carecemos de lo fundamental: de la comprensión de su fundamento metodológico, que es el único que puede llevar a la valoración correcta del conocimiento en lo que respecta a su carácter demostrable e indudable (V. N. Ivanovski, 1923). Y según esta regla, dudar de todo, no creer nada a pie juntillas, exigir a toda tesis sus fundamentos y sus fuentes del conocimiento es la primera regla de la metodología de la ciencia. Así nos protegemos de un error todavía mayor: no ya considerar iguales los métodos de todas las ciencias, sino creer que la estructura de todas las ciencias es la misma.
«La mente sin experiencia se representa, por así decirlo, cada ciencia en un plano: dado que la ciencia constituye un conocimiento fidedigno, indudable, en ella todo debe ser fehaciente; todo su contenido debe obtenerse y demostrarse mediante un mismo método, que proporciona un conocimiento fidedigno. No es esto lo que sucede en realidad: en toda ciencia nos encontramos, sin duda alguna, con hechos aislados comprobados (y grupos de hechos análogos), con tesis y leyes generales establecidas de forma incontrovertible, pero también con suposiciones, hipótesis, que unas veces tiene carácter temporal y provisional, y otras, en cambio, señalan los últimos límites de nuestros conocimientos (en una determinada época, por lo menos); nos encontramos con conclusiones más o menos indudables de tesis establecidas de forma inconmovible; con estructuras que amplían los límites de nuestros conocimientos o que tienen el significado de «ficciones» introducidas conscientemente; con analogías, generalizaciones aproximadas, etc. La ciencia tiene una estructura variada, y la comprensión de este hecho tiene un significado importantísimo para la cultura científica del individuo. Cada tesis científica particular posee su grado de autenticidad propio, inherente tan sólo a ella y dependiente del procedimiento y grado de su fundamentación metodológica, y la ciencia —enfocada metodológicamente- no constituye 301 una superficie homogénea continua, sino un mosaico de tesis de diferente grado de autenticidad (ibídem, pág. 250).
Por eso, el segundo procedimiento de fusión de los sistemas comete dos errores principales: I) la combinación del método de todas las ciencias (Einstein, Pavlov, A. Comte, Marx) y 2) la reunión de toda la heterogénea estructura del sistema científico en un plano, en «una superficie homogénea continua. La limitación de la personalidad al dinero; de la honestidad, el tesón y otras mil cosas distintas a la erótica anal (A. K. Luria, 1925) aún no significa monismo; y la confusión de esta tesis, en cuanto a su naturaleza y grado de autenticidad, con los principios del marxismo es un enorme error. El principio que se desprende de esta tesis, la idea general que está tras ella, su importancia metodológica, el método de análisis que se le prescribe, son profundamente conservadores: lo mismo que el presidiario está encadenado a la galera, en el psicoanálisis el carácter lo está a la erótica infantil, la vida humana está predeterminada en lo más esencial por los conflictos infantiles, toda ella consiste en eliminar el complejo de Edipo, etc., la cultura y la vida de la humanidad se aproximan nuevamente a la vida primitiva. Es precisamente esa capacidad de separar los hechos de sus significados visibles y próximos la condición primera y necesaria del análisis. No quiero decir de ninguna manera que en el psicoanálisis todo contradiga el marxismo. No es éste el problema que aquí me preocupa. Lo que me preocupa es destacar chino se deben unir dos sistemas de ideas (metodológicamente), y cómo no se deben unir (sin espíritu crítico).
En el enfoque no crítico cada cual ve lo que quiere y no lo que es: un marxista encuentra en el psicoanálisis el monismo, el materialismo o la dialéctica que no aparecen en él; un fisiólogo, como A. K. Lients, supone que el «psicoanálisis es un sistema psicológico solamente de nombre; en realidad, es objetivo, fisiológico» (1922, pág, 69). Y el metodólogo Binsvanger parece que es el único que en su trabajo dedicado a Freud señala que, a su juicio, es lo psicológico, es decir, lo antifisiológico, lo que constituye el principal mérito de Freud en psiquiatría. «Pero —añade— ese conocimiento no se conoce aún a si mismo, esto es, carece de la comprensión de sus conceptos principales, de su logos» (1922, pág. 5).
Por eso resulta especialmente difícil estudiar el conocimiento que aún no ha tomado conciencia de si mismo y de su logos. Lo cual no significa naturalmente en modo alguno que los marxistas no deban estudiar el inconsciente por el mero hecho de que las concepciones principales de Freud contradigan el materialismo dialéctico. Por el contrario, precisamente porque el psicoanálisis estudia su objeto a base de medios impropios, es necesario conquistarlo para el marxismo, estudiarlo empleando los medios de la verdadera metodología. De otro modo, si en el psicoanálisis todo coincidiera con el marxismo, no habría que cambiar nada en 41 y los psicólogos podrían desarrollarlo precisamente como psicoanalistas y no como marxistas. Y para llevar a cabo ese estudio, hay que observar ante todo la naturaleza metodológica de cada idea, de cada tesis. En éstas condiciones, las ideas más 302 metapsicológicas pueden ser interesantes y aleccionadoras; por ejemplo, la doctrina de Freud sobre el impulso hacia la muerte.
En el prefacio que he escrito para la traducción del libro de Freud sobre este tema, he intentado demostrar que, por muy poco convincentes que sean sus conformaciones reales (neurosis traumáticas y repetición de sensaciones desagradables en el juego infantil), por muy paradójica y contradictoria que resulte su comparación con las ideas biológicas universalmente admitidas, por muy clara que sea la coincidencia de sus conclusiones con la filosofía del nirvana, el concepto con el que opera Freud, el concepto de impulso hacia la muerte, responde a la necesidad de la biología actual de dominar la idea de la muerte, al igual que las matemáticas tuvieron necesidad en tiempos del concepto del número negativo. Planteo la tesis de que el concepto de vida en biología ha alcanzado una gran claridad. La ciencia lo ha asimilado y sabe cómo operar con él, cómo analizar e interpretar lo viviente, pero el concepto de muerte no se ha logrado dominar. En el lugar de ese concepto se entreabre un hueco, un lugar vacío. La muerte se interpreta únicamente como una contraposición contradictoria de la vida, como la ausencia de vida, en suma, como el no ser. Pero la muerte es un hecho que tiene también su significado positivo, es un aspecto particular del ser, y no sólo del no ser; es un cierto algo y no la completa nada. Y ese significado positivo de la muerte es desconocido por la biología. En realidad, la muerte es la ley universal de lo viviente; es imposible concebir que este fenómeno no representa nada en el organismo, es decir, en los procesos de la vida. Resulta difícil creer que la muerte carezca de significado o que sólo tenga un significado negativo.
Engels manifiesta una opinión análoga a ésta. Se refiere a la idea de Hegel de que no puede haber ninguna fisiología científica que no considere la muerte como elemento esencial de la vida y que no comprenda que la negación de la vida está incluida de hecho en la propia vida, de modo que la vida se concibe siempre con referencia a su resultado necesario, la muerte, contenida siempre en ella en estado germinal. A eso se reduce precisamente la concepción dialéctica de la vida: «Vivir es morir» (K. Marx, F. Engels, Obras, t. 20, pág. 611).
Es precisamente esa idea la defendida por mí en el mencionado prefacio al libro de Freud: la necesidad de asimilar el concepto de la muerte a los principios de la biología y de designar —aunque de momento con la «x» algebraica o el paradójico «impulso de muerte» ese registro desconocido aún, pero que indudablemente existe, con que la tendencia hacia la muerte está representada en el organismo. Con ello no quiero decir que la solución dada por Freud a este problema sea un camino real en la ciencia ni una vía para todos. Es más bien una senda alpina sobre los precipicios para quienes no padecen vértigo. Creo que la ciencia también tiene necesidad de semejantes libros: libros que no descubran verdades, sino que enseñen a buscar la verdad, aunque no la hayan encontrado. Allí decía claramente que la importancia del libro no depende de la comprobación real de su autenticidad: en esencia, plantea la cuestión correctamente. Y para plantear tales cuestiones 303 hace falta mayor creatividad que para llevar a cabo una observación ordinaria en cualquier ciencia, de acuerdo con el modelo establecido (L. S. Vygotski, A. R. Luria, 1925).
Uno de los críticos de este libro ha manifestado una profunda incomprensión del problema metodológico implicado en esa apreciación, una completa confianza en los rasgos externos de las ideas, un temor exento de espíritu crítico ante la fisiología del pesimismo y ha decidido de golpe que «Schopenhauer significa pesimismo». No ha comprendido que existen problemas a los que no se puede llegar volando, sin cojear, y que en esos casos no es un pecado cojear, como dice francamente Freud. Quien vea en ello sólo una cojera está ciego metodológicamente. En efecto, no es difícil decir que Hegel era idealista, eso lo gritan los gorriones desde los tejados. Lo genial estriba en ver en el sistema de Hegel un idealismo que pendía sobre la cabeza del materialismo. Es decir, separar la verdad metodológica (la dialéctica) de la falsedad real, ver que Hegel iba hacia la verdad cojeando.
Este no es más que un ejemplo aislado del camino adecuado para asimilar las ideas científicas: es necesario elevarse por encima de su contenido real y poner a prueba su significado esencial. Pero para ello hace falta tener un punto de apoyo fuera de esas ideas. Cuando uno se mantiene con ambos pies en el terreno de las propias ideas, cuando trabaja con conceptos elaborados a partir de ellas, le es imposible situarse fuera. Para referirse críticamente a un sistema ajeno hace falta ante todo disponer de un sistema de principios propio. Juzgar a Freud a la luz de principios extraídos del propio Freud significa justificarlo de antemano. Y este procedimiento de asimilar ideas ajenas constituye el tercer tipo de integración de ideas del que pasamos a ocuparnos ahora.
Emplearemos de nuevo un ejemplo aislado para facilitar el descubrimiento y la exposición de ese nuevo planteamiento metodológico. En el laboratorio de Pavlov se planteó el problema de transformar experimentalmente excitantes vestigiales y reflejos condicionados vestigiales en excitantes condicionados efectivos. Para ello había que «eliminar la inhibición» conseguida mediante el reflejo vestigial. ¿Cómo hacerlo? Para lograr ese objetivo, Yu. P. Frolov recurrió á un procedimiento que guardaba analogía con determinados procedimientos de la escuela de Freud. Mediante la destrucción de los complejos inhibidores estables reconstruía precisamente la situación en la que estos complejos se habían formado anteriormente. Y el experimento resultó. Considero que el procedimiento metodológico utilizado básicamente constituye un modelo correcto para plantear tanto el tema de Freud como, en general, todas las tesis ajenas. Trataremos de describir este procedimiento.
En primer lugar, en este caso el problema surgió en el curso de investigaciones propias sobre la naturaleza de la inhibición interna. Por tanto, la tarea había sido planteada, formulada y comprendida a la luz de principios propios y asimismo se emplearon los conceptos de la escuela pavloviana en el planteamiento teórico del trabajo experimental y en la delimitación de su importancia. Sabemos qué es un reflejo vestigial y 304 también sabemos qué es un reflejo efectivo; transformar uno en otro significa eliminar la inhibición, y así sucesivamente, es decir, todo el mecanismo del proceso está concebido en categorías completamente determinadas y homogéneas. La analogía con la catarsis tenía tan sólo un valor heurístico; acortó el camino de la propia búsqueda y condujo rápidamente al objetivo. Pero fue adoptado tan sólo como una suposición, una suposición que se verificó inmediatamente a través del experimento. Y, después de haber resuelto su propia tarea, el autor llegó a la tercera y última conclusión: los fenómenos descritos por Freud pueden comprobarse experimentalmente en animales y ser analizados ulteriormente utilizando el método de los reflejos salivales condicionados.
Comprobar las tesis de Freud mediante las ideas de Pavlov no es en absoluto lo mismo que hacerlo a través de las propias ideas. Ahora bien, la demostración de, esa posibilidad no se ha establecido analíticamente, sino a través de la experimentación. Lo fundamental consiste en que cuando el autor tropezó en el curso de sus propias investigaciones con fenómenos análogos a los descritos por la escuela de Freud, en ningún momento se trasladó a un territorio ajeno, sino que consiguió hacer avanzar su investigación sirviéndose de ellos. Su descubrimiento tiene un sentido, un valor, un lugar, un significado dentro del sistema de Pavlov y no en el sistema de Freud.
Los círculos de ambos sistemas coinciden en un punto de intersección: allí se tocan, y ese punto es del dominio de ambos. Pero su origen, su significado y su valor vienen determinados por su posición en el primer sistema. Con esta investigación se ha llegado a un nuevo descubrimiento, se ha establecido un nuevo hecho, se ha estudiado un nuevo aspecto y todo ello dentro de la doctrina de los reflejos condicionados y no dentro del psicoanálisis. ¡De ese modo, desaparece cualquier coincidencia «casi milagrosa»!
Para ilustrar el abismo que puede haber entre dos maneras de proceder, basta con que nos detengamos a ver cómo realiza Béjterev una elaboración reflexológica de la idea de la catarsis, basándose en el descubrimiento de una coincidencia verbal. La relación entre los dos sistemas se cifra fundamentalmente en la catarsis: el menoscabado «efecto del impulso mímico-somático inhibido». ¿Acaso ese efecto no constituye una descarga de aquél reflejo que, al ser reprimido, oprime la personalidad y la «constriñe», convirtiéndola en enferma? Acaso esa descarga en forma de reflejo de la catarsis no permite resolver de forma natural el estado mórbido? «¿Es que la pena llorada no constituye una descarga del reflejo reprimido?» (V. M. Béjterev, 1923, Pág. 380).
Cada palabra de este texto es una perla: «Impulso mímico-somático», ¿que cabe más exacto y más claro? Para evitar el lenguaje de la psicología subjetiva Béjterev no desdeña el idioma vulgar, pese a lo cual la terminología de Freud no puede aparecer con mayor claridad. ¿Cómo es el que el reflejo reprimido, al «oprimir» la personalidad la constreñía? ¿Por qué la pena llorada es una descarga del reflejo reprimido?; ¿qué hacer si la persona llora en el mismo momento en que experimenta su pena? Termina afirmando 305 también que el pensamiento es un reflejo inhibido y que la concentración, ligada a la retención de la corriente nerviosa, está acompañada de fenómenos conscientes: ¡Oh, inhibición salvadora! ¡En una página permite explicar los fenómenos conscientes y en la siguiente los inconscientes!
Todo lo anterior demuestra claramente que cuando se habla del inconsciente hay que distinguir entre el problema metodológico y el empírico, es decir, entre la cuestión psicológica y la de la propia psicología. Establecer la distinción con que empezábamos este apartado. La unión acrítica de lo uno y lo otro conduce a una burda deformación de toda la cuestión. El simposio sobre el inconsciente (1912) muestra que la solución de los fundamentos del problema rebasa los límites de la psicología empírica y está inevitablemente relacionada con convicciones filosóficas generales. Cuando aceptamos, como F. Brentano, que no existe el inconsciente, o con Münsterberg, que es simplemente fisiológico, o con Schubert-Soldern, que es una categoría gnoseológicamente necesaria, o con Freud, que es sexual, nuestros argumentos y conclusiones traspasan los límites de la investigación empírica.
Entre los autores rusos, E. Dalié matiza los movimientos gnoseológicos que impulsan a la elaboración del concepto de inconsciente. En su opinión, en la base de este concepto se encuentra el intento de defender la independencia de la psicología como ciencia explicativa contra la usurpación de los métodos y principios fisiológicos: la exigencia de que lo psíquico se explique a partir de lo psíquico y no de lo fisiológico, de que la psicología se mantenga dentro de sí misma, dentro de sus propios límites, en el análisis y la descripción de los hechos, aunque ello exija penetrar en la senda de las hipótesis amplias. Dalié señala que las estructuras o hipótesis psicológicas son tan sólo una prolongación mental de fenómenos homogéneos dentro de un mismo sistema independiente de la realidad. Las tareas de la psicología y sus exigencias teórico-cognoscitivas le prescriben luchar, con ayuda del inconsciente, contra los intentos usurpadores de la fisiología. La vida psíquica transcurre con intervalos, está llena de lagunas. ¿Qué sucede con la conciencia durante el sueño, con los recuerdos que no reconocemos aquí y ahora? Si queremos explicar lo psíquico a partir de lo psíquico sin recurrir a otro ámbito de fenómenos sin trasladarnos a la fisiología, si queremos rellenar los intervalos, las lagunas, las omisiones en la vida de la psique, hemos de suponer que esos fenómenos continúan existiendo de una forma especial: como algo que es, al mismo tiempo, inconsciente y psíquico. Esta interpretación de lo inconsciente como conjetura necesaria y continuación y complemento hipotético de la experiencia psíquica es también desarrollada por W. Stern (1924).
E. Dalié distingue dos aspectos en el problema: el real y el hipotético o metodológico. Este último determina el valor cognoscitivo o metodológico que tiene para la psicología la categoría de lo inconsciente. La tarea consiste en aclarar el significado y el ámbito de fenómenos que ese concepto ende r para la psicología como ciencia explicativa. Siguiendo a Jerusalem, el autor piensa que se trata ante todo de una categoría o de un proceso de pensamiento del que no puede prescindirse para explicar la vida espiritual y 306 que hace referencia a un ámbito especial de fenómenos. Dallé dice acertadamente que el inconsciente es un concepto creado a partir de los datos indudables de la experiencia psíquica, de una experiencia que exige necesariamente completarse con la hipótesis del inconsciente. De aquí la complejísima naturaleza de todas las tesis que operan con este concepto: en cada tesis hace falta distinguir lo que procede de los datos de la experiencia psíquica irrefutable y lo que proviene de la necesidad hipotética y cuál es el grado de autenticidad de una y otra. En los trabajos críticos que hemos examinado más arriba los dos aspectos del problema se mezclan: la hipótesis y el hecho, el principio y la observación empírica, la ficción y la ley, la estructura y la generalización, todo aparece entremezclado formando una verdadera maraña.
En estos trabajos críticos la cuestión principal queda sin tocar: Lients y Luria aseguran a Freud que el psicoanálisis es un sistema fisiológico; pero el propio Freud es enemigo de la concepción fisiológica del inconsciente. Dalié tiene toda la razón al decir que esta cuestión de la naturaleza psicológica o fisiológica del inconsciente es la fase primera y más importante de todo el problema. Antes de describir y clasificar psicológicamente el problema del subconsciente, debemos saber si estamos operando en este caso con algo fisiológico o psíquico, hace falta demostrar que el inconsciente es, en general, una realidad psíquica. En suma, para resolver psicológicamente el problema del inconsciente es preciso plantearlo como problema de la propia psicología.
Apartado 8
La necesidad de estudiar los fundamentos de los conceptos de la ciencia general (esa especie de álgebra de las ciencias particulares) y su papel en la organización de las disciplinas particulares se manifiesta con más claridad aún cuando la psicología toma prestados conceptos de otras ciencias. En este caso nos encontramos, al parecer, en mejores condiciones para traspasar los resultados de una ciencia al sistema de otra, porque el grado de autenticidad, de claridad y de fundamentación de las tesis o leyes prestadas suele ser mucho más elevado que el que tienen las tesis y leyes psicológicas. Por ejemplo, introducimos en el sistema psicológico de explicación una ley establecida en fisiología o en embriología, un principio biológico, una hipótesis anatómica, un ejemplo etnológico, una clasificación histórica, etc. Las tesis y construcciones de estas ciencias muy desarrolladas, que parten de principios bien fundamentados, suelen estar analizadas metodológicamente con mucha mayor exactitud que las tesis de las escuelas psicológicas, que se sirven de conceptos creados recientemente, poco sistematizados, para estudiar dominios totalmente nuevos (esto sucede, por ejemplo, en la escuela de Freud, que aún no ha tomado conciencia de sí misma). En este caso, tornamos prestado un producto más elaborado, operamos con magnitudes más determinadas, más exactas y más claras; los peligros de error disminuyen, la probabilidad de éxito aumenta. 307
Por otro lado, como la aportación procede en este caso de otras ciencias, el material resulta más extraño, más heterogéneo desde el punto de vista metodológico, y las condiciones de su asimilación se hacen más difíciles. La facilidad o dificultad que ofrecen las condiciones de los datos en comparación con las que hemos examinado más arriba nos lleva a establecer un proceso necesario de diversificación en el análisis teórico que sustituya a la diferenciación real que ofrece la experimentación.
Detengámonos en un hecho que parece muy paradójico a primera vista y que, por eso mismo, resulta muy cómodo para el análisis. La reflexología, que establece en todas las esferas esas coincidencias tan milagrosas entre sus datos y los del análisis subjetivo y que quiere construir su sistema basándose en las ciencias naturales exactas, se ve sorprendentemente obligada a protestar precisamente contra la transposición de las leyes de las ciencias naturales a la psicología.
Cuando N. M. Schelovánov investiga los métodos de la reflexología genética, rechaza (con absoluto e inesperado fundamento) que su escuela deba imitar a las ciencias naturales trasladando a la psicología subjetiva aquellos métodos que han proporcionado enormes resultados en las primeras, pero que son poco útiles para estudiar la psicología subjetiva Herbart y G. Fechner trasladan mecánicamente el análisis matemático a la psicología y W. Wundt el experimento fisiológico. W. Preyer plantea el problema de la psicogénesis por analogía con la biología y después, S. Hall y otros adoptan en biología el principio de Müller-Haeckel y lo aplican incontroladamente no sólo como principio metodológico, sino como principio explicativo del desarrollo espiritual» del niño. No es que estemos, dice el autor, en contra de la aplicación de métodos probados y fecundos. Pero sucede que su utilización sólo es posible cuando el problema se plantea acertadamente y cuando el método responde a la naturaleza del objeto a estudiar. De otro modo se obtiene la ilusión de que se trata de algo científico (un ejemplo característico de ello lo constituye la reflexología rusa). El velo de las ciencias naturales, con el que según expresión de I. Petzoldt se cubre la más retrógrada metafísica, no ha salvado ni a Herbart, ni a Wundt: ni las fórmulas matemáticas, ni los aparatos exactos han salvado del fracaso al problema mal planteado.
Recordemos a Münsterberg y sus observaciones sobre el último dígito decimal, extraído como respuesta a una pregunta falsa. En biología, la ley genética -explica el autor— constituye la generalización teórica de una serie de hechos, y su aplicación en psicología es el resultado de una especulación superficial, basada exclusivamente en la analogía de hechos de distintos ámbitos. (¿No es así como la reflexología —sin llevar a cabo su propia investigación—, mediante una especulación análoga, toma de vivos y muertos de Einstein y de Freud, modelos preparados para sus estructuras?). Ese principio explicativo se convierte en el punto final de toda una cadena. de errores cuando se aplica en psicología, no en calidad de hipótesis de trabajo, 308 sino como un principio teórico establecido, terminado, fundamentado científicamente por hechos pertenecientes a otra esfera de conocimientos.
No vamos a entrar, como entra el defensor de esta opinión, a examinar la cuestión a fondo. Hay abundante literatura, incluida la rusa. Lo que nos interesa es ilustrar cómo muchas cuestiones planteadas equivocadamente por la psicología adquieren apariencia científica gracias a préstamos procedentes de las ciencias naturales. Como resultado de su análisis metodológico, N. M. Schelovánov llega a la conclusión de que el método genético resulta básicamente inviable en la psicología empírica y que, por ello, no modifica la relación entre la psicología y la biología. Pero, ¿por qué en psicología infantil se ha planteado equivocadamente el problema del desarrollo y ha conducido a una pérdida de trabajo colosal e inútil? Schelovánov piensa que la psicología de la infancia no puede ofrecer nada nuevo aparte de lo que ofrece la psicología general. Sin embargo, la psicología general no existe como sistema único, y sus contradicciones teóricas hacen imposible la psicología infantil. De forma enmascarada e imperceptible para el propio investigador, las premisas teóricas predeterminan por completo el procedimiento de tratamiento de los hechos empíricos. Predeterminan la interpretación de los hechos recogidos en las observaciones en función de la teoría sostenida por tal o cual autor. Esa es la mejor refutación al empirismo imaginario de las ciencias naturales. De ahí que resulte imposible trasladar los hechos de una teoría a otra: cabría pensar que un hecho siempre es un hecho, que un mismo objeto —el niño— y un mismo método —la observación objetiva— sólo permitirían trasponer los hechos de la psicología a la reflexología si se partiera de diferentes objetivos y distintas premisas de partida. El autor sólo se equivoca en dos tesis.
Su primer error consiste en pensar que la psicología infantil ha conseguido resultados positivos cuando se ha servido de principios de biología general y no de principios psicológicos, como ocurre a su juicio en la teoría del juego desarrollada por K. Gross, cuando en realidad, constituye uno de los mejores ejemplos de lo que es un estudio puramente psicológico sin recurrir a préstamos. Un estudio comparativo y objetivo metodológicamente irreprochable y transparente, internamente coherente desde la recogida y descripción de los hechos hasta las últimas generalizaciones teóricas. Gross ha proporcionado una teoría del juego a la biología. Ha creado la teoría con un método psicológico, y no la ha tomado de la biología; ha resuelto su problema no a la luz de la biología sino planteándose también tareas psicológicas generales. De hecho, lo que ocurre es precisamente lo contrario de lo que Schelovánov mantiene: la psicología infantil ha conseguido resultados teóricos valiosos Precisamente cuando no ha recurrido a préstamos, sino que ha seguido su Propio camino. Él mismo Gross se manifiesta en todo momento contra los Préstamos. S. Hall, recurriendo a préstamos tomados de E. Haeckel, ha desarrollado ideas psicológicas basadas en absurdos análisis forzados, mientras que Gross, siguiendo su propio camino, ha desarrollado ideas útiles para la Propia biología, ideas no menos útiles que la ley de Haeckel. Recordemos 309 también la teoría del lenguaje de Stern, la teoría del pensamiento infantil de Bühler y Koffka, la teoría de los niveles de Bühler, la del adiestramiento de Thorndike: todas son psicologías del más puro estilo. Schelovánov llega a una conclusión errónea: el papel de la psicología de la infancia no se limita, ni mucho menos, a la acumulación de datos reales y a una clasificación previa, es decir, a una labor preparatoria. Pero precisamente a eso es a lo que inevitablemente se puede y debe ver reducido el papel de los principios lógicos desarrollados por Schelovánov junto con Béjterev. Porque la nueva disciplina reflexológica carece de ideas sobre la infancia, de una concepción del desarrollo, de objetivos de investigación: es decir, desconoce el problema del comportamiento y de la personalidad infantil y sólo dispone del principio de la observación objetiva, que en el fondo sólo es una buena regla técnica; sin embargo, con ese arma nadie ha descubierto una gran verdad.
El segundo error del autor guarda relación con el primero. Schelovánov no comprende el valor positivo de la psicología y subestima su papel porque parte de la idea metodológica (bastante infantil) de que, al parecer, sólo se puede estudiar aquello que nos proporciona la experiencia directa. Toda su teoría «metodológica» se basa en un silogismo: 1) la psicología estudia la conciencia; 2) la experiencia directa nos ofrece la conciencia del adulto («el estudio empírico del desarrollo filogenético y ontogenético de la conciencia es imposible»); 3) por consiguiente, la psicología infantil no es posible.
Sin embargo, constituye un grave error pensar que la ciencia sólo puede estudiar lo que nos brinda la experiencia directa. ¿Cómo estudia el psicólogo el inconsciente, cómo investiga el historiador y el geólogo el pasado, el físico-óptico los rayos invisibles, el filólogo las lenguas clásicas? Los estudios basados en el análisis de huellas de influencias, en métodos de interpretación y reconstrucción, en la crítica y en la indagación del significado han sido tan útiles como los basados en el método de la observación «empírica» directa. V. N. Ivanovski lo ha explicado muy bien al hablar de la metodología de las ciencias, poniendo precisamente el ejemplo de la psicología. La experiencia directa juega un papel menor incluso en las ciencias experimentales. M. Planck dice: la unificación de todo el sistema de la física teórica se consigue gracias a su liberación de los aspectos antropomórficos y, en particular, de las percepciones sensoriales específicas. En la doctrina de la luz y en general de la energía radiante, señala Planck, la física opera con métodos en los que «el ojo humano no interviene apenas, actúa sólo como un aparato ocasional (verdad es que de gran sensibilidad), ya que capta rayos dentro de una reducida zona del espectro, que casi no alcanza la amplitud de una octava.
Para el resto del espectro intervienen, en lugar del ojo, otros aparatos de percepción y de medida, como por ejemplo el detector de ondas, el termoelemento, el barómetro, el radiómetro, la placa fotográfica, la cámara de ionización. Por tanto, la separación entre el concepto físico principal y la percepción sensorial específica se ha producido en óptica lo mismo que en mecánica, donde el concepto de fuerza ha perdido hace ya mucho tiempo su nexo inicial con las sensaciones musculares» (1911, págs. 8, 112-113). 310
Por consiguiente, la física estudia precisamente aquello que el ojo no ve; porque si estamos de acuerdo, junto con el autor (N. M. Schelovánov. —Red.) y con Stern, en que la infancia es para nosotros un paraíso perdido, y a los adultos nos resulta .ya imposible penetrar por completo en las propiedades específicas y en la estructura del alma infantil (porque no se nos brinda en las sensaciones directas), es necesario reconocer también que los rayos que no están al alcance directo de nuestros ojos son otro paraíso perdido para siempre, que la inquisición española es un infierno perdido para siempre, etc. Pero ahí está el «quid» de la cuestión: que el conocimiento científico y la percepción directa no coinciden en absoluto. No podemos vivir las impresiones infantiles, del mismo modo que no podemos ver la revolución francesa y, sin embargo, el niño que vive su paraíso con toda naturalidad y el contemporáneo que ha visto con sus ojos los episodios más importantes de la revolución están, a pesar de ello, más lejos que nosotros del conocimiento científico de estos hechos. No sólo las ciencias de la cultura, sino también las de la naturaleza construyen sus conceptos independientemente de la experiencia directa; recordemos las palabras de Engels sobre las hormigas y sobre los límites de nuestro ojo.
¿Cómo se comportan las ciencias en el estudio de lo que no se nos brinda directamente? En general, reconstruyen, elaboran su objeto de estudio recurriendo al método de explicar o interpretar sus huellas o influencias, es decir, recurriendo a elementos que les proporcionan una experiencia directa. Así, el historiador interpreta huellas —documentos, memorias, periódicos, etc.— y, sin embargo, la historia es precisamente la ciencia del pasado, reconstruido según sus huellas. No es la ciencia de las huellas del pasado, sino del pasado mismo. No es la ciencia de los documentos de una revolución, sino de la revolución misma. Lo mismo sucede con la psicología infantil: ¿es que la infancia, el alma infantil no están a nuestro alcance, no dejan huellas, no se manifiestan hacia el exterior, no se descubren? La cuestión estriba únicamente en cómo, con qué método interpretar esas huellas: ¿pueden interpretarse esas huellas por analogía con la experiencia adulta? La cuestión consiste, por tanto, en hallar una interpretación correcta y no en renunciar en absoluto a interpretarlas. Los historiadores saben de más de una construcción errónea, basada en documentos veraces, pero en falsas interpretaciones. ¿Qué conclusión sacamos de todo ello? ¿Acaso que la historia es un «paraíso perdido para siempre»? La misma lógica que llama paraíso perdido a la psicología infantil obliga a llamárselo a la historia. Y si el historiador o el geólogo o el físico pensaran como el reflexólogo, dirían: como el pasado de la humanidad y de la Tierra (como el alma infantil) no están directamente a nuestro alcance y sólo está directamente a nuestro alcance el presente (como la conciencia del adulto), tendemos a interpretar erróneamente el pasado por analogía con el presente o como un «pequeño presente» (el niño es un adulto pequeño), y por consiguiente la historia y la geología son subjetivas, son imposibles; sólo es posible la historia de la época actual (psicología del adulto), y la historia del pasado se puede estudiar 311 únicamente como ciencia de las huellas del pasado, de los documentos como tales, y no del pasado como tal (lo que equivale a los procedimientos de estudio de los reflejos sin la menor interpretación de los mismos).
En esencia, es ese dogma de la experiencia directa como única fuente y límite natural del conocimiento científico el que mantiene y precipita al vacío toda la teoría sobre el método de los reflexólogos. Vvedienski y Béjterev proceden de una raíz común: uno y otro suponen que la ciencia sólo puede estudiar lo que ofrece la introspección; es decir, la percepción directa de lo psicológico. nos, al confiar el alma a ese ojo de la introspección, construyen toda la ciencia con arreglo a sus propiedades y a los límites de sus posibilidades; otros, al no confiar en él, quieren estudiar únicamente lo que se puede captar con el ojo verdadero. Por eso digo que la reflexología se organiza metodológicamente con arreglo al mismo principio según el cual la historia debería definirse como la ciencia de los documentos del pasado. La reflexología, gracias a muchos principios fructíferos de las ciencias naturales, se ha convertido en una corriente profundamente progresiva en psicología, pero como teoría del método es profundamente reaccionaria, porque retrocede al prejuicio sensualista ingenuo de que sólo es posible estudiar aquello que percibimos y en la medida en que lo percibimos.
Exactamente igual que la física se libera de los elementos antropomórficos, es decir, de las percepciones sensoriales específicas y trabaja sin necesidad de que los ojos vean directamente los objetos que estudia, así debe tratar la psicología el concepto de lo psíquico; con independencia de que se ofrezca o no a la observación directa, lo mismo que la mecánica actúa con independencia de la sensación muscular y la óptica de la visual. Los subjetivistas suponen que han refutado el método objetivo al demostrar que las nociones sobre el comportamiento encierran genéticamente gérmenes de introspección —G. I. Chelpánov (1925), S. V. Kravsov (1922), Yu. V. Portugálov (1925). Pero el origen genético del concepto no nos dice nada de su naturaleza lógica: también el concepto de fuerza en mecánica se remonta genéticamente a la sensación muscular.
La introspección plantea un problema técnico y no de principio: es un instrumento entre otros, como el ojo para los físicos. Ha de emplearse en la medida en que resulte útil. No existen cuestiones de principio sobre la naturaleza y veracidad del saber o los límites del conocimiento que nos obliguen a aceptar o rechazar ese instrumento. Engels demostró que los límites del conocimiento de los fenómenos luminosos no están determinados por la estructura natural del ojo; Planck dice lo mismo en nombre de la física actual. Separar el concepto psicológico fundamental de la percepción concreta constituye la tarea inmediata de la psicología. La propia introspección debe explicarse en términos de los postulados, métodos y principios universales de la psicología. Debe transformarse en un problema específico de la psicología.
Si eso es así, se plantea la cuestión de la naturaleza de la interpretación, es decir, del método indirecto. Muchos dicen: «la historia interpreta las huellas del pasado, pero la física observa lo invisible con ayuda de instrumentos 312 tan directamente como si lo viera con los ojos. Los instrumentos son la prolongación de los órganos sensoriales del científico: el microscopio, el telescopio, el teléfono, etc., convierten lo invisible en visible y en objeto de la experiencia directa; la física no interpreta lo invisible, lo ve».
Pero esa opinión es falsa. El análisis metodológico de la significación de los aparatos científicos ha puesto de manifiesto hace tiempo que éstos juegan un papel nuevo y fundamental y que no se limitan a prolongar los órganos sensoriales. El propio termómetro puede servir de ejemplo de ese componente nuevo que introducen los instrumentos en los métodos científicos: en el termómetro leemos la temperatura; este aparato no refuerza ni prolonga la sensación de calor a la manera como el microscopio continúa al ojo, sino que nos emancipa plenamente de la sensación en el estudio del calor: el termómetro puede utilizarlo quien carezca de esa sensación, mientras que un ciego no puede hacer uso del microscopio. La termometría constituye un modelo puro del método indirecto: porque, a diferencia de lo que sucede con el microscopio, no estudiamos aquello que hemos visto —la elevación del mercurio, la dilatación del alcohol—, sino el calor y sus cambios, indicados por el mercurio o el alcohol; interpretamos las indicaciones del termómetro, reconstruimos el fenómeno a estudiar por sus huellas, por su influencia en la dilatación del cuerpo. Así están hechos también todos los instrumentos a que se refiere Planck como medios para estudiar lo invisible. Por consiguiente, interpretar significa reconstruir el fenómeno según sus huellas e influencias, basándose en regularidades establecidas anteriormente (en este caso, en la ley de la dilatación de los cuerpos como consecuencia del calor). No existe ninguna diferencia esencial entre el empleo del termómetro y la interpretación que se da en la historia o en la psicología. Lo mismo puede decirse de todas las ciencias: son independientes de las percepciones sensoriales específicas.
K. Stumpf habla de un matemático ciego, Sourderson, que escribió un manual de geometría; A. M. Schérbina cuenta que su ceguera no le impedía explicar óptica a los videntes (1908). Y es que todos los instrumentos que recuerda Planck pueden adaptarse a los ciegos, lo mismo que existen ya relojes, termómetros y libros para ciegos. De modo que un invidente también podría dedicarse a la óptica: es una cuestión de técnica y no de esencia.
K. N. Kornilov (1922) ha demostrado muy bien que: 1) El hecho de que existan divergencias de criterio respecto a cuestiones metodológicas en los planteamientos experimentales facilita mucho la aparición de conflictos. Estos conflictos dan lugar al desarrollo de diversas corrientes en psicología. Por ejemplo, las diferentes formas de concebir la utilización del cronoscopio a propósito de su colocación en uno u otro lugar en los experimentos han dado origen a diferentes maneras de plantear el método y el sistema teórico psicológico en su conjunto, planteamientos que han separado a la escuela de W. Wundt de la de O. Külpe; 2) El método experimental no ha aportado nada nuevo a la psicología: para Wundt es un correctivo de la introspección; para N. Ach, los datos de esta última sólo pueden controlarse mediante 313 otros datos introspectivos, como si la sensación de calor sólo pudiera controlarse mediante otras sensaciones; para Deichler, las valoraciones numéricas nos proporcionan una medida de hasta qué punto es correcta la introspección. En una palabra, el experimento no amplía el conocimiento, sino que lo controla. La psicología no tiene todavía una metodología de sus aparatos ni se ha planteado en ella una manera de concebir los aparatos que nos libere de la introspección (como el termómetro libera de la sensación de calor), en vez de limitarse a controlarla y reforzarla. La filosofía del cronoscopio plantea problemas más difíciles que su técnica. Pero tendremos ocasión de hablar más de una vez acerca del método indirecto en psicología.
G. P. Zeliony señala acertadamente que entre nosotros la palabra «método» incluye dos cosas distintas: 1) la metodología de la investigación, el procedimiento técnico y 2) el método de conocimiento, que determina el objetivo de la investigación, el carácter y la naturaleza de una ciencia. En psicología, el método es subjetivo, aunque la metodología puede ser parcialmente objetiva. En fisiología, el método es objetivo, aunque la metodología puede ser parcialmente subjetiva (por ejemplo, en la fisiología de los órganos de los sentidos sucede esto). El experimento ha reformado la metodología, pero no el método. De ahí que sólo atribuya un valor en las ciencias naturales al procedimiento de diagnosis y no al método psicológico.
