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Estudio del psicoanálisis y psicología

Seminario 11: Clase 16, El sujeto y el otro: la alienación, 27 de Mayo de 1964

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Si el psicoanálisis ha de constituirse como ciencia del inconsciente convendría partir de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje.

De ello he deducido una topología cuyo fin es dar cuenta de la constitución del sujeto.

Ocurre que en una época, ya superada espero, se me objetó que al dar así la primacía a la estructura, descuido la dinámica tan presente en nuestra experiencia -aún se me dijo que logro evadir el principio afirmado en la teoría freudiana de que esta dinámica es por esencia y enteramente sexual.

Espero que el proceso de mi seminario de este año, y en especial el punto culminante al que llegó la vez pasada les demuestre que esta dinámica nada ha perdido en el asunto.

Recalco, para los que estuvieron ausentes la sesión pasada, que he añadido un elemento totalmente nuevo a esta dinámica- ya veremos en lo que sigue, el empleo que le doy. Primero puse el acento en la repartición que constituyo al oponer, en lo que toca a la entrada al inconsciente, los dos campos del sujeto y del Otro. El Otro es el lugar donde se sitúa en la cadena del significante que rige todo lo que, del sujeto, podrá hacerse presente, es el campo del viviente donde el sujeto tendrá que aparecer. Y he dicho que, por el lado de ese ser viviente, llamado a la subjetividad, se manifiesta esencialmente la pulsión.

Por ser por definición toda pulsión, pulsión parcial, ninguna de ellas representa -cosa que Freud evoca de paso para preguntarse si es el amor quien la realiza- la totalidad de las sexualstrebung, de la tendencia sexual, en la medida en que puede concebirse como presentificación en el psiquismo, si es que tiene cabida en él, de la función de la fortpflanzung, la reproducción.

Nadie puede negar esta función en el plano biológico. Pero yo afirmo siguiendo a Freud, que da fe de ello de todos los modos posibles, que esta función como tal, no está representada en el psiquismo. En el psiquismo no hay nada que permita al sujeto situarse como ser macho o ser hembra.

El sujeto sólo sitúa, en su psiquismo, sus equivalentes -actividad y pasividad.
Y estos nunca lo representan exhaustivamente. Freud llega hasta la ironía de subrayar que esta representación nos es ni tan coercitiva ni tan exhaustiva como podría pensarse  -durchgreifend und ausschlieblich-, la polaridad del ser de lo macho y de la hembra lo representa únicamente la polaridad de la actividad, que se manifiesta a través de los Triebe, y  la pasividad, que es pasividad respecto de lo exterior, gegen die äusseren Reize.

Sólo esta división -con ello terminé la vez pasada -hace necesario lo primero que puso al descubierto la experiencia analítica- que las vías de lo que hay que hacer como hombre o como mujer pertenecen enteramente al drama, a la trama, que se sitúa en el campo del Otro- el Edipo es propiamente eso.

Sobre esto hice hincapié la vez pasada cuando dije que lo que debe hacer como hombre como mujer, el ser humano lo tiene que aprender del Otro, al respecto evoqué la vieja del cuento de Dafnis y Cloe, fábula que indica que hay un campo último, el de la realización sexual, cuyos caminos, a fin de cuentas, el inocente desconoce.

Que la pulsión, la pulsión parcial, sea lo que allí lo orienta, que sólo la pulsión parcial represente en el psiquismo las consecuencias de la sexualidad está representada en el psiquismo por una relación del sujeto que se deduce de algo que no es la propia sexualidad. La sexualidad se instaura en el campo del sujeto por la vía de la falta.

Aquí se superponen dos faltas. Una se debe al defecto central en torno al cual gira la dialéctica del advenimiento del sujeto a su propio ser en la relación con el Otro -debido a que el sujeto depende del significante y el significante está primero en el campo del Otro. Esta falta retoma la otra falta, la falta real, anterior que ha de situarse en el advenimiento del ser viviente, o sea en la reproducción sexuada. La falta real es lo que pierde el ser viviente, por estar sujeto el sexo, queda sometido a la muerte individual.

