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Estudio del psicoanálisis y psicología

Psicología de las masas por Gustave Le Bon. Segunda parte: Las opiniones y las creencias de las masas (Capítulo 3)



Segunda parte

Las opiniones y las creencias de las masas

CAPÍTULO 3

LOS CONDUCTORES DE MASAS Y SUS MEDIOS DE PERSUASIÓN

Conocemos ya la constitución mental de las masas y sabemos también qué móviles impresionan su alma. Nos resta averiguar cómo deben aplicarse estos móviles y por quién pueden ser útilmente activados.

1. Los conductores de masas

Desde el momento en que se reúnen cierto número de seres vivos, ya se trate de una manada de animales o de una multitud de hombres, se sitúan instintivamente bajo la autoridad de un jefe, es decir: de un conductor o líder.

En las masas humanas, el conductor o líder desempeña un papel considerable. Su voluntad es el núcleo en torno al cual se forman y se identifican las opiniones. La masa es un rebaño que no sabría carecer de amo.

El líder es en primer término, la mayoría de las veces, un sujeto hipnotizado por la idea de la cual se ha convertido en apóstol. Le ha invadido hasta el punto de desaparecer todo excepto ella, pareciéndole error y superstición toda opinión contraria. Así le sucedía a Robespierre, hipnotizado por sus quiméricas ideas y empleando los procedimientos de la Inquisición para propagarlas.

Generalmente, los conductores de masas no son hombres de pensamiento, sino de acción. Son poco clarividentes y no pueden serlo, ya que la clarividencia conduce generalmente a la duda y la inacción. Se reclutan sobre todo entre aquellos neuróticos, excitados y semi alienados que se hallan al borde de la locura. Por absurda que sea la idea que defienden o la finalidad que persiguen, todo razonamiento se estrella contra su convicción. El desprecio y las persecuciones no hacen sino excitarles más. Sacrifican todo, su interés personal, su familia. Incluso se anula en ellos el instinto de conservación, hasta el punto de que la única recompensa que con frecuencia solicitan es el martirio. La intensidad de la fe confiere a sus palabras un gran poder sugestivo. La multitud escucha siempre al hombre dotado de una fuerte voluntad, ya que los individuos reunidos en masa pierden toda voluntad, se tornan instintivamente hacia aquel que la posee.

Los pueblos jamás han carecido de líderes; pero no todos poseen las fuertes convicciones que les convierten en apóstol. Son con frecuencia oradores hábiles que no persiguen más que sus intereses personales y que halagando, buscan persuadir los más bajos instintos. La influencia que ejercen de este modo siempre es efímera. Los grandes convencidos que sublevan el alma de las masas, los Pedro el Ermitaño, los Lutero, los Savonarola, los hombres de la Revolución, no han ejercido fascinación sino tras haber sido primeramente subyugados ellos mismos por una creencia. Fue entonces cuando pudieron crear en las almas aquella formidable potencia llamada fe, que convierte al hombre en esclavo absoluto de su sueño.

Crear fe, ya se trate de fe religiosa, política o social, de fe en una obra, en una persona, en una idea: he aquí el papel, sobre todo, de los grandes conductores de masas. De cuantas fuerzas dispone la humanidad, la fe ha sido siempre una de las más considerables y con razón el Evangelio le atribuye el poder de mover montañas. Dotar al hombre de una fe equivale a decuplicar su fuerza. Frecuentemente, los grandes acontecimientos de la historia fueron realizados por oscuros creyentes que no poseían más que su fe. Las religiones que han gobernado al mundo y los vastos imperios extendidos desde un hemisferio a otro no han sido edificados con letrados y filósofos ni, sobre todo, con escépticos.

No obstante, tales ejemplos se aplican a los grandes líderes y éstos son lo bastante raros como para que la historia pueda fácilmente señalar su número. Constituyen la cúspide de una serie continua que va desde el poderoso manipulador de hombres hasta el obrero que en una taberna llena de humo va fascinando lentamente a sus camaradas, remachando sin cesar algunas fórmulas que no comprende, pero cuya aplicación, según él, llevará con seguridad a la realización de todos los sueños y esperanzas.

En toda esfera social, desde la más alta hasta la más baja, en cuanto el hombre no está aislado, cae muy pronto bajo el dominio de un líder. La mayoría de los individuos, sobre todo en las masas populares, al no poseer, aparte de su especialidad laboral o profesional, ninguna idea neta y razonada, son incapaces de conducirse. El líder les sirve de guía. Puede ser reemplazado, en rigor, pero muy insuficientemente, por aquellas publicaciones periódicas que fabrican opiniones para sus lectores y les proporcionan frases hechas que les eximen de reflexionar.

