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Estudio del psicoanálisis y psicología

Seminario 14: Clase 21, del 7 de Junio de 1967



Lo que hay de común en lo que se llama últimamente el estructuralismo es hacer depender la función del sujeto a la articulación significante. Es decir, que este signo distintivo puede quedar más o menos elidido como en un sentido lo está siempre. Sé que algunos de ustedes pueden encontrar que al respecto los análisis de Lévi-Strauss dejan este punto central en suspenso, dejándonos ante esta cuestión, desde hace algunos años su análisis está centrado en el mito. ¿Hace falta pensar que la miel esperaba desde siempre en el tabaco la verdad de su relación con la ceniza?. En cierto sentido es verdadero, es porque la puesta en suspenso del sujeto resulta, que basta para contribuir a algo que no es, sin embargo, una doctrina, que es solamente el reconocimiento de una eficacia que parece ser de la misma naturaleza que la que funda la ciencia. Queda una noción de clase tal que implicaría estructuralismos que un mínimo de carácterísticas no podría conjugar en un conjunto cierto número de búsquedas; para tomar la mía por ejemplo después de todo o es más que como oficio, como aparato adyuvante que he debido en principio, encontrar para articularla, esta necesidad subjetiva en el significante.

Es de alguna manera el prefacio, nada podría ser ahí correctamente penado sin esto; sin embargo, no es sin razón que debemos producir lo que en el mismo campo ha sido articulado demasiado rápido: la relación fundamental del sujeto así constituido con el cuerpo.

De donde surge que simbolismo quiere decir siempre simbolismo corporal, llego a lo que debí durante años deslindar, precisamente en razón del hecho que es así desde siempre articulado. Es decir, de una manera que carecía de lo esencial, ya que es demasiado precipitada, los miembros y el estómago; hace largo tiempo que he evocado en el horizonte la fábula de Mennenius y Agripa, no estaba tal mal. Comparar la nobleza al estómago, es mejor que compararla a la cabeza, ya que la cabeza remite a su lugar entre los miembros; es ir, sin embargo, un poco rápido.

Si lo sabemos es en razón de lo que está en el centro de nuestra búsqueda de analistas, es algo que, sin duda, pasa por las vías de la estructura de las incidencias del significante en lo real, en tanto introduce ahí al sujeto. Pero su centro es un signo que no puedo recordar con esta fuerza, más que en el momento en que instalo mi discurso en lo que puedo legítimamente llamar una lógica.

Es ese momento que puedo recordar que todo gira para nosotros, alrededor de lo que hace falta llamar la dificultad, no la de ser como decía el Otro en su gran edad, sino la dificultad inherente al acto sexual. Hay otras dificultades que han anunciado aquellas, introducir esta función de la dificultad no es nada, el día que la dificultad de la armonía social tomó su nombre legítimo, la lucha de clases, estaba dado un paso. La dificultad del acto sexual puede tener cierto peso uno se detiene ahí, si todo lo que tenemos que articular en ese campo se centra efectivamente sobre esta dificultad.

Sospecho una de las razones por la que los psicoanalistas prefieren atenerse a lo que planteaba La cosa... Lo que planteaba en el centro da luz a toda a una zona. Sospecho que hará falta que señale siempre que es, en principio, una dificultad lógica.

Se podría tener como inicial que la institución del matrimonio se revela tanto más —no diría sólida, es más que eso— resistente, que el derecho dado en nuestra saciedad de articularse a todas las aspiraciones como dicen los psicólogos, todas las aspiraciones tendientes al acto sexual. Ya que se encuentra que algo ha sido franqueado en el esclarecimiento de la dificultad de la armonía social, es asombroso que no sea especialmente allí que haya sido más abierto el derecho a articularse de las aspiraciones del acto sexual. El matrimonio se muestra, no diré más resistente, no hay nada que resistir- más instituido que en otra parte y que en campo donde las aspiraciones se articulan bajo mil formas eficaces en todos los campos del arte, del cine, de la palabra, sin contar la gran enfermedad neurótica de la civilización. El matrimonio queda en el centro sin modificarse no una pulgada en su estatuto fundamental.

Para resumir, esta institución está fundada sobre la sola enunciación una vez pronunciada (de la que me sirvo de otra manera como ejemplo para indicar la estructuración del mensaje en sí mismo) del tú eres mi mujer, lo que tiene necesidad de ser redoblado por otro anuncio, lo que vuelve caso puramente formal que se le pregunte si ella está de acuerdo.

