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Estudio del psicoanálisis y psicología

Psicología de las masas por Gustave Le Bon. Primera parte: El alma de las masas (capítulo 3)



Primera parte: El alma de las masas

CAPÍTULO 3

IDEAS, RAZONAMIENTOS E IMAGINACION DE LAS MASAS

1. Las ideas de las masas

Al estudiar, en una obra precedente, el papel desempeñado por las ideas sobre la evolución de los pueblos, hemos demostrado que toda civilización deriva de un corto número de ideas fundamentales, raramente renovadas. Ya hemos expuesto cómo estas ideas se establecen en el alma de las masas; con qué dificultad se introducen en la misma y la potencia que adquieren una vez que han penetrado. Hemos mostrado asimismo que, generalmente, las grandes perturbaciones históricas derivan de los cambios de estas ideas fundamentales.

Ya que hemos tratado suficientemente este tema, no insistiré en ello y me limitaré a decir unas palabras sobre las ideas accesibles a las masas y cómo las conciben.

Pueden dividirse en dos clases. En una, incluiremos las ideas accidentales y pasajeras creadas bajo las influencias del momento: el apasionamiento por un individuo o una doctrina, por ejemplo. En la otra clase se incluyen las ideas fundamentales a las que el medio ambiente, la herencia, la opinión, proporcionan una gran estabilidad, como sucedía antes con las ideas religiosas y en la actualidad con las democráticas y sociales.

Las ideas fundamentales pueden compararse a la masa formada por las aguas de un río que cursa lentamente; las ideas pasajeras, a las pequeñas ondas, siempre cambiantes, que agitan su superficie y que, aun cuando carezcan realmente de importancia, resultan más visibles que el propio fluir del río.

Hoy día, las grandes ideas fundamentales que sustentaban nuestros padres nos parecen cada vez más dudosas y, al mismo tiempo, las instituciones que se basaban en ellas están profundamente quebrantadas. Actualmente se forman muchas de estas pequeñas ideas transitorias de las que hablaba hace un momento, pero parece que pocas pueden adquirir una preponderante influencia. Sean cuales fueren las ideas sugeridas a las masas, no pueden convertirse en dominantes sino a condición de asumir una forma muy simple y de estar representadas en su espíritu bajo el aspecto de imágenes. Al no estar unidas entre sí estas ideas-imágenes por ningún vínculo lógico de analogía o de sucesión, pueden sustituirse mutuamente como los vidrios de la linterna mágica que el operador retira de la caja en donde estaban superpuestos. Así pues, en las masas puede verse cómo se suceden las ideas más contradictorias. Según el azar del momento, la masa quedará bajo la influencia de alguna de las diversas ideas almacenadas en su entendimiento y cometerá, en consecuencia, los actos más dispares. Su completa ausencia de espíritu crítico no le permite advertir las correspondientes contradicciones.

Por otra parte, esto no constituye un fenómeno exclusivo de las masas. Ocurre asimismo en muchos individuos aislados, no solamente entre los seres primitivos, sino también entre todos aquellos que, debido a una vertiente cualquiera de su espíritu -los seguidores de una intensa fe religiosa, por ejemplo-, se aproximan a los primitivos. Lo he observado, por ejemplo, entre los hindúes cultos, educados en nuestras universidades europeas, en las que han obtenido todos los diplomas. Sobre su fondo inmutable de ideas religiosas o sociales hereditarias se había superpuesto, sin alterarlas en absoluto, una capa de ideas occidentales, que no guardaban relación alguna con las primeras. Según los azares del momento, surgían unas u otras, con su especial acompañamiento discursivo, y un mismo individuo presentaba así las contradicciones más llamativas. Contradicciones más aparentes que reales, ya que las ideas hereditarias son por sí solas lo bastante poderosas en el individuo aislado como para convertirse en auténticos móviles de conducta. Sólo cuando, en virtud de cruzamientos, el hombre se encuentra entre diferentes impulsos hereditarios, los actos pueden ser completamente contradictorios de un momento a otro. Consideramos inútil insistir aquí sobre estos fenómenos, aunque sea capital su importancia psicológica. Creo que hacen falta, por lo menos, diez años de viajes y de observaciones para llegar a comprenderlos.