En esta cuestión es donde está el «quid» de todos los problemas metodológicos propios de la psicología. La necesidad de salirse decididamente de los límites de la experiencia directa es un asunto de vida o muerte para ella. Separar, liberar a los conceptos científicos de la percepción específica sólo es posible con el método indirecto. Científicamente, la objeción de que el método indirecto es inferior al directo es profundamente errónea. Precisamente porque no ilustra la totalidad de la sensación, sino tan sólo un aspecto de ella es por lo que es capaz de desempeñar la tarea científica: aísla, analiza, destaca, abstrae rasgos; también en la observación directa destacamos la parte a observar. A quien le torture el hecho de no compartir con las hormigas la percepción directa de los rayos químicos no vemos qué remedio podemos ofrecerle, dice Engels; sin embargo, conocemos mejor que las hormigas la naturaleza de esos rayos. La tarea de la ciencia no consiste en hacer que se perciban las sensaciones: si fuera así, en lugar de hacer ciencia bastaría con que registráramos nuestras percepciones. En realidad, también a la psicología se le plantea el problema de la limitación de nuestra experiencia directa, porque toda la psique responde a las características de un instrumento que selecciona, aísla rasgos de los fenómenos. Un ojo que todo lo viera, precisamente por eso no vería nada; una conciencia que se diera cuenta de todo, no se daría cuenta de nada; si la introspección tuviera conciencia de todo, no tendría conciencia de nada. Nuestra conciencia se halla encerrada entre dos umbrales, sólo vemos un pequeño fragmento del mundo; nuestros sentidos nos ofrecen un mundo compendiado en extractos que son importantes para nosotros. Y en el interior de esos umbrales absolutos, tampoco se capta toda la diversidad de cambios y matices, sino que la percepción de los 314 cambios depende de unos nuevos umbrales. Es como si la conciencia siguiera a la naturaleza a saltos, con omisiones, con lagunas. La psique selecciona unos puntos estables de realidad de entre el flujo general. Se crean islas de seguridad en el flujo de Heráclito. Es un órgano selector, un tamiz que filtra el mundo y lo modifica de forma que resulte posible actuar. Ahí radica su papel positivo, no en el reflejo (también lo no psíquico es capaz de reflejar; el termómetro es más exacto que la sensación), sino en el hecho de que no siempre resulta exacto reflejar, es decir, deformar subjetivamente la realidad en beneficio del organismo.
Si viésemos todo (sin umbrales absolutos), si percibiésemos todos lo cambios, sin un solo minuto de interrupción (sin umbrales relativos), tendríamos ante nosotros un caos (recordemos la cantidad de objetos que nos descubre el microscopio en una gota de agua). ¿Qué sería entonces un vaso de agua? ¿Y un río? Una presa lo refleja todo, una piedra reacciona, en esencia, a todo. Pero su reacción es igual a la excitación: causa aliqua effectum. La reacción del organismo es «más cara»: no es igual al efecto. Gasta fuerzas potenciales, selecciona los estímulos. La psique es una forma superior de selección: lo rojo, lo azul, lo fuerte, lo ácido. Nos presenta un mundo cortado en porciones. La tarea de la psicología consiste precisamente en esclarecer cuál es el provecho de que el ojo no vea todo aquello que según la óptica podría verse. Hay como un embudo que se estrecha y que lleva de las reacciones inferiores a las superiores.
Sería erróneo pensar que no vemos aquello que resulta para nosotros biológicamente inútil. ¿Es que sería inútil para nosotros ver los microbios? Los órganos de los sentidos llevan claramente huellas de que son, ante todo, órganos de selección. El gusto es evidentemente un órgano selector de la digestión. El olfato, una parte del proceso respiratorio: son como puntos aduaneros fronterizos que sirven para comprobar las excitaciones procedentes del exterior. Cada órgano toma el mundo cum grano salis, con el coeficiente de especificación a que se refería Hegel, y como un «índice de relación», igual que la cualidad de un objeto determina la intensidad y el carácter de la influencia cualitativa de otra cualidad. Por eso existe una analogía completa entre la selección del ojo y la selección ulterior del instrumento: uno y otro son órganos de selección (lo que hacemos en el experimento). De forma que la propia naturaleza psíquica del conocimiento constituye la raíz de esa necesidad que tiene el conocimiento científico de liberarse de la percepción directa.
Por eso, la evidencia directa presenta una identidad fundamental con la analogía utilizada como criterio de verdad científica: una y otra deben someterse a un análisis crítico; ambas pueden tanto engañar como decir la verdad. La evidencia de la rotación del Sol alrededor de la Tierra nos engaña; la analogía en que se basa el análisis espectral conduce a la verdad. Esa es la razón de que algunos propongan la legitimidad de la analogía como el método básico de la psicología animal. La analogía es completamente admisible sólo cuando se especifican aquellas condiciones que la hacen 315 exacta; lo que ha sucedido hasta ahora ha sido que la analogía no ha pasado de proporcionar anécdotas y curiosidades; porque se recurría a ella allí donde no era adecuada por la propia esencia de los hechos. Pero la analogía puede proporcionar resultados tan útiles como los del análisis espectral. Por eso, la situación en física y en psicología es esencialmente la misma; metodológicamente, sólo se diferencian en el grado.
La secuencia psíquica se nos ofrece como un fragmento: pero ¿hacia dónde desaparecen y desde dónde aparecen todos los elementos de la vida psíquica? Nos vemos obligados a continuar la secuencia conocida de supuestos. Precisamente en ese sentido introduce H. Höffding este concepto, que corresponde al de energía potencial en física; por eso, Leibniz introduce los elementos infinitamente pequeños de la conciencia. «Nos vemos obligados a continuar la vida de la conciencia en el inconsciente para no cometer un disparate» (H. Höffding, 1980, pág. 87). Sin embargo, para Höffding el «inconsciente es el concepto límite de la conciencia», y en ese límite podemos «sopesar la posibilidad» mediante hipótesis, pero «ampliar notablemente los conocimientos reales resulta imposible... En comparación con el mundo físico, el mundo espiritual es para nosotros un fragmento; sólo podemos complementarlo a través de hipótesis» (Ibídem).
Pero incluso este respeto hacia los límites de la ciencia les parece insuficiente a otros autores. Del inconsciente sólo podemos afirmar que existe; por su propia definición no es objeto de la experiencia; demostrarlo con hechos de la observación, como intenta Höffding, es ilícito. La palabra inconsciente tiene dos significados, hay dos clases de inconsciente que no deben confundirse. De ahí que la discusión gire alrededor de un objeto doble: por una parte sobre las hipótesis y por otra serie los hechos observables.
Pero si damos un solo paso más en esa dirección, volveremos al punto de partida: a la dificultad que nos ha obligado a suponer el inconsciente.
La psicología se halla aquí en una situación tragicómica: quiero y no puedo. Se ve obligada a aceptar el inconsciente para no cometer un disparate; pero al aceptarlo comete un disparate todavía mayor y retrocede aterrorizada. Como quien huye de una fiera y al tropezar con un peligro todavía mayor, retrocede hacia el menor. Pero ¿no da igual morir por una u otra causa? Wundt ve en esta teoría el eco de la filosofía naturalista mística de comienzos del siglo XIX. Tras él, N. N. Langue acepta que la psique inconsciente es un concepto interiormente contradictorio, el inconsciente debe explicarse física y químicamente, pero no psicológicamente, de lo contrario abrimos las puertas de la ciencia a «agentes místicos», a «estructuras arbitrarias, que nunca podemos comprobar» (1914, pág. 251).
Es decir, que hemos retornado a Höffding: existe la serie físico-química, a la que en algunos puntos fragmentarios acompaña de pronto ex nihilo la secuencia psíquica; intenten comprender e interpretar científicamente ese «fragmento. ¿Qué significa esa discusión para el metodólogo? Es necesario salir psicológicamente de los límites de la conciencia percibida directamente 316 de modo que deslindemos el concepto de la sensación. La psicología como ciencia de la conciencia es por principio imposible; y es doblemente imposible como ciencia de la psique inconsciente. Parece que no hay salida, que no existe solución para esta cuadratura del círculo. Pero la física se encuentra exactamente en la misma situación; efectivamente, la secuencia física se extiende incluso más que la psicológica, pero tampoco ella es infinita y es también la ciencia la que ha continuado esa experiencia, desconectando el ojo. Esa es precisamente la tarea de la psicología.
Así es que para la psicología, la interpretación no es sólo una amarga necesidad, sino un modo de conocimiento liberador, esencialmente fecundo, salto vitale, que para los malos saltadores se convierte en salto mortale. La psicología ha de confeccionar su filosofía de los aparatos, lo mismo que los físicos tienen su filosofía del termómetro. De hecho, en psicología ambas partes en este debate recurren a la interpretación: el subjetivista dispone, en fin de cuentas, de la palabra de la persona sometida a prueba, es decir, que el comportamiento y su psique es un comportamiento interpretado. El objetivista también interpreta indefectiblemente. El propio concepto de reacción incluye la necesidad de interpretación, de significado, conexión, relaciones. De hecho: actio y reactio son conceptos inicialmente mecánicos de modo que hay que observar una y otra y formular la ley. Pero en psicología y fisiología la reacción no es igual al estímulo, tiene un significado, un fin, es decir, desempeña una función determinada dentro de un gran conjunto, está relacionada cualitativamente con su excitante; y ese significado de la reacción como función del conjunto, esa calidad de las reacciones mutuas no las proporciona el experimento sino que las encontramos a través de la deducción. Dicho llanamente y con una formulación general: al estudiar la conducta como sistema de reacciones, no estudiamos los actos de conducta en sí mismos (como órganos), sino en sus relaciones con otros actos —estímulos. Y la reacción y la cualidad que esta reacción posee, su significación, no son nunca objeto de nuestra percepción directa. Sobre todo si consideramos que se trata de la relación de dos series heterogéneas —los estímulos y las reacciones. Eso es muy importante: la reacción es una respuesta; la respuesta sólo puede ser estudiada por la calidad de sus relaciones con la pregunta, y ése es el significado de la respuesta, que no se halla en la percepción, sino en la interpretación.
De hecho esa es la interpretación de todos los autores.
V. M. Béjterev distingue el reflejo creativo. El problema está en el excitante: la creación o reflejo simbólico es la reacción para responder a dicho excitante. Pero el concepto de creatividad y de símbolo son conceptos semánticos y no experimentales: el reflejo es creativo si se halla con el estímulo en una reacción que crea algo nuevo; es simbólico si sustituye a otro reflejo, pero no es posible ver directamente el, carácter simbólico o creativo del reflejo.
I. P. Pavlov distingue distintos tipos de reflejo: el de libertad, el de objetivo, el de alimentación, el defensivo. Pero la libertad o el objetivo no se 317 pueden ver, no tienen un órgano, como, por ejemplo, los órganos de nutrición; tampoco son funciones; están integrados por los mismos movimientos que los demás; la defensa, la libertad, el objetivo son el significado de estos reflejos.
K. N. Kornilov distingue las reacciones emocionales, las de elección, la asociativa, la de reconocimiento, etc. Nuevamente, una clasificación según el significado, es decir, según la interpretación, sobre la base de la relación estímulo-respuesta entre ellos.
J. Watson, aunque admite iguales distinciones según el significado, dice francamente que en la actualidad el psicólogo de la conducta llega a la conclusión de la existencia de un proceso oculto de pensamiento, utilizando únicamente la lógica. Con ello, tiene conciencia de su método y refuta brillantemente a E. Titchener, quien plantea la tesis de que el psicólogo de la conducta no puede, precisamente por serlo, admitir el proceso del pensamiento si carece de los medios para observarlo directamente y por ello adopta la vía introspectiva para estudiarlo. Pero Watson diferencia radicalmente el concepto de pensamiento del de percepción del pensamiento en la introspección: lo mismo que el termómetro nos emancipa de la sensación cuando creamos el concepto de calor. Por eso subraya: «Si alguna vez logramos estudiar científicamente la naturaleza íntima del pensamiento... eso se lo debemos en gran medida a los aparatos científicos» (1926, pág. 301). Por eso, a fin de cuentas «la situación del psicólogo no es tan lamentable: también los fisiólogos se contentan con observar los resultados finales y utilizan la lógica». «El partidario de la psicología de la conducta siente que debe mantener firmemente esa posición ante el problema del pensamiento» (Ibídem, pág. 302). Y el significado es para Watson un problema experimental. Que podemos resolver, partiendo de lo que nos ha sido dado, y por medio del pensamiento.
E. Thorndike distingue las reacciones de sentimiento, deducción, talento, destreza (1925). De nuevo, interpretación.
Todo consiste en cómo interpretar: por analogía con la introspección propia, por analogía con las funciones biológicas, etc. Por eso tiene razón Koffka, cuando afirma: no hay un criterio objetivo sobre la conciencia, no sabemos si en realidad existe o no la conciencia, pero eso no nos aflige en absoluto. No obstante, el comportamiento es tal, que la conciencia que le pertenece, si existe, deberá tener una estructura determinada; por eso, el comportamiento debe ser explicado justamente en cuanto consciente. O por expresarlo de otra manera más paradójica: si cada cual tuviese solo las reacciones que pueden ser observadas por todos, nadie podría observar nada. Es decir, que la base de la observación científica consiste en salirse de los límites de lo visible y buscar su significado, que no puede ser observado.
Koffka tiene razón. Tenía razón cuando afirmaba que el behaviorismo está condenado a la esterilidad si se limita a estudiar lo que observa, si su ideal consiste en conocer el sentido y la velocidad de movimiento de cada miembro, la secreción de cada glándula como resultado de cada estímulo. Su 318 campo lo constituirán únicamente hechos de la fisiología de los músculos y las glándulas. La descripción «este animal huye de cierto peligro, por insuficiente que sea, caracteriza, sin embargo, cien veces más el comportamiento del animal que la fórmula que nos da el movimiento de todas sus patas, con sus velocidades variables, las curvas de la respiración, del pulso, etc.» (K. Koffka, 1926).
W. Köhler ha mostrado con los hechos cómo se puede demostrar sin introspección alguna la existencia de pensamiento en los monos e incluso estudiar a través del método introspectivo reacciones objetivas que desvelan la marcha y la estructura de ese proceso (1917). Kornilov ha puesto de manifiesto cómo es posible medir con el método indirecto el balance energético de diferentes operaciones del pensamiento utilizando el dinamos-copio de manera análoga al termómetro (1922). El error de Wundt consiste precisamente en el empleo mecánico de aparatos y del método matemático no para ampliar, .sino para controlar y corregir, no para liberarse de la introspección, sino para ligarse a ella. En esencia, en la mayoría de las investigaciones de Wundt, la introspección sobra: sirve únicamente para destacar los experimentos que han fracasado. Pero es radical y absolutamente innecesaria en la doctrina de Kornilov. No obstante, la psicología tiene aún que crear su termómetro; la investigación de Kornilov abre el camino para ello.
Podemos resumir nuestras conclusiones sobre la investigación del dogma estrictamente sensualista, remitiéndonos a las palabras de Engels sobre la actividad del ojo al que se le añade el pensamiento, que nos permite descubrir que las hormigas ven lo que para nosotros es invisible.
La psicología ha tratado durante mucho tiempo de alcanzar, no el conocimiento, sino la sensación. Por seguir con nuestro ejemplo, buscaba más compartir con las hormigas su percepción visual de la sensación de los rayos químicos que conocer científicamente su visión.
Existen dos tipos de sistemas científicos según el armazón metodológico que los sujeta. La metodología vendría siempre a ser la osamenta, como el esqueleto en el organismo del animal. Los animales más simples, como el caracol y la tortuga, llevan su esqueleto en la parte exterior y, al igual que las ostras, se los puede separar de la osamenta, siendo; lo que queda una masa blanduzca, poco diferenciada; los animales superiores tienen el esqueleto en el interior y lo convierten en su apoyo interno, en el hueso de cada uno de sus movimientos. En psicología hay que diferenciar también los tipos inferiores y superiores de la organización metodológica.
He aquí la mejor refutación del ilusorio empirismo de las ciencias naturales. Resulta que no podemos trasladar nada de una materia a otra. Aunque nos parezca que un hecho siempre es un hecho, que un mismo objeto —el niño y un mismo método —la observación objetiva— nos permiten, aunque los objetivos finales y las premisas iniciales sean distintos, trasladar, por ejemplo, los hechos de la psicología a la reflexología. Y que la diferencia surgiría únicamente en la interpretación de unos mismos hechos. 319
Sin embargo, los sistemas de Ptolomeo y Copérnico también se basaban, al fin y al cabo, en los mismos hechos, pero resulta que los hechos conseguidos con ayuda de diferentes principios cognoscitivos son justamente hechos distintos.
Por tanto, la discusión sobre la aplicación del principio biogenético en psicología no es simplemente una discusión sobre los hechos. Los hechos son indudables y hay dos grupos de ellos: por una parte, la recapitulación de los estudios realizados hasta ahora sobre el desarrollo de la estructura del organismo y, por otra parte, los indudables rasgos de semejanza que se dan entre la filogénesis y la ontogénesis de la psique. Y deseamos subrayar que tampoco respecto a esa semejanza cabe discusión alguna. Koffka, que impugna esta teoría y nos ofrece un análisis metodológico de ella, afirma sin embargo con rotundidad que las analogías de que parte esta teoría —aún siendo falsa—, existen realmente y sin la menor duda. La discusión tiene más bien que ver con el valor de esas analogías, que no puede establecerse sin analizar a fondo los principios de la psicología infantil y sin tener una idea general de la infancia, una concepción de su importancia y de su sentido biológico, y sin disponer de una teoría determinada sobre el desarrollo del niño (K. Koffka, 1925). Encontrar analogías por doquier es muy fácil; la cuestión es cómo las hemos buscado. (De pasada, parecidas analogías pueden también encontrarse en el comportamiento del adulto.) En esos hallazgos pueden darse dos errores típicos: uno es, por ejemplo, el que comete S. Hall, como han evidenciado Thorndike y Gross en un excelente análisis crítico. El último de estos autores considera con razón que la tarea de la ciencia y el sentido de toda comparación se hallan, no sólo en destacar los rasgos coincidentes, sino sobre todo en la búsqueda de las diferencias que se dan dentro de esa semejanza (1906). Por consiguiente, la psicología comparativa no sólo debe comprender al hombre como animal, sino aún más, cómo no animal.
La aplicación simplista del principio psicogenético dio así lugar a la búsqueda de afinidades por doquier, de modo que un método correcto y unos hechos establecidos con exactitud, pero no críticamente aplicados, condujeron a monstruosos amaños y a afirmaciones falsas. Por ejemplo, puesto que en el juego infantil se han mantenido por tradición muchas influencias del pasado ancestral (tiro con arco, juego al corro). Hall ve en ello la repetición y al mismo tiempo la gradual eliminación bajo una forma más inofensiva, de lo propio de los animales y de los estadios prehistóricos de desarrollo; lo que para Gross demuestra una sorprendente carencia de sentido crítico. El miedo a los gatos y a los perros sería así una reminiscencia de los tiempos en que estos animales eran aún salvajes; el agua atrae a los niños porque procedemos de animales acuáticos; el movimiento automático, de las manos de los niños pequeños es una reminiscencia de nuestros antepasados, que nadaban en el agua, etc.
El error consiste, por consiguiente, en interpretar todo comportamiento del niño como una recapitulación y en renunciar a cualquier principio de 320 comprobación y de selección de las analogías que permita diferenciar los hechos que deben ser objeto de esa interpretación, de los que no deben serlo. Y, justamente, el juego en los animales no puede ser objeto de esa explicación. «¿Se puede explicar el juego del tigre joven con su víctima?» —pregunta K. Gross (1906). Está claro que es imposible comprender el juego como una recapitulación de la evolución filogenética pasada. Es, por el contrario, una anticipación de la futura actividad del tigre y no una repetición de su desarrollo pasado; debe ser explicada y comprendida partiendo de la relación con el futuro tigre, a la luz de la cual el juego adquiere un significado y no a la luz del pasado de su especie. El pasado de la especie se manifiesta aquí en un sentido totalmente distinto: a través del futuro del individuo, que este pasado predetermina aunque no directamente, ni en el sentido de la mera repetición.
¿A dónde nos lleva este razonamiento? Justamente a ver que a nivel biológico y precisamente en la serie de fenómenos que son homogéneos a otros niveles de evolución y donde planteamos una comparación con su análogo homogéneo, esta teoría cuasibiológica resulta inconsistente. Si comparamos el juego del niño con el del tigre, es decir, con el de los mamíferos superiores, y no sólo tenemos en cuenta las semejanzas sino también las diferencias, descubriremos el significado biológico común, que está contenido precisamente en sus diferencias (el tigretón juega a la caza del tigre; el niño juega a ser persona mayor; ambos ejercitan para la vida futura las funciones necesarias —teoría de K. Gross). Pero al comparar fenómenos heterogéneos (el juego del hombre con el agua— la vida de los anfibios en el agua) y a pesar de la gran analogía externa y aparente, la teoría carece biológicamente de sentido.
A tan contundente argumento añade Thorndike su observación sobre el distinto orden en que los mismos principios biológicos aparecen en la ontogénesis y en filogénesis. Así, la conciencia surge muy pronto en la ontogénesis y muy tarde en la filogénesis; por el contrario, la atracción sexual lo hace muy pronto en la filogénesis y muy tarde en la ontogénesis (E. Thorndike, 1925). W. Stern, utilizando consideraciones análogas, critica esa misma teoría en su aplicación al juego.
Un error de distinto tipo es el que comete P. P. Blonski cuando defiende —legítimamente— la validez de esta ley para el desarrollo embrionario desde el punto de vista de la biomecánica, haciendo ver que sería un milagro si no existiera. Blonski señala la naturaleza hipotética de tales consideraciones («no muy demostrables») para llegar finalmente a afirmarlas («puede ser así»). Es decir, tras fundamentar la posibilidad metodológica de la hipótesis de trabajo, el autor, en lugar de pasar al análisis y a la comprobación de la hipótesis, adopta el camino de Hall y explica ya el comportamiento del niño partiendo de analogías muy comprensibles: en el gusto del niño por trepar a los árboles ve la recapitulación, no de la vida de los monos, sino de los hombres primitivos, que sin embargo vivían entre rocas y hielos; en el acto de arrancar el empapelado de las paredes, ve el atavismo de arrancar la corteza de los árboles, etc. (P. P. Blonski, 1921). Lo más curioso de todo es 321 que este error conduce a Blonski a lo mismo que a S. Hall: a la negación del juego. Como señalan pues Gross y W. Stern, allí donde más analogías entre la ontogénesis y la filogénesis pueden extraerse es precisamente donde este paralelismo es más inconsistente. Afortunadamente, Blonski, como si diera un ejemplo de la ineludible presión de las leyes metodológicas del conocimiento científico, no recurre siquiera a términos nuevos; no ve la necesidad de denominar a la actividad del niño mediante un «término nuevo» (juego). Lo que nos hace ver que en su proceso metodológico ha perdido primero el significado del juego y luego, consecuentemente (lo cual le honra) renuncia también al término que expresa ese significado. Porque en realidad, si la actividad o el comportamiento del niño son atavismos, son sólo una recapitulación del pasado, entonces el término «juego» es impropio. Esa actividad no tiene nada en común con el juego del tigre, como ha mostrado Gross. Y la declaración de Blonski «No me gusta ese término» habría que traducirla metodológicamente así: «He perdido la comprensión y el sentido de ese concepto» (1921).
Sólo así, siguiendo cada principio hasta sus últimas conclusiones llevando cada concepto hasta el límite hacia el que tiende, analizando hasta el fin cada etapa de pensamiento, pensándola a veces desde la posición del autor, se puede determinar la naturaleza metodológica del fenómeno a analizar. Por eso, sólo en aquella ciencia en que el concepto ha sido originariamente acuñado y donde el concepto se ha desarrollado y ha sido llevado hasta el límite de su expresión, se le utiliza de forma consciente y no ciega. Cuando lo trasladamos a otra ciencia resulta ciego y no nos lleva a ninguna parte. Este tipo de ciega traslación del principio biogenético, del experimento o del método matemático, propios de las ciencias naturales, ha dado a la psicología la apariencia de algo científico, pero debajo de esta apariencia se oculta, de hecho, una total impotencia ante los fenómenos a estudiar.
Para acabar de cerrar definitivamente el círculo que describe el significado de este principio psicogenético, en la ciencia, veamos aún su último destino. Porque no se trata sólo de descubrir la esterilidad de un principio y de realizar su crítica, indicando los casos más curiosos y los amaños que hasta los escolares señalan con el dedo. Dicho de otro modo, la historia de un principio no finaliza con su simple eliminación fuera de las áreas que no le pertenecen, con la simple reprobación del mismo. Recordemos que ese principio extraño penetró en la ciencia a través del puente de los hechos, de analogías que en realidad existen y que nadie niega. Pero al tiempo que ese principio se afianzaba y hacía fuerte, ha ido aumentando el número de hechos, en parte falsos, en parte verdaderos, en que se apoya su imaginaria potencia. A la vez y, por su parte, la crítica de esos hechos y la del propio principio, atrae al área de análisis de la ciencia otros nuevos hechos. Y el problema no se limita a los hechos: la crítica debe hallar una explicación de hechos enfrentados, de modo que al final ambas teorías llegan a, asimilarse y se llega, sobre esa base, a una degeneración del principio. 322
Bajo la presión de los hechos y de las teorías extrañas, el nuevo advenedizo (el principio psicogenético) modifica su faz. Con el principio biogenético sucedió lo mismo: degeneró, y hoy se presenta en psicología bajo dos distintas formas (señal de que el proceso de degeneración aún no ha terminado): 1) la teoría de lo útil, defendida por el neodarwinismo y por la escuela de Thorndike, que considera que el individuo y la especie están subordinados en su desarrollo a las mismas leyes; de ahí una serie de coincidencias pero también de no coincidencias: no todo lo que es útil para la especie en la etapa temprana lo es también para el individuo; 2) la teoría de la concordancia, defendida en psicología por Koffka y por J. Dewey, y en la filosofía de la historia por O. Spengler. Esta teoría supone que cualquier proceso de desarrollo tiene indispensablemente algunas etapas comunes y determinadas formas sucesivas; de lo más sencillo a lo más complicado y de los niveles inferiores a los superiores.
Queda aquí muy lejos de nuestra intención dictaminar acerca de la verdad de cualquiera de estas posturas, o entrar en el terreno de los hechos. Lo que nos interesa es seguir la dinámica de la reacción espontánea y ciega del cuerpo científico ante un objeto extraño, importado; seguir las formas de esa inflamación científica en función del tipo de infección, para pasar desde la patología a la norma: esclarecer las actividades y funciones normales de las diferentes partes integrantes: de los «órganos» de la ciencia. En eso consiste el objetivo y el significado de nuestro análisis, que aunque a veces parezca desviarse desarrolla la comparación, sugerida por Spinoza, de la psicología de nuestros días con un enfermo grave. Si situamos en el marco de esa metáfora el significado de nuestra última disgresión, podríamos resumir así nuestro análisis y conclusiones:
A partir del análisis del inconsciente, estudiamos al comienzo la naturaleza, la acción y el procedimiento de difusión de la infección, la penetración a partir de los hechos de una idea ajena, su conquista del organismo y la alteración de las funciones de éste. Al pasar luego al análisis de la biogénesis hemos podido estudiar la reacción del organismo, la lucha contra la infección, la tendencia dinámica a absorber, a expulsar, neutralizar y asimilar el cuerpo extraño y a regenerarse y movilizar fuerzas contra el contagio: hablando en términos médicos, a producir anticuerpos y producir inmunidad. Queda la última y tercera etapa: separar los fenómenos de la enfermedad y las reacciones, lo sano y lo enfermo, los procesos de infección y de recuperación. Abordaremos esto, con el análisis de la terminología científica, en la tercera y última disgresión, para pasar de ahí directamente a formular el diagnóstico y el pronóstico de nuestro enfermo: la naturaleza, el sentido y la salida de la crisis que se está desarrollando.
Apartado 9
Si alguien quisiera hacerse una idea objetiva y clara de la situación que vive ahora la psicología y de las dimensiones. de la crisis, le bastaría con 323 estudiar el lenguaje psicológico, su nomenclatura y su terminología, el vocabulario y la sintaxis del psicólogo. El lenguaje, el científico en particular es el instrumento del pensamiento, el instrumento de análisis, y basta con mirar el instrumento que utiliza la ciencia para comprender el carácter de las operaciones a que se dedica. Los lenguajes altamente desarrollados y exactos de la física moderna, de la química, de la fisiología (sin hablar ya de las matemáticas donde desempeña un papel esencial), se han ido formando y perfeccionando a la vez que se desarrollaban cada una de esas ciencias, y esto no ha ocurrido en modo alguno espontáneamente, sino que se ha producido conscientemente: bajo la influencia de la tradición, de la crítica, de la creatividad terminológica acuñada por las propias sociedades y los congresos científicos.
El lenguaje psicológico actual es, ante todo, insuficientemente terminológico: eso significa que la psicología no posee aún su lenguaje. En su vocabulario encontramos un conglomerado de tres clases de palabras:
1) Palabras del lenguaje cotidiano, vagas, polisemánticas y adaptadas a la vida práctica. A. F. Lazurski culpaba de ello a la psicología de las aptitudes; yo he logrado mostrar que eso es también aplicable al lenguaje de la psicología empírica e incluso, en parte, al del propio Lazurski (L. S. Vygotski, 1925). Como prueba basta recordar las dificultades con que topan los traductores en psicología —tomemos por ejemplo el sentido de la vista (sentido en el significado de sensación)— para apreciar el metaforismo, la inexactitud del lenguaje cotidiano;
2) También ensucian el lenguaje de los psicólogos las palabras del lenguaje filosófico que han perdido ya su conexión con el significado original, asimismo polisemánticas, como consecuencia de la lucha entre las distintas escuelas filosóficas, y enormemente abstractas. A. Lalande ve en ellas la principal fuente de imprecisión en psicología: los tropos de este lenguaje favorecen un, pensamiento indeterminado; las metáforas, valiosas como ilustración, son peligrosas como fórmulas; llevan a la personificación de los hechos y las funciones psicológicas; los, sistemas o teorías se interpretan a través de -ismos, entre los cuales se inventan o imaginan pequeños dramas mitológicos (L. Lalande, 1929);
3) Finalmente, los vocablos y formas del lenguaje tomados de las ciencias naturales y empleados en sentido figurado, sirven directamente para engañar. Cuando un psicólogo razona sobre la energía y la fuerza, incluso sobre la intensidad, o cuando se refiere a la excitación, etc., encubre siempre tras una palabra científica un concepto no científico bien engañando directamente o bien resaltando, una vez más, la absoluta vaguedad del concepto, al que denomina con un término exacto pero ajeno.
La oscuridad de este lenguaje psicológico, señala con acierto Lalande, proviene tanto de la sintaxis como del vocabulario: en la propia construcción de la frase psicológica no encontramos menos dramas mitológicos que en el vocabulario. Y a ello añadiría yo que el estilo, la manera de expresarse de la ciencia desempeña no menor papel. En una palabra, todos los elementos, 324 todas las funciones del lenguaje llevan las huellas de la edad de la ciencia que los utiliza, y determinan así el carácter de su labor.
Sería erróneo pensar que los psicólogos no se han dado cuenta de la mezcolanza, la inexactitud y el carácter mitológico de su lenguaje. Apenas encontramos un solo autor que no se haya detenido de una forma u otra en el problema de la terminología. En realidad, los psicólogos pretendían describir, analizar y estudiar cosas especialmente delicadas y plenas de matices, y trataban de transmitir las incomparables particularidades de las ciencias espirituales, hechos sui generis, aquéllos donde por primera vez la ciencia trataba de transmitir la propia sensación, es decir, cuando planteaba a su lenguaje tareas de las que habitualmente se ha ocupado la expresión literaria. De ahí que los psicólogos aconsejaran aprender psicología en los grandes novelistas, pues ellos mismos hablaban el idioma de la literatura impresionista, e incluso los mejores, los psicólogos de estilo más brillante, se veían impotentes para crear una lengua exacta y escribían de forma metafóricamente expresiva: inculcaban, dibujaban, representaban, pero no protocolizaban. Así son James, Lipps, Binet.
El VI Congreso Internacional de psicólogos celebrado en Ginebra (1909) planteaba esta cuestión en el orden del día y publicó dos comunicaciones —de J. Baldwin y E. Claparéde—, pero no se pasó allí de establecer las reglas de las posibilidades lingüísticas, a pesar de que Claparéde trató de definir 40 términos de laboratorio. El diccionario de Baldwin en Inglaterra, el diccionario técnico y crítico de filosofía en Francia, han hecho mucho, pero a pesar de ellos la situación empeora de año en año y resulta imposible leer un libro nuevo sirviéndose de estos diccionarios. La enciclopedia de donde he extraído estos datos plantea como una de sus tareas introducir rigidez y estabilidad en la terminología, pero da pie a una nueva inestabilidad, al introducir un nuevo sistema de signos (J. Dumas, 1924).
El lenguaje no es sino una evidente muestra de los cambios moleculares que vive la ciencia; refleja procesos internos y no formalizados —tendencias de desarrollo, reforma y crecimiento. Admitamos por tanto el principio de que el confuso estado del lenguaje de la psicología refleja el confuso estado de nuestra ciencia. No entraremos más a fondo en la esencia de esta relación: la tomaremos como punto de partida para analizar los actuales cambios moleculares o terminológicos en psicología. Quizá podamos leer en ellos el des-tino presente y futuro de la ciencia.
Comencemos, ante todo, por quienes frontalmente son partidarios de negar una significación esencial al lenguaje de la ciencia y consideran esta discusión una logomaquia escolástica. Así, Chelpánov ve en la intención de sustituir la terminología subjetiva por otra objetiva una pretensión ridícula, el colmo del absurdo. Cita para respaldar su tesis a los zoopsicólogos (Th. Beer, A. Bethe, Ya. I. Ikskiul) que decían «fotorreceptor» en lugar de «ojo», «estiborreceptor» en lugar de «nariz», «receptor» en lugar de «órgano de los sentidos», etc. (G. I. Chelpánov, 1925). 325
En esa misma vena, G. I. Chelpánov, se inclina a reducir a un mero juego de términos la reforma llevada a cabo por los behavioristas; piensa que en las obras de J. Watson la palabra «sensación» o «representación» ha sido sustituida por «reacción». Para mostrar al lector la diferencia entre la psicología corriente y la de un behaviorista, Chelpánov cita ejemplos del nuevo modo de expresión: «En la psicología actual se dice: «Si un nervio óptico cualquiera se excita con una mezcla de ondas de colores complementarias surgirá en él la conciencia del color blanco». Según Watson, en este caso hay que decir: Reacciona a ella como a color blanco» (1926). Deducción triunfante del autor: el problema no varía con la palabra empleada; la única diferencia consiste en las palabras. Pero ¿es así realmente? Para un psicólogo como Chelpánov lo es indudablemente. Quien no investiga ni descubre algo nuevo no puede comprender por qué los investigadores introducen nuevas palabras para los nuevos fenómenos. Para quien no tiene un punto de vista propio sobre las cosas y acepta lo mismo a Spinoza y a Husserl, a Marx y a Platón, considerar la sustitución de un término como algo esencial es una pretensión vana. Quien asimila eclécticamente —por orden de aparición— todas las escuelas, corrientes y tendencias existentes en Europa Occidental necesita un lenguaje confuso, indeterminado, nivelador, cotidiano, por ej.: «como se dice en la psicología tradicional». Para quien piensa la psicología únicamente en forma de manual defender el lenguaje cotidiano pasa a ser una cuestión vital y, puesto que toda una muchedumbre de psicólogos empíricos pertenece a ese tipo, esa psicología habla esa mezcolanza de jerga abigarrada, en la que la conciencia del color blanco es un simple hecho, sin ulterior crítica.
Para Chelpánov, estas distinciones son un capricho, una excentricidad. Sin embargo, ¿por qué esa excentricidad es tan regular? ¿No hay en ella algo necesario? Watson y Pavlov, Béjterev y Kornilov, Bethe y Ikskiul (el informe de Chelpánov puede ser ampliado ad libitum en cualquier esfera de la ciencia), Köhler y Koffka, y otros y otros, dan pruebas de esa excentricidad. Es decir, que la tendencia a introducir una nueva terminología encierra cierta necesidad objetiva.
Podemos decir de antemano que la palabra, al nombrar un hecho, proporciona al mismo tiempo la filosofía del hecho, su teoría, su sistema. Cuando digo: «conciencia del color», poseo unas asociaciones científicas, el hecho se incorpora a una serie de fenómenos, doy un significado al hecho; sin embargo cuando digo «reacción a lo blanco», todo es completamente distinto.
Pero Chelpánov sólo finge cuando afirma que es únicamente una cuestión de palabras. Porque su propia tesis («las reformas en la terminología no son necesarias»), es la conclusión de otra tesis: no son necesarias reformas en la psicología. No hay necesidad de explicar que Chelpánov se ha enredado en una serie de contradicciones: afirma por un lado que Watson cambia únicamente las palabras y sostiene por otro que el behaviorismo desfigura la psicología. Pero una de dos: o Watson juega con las palabras, en cuyo caso el behaviorismo es la cosa más-inocente, una alegre anécdota, como le gusta 326 imaginar a Chelpánov para tranquilizarse o, tras el cambio de las palabras, se oculta el cambio de los problemas, y entonces el cambio de palabras no es algo tan cómico. La revolución arranca siempre a las cosas los nombres viejos tanto en política como en ciencia.
Pero pasemos a ocuparnos de aquellos autores que sí son conscientes de la significación que se oculta tras palabras nuevas: para ellos está claro que los nuevos hechos y el nuevo punto de vista hacia ellos obliga a nuevas palabras._ Esos psicólogos se dividen en dos grupos: unos, los eclécticos puros, que mezclan alegremente los viejos y los nuevos vocablos y ven en ello una ley eterna; otros, sin embargo, hablan en ese lenguaje mixto por necesidad, no coinciden con ninguna de las partes en litigio y tratan de llegar a un idioma único creando el suyo propio.
Hemos visto que eclécticos tan manifiestos como Thorndike utilizan el término «reacción» tanto para el carácter, la destreza, la acción, para lo objetivo y lo subjetivo. Al no saber resolver el problema de la naturaleza de los fenómenos a estudiar y de los principios de análisis, despoja simplemente de significado tanto a los términos subjetivos como a los objetivos y las unidades «estimulo-reacción» son simplemente para él una forma cómoda de describir los fenómenos.
Otros, como V. P. Pillsburi, hacen del eclecticismo un principio: las discusiones sobre el método general y sobre las perspectivas pueden interesar quizá al psicólogo técnico. Las sensaciones y las percepciones las formula en términos de los estructuralistas, mientras que los actos, de cualquier género que sean, en los de los behavioristas; en lo que a él respecta se inclinan hacia el funcionalismo. La diferencia de términos conduce a una discordancia; pero él prefiere ese empleo de términos de muchas escuelas a los de una sola (V. B. Pillsberi, 1917). Y siendo consecuente con esa postura, nos muestra con ejemplos de la vida cotidiana y con palabras aproximadas, a qué se dedica la psicología, en lugar de ofrecer una definición formal; al exponer tres definiciones de la psicología como ciencia del alma, de la conciencia y del comportamiento, llega a la conclusión de que estas diferencias pueden no tenerse en cuenta al describir la vida espiritual. Es evidente que también la terminología es indiferente para nuestro autor.
Koffka (1925) y otros han tratado de ofrecer una síntesis al nivel de principios de la vieja y nueva terminologías. Estos autores comprenden perfectamente que la palabra es la teoría del hecho designado, y por eso, tras dos sistemas distintos de términos ven dos sistemas distintos de conceptos: el comportamiento tiene dos aspectos (el que está al alcance de la observación científico-natural y el que está al alcance de la sensación), a los que responden los conceptos funcional y descriptivo. Los conceptos y los términos funcionales-objetivos pertenecen a la categoría de lo científico natural, mientras que los conceptos y términos fenoménico-descriptivos le resultan (al comportamiento) absolutamente extraños. Con frecuencia, este hecho aparece velado por la lengua, que no siempre dispone de términos 327 concretos para uno y otro género de conceptos, ya que el lenguaje cotidiano no es el lenguaje científico.
