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Estudio del psicoanálisis y psicología

Seminario 14: Clase 19, del 24 de Mayo de 1967



Intentaré hacerlos entrar hoy en algo arcano, que podría ser trivial en psicoanálisis. A saber, lo que reencontrarán en todas partes, que si el sujeto analizado, el sujeto analizable, adopta una posición regresiva o aún pre-edípica, pregenital, pre cualquier cosa, sería esperable (de lo que se podría esperar en la ocasión) que no se la designe más que post; ya que es para escamotearse al juego, a la incidencia de la castración, que al sujeto se le reputa refugiarse ahí.

Intento este año esbozar una estructura que se anuncia como lógica de una lógica azarosa, tan precaria quizás; cuidándolos al no dar demasiado rápido las formas de las que pude fiarme en mis propios garabatos, pero intentando mostrarles lo accesible de tal articulación. Consiste en adueñarme de lo más inconmensurable del uno, principalmente del numero de oro, y sólo a fin de volvérselos tangible por un camino donde, les repito, no pretendo dar los pasos definitivos, ni aún haberlos hecho yo mismo.

Pero cuando más preferible es un camino, que asegure alguna verdad concerniente a la dependencia del sujeto que librase a los ejercicios penosos de la prosa psicoanalítica común, que se distinguen en esa suerte de retorcimientos, de rodeos insensatos, que parecen siempre becarios para dar cuenta del juego de las posiciones libidinales.

El ejercicio de toda una población de entidades subjetivas que ustedes conocen bien y que acarrean por todos lados, el yo, el superyó, el saber. Sin contar lo que se puede agregar de nuevo de refinado, distinguiendo al yo ideal del ideal del yo, no va de suyo como se hace en la literatura anglosajona desde algún tiempo, agregando el self que igualmente fracasa para remediar esta multitud ridícula, sólo representa la manera en que es manejado como una entidad suplementaria. Entidad ser de razón, siempre inadecuada a partir del momento en que hagamos entrar en juego, de una manera correcta, la función del sujeto, como ninguna otra cosa más que lo que es representado por un significante para otro significante.

Un sujeto no es en ningún caso una entidad autónoma, sólo el nombre propio puede dar esa ilusión. Je (es demasiado decir que sea sospechoso, desde que les hablo de eso no debe aún serlo) no es precisamente más que este sujeto, que como significante lo represento para el significante camino por ejemplo, o para el par de significantes: el rulo, lo enrulo

Sienten que si tomé esta fórmula, es para evitar la fórmula pronominal, me callo, que seguramente nos llevaría lejos si nos planteáramos la cuestión de lo que quiere decir el me en tal fórmula, como en muchas otras. Verán cuanto su acceso, pretendido reflejo, expone en abanico que no permite en ningún grado darle ninguna consistencia. Pero no me extenderé en ese sentido, no es más que un repaso.

Entonces una función subjetiva llamada castración, es asombroso que se la dé (y esto antes del psicoanálisis jamás ha sido dicho), como esencial al acceso de lo que se llama el genital. Si esta expresión era adecuada hasta el último quilate, quiero decir entonces que no lo es. Uno podría maravillarse de algo que se expresaría así, digamos, como se presentaría eso si se lo aborda desde afuera, después de todo estamos siempre allí: que el pasaje a cierto fantasma del órgano está en cierta función seguramente privilegiada desde entonces, la genitalidad precisamente, necesaria para que la función se cumpla. No voy aquí de ninguna manera, a salir del impasse, sino a decir a los psicoanalistas la importancia notable en la topografía política de emplear este medio; quiero decir que si en el giro de una frase, sin aún percatarse del alcance de lo que dicen, nos afirman después de todo que la castración es un sueño, esto empleado en el sentido de las historias de enfermos. La castración es una estructura subjetiva, completamente esencial al sujeto, por poco que se haya entrado en el asunto, que el psicoanálisis etiqueta el genital.

Debo decir que en este impasse pienso haber aportado una pequeña rendija, cambiando algo, ya que no hace mucho tiempo, cuatro o cinco encuentros, señalé que no podría tratarse más que de la introducción del sujeto en la función del genital.