El mito de Aristófanes pone en imagenes de una forma patética y engañosa la persecución del complemento, al formular que el ser vivo, en el amor busca al otro, a su mitad sexual. La experiencia analítica sustituye esta representación mítica del amor por la búsqueda que hace el sujeto, no del complemento sexual, sino de esa parte de sí mismo, para siempre perdida que se constituye por el hecho de que no es más que un ser sexuado, que ya no es inmortal.

Ven entonces cómo la misma razón que hace que el ser viviente sea inducido a su realización sexual por el señuelo, hace que la pulsión, la pulsión parcial, sea intrínsecamente pulsión de muerte, y representa por sí misma la porción que corresponde a la muerte en el ser sexuado.

Así desafiando, acaso por primera vez en la historia, el mito tan prestigioso que Platón adjudica a Aristófanes, lo sustituí la vez pasada por un mito destinado a encarnar la parte faltante, que llamé el mito de la laminilla.

Es una importante novedad, porque designa la libido, no como un campo de fuerzas, sino como un órgano.

La libido es el órgano esencial para comprender la naturaleza de la pulsión. Este órgano es irreal. Lo irreal no es lo imaginario. Se define por articularse con lo real de un modo que no podemos aprender, y por ello justamente, requiere de una presentación mítica, tal como la nuestra. Por ser irreal no impide a un órgano encarnarse.

De inmediato les doy su materialización. Una de las formas más antiguas de encarnar, en el cuerpo, este órgano irreal es el tatuaje, la escarificación. La incisión tiene precisamente la función de ser para el Otro, de situar en él al sujeto, señalando su puesto en el campo de las relaciones del grupo, entre cada uno y todos los demás. Y, a la vez, tiene de manera evidente una función erótica, percibida por todos los que han abordado su realidad.

También mostré que en la relación básica de la pulsión es esencial el movimiento con el cual la flecha que parte hacia el blanco sólo cumple su función por realmente emanar de él y regresar al sujeto. En este sentido, el perverso es quien se sale con la suya más directamente que nadie, mediante un corto circuito, al integrar de la manera más profunda su función de sujeto a su existencia de deseo. La reversión de la pulsión en este caso es algo muy distinto de la variación de ambivalencia que hace que el objeto pase del campo del odio al del amor, y viceversa, según resulte o no provechoso al bienestar del sujeto.  Uno no se convierte en masoquista cuando el objeto no sirve para su objetivo. La enfermita de Freud, denominada la homosexual, no se convierte en homosexual porque su padre la decepciona -hubiera podido buscarse un amante, Cuando se está en la dialéctica de la pulsión, lo que rige es siempre otra cosa. La dialéctica de la pulsión es básicamente diferente de lo que pertenece al registro del amor así como al del bien del sujeto. Por eso hoy quiero poner el acento en las operaciones de la realización del sujeto en su dependencia significante respecto del lugar del Otro.

Todo surge de la estructura del significante. Esta estructura se basa en algo que inicialmente denominé la función del corte, y que ahora, en el desarrollo de mi discurso, se articula como función topológica del borde.

La relación del sujeto con el Otro se engendra toda en un proceso de hiancia. Si no fuese por esto, lo tendríamos todo a la mano -las relaciones entre los seres en lo real, incluyéndolos a ustedes, aquí presentes, podrían generarse en términos de relaciones inversamente recíprocas.  Este es el empeño de la psicología y de toda una sociología, que pueden obtener resultados en el dominio animal, porque la captura imaginaria basta para motivar todo tipo de conductas en el ser vivo. El psicoanálisis muestra que la psicología humana pertenece a otra dimensión.

La vía filosófica hubiese bastado para mantener esta dimensión, pero resultó deficiente a falta de una definición satisfactoria del inconsciente. El psicoanálisis, por su parte, manifiesta que los hechos de la psicología humana no son concebibles si está ausente la función del sujeto definido como efecto del significante.

Ciertamente, estos procesos han de articularse circularmente entre el sujeto y el Otro: del sujeto llamado al Otro, al sujeto de lo que el mismo vio aparecer en el campo del Otro, del Otro que regresa allí. Este proceso es circular, pero, por naturaleza, sin reciprocidad.  Pese a ser circular, es asimétrico.

