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Estudio del psicoanálisis y psicología

SITUACIONES INFANTILES DE ANGUSTIA REFLEJADAS EN UNA OBRA DE ARTE Y EN EL IMPULSO CREADOR (1929)



SITUACIONES INFANTILES DE ANGUSTIA REFLEJADAS EN UNA OBRA DE ARTE Y EN EL IMPULSO CREADOR (1929)

 

Mi tema principal es el interesantísimo material psicológico
subyacente a una ópera de Ravel, que actualmente se representa en Viena.
Mi relato de su contenido está tomado casi textualmente del resumen de
Eduard Jacob en el Berliner Tageblatt.
Un niño de seis años está sentado ante sus deberes, pero no los hace.
Mordisquea su lapicera y despliega ese estadío final de la pereza en el que
el ennui ha pasado a ser cafard. "No quiero hacer los estúpidos deberes",
exclama en dulce voz de soprano. "Quiero ir a pasear al parque. ¡Lo que
más quisiera es comerme todas las tartas del mundo, o tirar de la cola del
gato o arrancar todas las plumas del loro! ¡Quisiera reprender a todos! Ante
todo quisiera poner a mamá en el rincón." Se abre ahora la puerta. Todo lo
que hay sobre el escenario es muy grande -para destacar la pequeñez del
niño- de modo que todo lo que vemos de su madre es una falda, un delantal
y una mano. Un dedo lo señala y una voz pregunta afectuosamente si ha
hecho los deberes. El niño se revuelve con rebeldía en su silla y le saca la
lengua. Ella se va. Todo lo que oímos es el ruido de su falda y las palabras:
"¡Tendrás pan seco y nada de azúcar para tu té!"
El niño estalla de rabia. Salta, tamborilea en la puerta, hace caer de la
mesa la tetera y la taza, de modo que se rompen en mil pedazos. Trepa al
asiento de la ventana, abre la jaula y trata de molestar a la ardilla con su
lapicera. La ardilla se escapa a través de la ventana abierta. El niño salta de
la ventana y coge al gato. Chilla y blande las tenazas, atiza furiosamente el
fuego de la parrilla abierta, y con sus manos y pies empuja la marmita
dentro de la habitación. Se escapa una nube de cenizas y humo. Blande las
tenazas como una espada y empieza a desgarrar el empapelado. Luego abre
la caja del reloj de la pared y arrebata su péndulo de cobre. Vierte la tinta
sobre la mesa. Los cuadernos y libros vuelan por el aire. ¡Hurra!...
Las cosas que ha maltratado se animan. Un sillón rehusa dejarlo
sentar encima o usar los almohadones para dormir sobre ellos.
La mesa, la silla, el banco y el sofá levantan súbitamente sus brazos
y exclaman: "¡Fuera con esta sucia criaturita!'' El reloj tiene un terrible
dolor de estómago y empieza a dar la hora como loco. La tetera se apoya
sobre la taza y empiezan a hablar en chino. Todo sufre un cambio aterrador.
El niño retrocede contra la pared y tiembla de miedo y desolación. La
estufa le escupe una ducha de chispas. Se esconde tras los muebles. Los
jirones del empapelado que desgarra empiezan a balancearse y se yerguen,
mostrando pastoras y ovejas. La flauta del pastor hace oír un lamento
desgarrador; el rasgón del papel que separa a Corydon de su Amaryllis, se
ha convenido en un rasgón en la tela del mundo. Pero el triste cuento se
desvanece. De la cubierta de un libro, como si saliera de la casilla de un
perro, emerge un hombrecito. Sus ropas están hechas de números, y su
sombrero es como una pi . Sostiene una regla y salta por la habitación con
pequeños pasos de danza. Es el espíritu de las matemáticas, y empieza a
examinar al niño: milímetro, centímetro, barómetro, trillón-ocho y ocho
son cuarenta. Tres veces nueve es dos veces seis. El niño desfallece. Casi
sofocado se refugia en el parque que rodea la casa. Pero allí otra vez el
clima infunde terror, insectos, ranas (lamentándose en suaves tercetos), un
tronco de árbol lastimado, que rezuma resina en lentas notas de bajo,
libélulas y adelfas, todos tocan al recién llegado. Búhos, gatos y ardillas
vienen en multitud. La disputa sobre quién va a morder al niño se convierte
en una lucha mano a mano. Una ardilla que ha sido mordida cae al suelo,
gritando, al lado del niño. El instintivamente se quita la bufanda y venda la
pata del animalito. Hay gran asombro entre los animales, que se reúnen
vacilando en segundo plano. El niño ha murmurado: "¡Mamá!" Es
restituido al mundo humano de protección, de "ser bueno". "Este es un
buen chico, un chico que se porta muy bien", cantan los animales muy
seriamente en una suave marcha -el final de la pieza- mientras abandonan
el escenario. Algunos de ellos no pueden contenerse de exclamar:
"¡Mamá!"