Mientras sepamos lo que queremos decir cuando lo llamamos así, es decir, del pasaje de la función al acto, del cuestionamiento de saber si este acto puede merecer el título de acto sexual. No hay, hay, quien lo sabe, hay quizá; sabremos tal vez un día si hay un acto sexual. Así he comentado el sexo; el mío, el suyo, el vuestro, reposa sobre la función del significante capaz de operar en este acto.

Como sea, no se podría de ninguna manera evadir lo afirmado no solamente por la doctrina, sino lo que encontramos en todas las vueltas de nuestra experiencia capaz de operar en el sentido del acto sexual. Hablo de algo que parece pero que no es un acto sexual, a lo que voy a referirme hoy e introducir su registro, a saber, la perversión, capaz de operar de una manera no falida, que el sujeto castrado está, repitamos al modo de los dicciónarios, en regla con el complejo de castración. No quiere decir que se esté acomplejado, sino al contrario, como en toda la literatura digna de ese nombre, psicoanalítica (quiero decir que no sea la charlatanería de gentes que no saben lo que dicen, lo que llega hasta las más altas autoridades), en toda sana literatura psicoanalítica, que se está normado respecto al acto sexual. No significa que se llegue ahí, quiere decir que se está en la buena vía.

Normado, tiene un sentido preciso en el franqueamiento de la geometría ajustada a la geometría métrica; brevemente, se entra en cierto orden de medida que intento evocar con mi número de oro, que aquí, lo repito, no es más que metafórico. Redúzcanlo al término de lo inconmensurable, lo más espaciado que sea respecto del uno.

Entonces el complejo de castración (espero no tener que decirlo más que a orejas novicias) no podría contentarse con el soporte de las historias del tipo: Papá dijo: te la van a cortar si pretendés suceder a tu padre. En principio porque la mayor parte del tiempo, como todo el mundo se dio cuanta, en esta pequeña historia es mamá quien ha dicho esa menuda frase, en el preciso momento que Hans sucedía a su padre. Pero en esa módica medida que se toqueteaba tranquilo en un rinconcito, tranquilo como Bautista que se toqueteaba su "cosita", como ya lo había hecho su papá en su tiempo.

Esto no tiene nada que ver con el complejo de castración, es una pequeña historieta que no se ha vuelto más verosímil, por el hecho de que la culpabilidad de la masturbación se encuentra en todas las vueltas de la génesis de los problemas con los cuales tenémonos que vérnosla. No basta decir que la masturbación no tiene nada de fisiológicamente nocivo y que es por su lugar en cierta economía subjetiva que toma su importancia. Diremos aún, como lo he recordado en una de estas últimas veces, que puede tomar un valor netamente hedonista, ya que puede ser empujaba hasta el ascetismo, y que tal filosofía puede hacer de eso, a condición de tener con su práctica una conducta coherente, un fundamento de su bienestar.

Recordé a Diógenes, a quien no solamente le era familiar sino que la promovía como ejemplo de la manera en la que convenía tratarlo que queda en esta perspectiva, el menudo excedente de un cosquilleo orgánico: la titilación. Hace falta decir que esta perspectiva más o menos inmanente a toda posición filosófica, y que llega sobre cierto número de posiciones que se pueden calificar de religiosas, si consideramos el retiro del ermita como algo que en sí mismo la implica. No comienza a tomar su interés su valor culpable, más que cuando se esfuerza en alcanzar el acto sexual.

Aparece esto: que el goce buscado en la masturbación por una parte del cuerpo juega un rol, porque no hace falta decir que un órgano está hecho para una función. Si tienen órganos, les digo eso si generalizan un poco, si ustedes hacen de tiempo en tiempo idioteces u otras estupideces, si intentan reflexionar que sería si estuvieran en lo que se llama apenas un descanso, comprenderían rápidamente que no es la función la que hace al órgano, sino el órgano quien hace la función. Posición que va en contra el oscurantismo en el que nos bañamos para que insista sobre eso, si no lo quieren creer vengan a la corriente principal.