Como ven, hoy los llevo de nuevo al terreno de una lógica cuya importancia esencial quiero recalcar.

Toda la ambigüedad del signo reside en que representa algo para alguien. Este alguien puede ser muchas cosas, puede ser el universo entero, en la medida en que se nos enseña, desde hace algún tiempo, que la información circula por él, con el negativo de la entropía. Todo nudo donde se concentren signos como representantes de algo, puede pasar por ser alguien. En cambio, hay que recalcar que un significante es aquello que representa a un sujeto para otro significante.

Al producirse en el campo del Otro, el significante hace surgir el sujeto de su significación. Pero sólo funciona como significante reduciendo al sujeto en instancia a no ser más que un significante, petrificándolo con el mismo movimiento con que lo llama a funcionar, a hablar, como sujeto. Esta es propiamente la pulsación temporal en la cual se instituye lo carácterístico del punto de partida del inconsciente como tal -el cierre.

Hay un analista que, en otra dimensión, lo percibió y trató de señalarlo con un término que era nuevo y que nunca ha sido aprovechado desde entonces en el campo del análisis -la afanisis, la desaparición. Jones, quien lo inventó, la confundió con algo bastante absurdo -el temor de ver desaparecer el deseo. La afanisis empero, debe situarse de manera más radical en el nivel donde el sujeto se manifiesta en ese movimiento de desaparición que califiqué de letal. También en otra forma, denominé este movimiento el fading del sujeto.

Insistiré en esto para que vean hasta qué punto existe siempre la posibilidad de orientarse en la experiencia concreta, y aún en la observación, con la condición de dejarse guiar por este mecanismo y dejar que elimine los puntos ciegos. Lo mostraré con un ejemplo.

El error piagético -para los que crean que es un neologismo aclaro que se trata del señor Piaget reside en la noción de lo que se ha llamado el discurso egocéntrico del niño, definido como el estadio donde supuestamente falta lo que esta psicología alpina llama la reciprocidad. La reciprocidad está muy lejos del horizonte de lo que ha de solicitarnos en ese momento, y la noción de discurso egocéntrico es un contrasentido. En este famoso discurso, que,.se puede grabar, el niño no habla para sí, como se dice. Sin duda., no se dirige tampoco al otro, si utilizamos la repartición teórica que han deducido de la función del tú y del yo. Pero tiene que haber otros allí- cuando las criaturas están todas juntas, entregándose por ejemplo a jugadas de operaciones como los que les dan en ciertos métodos llamados de educación activa, entonces hablan -hablan, valga la expresión francesa, a la cantonade, en alta voz pero a nadie en particular.

Este discurso egocéntrico es un ¡a buen entendedor.. !

Entonces volvemos a encontrar aquí la constitución del sujeto en el campo del Otro, tal como la designa la flechita en la pizarra.  Si se le capta cuando nace en el campo del Otro, lo carácterístico del sujeto del inconsciente es que está, bajo el significante que desarrolla sus redes, sus encadenamientos su historia, en un lugar indeterminado.

Más de un elemento del sueño casi todos, en verdad, pueden servir de punto para situarlo diversamente en la interpretación. Creer que podemos hacerlo decir lo que queramos, es no haber comprendido nada -hay que admitir que los psicoanalistas- no se explican demasiado bien.  La interpretación no puede plegarse a cualquier sentido. La interpretación designa una sola secuencia de significantes. Pero el sujeto, en efecto, puede ocupar diversos sitios, según el significante bajo el cual se le coloque.

Voy a abordar ahora las dos operaciones que pienso articular hoy en la relación del sujeto con el Otro.

Dicha relación, proceso de borde, proceso circular, hemos de apoyarla en ese pequeño rombo que empleo como algoritmo, precisamente, en mi grafo, porque es necesario integrarla a algunos de los productos acabados de esta dialéctica.

Es imposible no integrarla, por ejemplo, al propio fantasma: $ (a. Tampoco es posible no integrarla a ese nudo radical adonde confluyen la demanda y la pulsión, designado como $ ( D y que podría denominarse el grito.