La autoridad de los líderes es muy despótica y no llega a imponerse sino en virtud de este despotismo. Se ha señalado cuán fácilmente se hacen obedecer por los estratos obreros más turbulentos, aunque no posean medio alguno para apoyar su autoridad. Fijan los horarios de trabajo, las tasas de los salarios, deciden las huelgas, las hacen comenzar y cesar a hora fija.

Los conductores de masas tienden hoy día a sustituir progresivamente a los poderes públicos, a medida que éstos permiten que se les discuta y debilite. Gracias a su tiranía, estos nuevos dueños obtienen de las masas una docilidad mucho más completa que la lograda por cualquier gobierno. Si a consecuencia de un accidente cualquiera desaparece el líder y no es inmediatamente sustituido, la masa se convierte en una colectividad sin cohesión ni resistencia. Durante una huelga de los empleados de autobuses en París, bastó con arrestar a los dos líderes que la dirigían para que cesara inmediatamente. No es la necesidad de libertad la que domina siempre el alma de las masas, sino la de servidumbre. Su sed de obediencia las hace someterse instintivamente a aquel que se declara su dueño.

Dentro de la clase de los líderes puede establecerse una división bastante estricta. En unos se trata de sujetos enérgicos, de fuerte voluntad, pero momentánea; otros, mucho más escasos, poseen una voluntad que es a la vez fuerte y persistente. Los primeros se muestran violentos, bravos, osados. Son útiles sobre todo para dirigir un golpe de mano, arrastrar a las masas a pesar del peligro y transformar en héroes a reclutas recientes. Así fueron, por ejemplo, Ney y Murat, en el imperio de Napoleón I. Así también ha sido Garibaldi en nuestros días, un aventurero sin talento, pero enérgico, que, con un puñado de hombres, consiguió apoderarse del antiguo reino de Nápoles, defendido sin embargo por un ejército disciplinado.

Pero si la energía de tales líderes es potente, no es más que momentánea y no sobrevive al estímulo que la ha hecho surgir. Cuando retornan a la corriente de la vida cotidiana, los héroes que estaban animados por tal energía demuestran, como los que acabo de citar, una sorprendente debilidad. Parecen incapaces de reflexionar y de comportarse en las circunstancias más sencillas, tras haber sabido conducir tan bien a los demás. Estos líderes no pueden ejercer su función sino a condición de ser ellos mismos dirigidos y animados sin cesar, de sentir siempre, por encima de ellos, un hombre o una idea, de seguir una línea de conducta bien trazada.

La segunda categoría de líderes, la de sujetos de voluntad persistente, ejerce una influencia mucho más considerable, a pesar de ser menos brillantes. Dentro de esta categoría se encuentran los auténticos fundadores de religiones o de grandes obras: San Pablo, Mahoma, Cristóbal Colón, Lesseps. Ya sean inteligentes o de dotes limitadas, ello no importa, el mundo será siempre suyo. La persistente voluntad que poseen es una facultad sumamente rara y potente, que doblega todo. No siempre nos damos perfecta cuenta de lo que puede una voluntad fuerte y continua. Nada se le resiste, ni la naturaleza, ni los dioses, ni los hombres.

El más reciente ejemplo nos lo ha proporcionado el ilustre ingeniero que ha separado dos mundos y ha llevado a cabo la tarea intentada inútilmente desde hace tres mil años por tantos grandes soberanos. Más tarde fracasó en una empresa idéntica, pero había sobrevenido la vejez y ante ella todo se extingue, incluso la voluntad.

Para demostrar el poder de la voluntad, bastaría presentar detalladamente la historia de las dificultades superadas en el momento de la creación del canal de Suez. Un testigo ocular, el Dr. Cazalis, ha resumido en unas cuantas y conmovedoras líneas la síntesis de esta gran obra, relatada por su inmortal autor. Narraba, por episodios, día a día, la epopeya del canal. Contaba todo cuanto había tenido que vencer, todo lo imposible que había hecho posible, todas las resistencias, las coaliciones contra él y las amarguras, los reveses, las derrotas que no habían logrado jamás desanimarle ni abatirle; recordaba a Inglaterra combatiéndole y atacándole sin descanso, a Egipto, a Francia, que dudaba, y cuyo cónsul obstruía, más que ningún otro los primeros trabajos, y cómo se le oponía resistencia, procurando que le abandonasen los obreros forzándoles mediante la sed al negarles el agua potable; y el Ministerio de Marina y los ingenieros, todos ellos hombres serios, con experiencia y ciencia, naturalmente hostiles y científicamente convencidos del desastre, calculando y prometiendo éste como se predice un eclipse para tal día y tal hora.