Para convertirse en populares, las ideas han de experimentar con frecuencia las más completas transformaciones, ya que sólo son accesibles a las masas tras haber revestido una forma muy simple. Cuando se trata de ideas filosóficas o científicas algo elevadas, se puede comprobar la profundidad de las modificaciones que les son necesarias para descender, de estrato en estrato, hasta el nivel de las masas. Estas modificaciones dependen, sobre todo, de la raza a la que pertenecen dichas masas; pero siempre tenderán a disminuir y a simplificarse. En realidad, tampoco hay desde el punto de vista social, una jerarquía de ideas, es decir: ideas más o menos elevadas. Por el simple hecho de llegar una idea a las masas y poderlas emocionar, queda despojada de casi todo lo que la confería su elevación y su grandeza.

Por otra parte, carece de importancia el valor jerárquico de una idea. Y no hay que tener en cuenta más que los efectos que produce. Las ideas cristianas de la Edad Media, las ideas democráticas del siglo pasado, las ideas sociales de la actualidad no son, desde luego, muy elevadas. Desde el punto de vista filosófico pueden considerarse como errores bastante pobres. No obstante, su papel ha sido y será inmenso, y quedarán incluidas durante mucho tiempo entre los factores más esenciales de la conducta de los Estados.

Incluso si la idea ha experimentado modificaciones que la convierten en accesible a las masas, no operará sino cuando, mediante diversos procedimientos que estudiaremos en otro lugar, penetra en el inconsciente y se convierte en un sentimiento. Generalmente, esta transformación es muy prolongada.

Por otra parte, no hay que creer que una idea produce sus efectos, incluso en espíritus cultivados, por haber demostrado que es acertada. Esto se advierte contemplando la escasa influencia que la demostración más clara tiene sobre la mayoría de los hombres. La manifiesta evidencia podrá reconocerse por un auditorio instruido, pero muy pronto será equiparada por su inconsciente a sus concepciones primitivas. Si vuelve a verse al cabo de unos días, manifestará de nuevo sus antiguos argumentos, exactamente en los mismos términos. Se halla, en efecto, bajo la influencia de ideas anteriores que se han convertido en sentimientos, y son tan sólo éstas las que actúan sobre los móviles profundos de nuestros actos y nuestros discursos.

Cuando, mediante diversos procedimientos, una idea se ha incrustado finalmente en el alma de las masas adquiere un poder irresistible y desarrolla toda una serie de consecuencias. Las ideas filosóficas que desembocaron en la Revolución Francesa tardaron mucho en implantarse en el alma popular; pero sabida es la irresistible fuerza que adquirieron cuando quedaron establecidas. El impulso de todo un pueblo hacia la conquista de la igualdad social, hacia la realización de derechos abstractos y de libertades ideales hizo vacilar a todos los tronos y conmocionó profundamente al mundo occidental. Durante veinte años, los pueblos se precipitaron unos contra otros y Europa conoció hecatombes comparables a las de Gengis-Khan y Tamerlán. Jamás se puso tan claramente de manifiesto aquello que puede producir un desencadenamiento de ideas capaces de cambiar la orientación de los sentimientos.

Si es preciso mucho tiempo para que las ideas se establezcan en el alma de las masas, no menos tiempo necesitan para salir de ella. Desde el punto de vista de las ideas, las masas están siempre en unas cuantas generaciones de retraso con respecto a los sabios y filósofos. Todos los hombres de Estado saben en la actualidad lo que contienen de erróneo las ideas fundamentales que acabamos de mencionar, pero siendo muy poderosa todavía la influencia de las mismas, están obligados a gobernar con arreglo a principios en cuya verdad han cesado ya de creer.

2. Los razonamientos de las masas

No puede afirmarse de un modo absoluto que las masas no sean influenciables mediante razonamientos. Pero los argumentos que emplean y los que actúan sobre ellas se muestran en un orden tan inferior, desde el punto de vista lógico, que sólo se les puede calificar de razonamientos por analogía.