El mérito de los norteamericanos consiste en que han combatido el anecdotismo subjetivo en la psicología animal, pero nosotros no tendremos miedo a emplear conceptos descriptivos al explicar el comportamiento de los animales. Los norteamericanos han ido demasiado lejos, son demasiado objetivos.
Y de nuevo, nos encontramos con algo realmente curioso: la teoría de la Gestalt, profundamente doble en su interior (que refleja y une en su seno dos tendencias contrapuestas que, como mostraremos más adelante, determinan de hecho todo el problema de la crisis y su destino) quiere conservar por principio y para siempre un lenguaje doble, ya que parte de la doble naturaleza del comportamiento. No obstante, las ciencias no estudian lo que se encuentra en estrecha vecindad en la naturaleza, sino lo que es próximo y homogéneo conceptualmente. ¿Cómo puede existir una ciencia sobre dos géneros, sobre clases de fenómenos totalmente distintas, que exigen evidentemente dos métodos diferentes, dos principios explicativos, etc.? Porque es la unidad del punto de vista sobre el objeto lo que asegura la unidad de la ciencia. ¿Cómo cabe estructurar una ciencia desde dos puntos de vista? De nuevo, la contradicción en los términos responde exactamente a la contradicción en los principios.
La cuestión es algo distinta en el otro grupo (fundamentalmente entre los psicólogos rusos), el de quienes utilizan tanto unos términos como los otros, pero que ven en ello una concesión a la época de transición. Este entretiempo, según expresión de un psicólogo, exige ropa que combine la pelliza y el traje de verano, algo de más abrigo y algo más ligero. Así, Blonski sostiene que la cuestión no consiste en cómo denominar los fenómenos a estudiar, sino en cómo interpretarlos. Utilizamos el vocabulario habitual de nuestra lengua, pero en esas palabras corrientes introducimos el contenido correspondiente a la ciencia del siglo XIX. No se trata de evitar la expresión: «El perro se enfada». De lo que se trata es que, esa frase no sea una explicación, sino un problema (P. P. Blonski, 1925). De hecho, aquí se encierra una condena total de la vieja terminología: porque utilizando esa terminología esta frase pretendía ser precisamente una explicación. Sin embargo lo importante es que para convertirse en un problema científico esa frase deberá formularse de una manera apropiada y no mediante términos populares. Aquéllos a quienes Blonski llama pedantes de la terminología perciben mejor que él, de hecho, que tras esa frase se oculta un contenido, condensado en ella por la historia de la ciencia. Siguiendo a Blonski, muchos emplean dos lenguajes, sin considerar sin embargo que ello implique una cuestión de principio. Así lo, hace K. N. Kornilov, así lo hago yo, repitiendo la reflexión de Pavlov: ¿que importancia tiene cómo llamarlos: psíquicos o nerviosos compuestos?
Pero, a pesar de todo, los ejemplos que hemos puesto muestran ya límites de un bilingüismo de este tipo. Y aquí, los límites demuestran aun con mayor claridad lo mismo que nos ha indicado nuestro análisis previo de 328 los elementos anteriores: el bilingüismo es el signo externo de una dualidad del pensamiento. Se puede hablar empleando dos idiomas siempre que se expongan contenidos distintos o dos aspectos distintos de ese contenido y entonces qué importancia tiene realmente cómo se les llame.
Recapitulemos pues: los psicólogos empíricos necesitan un lenguaje cotidiano indeterminado, confuso, plurisemántico, vago, un lenguaje tal, que lo dicho en él se pueda hacer concordar con cualquier cosa —hoy con los padres de la Iglesia, mañana con Marx—; necesitan términos que no ofrezcan una calificación filosófica clara de la naturaleza del fenómeno y ni siquiera una descripción clara del mismo, porque los psicólogos empíricos no comprenden con claridad y no ven con claridad su objeto. Los eclécticos necesitan de manera provisional dos lenguajes mientras se mantienen dentro del punto de vista ecléctico, pero en cuanto abandonan ese terreno y tratan de designar y describir de nuevo el hecho descubierto, dejan de ser indiferentes al lenguaje, a la palabra.
Así, K. N. Kornilov, al descubrir un nuevo fenómeno, está dispuesto a reconvertir toda el área a la que atribuye este fenómeno, todo un capítulo de la psicología en una nueva ciencia —la reactología (K. N. Kornilov, 1922) y en otro lugar contrapone el reflejo a la reacción y aprecia una diferencia esencial entre uno y otro término. Las bases de uno y otro término suponen dos filosofías y dos metodologías totalmente distintas. Para él, la reacción es un concepto biológico, mientras que el reflejo es un concepto fisiológico estricto; el reflejo sólo es objetivo, la reacción subjetivo-objetiva. De modo que parece claro que el fenómeno adquiere un significado si lo denominamos reflejo y otros si lo denominamos reacción.
Llamar a las cosas de una u otra forma no es pues algo indiferente, y la pedantería está justificada cuando está respaldada por la investigación o la filosofía, porque es consciente de que un error en las palabras implica un error en la comprensión. No en balde ve Blonski una coincidencia entre su trabajo y el ensayo de psicología de L. Jemson —un espécimen característico de la mentalidad pequeño burguesa y del eclecticismo de la ciencia (L. Jemson, 1925)—. En la frase «el perro se enfada» no cabe ver un problema, porque como ha mostrado acertadamente Schelovánov, la elección del termino responde al punto final y no al inicial de la investigación: en cuanto se designa tal o cual complejo de reacciones con un término psicológico cualquiera, pueda darse por descartado cualquier intento ulterior de análisis (N. M. Schelovánov, 1929). Si Blonski hubiera abandonado el terreno del eclecticismo como Kornilov, y hubiera elegido el campo de la investigación o de los principios se habría enterado de esto. Ni a un solo psicólogo hubiera dejado de ocurrírsele.
Y un observador tan irónico habitualmente respecto a las «revoluciones terminológicas» como Chelpánov, adopta de repente una sorprendente Pedantería y protesta contra la denominación de «reactología». Como si fuera un pedante maestro de escuela chejoviano proclama que ese término Provoca perplejidad, en primer lugar, etimológicamente y en segundo lugar, 329 teóricamente. La formación etimológica de la palabra es totalmente errónea, declara con aplomo el autor —habría que haber dicho «reactiología». Naturalmente, eso es el colmo del analfabetismo lingüístico y supone la más completa infracción de todos los principios terminológicos del VI Congreso, que trabaja sobre la base internacional (greco-latina) de construcción de los términos, puesto que, por lo que parece, Kornilov ha construido su término, no partiendo de la palabra «reacción», de Nizhni Nóvgorod, sino de ob reactio, y por tanto de forma totalmente correcta. Y hubiera tenido entonces su interés ver cómo habría traducido Chelpánov «reacciología» al francés, alemán, etc. Pero en realidad no se trata de eso, sino de otra cosa: según declara Chelpánov, en el sistema de las concepciones psicológicas de Kornilov, ese término no tiene, aparentemente, cabida. Pero pensemos con propiedad. Lo importante es reconocer el valor del término dentro del sistema conceptual. Resulta que dentro de una cierta interpretación, incluso la reflexología tiene su raison d étre.
Que no se piense que estas pequeñeces carecen de importancia por el hecho de ser excesivamente enrevesadas, contradictorias, equivocadas, etc. Ahí está justamente la diferencia entre un punto de vista científico y uno práctico. H. Münsterberg ha aclarado que al jardinero le gustan sus tulipanes y le disgusta la maleza, mientras que al botánico, que describe y explica, no le gusta ni le disgusta nada, y desde su punto de vista no puede ni gustarle ni disgustarle nada. Para la ciencia del hombre, dice, la estupidez humana ofrece no menos interés que la sabiduría humana: es un material indiferente, cuya única pretensión sería su existencia como eslabón de una cadena de fenómenos (H. Münsterberg, 1922). Para el psicólogo ecléctico —a quien le es indiferente la terminología— un hecho, en cuanto eslabón de una cadena de fenómenos, adquiere repentinamente, y en relación con la posición que ocupa, una importancia primordial, y pasa a revestir entonces un gran valor metodológico. Y también tiene un gran valor que otros autores eclécticos lleguen por igual camino a lo mismo a que ha llegado también Kornilov: ni el reflejo condicionado, ni el concatenado les parecen lo suficientemente claros ni comprensibles: la base de la nueva psicología la constituyen las reacciones, y toda la psicología desarrollada por Pavlov, Béjterev y J. Watson no se denomina reflexología ni behaviorismo, sino psychologie de la reaction, es decir, reactología. Aunque los eclécticos lleguen a conclusiones opuestas sobre algo, hay algo que les aproxima: el procedimiento, el proceso, en el que ellos encuentran, en general, sus conclusiones.
Esa misma regularidad la hallamos en todos los reflexólogos —ya sean investigadores o teóricos. Watson está convencido de que podemos escribir un curso de psicología y no emplear las palabras «conciencia», «contenido», «introspección comprobada», «imaginación», etc. (1926). Y para él, esa opción no es simplemente una cuestión terminológica, sino sustancial: lo mismo que el químico no puede hablar en el idioma de la alquimia y el astrónomo en el del horóscopo. Y pone un magnífico ejemplo: la diferencia entre la reacción óptica y la imagen óptica tiene para él una gran importancia teórica, 330 ya que en ella se encierra la diferencia entre el monismo consecuente y el dualismo consecuente (Ibídem). Para él, la palabra es un tentáculo, con el que la filosofía abarca el hecho. Son innumerables los volúmenes que se han escrito desde la terminología de la conciencia, pero por mucho valor que ofrezcan, la conciencia sólo puede ser definida y expresada traduciéndola al idioma objetivo. Porque la conciencia y lo demás, según el pensamiento de Watson, son sólo expresiones indeterminadas. Y la nueva línea rompe a la vez con las teorías y con las terminologías habituales. Watson condena la «psicología del comportamiento de medias tintas» (que perjudica a toda esta corriente) y afirma que si los principios de la nueva psicología no son capaces de conservar toda su claridad, sus límites se verán deformados y oscurecidos y este enfoque perderá su valor. A consecuencia de esa vaguedad, se hundió la psicología funcional. Si el behaviorismo tiene futuro deberá romper por completo con el concepto de conciencia.
No obstante, Watson no ha decidido si convertirse en el sistema dominante en psicología o mantenerse simplemente como una concepción metodológica. De ahí que tome con excesiva frecuencia la metodología del sentido común como base de la investigación, pues en su intento de liberarse de la filosofía se desliza hacia el punto de vista del «individuo corriente», entendiendo por individuo corriente, no las principales características de la praxis de la persona, sino el sentido común del negociante norteamericano medio. En su opinión, el hombre corriente debe aplaudir el behaviorismo, pues la vida cotidiana le ha enseñado a actuar y, por tanto, al tomar contacto con la ciencia de la conducta no sufre ningún cambio en el método ni variación alguna en el objeto (Ibídem).
Pero justamente ahí recibe el behaviorismo su veredicto: el estudio científico exige irremisiblemente cambios en el objeto (es decir, exige elaborar este objeto en conceptos) y en el método. Sin embargo, los psicólogos behavioristas interpretan el comportamiento de manera cotidiana, y en sus razonamientos y descripciones hay mucho de la forma pequeño burguesa de opinar. Por eso, tanto el behaviorismo radical como el de compromiso no logran establecer —ni en su estilo y lenguaje ni en sus principios y método— una frontera entre la interpretación de la vida habitual y la de lo vulgar. Liberando de la «alquimia» al lenguaje, los behavioristas lo han vuelto a ensuciar con un lenguaje vulgar y no termino-lógico. Eso les acerca a Chelpánov: la única diferencia debe atribuirse a las distintas costumbres del pequeño burgués norteamericano y del ruso. De ahí que el reproche que se hace a la nueva psicología de que es una psicología pequeño burguesa es, en parte, cierto.
Pavlov relaciona esa vaguedad del idioma, que Blonski considera sólo falta de pedantería, con el fracaso de los norteamericanos. Ve en ello un «error patente», que frena el éxito del enfoque y que sin duda será corregido tarde o temprano. Se trata del empleo en la investigación del comportamiento de los animales —en esencia objetiva—, de conceptos y clasificaciones psicológicas. Ahí tienen su origen, la mayoría de las veces, el carácter casual y complicado 331 de sus procedimientos metodológicos, y siempre, la incoherencia y la falta de sistema de un material, que carece de fundamento planificado (1950, pág. 237). No cabe expresar con mayor claridad el papel y la función del lenguaje en la investigación científica. Y Pavlov debe su éxito a su enorme coherencia metodológica, ante todo en el lenguaje. Sus investigaciones sobre la actividad de las glándulas salivales en los perros ha pasado a convertirse en la doctrina de la actividad del sistema nervioso superior de los animales --exclusivamente-- y de su comportamiento, porque él ha elevado el estudio de la secreción salival a una enorme altura teórica y ha creado un sistema diáfano de conceptos, que ha servido de base a la ciencia.
La intransigencia de Pavlov en las cuestiones metodológicas es digna de admiración. Su libro nos introduce en el laboratorio de sus investigaciones y nos enseña a crear el idioma científico. Para empezar, (¿qué importancia tiene cómo denominar un fenómeno? Sin embargo, paulatinamente, cada paso que damos, se refuerza con una palabra nueva, cada nueva regularidad exige un término y aclara el significado y el valor de uso de los términos nuevos. La elección de los términos y de los conceptos predetermina el resultado de la investigación: «¿cómo habría sido posible superponer el sistema de conceptos carentes de espacio de la psicología moderna a la construcción material del cerebro?» (Ibídem, pág. 254).
Cuando E. Thorndike habla de la reacción del humor y la estudia, crea conceptos y leyes que nos desvían del cerebra. Para Pavlov, recurrir a este método es una cobardía. Thorndike recurre con frecuencia a explicaciones psicológicas, en parte por costumbre y en parte debido a cierto alejamiento mental». «Pero pronto comprendí en qué consistía su flaco servicio. Me encontraba en dificultades cada vez que no vela la conexión entre los fenómenos, Sus aportaciones a la psicología estaban encerradas en las palabras: «el animal recordó», «el animal quiso», 'el animal acertó», es decir, se trataba tan sólo de un procedimiento adeterminista de pensar, que prescindía de una causa real» (la cursiva es mía. —L. V.) (Ibídem, págs. 273-274). En el modo de expresión de los psicólogos Pavlov ve una ofensa al pensamiento serio.
Y cuando Pavlov implanta en el laboratorio una multa por emplear términos psicológicos ese hecho no tiene menos importancia ni es menos significativo para la historia de la teoría de la ciencia que la discusión sobre el símbolo de la fe para la historia de la religión. Sólo Chelpánov puede reírse de eso: como científico, Pavlov no multa por utilizar un término inadecuado en un manual, ni en la exposición de la asignatura, sino en el laboratorio —durante d proceso de investigación—. Por supuesto, que lo que la multa castigaba era el pensamiento no causal, carente de espacio, indefinido y mitológico, que a través de esa palabra se inoculaba en el proceso de la investigación y que amenazaba con hacer saltar toda la indagación (como ocurre en el caso de los psicólogos norteamericanos) con introducir la incoherencia, la falta de sistema, con arrebatar el fundamento.
Pero Chelpánov no llega ni a sospechar que los nuevos vocablos pueden ser necesarios en el laboratorio y en la investigación y que el 332 significado y el sentido de ésta están determinados por las palabras empleadas. Critica a Pavlov, diciendo que «inhibición» es una expresión confusa e hipotética, y que lo mismo cabe decir respecto al término «desinhibición» (G. I, Chelpánov, 1925). Es verdad que no sabemos la que sucede en el cerebro durante la inhibición. A pesar de ello es un concepto magnífico, diáfano: ante todo, está terminologizado, es decir, exactamente determinado en su significado y límites. En segundo lugar, es honrado, es decir, que dice todo y únicamente lo que sabe. Y aunque aún no tengamos hoy completamente claros los procesos de inhibición en el cerebro, la palabra y el concepto de «inhibición» están sin embargo completamente claros. En tercer lugar, es un concepto situado al nivel de los principios y es un concepto científico: es decir, introduce el hecho en el sistema, lo sitúa en un fundamento, lo explica hipotéticamente, pero a la vez causalmente. Naturalmente, nos representamos con más claridad el ojo que el analizador; es precisamente por eso por lo que la palabra «ojo» no dice nada en ciencia y el término «analizador óptico» dice menos y más que la palabra «ojo», comparándola con .a de otros órganos y ha conectado gracias a ese término (el analizador óptico) toda la vía sensorial que va desde el ojo hasta la corteza cerebral, y ha señalado su papel en el sistema de comportamiento: todo eso es lo que expresa el nuevo término. Que esas palabras nos deben, hacer pensar en las sensaciones visuales es verdad, pero el origen genético de la palabra y su significado terminológico son dos cosas absolutamente distintas. La palabra elegida no encierra en sí n da relativo a la sensación; puede utilizarla plenamente un ciego. Por eso, quienes tras Chelpánov tratan de descubrir en Pavlov un lapsus o ver fragmentos del lenguaje psicológico y de tacharle de inconsecuente no comprenden el significado de la cuestión: si Pavlov habla de la alegría, la atención, dé! idiota (del perro), eso significa tan sólo que el mecanismo de la alegría, la atención, etc., aún no ha sido estudiado, que se trata todavía de puntos oscuros del sistema y que no es una cuestión de principio o una contradicción.
Pero todo esto puede parecer erróneo si no se completa el razonamiento con la cara opuesta Naturalmente, la coherencia terminológica puede convertirse en una pedantería, en pura «palabrería», `en un cero a la izquierda (como en la escuela e Béjterev). ¿Cuándo sucede eso? Cuando la palabra se adosa como una etiqueta a un mercancía ya preparada y no nace durante el proceso de investigación. Entonces, no terminologiza, no delimita, sino que introduce confusión n el sistema de conceptos, convirtiéndolo en una mezcolanza.
Se trata en ese ca de una labor de nuevo etiquetado que no aclara absolutamente nada porque, naturalmente, no es difícil inventar todo un catálogo de denominaciones: reflejo de finalidad, reflejo de Dios, reflejo de derecho, reflejo de libertad, etc. A todo se le puede hallar su reflejo. Lo malo es que eso no s más que hacernos perder el tiempo: Y por consiguiente, no desmiente nada, sino que e acuerdo con el método del contrario confirma la regla general: las nuevas alabeas van al paso de las nuevas investigaciones. 333
Resumamos. Hemos visto que en cualquier campo la palabra, lo mismo que el sol en una gota de agua, refleja íntegramente los procesos y tendencias en el desarrollo de la ciencia. En la ciencia se despliega una cierta unidad en los principios del conocimiento, que va desde los principios más elevados hasta la elección de la palabra. ¿Qué nos proporciona esa unidad de todo el sistema científico? Un esqueleto metodológico de principios. El investigador, en la medida que no sea sólo un técnico, un registrador y un ejecutor, es siempre un filósofo, que durante la investigación y la descripción piensa en el fenómeno, y su forma de pensar se refleja en las palabras que utiliza. La multa pavloviana constituye la base de una extraordinaria disciplina de pensamiento: es la propia disciplina de la mente el fundamento de la interpretación científica del mundo, como la religión en el sistema monástico. Quien vaya al laboratorio con su palabra se verá obligado a repetir el ejemplo de Pavlov. La palabra es la filosofía del hecho, puede ser su mitología y su teoría científica. Cuando G. K. Lichtenberg decía: «Es denkt sollte man sagen, so wie man sagt: es blitz», combatía la mitología en el lenguaje. Decir cogito significa mucho, ya que ha de traducirse en: «Pienso». ¡Es que un fisiólogo estaría de acuerdo con decir: «Llevo a cabo una excitación en el nervio»? Decir «Pienso» y «Me parece» implica ofrecer dos teorías opuestas del pensamiento: así, toda la teoría de las actitudes mentales de Binet exige lo primero, la teoría de Freud lo segundo y la de Külpe unas veces la primera expresión y otras la segunda. Höffding cita con simpatía al fisiólogo Foster, quien afirma que a las impresiones del animal que carece de hemisferios cerebrales debemos denominarlas sensaciones... o habremos de crear para ellas una palabra totalmente nueva (H. Höffding, 1908, pág. 80), porque hemos tropezado con una categoría nueva de hechos y tenemos que elegir la forma en que hemos de pensarla: relacionándola con la vieja categoría o de una manera nueva.
Un autor ruso, N. N. Langue, comprendía el valor de la terminología. Al señalar que la psicología carece de sistema general, que la crisis ha quebrantado toda la ciencia psicológica, señala: «Se puede decir sin temor a exagerar que la descripción de cualquier proceso psíquico adopta un aspecto u otro según lo caractericemos y estudiemos en las categorías de distintos sistemas psicológicos, como los de: Ebbighaus o Wundt, Stumpf o Avenarius, Meinong o Binet, James o G. E. Miller. Naturalmente, el aspecto puramente real deberá en este caso seguir siendo el mismo; no obstante, en la ciencia, por lo menos en psicología, separar el hecho a describir de su teoría, es decir, de las categorías científicas con ayuda de las cuales se lleva a cabo su descripción, resulta con frecuencia muy difícil, y a veces hasta imposible, porque en psicología (como, por cierto, también en física, en opinión de Duhem) toda descripción es siempre ya una cierta teoría... Al observador superficial las investigaciones reales, sobre todo las de carácter experimental, le parecen independientes de estas divergencias en las categorías científicas fundamentales que separan diferentes escuelas psicológicas» (N. N. Langue 1914, pág. 43). Pero el propio planteamiento de la cuestión, el diferente 334 empleo de los términos psicológicos, encierran siempre una u otra interpretación de los mismos, que corresponde a una u otra teoría, y por consiguiente la totalidad del resultado real de la investigación se mantiene o desaparece a la par con la veracidad o la falsedad del sistema psicológico. Las investigaciones, observaciones y mediciones más exactas pueden, por tanto, resultar falsas o por lo menos perder su importancia si cambia el sentido de las principales teorías psicológicas.
Crisis de este tipo han destruido o desvalorizado conjuntos completos de hechos y han tenido lugar más de una vez en la ciencia. Langue (1914) las compara con los terremotos, que surgen debido a deformaciones profundas en las entrañas de la Tierra; así se produjo el hundimiento de la alquimia. El subalternismo, que tanto desarrollo ha alcanzado ahora en la ciencia, es decir, la separación entre la ejecución de la función técnica de la investigación (fundamentalmente el mantenimiento de los aparatos, de acuerdo con un patrón prefijado), por una parte y el pensamiento científico por otra, se refleja ante todo en la degradación del lenguaje científico. De hecho, eso es algo que conocen perfectamente todos los psicólogos que piensan que en las investigaciones metodológicas, el problema terminológico, que exige un complicadísimo análisis, en lugar de un simple informe, acapara la parte del león (L. Binsvanger, 1922). Para H. Rickert, la creación de una terminología monosemántica constituye la tarea principal de la psicología, anterior a toda investigación, porque en las descripciones primitivas hay que elegir los significados de las palabras, que «al generalizar, simplifiquen» la enorme diversidad y pluralidad de los fenómenos psíquicos (L. Binsvanger, 1922). De hecho, ya Engels expresó esa misma idea poniendo como ejemplo la química: «En química orgánica, la significación de un cuerpo, y también por tanto, de su nombre, no depende ya solamente de su composición, sino más bien del lugar de ese cuerpo en la serie a la que pertenece. Por consiguiente, si resulta que un cuerpo forma parte de tal o cual serie, nos encontraremos con que su antiguo nombre se convertirá en un obstáculo para su comprensión, y será necesario sustituirlo por un nombre de la serie (parafinas, etc.)», (K. Marx, F. Engels. Obras, t. 20, pág. 609). Lo que aquí ha alcanzado la rigidez de una regla química existe en forma de principio general en todo el campo del lenguaje científico.
«Paralelismo, —dice Langue-, es a primera vista una palabra inocente, que encubre, no obstante, un terrible pensamiento, el del carácter colateral y casual de la técnica en el mundo de los fenómenos físicos» (1914, pág. 96). Esta inocente palabra tiene una aleccionadora historia. Introducida por Leibniz, empezó a ser utilizada en la resolución del problema psicológico, que se remonta a Spinoza, cambiando muchas veces de nombre: Höffding la denomina hipótesis del subtexto, considerando que ésa es la «única denominación precisa y oportuna». Con frecuencia, el nombre de monismo, empleado corrientemente, es etimológicamente correcto, pero resulta inconveniente, Porque ha recurrido a él «la ideología imprecisa e inconsecuente». Las denominaciones de paralelismo y dualidad no valen, porque «exageran la idea 335 de que hay que pensar en lo espiritual y en lo material como en dos series de desarrollo totalmente independientes (casi como un par de rieles en la vía ferroviaria); y esa hipótesis es precisamente la que no reconoce». Hay que dar el nombre de dualidad no a la hipótesis de Spinoza, sino a la de C. Wolff (H. Höffding, 1908, pág. 91).
Por tanto, a una hipótesis le llaman, bien 1) monismo, bien 2) dualismo, bien 3) paralelismo, bien 4) identidad. Añadamos que el círculo de marxistas que resucitan esta hipótesis (como mostraremos más adelante): Plejánov y tras él Sarabiyánov, Frankfurt y otros, ven en ella precisamente la teoría de la unidad, pero no la identidad de lo psíquico y lo físico. ¿Cómo ha podido ocurrir eso? Evidentemente, esa misma hipótesis puede ser desarrollada sobre la base de distintas concepciones generales y puede llegar a tener tal o cual significado en función de ellas: unos subrayan en ella la dualidad, otros el monismo, etc. Höffding señala que no excluye una hipótesis metafísica más profunda, particularmente el idealismo (1908). Para entrar a formar parte de la concepción filosófica del mundo, las hipótesis exigen un nuevo tratamiento, que consiste en resaltar tal o cual aspecto. Es muy importante la aclaración de Langue: «El paralelismo psicofísico lo encontramos en los representantes de las más diversas corrientes filosóficas: en los dualistas (adeptos a Descartes) y en los monistas (Spinoza), en Leibniz (idealismo metafísico), en los positivistas-agnósticos (Bain, Spencer), en la metafísica voluntarista (Wundt y Paulsen)» (1914, pág. 76).
H. Höffding habla del inconsciente en cuanto, conclusión de una hipótesis de identidad «Actuamos en este caso de forma análoga al filólogo que completa un fragmento de un escritor antiguo por medio de un análisis contextual. El mundo espiritual es también, y en comparación con el mundo físico, un fragmento: sólo podemos completarlo con ayuda de una hipótesis...» (1908, pág. 87). Esa es la inevitable conclusión del paralelismo.
Por eso no le falta razón a Chelpánov cuando dice que hasta 1922 denominaba a esta doctrina paralelismo, y a partir de 1922, materialismo. Tendría toda la razón si su filosofía no se acomodara a las circunstancias de un modo mecánico. Lo mismo sucede con la palabra «función» (me refiero a función en el sentido matemático). En la fórmula: «la conciencia es una función del cerebro» nos hallamos ante la teoría del paralelismo, en la de «sentido fisiológico» estamos en presencia del materialismo. Por eso, cuando Kornilov introduce el concepto y el término de relación funcional entre la psique y el cuerpo y a pesar de reconocer el paralelismo de la hipótesis dualista, introduce sin darse cuenta esta teoría, porque, al rechazar el concepto de función en el sentido fisiológico, queda por tanto el segundo sentido (K. N. Kornilov, 1925).
Vemos, por consiguiente, que ya sea comenzando la descripción de un experimento desde hipótesis muy generales, o terminando con comentarios sobre detalles como los que hemos visto, la palabra refleja la dolencia de la ciencia. Lo específicamente nuevo que aprendemos del análisis de las palabras es la idea del carácter molecular de los procesos en la ciencia. Cada 336 célula del organismo científico descubre procesos de infección y de lucha. Y aquí encontramos una de las ideas centrales sobre el carácter del conocimiento científico: el conocimiento se nos manifiesta como un profundísimo proceso único. Finalmente, también verificamos la metáfora de lo sano y lo enfermo en los procesos de la ciencia y lo que es verdad acerca de la palabra lo es también acerca de la teoría. La palabra hace avanzar la ciencia en tanto en, cuanto que 1) entra en el lugar conquistado por la investigación, es decir, en tanto en cuanto responde al estado objetivo de las cosas, y 2) se suma a principios iniciales ciertos, es decir, a las fórmulas más generalizadas de este mundo objetivo.
Vemos, por tanto, que el estudio científico es a la vez, tanto el estudio del hecho como el del procedimiento de cognición de ese hecho. Con otras palabras, es el trabajo metodológico sobre la propia ciencia, en la medida en que ésta avanza o toma conciencia de sus conclusiones. La elección de la palabra implica ya un proceso metodológico. Es fácil ver el proceso simultáneo de la metodología y el experimento en Pavlov. Por tanto, la ciencia es filosófica hasta sus últimos elementos, hasta las palabras, está penetrada, por decirlo así, de metodología. Eso coincide con la concepción marxista de la filosofía como «ciencia de las ciencias», como la síntesis que penetra en la ciencia. En este sentido, dice Engels: «Cualquiera que sea la actitud que adoptan los naturalistas, la filosofía los domina siempre... Solamente cuando la ciencia de la naturaleza y de la historia hayan asimilado la dialéctica, sobrará y desaparecerá, absorbida por la ciencia positiva, toda la quincalla filosófica...» (K. Marx, F. Engels, Obras, t. 20, pág. 525).
Los naturalistas se figuran que se liberan de la filosofía cuando la ignoran, pero no son más que esclavos, prisioneros de la más detestable filosofía consistente en una mezcolanza de concepciones fragmentarias y carentes de sistema; puesto que los investigadores no pueden dar un paso sin pensar, y el pensamiento exige definiciones lógicas. La cuestión de cómo interpretar los problemas metodológicos: «separadamente de las propias ciencias» o introduciendo el análisis metodológico en la propia ciencia (en la formación, en la investigación) es un problema de conveniencia pedagógica. Tiene razón S. L. Frank cuando dice que todos los libros de psicología tratan problemas de psicología filosófica en los prólogos y las conclusiones (1917). Una cosa es, sin embargo, exponer la metodología —«introducir en la comprensión de la metodología»—, lo cual, repetimos, es cuestión de la técnica pedagógica; otra cosa, llevar a cabo la investigación metodológica. Eso exige un análisis especial.
La palabra científica tiende al signo matemático, es decir, al término puro. Porque la fórmula matemática está también constituida por una serie de palabras, pero palabras terminologizadas hasta el fondo y por eso convencionales en alto grado. Por eso, todo significado es científico, en tanto sea matemático (Kant). Pero el idioma de la psicología empírica es el antípoda directo del idioma matemático. Como han mostrado Locke, Leibniz y toda 337 la lingüística, todas las palabras de la psicología son metáforas tomadas de los espacios del universo.
Apartado 10
Pasemos a formulaciones positivas. A través de análisis fragmentarios de algunos elementos concretos de la ciencia, hemos aprendido a ver en ella un conjunto complejo, dinámico y que se desarrolla con regularidad. ¿Qué etapa de desarrollo está viviendo ahora nuestra ciencia, cuál es el significado y cuál es la naturaleza de la crisis que está padeciendo y cuál será su resultado? Pasemos a dar respuesta a estas preguntas. Cuando se conoce algo la metodología (y la historia) de las ciencias, la ciencia comienza a representársele a uno no como un conjunto muerto, acabado, inmóvil, integrado por principios preparados de antemano, sino como un sistema vivo, en constante evolución y avance, de hechos demostrados, leyes, suposiciones, estructuras y conclusiones, que se completan ininterrumpidamente, son criticados, comprobados, rechazados parcialmente, interpretados y organizados de nuevo, etc. La ciencia comienza a ser comprendida dialécticamente en su movimiento, desde la perspectiva de su dinámica, su crecimiento, desarrollo, evolución. Desde este punto de vista es como se debe valorar y comprender cada etapa de desarrollo. Por tanto, nuestro primer punto de vista es el reconocimiento de la crisis. En cuanto a su significado, es comprendido de modo muy diferente. He aquí las principales interpretaciones.
En primer lugar, hay psicólogos que niegan de plano la existencia de la crisis. Ese es el caso de Chelpánov y en general de la mayoría de los psicólogos rusos de la vieja escuela (sólo Langue y puede decirse que Frank se han dado cuenta de lo que sucede en nuestra ciencia). En opinión de esa mayoría de psicólogos, en nuestra ciencia todo marcha bien, igual que en mineralogía. La crisis ha llegado de fuera: algunas personas han emprendido la reforma de la ciencia, porque desde alguna ideología se ha exigido su revisión. Pero no contamos en nuestra ciencia con base objetiva que permita sostener ni lo uno ni lo otro. Es verdad que en el proceso de la discusión ha habido necesidad de reconocer que también en América han comenzado a reformar la ciencia, pero a los lectores se les ha ocultado cuidadosamente, puede que incluso sinceramente, que ninguno de los psicólogos que han dejado huella en la ciencia ha escapado de la crisis.
La primera interpretación —la negación de la crisis— es tan ciega, que no ofrece interés para nosotros. Basta para explicarla el que ese tipo psicólogos, de hecho eclécticos y popularizadores de ideas ajenas, no sólo no se han dedicado nunca a la investigación y a la filosofía de su ciencia, sino que ni siquiera han valorado críticamente cada nueva escuela. Lo han aceptado todo: la escuela de Wurtzburgo y la fenomenología de Husserl, el experimentalismo de Wundt-Titchener y el marxismo, Spencer y Platón. Estos individuos no sólo están teóricamente fuera de la ciencia respecto a los 338 grandes movimientos que se producen en ella, sino que tampoco juegan ningún papel en la práctica: los empíricos han traicionado la psicología empírica en su defensa de ella; los eclécticos han asimilado cuanto han sido capaces de las ideas contrarias a ellos; los popularizadores no pueden ser enemigos de nadie, popularizarán únicamente la psicología que triunfe. Ya ahora Chelpánov se preocupa mucho del marxismo; pronto estudiará la reflexología, y el primer manual del behaviorismo triunfante lo escribirá precisamente él o un discípulo suyo. En su conjunto son profesores y examinadores, mercaderes y. portadores de cultura, pero de sus escuelas no ha surgido una sola investigación de cierta importancia.
Otros ven la crisis, pero para ellos todo tiene un valor subjetivo. La crisis ha dividido la psicología en dos campos. Los límites entre ambos se establecen siempre entre el autor del punto de vista en cuestión y todo el resto del mundo. Pero, según expresión de Lotze, hasta el gusano medio aplastado contrapone su imagen a todo el universo. Ese es el punto de vista oficial del behaviorismo militante. Así, Watson cree que hay dos psicologías: la verdadera —la suya— y la falsa; la vieja muere a consecuencia de su carácter de compromiso; como mucho llega a ver la existencia de los psicólogos que buscan un compromiso; la tradición medieval, con la que no ha querido romper Wundt, ha arruinado la psicología sin alma U. Watson, 1926). Como puede observar el lector, Watson simplifica hasta el límite y no encuentra especial dificultad para transformar la psicología en ciencia natural. Eso coincide para Watson con el punto de vista del hombre consciente, es decir, con la metodología del sentido común. Y así valora también y en general, Béjterev las épocas de la psicología: todo lo anterior a él es erróneo, todo lo posterior, verdad. Así valoran la crisis muchos de los psicólogos: ése es, en calidad de subjetivo, el punto de vista más sencillo y más ingenuo. Los psicólogos de que nos hemos ocupado en el capítulo del inconsciente razonan también así: existe la psicología empírica, impregnada de idealismo metafísico, lo cual constituye una reminiscencia; y existe la verdadera metodología de la época, que coincide con el marxismo. Todo lo que no pertenece a lo primero es ya de por sí lo segundo, pues no hay un tercero. Y puesto que el psicoanálisis se contrapone frontalmente a la psicología empírica, ¡eso basta para reconocerlo como un sistema marxista! para esos psicólogos la crisis coincide con la lucha que están llevando. Hay aliados y enemigos, otras diferencias no existen.
No son mejores los diagnósticos objetivo-empíricos de la crisis: se calcula el número de escuelas y se establece la puntuación de la crisis. Allport, al enunciar las corrientes de la psicología norteamericana, adopta este punto de vista —el cómputo de escuelas—, la escuela de James y la de Titchener, el behaviorismo y el psicoanálisis. Enumera además toda una serie de unidades, que participan en el estudio de la ciencia, pero no realiza el menor intento por penetrar el significado objetivo de lo que defiende cada escuela, por comprender la dinámica de las relaciones entre cada una de ellas. 339
El error se hace aún más profundo entre aquellos que comienzan a percibir los aspectos esenciales de la crisis. Se borra entonces el límite entre esta crisis y cualquier otra, entre la crisis en la psicología y en cualquier otra ciencia, entre cualquier divergencia y discusión particular y la crisis, en una palabra, se admite un enfoque antihistórico y antimetodológico, que conduce por lo común al absurdo.
Yu. V. Portugálov, en su intento de demostrar el carácter provisional y relativo de la reflexología, no sólo se desliza hacia el más puro agnosticismo y relativismo, sino que llega incluso al absurdo. «En la química la mecánica, la electrofísica y la electrofisiología del cerebro, se está produciendo un cambio total, y hasta el momento no se ha demostrado nada de forma clara y determinada» (Yu. V. Portugálov, 1925, pág. 12). Las personas crédulas tienen puesta su confianza en las ciencias naturales, pero «por limitarnos a nuestro propio ambiente médico, ¿creemos, poniéndonos la mano en el pecho, creemos en la firmeza y estabilidad de las ciencias naturales... y creen ellas mismas... en su firmeza, estabilidad y veracidad?» (Ibídem). A continuación enumera todos los cambios teóricos en las ciencias de la naturaleza, mezclándolo todo en un montón; entre la falta de firmeza o la inestabilidad de una determinada teoría y todas las ciencias naturales se pone el signo de igualdad, lo que le sirve de base para dudar de la veracidad de estas últimas. Presenta así el proceso de cambio de teorías y de perspectivas en las ciencias como una demostración de su impotencia. Que esto es agnosticismo parece completamente claro, pero merece la pena que entresaquemos dos de sus puntos para comentarlos a continuación: 1) dentro del caos de concepciones con que se pintan las ciencias naturales, que no disponen ni de un solo punto de estabilidad, lo único firme resulta... la psicología infantil subjetiva, basada, en la introspección; 2) de entre todas las ciencias en que se demuestra la inconsistencia de las ciencias naturales, entre la óptica y la bacteriología, se incluye la geometría. Resulta que: Euclides dijo que la suma de los ángulos de un triángulo equivale a dos rectos; Lobachevski destrona a Euclides y demuestra que la citada suma es menos de dos rectos y Riemann destrona a Lobachevski y demuestra que es más de dos rectos» (Ibídem, pág. 13).
Tropezaremos más de una vez con la analogía entre la psicología y la geometría, por lo que merece la pena recordar esta muestra de a-metodología: 1) la geometría es una ciencia natural, 2) y así, Linneo, Cuvier, Darwin se «destronaron» también uno a otro, 3) del mismo modo que a Euclides, Lobachevski, y a éste G. F. B. Riemann; si finalmente Lobachevski destrona a Euclides y demuestra... Pero incluso la más elemental instrucción incluye la noción de que no se trata del conocimiento de triángulos reales, sino de figuras ideales en los sistemas matemáticos —sistemas deductivos, donde estos tres principios se desprenden de tres premisas distintas y no se contradicen, lo mismo que diferentes sistemas aritméticos de cómputo no se contradicen el sistema decimal. Todos ellos coexisten, y de ahí radica su sentido y su naturaleza metodológica. Pero ¿qué valor puede tener para diagnosticar la crisis en la ciencia inductiva un punto de vista que considera 340 crisis dos nombres cualesquiera en orden consecutivo, y toma como refutación de la verdad cualquier opinión nueva?