Atengámonos a ese pequeño rombo. Es un borde, un borde funcionando. Basta dotarlo de una dirección vectorial, aquí el sentido inverso al de las manecillas del reloj, determinado por el hecho de que nuestras escrituras, al menos, se leen de izquierda a derecha.
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¡Cuidado!. Se trata de apoyos para el pensamiento que no dejan de ser artificiosos, pero toda topología se apoya en algún artificio -esto se debe, justamente, al hecho de que el sujeto depende del significante, en otras palabras, a cierta impotencia del pensamiento.

La v de la mitad inferior del rombo diremos que es aquí el vel constituido por la primera operación -pienso detenerme en ella unos instantes.

Tal vez piensen que son estas cosas un poco necias. Pero la lógica lo es siempre, en cierta medida. Si no se llega a la raíz de la necedad, se cae inexorablemente en la majadería. Los ejemplos sobran, como el de las presuntas antinomias de la razón, del tipo -el catálogo de todos los catálogos que no se incluyen a sí mismos, lo cual conduce a una impasse que, vaya a saber por qué, produce vértigo a los lógicos. La solución,  por cierto, es bastante simple -el significante con el que se designa al mismo  significante no es, por supuesto, el mismo significante con que se designa al otro, cosa que salta a la vista. La palabra obsoleta, en tanto puede significar que la palabra obsoleta es una palabra obsoleta, no es la misma palabra en ambos lados. Esto nos animará a perfecciónar ese vel que he introducido aquí.

Se trata del vel de la primera operación esencial que funda al sujeto. Me atrevo a pensar que puede tener algún interés desarrollarlo aquí, ante un público bastante nutrido, pues se trata nada menos que de esa operación que podemos llamar la alienación.

Nadie podrá negar que esta alienación esto muy de moda en la actualidad. Hágase lo que se haga siempre se esta un poco más alienado, ya sea en lo económico, lo político, lo psico-patológico, lo estético y todo lo que venga. Quizá no esto de más llegar a la raíz de esta famosa alienación .

¿Querrá decir, tal como parece que yo sostengo, que el sujeto está condenado a sólo verse surgir, in initio, en el campo del Otro? Podría ser, pero de ningún modo -de ningún modo.

La alienación consiste en ese vel que condena -si la palabra condenar no suscita objeciones, la retomo -al sujeto a sólo aparecer en esa división que he articulado lo suficiente, según creo, al decir que si aparece de un lado como sentido producido por el significante, del otro aparece como afanisis.

Bien vale la pena ilustrar este vel para diferenciarlo de los otros usos del vel, del o. Hay dos.  Saben, por pequeño que sea su conocimiento de la lógica, que existe el vel exhaustivo: o voy allá o voy allí; si voy allá no voy allí, tengo que escoger.  Hay otra manera de emplear el vel: voy a un lado o al otro, da lo mismo, son equivalentes. Son dos vels que no son iguales. Pero además, hay un tercer vel, y para no extraviarlos les diré en seguida para qué sirve.

La lógica simbólica, muy útil por los esclarecimiento que procura en un dominio muy delicado, nos ha enseñado a distinguir el alcance de la operación denominada reunión. Para hablar como se habla cuando se trata de conjuntos, sumar dos colecciónes es algo muy distinto de reunirlas.  Si en este círculo, el de la izquierda, hay cinco objetos, y si en el otro hay también cinco, sumarlos da diez. Pero los objetos pueden pertenecer a ambos círculos. Si dos de los objetos pertenecen a ambos círculos, reunirlos consistirá, en este caso, en no duplicar su número, en la reunión sólo habrá ocho objetos. Me disculpo si esto les parece pueril, pero lo evoco para indicarles que el vel que intentaré articular se apoya exclusivamente en la forma lógica de la reunión.