El libro que refiriese la vida de todos estos grandes líderes contendría pocos nombres; pero estos nombres han estado al frente de los acontecimientos más importantes de la civilización y de la historia.

2. Medios de acción de los líderes: la afirmación, la repetición, el contagio

Cuando se trata de arrastrar a una masa por un instante y hacerla que cometa un acto cualquiera -saquear un palacio, hacerse matar para defender una barricada-, hay que actuar mediante sugestiones rápidas. La más enérgica es el ejemplo. Es necesario entonces que la masa esté ya preparada por determinadas circunstancias y que quien desee arrastrarla posea la cualidad que estudiaré más adelante bajo el nombre de prestigio.

Cuando se trata de hacer penetrar lentamente ideas y creencias en el espíritu de las masas -las teorías sociales modernas, por ejemplo- son diferentes los métodos de los líderes. Recurren principalmente a los tres procedimientos siguientes: afirmación, repetición, contagio. La acción de los mismos es bastante lenta, pero los efectos son duraderos.

La afirmación pura y simple, desprovista de todo razonamiento y de toda prueba, constituye un medio seguro para hacer penetrar una idea en el espíritu de las masas. Cuanto más concisa sea la afirmación, cuanto más desprovista de pruebas y demostración, tanta más autoridad posee. Los libros religiosos y los códigos de todas las épocas han procedido siempre mediante simples afirmaciones. Los hombres de Estado que deben defender una causa política cualquiera, los industriales que hacen propaganda de sus productos mediante anuncios, conocen el valor de la afirmación.

Sin embargo, esta última no adquiere influencia auténtica sino a condición de ser constantemente repetida y, lo más posible, en los mismos términos. Napoleón decía que no existe en retórica más que una figura seria: la repetición. Lo afirmado llega, mediante la repetición, a establecerse en los espíritus hasta el punto de ser aceptado como si fuese una verdad demostrada.

Se comprende bien la influencia que tiene la repetición sobre las masas al ver el poder que ejerce sobre los espíritus más ilustrados. Aquello que se repite concluye, en efecto, por incrustarse en las regiones profundas del inconsciente en donde se elaboran los motivos de nuestros actos. Al cabo de cierto tiempo, olvidando quién es el autor de la aserción repetida, terminamos por creerla. Así se explica la asombrosa fuerza del anuncio. Cuando hemos leído un centenar de veces que el mejor chocolate es el chocolate X..., imaginamos haberlo oído decir frecuentemente y concluimos estando seguros de ello. Persuadidos por mil afirmaciones de que la harina Y... ha curado a los más importantes personajes de las más persistentes enfermedades, concluimos por estar tentados de probarla el día en que nos afecta una dolencia del mismo género. A fuerza de ver repetir en el mismo diario que A... es un perfecto canalla y B... una persona muy honrada, acabamos convencidos de ello, siempre, desde luego, que no leamos con frecuencia otro diario de opinión contraria, en el que se invierten ambos calificativos. La afirmación y la repetición son, por sí solas, lo bastante poderosas como para poderse combatir.

Cuando una afirmación ha sido suficientemente repetida, con unanimidad en la repetición, tal como sucede con determinadas empresas financieras que compran todos los concursos, se constituye aquello que se llama una corriente de opinión e interviene el potente mecanismo del contagio. En las masas, las ideas, los sentimientos, las emociones, las creencias, poseen un poder contagioso tan intenso como el de los microbios. Este fenómeno se observa incluso en los animales, en cuanto están agrupados. El tic de un caballo en una cuadra es imitado muy pronto por los otros caballos de la misma cuadra. Un susto, un movimiento desordenado de unas cuantas ovejas, se extiende en seguida a todo el rebaño. El contagio de las emociones explica lo repentinos que son los pánicos. Los trastornos cerebrales, como la locura, se propagan también por contagio. Sabido es lo frecuente que es la alienación entre los médicos alienistas. Se mencionan incluso formas de locura, como la agorafobia, comunicadas por el hombre a los animales.