El más cercano a la realidad es el diagnóstico de K. N. Kornilov (1925), que ve la lucha de dos corrientes —la reflexología y la psicología empírica— y su síntesis: la psicología marxista.
Ya Yu. V. Frankfurt (1926) expone la opinión de que la reflexología no se puede encerrar en un simple paréntesis, que en ella existen tendencias y corrientes contradictorias. Eso es aún más cierto respecto a la psicología empírica. En absoluto existe una sólo psicología empírica. Pero este acerca-miento simplificado al problema responde a que había sido hecho como programa de acción, más bien con fines de orientación crítica y de delimitación de la crisis que de análisis de ésta. Para esto último le falta indicar las causas, la tendencia, la dinámica, la prognosis de la crisis; es tan sólo la agrupación lógica de los puntos de vista existentes en la URSS.
Por tanto, en todo lo que hemos visto hasta aquí, no figura una teoría de la crisis, sino una relación subjetiva de los estados mayores, desde el punto de vista de las partes en litigio. Lo importante aquí es vencer al enemigo, nadie quiere perder el tiempo en estudiarlo.
Más próximo a la teoría de la crisis está N. N. Langue, quien aporta ya un embrión de descripción de la misma. Sin embargo, siente más que comprende la crisis. No le podemos creer, ni siquiera en sus aclaraciones históricas. Para él, la crisis comienza con la caída del asociacionismo, con lo que toma así el motivo más cercano por la causa. Después de establecer que en psicología «tiene lugar actualmente cierta crisis general», continúa: «Consiste en la sustitución del antiguo asociacionismo por una nueva teoría psicológica» (N. N. Langue, 1914, pág. 43). Pero incluso eso es ya falso, aunque sólo sea porque nunca se ha reconocido que el asociacionismo sea un sistema psicológico reconocido universalmente o que constituya el alma de la ciencia, sino que ha sido y continúa siendo una de las corrientes en litigio, que se han visto reforzadas últimamente y que renacen en la reflexología y el behaviorismo. La psicología de J. S. Mill, Bain y Spencer nunca ha sido más que lo que es hoy. Ha venido luchando contra la psicología de las facultades U. Herbart), igual que sigue luchando hoy. Es una apreciación muy subjetiva ver en el asociacionismo la raíz de la crisis (Langue considera que la raíz de la crisis es la negación de la doctrina sensualista): pero en nuestros propios días, la teoría de la Gestalt formula el asociacionismo como el principal vicio de toda la psicología —incluida la novísima.
En realidad, no es una característica general la que agrupa a los partidarios de este principio. Existen fundamentos mucho más profundos para definir sus distintas agrupaciones. Tampoco es totalmente correcto limitar el problema a una lucha entre las concepciones de psicólogos individualizados: lo importante es descubrir lo que tienen de común y de contradictorio las opiniones individualizadas. La orientación equivocada de Langue en la crisis ha arruinado su propia labor: en su defensa del principio de la psicología realista, biológica, arremete contra Ribot y se apoya en 341 Husserl y otros idealistas extremos, que niegan la posibilidad de la psicología como ciencia natural. Pero hay algo, y no poco importante, que ha establecido acertadamente. He aquí aquéllas de sus tesis que consideramos correctas:
1. Ausencia de un sistema de ciencia universalmente reconocida. Cada una de las exposiciones sobre psicología de los más destacados autores está pensada según un sistema completamente distinto. Todos los conceptos y categorías principales se interpretan de diferente modo. La crisis abarca los propios fundamentos de la ciencia.
2. La crisis es destructora, pero benéfica: en ella se oculta el auge de la ciencia, su enriquecimiento, su fuerza, y no la impotencia y la quiebra. La seriedad de la crisis se debe al carácter intermedio del territorio de la psicología, entre la sociología y la biología, entre las cuales quería Kant dividir la psicología.
3. No es posible ningún trabajo psicológico sin establecer los principios fundamentales de esta ciencia. Antes de iniciar la construcción hay que poner los cimientos.
4. Finalmente, la tarea general —la creación de una nueva teoría— es un «sistema de ciencia renovado». No obstante, Langue concibe esta tarea de manera equivocada: consiste para él en la «valoración crítica de todas las corrientes psicológicas actuales y en el intento de concordarlas» (N. N. Langue, 1924, pág. 43). E igualmente trata de poner de acuerdo lo irreconciliable: Husserl y la psicología biológica; arremete, junto con James, contra Spencer y renuncia a la biología, junto con Dilthey. La idea de la posibilidad de un acuerdo va en él hasta dar por hecho que «el cambio ya se ha producido» «contra el asociacionismo y la psicología fisiológica» (Ibídem, pág. 47) y que todas las nuevas tendencias tienen en común el punto de partida y el objetivo. A eso se debe que caracterice de un modo globalista la crisis: terremoto, ciénaga, etc. Para Langue «ha llegado el período del caos» y la tarea a realizar es simplemente la «crítica y el análisis lógico» de diferentes opiniones, que tienen su origen en una causa común. Es exactamente el mismo cuadro de la crisis que pintaban durante la séptima década del siglo XIX los científicos que entonces participaban en esta lucha. El caso individual de Langue es el mejor testimonio de lucha de las fuerzas reales que actúan en la crisis y la determinan: en lugar de ver en la psicología la discusión y los problemas provocados por la crisis, considera que el postulado que necesariamente se desprende de la crisis es la unión de la psicología objetiva y subjetiva. Tras ello, desarrolla esta dualidad a través de todo el sistema. Y al oponer su interpretación realista o biológica de la psique a la concepción idealista de P. Natorp (1909), acepta de hecho la existencia de dos psicologías, como veremos más adelante.
Pero lo más curioso es que Ebbinghaus, a quien Langue considera asociacionista, es decir, psicólogo precrítico, define la crisis con mayor exactitud: en su opinión, la relativa imperfección de la psicología se manifiesta en que casi todos los problemas más generales del debate no han 342 dejado de estar en la palestra hasta hoy: En otras ciencias se da unanimidad en la totalidad de los principios últimos y de las concepciones fundamentales que han de servir de base a la investigación y cuando hay cambios no adquieren éstos el carácter de una crisis: el consenso se restablece pronto. Muy distinto es, en opinión de H. Ebbinghaus (1912), lo que sucede en psicología. Aquí, las concepciones básicas son objeto permanente de serias dudas, de constante discusión.
La falta de consenso constituye para Ebbinghaus un fenómeno crónico: la ausencia en la psicología de fundamentos claros y fidedignos. Ya Brentano, con cuyo nombre inicia Langue su cronología de la crisis, planteó en 1874 la exigencia de que en lugar de muchas psicologías se creara una sola. Evidentemente, entonces no sólo había muchas corrientes en lugar de un sistema, sino muchas psicologías. Ese es también ahora el más acertado diagnóstico de la crisis. También ahora los metodólogos afirman que nos hallamos en el mismo punto que señaló Brentano (L. Binsvanger, 1922). Eso significa que en psicología no se da simplemente una lucha de criterios, entre los que se puede conseguir llegar a un consenso y a los que une ya una comunidad de enemigo y de objetivo; ni siquiera se trata de una lucha de corrientes o de tendencias dentro de una misma ciencia, sino de una lucha entre ciencias distintas. Decir que hay muchas psicologías significa decir que luchan diferentes tipos reales de ciencia, que se excluyen mutuamente. El psicoanálisis, la psicología intencional, la reflexología, son todas ellas distintos tipos de ciencia, disciplinas independientes que tienden a transformarse en una psicología general: es decir, a subordinar y excluir a otras disciplinas. Ya hemos visto el significado y los rasgos objetivos de esta tendencia hacia una ciencia común. No existe mayor error que tomar esta lucha por una lucha de criterios. Binsvanger comienza recordando las exigencias de Brentano y la observación que hace Windelband de que para cada representante de la psicología, ésta comienza de nuevo. Y la causa de esto no consiste, según él, en la carencia de material real, que hay acumulado en exceso, como tampoco en la carencia de principios filosófico-metodológicos, que también son suficientes, sino en la carencia de una labor conjunta en psicología entre los filósofos y los empíricos: «No hay una sola ciencia en que la teoría y la práctica sigan caminos tan distintos» (L. Binsvanger, 1922, pág. 6). A la psicología le falta metodología, es la conclusión de este autor, y lo importante es que ahora no se puede crear la metodología. No cabe decir que la psicología general haya cumplido ya sus tareas como rama de la metodología. Por el contrario, se mire donde se mire, siempre reina la imperfección, la inseguridad, la duda, la contradicción. Tan sólo podemos hablar del problema de la psicología general e incluso ni siquiera hablar de él, sino sólo de una introducción al mismo (Ibídem, pág. 5). Binsvanger ve en los psicólogos «audacia y voluntad hacia la [creación de una nueva] psicología». Para eso tienen que romper con prejuicios, seculares, lo cual muestra un cosa: que hasta hoy no se ha creado la psicología general. No debemos preguntarnos, como hace Bergson, qué habría sucedido si Kepler, Galileo, o Newton 343 hubieran sido psicólogos, sino qué es lo que todavía puede suceder, a pesar de que estos tres ilustres científicos hayan sido matemáticos (Ibídem).
Puede parecer, por consiguiente, que el caos existente en la psicología es completamente natural y que el sentido de la crisis (tal como ésta ha sido comprendida en nuestra ciencia), es: existen muchas psicologías que, al tratar de definir una psicología general, tienden a crear una sola psicología. A la psicología le falta un Galileo, es decir, un genio que cree las bases fundamentales de la ciencia. Esa era la opinión general de la metodología europea, tal y como ésta tomó cuerpo a finales del siglo XIX. Algunos autores, principalmente franceses, siguen manteniendo esa opinión hoy día. En Rusia la ha defendido siempre Vágner (1923), que es casi el único psicólogo que se ha ocupado de cuestiones metodológicas y que llega a esa misma opinión sobre la base del análisis que realiza de «L´Année Psychologique», es decir, del resumen de la literatura universal. Su conclusión es: contamos, por consiguiente, con una serie de escuelas psicológicas, pero no tenemos una psicología global como área psicológica independiente. Pero que no la haya no significa que no pueda haberla (Ibídem). Únicamente la historia de la ciencia dará respuesta a la pregunta de dónde encontrarla.
Así fue de hecho como se desarrolló la biología. En el siglo XVII dos naturalistas establecieron el comienzo de dos sectores de la zoología: Buffon, el dedicado a la descripción de los animales y de su modo de vida, y Linneo a su clasificación. Paulatinamente fueron haciendo acto de presencia una serie de nuevos problemas, surgió la morfología, la anatomía, etc. Esas investigaciones se desarrollaban de forma aislada y eran como ciencias separadas, que no guardaban una con otra la menor relación, aparte de que todas ellas estudiaban los animales. Las distintas ciencias se enfrentaban entre sí, trataban de ocupar una posición predominante, ya que el contacto entre ellas crecía y no podían seguir manteniéndose apartadas. El genial Lamarck logró integrar esos conocimientos aislados en un libro, que denominó «Filosofía de la zoología». Unió sus investigaciones personales con las ajenas, entre ellas, con las de Buffon y Linneo, hizo el resumen de ellas, las coordinó entre sí y creó esa rama de la ciencia que Trevinarius denominó biología general. A partir de disciplinas dispersas se crea una ciencia única y abstracta, que se pone en pie gracias a los trabajos de Darwin. Lo que sucedió con las disciplinas de la biología antes de fundirse en la biología general o en la zoología abstracta a comienzos del siglo XIX es lo que sucede ahora con a psicología, en opinión de Vágner, a comienzos del siglo XX. Esa tardía síntesis en forma de psicología general debe repetir la síntesis de Lamarck, es decir, basarse en un principio análogo. Y Vágner ve en ello algo más que una simple analogía. Para él, la psicología deberá recorrer un camino, que aunque no semejante, sea el mismo. La biopsicología es una parte de la biología. Es a abstracción y síntesis de escuelas psicológicas concretas y su contenido lo constituyen los logros de todas esas escuelas y, al igual que ocurre con la biología general, no puede tener un método de investigación propio, utilizando para cada ocasión aquél de la ciencia-que-forma parte de ella. Tiene en 344 cuenta los logros, comprobándolos desde el punto de vista de la teoría evolucionista, y les señala el lugar correspondiente en el sistema general (V. A. Vágner, 1923). Es ésta la expresión de una opinión más o menos común.
Pero las reflexiones que hace Vágner plantean algunas dudas: 1) según su interpretación, o bien la psicología general es una parte de la biología y se funda en la doctrina de la evolución, que constituye sus fundamentos y, por tanto, no. necesita su Lamarck y su Darwin y los descubrimientos de éstos, y puede realizar sus síntesis sobre la base de principios ya existentes; 2) o bien la psicología general está aún por surgir, siguiendo el mismo camino que la biología general, y no forma parte de la ciencia biológica como un elemento de ésta, sino que existe junto a ella; sólo así cabe interpretar esta analogía, como una posible analogía entre dos conjuntos independientes semejantes, pero no entre el destino de un conjunto (la biología) y una parte (la psicología). Otra afirmación de Vágner que provoca nuestra perplejidad es la de que la biopsicología proporciona «precisamente lo mismo que exige Marx de la psicología» (Ibídem, pág. 53). Pero en general, así como el análisis formal que realiza Vágner es, al parecer, irreprochablemente exacto, su intento de resolver materialmente el problema y definir el contenido de la psicología general es metodológicamente inconsistente. Podríamos decir que ni siquiera lo ha desarrollado.
Pero no deseamos ocuparnos ahora de este extremo. Volvamos al análisis formal. ¿Es verdad que la psicología de nuestros días está viviendo la misma situación que la biología anterior a Lamarck y va hacia una conclusión igual?
Decir eso es silenciar el aspecto más importante y determinante de la crisis y presentar la totalidad de la situación de forma tergiversada. Que la psicología tienda hacia el acuerdo o la ruptura, que surja la psicología general de la unión o desunión de las disciplinas psicológicas, dependerá de:
— Lo .que incluyan estas disciplinas: o bien partes del conjunto futuro, como la sistemática, la morfología y la anatomía, o bien principios de conocimiento, que se excluyen mutuamente; y de:
— Cuál es la naturaleza de la confrontación entre las disciplinas, es decir, de si son resolubles o irreconciliables las contradicciones que minan la psicología.
Y ese análisis de las condiciones específicas desde las que la psicología se encamina hacia la creación de un ciencia general es el que les falta a Vágner, Langue y otros. Mientras tanto, la metodología europea se ha dado ya cuenta de hasta qué punto ha llegado la crisis y ha puesto en claro qué psicologías existen, cuántas son, y cuáles son las posibles salidas. Pero para adoptar esa posible vía de solución hay que acabar por completo con el equívoco de que la psicología sigue, al parecer, el camino recorrido ya por la biología y de que, al final de él, se incorporará simplemente a ella como parte suya. Pensar así significa no ver que entre la psicología del hombre y de los animales se ha interpuesto la sociología y que ésta ha dividido la psicología en dos partes. Por eso Kant la ha catalogado (a la psicología) en dos sectores. 345
Será preciso construir de tal forma la teoría de la crisis que resulte posible responder también a esa pregunta.
Apartado 11
Algo que oculta a todos los investigadores la verdadera situación de la psicología es el carácter empírico de sus estructuras. Es necesario desprender de estas estructuras ese carácter empírico, como una película, como la cáscara de una fruta, para verlas tal y como son en realidad. Porque generalmente, se cree a pie juntillas en el empirismo y partiendo de él se renuncia a cualquier análisis ulterior, interpretando así la enorme diversidad de la psicología como una unidad científica establecida por decreto y sobre una base común, y tomando todas las divergencias como algo secundario dentro de esa unidad. Pero es ésta una idea falsa, una ilusión. En realidad, la psicología empírica, entendida como ciencia que posee al menos un principio común, no existe, y los intentos de crearla han conducido al fracaso y a la bancarrota en la medida en que trataban de crear únicamente la psicología empírica. Los numerosos psicólogos que engloban en un paréntesis general muchas psicologías a partir de un rasgo común cualquiera contrapuesto al suyo, como el psicoanálisis, la reflexología, el behaviorismo (conciencia inconsciente, subjetivismo-objetivismo, espiritualismo-materialismo), no ven que dentro de esa psicología empírica tienen lugar los mismos procesos que se dan entre ella y la rama de que se ha desgajado, y que incluso el desarrollo de esas mismas ramas está sometido a tendencias más generales cuya actuación —y su acertada interpretación— sólo puede darse dentro del plano general de la totalidad de la ciencia; dentro del paréntesis se halla toda la psicología. ¿En qué se queda pues, el empirismo de la psicología actual? Ante todo, en un concepto puramente negativo, tanto por su origen histórico como por su significado metodológico. Y sólo con eso no puede unir nada. Empírica significa en primer lugar: «psicología sin alma» (Langue), psicología sin metafísica alguna (Vvedienski), psicología basada en la experiencia (Höffding). No hay necesidad de aclarar que estamos en realidad ante definiciones de carácter negativo, que nada nos dicen acerca de lo que trata la psicología, de cuál es su significado positivo.
Sin embargo, el significado objetivo de esta definición negativa ha ido cambiando desde hace un tiempo hasta ahora. Al principio, no enmascaraba término nada, pues la tarea de la ciencia consistía en liberarse de algo, y el término constituía una consigna para ello. Hoy sin embargo se ha disfrazado como definición positiva (que cada autor introduce en su ciencia y en los procesos de realidad que tienen lugar en la ciencia). En realidad lo correcto habría sido tomarla sólo como una consigna temporal. Sin embargo, aplicar hoy el término «empírica» a la psicología implica que renunciamos a optar por un principio filosófico determinado, significa la renuncia a poner en claro sus premisas finales, a reconocer su auténtica naturaleza científica. La propia 346 renuncia tiene también un significado histórico y una causa —de la que nos ocuparemos más adelante—, pero no nos dice nada sobre la naturaleza de la ciencia, sino que enmascara tal naturaleza. En quien mi claramente se aprecia esto es en el kantiano Vvedienski, aunque todos los empíricos se adhieren a su formulación. Por ejemplo Höffding dice lo mismo. Y aunque todos se inclinan en mayor o menor grado hacia uno u otro lado, Vvedienski ofrece el equilibrio ideal: «La psicología está obligada a formular todas sus conclusiones de forma que sean igualmente aceptables y obligatorias, tanto para el materialismo como para el espiritualismo, junto con el monismo psicofísico» (A. I. Vvedienski, 1917, pág. 3).
Ya en esta formulación se ve que el empirismo enuncia sus objetivos de una forma tal que descubre al mismo tiempo su imposibilidad. En realidad, sobre la base del empirismo, es decir, de la renuncia total a unas premisas fundamentales, resultaba lógica e históricamente imposible cualquier conocimiento científico. La ciencia natural, a la que con esta definición quiere parecerse la psicología, es por su propia naturaleza y gracias a su no falseada esencia siempre y espontáneamente materialista. Todos los psicólogos están conformes con que las ciencias de la naturaleza, lo mismo que toda la praxis humana, no resuelven naturalmente la cuestión relativa a la esencia de la materia y el espíritu, pero aceptan partir de un determinado supuesto: concretamente, de la premisa de la realidad, de que ésta existe objetiva y regularmente fuera de nosotros y es cognoscible. Y eso es, como ha señalado repetidas veces V. I. Lenin, la propia esencia del materialismo (Obras completas, t. 18, págs. 149). La existencia, en cuanto ciencias, de las ciencias naturales se debe a la facultad de discriminar en nuestra experiencia aquello que existe objetiva e independientemente de lo subjetivo, y esto es algo en lo que no discrepa ninguna interpretación filosófica y ni siquiera aquellas de las escuelas que, en el seno de las ciencias naturales, siguen un razonamiento idealista. Las ciencias naturales, independientemente de sus representantes, son de por sí materialistas. Pues bien: de forma igualmente espontánea e independientemente de las diversas ideas de sus representantes, la psicología ha partido de concepciones idealistas.
De hecho, no existe ni un solo sistema empírico en psicología: todos van más allá de los límites del empirismo. Lo que en realidad es comprensible, pues de una idea totalmente negativa no se puede deducir nada; de la «abstención», según expresión de Vvedienski, no puede nacer nada. De hecho, todos los sistemas se han ido enredando en sus conclusiones y han ido a parar de lleno a la metafísica: el primero, el propio Vvedienski, con su teoría del solipsismo, una manifestación extrema del idealismo.
Si el psicoanálisis habla abiertamente de metapsicología, de una forma encubierta cualquier otra psicología sin alma tiene también, aunque no recurra a metafísica alguna, su propia metafísica. Aunque basada en la experiencia, la psicología ha incluido en su seno lo que no estaba basado en esta experiencia. Por decirlo brevemente: toda psicología ha tenido su metapsicología. Puede que no lo haya reconocido, pero eso no cambia las 347 cosas. Chelpánov, que es quien en esta discusión se esconde más tras la palabra «empírica» y quiere segregar la palabra ciencia del campo de la filosofía, concluye, sin embargo que ésta (la ciencia) debe tener una «superestructura» y una «infraestructura» filosóficas. Chelpánov denomina infraestructura a la investigación previa y a los conceptos filosóficos que hay que tener en cuenta antes de proceder al estudio de la psicología: sólo con esta infraestructura se puede construir la psicología empírica (G. I. Chelpánov, 1924). Eso no le impide afirmar en páginas sucesivas que la psicología ha de ser libre de cualquier filosofía; sin embargo, en la conclusión vuelve a reconocer que son precisamente los problemas metodológicos, los problemas inmediatos de la psicología actual.
Sería erróneo pensar que del concepto de psicología empírica no podemos extraer sino aspectos negativos. Este concepto contiene también indicaciones sobre procesos positivos en la ciencia, que se encubren bajo ese nombre. Con la palabra «empírica», la psicología desea situarse en el grupo de las ciencias naturales. En eso todos están de acuerdo. Pero se trata de ver qué significa ese concepto de «empírica» aplicado a la psicología. En el prólogo a la Enciclopedia, T. Ribot (que trata heroicamente de poner en práctica el consenso y la unidad a que se refieren Langue y Vágner demostrando, al hacerlo, la imposibilidad de ello) dice que la psicología es una parte de la biología, que no es ni materialista ni espiritualista, pues de lo contrario perdería el derecho al nombre de ciencia. ¿En qué se diferencia de otras partes de la biología? Sólo en que se ocupa de fenómenos «spirituels». y no físicos (1923).
¡Menuda solución! La psicología desearía ser una ciencia natural, pero ocupándose de cosas de naturaleza completamente distinta a aquéllas de que se ocupan las ciencias naturales. Pero ¿no condiciona la naturaleza de los fenómenos a estudiar el carácter de la ciencia? ¿Es que son posibles en calidad de naturales la historia, la lógica, la geometría, la historia del teatro? Al insistir Chelpánov en que la psicología sea una ciencia empírica, como la física o la mineralogía, no se adhiere en eso a Pavlov, como sería natural, y comienza a vociferar en cuanto se trata de plantear la psicología como ciencia natural. ¿Qué oculta Chelpánov tras esa asimilación?: quiere que la psicología sea la ciencia natural 1) de fenómenos de naturaleza absolutamente distinta a fenómenos físicos; 2) que éstos se conozcan a través de un procedimiento totalmente distinto que los que son objeto las ciencias de la naturaleza. Pero ¿qué, nos preguntamos, pueden tener en común. las ciencias naturales y la psicología con un objeto distinto y un método distinto de cognición? Y Vvedienski, al explicar la significación del carácter empírico de la psicología, dice: «Por eso la significación del carácter empírico de la psicología actual como la ciencia natural de los fenómenos espirituales o como la historia natural de los fenómenos espirituales» (A. I. Vvedienski, 1917, pág. 3). Pero eso significa que la psicología quiere ser una ciencia natural de fenómenos no naturales y que lo que la aproxima a las ciencias naturales es 348 un rasgo puramente negativo —la renuncia a la metafísica— y ninguno positivo.
W. James ha aclarado con gran brillantez el fondo del asunto. la psicología debe formular, al igual que hacen las ciencias naturales, su tesis principal. Y nadie ha hecho tanto como James para demostrar la naturaleza «no científico-natural» de lo psíquico. James muestra que todas las ciencias aceptan como dogma las premisas conocidas. Así, las ciencias naturales parten de una premisa materialista, aunque un análisis más profundo lleva al idealismo. Y así se comporta la psicología: adopta otra premisa y por consiguiente se asemeja a las ciencias naturales sólo en que acepta como dogma, sin espíritu crítico, premisas conocidas, que son intrínsecamente opuestas.
Según Ribot, esta tendencia es el rasgo principal de la psicología del siglo XIX; junto a él menciona también la tendencia de la psicología a presentar unos principios y un método propios (algo que le niega a la psicología A. Comte) y a colocarse en la misma relación respecto a la biología de lo que lo está ésta respecto a la física. No obstante, Ribot reconoce que lo que se denomina psicología incluye varias categorías de investigación, muy distintas por su objetivo y método. Y cuando, a pesar de estas diferencias los autores de la Enciclopedia han intentado parir el sistema de la psicología e incluir en ella a Pavlov y Bergson, se ha evidenciado que la tarea era irrealizable, por lo que Dumas concluye: la unidad de veinticinco autores consiste en su renuncia a las especulaciones ontológicas (1924).
Es fácil de adivinar a qué conduce este planteamiento: la renuncia a especulaciones ontológicas (el empirismo) si es consecuente, lleva a renunciar a los principios metodológico-constructivos en la estructuración del sistema, desemboca en el eclecticismo. Y, en cuanto que es inconsecuente, conduce a una metodología oculta, no crítica, confusa. En la Enciclopedia los autores franceses han hecho una brillante demostración de ambas cosas: la psicología de las reacciones de Pavlov es tan aceptable como la introspectiva, pero en distintos capítulos del libro. En la manera de discutir los hechos y plantear los problemas, incluso en el vocabulario, estos autores muestran tendencias al asociacionismo, al racionalismo, al bergsonismo, al sintetismo... y explican más adelante que en unos capítulos se sirven de la concepción bergsoniana, en otros recurren al lenguaje del asociacionismo y del atomismo, y aun en otros del behaviorismo, etc. El «Traité» quiere ser apartidista, objetivo y completo; si no siempre lo consigue, resume Dumas, la diferencia de opiniones testimonia una actividad intelectual y, al fin y al cabo, en eso representa a su época y a su país (Ibídem). Eso sí que es verdad.
La diferencia de opiniones —y hemos visto lo lejos que llega— nos convence tan sólo de la imposibilidad de mantener hoy una psicología apartidista, aun dejando de lado la fatídica dualidad del «Traité de Psychologie», para el cual la psicología es, o bien una parte de la- biología, o guarda con ella la misma relación que esta última respecto a la física. 349
Por consiguiente, el concepto de psicología empírica encierra una contradicción metodológica irresoluble: es la ciencia natural de cosas no naturales, un proyecto para desarrollar con el método de las ciencias de la naturaleza sistemas de saber totalmente opuestos a ella, es decir, que parten de premisas completamente opuestas. Esta contradicción se ha reflejado con efectos desastrosos en las construcciones metodológicas de la psicología empírica: la ha desjarretado.
La tesis de que existen das psicologías (la científico-natural, materialista, y la espiritualista) expresa con mayor exactitud el significado de la crisis que la tesis de la existencia de muchas psicologías. Psicologías, hablando con precisión, existen dos: dos tipos distintos, irreconciliables de ciencia; dos construcciones del sistema de saber radicalmente diferentes. Lo demás son sólo diferencias en las perspectivas, escuelas, hipótesis; combinaciones parciales, tan completas, tan confusas y entremezcladas, ciegas y caóticas, que con frecuencia es muy difícil orientarse. Pero en realidad, la lucha tiene lugar sólo entre dos tendencias que subyacen y actúan en todas las corrientes en litigio.
Que esto es así, que el significado de la crisis lo expresan dos y no muchas psicologías; que todo lo demás es una lucha dentro de cada una de estas dos psicologías, un campo de acción diferente y con un significado totalmente distinto; que la creación de la psicología general no es cuestión de acuerdo, sino de ruptura; de todo eso hace mucho que se ha dado cuenta la metodología, y ya nadie lo discute. Todo este volumen del significado de la crisis se centra en la diferencia entre esta tesis y los tres tópicos de K. N. Kornilov: 1) para Kornilov no coinciden los conceptos de psicología materia-lista y reflexología; 2) tampoco en él coinciden los conceptos de empírica e idealista; 3) nuestra apreciación del papel de la psicología marxista diverge del suyo. En último término tratamos aquí de dos tendencias que han ido aflorando en las luchas que tenían lugar entre muchas de las corrientes de la psicología e incluso en el seno de alguna de ellas. Y parece en general fuera de discusión que la creación de la psicología general no culminará en una tercera psicología, además de las dos en litigio, sino que se hará sobre una de éstas.
Münsterberg, que nos ha hecho a todos tomar conciencia de que el concepto de empirismo encierra un conflicto metodológico que una teoría lúcida deberá resolver si quiere hacer posible -la investigación, afirma en su capital- obra sobre la metodología: «este libro no oculta que quiere ser combativo, que defiende el idealismo contra el naturalismo. Quiero garantizar de manera definitiva el derecho del idealismo en la psicología» (H. Münsterberg, 1922). Al pasar revista a las bases teórico-cognoscitivas de la psicología empírica, Münsterberg declara que eso es lo más importante que le falta a la psicología de nuestros días, en la que los principales conceptos aparecen unidos por pura casualidad y en la que los procesos cognoscitivos lógicos están abandonados al instinto. La propuesta de Münsterberg es la síntesis del idealismo ético de I. G. Fichte con la psicología fisiológica de nuestro tiempo, porque el triunfo del idealismo no consiste en apartarse de la 350 investigación empírica, sino en hacer a ésta un lugar en su terreno. Münsterberg ha mostrado que el naturalismo y el idealismo son irreconciliables, por eso es por lo que dice que se trata de un libro sobre el idealismo militante. Y afirma, al referirse a la construcción de una psicología general, que es una temeridad y un peligro, y que no deben aceptarse pactos ni uniones. Y Münsterberg plantea abiertamente la existencia de dos ciencias, afirmando que la psicología ocupa una posición singular y que sabemos incomparablemente más sobre los hechos psicológicos como jamás hasta ahora pero que, sin embargo, sabemos mucho menos sobre lo qué es, en realidad, la psicología.
La unidad que externamente se aprecia en los métodos no debe ocultarnos el hecho de que diferentes psicólogos se refieren a psicologías totalmente distintas. Esas confrontaciones en el seno de la psicología sólo se pueden comprender y superar de la siguiente manera según este autor: «La psicología de nuestros días lucha contra el prejuicio de que, al parecer, existe sólo un tipo de psicología... El concepto de psicología encierra dos tareas científicas totalmente distintas, que hay que distinguir radicalmente, y para las que lo mejor sería utilizar términos especiales. En efecto, existen dos clases de psicología» (Ibídem, pág. 7). En la ciencia actual hallamos todas las formas y tipos posibles de mezcla de dos ciencias en una imaginaria unidad. Lo que las ciencias tienen en común es su objeto, pero eso no nos dice nada sobre ellas mismas: la geología, la geografía y la agronomía estudian igualmente la tierra y sin embargo la construcción y el principio de cognición científica son en cada una diferentes. Mediante la descripción podemos transformar la psique en una cadena de causas y acciones y podemos representárnosla como una combinación de elementos, y eso podemos hacerlo tanto objetiva como subjetivamente. Si llevamos ambas interpretaciones hasta sus últimas consecuencias y les damos forma científica, obtendremos dos «disciplinas teóricas radicalmente distintas». «Una es la psicología causal y otra la teleológica e intencional» (Ibídem, pág. 9).
La existencia de dos psicologías es tan evidente que todos la han aceptado. Las divergencias se manifiestan únicamente en la definición exacta de cada una de ellas; unos subrayan unos matices, otros, otros. Sería muy interesante analizar todas estas oscilaciones, porque cada una de ellas testimonia determinada tendencia objetiva que halla salida por uno u otro polo, y la organización y amplitud de las divergencias muestra que ambos tipos de ciencia, igual que dos mariposas en un mismo capullo, existen, aunque todavía en forma de tendencias que no se han llegado a diferenciar.
Pero por el momento no nos interesan sus divergencias, sino lo que tienen en común y se nos plantean a este respecto dos preguntas: ¿cuál es la naturaleza general de ambas ciencias y cuáles son las causas que han dado lugar a que el empirismo se divida en naturalismo e idealismo?
Todos están de acuerdo en que son precisamente esos dos elementos los que constituyen la base de ambas ciencias y que, por consiguiente, una es una psicología científico-natural y la otra idealista, cualquiera que sea el 351 nombre que les den los diferentes autores. De acuerdo con Münsterberg, todos están conformes en atribuir la diferencia, no al material o al objeto, sino al modo fundamental de conocimiento: bien la interpretación de los fenómenos según el principio de la causalidad, manteniendo básicamente el mismo tipo de conexión y la misma línea de sentido para todos los fenómenos; bien la interpretación intencional de los fenómenos, considerándolos actividades espirituales y orientadas hacia un objetivo, exentas de toda conexión material. Dilthey, que denomina a estas dos ciencias psicología explicativa y psicología descriptiva, atribuye esta subdivisión a C. Wolff, que dividía la psicología en racional y empírica y, por tanto, localiza esta bifurcación en la aparición misma de la psicología empírica. Dilthey señala que este desdoblamiento se ha mantenido ininterrumpidamente a lo largo de todo el desarrollo de nuestra ciencia y vuelve a manifestarse explícitamente en la escuela de J. Herbart (1849) y en los trabajos de T. Waitz (W. Dilthey, 1924). El método de la psicología explicativa es idéntico al de las ciencias naturales y su postulado (que no existe ni un solo fenómeno psíquico sin un fenómeno físico correspondiente) la conduce a la bancarrota como ciencia independiente, pasando sus problemas a manos de la fisiología (Ibídem).
También según Binsvanger (1922) la psicología descriptiva y la explicativa no tienen la misma significación que se ha dado en las ciencias naturales a la sistemática y a la explicación —sus dos partes fundamentales—.
La psicología actual —doctrina del alma sin alma— interiormente contradictoria, se descompone en dos partes. La psicología descriptiva por un lado, que no tiende a la explicación, sino a la descripción y a la comprensión; lo que los poetas, especialmente Shakespeare, ofrecen en imágenes, ella lo convierte en objeto de análisis en conceptos. Por otro lado, la psicología explicativa, científico-natural, que no puede servir de base a las ciencias del espíritu y sobre la que se construye el derecho penal determinista, que no deja lugar a la libertad ni al problema de la cultura. Por el contrario, la psicología descriptiva «constituirá la base de las ciencias del espíritu, de forma análoga a cómo las matemáticas son la base de las ciencias naturales» (W. Dilthey, 1924, pág. 66).
G. Stout renuncia categóricamente a considerar la psicología analítica como ciencia natural: es una ciencia positiva, en el sentido de que en su campo lo que existe, lo real, son los hechos y no la norma, lo que debe ser. Está alineada junto con las matemáticas, las ciencias de la naturaleza -o la gnoseología. Pero no es una ciencia física. Entre la psicología y lo físico existe tal abismo, que resulta imposible captar sus relaciones mutuas. Ninguna de las actuales ciencias sobre la materia guarda un relación con la psicología que podamos equiparar a la de la química y la física con la biología: es decir, una relación que vaya desde la reglas más generales a las más particulares, pero esencialmente homogéneas (G. Stout, 1923).
L. Binsvanger considera que la división principal en todos los problemas de metodología es la que se da entre las concepciones científico-natural, y no científico-natural, de los hechos psicológicos. Binsvanger explica franca y 352 claramente que existen dos psicologías radicalmente distintas y, apoyándose en Zigvart, considera como origen de la escisión la lucha contra la psicología científico-natural, que nos conduciría a la fenomenología de las sensaciones, a la base de la lógica pura de Husserl y a una psicología empírica aunque no científico-natural (A. Pfender, K. Jaspers).
La posición contraria la ocupa Bleuler. Rechaza la opinión de Wundt de que la psicología no es una ciencia natural y de acuerdo con Rickert la denomina generalizadora, refiriéndose a aquella psicología que Dilthey denomina explicativa o constructiva.
No entraremos ahora a analizar el fondo de la cuestión: la posibilidad de concebir la psicología como ciencia natural y los conceptos clave con los que podría así construirse. Esa es ya una discusión a desarrollar dentro de una psicología y constituye el objeto de nuestra exposición en el siguiente capítulo de esta obra. Dejamos también abierta otra cuestión: la de si la psicología es en realidad y en sentido exacto una ciencia natural (y, de acuerdo con los autores europeos, emplearnos esta palabra para señalar más claramente el carácter materialista de este género de conocimientos: como la psicología de Europa Occidental desconoce o casi desconoce los problemas de la psicología social, los conocimientos psicológicos coinciden para ella con la ciencias naturales). Pero incluso ese problema sigue teniendo un carácter especial y muy profundo: el de mostrar que es posible la psicología como ciencia materialista y que este hecho no forma parte del problema del significado de la crisis psicológica como un todo.
Casi todos los autores rusos que han escrito algo serio sobre psicología aceptan esta segregación —naturalmente a partir de palabras ajenas—, lo que muestra hasta qué punto esas ideas de la psicología europea han alcanzado reconocimiento general. Langue, al mencionar las divergencias existentes entre Windelband y Rickert por una parte (quienes incluyen la psicología en las ciencias naturales), y Wundt y Dilthey por otra, toma partido por estos últimos, por considerar ambas opciones como dos ciencias distintas (N. N. Langue, 1914). Y lo curioso es que al hacerlo critique a P. Natorp, en cuanto portavoz de la interpretación idealista de la psicología, y le contraponga la interpretación realista o biológica. Y, sin embargo, Natorp, como señala Münsterberg, exigía desde el principio lo mismo que él: una ciencia que subjetivizara y otra que objetivizara el espíritu, es decir, dos ciencias.
Reuniendo ambos puntos de vista en un único postulado, N. N. Langue refleja en su libro esas dos irreconciliables tendencias, al considerar que el significado de la crisis está en lucha contra el asociacionismo. Expone con verdadera simpatía las ideas de Dilthey y Münsterberg y formula: «han resultado diferentes psicologías», los psicólogos han descubierto dos caras, lo mismo que Jano: una dirigida hacia la fisiología y las ciencias naturales, y otra hacia las ciencias del espíritu, hacia la historia, la sociología: una es la ciencia de las causas, la otra, la de los valores (Ibídem, pág. 63). Parece que habría que elegir una de las dos, y Langue las une. 353
Y lo mismo hace Chelpánov, quien nos invita a creer que la psicología es una ciencia materialista, para sostener lo cual nos pone como testigo a James, evitando mencionar que es a él a quien pertenece la idea de las dos psicologías en la literatura rusa. En esta idea de las dos psicologías sí que merece la pena que nos detengamos.
Chelpánov expone, de acuerdo con Dilthey, Stout, Meinong, Husserl, la idea del método analítico, que conduce al conocimiento de ideas apriorísticas. La psicología analítica es la psicología básica. Como tal debe anteponerse a la construcción de la psicología infantil, la psicología animal y la psicología experimental-objetiva y servir de base a las diferentes clases de investigación psicológica. Parece por tanto que la psicología analítica está lejos de la mineralogía y de la física o de aceptar la separación radical entre la psicología por una parte y la filosofía y el idealismo por otra.
