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Estudio del psicoanálisis y psicología

Seminario 1: clase 3, La resistencia y las defensas



Clase 3: La resistencia y las defensas. 7 de Enero de 1954
Un testimonio de Annie Reich. De ego a ego. Realidad y fantasma del trauma. Historia, vivido, revivido.
Comencemos felicitando a Mannoni y Anzieu por sus ponencias cuyo interés reside en haberles mostrado los aspectos candentes del problema que enfrentamos. Como corresponde a mentes sin duda formadas, pero hace poco iniciadas, no en la aplicación del análisis, pero sí en su práctica, sus ponencias tu un matiz agudo, incluso polémico, lo cual resulta siempre interesante como introducción al problema en su vivacidad.
Se ha planteado una cuestión muy delicada, más delicada aún en tanto se trata de una cuestión, lo he indicado en los comentarios que he intercalado, muy actual para algunos de nosotros.
Implícitamente se le reprochó a Freud su autoritarismo como supuesto inaugural de su método. Es paradójico. Si algo hace la originalidad del tratamiento analítico es justamente el haber percibido, desde su origen y de entrada, la relación problemática del sujeto consigo mismo. El hallazgo propiamente dicho, el descubrimiento, tal como se los expuse a principios de este año, consiste en haber puesto esta relación en conjunción con el sentido de los síntomas.
El rechazo de este sentido es lo que le plantea al sujeto un problema. Este sentido no debe serle revelado, debe ser asumido por él. Por eso el psicoanálisis es una técnica que respeta a la persona humana —tal como hoy la entendemos luego de habernos dado cuenta que la misma tenía su valor— que no sólo la respeta, sino que no puede funcionar sino respetándola. Sería entonces paradójico colocar en primer plano la idea de que la técnica analítica tiene como objetivo forzar la resistencia del sujeto. Esto no quiere decir que el problema no se plantee en absoluto.
¿Acaso no sabemos en efecto, que hoy en día hay analistas que no dan ni un paso en el tratamiento sin enseñar a sus alumnos a preguntarse siempre en relación al paciente: ¿qué habrá inventado como defensa esta vez?
Esta concepción no es verdaderamente policial —si por policial queremos decir intento de encontrar algo oculto—, éste es más bien el término que puede aplicarse a las fases dudosas del análisis en sus períodos arcaicos. Están más bien siempre intentando saber cuál es la postura que el sujeto ha podido asumir, cuál su hallazgo, a fin de colocarse en una posición tal que haga inoperante todo cuanto le digamos. No sería justo decir que imputan mala fe al sujeto pues la mala fe está por demás vinculada a implicaciones del orden del conocimiento totalmente ajenas a este estado mental. Incluso esto sería demasiado sutil. Está allí presente la idea de una mala voluntad fundamental del sujeto. Todos estos rasgos me hacen creer que soy preciso al calificar este estilo analítico como inquisitorial.
1)
Antes de entrar en tema, voy a tomar como ejemplo el artículo de Annie Reich sobre la contratransferencia, aparecido en el primer número de 1951 del International Journal of Psychoanalysis. Las coordenadas de este artículo están tomadas de un modo de orientar la técnica que triunfa en cierto sector de la escuela inglesa. Ustedes saben que se llega a afirmar que todo el análisis debe desarrollarse hic et nunc. Todo transcurriría en un forcejeo con las intenciones del sujeto, aquí y ahora, en la sesión. Sin duda se reconoce que se vislumbran fragmentos de su pasado, pero se piensa que a fin de cuentas es en la prueba —casi llegaría a decir en la prueba de fuerza psicológica— en el interior del tratamiento donde se desarrolla la actividad del analista.
Para estos autores, para Annie Reich, nada tiene importancia salvo el reconocimiento por parte del sujeto, hic et nunc, de las intenciones de su discurso. Y sus intenciones sólo tienen valor en su alcance hic et nunc, en la interlocución presente. El sujeto puede relatar sus encontronazos con el tendero o con el peluquero, pero en realidad lo hace para insultar y molestar a quien se dirige, es decir al analista.