Está, entonces, fuera de juego alegar según la tradición moralista que la masturbación es culpable y aún un pecado grave diciendo que desvía un medio de su fin, siendo el fin la producción de cristianitos (vuelvo ahí aunque haya escandalizado la última vez en lo que dije, llamándolos pequeños proletarios). Que sea llevar un medio al rango de fin no tiene nada que hacer en la cuestión tal como hace falta plantearla, ya que es de la norma de un acto tomado en el sentido pleno de esta palabra, y eso no tiene que ver con los rechazos de la producción que tomaría a su cuenta como fin la perpetuación del animal.

Al contrario debemos situarlo por relación al pasaje del sujeto a la función significante, en este lugar preciso y fuera del campo ordinario en el que nos acostumbramos con la palabra acto, en este punto problemático que es el acto sexual. Es decir, el pasaje del goce, ahí donde puede ser asido, ya que sea por una prohibición, para atenernos a una palabra utilizada, a cierta negativización para ser más prudentes, y poner en suspenso esto que podría llegar a formular de manera precisa, que este pasaje, en todo caso tenga una manifestación con la introducción del goce en una función del valor, he aquí en todo caso lo que puede decir sin imprudencia.

La experiencia donde se puede decir que cierta empatía del auditor no sea foránea, nos anuncia la correlación del pasaje de un goce a la función de un valor, es decir, su profunda adulteración. La castración (no tengo razón alguna para rehusarme a lo que da la literatura, como acabo de decirlo no hay a eso acceso más que empático, deberá ser purificado secundariamente; no se rehusa este acceso tampoco cuando estamos en un terreno más difícil), entonces tampoco tiene la más estrecha relación en le relación del objeto en la estructura del organismo (estamos siempre en la empatía); esto es referido como distinto de un goce autoerótico, es una concesión masturbatoria dado de qué se trata, es decir, de un órgano preciso, ¡porque de autoerotismo Dios sabe que se ha hecho y que se hará!. Como saben, es justamente lo que está en cuestión, este autoerotismo que podría tener un sentido preciso, el del goce local, manejable como todo lo local; se hará de eso pronto el baño oceánico al que tenemos que referirlo.

Como les he dicho, cualquiera funda lo que sea sobre la base del narcisismo primario, parte de ahí para engendrar lo que sería la investidura del objeto; es libre de continuar ya que es con eso con lo que funciona a través del mundo del psicoanálisis como industria culpable. Pueden estar seguros que todo lo que articulo aquí está hecho para repudiarlo absolutamente.

He admitido, hablado de un objeto presente en el orgasmo. No hay nada más fácil de aislar que la hipocresía de la dimensión de la persona. Cuando copulamos, nosotros, que hemos llegado a la madurez genital, tenemos relaciones con una persona, así se decía hace veinticinco o treinta años, especialmente en el círculo de los psicoanalistas franceses que tienen, después de todo su interés en la historia del psicoanálisis. Nada es menos seguro que plantear a la cuestión del objeto comprometido en el acto sexual, es introducir la cuestión de saber si este objeto es el hombre o bien un hombre, la mujer o una mujer.

El interés de la introducción de la palabra acto es cubrir la cuestión que vale más después de todo abrir, no soy quien la hace circular entre ustedes: saber si el acto sexual, en tanto que ninguno entre ustedes jamás haya llegado a un acto sexual, tiene relación con el advenimiento de un significante, representante del sujeto como sexo ante un significante, o si tiene el valor de lo que llamé en otro registro, el encuentro, a saber el encuentro único, el que cuando pasa es definitivo. Marquen dos registros distintos, a saber, que si en el acto sexual el hombre llega a hombres en su estatuto de hombre y la mujer lo mismo, es otra cuestión que saber si se tiene si o no que encontrar su partenaire definitivo, ya que se trata de eso cuando se evoca el encuentro. Curioso que cuando más los poetas lo evoquen menos eficaz sea la conciencia de cada uno como cuestión.