Quien quiera mostrar qué salto ha dado a partir de 1922 G. I. Chelpánov en sus planteamientos psicológicos no debe detenerse en sus fórmulas filosóficas de carácter general o en determinadas frases, sino en su doctrina sobre el método analítico. Chelpánov protesta contra la confusión que se da entre las tareas de la psicología explicativa y las de la descriptiva, y explica que una se halla en decidida contradicción con la otra. Para no dar lugar a dudas sobre cuál es la psicología a la que confiere importancia primordial, la relaciona con la fenomenología de Husserl y con su doctrina sobre las esencias ideales y explica que el «eidos» o esencia de Husserl son las ideas de Platón, con ciertas correcciones. Para Husserl, la fenomenología pertenece a la psicología descriptiva, lo mismo que las matemáticas a la física. Y esas ciencias, al igual que la geometría, constituyen la ciencia de las esencias, de las posibilidades ideales, mientras que las segundas (como la física o la psicología explicativa —LE.) lo son de los hechos. La fenomenología posibilita así tanto la psicología explicativa como la descriptiva.
Chelpánov, en contra de la opinión de Husserl, piensa que la psicología analítica abarca parcialmente a la fenomenología y que el método de ésta es suficientemente idéntico al analítico. Chelpánov explica así su desacuerdo con Husserl, desacuerdo en el qué identifica la psicología eidética con la fenomenología: la psicología actual es sólo empírica, es decir, inductiva, a pesar de que existen también en ella verdades fenomenológicas. Por ello piensa que no hay que separar la fenomenología de la psicología. La base de los métodos experimentales-objetivos, que tan tímidamente defiende Chelpánov contra Husserl, debe ser fenomenológica. Así ha sido y será, termina este autor.
¿Cómo cabe comparar con ésta las afirmaciones de que la psicología sólo es empírica, que excluye por su propia naturaleza el idealismo y que es independiente de la filosofía?
Podemos resumir: independientemente de los nombres asignados a estas subdivisiones, por muy diversos que sean los matices de significado que se apliquen a cada término, el fondo de la cuestión sigue siendo el mismo en todos los casos y se reduce a dos- principios. 354
1. En psicología el empirismo ha surgido de hecho tan espontáneamente de premisas idealistas como lo han hecho las ciencias naturales de premisas materialistas; es decir, la psicología empírica ha tenido por base el idealismo.
2. En la época de la crisis, el empirismo se ha dividido, debido a ciertas causas, en psicología idealista y materialista (de ellas hablaremos más adelante). Esta diferencia en las palabras la explica también Münsterberg con una unidad de significado: podemos hablar de psicología causal a la vez que de psicología intencional, o de psicología del espíritu a la vez que de psicología de la conciencia, o de psicología de la comprensión a la vez que de psicología explicativa. Lo único que tiene importancia esencial es el hecho de que reconocemos dos géneros de psicología (H. Münsterberg, 1922, pág. 10). En otro lugar, Münsterberg contrapone la psicología del contenido de la conciencia y la del espíritu, o la del contenido y la de los actos, o la de las sensaciones y la intencional.
En esencia, lo que hemos hecho es poner de manifiesto la tesis, hace tiempo establecida en nuestra ciencia, de su profundo dualismo, que impregna todo su desarrollo, y, por tanto, nos hemos adherido a un indudable principio histórico. Nuestra tarea no incluye la historia de la ciencia y podemos dejar de lado la cuestión de las raíces históricas de este dualismo, limitándonos a constatar simplemente el hecho y a explicar las causas próximas que han conducido a la agudización y escisión de este dualismo en la crisis, Es, esencialmente, el mismo hecho que el que se señala con la inclinación de la psicología hacia dos polos, como por ej. la existencia en ella de la «psicoteleología» y la «psicobiología»; lo que Dessoir ha denominado canto a dos voces de la psicología actual que, en su opinión, nunca dejará de oírse.
Apartado 12
Detengámonos ahora brevemente en las causas más próximas de la crisis, en sus fuerzas motrices.
¿Cuáles de entre sus factores empujan la crisis a una ruptura; y cuáles, por el contrario, la sufren de forma pasiva y sólo como un mal inevitable? Por supuesto que sólo nos vamos a ocupar aquí de las fuerzas motrices que se hallan dentro de nuestra ciencia, dejando a un lado todas las demás. Y es legítimo actuar así, puesto que las causas y fenómenos externos —sociales e ideológicos— están a fin de cuentas, de un modo u otro, representados a su vez por fuerzas que existen y actúan dentro de nuestra ciencia. Por eso nos ocuparemos de analizar únicamente las causas más próximas localizadas en nuestra propia ciencia, renunciando a ulteriores análisis.
Y comencemos partiendo de una sola afirmación: el desarrollo de la psicología aplicada, en toda su amplitud, es la principal fuerza motriz de la crisis en su última fase. 355
La actitud de la psicología académica hacia la aplicada sigue siendo medio despectiva, como hacia una ciencia semiexacta. No cabe discutir que no todo marcha bien en ese sector de la psicología, pero para un observador que se sitúe por encima de tales problemas, es decir, para el metodólogo, no cabe la menor duda de que la psicología aplicada desempeña hoy el papel protagonista en el desarrollo de nuestra ciencia: en ella está representado todo lo que hay en psicología de progresivo, de sano, todo lo que encierra el germen del futuro; es ella la que ofrece mejores trabajos metodológicos. Sólo estudiando este área podemos hacernos una idea de la significación de lo que está sucediendo y de las posibilidades de la psicología real.
En la historia de la ciencia se ha desplazado el centro: lo que se hallaba en la periferia ha venido a convertirse en el centro del círculo. Y lo mismo que de la filosofía, repudiada por el empirismo, cabe decir de la psicología aplicada: la piedra que rechazaron los constructores, ésa vino a ser piedra angular.
Tres hechos sustentan esta afirmación nuestra. El primero, la práctica. Ahí (a través de la psicotecnia, la psiquiatría, la psicología infantil, la psicología criminal) se ha enfrentado por primera vez la psicología con la praxis altamente organizada: industrial, educativa, política, militar. Ese contacto obliga a la psicología a reestructurar sus principios de forma que puedan superar la prueba suprema de la práctica. La psicología se ha visto obligada a asimilar e introducir en la ciencia gran cantidad de reservas de experiencia, de psicología práctica y de hábitos, acumulados a lo largo de siglos, porque, tanto la Iglesia como el arte militar, la política o la industria, en la medida en que han regularizado y organizado de forma consciente la psique, se apoyan en una enorme experiencia psicológica, aunque científicamente desordenada. (Todo psicólogo ha experimentado personalmente esta influencia de la ciencia aplicada, hoy en período de reorganización.) Para el desarrollo de la psicología, la aplicación desempeña el mismo papel que ha desempeñado la medicina para la anatomía y la fisiología y la técnica para las ciencias físicas. No es posible exagerar la importancia de la nueva psicología para toda la ciencia: el psicólogo podría componerle un himno.
Esta psicología, que está llamada por la práctica a confirmar la veracidad del pensamiento y que no trata tanto de explicar la psique como de comprenderla y dominarla, establece entre las disciplinas prácticas y en el mismo seno de la estructura de la ciencia una relación total y esencialmente distinta a la que se daba en la psicología anterior. En ésta, la práctica era una colonia de la teoría, que dependía en todo de su metrópoli; la práctica era una conclusión, un anexo, una salida, en último término, fuera de los límites de la ciencia; una operación que se hallaba al otro lado de la ciencia, que estaba tras ella, que comenzaba donde se consideraba que la tarea científica había terminado. El éxito o fracaso de la práctica no se reflejaba en absoluto en el destino de la teoría. Ahora la situación es inversa; la práctica plantea las tareas y es el juez supremo de la teoría, el criterio de verdad; dicta cómo construir los conceptos y cómo formular las leyes. 356
Eso nos lleva directamente al segundo hecho: a la metodología. Por extraño y paradójico que parezca a primera vista, es precisamente la práctica, como principio constructivo de la ciencia, la que exige una filosofía, es decir, una metodología de la ciencia. Lo que no está en absoluto en contradicción con la irreflexiva y «despreocupada» actitud, según el término empleado por Münsterberg, que tiene la psicotecnia hacia sus principios; en realidad, tanto la práctica como la metodología de la psicotecnia son, con frecuencia, sorprendentemente impotentes, débiles, superficiales, incluso ridículas. Los diagnósticos de la psicotecnia no dicen nada y recuerdan las reflexiones sobre medicina de los matasanos de Moliere; su metodología se inventa cada vez ad hoc, y carece de talante crítico; con frecuencia ha sido denominada psicología de verano, es decir, ligera, efímera, medio seria. Todo ello es cierto. Pero no modifica en absoluto el hecho esencial: es justamente esa psicología la que genera una metodología férrea. Como dice Münsterberg, es no sólo cuando afrontamos los problemas generales, sino también cada vez que examinamos cuestiones concretas, cuando nos vemos obligados a volver a analizar los principios de la psicotecnia (1922, pág. 6).
Por eso afirmo, a pesar de que más de una vez se haya visto comprometida, a pesar de que su valor práctico sea casi nulo y sus teorías con frecuencia ridículas, que su importancia metodológica es enorme. El principio de la práctica y su filosofía se impone una vez más: la piedra que rechazaron los constructores, ésa vino a ser piedra angular. Ahí se halla el significado completo de la crisis.
L. Binsvanger dice que no es de la lógica, la gnoseología o la metafísica, sino de la metodología (de la doctrina del método científico para Binsvanger) de donde esperamos la resolución de la cuestión más general, la «cuestión de cuestiones» de toda la psicología, el problema que abarca los demás problemas de la psicología: el de la psicología subjetiva y objetiva. Pero nosotros concretaríamos: de la metodología de la psicotecnia, es decir, de la filosofía de la práctica. Por muy insignificante que sea el valor práctico y teórico de la escala de medición de Binet o de otras pruebas psicotécnicas, por malo que sea en sí el test, sin embargo su valor como idea, como principio metodológico, como tarea, como perspectiva, es enorme. Las más complejas contradicciones de la metodología psicológica se llevan al terreno de la práctica, porque sólo allí pueden hallar solución. En este terreno la discusiones dejan de ser estériles y se llega a resultados. El método, es decir, el camino seguido, se contempla como un medio de cognición: pero el método viene determinado en todos sus puntos por el objetivo al que conduce. Por eso, la práctica reestructura toda la metodología de la ciencia.
El tercer hecho, que viene a redefinir el papel de la psicotecnia, puede comprenderse partiendo de los dos primeros. Consiste en que la psicotecnia es una psicología unilateral, incita a la ruptura y formaliza la psicología real. También la psiquiatría rebasa los límites de la psicología idealista; para tratar a los enfermos y curarlos no podemos basarnos en la introspección; no hay nada más absurdo que aplicar ese enfoque a la psiquiatría. La psicotecnia, 357 como ha señalado I. N. Shpilréin, también se ha dado cuenta de que no puede separar las funciones psicológicas de las fisiológicas y busca un concepto integral. Escribiendo sobre los grandes maestros (de quienes la psicología espera inspiración), he dicho alguna vez que probablemente ninguno de ellos confiaría el mando de un barco a la inspiración del capitán o la dirección de un fábrica a la inspiración de un ingeniero; cada uno de ellos elegiría un marino competente y un técnico experimentado. Y ese mayor rigor que, en general, sólo puede exigírsele a la ciencia, pasará, gracias a la extrema seriedad de la práctica, a revitalizar la psicología. La industria y el ejército, la educación y el tratamiento de los enfermos, resucitarán y reformarán la ciencia. Para seleccionar conductores de tranvías no vale la psicología eidética de Husserl, a la que no preocupaba la veracidad de sus afirmaciones, para eso tampoco vale la contemplación de entes y ni siquiera los valores interesan. Pero esta opción no asegura sin embargo, en absoluto, a la psicología contra la catástrofe. El objetivo de esa psicología orientada a la práctica no es hacer la psicología de Shakespeare en versión conceptual, como lo es para Dilthey, sino la psicotecnia. En una palabra: una teoría científica que lleve a la subordinación y al dominio de la psique, al manejo artificial del comportamiento.
Y es Münsterberg, ese idealista militante, quien establece las bases de la psicotecnia, es decir, de una psicología materialista en el más alto sentido. Stern, no menos entusiasta del idealismo, elabora la metodología de la psicología diferencial y pone en evidencia con demoledora claridad la inconsistencia de la psicología idealista.
¿Cómo ha podido suceder que idealistas extremistas actúen en favor del materialismo? Eso muestra cuán profunda y objetivamente han penetrado en el desarrollo de la psicología las dos tendencias en litigio, y qué poco coinciden con lo que el psicólogo habla de sí mismo, es decir, con las convicciones filosóficas subjetivas. Evidencia también lo indeciblemente complejo que es el cuadro de la crisis y de que modo tan inextricable aparecen mezcladas ambas tendencias; qué zigzaguees tan quebrados, tan inesperados y paradójicos sigue la línea del frente en esta batalla que se libra en la psicología; el frente se sitúa con frecuencia dentro de un mismo sistema, a menudo incluso dentro de un término. Estos hechos muestran, finalmente, como esta lucha de dos psicologías, aunque no coincide con la de muchas concepciones y escuelas psicológicas, está tras ellas y las determina; que engañosas son, en fin, las formas externas de la crisis y cómo hay que comprobar el verdadero significado que se oculta en su interior.
Recurramos a Münsterberg. La cuestión sobre la legitimidad de la psicología causal tiene importancia decisiva para la psicotecnia. Porque esa psicología causal de carácter unilateral, sólo mediante la psicotecnia entra realmente en vigor. Por sí misma, la psicología causal es sólo una respuesta a preguntas planteadas artificialmente: porque la vida espiritual no exige explicación, sino comprensión. Sólo la psicotecnia puede trabajar con ese «artificial» planteamiento de la cuestión, con lo que demuestra así que ese 358 planteamiento es legítimo y necesario. «Por tanto, sólo en la psicotecnia se manifiesta el verdadero significado de la psicología explicativa y, por consiguiente, es en ella donde culmina el sistema de las ciencias psicológicas» (H. Münsterberg, 1922, págs. 8-9). Es difícil mostrar con mayor claridad las fuerzas objetivas de las tendencias existentes y las no coincidencias entre las convicciones del filósofo y el significado objetivo de su labor: la psicología materialista no es natural, dice el idealista, pero estoy obligado a trabajar precisamente con esa psicología.
La psicotecnia está orientada hacia la acción, hacia la práctica, y en este caso lo está por principio y no por otras causas, como sucede con las interpretaciones y explicaciones puramente teóricas. Por eso, la psicotecnia no puede vacilar en la elección de la psicología que necesita (ni siquiera cuando la elaboran idealistas convencidos), sólo se ocupa de la psicología causal, objetiva; la psicología no causal no desempeña papel alguno en la psicotecnia.
Ese principio de orientación a la acción tiene por tanto una importancia decisiva en todas las ciencias psicotécnicas. Es conscientemente unilateral. Solamente la psicotecnia es una ciencia empírica en el amplio sentido de la palabra. Y es inevitablemente una ciencia comparativa. Justamente por ser una psicología fisiológica es tan importante para esta ciencia su relación con los procesos físicos. Se trata de una ciencia experimental. Y la fórmula general es: «Hemos partido de que la única psicología que necesita la psicotecnia deberá ser una ciencia descriptivo-explicativa. Ahora podemos añadir que esta psicología es además una ciencia empírica, comparativa, que utiliza los datos de la fisiología y, finalmente, una ciencia experimental» (Ibídem, pág. 13). Eso significa que la psicotecnia representa un viraje en la ciencia y marca una época en su evolución. Desde este punto de vista, Münsterberg dice que es difícil que la psicología empírica haya surgido antes de mediados del siglo XIX. Incluso en aquellas escuelas que renegaban de la metafísica y analizaban los hechos, otros eran los intereses que regían la investigación. Mientras la psicología no se convirtió en ciencia natural fue imposible recurrir [al experimento. R. R.]. Pero la introducción del experimento dio lugar a una situación paradójica, inconcebible en las ciencias de la naturaleza: se utilizaban aparatos psicológicos equivalentes a lo que pudieran ser la primera máquina o el telégrafo en los laboratorios, pero esos aparatos no se empleaban en la práctica. Ese movimiento experimental no alcanzaba a la educación ni al derecho, o al comercio o la industria, la vida social o la medicina. Incluso en nuestros días se considera una profanación de la investigación su contacto con la práctica, y se recomienda esperar a que la psicología culmine su sistema teórico. Pero la experiencia de las ciencias naturales dice otra cosa: la medicina y la técnica no esperaron a que la anatomía y .a física celebrasen sus últimos triunfos. La vida necesita de la psicología y de su práctica y a consecuencia de este contacto con la vida es de esperar un auge en la psicología. 359
Evidentemente, Münsterberg no habría sido idealista si no hubiese admitido su principio tal y como es y no hubiera reservado un poder especial a los ilimitados derechos del idealismo. Pero se ve precisado a trasladar la discusión a otra área al reconocer la inconsistencia del idealismo en el campo de lo causal, que es el que alimenta la práctica de la psicología. Explica la «tolerancia gnoseológica», deduciéndola de la interpretación idealista de la esencia de la ciencia, que no buscaría diferenciar conceptos verdaderos y falsos, sino útiles e inútiles para representar lo objetivo. Y cree que podrá establecerse cierta tregua temporal entre los psicólogos tan pronto abandonen éstos el campo de batalla de las teorías psicológicas (Ibídem).
La obra entera de Münsterberg es un ejemplo sorprendente del desacuerdo interno entre la metodología, que determina la ciencia, y la filosofía, que determina la ideología, precisamente porque se trata de un metodólogo y un filósofo consecuente hasta el fin, es decir, de un pensador contradictorio hasta el fin. Comprende que, siendo materialista en lo relativo a la psicología causal, e idealista respecto a la teleológica, se encuentra con una especie de doble contabilidad que forzosamente tiene que ser poco escrupulosa, porque los asientos en una página no coinciden con los de la otra: porque, a fin de cuentas y a pesar de todo, sólo es posible una verdad. Para él, sin embargo, no es la propia vida, sino la elaboración lógica de la vida lo que constituye la verdad, y esta última elaboración puede ser diferente y estar determinada por muchos puntos de vista (Ibídem, pág. 30). Münsterberg comprende que lo que exige la ciencia empírica no es la renuncia al punto de vista gnoseológico, sino una teoría determinada, pues en diferentes ciencias se utilizan diferentes puntos de vista gnoseológicos. En interés de la práctica, expresamos la verdad en un lenguaje, en interés del espíritu en otro.
Si entre los naturalistas existen divergencias en sus opiniones, éstas no se refieren a las premisas fundamentales de la ciencia. Para un botánico no ofrece la menor dificultad ponerse de acuerdo con otro investigador sobre el carácter del material en el cual trabaja. Ni un solo botánico se detiene en la cuestión relativa a lo que significa en realidad que las plantas existan en el espacio y el tiempo, que en ellas ejercen su dominio las leyes de la causalidad. Pero la naturaleza del material psicológico no permite separar los principios psicológicos de las teorías filosóficas, de la misma manera que se consigue en otras ciencias empíricas. El psicólogo se engaña a sí mismo totalmente si cree que el trabajo de laboratorio puede llevarle a resolver las cuestiones fundamentales de su ciencia: estas cuestiones pertenecen a la filosofía. Quien no quiera ponerse a discutir cuestiones de principio tendrá que aceptar la limitación de establecer implícitamente como base de sus investigaciones concretas una u otra teoría gnoseológica (Ibídem). Es precisamente la tolerancia gnoseológica y la no renuncia a la gnoseología lo que ha llevado a Münsterberg a la idea de dos psicologías, una de las cuales niega la otra, pero ambas pueden ser aceptadas por un filósofo. Porque tolerancia no significa ateísmo; en la mezquita es mahometano, en la catedral cristiano. 360
Pero esto puede llevar a un grave error, el de pensar que una psicología doble conduce al reconocimiento parcial de los derechos de la psicología, causal o al de suponer que esa dualidad se traslada a la propia psicología, que queda dividida en dos campos; o al error de creer que también dentro de la psicología causal Münsterberg declara la tolerancia, aunque no sea así en absoluto. He aquí lo que dice: .Puede existir junto a la psicología causal otra que piense teleológicamente, podemos y debemos tratar en la psicología científica la apercepción o la creación de tareas, o los afectos y la voluntad, o el pensamiento? ¿O estas cuestiones fundamentales no interesan al psicotécnico, ya que éste sabe que en cualquier caso podemos dominar todos los procesos y funciones psíquicas empleando el idioma de la psicología causal y que de esa interpretación causal sólo puede ocuparse la psicotecnia? (Ibídem, pág. 11).
Por tanto, ambas psicologías nunca se cruzan entre sí, nunca se complementan, sirven a dos verdades, una en interés de la práctica, otra en interés del espíritu. Pero la doble contabilidad está en la ideología de Münsterberg, no en la psicología. Un materialista aceptará totalmente de Münsterberg la psicología causal y rechazará sin embargo la dualidad de las ciencias; el idealista por el contrario, rechazará la dualidad y aceptará totalmente la concepción teleológica de la psicología; el propio Münsterberg declara la tolerancia gnoseológica y acepta ambas ciencias, pero a una la trata en calidad de materialista y a la otra en calidad de idealista. Por tanto, las discusiones sobre la dualidad se desarrollan fuera de la psicología causal; no se alinea con nada y no es personalmente miembro de ninguna ciencia.
Este aleccionador ejemplo de cómo en la ciencia se ve obligado el idealismo a situarse en el terreno del materialismo podemos confirmarlo en todos sus puntos tomando cualquier otro pensador.
Por ejemplo W. Stern (que ha llegado a la psicología objetiva desde la investigación de las diferencias, que a su vez constituye también uno de los problemas generadores de la nueva psicología) ha recorrido el mismo camino.
Pero nosotros no estudiamos a los pensadores, sino su destino, es decir, los procesos objetivos que están tras ellos y los conducen. Y éstos procesos no se descubren a través de la inducción, sino del análisis. Según expresión de Engels, una máquina de vapor prueba las leyes de la transformación de la energía de forma no menos concluyente que 100.000 máquinas (K. Marx, F. Engels. Obras, t. 20, pág. 543). Como hecho curioso sólo hay que añadir: los psicólogos rusos idealistas que hacen el prólogo a la traducción al ruso de Münsterberg señalan, entre otros méritos del autor, que responde a las aspiraciones de la psicología del comportamiento y a las exigencias del enfoque integral del individuo que evita la atomización de su organización psicofísica. Lo que hacen los grandes idealistas lo repiten los pequeños como una farsa.
Podemos resumir. Consideramos que la causa de la crisis es a la vez su fuerza motriz, que por eso ofrece no sólo interés histórico, sino que desempeña también un papel rector —metodológico—, ya que no sólo ha dado 361 lugar a la crisis, sino que continúa determinando su curso y destino ulteriores. Y esa causa radica en el desarrollo de la psicología aplicada, que ha dado lugar a la reestructuración de toda la metodología de la ciencia sobre la base del principio de la práctica, es decir, de su transformación en ciencia natural. Este principio ejerce su presión en la psicología y la empuja a descomponerse en dos ciencias, lo que asegurará en el futuro el desarrollo correcto de la psicología materialista. La práctica y la filosofía pasan a ocupar el lugar más importante.
Para numerosos psicólogos la introducción del experimento ha constituido una reforma básica de la psicología, e incluso han llegado a identificar psicología experimental con psicología científica. Han pronosticado que el futuro le pertenece tan sólo a la psicología experimental y han visto en ese calificativo un importantísimo principio metodológico. Pero el experimento se ha mantenido en psicología sólo a nivel de un simple procedimiento técnico, no ha sido utilizado basándose en principios rigurosos y ha dado lugar, como en el caso de N, Ach, a su propia negación. Actualmente, muchos psicólogos ven la salida en la metodología, en la acertada estructuración de los principios y esperan que venga la salvación de la parte contraria. Pero también esta vía es estéril. Sólo la renuncia radical al empirismo ciego, que persigue las sensaciones introspectivas directas, y está escindido interiormente en dos; sólo la emancipación de la introspección, su exclusión de un modo parecido a como se han ignorado los ojos en la física; sólo la ruptura en dos psicologías y la elección entre ambas de una sola ofrecen la salida de la crisis. La unidad dialéctica de la metodología y de la práctica con la psicología, constituyen el destino y la suerte de un de estas psicologías; la completa renuncia a la práctica y la contemplación de las esencias ideales son la suerte y el destino de la otra; la ruptura total y la separación de una y otra son la suerte y destino común que espera a ambas. Esta ruptura se ha iniciado, se está produciendo y culminará en el marco impuesto por la práctica.
Apartado 13
Por muy claramente que hayamos podido presentar nuestro análisis la tesis histórica y metodológica de la creciente ruptura de las dos psicologías como fórmula de la dinámica de la crisis, esta tesis sigue siendo discutible para muchos. No es algo que nos preocupe: consideramos que las tendencias que hemos encontrado expresan la realidad porque su existencia es objetiva y no depende de la concepción de tal o cual autor, sino que, por el contrario, es la realidad la qué determina esas concepciones, ya que se convierten en concepciones psicológicas y se incorporan al proceso de desarrollo de la ciencia.
Por eso no debe extrañarnos que existan dos posiciones en el problema: desde el primer momento, hemos considerado que nuestro objetivo no era tanto investigar las posiciones como investigar hacia donde iban dirigidas. 362
Eso es lo que diferencia al análisis crítico sobre las concepciones de tal o cual autor, del análisis metodológico del problema en sí. Ante una cosa sin embargo no nos debemos mantener indiferentes: ante las propias posiciones, pues somos precisamente nosotros quienes debemos ser capaces de explicarlas, de descubrir su lógica interna y objetiva, de presentar claramente toda lucha entre posiciones como expresión compleja de la lucha de dos psicologías. Es ésta en su conjunto una tarea crítica basada en un análisis real de los hechos, y hay que demostrar, sobre la casuística de las más importantes corrientes de la psicología, lo que puede ofrecer, como vía de interpretación, la tesis que proponemos. Demostrar esa posibilidad, establecer el desarrollo esencial de ese análisis, es parte de la tarea que nos hemos marcado aquí.
Parece que lo más sencillo es analizar los sistemas que se ponen abiertamente de parte de una de las dos tendencias o incluso estudiar aquellos sistemas que las confunden. Pero resulta mucho más difícil, y por tanto más atractiva, otra tarea: mostrar sobre los casos concretos de esos sistemas cuáles de ellos se sitúan desde un principio fuera de la lucha, fuera de esas dos tendencias y buscan la salida en una tercera vía, negando así, aparentemente, nuestra tesis de la existencia de dos únicas vías en psicología. Existe aún una tercera vía, dicen: es posible fundir las dos tendencias en litigio, o subordinar una a otra, o suprimirlas y crear una nueva, o subordinar las dos a una tercera, etc. Para confirmar nuestra tesis es pues esencial y enormemente importante mostrar adónde conduce esa tercera vía, porque el verlo, hace que esta vía se derrumbe.
De acuerdo con el procedimiento que hemos adoptado en esta obra, veremos cómo actúan las dos tendencias objetivas en los sistemas conceptuales de los partidarios de la tercera vía: ¿aparecen estas dos tendencias en tales sistemas ya dominadas o continúan siendo las dueñas de la situación?, resumiendo, ¿quién conduce a quién, el caballo o el jinete?
Ante todo, delimitaremos con exactitud las concepciones y las tendencias. Una concepción se puede identificar a sí misma como determinada tendencia, y a pesar de eso no coincidir con ella. Por ejemplo, el behaviorismo tiene razón cuando afirma que la psicología científica es posible únicamente como ciencia natural; sin embargo, eso no quiere decir que la realice como tal, que no comprometa esa idea. Para toda concepción, la tendencia es una tarea y no un hecho; tener conciencia de la tarea no significa saber resolverla. Dentro de una tendencia puede haber diferentes concepciones, y en una concepción pueden estar representadas en distinto grado ambas tendencias.
Partiendo de estas claras limitaciones, podemos pasar a los sistemas de la tercera vía. Aunque son numerosos, la mayoría se deben bien a ciegos, que confunden inconscientemente los dos caminos, bien a eclécticos conscientes, que saltan de un sendero a otro. Pasémoslos por alto; nos interesan los principios y no sus deformaciones. Los principios son básicamente tres: la teoría de la Gestalt, el personalismo y la psicología marxista. Analicemos pues estos tres principios al nivel que nos interesa. A las tres escuelas las une el común convencimiento de que la psicología como ciencia no es posible ni 363 sobre la base de la psicología empírica, ni sobre la base del behaviorismo, y que existe un tercer camino que está por encima de esos dos caminos y que permite llevar a cabo la psicología científica sin renunciar a ninguno de los dos planteamientos, sino uniéndolos en un todo. Cada sistema resuelve esta tarea a su manera y cada uno cumple una alternativa, y todos juntos agotan todas las posibilidades lógicas de la tercera vía, si los situamos en el marco de un experimento metodológico que hemos montado para llevar adelante nuestro análisis.
La teoría de la Gestalt resuelve el problema introduciendo el concepto fundamental de estructura (Gestalt), que engloba los aspectos funcional y descriptivo del comportamiento, lo que equivale a decir que es un concepto psicofísico. Unir estos dos aspectos en el objeto de una ciencia es únicamente posible si se halla en ambos algo verdaderamente común y si es precisamente ese algo común lo que se convierte en objeto de estudio. Porque si se considera la psique y el cuerpo como dos cosas separadas por un abismo, que no coinciden en ninguna propiedad, resultará materialmente imposible una ciencia sobre dos cosas distintas. Ese es el eje de la metodología de esta nueva teoría. El principio de la Gestalt es aplicable por igual a toda la naturaleza, no es una propiedad privativa de la psique; el principio tiene pues carácter psicofísico y es aplicable a la fisiología, la física y, en general, a todas las ciencias reales. La psique es tan sólo parte del comportamiento, los procesos conscientes son procesos parciales de grandes conjuntos (K. Koffka, 1925). M. Wertheimer precisa aún más. La teoría de la Gestalt se reduce a lo siguiente: todo lo que tiene lugar en una parte de un conjunto cualquiera está determinado por las leyes internas de la estructura de ese conjunto. «La teoría de la Gestalt es eso, ni más ni menos» (M. Wertheimer, 1925, pág. 7). El psicólogo W. Köhler (1924) ha mostrado que también en física tienen lugar básicamente esos mismos procesos. Es éste un hecho notable desde el punto de vista metodológico y un argumento decisivo para la teoría de la Gestalt. El principio de estudio es igual para lo físico, lo orgánico y lo inorgánico, lo que significa que la psicología se introduce en el contexto de las ciencias naturales y que la investigación psicológica es posible dentro de principios físicos. En lugar de la absurda unión de lo psíquico y lo físico como elementos absolutamente heterogéneos, la teoría de la Gestalt afirma su conexión: son parte de un todo. Sólo un europeo de cultura sofisticada puede separar lo psíquico y lo físico, como hacemos nosotros. Cuando una persona baila, ¿es que a un lado se halla la suma de los movimientos musculares y al otro la alegría y el entusiasmo? Lo uno y lo otro están estructuralmente próximos. La conciencia no aporta nada básicamente nuevo que exija otras formas de estudio. ¿Dónde están los límites entre el materialismo y el idealismo? Existen teorías psicológicas e incluso numerosos manuales, que a pesar de que hablan sólo de elementos de la conciencia son más insensibles, más absurdos, más inexpresivos, más materialistas que un árbol que crece. 364
¿Cuál es el significado de estos planteamientos de la Gestalt? Sólo que la teoría de la Gestalt realiza una psicología materialista, ya que básica y metodológicamente construye de forma sistemática su sistema. Aparentemente, eso está en contradicción con la teoría de la Gestalt sobre las reacciones fenoménicas, sobre la introspección, pero sólo aparentemente, porque para los psicólogos de esta escuela la psique es parte fenoménica del comportamiento. En resumen, la escuela de la Gestalt elige desde el principio uno de los dos caminos, y no el tercero.
Podemos plantear otras preguntas: ¿desarrolla su enfoque conscientemente la teoría de la Gestalt?, ¿no tropieza con contradicciones en sus criterios?, ¿ha elegido con acierto los métodos para desarrollar esa alternativa? Pero no es eso lo que nos interesa aquí, sino el sistema metodológico de los principios. Y en esa línea podemos llegar a decir que todo lo que en la teoría de la Gestalt no coincide. con esa tendencia es la manifestación de otra tendencia. Si se describe la psique empleando los mismos conceptos que la física, estamos en la vía de la psicología científico-natural.
Es fácil ver que en la teoría del personalismo W. Stern (1924) desarrolla la alternativa contraria. En su deseo de evitar ambas vías y elegir una tercera, se sitúa de hecho en una de las dos, en la de la psicología idealista. Stern parte de que carecemos de Psicología, pero tenemos muchas psicologías. En su deseo de mantener el objeto de la psicología en la mira de una y otra tendencia, introduce el concepto de actos y funciones psicofísicamente neutrales y llega a admitir que lo psíquico y lo físico recorren las mismas fases de desarrollo y que esa división es un hecho secundario, que aparece según se le presente al sujeto lo uno o lo otro; el hecho principal es la existencia de una persona psicofísicamente neutral y de sus actos, unos actos psicofísicamente neutrales. Por tanto, la unidad se consigue introduciendo el concepto del acto neutral psicofísico.
Pero ¿qué es lo que se oculta en realidad tras esa fórmula? Stern recorre el camino inverso, que ya conocemos, de la teoría de la Gestalt. Para él, el organismo e incluso los sistemas inorgánicos son también individualidades psicofísicas neutrales; las plantas, el sistema solar y el hombre deben ser interpretados básicamente igual, pero mediante la extensión del principio teleológico al mundo no psíquico. Tenemos ante nosotros una psicología teleológica. La tercera vía ha resultado de nuevo una de las dos vías conocidas. Una vez más tropezamos aquí con la metodología del personalismo: y la psicología del personalismo es la construcción que idealmente cabe esperar de acuerdo con estos principios metodológicos. Si lo es en realidad, es otra cuestión. De hecho, Stern, igual que Münsterberg, se ve obligado a mostrarse partidario de la psicología causal en el área de la psicología diferencial, es decir, ofrece de hecho una concepción materialista de la conciencia. De nuevo tiene lugar dentro de su sistema la lucha que ya conocemos y más allá de la cual había querido situarse sin éxito.
El tercer sistema que trata de situarse en la tercera vía es el de la psicología marxista, que se está hoy formando ante nuestra vista. Su análisis 365 resulta difícil, porque no dispone aún de su metodología y trata de hallarla ya terminada buscándola en expresiones casuales de los fundadores del marxismo. Pero querer encontrar en obras ajenas una fórmula terminada de la psique vendría a significar exigir «la ciencia antes que la propia ciencia«. Podemos decir sobre esos intentos que la heterogeneidad del material, su incoherencia, la variación que sufre el significado de la frase fuera del contexto, el carácter polémico de la mayoría de las opiniones —exactas sólo en la negación de los pensamientos falsos, pero vacías y generales en el sentido de la definición positiva de las tareas— no permiten en modo alguno esperar de ese trabajo otra cosa que un montón de citas más o menos casuales y su interpretación escolástica.
Otro defecto formal de ese intento es que mezcla dos objetivos en sus investigaciones: porque una cosa es estudiar la doctrina marxista desde el punto de vista histórico-filosófico y otra muy distinta analizar directamente los problemas planteados por esos pensadores. Si se juntan ambas tareas resulta una doble desventaja: para resolver el problema se utiliza un autor, pero el problema se plantea únicamente dentro de las medidas y del plano en que el autor lo trata de pasada y por otro motivo completamente distinto: ese tratamiento casual lleva a plantear los problemas desvirtuadamente, sin abordar sus problemas centrales y sin desarrollarlos como su propia esencia exigiría. Por añadidura, el temor a la contradicción verbal lleva a que se confundan la perspectiva gnoseológica y la metodológica y así sucesivamente.
Pero el segundo objetivo —el estudio del autor— tampoco se consigue por ese camino, porque el autor se moderniza sin querer, se ve arrastrado en la discusión de hoy, y lo que es más importante, se deforma burdamente con la sistematización arbitraria de citas arrancadas de diferentes lugares. Podríamos decir así que: en primer lugar, no se busca donde procede; en segundo lugar, no lo que hace falta, y en tercer lugar, no como hace falta. No donde procede, porque ni en Plejánov ni en ningún otro marxista hay lo que se busca en ellos, no disponen, no sólo de una metodología acabada, sino ni siquiera del germen de ella; a estos autores no se les había planteado ese problema y sus manifestaciones sobre el tema tienen ante todo un carácter no psicológico; carecen incluso de una doctrina gnoseológica sobre el modo para conocer lo psíquico. ¡Porque no es tan fácil crear aunque no sea más que la hipótesis de la relación psicofísica! Plejánov habría inscrito su nombre en la historia de la filosofía junto con Spinoza si hubiese creado una doctrina psicofísica cualquiera. No podía hacerlo, porque Plejánov nunca se ocupó de la psicofisiología, y la ciencia aún no podía dar motivos para construir semejante hipótesis.
De hecho, tras la hipótesis de Spinoza se encuentra toda la física de Galileo: se manifiesta en ella, traducida a lenguaje filosófico, toda la experiencia acumulada (fundamentalmente a partir de las ciencias naturales, que fueron las primeras en conocerla unidad y la regularidad del mundo). ¿Y qué es lo que podía engendrar en psicología esa doctrina? A Plejánov y a otros les interesó siempre el objetivo local: el objetivo polémico, explicativo 366 en general del contexto, pero no el pensamiento independiente, generalizado, elevado al rango de doctrina.
No lo que hace falta, porque, mientras lo que se necesita es un sistema metodológico de principios que permitan iniciar la investigación, lo que se busca realmente es la respuesta a la cuestión de qué se encuentra en un hipotético punto científico final de las investigaciones colectivas de muchos años. Pero si ya existiera la respuesta no habría necesidad de construir la psicología marxista.
El criterio externo de la fórmula que se busca debe ser su utilidad metodológica; en lugar de eso, se busca una fórmula de importancia ontológica, que diga lo menos posible, que sea prudente, que se abstenga de toda resolución. Cuando lo que nos hace falta es una fórmula que nos preste servicio en las investigaciones se busca una a la que, en cambio, hemos de servir nosotros, una fórmula que nos vemos en la obligación de demostrar. De ésta búsqueda no resultan sino fórmulas que paralizan metodológicamente la investigación, como los conceptos negativos, etc. De modo que es imposible ver cómo podemos desarrollar nuestra ciencia a partir de esas expresiones casuales.
No como hace falta, porque el pensamiento lo constriñe un principio de autoridad; no se estudian métodos, sino dogmas. Además, la superposición de dos fórmulas (frases o expresiones, N. R. E.) ni representa la liberación del método lógico, ni supone la aceptación del enfoque crítico y de la investigación libre del problema.
Los tres vicios se deben a una sola causa: a la incomprensión de la tarea histórica de la psicología y del significado de la crisis. A ese tema dedicamos específicamente el siguiente capítulo. En éste trataremos de delimitar mejor la separación entre las concepciones y el sistema, para descargar de éste la responsabilidad de los pecados de las concepciones. Para ello debemos señalar que estamos ante una interpretación errónea del sistema, una interpretación que no sabe adonde va.
Para el tercer sistema, que estamos comentando (la psicología marxista) la base de esa tercera vía en psicología radica en el concepto de reacción que, a diferencia del concepto de reflejo y del de fenómeno psíquico, incluye tanto el aspecto objetivo como el subjetivo en el acto integral de la reacción. No obstante, a diferencia de la teoría de la Gestalt y de la de Stern, la nueva teoría renuncia a la premisa metodológica que une en un solo concepto ambas vertientes de la reacción. Pues, ni el supuesto de la existencia en la psique de las mismas estructuras que en física, ni el de la existencia en la naturaleza inorgánica de una entelequia o persona, es decir, ni la vía de la teoría de la Gestalt, ni la de Stern, nos permiten alcanzar el objetivo.