Examinaré ahora más estrechamente los detalles con que se expresa
el placer del niño en la destrucción. Me parece que evocan la situación
infantil temprana que en mis escritos más recientes he descrito como
importancia fundamental tanto para la neurosis como para el desarrollo
normal de los varones. Me refiero al ataque al cuerpo de la madre y al pene
del padre dentro de ella. La ardilla de la jaula y el péndulo arrancado del
reloj son símbolos claros del pene en el cuerpo materno. El hecho de que es
el pene del padre y que está en el acto del coito con la madre está indicado
por la rajadura en el empapelado que "separa a Corydon de su Amaryllis",
de la que se ha dicho que para el niño se ha convertido en "un rasgón en la
tela del mundo". Ahora bien, ¿qué armas emplea el niño en sus ataques a
los padres unidos? La tinta venida sobre la mesa, la marmita vaciada, de la
que escapa una nube de ceniza y humo, representan el arma que todo niño
pequeño tiene a su disposición: el recurso de ensuciar con excrementos.
Romper cosas, desgarrarlas, usar las tenazas como espada, esto representa
las otras armas del sadismo primario del niño, quien emplea sus dientes,
uñas, músculos, etcétera.
En mi articulo ante el último Congreso (1928) y en otras ocasiones
en nuestra Sociedad, he descrito esta fase temprana del desarrollo, cuyo
contenido es el ataque al cuerpo de la madre con todas las armas de que
dispone el sadismo del niño. Ahora, empero, puedo ampliar este enunciado
anterior y decir más exactamente dónde debe insertarse esta fase en el
esquema del desarrollo sexual propuesto por Abraham. Mis resultados me
llevan a concluir que la fase en que el sadismo está en su apogeo en todos
los campos de que deriva, precede a la primera fase anal y adquiere una
significación especial del hecho de que es también en este estadío del
desarrollo donde las tendencias edípicas aparecen por primera vez. Es
decir, que el conflicto edípico empieza bajo la completa dominación del
sadismo. Mi suposición de que la formación del superyó sigue de cerca al
principio de las tendencias edípicas, y que por consiguiente el yo cae bajo
la influencia del superyó incluso en este período temprano, explica según
creo por qué esta influencia es tan tremendamente poderosa. Porque,
cuando los objetos están introyectados, el ataque dirigido hacia ellos con
todas las armas del sadismo provoca el terror del sujeto a ser atacado en
forma análoga por los objetos externos e internalizados. Quería recordaros
estos conceptos míos porque con ello puedo tender un puente con un
concepto de Freud: uno de los más importantes entre las nuevas
conclusiones que nos ha presentado en Inhibición, síntoma y angustia, es
decir, la hipótesis de una temprana situación infantil de angustia o peligro.