El contagio no exige la simultánea presencia de individuos en un solo punto; puede verificarse a distancia, bajo la influencia de determinados acontecimientos que orientan a los espíritus en un mismo sentido y que confieren características especiales a las masas, sobre todo cuando están preparadas ya por aquellos factores lejanos que he estudiado anteriormente. Así, por ejemplo, la explosión revolucionaria de 1848, iniciada en París, se extendió bruscamente a una gran parte de Europa y conmocionó a varias monarquías18.

La imitación, a la que tanta influencia se atribuye en los fenómenos sociales, no es en realidad sino un mero efecto del contagio. Me limitaré aquí a reproducir cuanto decía a este respecto hace mucho tiempo y que ha sido desarrollado después por otros escritores:

De modo similar a los animales, el hombre es imitador por naturaleza. La imitación constituye para él una necesidad, a condición, por supuesto, de que dicha imitación sea fácil; de esta necesidad nace la influencia de la moda. Ya se trate de opiniones, de ideas, de manifestaciones literarias o meramente de costumbres, ¿cuántos osan sustraerse a su dominio? A las masas se las guía con modelos, no con argumentos. En cada época, un reducido número de individualidades imponen su acción, que la masa inconsciente imita. Sin embargo estas individualidades no deben apartarse mucho de las ideas recibidas. Imitarlas constituiría entonces algo demasiado difícil y su influencia sería nula. Por este motivo, precisamente, los hombres demasiado superiores a su época no ejercen, por lo general, influencia alguna sobre la misma. El distanciamiento entre ambos es demasiado grande. Por idéntica razón, los europeos, pese a todas las ventajas de su civilización, ejercen una insignificante influencia sobre los pueblos de Oriente. La doble acción del pasado y de la imitación recíproca concluye por hacer que todos los hombres de un mismo país y una misma época sean semejantes hasta tal punto que incluso en aquellos que más parecerían deber sustraerse a ello, como son los filósofos, los sabios y los literatos, el pensamiento y el estilo poseen un aire familiar que hace reconocer de inmediato el tiempo al que pertenecen. Un instante de conversación con cualquier individuo basta para conocer a fondo sus lecturas, sus ocupaciones habituales y el medio en el que vive19.

El contagio es lo bastante potente como para imponer a los hombres, no solamente ciertas opiniones, sino también determinados modos de sentir. Hace que se desprecie una determinada obra en una época, como Tannhauser (Ópera de Wagner inspirada en una leyenda alemana. Nota de O. Cortes y Ch. Lopez), por ejemplo, para que la admiren años más tarde incluso aquellos que la habían denigrado.

Las opiniones y las creencias se propagan mediante el mecanismo del contagio, y muy poco, sin embargo, por el del razonamiento. Las concepciones actuales de los obreros se constituyen en la taberna mediante afirmación, repetición y contagio. No se establecen de otro modo las creencias de las masas, en todas las épocas, Renan compara justificadamente a los primeros fundadores del cristianismo con los obreros socialistas que difunden sus ideas de taberna en taberna; y Voltaire había observado ya, a propósito de la religión cristiana que tan sólo la había adoptado la más vil canalla durante más de cien años.

En los ejemplos análogos a los que acabo de citar, el contagio, tras haberse ejercido en las capas populares, se trasmite a las esferas superiores de la sociedad. Así, en nuestros días, las doctrinas socialistas comienzan a ganar a aquellos que serían, sin embargo, sus primeras víctimas. Ante el mecanismo de contagio se esfuma incluso el interés personal mismo. Por ello, toda opinión que se ha convertido en popular concluye por imponerse a las capas sociales elevadas, por patente que pueda ser lo absurdo de la opinión triunfante. Esta reacción de las capas sociales inferiores sobre las superiores resulta tanto más curiosa puesto que las creencias de la masa derivan siempre, en grado mayor o menor, de alguna idea superior que con frecuencia no llegó a ejercer influencia en el medio en que nació. Los líderes subyugados por dicha idea superior la asimilan, la deforman, y crean una secta que la desvirtúa más aún y luego la difunde cada vez más deformada entre las masas. Convertida en una verdad popular, se remonta de algún modo hasta su fuente y actúa entonces sobre las capas altas de una nación. En definitiva es la inteligencia la que guía al mundo, pero lo guía, en verdad, desde muy lejos. Los filósofos creadores de ideas han retornado ya al polvo hace mucho tiempo cuando, mediante el mecanismo que acabo de describir, termina por triunfar su pensamiento.