Algo de verdad hay en esto. Basta la más mínima experiencia de la vida conyugal para saber que siempre hay cierta reivindicación implícita en el hecho de que uno de los cónyuges le cuente al otro lo que le ha molestado durante el día más bien que lo contrario. Pero puede también reflejar la inquietud por informarle algún suceso importante que desea que conozca. Ambos aspectos son ciertos. Se trata de saber cuál de ellos debemos destacar.
Las cosas, van, a veces, más lejos, como lo muestra esta historia que Annie Reich relata. Algunos datos están alterados pero todo hace pensar que se trata de un análisis didáctico, en todo caso del análisis de alguien cuyo campo de actividades es muy cercano al psicoanálisis.
El analizado fue invitado a dar una disertación en la radio sobre un tema que interesa profundamente a la analista; son cosas que pasan. Sucede que esta intervención radiofónica se realizó algunos días después de la muerte de la madre del analizado. Ahora bien, todo indica que la susodicha madre juega un papel extremadamente importante en las fijaciones del paciente. A pesar de estar sumamente afectado por este duelo, sigue cumpliendo con sus obligaciones de modo particularmente brillante. Llega a la sesión siguiente en un estado de estupor rayano con la confusión. No sólo no se le puede sacar nada, sino que lo que dice sorprende por su incoordinación. La analista temerariamente interpreta: usted está en este estado porque piensa que estoy muy resentida por el éxito que acaba de obtener el otro día en la radio, hablando de ese tema que como usted sabe, me interesa en primer término a mí. ¡Nada menos!
La continuación de esta observación muestra que, tras esta interpretación-choque que no dejó de producir cierto efecto, ya que después de ella el sujeto se recobró instantáneamente, el sujeto necesitó por lo menos un año para restablecerse.
Esto demuestra que el hecho de que el sujeto salga de su estado brumoso tras una intervención del analista no prueba en absoluto que la misma fuese eficaz en el sentido estrictamente terapéutico, estructurante de la palabra, es decir que ella fuese en el análisis, verdadera. Al revés.
Annie Reich devolvió al sujeto el sentido de la unidad de su yo. Este sale bruscamente de la confusión en que estaba diciéndose: He aquí alguien que me recuerda que en efecto somos todos lobos entre lobos y que estamos vivos. Entonces recomienza, arranca; el efecto es instantáneo. Es imposible en la experiencia analítica considerar el cambio de estilo del sujeto como prueba de la justeza de una interpretación. Considero que lo que prueba la justeza de una interpretación es que el sujeto traiga un material que la confirme. Y aún esto debe ser matizado.
Al cabo de un año, el sujeto se da cuenta que su estado confusional era consecuencia de sus reacciónes de duelo, que sólo invirtiéndolas había podido superar. Los remito aquí a la psicología del duelo, cuyo aspecto depresivo conocen suficientemente algunos de ustedes.
En efecto, una intervención radiofónica es un modo muy particular de palabra pues está dirigida por un locutor invisible a una masa invisible de oyentes. Puede decirse que, en la imaginación del locutor, la palabra no se dirige forzosamente a quienes le escuchan sino más bien a todos, tanto a los vivos como a los muertos. El sujeto estaba allí en una relación conflictual: podía lamentar que su madre no pudiese ser testigo de su éxito, pero a la vez, quizás, en el discurso que dirigía a sus invisibles oyentes, algo estaba a ella destinado.