Esto tiende, al menos por el momento, bajo todas las formas donde esta institución persiste, a la inauguración de lo que llamamos una pareja definida como productora. No es decir que se trata de una pareja en el sentido del affaire sexual, seguramente es exigible, pero hace falta remarcar que podemos decir que su producto es otra cosa que el niño reducido al retorno biológico, al efecto de la función de reproducción. Es lo queremos decir designando como a lo que tenemos que interrogar desde el inicio de su entrada en el acto sexual. El es ya el producto y no solamente como retoño biológico.

Este a les he dicho que pueden groseramente, si quieren situarlo en vuestras casillas filosóficas, identificarlo a lo que en último término ha llegado el residuo de esta traducción, después de haber llevado hasta su perfección el aislamiento de la función del sujeto. No queda menos ante nosotros que hacer signo: bye bye.

Vean ahora qué me sucede y donde están, aunque sea un poco sumergido en este mundo cambiante que va a salir de la última de sus contradicciónes; comienza en ese momento, les indica, sin embargo, que un pequeño residuo quedaba de esa benéfica dialéctica a la que estaba ofrecido de entrada el orden total, el saber absoluto que se llama Dasein. Este residuo de presencia en tanto ligado a la tradición filosófica, lo recibimos de su mano; lo encontramos precisamente como el subproducto de algo que estaba enmascarado en la dialéctica del sujeto, a saber, que ella tiene que ver con el acto sexual. Este residuo subjetivo ya está ahí en el momento en que se plantea la cuestión del modo en que va a jugar en el acto sexual.

Si todo el discurso humano está así estructurado de forma tal que deja hiante la posibilidad misma de la instauración subjetiva implicada en el acto sexual es porque ya ha producido, no en cada sujeto, sino al nivel mismo de su nivel subjetivo, esta lluvia, este torrente de residuo que acompaña a cada uno de los sujetos interesados en el proceso. Así se encuentra, pienso que lo recuerdan, porque es por ese lado que hemos aproximado ese residuo, es al fin de cuentas la juntura más segura, por parcial que sea en su esencia, la juntura más segura del sujeto con el cuerpo.

Este se presenta como cuerpo, pero no como cuerpo total, sino como caída, desviado respecto de este cuerpo del que depende según una estructura que hay que sostener si se quiere comprenderla. No se puede comprenderla más que al referirse al centro y es lo que mantiene indicaciones como la de incidencia de los objetos que llamo a, que todos ligados —no se dice al acto, ya que soy quien lo dijo primero— a algo que ahí, sin embargo, se destina, ya que está alrededor de la prematuración biológica en tanto que evoca este llamado hecho al cuerpo hacia el lugar del acto. No solamente prematuración de su tentativa, prepubertad, se nos dice primer empuje que indica el porvenir y el horizonte por sí mismo, pero no sin invocar toda una conjunción, toda una circunstancia social de presión, de apreciación al menos de referencia, llamadas cursivas, de demanda y de deseo, ya preformado que llegan al sujeto como a, como subproducto que ese punto central dificulta a la dificultad misma.

Quizá la carencia relativa en que si ella misma es relativa no es menos radical, digo quizá los psicoanalistas respecto de su tarea atienden a lo que no se plantean ellos mismos como ligados a probar la extrema dificultad del acto sexual. Ya que el psicoanálisis didáctico, si es más que exigible para cada uno de ellos, digamos los efectos de azar cicatrizados de esta dificultad en cada uno, no es decir que constituye en sí mismo el hecho de ponerse a prueba en esa dificultad. Es bastante cómodo franquear la limpieza, la purificación previa, retornar a las pantuflas que no son, aunque se diga, el lugar elegido del acto sexual. Es ya un acceso que permite pensar el deseo.

¿Piensan que les doy esta orden: que se trata de pensar el acto sexual?. Un acto, nótenlo si recuerdan la manera en la que lo he introducido, no tiene necesidad de ser pensado para ser un acto. La cuestión que se plantea es saber que si no es por eso que es un acto. No iré más lejos en este sentido que sólo favorece demasiado los semblantes del acto. El hecho no es cómodo, pero haga falta o no pensarlo, no se lo puede pensar más que después de la naturaleza del acto; hace falta conocer primero lo que quizá no excluye que sea pensado decirles que si se parte de la dificultad del acto sexual no es para poner al alcance de la mano el tiempo de pensar.