3. El prestigio

Si las opiniones propagadas mediante la afirmación, la repetición o el contagio poseen un gran poder, concluyen por adquirir aquel poder misterioso que designamos como prestigio.

Todo aquello que ha dominado en el mundo, las ideas o los hombres, se ha impuesto principalmente mediante la irresistible fuerza que expresa la palabra prestigio. Todos captamos su significado, pero se aplica de modos muy diversos como para que resulte fácil de definir. El prestigio puede implicar determinados sentimientos, tales como la admiración y el temor, que incluso en ocasiones constituyen su base, pero puede existir perfectamente sin ellos. Personas fallecidas, y que en consecuencia no hemos de temer, como Alejandro, Cesar, Mahoma, Buda, poseen un prestigio considerable. Por otra parte, ciertas ficciones que no admiramos, como por ejemplo las monstruosas divinidades de los templos subterráneos de la India, nos parecen revestidas de un gran prestigio.

El prestigio es en realidad una especie de fascinación que un individuo, una obra o una doctrina ejercen sobre nuestro espíritu. Esta fascinación paraliza todas nuestras facultades críticas y colma nuestra alma de asombro y respeto. Los sentimientos entonces provocados son inexplicables, como todos los sentimientos, pero probablemente son del mismo orden que la sugestión experimentada por un sujeto hipnotizado. El prestigio es el resorte más poderoso de todo dominio. Los dioses, los reyes y las mujeres no habrían reinado jamás sin él.

Las diversas variedades de prestigio pueden reducirse a dos formas principales: el prestigio adquirido y el prestigio personal. El primero confiere el nombre, la fortuna, la reputación. Puede ser independiente del prestigio personal. Este último constituye, por el contrario, algo individual y que coexiste en ocasiones con la reputación, la gloria, la fortuna, o está reforzado por ellas, pero siendo perfectamente capaz de existir de un modo independiente.

El prestigio adquirido o artificial es, con mucho, el más difundido. Por el mero hecho de ocupar un individuo una cierta posición, de poseer una determinada fortuna, acaparar algunos títulos, se halla aureolado de prestigio, por nula que pueda ser su valía personal. Un militar de uniforme, un magistrado con su toga, poseen siempre prestigio. Pascal había hecho constar, con razón, la necesidad de que los jueces lleven togas y pelucas. Sin ellas perderían gran parte de su autoridad. El socialista más exaltado se emociona a la vista de un príncipe o un marqués y tales títulos bastan para estafar a un comerciante cuanto se quiera20.

El prestigio que acabo de mencionar es el propio de las personas; junto a él puede situarse el que ejercen las opiniones, las obras literarias o artísticas, etc. Con frecuencia no se trata sino de repetición acumulada. Al ser la historia, la literaria y artística sobre todo, tan sólo la repetición de los mismos juicios, que nadie se encarga de controlar, cada cual concluye por repetir aquello que aprendió en la escuela. Existen ciertos nombres y determinadas cosas que nadie osaría tocar. Para un lector moderno, la obra de Homero resulta innegable e inmensamente aburrida, pero, ¿quién osaría decirlo?

El Partenón, en su actual estado, es una ruina bastante desprovista de interés, pero posee tal prestigio que no se le contempla sino unido a todo su cortejo de recuerdos históricos. Lo propio del prestigio es impedir ver las cosas tal como son y paralizar nuestros juicios. Las masas tienen siempre necesidad de opiniones consolidadas y los individuos también las precisan con frecuencia. El éxito de estas opiniones es independiente de la parte de verdad o de error que contengan y reside exclusivamente en su prestigio.

Pasemos ahora a la cuestión relativa al prestigio personal. De índole muy diferente al prestigio artificial o adquirido, constituye una facultad independiente de todo título, de toda autoridad. El reducido número de personas que lo poseen ejercen fascinación auténticamente magnética sobre los que las rodean, incluidos sus iguales, y se les obedece como la bestia feroz se somete al domador, al cual podría tan fácilmente devorar.

Los grandes conductores de hombres, Buda, Jesús, Mahoma, Juana de Arco, Napoleón, poseían en alto grado esta modalidad de prestigio. Gracias a ella, sobre todo, es como se impusieron. Los dioses, los héroes y los dogmas se imponen, pero no se discuten; en el momento en que se les discute, se desvanecen.