La nueva teoría acepta, de acuerdo con Plejánov, la doctrina del paralelismo psicofísico y la completa irreductibilidad de lo psíquico a lo físico, reducción en la que ve un materialismo burdo y vulgar. Pero ¿cómo es posible una ciencia sobre dos categorías de realidad, radical y cualitativamente heterogéneas e irreductibles? ¿Cómo cabe fundirlas en un acto de reacción integral? Podemos responder de dos maneras a estas preguntas. Kornilov 367 aboga por una relación funcional entre ambas categorías, aunque con ello hace añicos cualquier posible integridad porque en la relación funcional pueden estar incluidas magnitudes diferentes de hecho. No puede pues investigarse en psicología partiendo del concepto de reacción, porque en este concepto están incluidos dos elementos funcionalmente dependientes que no pueden ser reducidos a una unidad. Con ello no resuelve Kornilov el problema psicológico, sino que lo traslada al interior de cada elemento, y con ello hace imposible el avanzar un solo paso en la investigación, puesto que ha extendido su interpretación a la totalidad de la psicología. Si en las anteriores propuestas no estaba clara la relación entre los campos de la psique y de la fisiología a nivel global, aquí, la confusión y por tanto la insolubilidad del problema se halla en cada reacción, una a una. ¿Qué nos aporta entonces, metodológicamente, la solución de Kornilov al problema? El hecho de resolverlo experimentalmente, empíricamente, en cada caso aislado, en lugar de hacerlo problemáticamente (hipotéticamente) al comienzo de la investigación. Lamentablemente eso no es posible, como no lo es una ciencia con dos métodos distintos de cognición o que se sirva de medios de investigación esencialmente distintos. A eso se debe que K. N. Kornilov no vea en la introspección un simple procedimiento técnico, sino el único medio adecuado para conocer lo psíquico. Está claro que la integridad metodológica de la reacción no pasa del nivel de los deseos, sigue siendo pia desideria, y que, de hecho, la concepción de este autor nos conduce a dos distintas ciencias con dos distintos métodos, que estudian dos aspectos diferentes de la existencia.
Debemos comentar también la respuesta al problema que da Yu. V. Frankfurt (1926). Siguiendo las huellas de G. V. Plejánov, este autor se enreda en una irremediable e- insoluble contradicción, al querer demostrar la materialidad de la psique inmaterial y al querer vincular en la psicología dos caminos no vinculables en la ciencia. La línea de su razonamiento es la siguiente: los idealistas ven en la materia la otra esencia del espíritu; los materialistas mecanicistas ven en el espíritu la otra esencia de la materia. El materialista dialéctico conserva los dos términos de la antinomia. Para el la psique es, entre otras muchas propiedades: 1) una propiedad especial que no se puede reducir al movimiento; 2) un estado interno de la materia en movimiento; 3) el lado subjetivo del proceso material. Intentaré poner en evidencia a lo largo de esta exposición sistemática de las concepciones psicológicas el carácter contradictorio y heterogéneo de estas fórmulas y confío mostrar cómo deforman el significado este tipo de comparaciones de pensamientos arrancados de contextos totalmente distintos.
Lo que aquí nos interesa es única y exclusivamente el aspecto metodológico del problema: cómo puede ser posible construir una ciencia sobre dos tipos de esencia radicalmente diferentes. No tienen nada en común, no pueden ser unificados, pero quizás existe entre ellos una relación de igual valor, que permita unirlos. No, Plejánov lo dice claramente: el marxismo no reconoce «la posibilidad de explicar o descubrir una clase de fenómenos sirviéndose de 368 representaciones o de conceptos, «desarrollados» para explicar o describir una clase distinta» (cito de Yu. V. Frankfurt, 1926, pág. 51). «La psique —dice Frankfurt— es una propiedad especial, descrita o explicada con ayuda de sus conceptos o representaciones especiales» (Ibídem). Otra vez lo mismo (págs. 52-53), diferentes conceptos. Pero eso significa que hay dos ciencias, una sobre el comportamiento como forma peculiar del movimiento del individuo, la otra sobre la psique como inmovilidad. Frankfurt se refiere justamente a la fisiología tanto en sentido estricto como amplio, es decir, incluyendo también en éste la psique. Pero, ¿seria eso fisiología? ¿Es suficiente desearlo para que la ciencia surja, de acuerdo con nuestro fiat? Que se nos muestre un solo ejemplo de una ciencia realizada sobre dos tipos diferentes de realidad, explicados y descritos con ayuda de distintos conceptos, o muéstresenos al menos la posibilidad de tal tipo de ciencia.
El razonamiento que exponemos a continuación recoge dos puntos que muestran categóricamente la imposibilidad de una ciencia así.
1. La psique es una cualidad o propiedad especial de la materia, pero la cualidad no es una parte de la cosa, sino una facultad especial.
La materia posee muchas cualidades de la cosa, una de ellas la psique. Plejánov compara la relación entre la psique y el movimiento con las relaciones entre la propiedad de crecer y de arder con facilidad, de la dureza y del brillo del hielo. Pero en este caso, ¿por qué sólo hay dos miembros de la antinomia? Debería haber tantos como propiedades, o sea, muchos, infinitamente muchos. Evidentemente y en contra de lo que sostiene Chernyshevski, existe algo en común a todas las cualidades, hay un concepto común que puede agrupar todas las cualidades de la materia: el brillo y la dureza del hielo y la facilidad de arder y el crecimiento del árbol. De lo contrario, existirían tantas ciencias como propiedades: una sobre el brillo del hielo, otra sobre su dureza. Lo que dice N. G. Chernyshevski es simplemente absurdo como principio metodológico. También dentro de la psique existen diferentes cualidades; el dolor se parece tanto al dulzor como el brillo a la dureza (otra propiedad de nuevo).
Lo que ocurre es que Plejánov opera con el concepto general de psique, que incluye gran número de la más diversas cualidades, y ese concepto general, que incluye a todas las demás cualidades es el movimiento. Evidentemente, la relación entre psique y movimiento es, esencialmente; diferente de la que existe entre las diversas cualidades: el brillo y la dureza son, al fin y al cabo, movimiento; y el dolor y el dulzor son, a fin de cuentas, psique. La psique no es una de muchas propiedades, sino una de dos. Por tanto y en último término, hay dos principios y no uno ni muchos. Metodológicamente, eso significa que se mantiene íntegramente el dualismo de la ciencia. Esto queda especialmente claro si pasamos a nuestro segundo punto.
2. Según Plejánov (1922), la psique no influye en lo físico. Mientras Frankfurt (1926) aclara que influye en sí misma de forma mediata, a través de lo fisiológico, que posee una eficacia específica. Si unimos dos triángulos rectángulos, su forma dará lugar a una nueva, a un cuadrado y no son las 369 formas en sí las que lo causan «como un segundo aspecto «formal» de la unión de nuestros dos triángulos». Señalemos que existe una formulación exacta de la famosa Schattenteorie teoría de las sombras: cuando dos personas se dan la mano, sus sombras hacen lo mismo. Según Frankfurt, las sombras «influyen» una en otra a través de los cuerpos.
Pero no está ahí el problema metodológico. ¿Es Frankfurt consciente de que ha llegado a una formulación monstruosa para un materialista sobre la naturaleza de nuestra ciencia? Porque en realidad, ¿qué es esa ciencia de las sombras, las formas, las imágenes especulares? Frankfurt comprende a medias adónde ha llegado, pero no se da cuenta de lo que eso significa. ¿Es acaso posible una ciencia natural sólo de las formas, una auténtica ciencia que emplee la inducción, el concepto de causalidad? Sólo en geometría estudiamos formas abstractas. Se ha dicho así la última palabra: la psicología es posible en geometría. Pero ésa es precisamente la expresión suprema de la psicología eidética de Husserl y así es también la psicología descriptiva de Dilthey, definida como matemática del espíritu, como así es también la fenomenología de Chelpánov, la psicología analítica de Stout, Meinong, Schmidt-Kowazik. Todas ellas comparten con Frankfurt su estructura fundamental: todas utilizan la misma analogía, que podemos comentar en dos puntos.
1. Hay que estudiar la psique, igual que las formas geométricas, fuera de la causalidad; dos triángulos no engendran un cuadrado, el círculo no sabe nada de la pirámide; ninguna de las relaciones del mundo real puede ser trasladada al mundo ideal de las formas y de las esencias psíquicas: sólo se las puede describir, analizar y clasificar, pero no explicar. Dilthey considera que la propiedad principal de la psique consiste en que sus componentes no están ligados por la ley de la causalidad: «Las representaciones no encierran los, fundamentos necesarios para transformarlas en sentimientos; cabe imaginarse un ser que posea únicamente la facultad de representación, que en el fragor del combate fuera un espectador indiferente y abúlico de su propia destrucción. Los sentimientos no encierran los fundamentos necesarios para transformarlos en procesos volitivos; puede uno imaginarse a ese mismo individuo, mirando el combate que se desarrolla a su alrededor con sentimiento de temor y espanto, aunque estos sentimientos no se manifiestan como movimientos defensivos» (1924, pág. 99).
Precisamente porque estas concepciones son indeterministas, inmotivadas y carecen de espacio, precisamente porque están construidas según el tipo de las abstracciones geométricas, Pavlov rechaza su utilidad para la ciencia: no guardan relación con la construcción material del cerebro. Precisamente por ser geométricos, decimos de acuerdo con Pavlov que no son útiles para la ciencia real.
Pero ¿cómo es posible una ciencia que una el método geométrico con el científico-inductivo? Dilthey comprendía perfectamente que el materialismo y la psicología explicativa se presuponen una a otra. «El último lo constituye en todos sus matices la psicología explicativa. Toda teoría que se fundamente 370 en las relaciones de los procesos físicos y que sólo en ellos incluya los hechos psíquicos es materialismo» (Ibídem, pág. 30):
Es precisamente el deseo de defender la independencia del espíritu y de todas las ciencias del espíritu, el miedo a trasladar a este mundo espiritual la regularidad y la necesidad que reina en la naturaleza, lo que hace que se le tenga miedo a la psicología descriptiva. «Ninguna... de las psicologías explicativas puede servir de base a las ciencias del espíritu» (Ibídem, pág. 64). Eso significa que la ciencia del espíritu no puede ser estudiada de forma materialista. Si Frankfurt comprendiera lo que significa de hecho su exigencia de una psicología concebida como geometría o su postulado de que la conexión específica —la «eficacia»— no es la causalidad física de la psique, comprendería a la vez que su renuncia a la psicología explicativa no implica ni más ni menos que la renuncia a los conceptos de organización en todo el campo del espíritu, y que eso es lo que se discute. Los idealistas rusos lo comprenden perfectamente: la tesis de Dilthey acerca de la psicología es para ellos una tesis que se opone a la interpretación mecanicista del proceso histórico.
2. El segundo rasgo de la psicología a que ha llegado Frankfurt consiste en el método, en la naturaleza del conocimiento de esta ciencia. Si no se establece una relación entre la psique y los procesos de la naturaleza, si la psique está al margen de la causalidad, si no se la puede estudiar de forma inductiva, observando hechos reales y generalizándolos, habrá que estudiarla según el método especulativo: captando directamente la verdad en esas ideas platónicas o esencias psíquicas. En geometría no cabe la inducción; lo que se ha demostrado para un triángulo ha sido demostrado para todos. En ella no estudiamos triángulos reales, sino abstracciones ideales -sus propiedades particulares aisladas de las cosas, llevadas al límite y tomadas en forma completamente ideal. Para Husserl, la fenomenología guarda la misma relación con la psicología que las matemáticas con las ciencias naturales. Pero sería imposible realizar la geometría y la psicología, según Frankfurt, como ciencias naturales. Las separa de —lo natural— el método. La inducción se basa en la repetida observación de los hechos y en la generalización obtenida experimentalmente; el método analítico (fenomenológico) se basa en la percepción de la verdad de forma directa y de una sola vez. Y conviene que recapacitemos sobre ello: tenemos que saber con exactitud cuál es la ciencia con la que queremos romper por completo. Plantear esta disyuntiva entre la doctrina de la inducción y la del análisis supone una enorme incomprensión que es preciso desenmascarar.
También en la psicología causal y en las ciencias naturales se emplea el análisis de forma completamente planificada y también en ellas es frecuente deducir, a partir de una única observación una regularidad general. De hecho, el predominio de la inducción y de la elaboración matemática junto a la falta de desarrollo del análisis arruinaron en gran parte la obra de Wundt y de toda la psicología experimental. 371
¿En qué se diferencian un análisis de otro o, para no caer en error, el método analítico del fenomenológico? Si llegamos a saber eso, trazaremos en nuestro mapa la última línea de separación entre las dos psicologías.
El método de análisis en las ciencias naturales y en la psicología causal consiste en estudiar un fenómeno, representante típico de toda una serie y en deducir desde él principios aplicables a toda la serie. Chelpánov aclara esta tesis con el ejemplo del estudio de las propiedades de diferentes gases. Por ejemplo, afirmamos algo sobre las propiedades de todos los gases, tras haber realizado el experimento con un gas cualquiera. Y llegamos a tal conclusión porque sobrentendemos que el gas que nos ha servido para el experimento posee las propiedades de todos los gases restantes. En un razonamiento de este tipo intervienen a la vez, según Chelpánov, el método inductivo y el analítico.
¿Es esto cierto?, es decir, ¿es realmente posible mezclar, unir el método geométrico con el científico-natural o sólo se da aquí una mezcla de términos, y Chelpánov emplea la palabra análisis en dos sentidos completamente diferentes? La pregunta es demasiado importante para pasarla por alto: junto a la necesidad de diferenciar las dos psicologías, está también la necesidad de deslindar lo más profundamente y lo más separadamente posible sus métodos, ya que no pueden tener métodos comunes. Y aparte del hecho de que nos interesa explicitar el método que tras ese deslinde corresponderá a la psicología descriptiva (porque deseamos conocerla a fondo) no queremos ceder en ese reparto ni un ápice del territorio que nos pertenece; el método analítico es demasiado importante en la construcción de la psicología social, como veremos más adelante, para que lo entreguemos sin lucha.
Al explicar el principio hegeliano en la metodología marxista, nuestros marxistas afirman con acierto que cada cosa puede ser considerada como un microcosmos, como un modelo global, en que se refleja todo el gran mundo. Basándose en ello, dicen que investigar hasta el fondo, agotar una cosa cualquiera, un objeto, un fenómeno, significa conocer el mundo entero en todas sus conexiones. En este sentido, podemos decir que cada persona es en mayor o menor grado el modelo de la sociedad o más bien de la clase a que pertenece, ya que en él se reflejan la totalidad de las relaciones sociales.
Podemos ver que en este planteamiento el conocimiento de lo singular es la clave de toda la psicología social; de modo que hemos de conquistar para la psicología el derecho de considerar lo singular, es decir al individuo, como un microcosmos, como un tipo, como ejemplo o modelo de la sociedad. Dejemos sin embargo por el momento este punto y esperemos a que nos quedemos solos y cara a cara con la psicología causal para poder hablar de el, pues antes debemos proseguir y agotar esta tarea previa de disección.
A partir del ejemplo que pone Chelpánov sobre los gases podemos dar como cierto que el análisis no niega, en física, la inducción, y que precisamente gracias a él resulta posible realizar una observación sin repetirla, observación que nos proporciona una conclusión general. Pero ¿tenemos en realidad derecho a ampliar nuestra conclusión desde uno a todos los gases. 372
Evidentemente, pero sólo porque a través de observaciones inductivas precedentes hemos elaborado un concepto general de gas y establecido el volumen y contenido de ese concepto. Tenemos derecho además porque estudiamos el gas en cuestión, concreto, no como tal, sino desde un punto de vista distinto, estudiando las propiedades generales del gas que se realizan en él. Y precisamente esa posibilidad —es decir, ese punto de vista que nos permite separar en este caso concreto aquello que le es propio de lo que es general— se lo debemos al análisis.
Por tanto, el análisis no se contrapone básicamente a la inducción, sino que está cerca de ella: es su forma superior, que desmiente su sentido (la iteración). Se apoya en la inducción y la guía. El análisis es el que plantea las cuestiones; el que constituye la base de todo experimento: todo experimento es un análisis en acción, lo mismo que todo análisis es un experimento que se lleva a cabo en la mente. Por eso, lo correcto sería denominar el análisis método experimental. En realidad, cuando realizo un experimento, estudio A, B, C..., es decir, una serie de fenómenos concretos, y distribuyo las conclusiones adjudicándolas a distintos grupos: a todas las personas, a los niños de edad escolar, a la actividad, etc. El análisis es el que ofrece el volumen de propagación de las conclusiones, es decir, el hecho de destacar en A, B, C los rasgos comunes al grupo en cuestión. Pero aún más: en el experimento observo siempre un síntoma del fenómeno y ésta es de nuevo labor del análisis.
Pasemos al método inductivo para explicar el análisis: examinemos una serie de aplicaciones de este método.
I. P. Pavlov estudia la actividad real de la glándula salival en los perros. ¿Qué le permite denominar su experimento estudio de la actividad nerviosa superior de los animales? ¿No debería haber comprobado sus experimentos en el caballo, el cuervo, etc., en todos los animales o por lo menos en la mayoría de ellos para tener derecho a sacar conclusiones? ¿O quizá debería haber denominado su experimento así: estudio de la salivación de los perros? Pero es que Pavlov no ha estudiado específicamente la salivación de los perros como tal, y su experimento no ha aumentado en un ápice nuestros conocimientos sobre el propio perro, ni sobre la salivación en sí. En el perro no ha estudiado al perro, sino al animal en general, y en la salivación ha estudiado el reflejo en general, es decir, en y a partir de ese animal y de ese fenómeno ha destacado lo que hay de común con todos los fenómenos homogéneos. Por eso, sus conclusiones se refieren no sólo a todos - los animales, sino también a toda la biología: el hecho establecido de la segregación de la saliva en los perros pavlovianos en respuesta a las señales dadas por Pavlov se convierte directamente en un principio biológico general: la transformación de la experiencia hereditaria en individual. Y eso ha sido posible porque Pavlov ha abstraído al máximo el fenómeno que estudiaba de sus condiciones específicas, ha captado genialmente lo común en lo individual. 373
¿En qué se ha apoyado para poder ampliar sus conclusiones? Naturalmente, en lo siguiente: aquello a lo que extendemos nuestras conclusiones debe referirse a los mismos elementos, de modo que nos apoyamos en la semejanza previamente establecida (la clase de reflejos hereditarios en todos los animales, el sistema nervioso, etc.). Pavlov ha descubierto una ley biológica general, al estudiar los perros. Ha estudiado en el perro lo que constituye la base del animal.
Ese es el camino metodológico de cualquier principio explicativo. Propia-mente, Pavlov no ha extendido sus conclusiones, puesto que el grado de su extensión estaba dado de antemano en el propio planteamiento del experimento. Y el mismo caso se da con A. A. Ujtomski. Ujtomski ha estudiado diversos preparados de ranas: si hubiese extendido sus conclusiones a todas las ranas, se trataría de una inducción; pero él habla del dominante como principio de la psicología de los héroes de «Guerra y paz», y eso se lo debe al análisis. Sherrington ha estudiado en numerosos perros y gatos los reflejos de rascarse y de flexión de las patas traseras y ha establecido el principio de la competencia por el campo motor, como constituyente básico de la personalidad. Pero ni Ujtomski ni Sherrington han añadido nada al estudio de las ranas y de los gatos como tales.
Claro está que no deja de ser una tarea absolutamente concreta el definir a nivel práctico los límites exactos del principio general y con ellos el grado de aplicabilidad a las diferentes especies de un género dado: puede que el reflejo condicionado tenga su límite superior en el comportamiento de la criatura humana y el inferior en el de los invertebrados, y por debajo y por encima se presente en una forma absolutamente distinta. Dentro de esos límites es más aplicable al perro que a la gallina, y se puede establecer con exactitud en qué medida es aplicable a cada uno de ellos. Pero todo eso es ya y justamente inducción: el estudio de lo específicamente individual respecto a un principio sobre la base del análisis. Ese proceso es fraccionable hasta el infinito: podemos estudiar la aplicabilidad del principio a diferentes razas, edades y sexos de perros; aún más, a un perro individual e incluso en día y hora determinados, etc. Y lo mismo podemos hacer respecto a un dominio o área más general.
He tratado de introducir la aplicación de este método personalmente en la psicología consciente, intentando deducir las leyes de la psicología del arte mediante el análisis de una fábula, una novela y una tragedia. He partido para ello de la idea de que las formas más desarrolladas del arte son la clave de las formas atrasadas, como la anatomía del hombre lo es respecto a la de los monos; que la tragedia de Shakespeare nos explica los enigmas del arte primitivo y no al revés. Hago afirmaciones además sobre todo el arte y no compruebo sin embargo mis conclusiones en la música, la pintura, etc. Aún más: no las compruebo siquiera en .todas o la mayoría de las variedades de literatura; tomo sólo una novela, una tragedia. ¿Con qué derecho? No he estudiado las fábulas ni las tragedias y menos aún una fábula dada y una tragedia dada. He estudiado en ellas lo que constituye la base de todo el 374 arte: la naturaleza y el mecanismo de la reacción estética. Me he apoyado en los elementos generales de la forma y del material inherentes a todo arte. He elegido para el análisis la fábula, novela y tragedia más difíciles, precisamente aquéllas en las que son especialmente patentes las leyes generales: he seleccionado los monstruos dentro de las tragedias, etc. Este análisis presupone hacer abstracción de los rasgos concretos de la fábula como un género determinado para concentrar el esfuerzo en la esencia de la reacción estética. Por eso no digo nada de la fábula como tal. Y el propio subtítulo «Análisis de la reacción estética» indica que la finalidad de la investigación no consiste en la exposición sistemática de la doctrina psicológica del arte en todo su volumen y amplitud (todas las variedades del arte, todos los problemas, etc.) ni siquiera la investigación inductiva de una serie determinada de hechos, sino justamente el análisis de los procesos en su esencia.
Por consiguiente, el método analítico-objetivo está muy cercano al experimento: su importancia va más allá de lo que cubre su campo de observación. Evidentemente, también los principios que explican el arte nos hablan de una reacción que de hecho nunca ha tenido lugar de forma pura, que siempre se ha producido con su «coeficiente de especificación».
Descubrir los límites, el grado y las formas de aplicación de un principio, es el objeto de la auténtica investigación. Que la historia muestre qué artes y en qué épocas y qué formas han caído en desuso en el arte: mi tarea es mostrar cómo se produce el hecho en general. Y esa es la aproximación metodológica general en todas las teorías del arte actual: estudian la esencia de las reacciones, sabiendo que éstas nunca se dan de forma pura, aunque los diversos tipos, normas o, límites forman siempre parte de toda reacción concreta y determinan el carácter específico de ésta. Por eso nunca tiene lugar en el arte la reacción estética pura: y de hecho, siempre aparece combinada con las más difíciles y variadas formas de ideología (moral, política, etc.). Incluso muchos piensan que las manifestaciones estéticas no son más importantes en el arte de lo que lo es la coquetería en la multiplicación de las especies: sólo constituiría la fachada, el Vorlust, el cebo, mientras que el significado del acto es otro (S. Freud y su escuela); otros suponen que histórica y psicológicamente el arte y la estética son dos círculos secantes, son una parte común y otra diferenciada (Utiz). Todo eso es verdad, pero el hecho de que el principio haya sido abstraído a través de todo ello no altera en nada su veracidad. Sólo significa que la reacción estética es así; pero cosa distinta es encontrar los límites y el significado de la propia reacción estética dentro del arte.
Esto es justamente lo que se logra mediante la abstracción y el análisis. Aunque su parecido con el experimento se limita a que también en éste se da una combinación artificial de fenómenos en la que la acción de una ley determinada debe llevarse a cabo en la forma más pura: es como un cepo para la naturaleza, es el análisis en acción. La que realizamos en el análisis es también una combinación artificial de fenómenos muy parecida, aunque llevada a cabo mediante la abstracción mental. Podemos verla con especial 375 claridad cuando aplicamos el análisis a estructuras artificiales. Puesto que éstas están orientadas, no a objetivos científicos, sino prácticos, están calculadas para que actúe una determinada ley psicológica o física. Y eso ocurre igualmente en los casos de la máquina, la anécdota, la lírica, la mnemotécnica o un destacamento militar. En todos estos casos estamos ante experimentos prácticos. De ahí que el análisis de estos casos equivalga a un experimento sobre fenómenos ya terminados. Por su significado el análisis está muy próximo a la patología —ese experimento montado por la propia naturaleza—. La única diferencia consiste en que la enfermedad proporciona la eliminación, la separación de los rasgos individuales, mientras que aquí por el contrario tiene lugar la presencia, la elección de los rasgos necesarios. Pero el resultado es el mismo. Toda poesía lírica es un experimento parecido.
La tarea del análisis consiste en descubrir la ley que sirve de base al experimento natural. Pero incluso cuando el análisis no opera con máquinas, es decir, cuando no realizamos un experimento práctico, sino que operamos con un fenómeno cualquiera, el análisis es esencialmente similar al experimento. Podríamos alegar lo mucho que complican y afinan nuestra investigación los aparatos y hasta qué punto nos hacen más razonables, más fuertes o más agudos. Pero todo ello se da también en el experimento.
Podría pensarse que, igual que el experimento, el análisis deforma la realidad, es decir, crea condiciones artificiales para la observación, y de ahí la exigencia de que el experimento tenga vitalidad y naturalidad. Pero si sobre este requisito priman las exigencias técnicas el experimento puede verse abocado al absurdo: no debemos asustar la pieza que buscamos. Por otra parte, la fuerza del análisis está en la abstracción, lo mismo que la del experimento en la artificialidad. El experimento de Pavlov es la mejor muestra: para el perro constituye un experimento natural =es alimentado, etc.—, pero para el científico es el colmo de la artificialidad: conseguimos recoger una secreción de saliva al actuar sobre una zona determinada: se da una combinación no natural. Del mismo modo, para analizar una máquina es preciso destruirla, necesitamos provocar el deterioro bien a nivel mental o real, del mecanismo para lograr, como una forma estética, su deformación.
Si recordamos lo que hemos dicho más arriba sobre el método indirecto, podremos darnos cuenta fácilmente de que el análisis y el experimento presuponen el estudio indirecto: a través del análisis de los estímulos llegamos a desvelar finalmente el mecanismo de la reacción; mediante el análisis del destacamento a interpretar el movimiento de los soldados; desde la forma de la fábula a comprender las reacciones que ésta causa.
Eso mismo dice en esencia Marx, cuando compara la fuerza de la abstracción con el microscopio y con los reactivos químicos en las ciencias naturales. Todo «El capital» está escrito siguiendo ese método: Marx analiza la «célula» de la sociedad burguesa —la forma del valor de la mercancía— Y muestra que es más fácil estudiar el organismo desarrollado que la célula. En ésta lee la estructura de toda la construcción y de todas las formas económicas. Al profano, dice, puede parecerle que su análisis se pierde en un 376 laberinto de sutilezas. Y son en efecto sutilezas; del mismo tipo que nos depara, por ejemplo, la anatomía micrológica (K. Marx, F. Engels. Obras, t. 23, pág. 6). Si alguien pudiera descubrir esa célula en psicología —el mecanismo de una reacción— habría encontrado la clave de toda la psicología.
Por eso, metodológicamente, el análisis es un arma potentísima. Engels explica a los «omniinduccionistas» que «ni con toda la inducción del mundo habríamos podido llegar jamás a ver claro el proceso de la inducción. Para ello, no habría otro camino que analizar este proceso» (K. Marx, F. Engels. Obras, t. 20, pág. 542). Y señala más adelante los errores —que podemos encontrar a cada paso— de la inducción. En otro lugar compara Engels ambos métodos y toma de la termodinámica un ejemplo de cómo la inducción no puede pretender ser la forma única ni siquiera la predominante de los descubrimientos científicos. «La máquina de vapor ha probado del modo más concluyente cómo se puede, mediante el calor, obtener movimiento mecánico: 100.000 máquinas de vapor no lo prueban más que una sola...» (Ibídem, pág. 543). «El primero que se lo propuso seriamente fue Sadi Carnot. Pero no por inducción. Estudió la máquina de vapor, la analizó y vio que el proceso causante no se presentaba en ella de un modo puro, sino encubierto por diversos procesos accesorios, descartó estas circunstancias concomitantes irrelevantes para él proceso esencial y construyó una máquina de vapor ideal:.., en rigor imposible de construir, como no pueden construirse, por ejemplo, una línea o una superficie geométrica, pero que, a su modo, presta el mismo servicio que estas abstracciones matemáticas, al presentar ante nosotros el proceso en su forma pura, como un proceso independiente y sin falsear» (Ibídem, págs. 543-544).
Podríamos demostrar cómo y dónde es aplicable este análisis como método de investigación en psicología aplicada, pero podemos decir, aún limitándonos a una formulación general, que el análisis es la aplicación de la metodología al conocimiento del hecho, es decir, implica la valoración del método empleado y evaluar el significado de los fenómenos obtenidos. En este sentido, cabe decir que el análisis siempre es propio de la investigación, de lo contrario, la inducción se transformaría en un registro.
¿En qué se diferencia este análisis del de Chelpánov? En cuatro rasgos: 1) el método analítico está orientado al conocimiento de realidades :y persigue el mismo objetivo que la inducción, mientras que el método fenomenológico no presupone en absoluto la existencia de la esencia hacia la que va dirigido: su objeto puede ser una pura fantasía, desprovista de toda existencia; 2) el método analítico estudia los hechos y conduce a un conocimiento que comparte la autenticidad de tales hechos, mientras que el método fenomenológico consigue verdades apodícticas, cuya autenticidad tiene carácter absoluto y obligatorio; 3) el método analítico es un caso particular del conocimiento experimental —es decir, del conocimiento real, según Hume—, mientras que el método fenomenológico es apriorístico, no es una variedad de experimento o de conocimiento real; 4) el método analítico, a partir de hechos estudiados Y generalizados anteriormente y a través del estudio de nuevos hechos 377 individuales conduce, en último término, a nuevas generalizaciones relativas reales, que tienen sus fronteras, su grado de aplicación, sus limitaciones e incluso sus excepciones, mientras que el método fenomenológico lleva al conocimiento, no de lo general, sino de las ideas, de las esencias. Lo general se conoce por inducción, la esencia por intuición. Las esencias están al margen del tiempo y de la realidad y no se refieren a cosas temporales ni reales.
Como puede verse, la diferencia entre los dos métodos es tan grande como puede serlo. Mientras un método —lo denominaremos analítico— es el de las ciencias reales, naturales, el otro —el fenomenológico o apriorístico— es el de las ciencias matemáticas y de la ciencia pura del espíritu.
¿Por qué Chelpánov denomina a su método analítico, afirmando su identidad con el fenomenológico? En primer lugar, se trata de un evidente error metodológico que el propio autor trata repetidas veces de aclarar. Señala así que el método analítico no es idéntico al análisis habitual que aplica la psicología, pues nos proporciona conocimientos de naturaleza distinta a la inducción —recordemos cuáles eran en concreto esas diferencias, establecidas todas ellas por Chelpánov—. Por tanto, estamos hablando de dos variedades de análisis, que no tienen en común nada más que el término. El empleo de un término común induce a confusión y es preciso por tanto diferenciar en él esos dos significados.
Está claro además, que el análisis aplicado en el caso del gas, que invoca Chelpánov como posible réplica a la teoría que defiende el criterio individual como principal signo del método «analítico», es un análisis científico-natural y no fenomenológico. Lo que ocurre sencillamente es que el autor se equivoca cuando ve ahí una combinación del análisis y la inducción: es sólo un análisis, pero no del tipo que él piensa. Ninguno de los cuatro puntos diferenciadores de ambos métodos deja lugar a dudas en este sentido: 1) está orientado a hechos reales y no a «posibilidades ideales»; 2) posee tan sólo veracidad real, y no apodíctica; 3) es aposteriorístico; 4) conduce a generalizaciones que tienen límites y grado, pero no a la contemplación de la esencia. En general, surge de la experiencia, de la inducción, y no de la intuición.
Esta absurda unión en un mismo experimento de los métodos fenomenológico e inductivo, deja totalmente claro que estamos ante un manifiesto error y confusión de términos; un error que Chelpánov muestra en detalle con su ejemplo de los gases: es lo mismo que si hubiésemos demostrado en parte el teorema de Pitágoras y en parte hubiésemos complementado su estudio con triángulos reales. Un absurdo. Aunque tras ese error se oculta un significado: los psicoanalistas nos han enseñado a ser sensibles y a desconfiar de los errores. Chelpánov pertenece a los conformistas: ve la dualidad de la psicología, pero no comparte, junto con Husserl, la separación total de la psicología y la fenomenología; para él, la psicología es en parte fenomenología; dentro de ella existen variedades fenomenológicas, que constituyen su eje como ciencia; pero al mismo tiempo, a Chelpánov le da pena la psicología experimental, de la que se burla despectivamente Husserl; 378 Chelpánov quiere unir lo que no se puede unir, y en su historia de los gases figura por única vez el método analítico (fenomenológico) junto con la inducción en física cuando estudia los gases reales. Y esa confusión la oculta con el término general de «analítica».
La división del doble método analítico en fenomenológico y analítico-inductivo nos permite visualizar los dos puntos extremos sobre los que gravita la discrepancia entre las dos psicologías, sus puntos de partida gnoseológicos. Esa diferenciación entre ambos extremos tiene para mí enorme importancia y veo en ella la cima y el centro de todo este análisis, y me parece ahora tan clara como un simple arpegio. La fenomenología (psicología descriptiva) parte de la diferencia radical entre la naturaleza física y la existencia psíquica. Mientras en la naturaleza distinguimos fenómenos y existencias, «En la esfera psíquica no existe diferencia alguna entre fenómeno y existencia» (E. Husserl, 1911, pág. 25). Aunque la naturaleza sea una existencia que se manifiesta a través de fenómenos, no podemos en absoluto afirmar lo mismo respecto a la existencia psíquica. Aquí, el fenómeno y la existencia coinciden uno con otra. Resulta difícil ofrecer una fórmula más precisa del idealismo psicológico. Y ésta es la fórmula gnoseológica del materialismo psicológico: «La diferencia entre pensamiento y realidad no ha sido borrada en psicología. Incluso en el seno del pensamiento puede uno distinguir entre el pensamiento y el pensamiento sobre el propio pensamiento» (L. Feuerbach, 1955, pág. 216). En estas dos fórmulas se resume la esencia de esta discusión.
Hay que saber plantear asimismo el problema gnoseológico sobre la psique y desvelar también en él la diferencia entre existencia y pensamiento, como nos enseña a hacer el materialismo en su teoría del conocimiento del mundo exterior. El reconocimiento de la diferencia radical entre psique y naturaleza física, oculta la identificación en psicología del fenómeno con la existencia, el espíritu con la materia, es decir, oculta la resolución de la antinomia mediante la eliminación en el conocimiento psicológico de un miembro —la materia— en el conocer psicológico: es la quintaesencia del idealismo de Husserl. Por el otro lado, en la distinción en psicología entre el fenómeno y la existencia y en el reconocimiento de la existencia como objeto real de estudio, se manifiesta el materialismo de Feuerbach.
Me comprometo a demostrar ante todos los filósofos que ustedes quieran —tanto idealistas como materialistas— que en eso consiste la esencia de las divergencias entre el idealismo y el materialismo en psicología, y que sólo las fórmulas de Husserl y Feuerbach constituyen la solución consecuente del problema en los dos sentidos posibles; que la primera es la fórmula de la fenomenología y la segunda la de la psicología materialista. Y me comprometo, partiendo de esta comparación, a cortar la psicología en vivo, seccionándola exactamente en dos cuerpos extraños unidos por error; eso es lo único que responde a la situación objetiva de las cosas, y todas las discrepancias, todas las divergencias, toda la confusión, se deben únicamente al erróneo y poco claro planteamiento del problema gnoseológico. 379
De aquí se desprende que Frankfurt, al tomar de la psicología empírica únicamente el reconocimiento formal de la psique, toma con él su gnoseología y sus conclusiones y se ve obligado a caer en la fenomenología; y que al reclamar para estudiar la psique un método que corresponda a su cualidad, exige sin darse cuenta el método fenomenológico. Su concepción es ese materialismo que Höffding define con mucho acierto como «espiritualismo dualista en miniatura» (1908, pág. 64). Precisamente en miniatura, por su intento de reducir, de disminuir cuantitativamente la eficacia de la psique inmaterial, de dejarle un 0,001 de influencia. Pero una solución radical no puede surgir en absoluto del planteamiento cuantitativo de la cuestión. Una de dos: o Dios existe o no existe; o las almas de los muertos aparecen o no aparecen; o los fenómenos espirituales (espiritualistas para J. Watson) son inmateriales o materiales. Las respuestas de que Dios existe, pero es muy pequeño; o de que las almas de los muertos no aparecen, pero que pequeñísimas partículas de ellas visitan, aunque de tarde en tarde, los espíritus; o que la psique es material, pero distinta del resto de la materia, son anecdóticas. V. I. Lenin escribía a los constructores de Dios que los diferenciaba poco de los buscadores de Dios": en general, lo que importa es aceptar o rechazar lo diablesco, porque entre aceptar un diablo azul o amarillo hay muy poca diferencia.
La confusión entre el problema gnoseológico y el ontológico que resulta de trasladar a la psicología conclusiones ya establecidas, en lugar de realizar desde ella todo el proceso de razonamiento, provoca la deformación de uno y otro problema. Cuando esto se hace, es habitual identificar lo subjetivo con lo psíquico, y desde ahí se concluye que lo psíquico no puede ser objetivo; también se confunde la conciencia gnoseológica (como uno de los términos de la antinomia sujeto-objeto) con la conciencia empírica, psicológica, y desde ahí se dice que la conciencia no puede ser material y que suponer tal cosa es «machismo». Como resultado de este planteamiento se llega al neoplatonismo, dentro del espíritu de las esencias infalibles, en las que la existencia coincide con el fenómeno. Es una huída del idealismo que lleva a sumergirse en él de cabeza. Puesto que se teme más que al fuego identificar la existencia con la conciencia, se llega así en psicología a identificarlas totalmente, en una línea husserliana. Pero como nos aclara muy bien Höffding, no hay que confundir la relación entre el sujeto y el objeto con la relación entre el alma y el cuerpo. La diferencia entre el espíritu y la materia es una diferencia que se establece al nivel del contenido de nuestro conocimiento, mientras que la diferencia entre sujeto y objeto puede establecerse independientemente del contenido de este último. Tanto el alma como el cuerpo son para nosotros objetivos, pero mientras que los objetos espirituales son por su propia esencia afines al sujeto cognoscitivo, el cuerpo es para nosotros únicamente objeto.
La relación entre el sujeto y el objeto constituye «un problema de la con-ciencia, la relación entre espíritu y materia es un problema de la realidad» (H. Höffding, 1908, pág. 214). 380
Distinguir y fundamentar exactamente ambos problemas en el marco de la psicología materialista no es una tarea que debamos abordar en este lugar, aunque sí debemos indicar aquí la posibilidad de dos soluciones, señalar los límites existentes entre idealismo y materialismo y apuntar la existencia de una fórmula materialista. Porque la distinción —distinción hasta el fin— es la tarea de la psicología actual. Y si muchos «marxistas» se muestran incapaces de señalar la diferencia entre su teoría del conocimiento psicológico y la teoría idealista es porque tal diferencia no existe. Utilizando una metáfora de Spinoza, hemos comparado nuestra ciencia con el enfermo de muerte que busca una medicina que no ofrece ninguna esperanza: ahora vemos que sólo el bisturí del cirujano puede salvar la situación. Nos espera una sangrienta operación: muchos manuales habrán de ser hechos añicos, lo mismo que el velo en el templo; muchas frases perderán la cabeza o los pies, mientras algunas teorías serán mutiladas justamente por el tronco. Sólo nos queda ya precisar el límite, la línea de separación, el trazo que describirá el futuro bisturí.