Creo que esto pone al trabajo analítico sobre una base más firme y precisa
aun que la que ha tenido hasta ahora, y da así a nuestros métodos una
dirección todavía más clara. Pero a mi entender también hace al análisis
una nueva exigencia. La hipótesis de Freud es que hay una situación
infantil de peligro que sufre modificaciones en el curso del desarrollo, y
que es la fuente de la influencia ejercida por una serie de situaciones de
angustia. Ahora bien, la nueva exigencia hecha al análisis es ésta: que el
análisis debe descubrir por completo estas situaciones de angustia
directamente hasta lo que yace en lo más profundo. Esta exigencia de un
análisis completo se vincula con la que Freud sugiere como exigencia
nueva en la conclusión de su "Historia de una neurosis infantil", donde dice
que un análisis completo debe revelar la escena primaria. Esta última
exigencia puede tener su pleno efecto sólo en unión con lo que acabo de
presentar. Si el analista tiene éxito en la tarea de descubrir las situaciones
infantiles de peligro, elaborar su resolución y dilucidar en cada caso
individual las relaciones entre las situaciones de angustia y la neurosis por
una parte, y con el desarrollo del yo por la otra, entonces, según creo,
logrará más completamente el objetivo principal de la terapia
psicoanalítica: la remoción de las neurosis. Por consiguiente, me parece
que todo lo que puede contribuir a la dilucidación y descripción exacta de
las situaciones infantiles de angustia es de gran valor, no sólo desde el
punto de vista teórico, sino también terapéutico.
Freud supone que la situación infantil de peligro puede ser reducida
en última instancia a la pérdida de la persona amada (anhelada). Piensa que
en las niñas la pérdida del objeto es la situación de peligro que actúa más
poderosamente; en los varones es la castración. Mi trabajo me ha probado
que estas dos situaciones de peligro son modificación de otras más
tempranas aun. He descubierto que en los varones el miedo a la castración
por el padre está conectado con una situación especial que según creo
resulta ser la más temprana situación de angustia. Como he señalado, el
ataque al cuerpo de la madre, cuyo momento psicológico es el apogeo de la
fase sádica, implica también la lucha con el pene del padre dentro de la
madre. El hecho de que esté en cuestión una unión de ambos padres
imparte especial intensidad a esta situación de peligro. En concordancia
con el sádico temprano superyó, que ya se ha establecido, estos padres
unidos son agresores extremadamente crueles y muy temidos. Así la
situación de angustia relacionada con la castración por el padre es una
modificación en el curso del desarrollo de la situación de angustia más
temprana, tal como la he descrito.
Ahora bien, creo que la angustia engendrada por esta situación está
claramente representada en el libreto de la ópera que fue el punto de partida
de mi artículo. Al examinar el libreto he tratado ya con algún detalle una
fase, la del ataque sádico. Consideremos ahora qué sucede luego de que el
niño ha dado rienda suelta a su anhelo de destrucción.
Al principio del resumen su autor menciona que todas las cosas del
escenario son muy grandes para acentuar la pequeñez del niño. Pero la
angustia del niño le hace parecer gigantescas las cosas y las personas,
mucho más allá que la diferencia real de tamaño. Además, vemos lo que
descubrimos en el análisis de cualquier niño: que las cosas representan
seres humanos, y por consiguiente, son objetos de angustia. El autor de la
síntesis escribe lo siguiente: "Las cosas maltratadas empiezan a vivir". El
sillón, los almohadones, mesa, silla, etc., atacan al niño, se rehusan a
servirlo, lo dejan afuera. Encontramos que las cosas para sentarse y
descansar sobre ellas, tanto como las camas, aparecen por lo general en el
análisis de niños como símbolos de la madre protectora y amante. Los
rasgones del empapelado representan el interior dañado del cuerpo
materno, mientras que el viejo hombrecito de los números que sale de la
cubierta del libro es el padre (representado por su pene), ahora en carácter
de juez, y que está por pedir al niño, que desfallece de angustia, que dé
cuentas del daño y el robo cometido en el cuerpo de la madre. Cuando el
niño escapa al mundo de la naturaleza, vemos cómo ésta toma el rol de la
madre, a la que ha agredido. Los animales hostiles representan una
multiplicación del padre, al que también ha atacado, y también los niños
que supone que están dentro de la madre. Vemos los incidentes que
tuvieron lugar dentro de la habitación reproducidos ahora en mayor escala
en un espacio más amplio y con mayor número. El mundo, transformado en
el cuerpo de la madre, enfrenta hostilmente al niño y lo persigue.