Sea como fuere, el carácter de la actitud del sujeto está claramente invertido, pseudo-maníaco, y su estrecha relación con la pérdida reciente de su madre, objeto privilegiado de sus lazos de amor, constituye manifiestamente el motor del estado crítico en que había llegado a la sesión siguiente, después de su hazaña, después de haber llevado a cabo de modo brillante, a pesar de las circunstancias desfavorables, lo que se había comprometido a hacer. De este modo, la misma Annie Reich, que sin embargo, está lejos de sustentar una actitud crítica ante este estilo de intervención, atestigua que la interpretación fundada en la significación intencional del acto del discurso en el momento presente de la sesión está sometida a las numerosas contingencias que el eventual compromiso del ego del analista implica.
En suma, lo importante no es que el analista mismo se haya equivocado, por otra parte nada indica que la contratransferencia sea culpable de esta interpretación manifiestamente refutada por el desarrollo del tratamiento. Que el sujeto haya experimentado los sentimientos que le imputaba la analista, no sólo podemos admitirlo, sino que es incluso por demás probable. Que la analista se guiara por ellos en la interpretación que hizo no es algo, en sí, peligroso. Que el único sujeto analizarte, el analista, haya experimentado incluso sentimientos de celos, tenerlo en cuenta de modo oportuno, para guiarse por ellos cual una aguja indicadora más, es asunto suyo. Nunca dijimos que el analista jamás debe experimentar sentimientos frente a su paciente. Pero debe saber, no sólo no ceder a ellos, ponerlos en su lugar, sino usarlos adecuadamente en su técnica.
En este caso, es porque el analista creyó su obligación buscar primero en el hic et nunc la razón de la actitud del paciente, que la encontró allí donde, sin duda alguna, algo efectivamente existía en el campo intersubjetivo entre los dos personajes. Está bien ubicado para saberlo, ya que en efecto experimentaba un sentimiento de hostilidad, o al menos de irritación, ante el éxito de su paciente. Lo grave es que se haya creído autorizada por una determinada técnica a usarlo de entrada y de modo directo.
¿Qué opongo a esto? Intentaré ahora indicárselo.
El analista se cree aquí autorizado a hacer lo que llamaría una interpretación de ego a ego, o de igual a igual —si me permiten el juego de palabras— dicho de otro modo, una interpretación cuyo fundamento y mecanismos en nada pueden distinguirse de la proyección.
Cuando digo proyección, no hablo de proyección errónea. Entiendan bien lo que les estoy explicando. Hay una fórmula que, antes de ser analista, yo había colocado —usando mis escasos dones psicológicos— en la base de la pequeña brújula que utilizaba para evaluar ciertas situaciones. Me decía gustosamente: Los sentimientos son siempre recíprocos. A pesar de las apariencias, esto es absolutamente verdadero. Desde el momento en que se pone a dos sujetos en el mismo campo —digo dos, no tres— los sentimientos son siempre recíprocos.
Es por ello que la analista tenía buenas razones para pensar que, ya que ella tenía esos sentimientos, los sentimientos correspondientes podían ser evocados en el otro. La prueba está en que el otro los aceptó perfectamente. Bastaría que la analista le dijese:- Usted es hostil pues piensa que estoy irritada con usted- para que este sentimiento se estableciese. Entonces, virtualmente, el sentimiento ya estaba allí, pues para que exista bastaba enceder una chispita.
El sujeto tenía buenas razones para aceptar la interpretación de Annie Reich sencillamente porque, en una relación tan íntima como la que existe entre analizado y analista, él estaba lo suficientemente al tanto de los sentimientos de la analista como para ser inducido a algo simétrico.
La cuestión es saber si esta manera de comprender el análisis de las defensas no nos conduce a una técnica que engendra casi obligatoriamente cierto tipo de error, un error que no es tal, un error anterior a lo verdadero y lo falso. Hay interpretaciones que son tan justas y verdaderas, tan obligatoriamente justas y verdaderas, que no se puede afirmar si responden o no a una verdad. De todos modos serán verificadas.
Conviene abstenerse de esta interpretación de la defensa que llamo de ego a ego, fuera cual fuese su eventual valor. En las interpretaciones de la defensa es necesario siempre al menos un tercer término.