Que sea la persona, en todo caso puede causar gracia, cualquiera se ha dado cuanta un poco del goce femenino; he aquí seguramente un primer punto para resaltar como introducción a todo lo que puede plantearse sobre la sexualidad femenina, en tanto se trata precisamente de su goce. Hay una cosa que vale la pena que sea remarcado, observada: que el psicoanálisis parece que en una cuestión tal como la que acabo de producir, volverá incapaces a todos los sujetos instalados en su experiencia, principalmente los psicoanalistas, de afrontaría mínimamente.

La prueba está hecha abundantemente; en esta cuestión de la sexualidad femenina no se ha hecho jamás un paso que sea serio, viniendo de un sujeto aparentemente definido como macho por su constitución anatómica. Pero lo más curioso es que las psicoanalistas mujeres, aproximándose a este tema, muestran todos los signos de un desfallecimiento que sugiere que están, por lo que podría tener que formular, aterradas de suerte que la cuestión del goce femenino no parece próxima a ser puesta en estudio ya qué ¡mi Dios! es el único lugar donde se podría decir algo serio.

Al menos de evocarlo así, sugeriría a cada uno y especialmente a quien pueda tener algo de femenino entre los que parecen mis auditores, el hecho que se pueda expresar así en lo atinente al goce femenino; nos basta ubicarlo para inaugurar una dimensión que, aún si no hemos entrado por no poder, es esencial situarlo.

El objeto no está dado para nada por la realidad del partenaire, entiendo el objeto comprometido en la dimensión normada, llamada genital, del acto sexual. Está mucho más próximo en todo caso es el primer acceso que nos es dado de la función de la de tumescencia.

Decir que hay complejo de castración, es decir, que la de tumescencia no basta para constituirlo, es lo que hemos con algún pesar tomado el cuidado de afirmar al principio ese hecho de experiencia: que no es la misma cosa copular que pajearse. No queda menos que esta dimensión que hace que la cuestión del valor de goce se enganche, tome su punto de apoyo, de pivote, donde la de tumescencia es posible. No debe ser descuidada la función de la de tumescencia, aunque tengamos que pensarla sobre el plano fisiológico, realmente dejada de lado por los psicoanalistas que de eso no han aportado la menor luz clínica que no esté ya en todo los manuales de psicología del sexo, quiero decir, que no estuviera por todos lados antes que el psicoanálisis viniera al mundo.

La detumescencia no está más que para recordar el límite del principio del placer. La detumescencia en el acto genital, por ser la carácterística del órgano peniano, en la medida en lo que ella soporta de goce es puesta en suspenso, está ahí para introducir legítimamente o no (cuando digo legítimamente quiero decir como algo real, o cómo una dimensión supuesta), para introducir que hay un goce más allá, que el principio del placer funciona como límite al borde de una dimensión de goce en tanto que es sugerida por la conjunción llamada acto sexual.

Todo lo que nos muestra la experiencia, lo que se llama eyaculación precoz y que haría mejor llamarse en nuestro registro detumescencia precoz, da lugar a la idea de que la función de la detumescencia puede representar en sí misma el negativo de cierto goce. De un goce que la clínica nos muestra como excesivo, de un goce que está ante lo que el sujeto rehusa; el sujeto se escapa en tanto que este goce es demasiado coherente con la dimensión de la castración percibida en el acto sexual como amenaza. Todas estas precipitaciones del sujeto respecto de este más allá nos permiten concebir que es sin fundamento que estos atolladeros que estos lapsus del acto sexual, demuestran precisamente de que se trata en el complejo de castración que la detumescencia está anudada en si misma, que es reducida a la función de protección como un mal menor contra un mal temido que ustedes llaman goce o castración; a partir de ahí cuanto más pequeño es el mal más se reduce, más perfecta es la evasión.

Tal es el resorte clínicamente en las curas de todos los días de todo lo que puede pasar bajo los diversos modos de la impotencia, más especialmente en tanto que están centrados alrededor de la eyaculación precoz.