Los razonamientos inferiores de las masas, al igual que los elevados, se basan en asociaciones; pero las ideas asociadas por las masas no mantienen entre sí más que vínculos aparentes de semejanza o de sucesión. Se asocian como las de un esquimal que, sabiendo por experiencia que el hielo, un cuerpo transparente, se licúa en su boca, deduce que el vidrio, también transparente, deberá fundirse igualmente en su boca; o bien como las del salvaje que se figura que comiéndose el corazón de un enemigo valeroso adquirirá su bravura; o las del obrero que, explotado por un patrono, llega a la conclusión de que todos los patronos actúan así.

Las características de la lógica colectiva son la asociación de cosas dispares que no tienen entre sí otra cosa que las relaciones aparentes y la inmediata generalización de casos particulares. Son siempre asociaciones de esta clase las que presentan a las masas los oradores que las saben manejar. Únicamente tales asociaciones pueden influir sobre las masas; para ellas, una concatenación de razonamientos rigurosos resultaría totalmente incomprensible, y por ello cabe decir que no razonan o que lo hacen erróneamente, no siendo influenciables mediante un razonamiento. A veces asombra, al leerlos, la trivialidad de determinados discursos que han ejercido una enorme influencia sobre sus oyentes; pero se olvida que fueron realizados para arrastrar a una colectividad y no para ser leídos por filósofos. El orador, en íntima comunicación con la masa, sabe evocar imágenes que la seducen. Si logra éxito, ha alcanzado su finalidad, y un conjunto de arengas no llega a valer ni las pocas frases que han conseguido seducir a las almas a las que había que convencer.

Creemos útil añadir que la incapacidad de las masas para razonar las priva de todo espíritu crítico, es decir: de la aptitud para discernir entre la verdad y el error, para formular un juicio preciso. Los juicios que las masas aceptan son tan sólo los impuestos y jamás los discutidos. Desde este punto de vista, son numerosos los individuos que no se elevan por encima de las masas. La facilidad con que determinadas opiniones se convierten en generales se basa, sobre todo, en la imposibilidad que tienen la mayoría de los hombres para formarse una opinión particular fundamentada en sus propios razonamientos.

3. La imaginación de las masas

La imaginación representativa de las masas, al igual que la de todos los seres en los que no interviene el razonamiento, puede ser profundamente impresionada. Las imágenes evocadas en su espíritu por un personaje, un acontecimiento, un accidente, tienen casi la vivacidad de las cosas reales. Hasta cierto punto, las masas se hallan en el caso de un durmiente cuya razón, momentáneamente suspendida, deja surgir en su espíritu imágenes de una intensidad extrema, pero que se desvanecen rápidamente al contacto con la reflexión. Las masas, al no ser capaces de reflexión ni de razonamiento, no conocen lo inverosímil. Pero, generalmente, las cosas más irreales son las que más llaman la atención.

Por ello, los aspectos maravillosos y legendarios de los acontecimientos son los que más atraen a las masas. Lo maravilloso y lo legendario son, en realidad, los auténticos soportes de una civilización. En la historia, la apariencia ha desempeñado siempre un papel mucho más importante que la realidad. Lo irreal predomina en ella sobre lo real.

Al no poder pensar las masas más que por imágenes, no se dejan impresionar sino mediante imágenes. Sólo éstas las aterrorizan o seducen y se convierten en móviles de acción.