De hecho, hacen falta más, espero poder demostrárselo. Por hoy me limito a plantear el problema.
2)
Es tarde. Por ello no podemos adelantar tanto como hubiera querido en el problema de las relaciones entre la resistencia y las defensas. Sin embargo, quisiera en este sentido darles algunas indicaciones.
Después de haber escuchado las exposiciones de Mannoni y Anzieu, y de haberles mostrado los peligros que implica una cierta técnica del análisis de las defensas, creo necesario plantear algunos principios.
En La interpretación de los sueños capítulo VII, primera definición, en función del análisis, de la noción de resistencia. Encontramos allí una frase decisiva que es ésta: —Was immer die Fortsetzung der Arbeit stört ist ein Widerstand— que quiere decir:-Todo lo que destruye/suspende/altera/la continuación del trabajo-, no se trata allí de síntomas sino del trabajo analítico, del tratamiento, del Behandlung, así como se dice que se trata a un objeto haciéndolo pasar por ciertos procesos. Todo aquello que destruye el progreso de la labor analítica es una resistencia.
Desgraciadamente en francés esto ha sido traducido así: Todo obstáculo a la interpretación proviene de la resistencia psíquica. Les señalo este punto que no facilita la tarea a quienes sólo tienen la simpática traducción del valiente Sr. Meyerson. Del mismo estilo es la traducción de todo el párrafo precedente. Esto debe inspirarles una saludable desconfianza respecto a ciertas traducciones de Freud. En la edición alemana hay, como apéndice, una nota a la frase que citaba en la que se discute el siguiente punto: ¿el padre del paciente muere, es esto acaso una resistencia?. No les digo la conclusión de Freud, pero ven ustedes que esta nota muestra la amplitud con que se plantea la cuestión de la resistencia. Pues bien, esta nota ha sido suprimida en la edición francesa.
Todo lo que suspende / destruye / interrumpe / la continuidad... —también se puede traducir así Fortsetzung—... del tratamiento es una resistencia. Hay que partir de textos como estos, meditarlos un poco, tamizarlos y ver entonces qué surge.
En suma, ¿de qué se trata? Se trata de la prosecución del tratamiento, del trabajo. Para poner bien los puntos sobre las íes, Freud no dijo Behandlung que podría significar la curación. No, se trata del trabajo, Arbeit, que, por su forma, puede definirse como la asociación verbal determinada por la regla que acaba de mencionar, la regla fundamental de la asociación libre. Ahora bien, este trabajo, ya que estamos en el análisis de los sueños, es evidentemente la revelación del inconsciente. Esto nos permitirá evocar cierto número de problemas, en particular el que evocó Anzieu hace un momento ¿de dónde proviene esta resistencia? Hemos visto que no hay en los Studien über Hysterie ningún texto que permita considerar que, en tanto tal, ella provenga del yo. Nada en la Traumdeutung indica tampoco que ella provenga del proceso secundario, cuya introducción es una etapa tan importante en el pensamiento de Freud. Cuando llegamos a 1915, año en el que Freud publica Die Verdrängung —primer estudio de los que ulteriormente se reagruparán en los escritos metapsicológicos—, la resistencia, por cierto, es concebida como algo que se produce del lado de lo consciente, pero cuya identidad se regula esencialmente por su distancia, Entfernung, respecto a lo originariamente reprimido. Por lo tanto, es allí aún muy visible el vínculo de la resistencia con el contenido del inconsciente mismo. Hasta una época posterior a la de este artículo, que forma parte del período intermedio de Freud, esto se conserva así.
¿A fin de cuentas, de La interpretación de los sueños hasta este período que he calificado de intermedio, qué es lo que fue originariamente reprimido? Es, una vez más y como siempre, el pasado. Un pasado que debe ser restituido, y acerca del cual no podemos sino evocar, una vez más, su ambigüedad y los problemas que suscita en lo atinente a su definición, su naturaleza y su función.