Los personajes que acabo de citar poseían su poder de fascinación mucho antes de convertirse en ilustres y no lo habrían sido sin él. Napoleón, en el cénit de su gloria, ejercía un inmenso prestigio por el mero hecho de su poder; pero ya estaba dotado en parte de tal prestigio al comienzo de su carrera. Cuando siendo un oscuro general fue enviado, por recomendación, a mandar el ejército de Italia, cayó en medio de rudos generales dispuestos a dispensar una dura acogida al joven intruso que les enviaba el Directorio. Pero a partir del primer minuto, de la primera entrevista, sin frases, sin gestos, sin amenazas, a la primera mirada del futuro gran hombre, estaban ya domados. Taine hace un curioso relato de dicha entrevista, basado en memorias de contemporáneos.

Los generales de división, entre ellos Augereau, un soldadote heroico y grosero, orgulloso de su elevada estatura y de su bravura, llegan al cuartel general, muy mal dispuestos con respecto al pequeño arribista que les han enviado desde París. A base de la descripción que de él les han hecho, Augereau profiere ya injurias y está insubordinado de antemano: un favorito de Barras, un general del vendimiario, dado a la soledad y a pensar, con reputación de matemático y de soñador. Se les instala en el cuartel general y Bonaparte se hace esperar. Por fin aparece, con su espada ceñida, explica sus disposiciones, les da sus órdenes y les despide. Augereau ha permanecido mudo; sólo una vez fuera se recupera y vuelve a sus palabrotas de costumbre; está de acuerdo, con Masséna, en que ese pequeño generalito le ha causado miedo; no puede comprender cómo se le ha impuesto con una sola mirada.

Una vez convertido en gran hombre, su prestigio aumentó con toda su gloria, e igualó al que una divinidad posee para sus devotos. El general Vandamme, un soldado de la Revolución, más brutal y más enérgico aún que Augereau, decía de él al mariscal D'Ornano, en 1815, un día en que subían juntos la escalera de las Tullerías: Amigo mío, ese diablo de hombre ejerce sobre mí una fascinación que no comprendo, hasta el punto de que yo, que no temo ni a Dios ni al diablo, cuando me acerco a él, estoy a punto de temblar como un niño y conseguiría hacerme pasar por el ojo de una aguja para lanzarme al fuego.

Napoleón ejercía idéntica fascinación sobre todos los que se le aproximaban21.

Davout decía, al hablar de la dedicación de Maret y de la suya propia: Si el emperador nos dijese a los dos: por interés de mi política es importante que se destruya Paris, sin que se escape nadie de allí, estoy seguro que Maret guardaría el secreto, pero, sin embargo, no podría evitar comprometerle haciendo salir de París a su familia. ¡Pues bien! yo, por miedo a que pudiera adivinarse, dejaría en París a mi mujer y a mis hijos.

Este asombroso poder de fascinación explica el maravilloso retorno de la isla de Elba; la inmediata conquista de Francia por un hombre aislado, luchando contra todas las fuerzas organizadas de un gran país, al cual se creía cansado de su tiranía. Tan sólo tuvo necesidad de dirigir la mirada a los generales que habían enviado para apoderarse de él. Todos se sometieron, sin discusión.

Napoleón, escribe el general inglés Wolseley, partiendo de la isla de Elba, que era su reino, desembarca en Francia, casi solo como un fugitivo y en unas semanas logra derribar, sin derramamiento de sangre, toda la organización del poder en Francia bajo su rey legítimo. Jamás se afirmó de modo más asombroso el ascendiente personal de un hombre. Pero desde el principio hasta el final de esta campaña, que fue la última para él, resultó asimismo notable el ascendiente que ejerció sobre los aliados, obligándoles a seguir su iniciativa y faltándole muy poco para aplastarlos.

Su prestigio le sobrevivió y continuó aumentando. Fue él quien hizo consagrar emperador a un oscuro sobrino suyo: Napoleón III. Al ver cómo renace hoy día su leyenda, se comprueba hasta qué punto sigue siendo poderosa su gran sombra. Tratad mal a los hombres, matadlos por millones, perpetrad invasiones, todo os será permitido si poseéis un grado suficiente de prestigio y el talento necesario para mantenerlo.

He citado aquí un ejemplo de prestigio absolutamente excepcional, sin duda, pero que ha sido útil para hacer comprender la génesis de las grandes religiones, las grandes doctrinas y los grandes imperios. Sin el poder que el prestigio ejerce sobre las masas, tal génesis resultaría incomprensible.