Por ello, las representaciones teatrales, que muestran la imagen en su forma más neta, poseen siempre una enorme influencia. Pan y espectáculo constituían, en sus tiempos, el ideal de felicidad para la plebe romana. Y este ideal ha variado poco a través de las edades. Nada afecta tanto a la imaginación popular como una obra de teatro. Toda la sala experimenta simultáneamente las mismas emociones, y si éstas no se transforman de modo inmediato en actos, es que el más inconsciente espectador no puede ignorar que es víctima de ilusiones y que ha reído o llorado ante imaginarias aventuras. A veces, sin embargo, los sentimientos sugeridos por las imágenes son lo bastante fuertes como para tender, al igual que las sugestiones habituales, a transformarse en actos. Conocida es la historia de aquel teatro dramático popular en donde el actor que representaba el papel de malo había de ser protegido a la salida, para sustraerle a las violencias de los espectadores indignados por sus imaginarios crímenes. Creo que esto constituye uno de los más notables índices del estado mental de las masas y, sobre todo, de la facilidad con que se las sugestiona. A sus ojos, lo irreal posee casi tanta importancia como lo real. Tienen una evidente tendencia a no diferenciarlos. Sobre la imaginación popular se fundamentan el poder de los conquistadores y la fuerza de los estados. Actuando sobre ella se arrastra a las masas. Todos los grandes hechos históricos -la creación del budismo, del cristianismo, del islamismo, la Reforma, la Revolución Francesa y, en nuestros días, la amenazadora invasión del socialismo- son consecuencias directas o lejanas de intensas impresiones ejercidas sobre la imaginación de las masas.

También los grandes hombres de Estado de todas las épocas y todos los países, incluso los déspotas más absolutos, han considerado a la imaginación popular como el apoyo de todo su poderío. Jamás han intentado gobernar contra ella. Haciéndome católico, decía Napoleón al Consejo de Estado, he concluido la guerra de la Vendée; haciéndome musulmán me he establecido en Egipto; haciéndome ultramontano me he ganado a los sacerdotes en Italia. Si gobernase un pueblo de judíos, restablecería el templo de Salomón. Jamás, quizá, desde Alejandro y César, ningún hombre ha comprendido mejor cómo ha de ser impresionada la imaginación de las masas. Su preocupación constante fue cómo afectarla. Pensaba en ello en sus victorias, en sus arengas, en sus discursos, en todos sus actos. Seguía pensando en ello en su lecho de muerte.

¿Cómo impresionar la imaginación de las masas? Lo veremos a continuación. Pero desde ahora podemos afirmar que las manifestaciones destinadas a influir la inteligencia y la razón serían incapaces de conseguir tal fin. Antonio no tuvo necesidad de una sabia retórica para amotinar al pueblo contra los asesinos de César. Le leyó su testamento y le mostró su cadáver.

Todo aquello que impresiona a la imaginación de las masas se presenta en forma de una imagen emocionante y clara, desprovista de interpretación accesoria o no teniendo otro acompañamiento que el de algunos hechos maravillosos: una gran victoria, un gran milagro, un gran crimen, una gran esperanza. Es importante presentar las cosas en bloque y sin indicar jamás la correspondiente génesis. Cien pequeños crímenes o cien pequeños accidentes no afectarán en modo alguno a la imaginación de las masas, mientras que un solo crimen de importancia, una sola catástrofe, las conmoverán en gran medida, incluso con resultados infinitamente más mortíferos que los cien pequeños accidentes reunidos. La gran epidemia de gripe que hizo perecer en París a cinco mil personas en unas pocas semanas no repercutió mucho en la imaginación popular. Esta auténtica hecatombe no se tradujo, en efecto, por alguna imagen visible, sino tan sólo por los datos estadísticos semanales. Un accidente que, en lugar de hacer perecer a dichas cinco mil personas, hubiese matado tan sólo a quinientas en el mismo día, en una plaza pública, mediante un acontecimiento bien visible, como por ejemplo el hundimiento de la torre Eiffel, habría ejercido una impresión inmensa en la imaginación. La posible pérdida de un trasatlántico que, por ausencia de noticias, se suponía naufragado en alta mar, repercutió intensamente durante ocho días en la imaginación de las masas. No obstante, las estadísticas oficiales revelan que, en el mismo año, se perdieron un millar de grandes navíos. Las masas no se preocuparon ni un solo instante de dichas pérdidas sucesivas, mucho más importantes en cuanto a la destrucción de vidas y mercancías.

No son, pues, los hechos mismos, en sí, los que afectan a la imaginación popular, sino más bien el modo como se presentan. Por condensación, por así decir, tales hechos han de dar lugar a una impresionante imagen que embargue y obsesione al espíritu. Conocer el arte de impresionar la imaginación de las masas equivale a conocer el arte de gobernarlas.

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