Este período es el mismo del Hombre de los lobos, donde Freud plantea la pregunta: ¿qué es el trauma? Se da cuenta que el trauma es una noción sumamente ambigüa, ya que, de acuerdo con la evidencia clínica, su dimensión fantasmática es infinitamente más importante que su dimensión de acontecimiento. El acontecimiento entonces pasa a un segundo plano en el orden de las referencias subjetivas. En cambio, la fecha del trauma sigue siendo, para él, un problema que conviene conservar, valga la palabra, testarudamente, como se lo he recordado a quienes siguieron mis clases sobre El hombre de los lobos. ¿Quién sabrá jamás lo que vio? Pero, lo haya visto o no, sólo puede haberlo visto en una fecha precisa; no puede haberlo visto ni siquiera un año después. No creo traicionar el pensamiento de Freud —basta saber leerlo pues está escrito con todas las letras— diciendo que sólo la perspectiva de la historia y el reconocimiento permite definir lo que cuenta para el sujeto.
Quisiera proporcionarles cierto número de nociones básicas a quienes no están familiarizados con esta dialéctica que ya desarrollé abundantemente. Hay que permanecer siempre a nivel del alfabeto. Por eso tomaré un ejemplo que les hará comprender claramente las cuestiones que plantea el reconocimiento, y que les evitará diluirlo en nociones tan confusas como las de memoria o recuerdo. Si en alemán, erlebnis, puede tener aún un sentido, la noción francesa de recuerdo vivido o no vivido se presta a todas las ambigüedades.
Voy a contarles un cuento.
Me despierto por la mañana, entre baldaquines como Semiramis, y abro los ojos. No son las cortinas que veo todas las mañanas pues son las de mi casa de campo, a la que sólo voy cada ocho o quince días, y en los trazos que forman las franjas de la cortina, observo una vez más —digo una vez más, ya que en el pasado sólo lo he visto así una vez— el perfil de un rostro, a la vez agudo, caricaturesco y envejecido, que representa vagamente para mí el estilo del rostro de un marqués del siglo XVIII He aquí una de esas necias fabulaciones a las que se entrega nuestra mente al despertar y que se producen, como se diría hoy en día para referirse al reconocimiento de una figura que desde hace mucho tiempo conocemos, por una cristalización guestáltica.
Hubiera podido suceder lo mismo con una mancha en la pared. Por ello puedo asegurar que desde hace ocho días las cortinas no se han movido ni un milímetro. Hacía una semana, al despertarme, había visto lo mismo. Desde luego, lo había olvidado completamente. Pero justamente a causa de eso sé que el cortinado no se ha movido.
Esto no es más que un apólogo, pues ocurre en el plano imaginario, aunque no sería difícil ubicar las coordenadas simbólicas. Las necedades —marqués del siglo XVIII etc.— desempeñan un papel muy importante, porque si yo no tuviese determinados fantasmas sobre el tema que representa el perfil, no lo habría reconocido en las franjas de mi cortina. Pero dejemos esto.
Veamos qué implica en el plano del reconocimiento. El hecho de que las cosas estaban así hace ocho días está relaciónado con un fenómeno de reconocimiento en el presente.
Esta es exactamente la expresión que Freud utiliza en los Studien über Hysterie. Afirma haber hecho, en esa época, algunos estudios sobre la memoria, y refiere el recuerdo evocado, el reconocimiento, a la fuerza actual y presente que le otorga, no forzosamente su peso y densidad, sino simplemente su posibilidad.
Así es como procede Freud. Cuando no sabe a qué santo encomendarse para obtener la reconstrucción del sujeto, lo atrapa de todos modos con la presión de las manos sobre la frente, y enumera todos los años, todos los meses, las semanas, incluso los días, nombrándolos uno por uno, martes 17, miércoles 18, etc. Confía suficientemente en la estructuración implícita del sujeto por acción de lo que luego ha sido definido como el tiempo socializado como para pensar que, cuando su enumeración llegue al punto en que la aguja del reloj cruzará efectivamente el momento crítico del sujeto, éste dirá: Ah sí, justamente ese día me acuerdo de algo. Observen que no confirmo que eso funcione. Es Freud quien asegura que eso funcionaba.