Pero el prestigio no sólo se basa en el ascendiente personal, la gloria militar y el terror religioso; puede tener orígenes más modestos y, sin embargo, ser también considerable. Nuestro siglo proporciona varios ejemplos de ello. Uno, que la posteridad continuará recordando a través de los tiempos, ha sido el proporcionado por la historia del hombre célebre que ya hemos mencionado y que modificó la faz del globo y las relaciones comerciales de los pueblos, separando dos continentes. Logró éxito en su empresa gracias a su inmensa voluntad, pero también por la fascinación que ejercía sobre cuantos le rodeaban. Para vencer a la unánime oposición no tenía más que mostrarse, hablar un instante y, ante el encanto que ejercía, los opositores se convertían en amigos. Los ingleses, sobre todo, combatieron encarnizadamente su proyecto; pero su presencia en Inglaterra bastó para congraciarle con ellos. Cuando, más tarde, pasó por Southampton, doblaron en honor suyo las campanas. Habiendo vencido a todo, tanto a los hombres como a las cosas, no creía ya en los obstáculos y quiso recomenzar Suez en Panamá, con los mismos medios; pero la fe que mueve montañas no las mueve sino a condición de que no sean demasiado altas. Las montañas resistieron y la catástrofe que siguió destruyó la resplandeciente aureola de gloria que rodeaba al héroe. Su vida enseña cómo puede crecer y desaparecer el prestigio. Tras haber igualado en grandeza a los más célebres personajes históricos, fue rebajado por los magistrados de su país al nivel de los más viles criminales. Su ataúd pasó solitario en medio de multitudes indiferentes. Únicamente los soberanos extranjeros rindieron homenaje a su memoria22.

Pero los diversos ejemplos que acabamos de citar representan formas extremas. A fin de establecer con todo detalle la psicología del prestigio, habría que examinar la correspondiente serie, desde los fundadores de religiones e imperios hasta el ciudadano particular que intenta deslumbrar a sus vecinos con un traje nuevo o una condecoración.

Dentro de los últimos términos de esta serie se situarían todas las formas del prestigio en los diversos elementos de una civilización -ciencias, artes, literatura, etc.- y se vería entonces que constituye el elemento fundamental de persuasión. El ser, la idea o la cosa que poseen prestigio son, por contagio, inmediatamente imitados e imponen a toda una generación determinados modos de sentir y de expresar los pensamientos. Por otra parte, la imitación es, la mayoría de las veces, inconsciente, y esto es, en efecto, lo que la hace completa. Los pintores modernos, al reproducir los colores difuminados y las actitudes rígidas de algunos primitivos, no dudan de la procedencia de su inspiración; creen en su propia sinceridad, mientras que si un eminente maestro no hubiese resucitado esta forma de arte, se habría proseguido no viendo en ella más que los aspectos ingenuos e inferiores. Aquellos que, a instancias de un célebre innovador, inundan sus telas con sombras violeta, no ven en la naturaleza, más violeta que hace cincuenta años, pero se hallan sugestionados por la impresión personal y especial de un pintor que ha sabido adquirir gran prestigio. Ejemplos similares podrían hallarse en todo elemento de la civilización.

A partir de lo que precede podemos ver que en la génesis del prestigio pueden intervenir multitud de factores: uno de los más importantes ha sido siempre el éxito. Por ello mismo, el hombre que triunfa, la idea que se impone, dejan de ser discutidos.

El prestigio desaparece siempre con el fracaso. El héroe que era aclamado la víspera por la multitud es escarnecido por ella al día siguiente, si la suerte no le es propicia. La reacción será incluso tanto más intensa cuanto mayor haya sido el prestigio. La multitud considera entonces al héroe caído como a un igual y se venga por haberse doblegado ante una superioridad a la cual ya no reconoce. Robespierre, cuando hacía cortar el cuello a sus colegas y a gran número de sus contemporáneos, poseía un gran prestigio. La desviación de algunos votos se lo hizo perder inmediatamente, y la multitud le siguió hasta la guillotina con tantas imprecaciones como acompañaba la víspera a sus víctimas. Los creyentes rompen siempre con furor las estatuas de sus antiguos dioses.

El fracaso hace perder bruscamente el prestigio. Éste puede ir desapareciendo también a través de discusión, pero de un modo más lento. Pero este procedimiento es, sin embargo, de efecto muy seguro. El prestigio que se discute no es ya prestigio. Los dioses y los hombres que han sabido guardar el suyo durante mucho tiempo no han tolerado jamás la discusión. Para hacerse admirar por las masas hay que mantenerlas siempre a distancia.