Retomamos en el nivel más raso cómo se plantea si es un acto: constitución en acto de un significante a partir de algunas nociones, no invocando más que el registro del movimiento, algo medible en el pensamiento de un cuerpo. Debe haber si el significante se reduce a la más mínima cadena, esta oposición que ya he inscripto sobre sus pequeñas placas desatendidos en uno de mis artículos, que traduciremos aquí por soy un hombre y su relación con soy una mujer. Volveremos a lo que siempre se presentaba como el mensaje bajo la forma invertida. No es acaso fabuloso que no podamos, en caso alguno dar cuenta de un lazo entre esos dos términos que justifique que tomemos para uno al otro invertido. Hace falta entonces, que los interroguemos tal como son, que no ignoremos, tal como está articulado en cada línea de Freud, la total incapacidad de darles un correlato sobre lo que sea. Actividad, pasividad, no son más que sustitutos que cada vez que los emplea Freud subraya su carácter, no diré inadecuado, sino sospechoso.

Retomamos las cuestiones con los aparatos que nos prevé nuestra pequeña tradición del manejo del sujeto. Debe poder ser puesta a prueba aquí, y aún no sirve para nada, la manera en la que será repelido por el objeto nos instruirá quizás sobre el objeto mismo, por ejemplo su elasticidad.

El ser  macho tanto como el ser hembra a nivel del discurso en la misma posición, vamos a encontrar algo análogo a lo que nos ha llevado nuestro manejo del sujeto. Debe haber dos caras, hay una en sí y otra para algo, pero lo que no se ve enseguida es que está del todo el para sí, por la razón de la exigencia fundamental de que el acto sexual no puede quedar para sí, pero no digamos que es para aquel con quien hace el par.

Ahí debe servirnos la introducción de la función del Otro, lo que corresponde a nuestra interrogación como opuesta al en sí, más bien resbaladiza, que corresponde al ser macho y aún más al ser mujer, es uno para el Otro. Es decir, lo que nos ha hecho falta evocar al principio, el lugar donde el mensaje le vuelve en forma invertida, se los he hecho notar, es un repaso, lo haré más acentuado la próxima vez pero no puedo aquí más que interesarlos al pasar.

Alternativa de la que he extendido su alcance, mostrando que no es simplemente el de la alienación, ya que nos permite de ahora en mas, desde el primer trimestre, situar esta operación lógica de la alienación respecto de las otras dos. Ustedes habrán quizá olvidado que forman con ella algo que he estudiado a la manera del grupo de Klein. Brevemente, ese pequeño rectángulo donde situé la alienación fundamental del sujeto, precisamente en su relación posible de no ser más que el lugar marcado por el acto sexual bajo la forma lógica de la sublimación. Esa alternativa, o no pienso o no soy, elección seductora como lo ven, que es el inicio de lo que se le ofrece al sujeto desde que se introduce la perspectiva de un inconsciente, en tanto hecho de esta dificultad del acto sexual, ven aquí como se reparte.

El no pienso es el en sí, el para sí jamás manifiesta ser macho o mujer, estando el no soy del lado del para el otro. El acto sexual es llamado a asegurar, ya que allí se funda, algo que podemos denominar un signo viniendo del no pienso, de donde soy como no pensante, para llegar al no soy, donde soy como no siendo.

Si soy donde no pienso y pienso donde no soy es la ocasión de recordar esa relación que tiene a bien arribar al no soy, es decir, yo macho nivel de la mujer; es, sin embargo, ahí, fueran las que fuesen las pretensiones de los filósofos al despejar el to _roueiu cogito del to koareiu, gozo, es, sin embargo, ahí que mi destino se juega a nivel del to _roueiu. El hecho de haber dialogado con Sócrates no ha impedido jamas a nadie tener objeciones que cosquilleen que molesten mucho su to _roueiu .

El paso siguiente se nos ofrece, y es por eso que lo he recordado por la función del mensaje; imprudentemente y no sabiendo lo que no digo me anuncié como siendo hombre ahí donde no pienso bajo esta forma del tú eres mi mujer, ahí donde no soy. Tiene, sin embargo, el interés de dar a la mujer la posibilidad de anunciarse también; es lo que exige que ella este allí a título de sujeto, ya que deviene sujeto como Yo desde que se anuncia, este encuentro bajo la forma pura, tanto más pura porque no se sabe lo que se dice, es lo que pone en primer plano la función del sujeto sexual. Es aún como puro sujeto que nos percatamos, precisamente a nivel del fundamento de este acto que ese puro sujeto se sitúa en la unión, o para decir mejor, la desunión del cuerpo y del goce.