¿Se dan cuenta realmente ustedes del alcance de lo que estoy diciéndoles? El centro de gravedad del sujeto es esta síntesis presente del pasado que llamamos historia. En ella confiamos cuando se trata de hacer avanzar el trabajo. El análisis en sus orígenes la supone. Por lo tanto, no cabe demostrar que, a su fin, ella es refutada. A decir verdad, si no es así, no vemos en absoluto cuál es la novedad que el psicoanálisis ha aportado.
Esta es una primera fase. ¿Basta acaso?
No desde luego que no basta. La resistencia del sujeto sin duda se ejerce en ese plano, pero se manifiesta de una manera curiosa que vale la pena explorar, y a través de casos absolutamente particulares.
Hay un caso en el que Freud conocía toda la historia —la madre se la había contado—. Entonces se la comunica a la sujeto, diciéndole: He aquí lo que sucedió, he aquí lo que le hicieron. En cada oportunidad la paciente, la histérica, respondía con una pequeña crisis de histeria, reproducción de la crisis carácterística. Escuchaba y respondía con su forma de respuesta, que era su síntoma. Lo cual plantea ciertos problemitas, entre ellos el siguiente: ¿es ésta una resistencia? Es una pregunta que, por hoy, abro.
Quisiera finalizar con la siguiente observación. Freud, al final de los Studien über Hysterie, define el nódulo patógeno como aquello que se busca, pero que el discurso rechaza, que el discurso huye. La resistencia es esa inflexión que adquiere el discurso cuando se aproxima a este nódulo. Por lo tanto, sólo podremos resolver la cuestión de la resistencia profundizando cuál es el sentido de este discurso. Ya lo hemos dicho, es un discurso histórico.
No olvidemos lo que era la técnica analítica en sus comienzos: una técnica hipnótica. En el hipnotismo, el sujeto sostiene este discurso histórico. Incluso lo sostiene de un modo particularmente sorprendente, dramatizado, lo cual implica la presencia del oyente. Una vez salido de la hipnosis, el paciente ya no recuerda su discurso. ¿Por qué es ésta la puerta de entrada a la técnica psicoanalítica? Porque la reviviscencia del trauma se muestra aquí, en sí misma, inmediatamente, aunque no de modo permanente, terapéutica. Se revela que un discurso así sostenido, por alguien que puede decir yo (moi), concierne al sujeto
Es ambigüo pues hablar del carácter vivido, revivido del trauma, del traumatismo en estado segundo, histérico. No es porque el discurso esté dramatizado y se presente bajo un aspecto patético, que el término revivido puede satisfacernos. ¿Qué significa la asunción por parte del sujeto de sus propias vivencias ?
Ven ustedes, que llevo la cuestión al punto de máxima ambigüedad de lo revivido, es decir, al estado segundo del sujeto. ¿Pero no sucede exactamente lo mismo en todos los niveles de la experiencia analítica? En todas partes se plantea la cuestión de saber qué significa el discurso que obligamos al sujeto a sostener, en el paréntesis de la regla fundamental. Esta regla le dice: A fin de cuentas, su discurso no tiene importancia. Desde el momento en que se entrega a este ejercicio, no cree ya por lo tanto en su discurso sino a medias, pues sabe que está, todo el tiempo, bajo el fuego tupido de nuestra interpretación. La pregunta se convierte entonces del siguiente modo: ¿Cuál es el sujeto del discurso?
Retomaremos aquí la próxima vez, y trataremos de discutir la significación y alcance de la resistencia en relación a estos problemas fundamentales.