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Notas:

18 Véanse mis últimas obras: Psychologie politique, Les opinions et croyances, Révolution francaise.

19 Gustave LE BON, L'homme et les sociétés, tomo II. pág. 116, 1881.

20 Esta influencia de los títulos, las insignias y los uniformes sobre las masas se da en todos los países, incluso cuando el sentimiento de independencia personal esté muy desarrollado. Reproduzco a este propósito un curioso pasaje del libro de un viajero, acerca del prestigio de que gozan en Inglaterra determinados personajes:

A través de diversos encuentros me había dado cuenta de la particular emoción que experimentan los ingleses más razonables al contacto o a la vista de un par de Inglaterra. Siempre que su situación apoye a su rango, le aman de antemano y puestos en su presencia soportan, encantados, todo de él. Se les ve sonrojarse de placer ante su proximidad, y si les dirige la palabra, la alegría aumenta dicho rubor y hace brillar sus ojos con una luz insólita. Tienen al Lord en la sangre, como un español la danza, un alemán la música y un francés la revolución. Su pasión por los caballos es menos violenta y la satisfacción y el orgullo que obtienen de ellos es menos fundamental. El libro de los Pares posee una considerable difusión y, por lejos que se vaya, se le encuentra en manos de todos, al igual que la Biblia.

21 Muy consciente de su prestigio, el emperador sabía aumentarlo tratando peor que a palafreneros a los grandes personajes que le rodeaban, entre los cuales figuraban varios de los célebres convencionales tan temidos en Europa. Las narraciones de su tiempo están repletas de hechos significativos en este sentido. Un día, en pleno Consejo de Estado, Napoleón insulta groseramente a Beugnot, tratándole como a un lacayo torpe. Una vez logrado el efecto que deseaba se aproximó a él y le dijo: Bueno, grandísimo imbécil, ¿te has despabilado ya? A continuación, Beugnot, alto como un tambor mayor, se inclina y Napoleón, con su baja estatura, levanta la mano y agarra al otro por una oreja, signo de un favor embriagador, escribe Beugnot, gesto familiar del amo que se humaniza. Tales ejemplos proporcionan claramente una noción del grado de bajeza que puede provocar el prestigio y permiten comprender el inmenso desprecio que el gran déspota sentía por los hombres que le rodeaban.

22 Un diario extranjero, la Neue Freie Presse, de Viena, ha hecho unas reflexiones a propósito del destino de Lesseps que revelan una muy juiciosa psicología y que, por esta razón, reproduzco aquí:

Tras la condena de Ferdinand de Lesseps no tenemos ya derecho de asombrarnos del triste fin de Cristóbal Colón. Si Ferdinand de Lesseps es un estafador, toda noble ilusión es un crimen. La Antigüedad habría coronado la memoria de Lesseps con una aureola de gloria y le habría hecho beber en la copa del néctar, en medio del Olimpo, ya que ha cambiado la faz de la tierra y ha llevado a cabo obras que perfeccionan la creación. Condenando a Ferdinand de Lesseps,el presidente del tribunal se ha hecho inmortal, ya que los pueblos preguntarán siempre el nombre de aquel que no temió rebajar a su siglo al nivel de hacer vestir el uniforme de presidiario a un anciano cuya vida ha sido la gloria de sus contemporáneos. Que no se nos hable ya de justicia inflexible allí donde reina el odio burocrático contra las grandes obras osadas. Las naciones tienen necesidad de estos hombres audaces que creen en sí mismos y franquean todos los obstáculos, sin tener en cuenta su propia persona. El genio no puede ser prudente, pues con la prudencia no podría ampliar jamás el círculo de la actividad humana.

(...) Ferdinand de Lesseps ha conocido la embriaguez del triunfo y la amargura de las decepciones: Suez y Panamá. Aquí, el corazón se subleva contra la moral del éxito. Cuando Lesseps logró unir dos mares, príncipes y naciones le rindieron homenaje; hoy, cuando se estrella contra las rocas de las cordilleras, ya no es más que un vulgar estafador (...) Se da aquí una guerra de clases de la sociedad, un descontento de los burócratas y empleados que se vengan mediante el código penal contra aquellos que querrían elevarse por encima de los demás (...). Los legisladores modernos se encuentran perplejos ante estas grandes ideas del genio humano; el público lo comprende menos aún y le resulta fácil a un fiscal demostrar que Stanley es un asesino y Lesseps un engañador.

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