En el desarrollo ontogenético el sadismo es superado cuando el
sujeto avanza en el nivel genital. Cuanto más poderosamente se instaura
esta fase, más capaz se vuelve el niño de amor objetal, y de vencer su
sadismo por me dio de compasión y simpatía. Este paso del desarrollo se
muestra también en el libreto de Ravel: cuando el niño siente piedad de la
ardilla herida, y va en su ayuda, el mundo hostil se torna amistoso. El niño
ha aprendido a amar y cree en el amor. Los animales concluyen: "Este es
un buen chico; un chico que se porta muy bien". El profundo insight
psicológico de Colette -que escribió el libreto de la ópera- se muestra en la
forma en que tiene lugar la transformación de la actitud del niño. Cuando
cuida a la ardilla herida murmura "mamá". Los animales que lo rodean
repiten esta palabra. Es esta palabra redentora la que ha dado su titulo a la
ópera: "La palabra mágica" (Das Zauberwort). Pero aprendemos también
del texto cuál es el factor que ha contribuido al sadismo del niño. El dice:
"¡Quiero ir a pasear por el parque! ¡Quiero ante todo comerme todas las
tartas del mundo!" Pero la madre lo amenaza con darle té sin azúcar y pan
seco. La frustración oral que convierte a la "madre buena" indulgente en la
"madre mala" estimula su sadismo.
Pienso que podemos comprender ahora por qué el niño, en vez de
hacer tranquilamente sus deberes, se ha visto involucrado en una situación
tan displacentera. Tenía que ser así, porque fue conducido a ella por la
presión de la antigua situación de angustia que nunca había dominado. Su
angustia fortifica la compulsión de repetición, y su necesidad de castigo
contribuye a la compulsión (que se ha hecho ahora muy fuerte) a
procurarse un castigo real para que la angustia sea apaciguada por un
castigo menos grave que el que la situación de angustia le hace anticipar.
Estamos bastante familiarizados con el hecho de que los niños son traviesos
porque quieren ser castigados, pero parece de la mayor importancia
descubrir qué papel representa la angustia en este anhelo de castigo, y cuál
es el contenido ideatorio que subyace a esta angustia urgente.
Ilustraré ahora con otro ejemplo literario la angustia que he
encontrado conectada con la primera situación de peligro en el desarrollo
de una niña.
En un artículo titulado "El espacio vacío", Karin Michaelis da un
relato del desarrollo de su amiga, la pintora Ruth Kjär. Ruth Kjär poseía un
notable sentido artístico, que empleaba especialmente en el arreglo de su
casa, pero no tenía pronunciado talento creador. Hermosa, rica e
independiente, pasaba gran parte de su vida viajando, y constantemente
dejaba su casa, en la que había gastado tantos cuidados y gusto. A veces era
presa de accesos de profunda depresión, que Karin Michaelis describe
como sigue: "Había sólo un punto negro en su vida. En medio de la
felicidad que era natural en ella, y que parecía sin perturbaciones, se hundía
repentinamente en la más profunda melancolía. Una melancolía suicida. Si
trataba de explicar esto, decía algo así: ´Hay un espacio vacío en mí, que
nunca puedo llenar´".
Llegó el momento en que Ruth Kjär se casó, y parecía perfectamente
feliz. Pero luego de poco tiempo reaparecieron los accesos de depresión. En
las palabras de Karin Michaelis: "El maldecido espacio vacío estaba, una
vez más, vacío". Dejaré a la escritora hablar por si misma: "Os he dicho ya
que su hogar era una galería de arte moderno. El hermano de su marido era
uno de los más grandes pintores del país, y sus mejores cuadros decoraban
las paredes de la habitación. Pero antes de la Navidad el cuñado se llevó un
cuadro, que sólo le había prestado. El cuadro fue vendido. Esto dejó un
espacio vacío en la pared, que en alguna forma inexplicable parecía
coincidir con el espacio vacío dentro de ella. Cayó en un estado de la más
profunda tristeza. El espacio en blanco de la pared la hizo olvidar su
hermoso hogar, su felicidad, sus amigos, todo. Por supuesto, se podía
conseguir un nuevo cuadro, y se lo conseguiría, pero eso llevaba tiempo;
uno tenia que buscar para encontrar el cuadro justo.