Y lo que afirmamos es que esa línea pasa entre la fórmula de Husserl y la de Feuerbach. Tenemos sin embargo el problema de que en el marxismo nunca se ha planteado la cuestión de la gnoseología en el terreno de la psicología y no se ha presentado por tanto la tarea de distinguir los dos problemas a que se refiere Höffding, mientras que los idealistas sí que han logrado iluminar al máximo ese problema. Afirmamos también que el punto de vista de nuestros «marxistas» no es otro que una concepción «machista» en psicología: la identificación de la realidad y la conciencia. Pero una dé dos: o bien la psique nos la ofrece directamente la introspección, en cuyo caso tomamos postura del lado de Husserl; o es necesario distinguir en ella sujeto y objeto, realidad y pensamiento, y en ese caso estamos del lado de Feuerbach. Pero ¿qué significa eso? Significa que mi alegría y mi consecución introspectiva de esa alegría son cosas distintas.
Está muy en boga entre nosotros la cita de Feuerbach: lo que para mí es un acto espiritual, inmaterial, suprasensible, es en sí un acto material, sensible (L. Feuerbach, 1955, pág. 214). Se suele recurrir a esta frase para confirmar la psicología subjetiva y sin embargo esta cita habla en contra suya. Porque: ¿qué debemos estudiar: el propio acto tal y como es, o el acto tal como yo me lo represento? Un materialista, reaccionando igual que ante la pregunta sobre la objetividad del mundo, dirá sin pensar: el acto objetivo en sí; mientras que el idealista dirá: mi percepción. Pero entonces un mismo acto en distintas situaciones —ebrio y cuerdo, joven y adulto, hoy y ayer— resultará para mí y para los demás, distinto en la introspección. Es más, resultará que en la introspección es imposible captar el pensamiento o la comparación, porque se trata de actos inconscientes y nuestra comprensión introspectiva de ellos no es un concepto funcional, es decir, no ha sido deducido a partir de la experiencia objetiva. ¿Qué hay que estudiar, qué se puede estudiar: el propio pensamiento o el pensamiento del pensamiento? No debe quedar lugar a la menor duda en la respuesta a esta pregunta. Pero 381 existe una dificultad que impide una contestación clara. Con esta dificultad han tropezado todos los filósofos que han intentado llevar a cabo la división de la psicología. K. Stumpf, que ha separado las funciones psíquicas de los fenómenos, pregunta: ¿quién, qué ciencia va a estudiar los fenómenos a los que renuncian la física y la psicología? Y admite la aparición de una ciencia especial, que no es ni psicología ni física. Otro psicólogo (A. Pfender) renuncia a reconocer las sensaciones como objeto de la psicología, basándose únicamente en que la física renuncia a reconocerlas como suyas. ¿Dónde deben estar? La fenomenología de Husserl es la respuesta a esta pregunta.
Entre nosotros también hay quien pregunta: si se va a estudiar el propio pensamiento y no el pensamiento sobre el pensamiento, el acto propio y no el acto que yo me represento, lo objetivo y no lo subjetivo, ¿quién va entonces a estudiar lo verdaderamente subjetivo, la deformación subjetiva de los objetos. En física, tratamos de eliminar lo subjetivo de aquello que percibimos como objeto; en psicología, al estudiar la percepción, volvemos a exigir, una vez más, separar la percepción en sí, tal y como es, de lo que a uno le parece. ¿Quién va a estudiar eso dos veces eliminado, eso que a uno le parece?
Pero e problema de lo que «parecen» las cosas es también algo que «pa-rece» un problema. Porque en la ciencia se trata de conocer la verdad y no lo que parece ser la causa de algo que parece ser, es decir, se han de tomar los hechos tal y como existen, independientemente de uno. Ese parecido es en sí una ilusión (en el ejemplo más relevante de Titchener, las líneas müllerlyerianas son físicamente iguales, mientras que psicológicamente una es más larga). Parece que aquí nos encontramos con dos diferentes puntos de vista de la física y la psicología, aunque tal diferencia no existe en realidad: surge de la falta de coincidencia entre dos procesos que existen realmente. Si se conoce la naturaleza física de dos líneas y las leyes objetivas del ojo obtendremos a partir de ellas y como conclusión la explicación de eso que parece ocurrir: una ilusión. El estudio del conocimiento subjetivo es cosa de la lógica y de la teoría histórica del conocimiento: como existencia, lo subjetivo es el resultado de dos procesos en sí objetivos. El alma no siempre es sujeto: en la introspección se divide en objeto y sujeto. Y podemos preguntarnos ¿coinciden en la introspección el fenómeno y la existencia? Basta con que apliquemos al sujeto-objeto psicológico la fórmula gnoseológica materialista que ofrece V. I. Lenin (análoga en G. V. Plejánov) para que podamos ver lo que ocurre: «... la única «propiedad» de la materia, con cuyo reconocimiento esta relacionado filosóficamente el materialismo es la propiedad de ser una realidad objetiva, de existir fuera de nuestra conciencia» (V. I. Lenin. Obras completas, t. 18, pág. 275). «... El concepto de materia... no significa gnoseológicamente nada más que: una realidad objetiva que existe independientemente de la conciencia humana y está reflejada por ella» (Ibídem, pág. 2/6)). En otro lugar, V. I. Lenin dice que eso es, en esencia, el principio del realismo, aunque prefiere evitar esta palabra, porque «ha sido manoseada por pensadores inconsecuentes». 382
Por consiguiente, esta fórmula habla, al parecer, en contra de nuestro punto de vista: la conciencia no puede existir fuera de nuestra conciencia. Pero como ha señalado con razón Plejánov, la autoconciencia es la conciencia de la conciencia. Y la conciencia puede existir sin autoconciencia: podemos convencernos si consideramos lo inconsciente respecto a lo consciente: puedo ver sin saber que veo. Por eso tiene razón Pavlov cuando dice que se puede vivir con fenómenos subjetivos, pero que es imposible estudiarlos.
Ninguna ciencia es posible más que separando directamente la sensación del conocimiento: el hecho sorprendente es que sólo el psicólogo introspectivista piensa que la sensación y el conocimiento coinciden. Si la esencia y la forma de manifestación de las cosas coincidiesen, dice Marx, sobraría toda ciencia (K. Marx, F. Engels, Obras, t. 25, parte II, pág. 384). Si en psicología el fenómeno y la existencia fueran lo mismo, cada hombre sería psicólogo-científico y resultaría imposible la ciencia, sólo sería posible el registro. Pero, evidentemente, una cosa es vivir, sentir, y otra estudiar, como dice Pavlov.
Podemos citar a este respecto un curiosísimo ejemplo ofrecido por E. Titchener. Titchener, consecuente introspectivista y paralelista, llega a la conclusión de que los fenómenos espirituales sólo pueden ser descritos, pero no explicados. «Pero si intentáramos limitarnos a una psicología descriptiva pura», afirma, «nos convenceríamos .de que en tal caso no existe la menor esperanza de alcanzar una ciencia real del espíritu. La psicología descriptiva sería respecto a la psicología científica lo mismo.., que lo es la ideología que se crea un niño en su laboratorio infantil respecto a la ideología de un naturalista experimentado... En ella no habría unidad ni conexión algunas... Para conseguir que la psicología sea científica no sólo debemos describir el alma, sino también explicarla. Debemos responder a la pregunta «¿por qué?». Y aquí tropezamos con una dificultad. No podemos estudiar un proceso espiritual en cuanto causa de otro proceso espiritual. Y por otro lado, tampoco podemos estudiar los procesos nerviosos en cuanto causa de los procesos espirituales. Una parte no puede ser la causa de otra» (1924, págs. 32-33).
Esa es ni más ni menos la situación a que va a parar la psicología descriptiva. Y el autor cree encontrar la salida en un puro juego de palabras: sólo cabe explicar los fenómenos espirituales con respecto al cuerpo. El sistema nervioso, dice Titchener, no condiciona al alma, sino que la explica. La explica lo mismo que el mapa de un país explica aspectos fragmentarios de las montañas, los ríos y las ciudades, que vemos de manera fugaz cuando pasamos junto a ellos en un vehículo. La actitud respecto al cuerpo no añade un ápice a los hechos de la psicología, lo único que hace es poner en nuestras manos el principio para explicar esta última.
Si renunciamos a eso, sólo existen dos caminos para superar la vida psíquica fragmentaria: el puramente descriptivo, es decir, renunciar a la explicación; o admitir la existencia de lo inconsciente. Ambos caminos han sido experimentados. Pero el primero jamás nos conducirá a la psicología científica y el segundo nos llevará voluntariamente del campo de los hechos al de las 383 ficciones. Esas son las alternativas de la ciencia. Eso está perfectamente claro. Pero ¿es posible una ciencia con el principio explicativo elegido por este autor? ¿Es posible una ciencia sobre aspectos fragmentarios de las montañas, los ríos y las ciudades, a que en el ejemplo de Titchener se compara la psique? Además, ¿cómo, por qué explica el mapa esos aspectos?, ¿por qué podríamos explicar las partes del país con ayuda del mapa de este? El mapa es una copia del país, explica en la medida en que en él está reflejado el país, es decir, que lo homogéneo explica lo homogéneo. La ciencia es imposible sobre tal principio. De hecho, el autor lo reduce todo a una explicación causal, ya que para él, tanto la explicación causal como la paralelista están determinadas como indicación de las circunstancias o condiciones cercanas en que tiene lugar el fenómeno descrito. Pero tampoco ese camino conduce a la ciencia: unas «condiciones próximas» buenas son, en geología, el período glacial, en física la desintegración del átomo, en astronomía la formación de los planetas, en biología la evolución. Porque a las «condiciones próximas» le siguen en física otras «condiciones próximas», y la serie causal es infinita por principio, y en las indicaciones paralelistas, la cuestión se limita irremediablemente tan sólo a causas próximas. No en vano el autor se limita a comparar su explicación con la de la aparición del rocío en física. Buena estaría la física si no fuese más allá de indicar las condiciones próximas y las explicaciones análogas: simplemente dejaría de existir como ciencia.
Por tanto, vemos que la psicología como conocimiento tiene dos caminos: o el de la ciencia, en cuyo caso deberá saber explicar; o el conocimiento de visiones fragmentarias, en cuyo caso es imposible como ciencia. Porque operar con la analogía geométrica nos conduce a error. La psicología geométrica es absolutamente imposible, porque carece del rasgo fundamental: la abstracción perfecta, aunque opere con objetos reales. Recordemos a este respecto el intento de Spinoza de analizar geométricamente los vicios y las tonterías humanas y estudiar los actos y pasiones humanos exactamente igual que si se tratase de líneas, superficies y cuerpos. Pero ese camino no le sirve a ninguna otra ciencia más que a la psicología descriptiva: porque de la geometría no hay en él más que el estilo verbal y la apariencia de lo irrebatible. de las demostraciones, y todo lo demás —incluida la esencia— procede de un modo no científico de pensar.
E. Husserl formula sin rodeos la diferencia entre la fenomenología y .las matemáticas: mientras éstas son una ciencia exacta, aquélla es descriptiva. ¡Ni más ni menos: para ser apodíctica, a la fenomenología no le falta más que una pequeñez, la exactitud! Imagínense unas matemáticas inexactas y obtendrán una psicología geométrica.
Al fin y al cabo, la cuestión se reduce, como ya hemos dicho, a delimitar el problema ontológico, y gnoseológico. En gnoseología, aquello que parece, existe, pero afirmar que aquello es realmente la existencia, es falso. En ontología, lo que parece no existe en absoluto. O bien los fenómenos psíquicos existen, en cuyo caso son materiales y objetivos, o no existen y no pueden ser estudiados. Es imposible toda ciencia sólo sobre lo subjetivo, sobre lo que 384 parece, sobre fantasmas, sobre lo que no existe. Lo que no existe no existe en absoluto, y no vale el medio no y el medio sí. Debemos afrontar esto. No cabe decir: en el mundo existen cosas reales e irreales —lo irreal no existe. Lo irreal debe ser explicado como la no coincidencia, como la relación entre dos cosas reales; lo subjetivo como la consecuencia de dos procesos objetivos. Lo subjetivo es lo aparente, y por eso no existe.
Comentando la diferencia entre lo subjetivo y lo objetivo en psicología, L. Feuerbach hace una observación: «Del mismo modo que para mí, mi cuerpo pertenece a la categoría de lo imponderable, carece de peso, aunque intrínsecamente y para los demás es un cuerpo pesado» (1955, pág. 214).
Queda claro en esa frase qué realidad atribuía Feuerbach a lo subjetivo. Afirma llanamente este autor: «En psicología van a parar a nuestra boca pichones fritos; a nuestra conciencia y nuestra sensación van a parar sólo conclusiones, sólo resultados, no premisas, ni procesos del organismo» (Ibídem, pág. 213). Pero, ¿es posible una ciencia sobre resultados sin premisas?
Stern ha expresado muy bien este aspecto al afirmar, siguiendo a G. T. Fechner, que lo psíquico y lo físico es lo convexo y lo cóncavo: una línea se nos figura a veces de una manera, otras de otra. Pero intrínsecamente no es ni cóncava ni convexa, sino redondeada, y es así precisamente cómo queremos conocerla, independiente de cómo pueda parecernos.
H. Höffding lo compara también con un mismo contenido, expresado en dos idiomas y que no logramos reducir a una protolengua común. Pero queremos saber el contenido y no el idioma en que está expresado. En física nos liberamos del idioma para estudiar el contenido. Lo mismo hemos de hacer en psicología.
Compararemos la conciencia, como se hace con frecuencia, con el reflejo especular. El objeto A aparece reflejado en el espejo como Aa. Naturalmente, sería falso decir que a es tan real como A, aunque es intrínsecamente real siquiera sea de otro modo. La mesa y su reflejo en el espejo no son igual de reales, sino que lo son de diferente manera. El reflejo, en cuanto reflejo y como imagen de la mesa, como una segunda mesa en el espejo, es irreal, es un espectro. Pero ¿es que el reflejo de la mesa como refracción de los rayos luminosos en el plano del espejo no es un objeto tan material y real como la mesa? Lo otro sería un milagro. Entonces diríamos: existen cosas (la mesa) y su espectro (el reflejo). Pero existen sólo cosas (la mesa) y el reflejo de la luz en el plano, y los espectros son las relaciones aparentes entre las cosas. Por eso, es imposible toda ciencia sobre espectros especulares, pero ello no quiere decir que no seamos jamás capaces de explicar el reflejo, el espectro: si conocemos la cosa y las leyes de la refracción de la luz, siempre explicaremos, predeciremos e invocaremos a voluntad y modificaremos el espectro. Eso es lo que hacen las personas que dominan los espejos: no estudian los reflejos especulares, sino el movimiento de los rayos luminosos y explican el reflejo. Es imposible una ciencia sobre espectros especulares, pero la teoría de la luz Y de las cosas que rechaza y refleja explica totalmente los «espectros».
Lo mismo sucede en psicología: lo subjetivo, el espectro en sí, debe ser comprendido como la consecuencia, como el resultado, como el pichón frito de dos procesos objetivos. El enigma de la psique se resolverá como el del espejo, no estudiando espectros, sino estudiando dos series de procesos objetivos, de cuya interacción surgen los espectros como reflejos aparentes de uno en otro. En sí, la apariencia no existe.
Volvamos de nuevo al espejo. Identificar A y a, la mesa y su reflejo especular sería idealismo: a es en general inmaterial, sólo A es material, y su materialidad es sinónimo de su existencia independiente de a. Pero sería igualmente idealismo identificar a con X (—con procesos que tienen lugar intrínsecamente en el espejo—). Sería erróneo decir: la existencia y el pensamiento no coinciden fuera del espejo, en la naturaleza, allí A no es a, A es una cosa, a un espectro; pero la existencia y el pensamiento coinciden en el espejo, aquí a es X, a es un espectro y X también lo es. No se puede decir: el reflejo de la mesa es la mesa, pero tampoco se puede decir que el reflejo de la mesa es la refracción de los rayos luminosos; a no es ni A ni X. A y X son procesos reales, mientras que a es un resultado aparente, es decir, irreal, que surge de ellos (de A y X). La mesa reflejada no existe, pero tanto la mesa como la luz sí existen. El reflejo de la mesa no coincide con los procesos reales de la luz en el espejo, como tampoco con la propia mesa.
De otro modo, habríamos de admitir la existencia en el mundo, tanto de materia como de espectros. Recordemos que el propio espejo es una parte de esa misma naturaleza de la que forma parte el objeto existente fuera del espejo y que está sometido a todas sus leyes. Porque la piedra angular del materialismo es la tesis de que la conciencia y el cerebro son producto y parte de la naturaleza y reflejan al resto de la naturaleza. Es decir, que la existencia objetiva de X y A, independientemente de a, es un axioma de la psicología materialista.
Aquí podemos terminar nuestro dilatado razonamiento. Vemos que el tercer camino, el de la psicología de la Gestalt y el personalismo, ha sido esencialmente en ambos casos uno de los que ya conocíamos. Ahora veremos que el tercer camino, el de la denominada «psicología marxista», es un intento de unir ambos. Este intento conduce a una nueva separación dentro del mismo sistema científico: quien realice esa unión se verá obligado a seguir, como Münsterberg, dos sendas distintas.
Del mismo modo que, en la leyenda, dos árboles unidos por las cúpulas desgarraron en dos el cuerpo del viejo príncipe, todo sistema científico se verá desgarrado en dos si se une a dos troncos distintos. La psicología marxista tan sólo puede ser una ciencia natural, pero la vía de Frankfurt la conduce a la fenomenología. Es verdad que en cierto lugar el propio Frankfurt se manifiesta conscientemente en contra de que la psicología pueda ser una ciencia natural (1926). Pero, en primer lugar, confunde erróneamente las ciencias naturales con las biológicas: la psicología puede ser una ciencia natural, sin ser biológica; y, en segundo lugar, utiliza el concepto «natural» en su sentido más directo y real, como indicación sobre la naturaleza 386 orgánica e inorgánica del objeto, y no en su sentido metodológico fundamental.
En la literatura rusa V. N. Ivanovski ha introducido el mismo uso de este término, aceptado hace mucho en la ciencia occidental. Dice que hay que diferenciar rigurosamente de las matemáticas y de las ciencias auténticamente matemáticas, aquéllas otras ciencias que se ocupan de cosas, de objetos y de procesos «reales», de lo que «realmente» existe, es. Por eso, a estas últimas ciencias se les puede llamar reales o naturales (en el amplio sentido de esta palabra). Entre nosotros, el término «ciencias naturales» suele emplearse en un sentido más estricto, para denominar únicamente las disciplinas que, aunque estudian la naturaleza orgánica e inorgánica, no abarcan la naturaleza social y consciente, que con frecuencia resulta distinta de la «natura»; algo así como «innatural» o «supernatural», si no «antinatural» (V. N. Ivanovski, 1923). Estoy convencido por mi parte que ampliar el término «natural» a todo lo que existe en la realidad es completamente racional.
La posibilidad de la psicología como ciencia es, ante todo, un problema metodológico. En ninguna ciencia hay tantas dificultades, controversias irresolubles, uniones de cuestiones diversas, como en psicología. El objeto de •la psicología es lo más difícil que existe en el mundo, lo que menos se deja estudiar; su manera de conocer ha de estar llena de subterfugios y precauciones especiales para proporcionar lo que de ella se espera.
En todo mi discurso me estoy refiriendo, justamente, a esto último: a los principios de la ciencia acerca de lo real. En este sentido, Marx, según sus palabras, estudia el proceso de desarrollo de las formaciones económicas como un proceso histórico-natural.
Ninguna ciencia ofrece tanta diversidad y amplitud de problemas metodológicos, tan serias dificultades, tan irresolubles contradicciones como la nuestra. Por eso, no se puede dar en ella un solo paso sin realizar miles de cálculos previos ni adoptar las debidas precauciones.
Con ello se reconoce de un modo u otro que la crisis tiende a crear una metodología, que se lucha por una psicología general. Quien intente evitar este problema y saltarse la metodología para construir de golpe tal o cual ciencia psicológica particular, caerá inevitablemente del caballo al querer montarse en él. Así ha sucedido con la psicología de la Gestalt, con Stern. Partiendo de principios universales, aplicables igualmente a la física y a la psicología, no se puede llegar directamente a una investigación psicológica particular: por eso es por lo que a esos psicólogos les reprochan que conocen un predicado aplicable por igual a todo el universo. Con un concepto que abarque por igual el sistema solar, un árbol y el hombre no se puede, como hace Stern, estudiar las diferencias psicológicas de las personas: para ello hace falta otra escala, otra medida. El problema de la psicología general y particular por un lado, y de la metodología y la filosofía por otro, es un problema de escala: no se puede medir la estatura de un hombre en kilómetros, para ello son necesarios los centímetros. Y si hemos visto que las ciencias particulares tienden a salirse fuera de sus límites, a luchar por una medida común, para una escala mayor, la filosofía vive, en cambio, la 387 tendencia opuesta: para aproximarse a la ciencia, ha de estrechar, reducir la escala, concretar sus tesis.
Las dos tendencias —la filosofía y la ciencia particular— conducen igualmente a la metodología, a la ciencia general. Precisamente esta idea de la escala, la idea de la ciencia general, es ajena hasta ahora a la «psicología marxista», y ese es su punto débil. Intenta hallar la medida directa de los elementos psicológicos –las reacciones— en principios universales: la ley de la transición de la cantidad en calidad, y la del «olvido de los matices de color gris», según A. Lehman, y del paso del ahorro a la avaricia; la -tríada de Hegel y el psicoanálisis de Freud. Aquí se nota claramente la falta de medida, de escala, de eslabón intermedio entre lo uno y lo otro. Por eso, el método dialéctico va a parar con inevitable fatalidad a la misma serie que el experimento, el método comparativo, el de los tests y las encuestas. No existe en él un sentimiento de jerarquía que establezca diferencias entre el procedimiento técnico de investigación y el método de conocimiento de la «naturaleza de la historia y del pensamiento». Se da así un choque directo de las verdades reales parciales con los principios universales, como el intento de dirimir la discusión práctica de Vágner y Pavlov sobre el instinto recurriendo a la cantidad - calidad; como el paso desde la dialéctica a la encuesta; como la crítica de la irradiación desde el punto de vista gnoseológico; como operar con kilómetros donde hacen falta centímetros; como los veredictos sobre Béjterev y Pavlov desde la altura de Hegel. Este gasto de pólvora en salvas ha conducido a la falsa idea de una tercera vía. Pero el método dialéctico no es único en absoluto: lo tenemos en biografía, en historia, en psicología. Es pues necesaria una metodología, es decir, un sistema de conceptos intermedios, concretos, adaptados a la escala de conceptos de la ciencia en cuestión.
L. Binsvanger (1922) recuerda las palabras de Brentano sobre el sorprendente arte de la lógica, uno solo de cuyos pasos adelante tiene consecuencias equiparables a otros 1.000 pasos adelante en la ciencia. Esa fuerza de la lógica es la que no se quiere reconocer. Según una expresión afortunada, la metodología es la palanca mediante la cual la filosofía dirige la ciencia. Los intentos de ejercer esa dirección sin metodología, de aplicar directamente la fuerza sin palanca en el. punto de aplicación —desde Hegel hasta E. Meumann— da lugar a que la ciencia resulte imposible.
Propongo pues esta tesis: el análisis de la crisis y de la estructura de la psicología testimonian indiscutiblemente que ningún sistema filosófico puede dominar directamente la psicología como ciencia sin la ayuda de la metodología, es decir, sin crear una ciencia general; que la única aplicación legítima del marxismo en psicología sería la creación de una psicología general cuyos conceptos se formulen en dependencia directa de la dialéctica general, porque esta psicología no sería otra cosa que la dialéctica de la psicología; toda aplicación del marxismo a la psicología por otras vías, o desde otros presupuestos, fuera de este planteamiento, conducirá inevitablemente a construcciones escolásticas o verbalistas y a disolver la dialéctica en encuestas y tests; a razonar sobre las cosas basándose en sus rasgos externos, casuales y 388 secundarios; a la pérdida total de todo criterio objetivo y a intentar negar todas las tendencias históricas en el desarrollo de la psicología; a una revolución simplemente terminológica. En resumen, a una burda deformación del marxismo y de la psicología. Ese es el camino de Chelpánov.
La fórmula de Engels de no imponer a la naturaleza los principios dialécticos, sino derivarlos de ella (K. Marx, F. Engels. Obras, t. 20, pág. 387) es aquí sustituida por la fórmula contraria: los principios de la dialéctica se introducen en la psicología desde fuera. Pero el camino a seguir por los marxistas debe ser distinto. La aplicación directa de la teoría del materialismo dialéctico a las cuestiones de las ciencias naturales, y en particular al grupo de las ciencias biológicas o a la psicología es imposible, como lo es aplicarla directamente a la historia y a la sociología. Hay entre nosotros quien piensa que el problema de «la psicología y el marxismo» se limita a crear una psicología que responda al marxismo, pero el problema es, de hecho, mucho más complejo. De igual manera que la historia, la sociología necesita una teoría especial intermedia del materialismo histórico, que esclarezca el valor concreto de las leyes abstractas del materialismo dialéctico para el grupo de fenómenos de que se ocupa. Y exactamente igual de necesaria es la aún no creada, pero inevitable, teoría del marxismo biológico y del materialismo psicológico, como ciencia intermedia, que explique la aplicación concreta de los principios abstractos del materialismo dialéctico al grupo de fenómenos que trabaja.
La dialéctica abarca la naturaleza, el pensamiento, la historia: es la ciencia más general, universal hasta el máximo. Esa teoría del materialismo psicológico o dialéctica de la psicología es a lo que yo considero psicología general.
Para crear estas teorías intermedias —o metodologías, o ciencias generales— será necesario desvelar la esencia del grupo de fenómenos correspondientes, las leyes sobre sus variaciones, sus características cualitativas y cuantitativas, su causalidad, crear las categorías y conceptos que les son propios, crear su «El capital». Basta imaginarse que Marx hubiera operado con los principios y categorías generales de la dialéctica, como cantidad, calidad, tríadas, conexión universal, nudo, salto, etc., sin las categorías abstractas e históricas de costo, clase, mercancía, capital, renta, fuerza productiva, base, superestructura, etc., para ver lo monstruoso, lo absurdo de suponer que fuera posible crear directamente cualquier ciencia marxista prescindiendo de «El capital». La psicología necesita su «El capital» —sus conceptos de clase, base, valor, etc.—, en los que pueda expresar, describir y estudiar su objeto. Descubrir en los datos estadísticos sobre el olvido de los matices de color gris, en Lehmann, la confirmación de la ley de los saltos, significa no modificar un ápice ni la dialéctica, ni la psicología. La idea de la necesidad de una teoría intermedia, sin la cual es imposible estudiar a la luz del marxismo hechos particulares aislados, es conocida hace tiempo, y a mí sólo me resta señalar la coincidencia de conclusiones de nuestro análisis con esta idea. 389
Que es la misma que manifiesta V. A. Vishnievski en su discusión con l. I. Stepánov (para todos está claro que el materialismo histórico no es el materialismo dialéctico, sino su aplicación a la historia. Por eso, hablando en rigor, sólo a las ciencias sociales, que disponen de su ciencia general en la historia del materialismo, se las puede llamar marxistas; otras ciencias marxistas no existen aún). «Lo mismo que el materialismo histórico no es idéntico al materialismo dialéctico, tampoco este último lo es a la teoría científico- natural específica, que, por cierto, está apenas naciendo» (V. A. Vishnievski, 1925, pág. 262). Stepánov por su parte; que identifica la interpretación dialéctico-materialista de la naturaleza con la mecánica, considera que esta teoría ya está dada, y se halla contenida en la concepción mecanicista de las ciencias naturales. El autor cita como ejemplo la discusión en psicología sobre el problema de la introspección (1924).
El materialismo dialéctico es la ciencia más abstracta y su aplicación directa a las ciencias biológicas y a la psicología, como ahora se hace, no es más que un amontonamiento de estructuraciones lógico-formales, escolásticas, verbales, sobre categorías generales, abstractas, universales, de fenómenos concretos, cuyo sentido interno y cuya correlación se desconoce. En el mejor de los casos esa aplicación puede conducir a acumular ejemplos e ilustraciones. Pero a nada más. Desde el punto de vista del materialismo dialéctico, da igual que tratemos el agua, el vapor, el hielo o la economía natural, el feudalismo o el capitalismo: estamos ante el mismo proceso. Pero para el materialismo histórico, ¡qué riqueza cualitativa se pierde con semejante generalización!
K. Marx denominó a su obra «El capital» Crítica de la economía política. Esa crítica de la economía política es lo que se trata ahora de pasar por alto. Un «manual de psicología escrito desde el punto de vista del materialismo dialéctico» vendría esencialmente a ser igual que un «manual de mineralogía escrito desde el punto de vista de la lógica formal». Porque resulta evidente que razonar lógicamente no es algo distintivo del manual en cuestión o de toda la mineralogía. Porque la dialéctica no es la lógica ni siquiera algo más amplio. O un «manual de sociología desde el punto - vista del materialismo dialéctico», en lugar del «materialismo histórico que crear antes la teoría del materialismo psicológico, y mientras t. t. o pueden escribirse todavía manuales de psicología dialéctica.
Pero en nuestro caso, también al nivel de razonamiento crítico carecemos de criterio fundamental. La forma en que hoy se establece, como si se tratara de la oficina de patentes y marcas, si determinada doctrina concuerda con el marxismo no va más allá del método de la «superposición lógica», es decir, de contrastar la coincidencia de formas, de rasgos lógicos (monismo, etc.). Pero hay que saber lo que se puede y lo que se debe buscar en el marxismo. No se trata de adaptar el individuo al sábado, sino el sábado al individuo; lo que necesitamos encontrar en nuestros autores es una teoría que ayude a conocer la psique, pero en modo alguno la solución del problema de la psique, la fórmula que encierre y resuma la totalidad de la verdad científica. Eso no se puede hallar en las citas de Plejánov por la sencilla razón de que 390 no figura en ellas. Es verdad a la que no habían llegado ni Marx, ni Engels, ni Plejánov. D- ahí que muchas.. fórmulas tengan un carácter fragmentario, compendiado, preliminar, cuyo valor se limita estrictamente al contexto. De una manera general, podemos decir que una fórmula así no puede establecerse de antemano, antes de haber estudiado científicamente la psique, sino que se obtendrá como resultado de una labor científica secular. Lo que se puede buscar previamente en los maestros del marxismo no es la solución de la cuestión, y ni siquiera una hipótesis de trabajo (porque éstas se obtienen sobre la base de la propia ciencia), sino el método de construcción (de la .hipótesis. R. R.) No quiero saber de momio, entresacando un par de citas, qué es la psique, lo que deseo es aprender en la globalidad del método de Marx, cómo se construye la ciencia, cómo enfocar el análisis de la psique.
Por eso, no sólo se aplica el marxismo donde no hace falta (en manuales, en lugar de en la psicología general), sino que no se extrae de él lo que hace falta. Lo que hace falta no son opiniones puntuales, sino un método: y no el materialismo dialéctico, sino el materialismo histórico. «El capital» debe enseñarnos mucho, porque la verdadera psicología social comienza después de «El capital» y sin embargo la psicología es hoy una psicología anterior a «El capital». V. Ya. Strumisnki tiene toda la razón cuando llama estructura escolástica a la propia idea de una psicología marxista como síntesis de la tesis —el empirismo— con la antítesis —la reflexología— Una vez hallado el camino real, se pueden señalar en él para mayor claridad estos tres puntos, pero buscar con ayuda de semejante esquema los caminos reales significa elegir el camino de las combinaciones especulativas y ocuparse de la dialéctica de las ideas y no de la dialéctica de los hechos, de la realidad. La psicología no cuenta con vías de desarrollo independientes: es pues preciso buscar tras estas vías los procesos históricos reales que las condicionan. En lo único que no tiene razón Strumisnki es cuando afirma que, en general, partiendo de las condiciones actuales no se puede fijar de forma marxista el camino de la psicología (V. Ya. Strumisnki, 1926).
El razonamiento es correcto, pero tiene que ver con el análisis histórico de la evolución de la ciencia y no con el análisis metodológico. Al metodólogo no le interesa qué es lo que en realidad se producirá mañana en el proceso de desarrollo de la psicología, por eso tampoco recurre a los hechos que están fuera de ella. En cambio, sí que le interesa la dolencia que padece la psicología, lo que le falta para convertirse en ciencia, etc. Porque también los factores externos impulsan a la psicología en ese camino de su desarrollo, pero no pueden dispensarla de su labor secular ni saltarse un siglo. Existe un determinado crecimiento orgánico de la estructura lógica del saber.
También tiene razón Strumisnki cuando señala que la nueva psicología ha llegado, de hecho, a reconocer con franqueza las posiciones de la vieja psicología subjetiva. Aunque aquí la desgracia no procede de que no se tengan en cuenta los factores externos, reales, de desarrollo de la ciencia, que el autor trata de tomar en consideración, sino de olvidar la naturaleza metodológica 391 de la crisis. En el desarrollo de cada ciencia existe una secuencia rígida, propia: los factores externos pueden acelerar o retardar ese proceso, pueden desviarlo, pueden incluso determinar el carácter cualitativo de cada etapa, pero cambiar la secuencia de las etapas es imposible. Cabe explicar mediante factores externos el carácter idealista o materialista, religioso o positivo, individual o social, pesimista u optimista de la etapa, pero ningún factor externo puede conseguir que una ciencia que se halle en un estadio de reunión de materiales en bruto pase de golpe a ofrecer disciplinas técnicas, aplicadas, o que una ciencia que cuente con teorías e hipótesis desarrolladas, con una técnica avanzada y con experimentos, se dedique a reunir y describir materiales primarios.
La crisis ha puesto en el orden del día la división de las dos psicologías a través de la metodología. A que abocará esta división, dependerá de facto-res externos. Titchener y Watson resuelven una misma tarea a la norteamericana, pero lo hacen socialmente de diferente modo; Koffka y Stern a la alemana y también socialmente de diferente modo; Béjterev y Kornilov a la rusa y de nuevo de modo distinto. No sabemos cuál será esa metodología ni si surgirá pronto, pero lo indudable es que la psicología no avanzará hasta que no se cree esta metodología y que éste será el primer paso adelante.
Esencialmente las piedras fundamentales han sido bien colocadas e igualmente ha sido trazada con acierto la vía principal, pavimentada durante muchas décadas. Son también adecuados el objetivo y el plan general, e incluso es correcta, aunque incompleta, la orientación práctica que se aprecia en las corrientes actuales. Pero la vía próxima, los pasos inmediatos, el plan de trabajo, adolecen de defectos: se echa en ellos en falta el análisis de la crisis y una correcta orientación de la metodología. Los trabajos de Kornilov son el comienzo de esta metodología, y todo el que desee desarrollar las ideas de la psicología y del marxismo está obligado a repetirlo y continuar luego su camino. Y como tal camino, no se encuentra ninguna idea con una fuerza comparable en la metodología europea. Si no se desvía hacia la crítica y la polémica; si no cae en una batalla panfletaria, sino que se eleva hacia la metodología; si no se dedica a buscar respuestas preparadas; si sabe captar las tareas de la psicología actual, conducirá a la creación de la teoría del materialismo psicológico.
Apartado 15
Aquí termina nuestro análisis. ¿Hemos encontrado todo lo que buscábamos? En cualquier caso, hemos llegado a sus orillas. Hemos preparado el terreno para la investigación en el campo de la psicología, y ahora, para justificar nuestro razonamiento, debemos probar nuestras conclusiones en la realidad y construir el esquema de la psicología general. Pero antes de eso, quisiéramos aún detenernos en un punto, que ciertamente tiene más valor estilístico que de principios, aunque la culminación estilística de cualquier idea no es del todo indiferente para conseguir expresarla en su totalidad. 392
Hemos separado las tareas del método, y el campo de nuestro análisis de los principios de nuestra ciencia. Debemos aún extender la disección al propio nombre de la psicología. Porque los procesos de división que se han ido perfilando en la crisis se han acabado reflejando también en el destino de la denominación de nuestra ciencia. Diversos sistemas han roto a medias con la vieja denominación y han utilizado la suya propia para designar la totalidad del área de investigación. Es frecuente, por ejemplo, referirse al behaviorismo como ciencia del comportamiento, como sinónimo de toda la psicología y no de una de sus corrientes. De la misma manera suele hablarse del psicoanálisis o de la reactología. Otros sistemas, en cambio, rompen definitivamente con el viejo nombre, en el que ven huellas de origen mitológico. Ese es el caso de la reflexología, que subraya su renuncia a las tradiciones y se pone a construir en un terreno nuevo y vacío. No cabe discutir que tal punto de vista encierra algo de verdad, aunque hay que considerar la ciencia de forma excesivamente mecánica y antihistórica para no comprender el papel de la herencia y la tradición, incluso en los cambios. Pese a todo, cuando Watson exige romper radicalmente con la vieja psicología, citando la astrología y la alquimia como ejemplo del peligro que acecha a la psicología de medias tintas, lleva parte de razón.
Otros sistemas permanecen todavía sin nombre, como el de Pavlov, quien, aunque denomine a veces a su campo fisiología, al intitular su experimento «estudio del comportamiento y de la actividad nerviosa superior deja abierta la cuestión del nombre. Por su parte, Béjterev, desde sus trabajos más tempranos, se desmarca sin rodeos de la fisiología: para él, la reflexología no es fisiología. Los discípulos de Pavlov exponen su doctrina bajo el nombre de «ciencia del comportamiento». Y, en efecto, dos ciencias tan distintas deben tener nombres diferentes. Es ésta una idea que ya hace mucho exponía Münsterberg: «Evidentemente, es aún cuestión sujeta a debate si debe llamarse psicología a la interpretación intencional de la vida interna. Pero realmente es mucho lo que habla en favor de conservar el nombre de psicología para la ciencia descriptiva y explicativa, excluyendo de la psicología la ciencia de la interpretación de las sensaciones espirituales y de las relaciones internas» (1922, pág. 9).
Sin embargo, y aunque raramente se explicita, este último significado sigue amparándose bajo el nombre de psicología. La mayoría de las veces se hace presente a través de una u otra influencia externa a la psicología, asociada a algunos elementos de la psicología causal (Ibídem). Pero puesto que ya conocemos la opinión de este mismo autor de que la confusión actual en psicología se debe a la mixtificación existente, la única conclusión posible es elegir otro nombre para la psicología intencional. Y en parte, eso es lo que sucede. Abiertamente, la fenomenología excluye de su campo a la psicología, «necesaria para determinados fines lógicos» (Ibídem, pág. 10), y en lugar de hacer una división en dos ciencias recurriendo a adjetivos, que inducen a enorme confusión (...), comienza a introducir diferentes sustantivos. Chelpánov sostiene que «analítico» y «fenomenológico» son dos nombres distintos para 393 un mismo método y que la psicología analítica encubre en cierto grado a la fenomenología, por lo que la discusión sobre si la fenomenología es o no psicología es en último término una cuestión terminológica. Si añadimos a esto que el autor considera que ese método analítico y esa parte de la psicología (la fenomenología) son los principales, lo lógico sería llamar fenomenología a la psicología analítica. El propio Husserl prefiere limitarse a los adjetivos para conservar la pureza de su ciencia, y habla de «psicología eidética». Pero Binsvanger escribe sin ambages: hay que diferenciar entre fenomenología pura y fenomenología empírica («psicología descriptiva») (1922, pág. 135) y ve fundamento para ello en la introducción por el propio Husserl del adjetivo «pura». El signo de igualdad ha sido establecido de la forma más matemática. Si recordamos que Lotze consideraba a la psicología como matemática aplicada, que en su definición Bergson casi comparaba la metafísica experimental con la psicología y que Husserl quiere ver en la fenomenología pura la doctrina metafísica de las esencias (Binsvanger, 1922), comprenderemos también que la propia psicología idealista tiene la tradición y la tendencia a abandonar un nombre comprometido y caduco. W. Dilthey manifiesta que la psicología explicativa se remonta a la psicología racional de Wolff, y la descriptiva a la empírica (1924).