Entonces sólo hay goce referible al propio cuerpo ya lo que está más allá de los límites que le impone el principio del placer; no es por azar sino necesidad de no hacerlo aparecer más que en esta coyuntura del acto sexual lo asocia a la evocación del correlato sexual sin que podamos decir más. Dicho de otra manera para todos aquellos que tienen ya la oreja abierta a los términos usuales del psicoanálisis es sobre ese plano que Tánatos puede encontrase de alguna manera en conexión a Eros. Es en la medida en que el goce del cuerpo se evoca más allá del principio del placer, y no en otra parte, que el acto pone un agujero, un vacío, una hiancia, en su centro, alrededor de lo que está localizada la de tumescencia hedonista; a partir de ese momento se plantea la posibilidad de la conjunción de Eros y Tánatos. A partir de ahí es concebible, y no es una grosera elucubración mítica, que en la economía del instinto el psicoanálisis introduzca, y no designe por azar, esos dos nombres propios.

Ven que esto es aún girar alrededor, haría falta creer que si se está alrededor es porque no es fácil entrar, podemos al menos retener, recoger, esta verdad: que el encuentro sexual de los cuerpos no pasa en su esencia por el principio del placer. Sin embargo, para orientarse en el goce que supone (orientarse no quiere decir entrar), no hay otra suerte referencia que esta suerte de negativización llevada sobre el goce del órgano de la copulación en tanto que define al presumido macho, a saber, el pene. De ahí surge la idea de un goce femenino, he dicho surge la idea y no el goce. Es una idea, es subjetivo.

Lo que es curioso (y el psicoanálisis afirma, a falta de expresarlo de una manera lógica correcta, nadie se percata que quiere decir, que comporta), es que el goce femenino no pueda pasar por la misma referencia, y es eso lo que se llamen la mujer complejo de castración. Es por eso que el sujeto mujer no es fácil de articular, y que en un cierto nivel les propongo la hommelle, no quiero decir que toda mujer se limite a eso. Justamente hay mujeres en alguna parte pero no es fácil de encontrar, quiero decir, poner en su lugar, ya que para organizar ahí un lugar hace falta esa referencia de la que los accidentes orgánicos hacen que ella se encuentre en lo que se llame anatómicamente el macho. A partir de este suspenso llevado sobre el órgano se encuentra una orientación para los dos el hombre y la mujer. Que la función, dicho de otra manera, toma su valor al estar con relación a este agujero, a esta hiancia del complejo de castración en una posición invertida. Una inversión es un sentido antes de invertir puede que no haya ningún sentido subjetibable. Después de todo, es quizás a eso que hace falta relaciónar el hecho asombroso que les he dicho siempre, de que las psicoanalistas mujeres no nos han enseñado más que lo que los psicoanalistas hombres han sido capaces de elucubrar sobre su goce, es decir, poca cosa. A partir de una inversión hay una orientación por poco que sea, si todo lo que puede orientar en el acto sexual es el goce de la mujer se comprende que hasta nueva orden tengamos que contentarnos con eso. En suma, esto nos deja en un punto que tiene sus carácterísticas; diremos que del acto sexual lo que puede actualmente formularse en la dimensión de lo que se llama en otros registros la buena intensión, una intensión derecha concerniente al acto sexual. He aquí al menos lo que puede formularse en el punto donde estamos, lo que razonablemente, al decir de los psicoanalistas debe bastarnos.

Todo esto está bastante bien expresado en el mito fundamental cuando se dice que el padre original goza de todas las mujeres. ¿Quiere decir que las mujeres gozan tan poco?. El tema queda intacto y no es sólo humorísticamente que lo invoco, lo verán es ahí es una cuestión clave. Es decir, en todo lo que voy a tener que articular respecto de lo que retomaré, lo que he dejado abierto la última vez: que si nos hacía falta dejar erial y desierto el campo central, el del uno100, de la unión sexual en tanto que derrapa de la idea de un proceso de partición es porque permite fundar los roles que llamamos significantes del hombre y de la mujer. Eso en el umbral de lo que les he dejado la última vez a saber, otra conjunción, la del Otro sobre el registro, sobre las tablillas, en que se inscribe esta aventura.