"El espacio vacío se burlaba horriblemente de ella.
"Marido y mujer estaban sentados uno frente a otro a la mesa del
desayuno. Los ojos de Ruth estaban velados de desesperanza. Pero de
repente su rostro quedó transfigurado por una sonrisa. '¡Te diré lo que se
me ocurre! Creo que trataré de pintarrajear un poco yo misma en la pared,
hasta que consigamos un nuevo cuadro.' 'Hazlo, mi querida', dijo el marido.
Era seguro que cualquier pintarrajeo que hiciera no resultaría
monstruosamente feo.
"Apenas había dejado él la habitación cuando, en perfecto rapto,
había telefoneado para pedir las pinturas que solía usar su cuñado, pinceles,
paleta, y todo el resto del 'equipo', para que se lo enviaran inmediatamente.
Ella misma no tenía la más remota idea de cómo empezar. Nunca había
sacado pintura de un tubo, puesto la base en el lienzo, o mezclado colores
en la paleta. Mientras que las cosas encargadas estaban en camino, se paró
frente a la vacía pared con un trozo de tiza negra en la mano e hizo trazos al
azar, como le venían a la imaginación. ¿Tendría que tomar el automóvil y
correr a ver a su cuñado para preguntarle cómo se pinta? ¡No, antes
preferiría morir!
"Hacia el atardecer retornó su esposo, y ella corrió a recibirlo con
febril brillo en sus ojos. ¿Es que estaba por enfermarse? lo atrajo con ella,
diciendo: '¡Ven, verás!' Y él vio. No podía apartar su mirada de lo que se
veía, no podía entender, no lo creía. No podía creerlo. Ruth se arrojó al sofá
exhausta, desfallecida: '¿Lo crees posible?'
"La misma tarde mandaron a buscar al cuñado. Ruth palpitaba de
ansiedad por el veredicto del conocedor. Pero el artista exclamó
inmediatamente: '¿No te imaginarás que me vas a convencer de que tú lo
pintaste? ¡Qué mentira infame! Este cuadro fue pintado por un artista
experimentado. ¿Quién demonios es? No lo conozco!
"Ruth no podía convencerlo. El pensaba que le estaban haciendo una
broma. Y al retirarse, su despedida fue: '¡Si tú lo pintaste, yo voy a ir a
dirigir una sinfonía de Beethoven en la Capilla Real mañana, aunque no sé
ni una nota de música!'
"Esa noche Ruth no pudo dormir mucho. El cuadro de la pared había
sido pintado, eso era seguro, no era un sueño. Pero, ¿cómo había sucedido
eso? ¿Y qué vendría después?
"Estaba febril, devorada por un ardor interno. Debía probarse a si
misma que la divina sensación, el inexpresable sentimiento de felicidad que
habla sentido podía repetirse."
Karin Michaelis agrega entonces que después de este primer intento,
Ruth Kjär pintó varías obras maestras, y las exhibió ante los críticos y el
público.
Karin Michaelis anticipa una parte de mi interpretación de la
angustia relacionada con el espacio vacío en la pared al decir: "En la pared
había un espacio vacío, que en alguna forma inexplicable parecía coincidir
con el espa cio vacío dentro de ella". Ahora bien, ¿cuál es el significado de
este espacio vacío dentro de Ruth, o más bien, para decirlo más
exactamente, de la sensación de que a su cuerpo le faltaba algo?
