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Estudio del psicoanálisis y psicología

Seminario 8: Clase 28, L'analyste et son deuil (el analista y su duelo), 28 de Junio de 1961



En la invocación de Platón al principio del "Critias" se hablo del tono como de un elemento esencial en la mesura de lo que se dice.

Platón invoca lo que es el objeto de lo que va a hablar: el nacimiento de los Dioses. Nosotros hemos estado, lateralmente, muy cerca de este tema.

Para alguien que hace gala de ateísmo, les sorprenderá oír hablar de los Dioses como de aquello que se encuentra en lo Real.

Lo que les digo aquí es sentido por muchos como siéndoles dirigido en forma particular, no individual, y con más razón tampoco colectiva.

Es pues que hay mucho lugar entre uno y otro, es lo que tal vez, propiamente hablando se llama hablar en el desierto. No es que me vaya a quejar de deserción alguna: en el desierto, puede haber una muchedumbre. El desierto no está constituido por el vacío.

Lo importante es que ustedes hayan venido a encontrarme un poco en el desierto. Todos ustedes tienen una pequeña preocupación acerca del límite del desierto.

Es por esto que me aseguro que lo que diga aquí no esté nunca hecho estorbando el rol que debo desempeñar, que es el del analista.

Para decirlo todo, es en la medida en que mi discurso, en tanto que apunta a la posición de psicoanalista, y que yo distingo esta posición como estando en el corazón de la respuesta que el analista debe dar al poder de la transferencia, en este lugar el analista debe ausentar se de todo ideal del analista, es en la medida en que mi discurso respeta esta condición, que puedo sostener las dos posiciones, la de analista y la de aquél que les habla del análisis.

Seguramente, se puede formular algo del orden del ideal: hay capacitaciones del analista, el analista no debe ignorar ciertas cosas. Pero no es esto lo que está en juego en su posición de analista.

Platón, al principio del "Critias" se refiere al saber sobre la garantía de que el tono permanecerá mesurado. En su época la ambigüedad era menor. El sentido de la palabra "saber" es a lo que apunto a propósito de la posición del analista, y justifica la imagen ejemplar de Sócrates.

Henos aquí arribados la ultima vez, a este punto esencial de la función del objeto "a", a pesar de ser la que menos he elucidado hasta ahora.

Lo he hecho respecto a esta función del objeto en tanto que él se presenta como parte separada, "objeto parcial" como se dice. Y, llevándolos al texto al que les ruego se remitan, les he hecho notar que Abraham entiende allí formalmente el amor del objeto, del cual justamente esta parte está excluida, es el amor menos el objeto parcial.

En ultimo termino, las especulaciones de Winnicot sobre el objeto transicional se relaciónan con las meditaciones del círculo kleiniano.

Esta "parcialidad" del objeto tiene la relación más estrecha con la función de la metonimia, que se presta en gramática a los mismos equívocos: es la parte tomada por el todo. Esto deja todo abierto como verdad y como error:

Como verdad: esta parte se transforma y se convierte en el significante.

Como error: nos referimos a la realidad para comprenderla.

Vean la relación entre el objeto del deseo en tanto que su estructuración como objeto parcial es fundamental en la experiencia analítica, y que el correlato libidinal, por este hecho, es aquello que permanece más irreductiblemente investido a nivel del cuerpo propio; esto constituye el hecho fundamental del narcisismo y su núcleo central.

Es en tanto que, según Abraham, el falo real permanece, sin que lo sepa el sujeto, como aquello alrededor de lo cual es preservado el investimiento máximo; es en esta relación misma que este objeto parcial es elidido, dejado en blanco en la imagen. del otro en tanto que investido (besetzt), no solamente de una carga, sino de algo que rodea este blanco central. Es notable que la imagen que podemos erigir en el apogeo de la fascinación del deseo, del tema platónico en el pincel de Botticelli, se renueva: Venus, saliendo de la ola, este cuerpo erigido por encima del oleaje del amor amargo, Venus también Lolita; qué nos enseña esta imagen a nosotros, los analistas, si hemos sabido identificarla en la ecuación simbólica: girl = phalius (Fenichel), sino que el falo, allí donde lo vemos simbólicamente, es justamente donde no está; allí donde lo suponemos, bajo el velo, manifestarse en la erección del deseo, es de este lado de acá del espejo.

Si está allí ante nosotros, en el cuerpo deslumbrante de Venus, es en tanto que no está allí, y que esta forma esta investida por todos los atractivos "Triebregungen" que lo cercan del afuera; el falo está de este lado de acá del espejo, en el interior de este recinto narcisístico.