El vel de la alienación se define por una elección -cuyas propiedades depende de que en la reunión uno de los elementos entrañe que sea cual fuere la elección, su consecuencia sea un ni lo uno ni lo otro. La elección sólo consiste en saber si uno se propone conservar una de las partes, ya que la otra desaparece de todas formas.
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Ilustremos esto con lo que nos interesa, el ser del sujeto, el que está aquí del lado del sentido. Si escogemos el ser, el sujeto desaparece, se nos escapa, cae en el sin-sentido: si escogemos el sentido, éste sólo subsiste cercenado de esa porción de sin-sentido que, hablando estrictamente, constituye, en la realización del sujeto, el inconsciente. En otros términos. la índole de este sentido tal como emerge en el campo del Otro es la de ser eclipsado, en gran parte de su campo, por la desaparición del ser, inducida por la propia función del significante.

Todo esto tiene una implicación muy directa y que ha pasado demasiado desapercibida -cuando se la diga, verán que es una evidencia, aunque una evidencia que no se ve. La consecuencia de la alienación es que la última instancia de la interpretación no reside en que nos entregue las significaciónes de la vía por donde anda lo psíquico que tenemos ante nosotros.  Este alcance no es más que preludio. El objetivo de la interpretación no es tanto el sentido, sino la reducción de los significantes a su sin-sentido para así encontrar los determinantes de toda la conducta del sujeto.

Los remito al respecto al aporte que mi discípulo Leclaire presente en el Congreso de Bonneval, en la medida en que se trata de una aplicación de mis tesis. Verán que en su intervención aislaba la secuencia del unicornio, no, como se creyó en la discusión, en su dependencia significativa, sino justamente en su carácter irreductible e insensato de cadena significantes.

Lo que acabo de describirles es de gran importancia. Este o alienante no es una invención arbitraria, ni, como suele decirse, una entelequia. Está en el lenguaje. Ese o existe. Tanto es así que convendría también, en la lingüística, distinguirlo. De inmediato les daré un ejemplo.
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¡La bolsa o la vida! Si elijo la bolsa, pierdo ambas. Si elijo la vida, me queda la vida sin la bolsa, o sea, una vida cercenada. Ya veo que me están entendiendo.

Es legítimo que haya encontrado en Hegel la justificación de esta apelación de vel alienante. En Hegel ¿que es? No desperdiciemos municiones -se trata de generar la primera alienación, esa alienación por la que el hombre emprende el camino hacia la esclavitud. ¡La libertad o la vida!. Si elige la libertad, ¡pum! pierde ambas inmediatamente si elige la vida, tiene una vida amputada de la libertad.

Tiene que haber en esto algo muy peculiar. Denominaremos este algo tan peculiar el factor letal. Este factor esto presente en ciertas distribuciones que nos  muestra ese juego de significantes que a veces vemos actuar en el propio centro de la vida -se les llama cromosomas, y puede ocurrir que uno de ellos tenga una función letal.  Vamos a controlar esto mediante un enunciado un tanto particular, ya que hace intervenir, en uno de esos campos, a la propia muerte.

Por ejemplo ¡Libertad o muerte! Aquí, por entrar en juego la muerte, se produce un efecto de estructura un tanto diferente -en ambos casos, tengo a las dos. Como es sabido, la libertad, a fin de cuentas, es como la famosa libertad de trabajo por la que luchó, según dicen, la Revolución francesa -puede ser también la libertad de morirse de hambre, y precisamente a eso condujo en el siglo XlX. Por ello, luego, hubo necesidad de revisar ciertos principios. Si eligen la libertad, entonces, es la libertad de morir. Es curioso que en las condiciones en que le dicen a uno !Libertad o muerte!, la única prueba de libertad que pueda darse sea justamente elegir la muerte, pues así se demuestra que no tiene la libertad de elegir.

En ese momento -que por cierto es también un momento hegeliano, conocido como el Terror- esta reparación muy otra esto destinada a poner en evidencia lo esencial -en este campo, del vel alienante -el factor letal.

Lo avanzado de la hora sólo me permite una introducción de la segunda operación. Esta operación lleva a su término la circularidad de la relación del sujeto con el Otro. pero en ella se demuestra una torsión esencial.

Mientras que el primer tiempo se basa en la sub-estructura de la reunión, el segundo se basa en la sub-estructura denominada intersección o producto. Se sitúa justamente en esa misma lúnula donde encontrarán la forma de la hiancia, del borde.