Si quieren decirme que aquí mismo que después de todo, de este acto, podemos abstenernos de sus exigencias de acto, que no se tienen quizás necesidad del acto sexual para huir de una manera perfectamente conveniente, es que se trata, de saber, en el relieve del acto, que exige el sujeto, quizás es poco decir que todo se sostiene en los significantes hombre-mujer, si no sabemos aún lo que quiere decir. En efecto la incidencia del sujeto no se ve tanto en la palabra mujer como en la palabra macho.

El goce, es un término ambigüo, se desliza desde donde se dice que no hay goce más que del cuerpo, y que abre el campo del goce desde donde vienen a inscribirse los límites severos en que el sujeto se contenta con las incidencias del placer, sentido donde gozar, he dicho es poseer al macho. Gozo de algo, lo que deja en suspenso la cuestión de saber si de lo que gozo goza alrededor del me, y precisamente esta separación del goce y del cuerpo, ya que no es para nada lo que he introducido la última vez en referencia a esta articulación frágil de estar limitado en el campo tradicional de la génesis del sujeto de La Fenomenología del espíritu, del amo y del esclavo, Yo gozo de mi cuerpo, es decir, tu cuerpo deviene la metáfora de mi goce. Hegel no ha olvidado que no es más que una metáfora, es decir, que si no soy amo mi goce ya está desplazado, depende de la metáfora del siervo, que para él como para lo que interrogo en el acto sexual hay otro goce que esta a la deriva.

¿Tengo necesidad de escribirlo?. Se trata de saber que hay bajo la forma de mi cuerpo, no pienso, por inocente que sea, llamarlo mi, tiene que ver con la relación de metáfora que fundaría de la manera más elegante, y más cómoda, con el goce que están en cuestión y que hace la dificultad del acto sexual.

Van a decirme, porque es al nivel de la mujer que es cuestionado. Vamos a decirlo simple y rápidamente (todos los psicoanalistas lo saben, no saben decirlo, por eso lo saben) por esto: que hombre y mujer no han sido capaces de articular la menor cosa sobre el goce femenino. No estoy diciéndoles que el goce femenino no pueda tomar este lugar, está ahí la dificultad del acto sexual. Esta referencia al amo y al esclavo, a saber el goce a la deriva no hay razón para que no sea siempre el goce tanto más en tanto no ha tenido, como el amo la idiotez de arriesgarlo. ¿Por qué no lo habría guardado?. No es porque su goce no continúe su pequeña vida, como todo lo prueba.

Si lee la comedia antigua relean al querido Terencio por ejemplo, que no es precisamente un primitivo sino todo lo contrario, de quien se puede aún decir que lleva las cosas tan lejos que sobrepasa en simplicidad todo lo que podemos sobre eso cogitar. Es más simple que un filme de Robbe-Grillet, aún cuando es descuidado. Pero él no es descuidado. Solamente nosotros percibimos de qué se trata. Hay una historia de Adriana por ejemplo, van a leerlo y decir: —¡Mi Dios, que historia!. Todo porque un muchacho que tiene un padre, debe o no desposar a una muchacha de clase alta o baja, y como al fin la de clase baja se revela como siendo de clase alta a causa de esta historia eterna de los reconocimientos; ella ha sido raptada. ¡Qué historia y qué historia idiota!. Solamente lo que hay de molesto si razonan así, es que no ven que no hay más de una persona interesada en toda esta historia que se llama Davus; es un esclavo ya que no toma todo esto en serio, es el único inteligente entre todas esas personas, no se sueña sugerir que los otros podrán llegar a serlo. El padre juega el rol paterno hasta el grado de embrutecimiento previsible, redundante. El hijo es un pobre chiquillo completamente descarriado. A las muchachas en juego no se las ve, no interesan a nadie. Hay un esclavo que se abate por su amo, casi que arriesga de un minuto a otro (está escrito) ser crucificado y lleva el asunto magistralmente, hay que decirlo.