Lo que emerge de forma fascinante, se encuentra investido de oleajes libidinales que vienen de A, de allí donde ha sido retirado del fundamento narcisístico en que viene a formarse la estructura objetal, con la condición de que respetemos sus aportes y sus elementos, Aquello que constituye las "Triebregungen" en el Deseo, distinto de la Demanda y de la Necesidad, tiene su sitio en este resto al cual corresponde, en la imagen, ese espejo por el cual ella es identificada a la parte que le falta y cuya presencia invisible da su brillo a la Belleza.

Es este el punto central de lo que tenemos que pensar de la función de A.

Recuerden el mito de la mano que se tiende hacia el leño. Qué extraño calor debería llevar consigo esta mano, para que el mito sea verdadero, para que por su acercamiento brote esta llama por la cual toma fuego el objeto, milagro puro, ya que por más raro que sea este fenómeno, aún es necesario que se pueda considerar como impensable que no se lo pudiera impedir.

Este milagro implica que en el medio de este fuego inducido, aparezca una mano.

Tal es la imagen ideal de un fenómeno soñado como aquél del amor.

Todos saben que el fuego del amor no quema más que en voz baja. Que la pólvora húmeda pueda contenerlo sin que afuera se revele nada. En El Banquete, la naturaleza del amor es la naturaleza de lo húmedo (III); lo que es allí el reservorio de amor total en tanto que es amor de viviente, es esta sombra narcisística, cuya presencia anticipé la última vez, esta mancha de moho (moisissure).

Este moho (moisi) puede ser nombrado mejor de lo que se piensa, si la palabra (mot) es incluida. Nos uniríamos a la especulación del tierno Fénelon, ondulante cuando ha hecho también él del moi el signo de no sé qué aparentemente M.R.P. a la divinidad.

Este olor a rata reventada de la ropa interior sobre el reborde de una bañadera, permite notar allí un signo humano esencial. En estilo de analista, no es únicamente por preferencia que lo prefiera a las vías que se califican de abstracción, puede ser para cuidar en ustedes un olfato que yo podría adular igual que cualquier otro.

El analista, sin saber muy bien delimitarlo en la escala, ha delimitado este punto alrededor del complejo urinario con su relación oscura con el fuego (mear encima —uro, yo quemo— urina, la orina). Con la relación que hay entre el secado de las sábanas, y más tarde el erotismo, (¿Por qué Pierrot está en blanco?). Se ve la relación entre la enuresis y las primeras poluciones.

Es alrededor de esto que juega la dialéctica del amor y del deseo.

El objeto central, el pequeño mapa geográfico, la pequeña Córcega en la bandera, que todo analista conoce bien, el objeto del deseo se presenta como un objeto salvado de las aguas de vuestro amor. Debe ser situado en el seno de la misma zarza ardiente en que fue anunciado lo que hay en su opaca respuesta: "Soy lo que soy"

A punto de saber quién habla, somos siempre llevados a esta interrogación del diablo de Cazzotte, de donde puede asimismo salir la pequeña perra del deseo (Ché Vuoi?).

Este es el punto cumbre del "a" del deseo que, en cuanto al atractivo libidinal del "a", nunca es superado; lo que lo antecede en el desarrollo: a saber, las formas primeras del objeto en tanto que separadas, seno, heces, no toman su función más que "nachträglich". Son retomadas como habiendo jugado su juego en el mismo lugar, en la dialéctica del amor a partir de las demandas primitivas, del "Trieb" de la nutrición que se ha instaurado desde el inicio; porque la madre habla, se apela a otro objeto que el seno, para distinguir otro plano; el seno que no es solamente lo que se devora, sino lo que se rehusa porque ya se quiere otra cosa.

Es alrededor de la demanda que las heces (primer regalo) se retienen o se dan como respuesta a la demanda.

En las relaciones oral, anal, el Tener se confunde con el Ser, El Tener sirve al llamado del Ser de la madre, más allá de lo que ella puede aportar de soporte anaclítico.

Es a partir del advenimiento del falo en esta dialéctica que se abre, por haber estado reunida en el, la distinción entre el Ser y el Tener.

Más allá del objeto fálico, la cuestión se abre, en el lugar del objeto, de otra manera.

Lo que presenta en esta emergencia de isla, este fantasma, este reflejo donde se encarna como objeto de deseo en la imagen más sublime, en aquello que le falta, es a partir de allí que se origina la continuación de la relación del sujeto con el objeto del deseo.