Les he dicho que este registro y estas tablillas ni eran otra cosa que el cuerpo mismo, que esa relación del Otro con el partenaire que le queda, es de lo que hemos partido y no es por nada que lo he llamado a, es vuestra sustancia. Vuestra sustancia de sujeto, en tanto que como sujeto ustedes no tienen ninguna sino este objeto caído de la inscripción significante, este a, esta suerte de fragmento de la pertenencia de la balada del A. Es decir, ustedes mismos que están aquí en tanto presencia subjetiva, pero cuando allá terminado mostrarán vuestra naturaleza de objeto a en el barrido de esta sala.

Dejaré en suspenso la cuestión del objeto fálico porque hace falta y no es una necesidad que sólo a mi se me impone, el que despeje     la manera en la que es soportado como objeto. Todo esto para percatarme de que él mismo no está soportado, es lo que quiere decir el complejo de castración. No hay objeto fálico, es lo que nos da nuestra única chance de que haya un acto sexual; no es la castración es el objeto fálico el efecto del sueño alrededor del cual encalla el acto sexual.

No hay que hacer sentir lo que estoy articulado más bella ilustración que a dada por La biblia. Si ustedes se han vuelto sordos a la lectura vayan a la iglesia de San Marcos en Venecia, en ninguna parte puede ser expresado en imagen con mayor relieve, lo que hay en el texto de El Génesis; entre otras cosas verán magnificado en forma sublime lo que llamaré esta idea infernal de Dios, cuando Adán era uno y hacía falta que fuese dos, era el hombre bajo esas dos caras: macho y hembra.

Es bueno, dice Dios, que tenga una compañía; lo que aún no sería nada sino vemos para proceder a esta adjunción, por más extraña que parezca, hasta ahí Adán figure hecho de tierra roja, eso se les ha pasado, Dios lo provee de sueño para extraerle una costilla de donde hace, decimos, la Eva primera. ¿Es que puede ver ilustración más atrapante de lo que introduce a la dialéctica del acto sexual?. El hecho de que el hombre en el momento preciso donde viene suplementariamente a marcarse sobre él la intervención divina, encuentra desde entonces teniendo como objeto un pedazo de su cuerpo.

Todo lo que acabo de decir, la ley mosaica misma, y también quizá el acento que agrega el señalamiento, es que ese pedazo no es el pene, ya que sin la circuncisión hay alguna suerte de incisión para ser marcado por ese signo negativo. ¿Es que ese signo no está hecho para hacer surgir ante nosotros lo que hay, diría, de perverso en la instauración, en el umbral del acto sexual, del mandato no serán más que una sola carne?. Lo que quiere decir un campo interpuesto entre nosotros y lo que podría ser algo que tuviera en el acto sexual en tanto que el hombre y la mujer se hacen valer el uno para el otro.

Hay que saber si este espesor es atravesable; si habrá una relación autónoma del cuerpo a algo que está separado después de haber formado parte suya. Tales el enigma, el filo donde vemos la ley del acto sexual en su dato crucial; que el hombre castrado pueda ser considerado debiendo estrechar ese complemento con el que puede engañarse, y Dios sabe que no deja de tomarlo por complemento fálico. Planteo hoy terminado mi discurso esta cuestión: que no sabemos aún como designar este complemento, llamémoslo lógico. La ficción de que este objeto sea otro, seguramente necesita del complejo de castración.

Ninguna maravilla que no diga en los márgenes míticos de La Biblia en los que se encuentran las pequeñas adiciones de los rabinos que nos diga qué puede ser la mujer primordial, la que estaba antes de Eva, lo que llama Lilith. La que bajo la forma de la serpiente y por la mano de Eva pone... ¿qué?... la manzana, objeto oral que quizás no está para otra cosa más que para deportar a Adán sobre el verdadero sentido de lo que ha pasado mientras dormía.

Así son tomadas las cosas en La Biblia, ya que se nos dice que a partir de ahí entra por primera vez en la dimensión del saber (el efecto del psicoanálisis es este) que hayamos referido al menos bajo dos de sus formas mayores y que se pueda decir también bajo otras dos, aunque el lazo no este aún hecho, cual es la naturaleza y la función de este objeto concentrado en esta manzana.

Es sólo por este camino que es posible que lleguemos a precisar mejor, y con una serie de efectos de contaste, al objeto fálico; hacia falta para articularlo que lo despeje de entrada.