He aquí de qué se trata en la comedia antigua, de esto que no tiene casi para nosotros interés alguno, a saber, mostrarles que puede haber una cuestión sobre la que adviene el goce, cuando se produce este pequeño movimiento de desfasaje, que esta constituido desde que se introduce entre el cuerpo y el goce la función del sujeto.

No es con el goce propio de un cuerpo, en tanto el goce lo define, un cuerpo es algo que puede gozar, solamente se lo hace aparecer como la metáfora del goce de otro. ¿Qué deviene el suyo?, ¿se intercambia?. Aquí radica toda la cuestión pero no está resuelta. ¿Por qué?. Los analistas lo sabemos, lo que no quiere decir que siempre podamos decirlo, es una observación general, no hace falta repetirlo todo el tiempo, la función del cuerpo, lo hemos repetido siempre, es ser el lugar del Otro.

No sabemos si está en el tú eres mi mujer, a saber, si el cuerpo de la mujer es la metáfora de su goce (de él), es porque no hay pareja en juego en el acto sexual. Como otros estructuralistas en otros campos lo han señalado, la relación del hombre y la mujer está sometida a las funciones del intercambio que al mismo tiempo implican un valor de cambio. Y que el lugar donde algo se usa y es afectado de esa negativización hace de eso un valor de cambio, que es (debido a la constitución natural de la copulación), tomado sobre el goce masculino en tanto se sabe donde está, así se lo cree. Hay un pequeño órgano que se puede atrapar, es lo que hace el bebé con mucha facilidad.

Hago un paréntesis, hace falta que se los muestre, me han dado un librito romántico sobre la masturbación, con ilustraciones, es algo tan encantador que no puedo creer que si lo hago circular por aquí vuelva.

Si aquello está oculto es porque la mujer que en el acto sexual se funda como sujeto, toma de hecho la función de valor de cambio, recubriendo lo que está ya instituido como valor en lo que el psicoanálisis revela bajo el nombre de complejo de castración. No es que el intercambio de las mujeres pueda volver a traducirse como intercambios de falos, sino que el primero simboliza el goce, substraído como tal, pasa al rango de valor, y que deviniendo la mujer metáfora del goce, el falo es la metáfora que conviene para designar esa parte del cuerpo negativizada.

Si otro proceso, el de intercambio social viene a injertarse, procurando el material destinado al acto sexual, no deja menos en suspenso la posibilidad de articular algo para situar a la mujer en su función de metáfora, con relación a un goce pasado a la función de valor.

Esta expresado en más de un mito, de los cuales el más extenso, el de Isis muestra a una Diosa en duelo eterno por el hecho de que esa íntima parte del cuerpo queda, entre las partes que ha reagrupado, inhallable.

Ahora bien, la Diosa se define como puro goce, y es lo que lo distingue de un mortal; lo que no quiere decir que los Dioses no tengan cuerpo, como ellos no lo ignoran, he aquí donde esta economía aparece como ejemplar.

Los Dioses no tienen cuerpos, simplemente, como ustedes saben, lo cambian.

Hasta el Dios de Israel tiene un cuerpo, hace falta estar loco para no darse cuenta, ese cuerpo es una columna de fuego a la noche y de humo en el día; está dicho en su libro y se trata de su cuerpo.

Son las cosas que hubiera podido desarrollar mejor si hubiera dado el Seminario sobre los nombres del Padre. La Diosa es goce, es importante recordarlo, y su estatuto de Diosa es ser goce, desconocerlo es condenarse a no entender nada del goce; por eso el Filebo es ejemplar, donde una réplica nos anuncia que en ningún caso los Dioses tienen que ver con el goce, no sería digno de ellos.

Este es el punto falible de comienzo del discurso filosófico, haber desconocido radicalmente el estatuto del goce en el orden de los entes. No hago estos señalamientos de manera incidentales para recordarles el alcance de la lectura del Filebo permite con exactitud ejemplar el campo limitado, de lo que se desarrolla todo lo que será el estatuto del sujeto y lo que significa la recuperación de las cuestiones que han sido hechas dejada de lado.