Es verdad que algunos idealistas son contrarios a atribuirle este nombre a la psicología científico-natural. Por ejemplo, S. L. Frank, al señalar rotundamente que bajo un mismo nombre viven dos ciencias distintas, escribe: «En general, el problema no estriba en el carácter más o menos científico de dos diferentes métodos de una misma. ciencia, sino simplemente en la sustitución de una ciencia por otra totalmente diferente, que, aunque conservando débiles rasgos de afinidad con la primera, se ocupa, en esencia, de un objeto completamente distinto... La psicología actual se reconoce a sí misma como ciencia natural. Eso significa que la así denominada psicología actual no es en absoluto psico-----logía, sino fisio----logia... La magnífica denominación de «psicología» -ciencia del espíritu— le ha sido sustraída ilegalmente y es utilizada sin más como título de otro campo científico totalmente distinto. Y la sustracción ha sido tan absoluta, que cuando (en psicología) se piensa hoy en la naturaleza del alma... es ocupándose de una cuestión destinada a permanecer innominada o para la que hay que idear una denominación totalmente nueva» (1917, pág. 3). Pero incluso a pesar de esta deformación, el nombre de «psicología» todavía no responde en tres cuartas partes a su esencia: se ocupa fundamentalmente de psicofísica y de psicofisiología. Y S. L. Frank propone denominar a la nueva ciencia psicología filosófica para «restablecer», aunque sea indirectamente, el auténtico significado de la palabra «psicología» y devolvérselo a su dueño legal después de esa sustracción, ya directamente irreparable» (Ibídem, pág. 19).
Nos hallamos ante un hecho curioso: tanto la reflexología, que trata de romper con la «alquimia», como la filosofía, que quiere coadyuvar a restablecer los derechos de la psicología en el primitivo, literal y exacto sentido de la palabra, permanecen innominadas y ambas buscan una nueva denominación. 394
Más curioso aún es que los motivos de las dos partes son iguales: una teme perder, utilizando ese nombre, las señas de su origen materialista, la otra te-me que haya perdido su antiguo, literal y exacto significado. ¿Cabe —estilísticamente— encontrar mejor expresión de la dualidad de la psicología actual? No obstante, incluso Frank sostiene que el nombre sustraído a la psicología científico-natural es término fundamental e imposible de mejorar. Lo que nosotros suponemos es que es precisamente a la rama materialista a la que deberá denominarse psicología. En favor de ello y contra el radicalismo de los reflexólogos hablan dos importantes consideraciones. En primer lugar es precisamente esta rama la culminación de todas las tendencias verdaderamente científicas de las épocas, corrientes y autores que se han visto representados en la historia de nuestra ciencia, y por tanto esta rama es de hecho y por su propia esencia la psicología. En segundo lugar, el adoptar este nombre, la nueva psicología no «sustrae» de él lo más mínimo, no lo deforma, no se vincula a las huellas mitológicas que se han conservado en ella, sino que guarda, por el contrario, el recuerdo histórico de todo su camino, de su punto de partida.
Comencemos por la segunda consideración.
La psicología, entendida en la acepción de Frank, es decir, como ciencia del espíritu, siguiendo la vieja y exacta acepción de esta palabra, no existe. Y el propio Frank se ve obligado a aceptarlo, cuando se convence, con sorpresa y casi con desesperación, que es casi imposible encontrar literatura de esta orientación. Pero hay más, la psicología empírica, en cuanto ciencia terminada no existe tampoco. Y en realidad, lo que ahora tiene lugar no es un cambio, ni siquiera una reforma de la ciencia ni la culminación o la síntesis de una reforma ajena, sino la auténtica realización de la psicología y la liberación en esta ciencia de todo lo que en ella es capaz de crecer frente a lo que no es capaz de hacerlo. La propia psicología empírica (por cierto, que pronto se cumplirán 50 años durante los cuales el nombre de esta ciencia no se ha utilizado en absoluto, ya que cada escuela añade su adjetivo) está tan muerto como el capullo abandonado por una mariposa o como el huevo dejado por el polluelo. «Al llamar a la psicología ciencia natural, queremos significar —dice James— que en la actualidad representa simplemente un conjunto de datos empíricos fragmentarios; que sus límites los invade inconteniblemente por doquier el criticismo filosófico y que las raíces de esa psicología, sus datos primarios, deben ser analizados desde un punto de vista más amplio y presentados bajo distinto aspecto... Ni siquiera han sido establecidos con la necesaria exactitud los principales elementos y factores en el campo de los fenómenos espirituales. ¿Qué es la psicología en el momento actual? Un montón de materiales recogidos sobre la realidad en bruto, una considerable divergencia de opiniones, una serie de débiles intentos de clasificación y de generalizaciones empíricas de carácter puramente descriptivo, un prejuicio profundamente enraizado que nos lleva a suponer que poseemos conciencia en abundancia, cuya existencia condiciona nuestros cerebros. Pero no existe en Psicología ni una sola ley, en el sentido en que utilizamos esta palabra en el 395 campo de los fenómenos físicos, ni un solo principio del que se pueden extraer consecuencias por vía deductiva. Desconocemos incluso los factores entre los que sería posible establecer relaciones en forma de actos psíquicos elementales. Resumiendo, la psicología no es aún una ciencia, sino algo que promete ser ciencia en el futuro» (1911, pág. 407).
James ofrece un brillante inventario de lo que recibimos de la psicología como herencia, la descripción de sus bienes y posesiones. Recibimos de ella un montón de materiales en bruto y la promesa; de convertirse en ciencia en el futuro.
¿Qué nos vincula a la mitología a través de este nombre? La psicología, al igual que la física antes de Galileo o la química antes de Lavoisier, no es aún una ciencia que pueda hacerle la menor sombra a la futura ciencia. ¿Pero no habrán cambiado quizá las circunstancias de manera sustancial desde el tiempo en que James escribía esto? En 1923, en el VIII Congreso de psicología experimental, Spearman repite la definición de James y sostiene que tampoco ahora es la psicología una ciencia, sino tan sólo una esperanza de ciencia. Hace falta poner una gran dosis de provincianismo de Nizhni Nóvgorod para presentar la cuestión como lo hacía Chelpánov partiendo de la existencia de verdades inmutables y probadas, secularmente reconocidas por todos, que algunos intentan destruir sin más ni más.
La otra consideración es más seria, porque debemos en último término afirmar rotundamente que la psicología no tiene dos herederos, sino uno, y que situar la discusión sólo a nivel del nombre no es un planteamiento serio: la segunda psicología es imposible como ciencia. Pero junto con Pavlov no podemos sino declarar que consideramos desesperada la posición de esa ciencia desde el punto de vista científico. Como verdadero científico, Pavlov no plantea el problema de la existencia de un nivel psíquico, sino el de cómo estudiarlo. Dice: «Qué debe hacer el fisiólogo con los fenómenos psíquicos? No puede dejar de prestarles atención, puesto que al determinar el trabajo de conjunto del órgano están estrechísimamente ligados a los fenómenos fisiológicos. Y si el fisiólogo decide estudiarlos, se le plantea la pregunta: ¿Cómo?» (1950, pág. 59). Por consiguiente, al desarrollar nuestro análisis de disección conceptual no renunciamos a ningún fenómeno en beneficio de una de las partes diseccionadas. En nuestro camino estudiaremos todo lo que existe y explica-remos cómo se nos manifiesta. «A pesar de los miles de años que lleva estudiando la humanidad los hechos psicológicos... de los millones de páginas dedicadas a representar el mundo interno del hombre, carecemos hasta ahora, de resultados de esa labor: de las leyes de la vida espiritual del hombre» (Ibídem, pág. 105).
Lo que quede tras esa disección irá a parar al campo del arte: autores de novelas es como sigue llamando Frank a los profesores de psicología. Para Dilthey, la tarea de la psicología consiste en cazar en las redes de sus descripciones científicas lo que se oculta en Lear, Hamlet y Macbeth, ya que ve en ellos «más psicología que en todos los manuales de psicología juntos» (1924, .pág. 19). Pero Stern se reía con sorna de la psicología obtenida de las 396 novelas; decía que es imposible ordeñar una vaca pintada. Y sin embargo desmintiendo su pensamiento y como dando la razón a Dilthey, la psicología descriptiva se interna de hecho cada vez más en el mundo de la novela. En el primer congreso de psicología individual, como se autodenomina esta segunda psicología, se presentaba un informe de Oppenheim en que pescaba en las redes de los conceptos lo que Shakespeare había ofrecido en imágenes: exactamente lo que deseaba Dilthey. Pero la segunda psicología acabará en metafísica, se llame como se llame. Es precisamente esta certeza en la imposibilidad que tiene de ser ciencia ese tipo de saber, lo que condiciona nuestra elección.
El nombre de nuestra ciencia tiene por tanto un solo heredero. ¿Pero es acaso posible que renuncie a su herencia? En absoluto. Somos dialécticos y no pensamos, en modo alguno, que el camino de desarrollo de la ciencia vaya en línea recta. Y si hay en él zigzags, retrocesos o recodos comprendemos su significado histórico y los consideramos, (de igual modo que el capitalismo es una etapa inevitable hacia el socialismo), como eslabones necesarios de nuestra cadena, etapas inevitables de nuestra senda. Hemos valorado hasta aquí cada uno de los pasos hacia la verdad que ha podido dar nuestra ciencia, pues no pensamos que ésta haya comenzado en nosotros; no hemos renunciado ni cedido a nadie la idea de asociación de Aristóteles, ni la doctrina de las ilusiones subjetivas de las sensaciones, también de él y de los escépticos, ni la idea de la causalidad de J. Mill, ni la idea de la química psicológica de J. Mill, ni el «materialismo refinado» de H. Spencer, en el que Dilthey veía «no una simple base, sino un peligro» (W. Dilthey, 1924). En una palabra, la totalidad de la línea materialista en psicología, que tan cuidadosamente rechazan los idealistas. Sabemos que tienen razón en una cosa: «El oculto materialismo de la psicología descriptiva... ha influido de forma corruptora en la economía política, en el derecho penal, en la doctrina del Estado» (Ibídem, pág. 30).
La idea de la psicología dinámica y matemática de Herbart, de los trabajos de Fechner y Helmholtz, la concepción de H. Taine sobre la naturaleza motriz de la psique, así como también la doctrina de Binet sobre el psiquismo postural o la mímica interna, la teoría motriz de Ribot, la teoría periférica de las emociones de James-Lange, incluso la doctrina de la escuela de Wurtzburgo sobre el pensamiento, o sobre la atención como actividad. En una palabra, cada paso hacia la verdad en nuestra ciencia nos pertenece. Porque de dos caminos hemos elegido uno no porque nos guste, sino porque lo consideramos el verdadero.
Por consiguiente, en esa vía se recoge en su totalidad lo que la psicología encerraba como ciencia: desde el intento de enfocar científicamente el alma hasta el intento del pensamiento libre por dominar la psique, por mucho que ésta (la psique) se vea oscurecida y paralizada por la mitología, es decir, hasta la concepción misma de la estructura científica del alma, esta vía abarca por completo el camino futuro de la psicología, porque la ciencia es el camino de la verdad aunque discurra a través de errores. Porque ahí encontramos 397 justamente la senda que nos conduce hacia nuestra ciencia: en la propia lucha, en la superación de los errores, en las dificultades increíbles, en el enfrentamiento sobrehumano con prejuicios milenarios. No queremos ser simplones sin padre ni madre; no padecemos manía de grandeza, pensando que la historia comienza en nosotros ni queremos recibir de ésta un nombre limpio y trivial; queremos un nombre en el que se haya asentado el polvo de los siglos. En eso precisamente encontramos nuestro derecho histórico, la señal de nuestro papel histórico, la pretensión, de realizar la psicología como ciencia. Debemos considerarnos unidos y relacionados con lo que es anterior a nosotros, porque incluso cuando estamos negándolo nos apoyamos en ello.
Pueden decir ustedes: en sentido estricto ese nombre no puede aplicarse hoy a nuestra ciencia, pues cambia de significado en cada época. Pero dígannos un nombre, una palabra tan sólo, que no haya modificado su significado. ¿Es que cometemos un error lógico cuando hablamos de tinta azul o de arte de verano? Más bien, somos fieles a otra lógica, a la del lenguaje. Si el geómetra continúa denominando hoy a su ciencia con un nombre que significa «agrimensura», el psicólogo puede denominar la suya con un nombre que en otros tiempos significó «doctrina del alma». Si hoy el concepto de agrimensura es demasiado reducido, para la geometría, en tiempos significó un avance decisivo, al que toda la geometría debe su existencia; y si hoy la idea del alma nos resulta reaccionaria, en un tiempo fue la primera hipótesis científica del hombre antiguo, una enorme conquista del pensamiento, a la que hoy debemos la existencia de nuestra ciencia. Los animales no poseen seguramente la idea de alma y carecen de psicología. Históricamente se comprende que la psicología como ciencia debía comenzar por la idea de alma y no podemos considerarlo fruto de la ignorancia y el error, de igual manera que no consideramos la esclavitud resultado del mal carácter. Sabemos que la ciencia como camino de la verdad incluye obligatoriamente y en calidad de momentos necesarios, equivocaciones, fallos, prejuicios. Lo esencial para la ciencia no es que se produzcan sino que, aún tratándose de errores, conducen a la verdad, que son superables. Por eso aceptamos el nombre de nuestra ciencia con todas las huellas que han dejado en ella los errores seculares, como señal viva de superación, como cicatrices de heridas recibidas en la lucha, como testigo vivo de la verdad, que se abre camino a través del increíble enfrentamiento con la falsedad.
En esencia, así es como proceden todas las ciencias. ¿Es que los constructores del futuro comienzan todo desde sus cimientos, es que no son los rematadores y herederos de todo lo que hay de verdadero en la experiencia humana, es que carecen de aliados y antecesores en el pasado? Que nos indiquen una sola palabra, un solo nombre científico que pueda ser aplicado en sentido literal. ¿Es que las matemáticas, la filosofía, la dialéctica, la metafísica, significan lo mismo que en otros tiempos? Que no nos digan que dos ramas de conocimientos sobre un mismo objeto deben tener obligatoriamente el mismo nombre. Que recuerden la lógica y la psicología del pensamiento. Las ciencias no se dosifican y denominan por el objeto de estudio, 398 sino por los principios y fines del mismo. ¿Acaso se niega en filosofía el marxismo a conocer a sus antecesores? Sólo las mentes antihistóricas y carentes de espíritu creador se dedican a inventar nuevos nombres y ciencias, pero al marxismo no le va esa actitud. Chelpánov alega ante este problema que en la época de la Revolución Francesa el término «psicología» fue sustituido por el de «ideología», puesto que en aquella época la psicología era la ciencia del alma; la ideología, en cambio, se consideraba una parte de la zoología y se dividía en fisiológica y racional. Eso es verdad, pero el daño tan incalculable que ha ocasionado este empleo antihistórico de esta palabra puede confirmarlo el ver lo difícil que resulta descifrar, incluso hoy, determinados pasajes sobre la ideología en los textos de Marx, qué ambigüedad encierra ese término, que da pie a «investigadores» como Chelpánov a afirmar que para Marx ideología significa psicología. En esa reforma terminológica está en parte la causa de que el papel y la importancia de la vieja psicología hayan sido subestimados en la historia de nuestra ciencia. Y, finalmente, se aprecia una auténtica ruptura con sus verdaderos antecesores, una ruptura con la línea viva de la unidad: Chelpánov, que había declarado que la psicología no tenía nada en común con la fisiología, jura ahora por la Gran Revolución que la psicología siempre ha sido fisiológica y que «la psicología científica actual es obra de la psicología de la Revolución Francesa» (G. I Chelpánov, 1924, pág. 27). Sólo una ignorancia ilimitada o el contar calculadoramente con la ignorancia ajena han podido dictar esas líneas. ¿Qué psicología actual? ¿La de Mill o la de Spencer, la de Bain y Ribot? Entonces es verdad. Pero ¿y la de Dilthey y Husserl, Bergson y James, Münsterberg y Stout, Meinong y Lipps, Frank y Chelpánov? ¿Puede caber mayor falsedad? Porque todos estos constructores de la nueva psicología han establecido como base de la ciencia otro sistema, contrario al de Mill y Spencer, Bain y Ribot, y se han mofado de esos mismos nombres con que se encubre Chelpánov como de «un perro muerto». Pero Chelpánov se encubre con nombres ajenos y contrarios a él, aprovechándose de la ambigüedad del término «psicología actual». Sí, en la psicología actual hay una rama que puede considerarse obra de la psicología revolucionaria, pero Chelpánov se ha limitado toda la vida (y ahora también) a tratar de arrinconar esa rama en la parte más oscura de la ciencia y separarla de la psicología.
Repitámoslo una vez más: ¡qué peligroso es un nombre general y qué antihistóricamente se comportaban los psicólogos de Francia que lo traicionaron!
Este nombre lo introdujo inicialmente Goclenius, profesor de Marburgo en 1950, y lo adoptó su discípulo Kasmann en 1594, y no C. Wolff, a mediados del siglo XVIII, ni tampoco lo empleó por primera vez Melanchton, como se suele pensar erróneamente. Ivanovski lo utilizó como nombre para denominar la parte de la antropología, que, junto con la somatología, constituyen una ciencia. La atribución de este término a Melanchton se basa en el prólogo del editor al tomo XIII de sus obras, en el que se le señala erróneamente como el primer autor de una psicología. Ha conservado el 399 nombre con todo derecho Langue, autor de la psicología sin alma. Pero ¿es que la psicología no se llama doctrina del alma? —pregunta. ¿Cómo cabe imaginar una ciencia que pone en duda si dispone o no de un objeto que estudiar? Pero Langue consideraba pedante y poco práctico renunciar a la de-nominación tradicional por el hecho de haber variado el objeto de la ciencia e invitaba a aceptar sin vacilar la psicología sin alma.
Es precisamente a partir de la reforma de Langue cuando comienza la interminable confusión con el nombre de psicología. El nombre en sí ha dejado de significar algo y ha sido necesario añadirle cada vez: «sin alma», «sin metafísica alguna», «basada en la experiencia», desde el «punto de vista empírico» y así indefinidamente. Simplemente, la psicología ha dejado de existir como expresión de una sola palabra. Ahí está el error de Langue: al adoptar el nombre viejo, no lo ha dominado del todo, no lo ha delimitado, no lo ha separado de la tradición. Ya que la psicología carece de alma, lo que la tiene ya no es psicología, sino otra cosa. Pero aquí, naturalmente, le han faltado no buena voluntad, sino fuerzas y tiempo; el suyo fue un análisis al que le faltó maduración.
Esta cuestión terminológica sigue aún en pie y forma parte del problema de la división de las dos ciencias.
¿Cómo denominaremos a la psicología científico-natural? Con frecuencia la llaman ahora objetiva, nueva, marxista, científica, ciencia del comporta-miento. Naturalmente, mantendremos para ella el nombre - de psicología. Pero ¿cuál? ¿Cómo vamos a diferenciarla de otro sistema de conocimientos que utilice ese mismo nombre? Es suficiente enumerar una pequeña parte de las definiciones que se aplican actualmente a la psicología para ver que carecen de unidad lógica en su fundamento: unas veces, el término significa la escuela del behaviorismo, otras la psicología de la Gestalt, otras el método (de la psicología experimental, del psicoanálisis); otras el principio de construcción (eidética, analítica, descriptiva, empírica); otras el objeto de la ciencia (funcional, estructural, actual, intencional); otras el campo de la investigación («Individual psychologia»); otras la ideología (personalismo, marxismo, espiritualismo, materialismo); otras, muchas cosas más (subjetiva - objetiva, constructiva - reconstructiva, fisiológica, biológica, asociativa, dialéctica y aún más y más). Se habla frecuentemente de histórica y comprensiva, explicativa e intuitiva, científica (Blonski) y «científica» (en sentido de científico-natural entre los idealistas).
¿Qué significa después de eso la palabra «psicología»? «Pronto llegará el tiempo 7 -dice Stout—, en que a nadie se le ocurra escribir un libro sobre psicología en general, como no se le ocurre escribir sobre matemática en general» (1923, pág. 3). Todos los términos son inestables, no se excluyen lógicamente unos a otros, no están terminologizados, son confusos y oscuros, polisemánticos, casuales, y señalan rasgos secundarios, lo que no sólo no ayuda a orientarse, sino que nos confunde aún más. Wundt llamo a su psicología fisiológica y luego se arrepintió, considerándolo un error, y pasando a opinar que a esa su misma obra debería denominársela experimental. 400
Esta es la mejor ilustración de lo poco que significan todos estos términos. Para unos, «experimental» es sinónimo de «científica», para otros, es tan sólo la denominación del método. Señalaremos únicamente los calificativos que se aplican más frecuentemente a la psicología estudiada desde la perspectiva marxista.
No creo conveniente por ejemplo llamarle objetiva. Chelpánov señala con razón que este término lo utiliza en psicología la ciencia extranjera de las más diversas acepciones, y también entre nosotros ha conseguido dar lugar a numerosas ambigüedades y ha coadyuvado a confundir el problema gnoseológico y metodológico del espíritu y la materia. Este calificativo ha servido para confundir el método como procedimiento técnico y como modo de cognición, lo que ha tenido como consecuencia que el método dialéctico se interprete al mismo nivel que el de las encuestas, como igualmente objetivos. Ha permitido también que se de por hecho que en las ciencias naturales se ha suprimido toda utilización de índices y de distinciones subjetivos, de conceptos que en su génesis han sido subjetivos. Con frecuencia, el término objetivo ha sido vulgarizado y equiparado a verdadero y el subjetivo a falso, bajo la influencia de la utilización vulgar de la palabra. Es más, el calificativo «objetiva» no expresa en general el quid de la cuestión: sólo refleja la esencia de la reforma en sentido condicional y en parte. Finalmente, una psicología que pretende constituirse en doctrina de lo subjetivo o quiera a través de determinadas vías explicar también lo subjetivo, no debe denominarse erróneamente objetiva.
Sería también erróneo denominar a nuestra ciencia psicología del comportamiento, porque este nuevo término, lo mismo que el anterior, no consigue separarnos de toda una serie de corrientes y, por tanto, no consigue su objetivo. Es además falso, porque también la nueva psicología quiere conocer la psique. El calificativo_ «del comportamiento» tiene un matiz casero, pequeño-burgués, que le ha hecho atractivo .a los norteamericanos. Por ejemplo, cuando se plantea la tarea de crear una ciencia J. Watson dice: «la idea de la personalidad en la ciencia del comportamiento y en el sentido común» (1926, pág. 355) identificando así una y otra, para que el «hombre corriente», al «tratar de la ciencia del comportamiento no note cambio en el método o cualquier variación en el objeto» (Ibídem, Cáp. IX; Para una ciencia así, una ciencia, que entre sus problemas se ocupe también del siguiente: «Por qué Jorge Smith ha abandonado a su mujer» (Ibídem, pág. 5): una ciencia que comience por describir los métodos de la vida corriente, que haga imposible el establecer distinciones entre ellos y los científicos, y para la cual la única diferencia consista en que la ciencia del comportamiento estudie también casos que son irrelevantes a la vida cotidiana, que no interesan al sentido común, para esa ciencia, el término «comportamiento» es el más adecuado. Pero si llegamos al convencimiento, como mostraremos más adelante, de que tal planteamiento es lógicamente inconsistente y que no ofrece un criterio que por ejemplo permita establecer por qué el peristaltismo de los intestinos, la secreción de la orina o las inflamaciones deben ser excluidos de la ciencia; 401 si nos damos cuenta de que es un término polisemántico y no está terminologizado y que para Blonski y Pavlov, para Watson y Koffka significa cosas totalmente distintas, lo desecharemos sin dudar.
Además, yo también consideraría errónea la definición de psicología como marxista. He dicho ya que no es admisible escribir manuales desde el punto de vista del materialismo dialéctico (V. Y. Strumisnki, 1923; K. N. Kornilov, 1925); pero también considero que el título de «ensayo de psicología marxista» dado por Réisner a la traducción del librito de Jemson constituye un empleo equivocado de la palabra; o incluso conceptúo como erróneas y aventuradas combinaciones del tipo «reflexología y marxismo- para referirse a determinadas corrientes de trabajo dentro de la fisiología, y no porque dude acerca de la posibilidad de este enfoque, sino porque se toman magnitudes inconmensurables, porque desaparecen miembros intermedios, que son los únicos que posibilitan tal enfoque: se pierde y se deforma. la escala. Porque el autor no juzga toda la reflexología desde el punto de vista de todo el marxismo, sino sólo manifestaciones aisladas de grupos de marxistas-psicólogos. Sería erróneo por ejemplo plantear un tema así: «el soviet rural y el marxismo», aunque no cabe duda de que la teoría del marxismo cuenta con no menos recursos para ilustrar la cuestión relativa al soviet rural, que la relativa a la reflexología; aunque el soviet de Volga es una idea directamente marxista, está vinculada lógicamente a todo un conjunto. Y, sin embargo, recurrimos a otras escalas, utilizamos conceptos intermedios, más concretos y menos universales: hablamos del poder soviético y del soviet rural, de la lucha de clases y del soviet rural. No a todo lo relacionado con el marxismo se le debe llamar marxista y de hecho en la mayoría de los casos así se entiende, sin más explicaciones. Si a eso añadimos que los psicólogos suelen apelar en el marxismo al materialismo dialéctico, es decir, a su aspecto más universal y generalizado, la falta de correspondencia de escala resulta aún más patente.
Además y finalmente, hay que señalar una dificultad especial en la aplicación del marxismo a nuevas áreas: precisamente por la especial situación que atraviesa hoy esta teoría; por la enorme responsabilidad que representa el empleo de este término; por la especulación política e ideológica de que es objeto; por todo ello, no parece hoy muy oportuno hablar de «psicología marxista». Más conviene que otros digan de nuestra psicología que es marxista, que no que nosotros la denominemos así; apliquémosla en los hechos y esperemos en lo que a las palabras se refiere. Al fin y al cabo, la psicología marxista todavía no existe, hay que comprenderla como una tarea histórica, pero no como algo dado. Partiendo de este estado es difícil sustraerse a la impresión de falta de seriedad científica y de irresponsabilidad que implica emplear este nombre.
Por añadidura, la síntesis de la psicología y el marxismo no la lleva a cabo una sola escuela y emplear en Europa ese término da lugar con facilidad a confusión. Por ejemplo quizá sean pocos los que sepan que incluso la psicología individual de Adler se considera vinculada al marxismo. Y 402 conviene recordar siempre los fundamentos metodológicos de una psicología _ concreta para comprender de qué psicología hablamos. Cuando demostraba su derecho a considerar científica a esta psicología individual, Adler se remitía a Rickert, para quien la palabra «psicólogo», al ser aplicada a un naturalista y a un historiador, tiene dos significados distintos, y por eso distingue la psicología científico-natural y la histórica; si no se hace eso, entonces a la psicología del historiador y a la del poeta no se le puede llamar psicología, porque no tiene nada que ver con la psicología. Y los teóricos de la nueva escuela han admitido que la psicología histórica de Rickert y la psicología individual son lo mismo (L. Binsvanger, 1922).
«La psicología se ha dividido en dos, y la discusión gira únicamente acerca del nombre y de la posibilidad teórica de la nueva rama independiente. Como ciencia natural la psicología es imposible, y al nivel de lo individual no se puede establecer ley alguna; pero no pretende explicar, sino comprender» (Ibídem). Ha sido K. Jaspers quien ha introducido esta división en la psicología, aunque para 41 esa psicología «comprensiva» es la fenomenología de Husserl. Como base de toda psicología es muy importante e incluso insustituible, pero no es ni quiere ser una psicología individual. La psicología comprensiva puede partir únicamente de la telelogía y ha sido Stern quien siente las bases de esta psicología: el personalismo no es más que otro nombre de la psicología comprensiva. Pero el personalismo trata de estudiar la personalidad con los medios de la psicología experimental, aplicando los medios de las ciencias naturales a la psicología diferencial, aunque de esa manera la explicación y la comprensión quedan igual de insatisfechas: sólo la intuición- y no el pensamiento discursivo-causal puede conducir al objetivo. Esta psicología considera pues el título de «filosofía del yo» como honorífico, porque no es en absoluto psicología, sino filosofía, y eso es lo que quiere decir. Pues bien, esa psicología, respecto a cuya naturaleza no puede caber la menor duda, es la que se remite en sus métodos, (y un buen ejemplo es su teoría de la psicología de masas), al marxismo, a la teoría de la base y la superestructura, como a su fundamento natural (W. Stern, 1924). Es la que ha ofrecido a la psicología social el mejor y hasta ahora más interesante proyecto de síntesis del marxismo y de la psicología individual en la teoría de la lucha de clases: el marxismo y la psicología individual deben y están llamados a profundizarse y fecundarse mutuamente. - La tríada hegeliana es aplicable a la vida espiritual, lo mismo que a la economía (igual que entre nosotros). Este proyecto ha despertado una interesante polémica, en la que tanto la pertinencia de las ideas que se defienden, como las cuestiones que se abordan, podemos apreciar un enfoque crítico plenamente marxista. Si Marx nos enseñó a comprender los fundamentos de la lucha de clases, Adler ha hecho lo mismo para sus fundamentos psicológicos.
Esto no sólo ilustra la enorme complejidad de la actual situación de la psicología en la que caben las combinaciones más inesperadas y paradójicas, sino también el peligro de este término (por cierto, aún otra de las paradojas: esta misma psicología disputa a la reflexología rusa el derecho a la teoría de 403 la relatividad). Si a la psicología marxista le llaman ecléctica y sin principios, teoría superficial y medio científica de Jemson, si la mayoría de los influyentes psicólogos de la Gestalt se consideran también marxistas en su labor científica, el término marxista pierde precisión al ser aplicado a escuelas psicológicas incipientes, que aún no han conquistado el derecho al «marxismo». Recuerdo mi enorme extrañeza cuando me di cuenta de ello en una inocente conversación. Mantenía, con uno de los psicólogos más cultos, la siguiente charla: «¿De qué psicología se ocupan ustedes en Rusia? El que sean marxistas aún no dice nada acerca de qué tipo de psicólogos son. Conociendo la popularidad de Freud en Rusia, pensé al principio en los adleristas: porque ellos también son marxistas, pero lo que ustedes tienen ¿no es una psicología completamente distinta? Nosotros también somos socialdemócratas, pero también somos darwinistas y además copernicanos». Que tenía razón me lo confirma un razonamiento decisivo, según mi punto de vista. En realidad, nosotros no llamaremos «darwinista» a nuestra biología. Eso es algo que se incluye en el propio concepto de ciencia, porque forma parte de la ciencia el reconocimiento de las más importantes concepciones. Un marxista-historiador nunca diría: «historia marxista de Rusia» Consideraría que eso se desprende de los propios hechos. «Marxista» es para él sinónimo de «verdadera, científica»; no reconoce otra historia que la marxista. Y para nosotros, la cuestión debe plantearse así: nuestra ciencia se convertirá en marxista en la medida en que se convierta en verdadera, científica; y es precisamente a su transformación en verdadera y no a coordinarla con la teoría de Marx a lo que nos vamos a dedicar. Tanto para preservar el legítimo significado de la palabra, como por responder a la esencia del problema no podemos decir: «psicología marxista», en el sentido en que se dice: psicología asociativa, experimental, empírica, eidética. La psicología marxista no es una escuela entre otras, sino la única psicología verdadera como ciencia; otra psicología, aparte de ella, no puede existir. Y por el contrario: todo lo que ha habido y hay verdaderamente de científico en la psicología forma parte de la psicología marxista: este concepto es más amplio que el de escuela e incluso de corriente. Coincide con el concepto de psicología científica en general, donde quiera que se estudie y quienquiera que lo haga.
En este sentido emplea Blonski (1921) el término de «psicología científica». Y tiene toda la razón. Todo: lo que desearíamos hacer, el significado de nuestra reforma, nuestra discrepancia con los empíricos, el carácter fundamental de nuestra ciencia, nuestro objetivo y el volumen de nuestra tarea, su contenido y el método de ejecución, todo ello, se expresa en ese término. Un término que me satisfaría por completo si no fuera innecesario. Dicho de manera más exacta: el significado es ya claramente evidente: no puede añadir absolutamente nada respecto a lo que ya dice la palabra a la que determina. Porque «psicología» es el nombre de una ciencia, y no de una obra de teatro o de un film cinematográfico: sólo puede ser científica. A nadie se le ocurrirá llamar astronomía a la descripción del cielo en una novela; igual de mal le va el nombre de «psicología» a la descripción de los pensamientos de 404 Raskólnikov y de los desvaríos de lady Macbeth. Todo lo que no describe científicamente la psique no es psicología, sino algo distinto, cualquier cosa: publicidad, reseña, crónica, literatura, lírica, filosofía, mentalidad pequeño-burguesa, murmuración y otras mil cosas distintas. Porque el término «científico» no sólo es aplicable al ensayo de Blonski, sino también a las investigaciones de Müller sobre la memoria y a los experimentos de Köhler con los monos, y a la doctrina de los umbrales de Weber-Fechner, y a la teoría del juego de Gross, y a la doctrina del entrenamiento de Thorndike, y a la teoría de la asociación de Aristóteles, es decir, a todo lo que en la historia y en la actualidad pertenece a la ciencia. E incluso me atrevería a discutir para decidir qué teorías, hipótesis y argumentos, a ciencia cierta falsos, refutados o dudosos, pueden ser también científicos. Porque lo científico no coincide con lo auténtico. Una entrada de teatro puede ser absolutamente auténtica y no ser científica. La teoría de Herbart de los sentimientos concebidos como relaciones entre representaciones es indudablemente errónea, pero igual de indudablemente científica; sólo el fin y los medios determinan el carácter científico de cualquier teoría. Por eso, decir «psicología científica» es lo mismo que no decir nada. Vale más decir, sencillamente, «psicología».
No nos queda más que aceptar este nombre. El enfatiza perfectamente lo que buscamos: las dimensiones y el contenido de nuestra tarea. Porque ésta no consiste en crear una escuela junto a otras escuelas. Ni delimita una parte o faceta determinada, ni un problema, ni un procedimiento de interpretación de la psicología, junto con otras partes, escuelas, etcétera, análogas. Se trata de toda la psicología en toda su dimensión: de una psicología única, que no admite ninguna otra. Se trata de realizar la psicología como ciencia.
Por eso, diremos simplemente: psicología. Lo que haremos será explicar con otros términos otras corrientes y escuelas y separar de ellas lo científico de lo no científico, la psicología del empirismo, de la teología, del idealismo y de todo lo demás que se ha adherido a nuestra ciencia a lo largo de los siglos de su existencia, como al casco de un trasatlántico.
Necesitaremos términos distintos para otra cosa: para la división sistemática, moderadamente lógica, metodológica, de las disciplinas dentro de la psicología: hablaremos así de la psicología general e infantil, de la psicología animal y de la psicopatología, de la psicología diferencial y comparada. Psicología será el nombre común de toda una familia de ciencias. Porque nuestra tarea no consiste en absoluto en diferenciar nuestro trabajo de todo el trabajo psicológico del pasado, sino en unirlo en un solo conjunto sobre una base nueva con todo lo que ha sido estudiado científicamente por la psicología. No queremos diferenciar nuestra escuela de la ciencia, sino ésta de lo no científico, la psicología de la no psicología. Esa psicología de que hablamos no existe aún; ha de ser creada y no por una sola escuela. Muchas generaciones de psicólogos trabajan en ello, como decía James: la psicología tendrá sus genios y sus investigadores modestos, pero lo que surja de esta labor conjunta de generaciones de genios y de simples maestros de la ciencia 405 será, precisamente, psicología. Con este nombre entrará nuestra ciencia en la nueva sociedad, en el umbral de la cual comienza a estructurarse. Nuestra ciencia no podía ni puede desarrollarse en la vieja sociedad. Ser dueños de la verdad sobre la persona y de la propia persona es imposible mientras la humanidad no sea dueña de la verdad sobre la sociedad y de la propia sociedad. Por el contrario, en la nueva sociedad, nuestra ciencia se hallará en el centro de la vida. «El salto del reino de la necesidad al reino de la libertad» planteará inevitablemente la cuestión del dominio de nuestro propio ser, de subordinarlo a nosotros mismos. En este sentido, tenía razón Pavlov, al denominar nuestra ciencia la última ciencia del hombre en cuanto tal. Será en efecto la última ciencia del período histórico de la humanidad o la ciencia de la prehistoria de esta humanidad. Porque la nueva sociedad creará al hombre nuevo. Se habla de la re-fundición del hombre como de un rasgo distintivo de la nueva humanidad y de la creación artificial de una nueva ciencia biológica, porque esa nueva humanidad será la única y primera especie nueva en la biología que se cree a sí misma...
En la futura sociedad, la psicología será en realidad la ciencia del hombre nuevo. Sin ella, la perspectiva del marxismo y de la historia de la ciencia sería incompleta. Pero, sin embargo, esa ciencia del hombre nuevo será también psicología. Por eso ya hoy mantenemos sus riendas en nuestras manos. No hay necesidad de decir que esa psicología se parecerá tan poco a la actual, como, según palabras de Spinoza, la constelación del Can se parece al perro, animal ladrador (Ética, teorema 17, Escolio). 406

Notas.
1 Señalemos a propósito que en este ejemplo psicológico se puede ver cómo no coinciden en psicología el hecho científico y el de la experiencia directa. Resulta que es posible estudiar cómo ven las hormigas e incluso cómo ven cosas invisibles para nosotros y no saber que cosas son éstas para las hormigas. Es decir, cabe establecer hechos psíquicos sin partir en modo alguno de la experiencia interna, en otras palabras, sin un origen subjetivo. Engels no considera que esto sea importante para el hecho científico: a quien eso le torture, dice, no vemos qué remedio podemos ofrecerle.
2 Es curioso que Béjterev vea esa coincidencia subjetiva del concepto de dominante y con relación a un sector totalmente distinto; cuando describe la escuela de Jung y de Freud orientación de los complejos, encuentra también, naturalmente, plena coincidencia con los datos que ofrece la reflexología, pero no con el dominante. A éste le corresponden, en cambio, los fenómenos descritos por la escuela de Wurtzburgo, o sea que «participa en los procesos de la lógica» individualmente y correlaciona con el concepto de tendencia determinante, bien a la atención, según A. A. Ujtomski) es la mejor prueba de la vacunad, la inutilidad, la esterilidad y la arbitrariedad de estas coincidencias.
3 Es curioso señalar que no sólo los críticos de Freud crean en su nombre una nueva psicología social, sino que también los reflexólogos (A. B. Zalkind) rechazan los intentos que hace la reflexología de «penetrar» en el campo de los fenómenos sociales, de explicarlos a través de ella, así como algunas de sus pretensiones filosóficas generales y también el método de investigación de «en alguna parte» (A. B. Zalkind, 192

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