La intersección de dos conjuntos está constituida por los elementos que pertenecen a los dos conjuntos. Allí se producirá la segunda operación a la que esta dialéctica conduce al sujeto.  Es tan esencial definir esta segunda operación como la primera.  Pues en ella vemos asomar el campo de la transferencia. La denominaré introduciendo así mi segundo termino, la separación.

Separare, separar, acudiré de inmediato al equívoco del se parare, latín del se parar, con todos los sentidos fluctuantes que tiene en francés -tanto vestirse como defenderse, procurarse lo necesario para que los demás se cuiden de uno, y acudiré incluso, amparado por los latinistas, al se parere, el parirse de que se trata en este caso. ¿Cómo, desde este nivel, ha de procurarse el sujeto? Este es el origen de la palabra que designa en latín el parar (engendrer, en francos). Es término jurídico, como lo son, curiosamente por cierto, todas las palabras que designan el traer al mundo en indoeuropeo. La propia palabra parto tiene su origen en una palabra que, en su raíz, sólo significa procurar un hijo al marido, operación jurídica y, digámoslo, social.

Trataré de mostrarles la próxima vez como, igual que con la función del vel alienante, tan diferente de los otros vel definidos hasta ahora, esta noción de intersección tiene su utilidad. Veremos como surge de la superposición de dos faltas.

El sujeto encuentra una falta en el Otro, en la propia intimación que ejerce sobre él el Otro con su discurso. En los intervalos del discurso del Otro- surge en la experiencia del niño algo que se puede detectar en ellos radicalmente -me dice eso, pero ¿pero que quiere?.

Este intervalo que corta los significantes, que forma parte de la propia estructura del significante, es la guarida de lo que, en otros registros de mi desarrollo, he llamado metonimia. Allí se arrastra, allí se desliza, allí se escabulle, como el anillo del juego, eso que llamamos el deseo. El sujeto aprehende el deseo del Otro en lo que no encaja, en las fallas del discurso del Otro, y todos los por qué del niño no surgen de una avidez por la razón de las cosas -más bien constituyen una puesta a prueba del adulto, un ¿por qué me dices eso? re-suscitado siempre de lo más hondo -que es el enigma del deseo del adulto.

Ahora bien, para responder a esta captura, el, sujeto, como Gribouille. responde con la falta antecedente, con su propia desaparición, que aquí sitúa en el punto de la falta percibida en el Otro.  El primer objeto que propone a ese deseo parental cuyo objeto no conoce, es su propia pérdida -¿puede perderme?. El fantasma de su muerte, de su desaparición, es el primer objeto que el sujeto tiene para poner en juego en esta dialéctica y, en efecto, lo hace -como sabemos por muchísimos hechos, la anorexia mental, por ejemplo. Sabemos también que el niño evoca comúnmente el fantasma de su propia muerte en sus relaciones de amor con sus padres.

Una falta cubre a la otra. Por tanto, la dialéctica de los objetos del deseo, en la medida en que efectúa la juntura del deseo del sujeto con el deseo del Otro -hace tiempo les dije que era el mismo-, pasa por lo siguiente: no hay respuesta directa. Una falta generada en el tiempo precedente sirve para responder a la falta suscitada por el tiempo siguiente.

Creo que he recalcado bastante los dos elementos de esta nueva y fundamental operación lógica que trato de adelantarles hoy: la no reciprocidad y la torsión en el retorno.

J.-A. MlLLER: -Al fin y al cabo, ¿no busca usted mostrar que la alienación de un sujeto que ha recibido la definición de haber nacido en un campo externo a él, que lo constituye y según el cual se ordena, se distingue radicalmente de la alienación de una conciencia-de-si? En suma ¿no será LACAN contra Hegel?

LACAN -Lo que acaba de decir está muy bien.  Es justamente lo contrario de lo que acaba de decirme Green -se acercó a darme un apretón de manos -al menos moral- y me dijo: "Muerte del estructuralismo, usted es hijo de Hegel". No estoy de acuerdo, creo que al decir LACAN contra Hegel usted está más cerca de la verdad, aunque, por supuesto, no se trata de un debate filosófico.

Dr. GREEN: -¡Los hijos matan a los padres!