Aquí ha venido a la conciencia una de las ideas conectadas con la
angustia, que en el articulo que leí ante el último Congreso (1928) describí
como la angustia más profunda experimentada por las niñas. Es el
equivalente de la castración en varones. La niña tiene un deseo sádico,
originado en los estadíos tempranos del conflicto edípico: robar los
contenidos del cuerpo de la madre, es decir, el pene del padre, las heces, los
hijos, y destruir a la madre misma. Este deseo provoca la angustia de que la
madre a su vez le robe a ella de sus propios contenidos (especialmente de
hijos) y de que su cuerpo sea destruido y mutilado. A mi entender, esta
angustia que he descubierto en el análisis de niñas y mujeres como la más
profunda angustia, representa la primera situación de peligro de la niña. He
llegado a ver que el terror a estar sola, a la pérdida de amor y a la pérdida
del objeto de amor -que Freud sostiene que es la situación infantil básica de
peligro en las niñas-, es una modificación de la situación de angustia que
acabo de describir. Cuando la niña que teme que la madre agreda su
cuerpo, no puede ver a su madre, esto intensifica la angustia. La presencia
de la madre real, amante, disminuye el miedo a la madre terrorífica, cuya
imagen introyectada está en la mente de la niña. En un estadío posterior del
desarrollo el contenido del miedo cambia: la madre real, amante, puede
perderse y la niña quedará sola y abandonada.
Al buscar la explicación de estas ideas, es instructivo considerar qué
tipo de cuadros ha pintado Ruth Kjär desde su primer intento, cuando llenó
el espacio vacío de la pared con la figura en tamaño natural de una negra
desnuda. Aparte de un cuadro de flores, se ha dedicado a los retratos. Ha
pintado dos veces a su hermana menor, que vivió en su casa y pasó para
ella, y además, el retrato de una mujer anciana y otro de su madre. Karin
Michaelis describe los dos últimos como sigue: "Y ahora Ruth no puede
detenerse. El cuadro siguiente representa a una anciana que lleva la marca
de los años y de las desilusiones. Su piel está arrugada, su pelo descolorido,
sus ojos suaves y cansados muestran pesadumbre. Mira ante sí con la
resignación desconsolada de la ancianidad, con una mirada que parece
decir: 'No os preocupéis ya más por mi. Mi vida está tan cerca del fin!'
"No es ésta la impresión que recibimos de la última obra de Ruth, el
retrato de su madre, una irlandesa-canadiense. Esta señora tiene mucho
tiempo ante si, antes de que deba poner los labios para la copa del
renunciamiento. Delgada, imperiosa, desafiante, está allí, parada con un
chal color de luna sobre sus hombros; da el efecto de una soberbia mujer de
tiempos primitivos que en cualquier momento puede entrar en combate con
los niños del desierto, con sus manos desnudas. ¡Qué mentón! ¡Qué fuerza
en la altanera mirada!
"El espacio vacío ha sido llenado." Es obvio que el deseo de reparar, de arreglar el darlo
psicológicamente hecho a la madre, y también restaurarse a sí misma,
estaban en el fondo del impulso a pintar estos retratos de sus parientes. El
de la anciana, en el umbral de la muerte, parece ser la expresión del deseo
sádico primario de destruir. El deseo de la niña de destruir a su madre, de
verla vieja, gastada, desfigurada, es la causa de la necesidad de
representarla en plena posesión de fuerza y belleza. Al hacerlo, la hija
puede apaciguar su propia angustia y puede tratar de reparar a la madre y
hacerla nueva a través del retrato. En los análisis de niños, cuando la
representación de deseos destructivos es seguida de la expresión de
tendencias reactivas, encontramos constantemente que el dibujo y la
pintura son utilizados como medios de reparar a la gente. El caso de Ruth
Kjär muestra claramente que esta angustia de la niña es de la mayor
importancia para el desarrollo del yo en las mujeres, y es uno de los
incentivos de realizaciones. Pero, por otra parte, esta angustia puede ser la
causa de grave enfermedad y muchas inhibiciones. Como en el miedo de
castración del varón, el efecto de la angustia sobre el desarrollo del yo
depende del mantenimiento de cierto equilibrio óptimo y del interjuego
satisfactorio entre los diversos factores.