Henos aquí alrededor de la cuestión del goce en el acto sexual, digamos para introducir el fin de mi discurso, pero que es esencial articular con la más extrema escansión, pero que nos permite reparar en qué los actos que se ponen, y legítimamente en el registro de la perversión, conciernen al acto sexual. Si conciernen al acto sexual es porque en el punto donde se trata del goce, verán que puede no ser menos cuestión a nivel del cuerpo de la mujer. Es por un segundo sesgo que podemos abordarlo dado que la captura, el modelo, que nos es dado de lo que aparecerá en las tentativas de solución y en la instauración del valor de goce, es el hecho de que la función de cierto órgano sea negativizada, el mismo por donde la naturaleza por la oferta de placer asegura la función copulante de una manera absolutamente contingente, accesoria. En otras especies animales la asegura de manera diferente, con ganchos, por ejemplo, y nada puede asegurarnos que este órgano tenga algo que concierna al goce.

He aquí por donde se introduce la noción de valor, es el nivel donde la cuestión del goce que esto entra en forma de pregunta. Plantearse la cuestión del goce femenino es ya abrir la puerta de todos los actos perversos. Esto resulta porque los hombres tienen en apariencia, al menos, el privilegio de las grandes posiciones perversas. Es ya algo que se pueda plantear la cuestión aunque la mujer misma tenga sospechas por la reflexión que introduce en ella esta falta del goce del hombre; ella entra en este campo por la vía del deseo, que como lo enseño es el deseo del Otro, es decir, el deseo del hombre. Pero es para el hombre que se plantea primitivamente la cuestión del goce, se plantea porque está comprometida de entrada en el fundamento de la posibilidad del acto sexual. La manera en que los va a interrogar es a través de los objetos a, en tanto que marginales, que escapan a la estructura especular del cuerpo. Es el espejismo por el que digo que el alma es la forma del cuerpo, que todo lo del cuerpo pasa en el alma; ahí está lo que puede ser retenido, la imagen del cuerpo. Es por lo que tantos analistas creen que pueden asir qué hay en nuestra referencia al cuerpo de donde tantos absurdos, ya que es precisamente en esta parte del cuerpo en esos extraños límites, como diré comentando esas imagenes esféricas symphyse, en las partes del cuerpo que llamaremos por relación a la reflexión parte anestésica. Ahí se refugia la cuestión del goce y es a estos objetos que el sujeto para quien esta cuestión se plantea en primer rango, el sujeto macho se dirige para plantear la cuestión del goce. En ese momento les deja de aparecer una fórmula cerrada y es cierto en tanto que haría falta sobre cada uno de estos objetos mayores que acabo de evocar que son los que designo bajo el nombre de objeto a, demostrarlo de manera ejemplar. Pero lo que demostraré en nuestro próximo encuentro, es cómo esos objetos sirven de elementos cuestionadores, esto no puede darse más que a partir de lo que he articulado, la ultima vez, y aún hoy, como separación constitutiva del cuerpo y del goce. Tengo solamente necesidad de comenzar indicando, para que vuestros pensamientos vayan sobre la vía de la pulsión que se llama erradamente sado-masoquista —pero que, sin embargo, junto con la escoptofílica son los únicos términos con que se sirve Freud como pivote cuando tiene que definir la pulsión— juega un juego donde lo que está en cuestión lo está en un punto marcado con mi signo S(A/), a saber, la disyunción del goce y del cuerpo. Es en tanto lo verán la próxima vez en detalle que el masoquista (es del que partiré) interroga la completud y el rigor de esta separación y la sostiene como tal. Es por ahí que viene a partir, podría decir, del campo del Otro lo que queda para él disponible de cierto juego del goce. Ya que el masoquista da una solución que no es vía del acto sexual, sino que podríamos situarla de manera aproximativa sobre la posición fundamental del masoquista en tanto que estructura perversa que en su nivel, por haberlo articulado en su tiempo que es aquí primordial, el único que nos permite distinguir que hace falta distinguirlos, el acto perverso del neurótico.

Verán, se los indico ya que el sentimiento de no haber dicho de eso mucho hoy, en tanto puede a algunos servir ya de tema de reflexión, que hace falta radicalmente distinguir el acto perverso del neurótico. El acto perverso se sitúa al nivel de la cuestión del goce. El acto neurótico, aún si se refiere al modelo del acto perverso no tiene otro fin que sostener lo que no tiene nada que ver con la cuestión del acto sexual, a saber, el efecto del deseo. No es más que plantear las cuestiones de manera radical y no puede ser radical más que articulándolo lógicamente; así podemos distinguir la función fundamental del acto perverso quiero decir, percibir que es distinto de todo lo que parece ya que este nos presta su fantasma.