Si el cautiva por aquello que le falta allí, ¿dónde encontrar aquélla por lo cual él cautiva?.

La continuación y el horizonte de la relación con el objeto, si no es ante todo una relación conservadora, es interrogarle sobre lo que tiene en el vientre, aquello que se continúa sobre la línea donde tratamos de aislar la función de "a", es la línea sadiana, por donde el objeto es interrogado hasta las profundidades de su ser, por donde le es solicitado volverse a lo que tiene de escondido, para venir a llenar esta forma viva en tanto que fascinante. Lo que se le demanda al objeto, es hasta dónde puede soportar esta pregunta; evidentemente no puede soportarla más que hasta el punto en que la última falta ha sido revelada, hasta el punto en que esto se confunde con la destrucción del objeto.

Es porque este punto es revelado que se constituye esta última barrera de la Belleza, en que la exigencia de conservar el objeto se refleja sobre el sujeto mismo.

En Rabelais, cuando Gargantúa parte hacia la guerra: "Cuida lo que hay que conservar — la bragueta", su mujer le responde plena de sapiencia: "Compromételo todo, todo puede perderse, pero esto guárdalo irreductiblemente en el centro" — es justamente esto lo que se trata de no arriesgar.

Todo esto sería muy lindo, si fuera igual de fácil pensar el deseo a partir del sujeto, como si debiera más reencontrar, en el nivel del deseo, este mito en el que se ha desarrollado el nivel del conocimiento, de hacer del mundo esta vasta tela tirada del vientre de la araña-sujeto.

¿Seria tan simple que este sujeto dijera "yo deseo"?, Esto no es tan simple. Es mucho menos simple que decir "amo oceánicamente", como se expresa Freud a propósito de la experiencia religiosa. Yo amo, baño, inundo por añadidura —apenas como para mojar un pañuelo, sobre todo que esto es cada vez más raro; los grandes húmedos desaparecen desde la mitad del siglo XIX.

Ser deseante es otra cosa. Esto deja el juego en suspenso, los desafío a encontrarlo en el fantasma, fuera de donde lo indica Genet en "El Balcón": Cualesquiera que sean las elucubraciones de estos señores sedientos de encarnar su fantasma, hay un punto común a todos; es que hace falta en la ejecución, hace falta un rasgo que no haga verdad.

Es este el lugar del significante S barrado, para que se sepa que esto no es más que un significante: esto inauténtico, es el lagar del sujeto en tanto primera persona del fantasma.

La cedilla del ça (esto) en francés, es un apóstrofo; es en el apóstrofo de "c'est" (esto es o está) que yace la persona del inconsciente a nivel del fantasma.

Esto no facilita el pasaje del objeto a la objetalidad. Hay todo un desfasaje del objeto del deseo con respecto al objeto real, que está determinado fundamentalmente por el carácter negativo de la aparición del falo; del objeto, desde sus formas arcaicas (orificiales, anificiales, podría decirse) del pasado infantil al objeto de la mira ambivalente del deseo (objeto de destrucción), ya que esto no tiene ninguna necesidad más que de hablar en relación al objeto del deseo de un estadío supuestamente post-ambivalente.

Ligazón con el ataque sádico, de ninguna manera una pura y simple satisfacción de una agresión pretendidamente elemental, sino una forma de interrogar al objeto en su ser, sacar de allí el "o bien" que está introducido allí a partir del vértice fálico entre el Ser y el Tener.

Después del estadio fálico, nos reencontramos tan ambivalentes como antes. No es esta la peor desgracia. no vamos muy lejos con saber que a este objeto, en tanto que objeto del deseo, lo vamos a esconder en determinado momento, a falta de saber cómo proseguir la cuestión.

Forzar a un ser, ya que es esta la esencia del "a", más allá de una vida, no esta al alcance de todo el mundo; no es que no haya límites naturales al constreñimiento, al sufrimiento, es que incluso forzar a un ser al placer no es un problema que resolvamos tan fácilmente, por el hecho que conducimos nosotros el juego, que es de nosotros que se trata.

Justine resiste todos los malos tratos, si bien hace falta que intervenga Júpiter. Pero Justine no es más que una sombra. Juliette es la única que existe, pues es ella quien sueña. Como tal, y soñando, ella debe ofrecerse a todos los riesgos del deseo —y no los menores— a los que se expone la Justine. Va lejos.

Henos aquí llevados al sujeto: ¿cómo es que esta dialéctica del deseo puede ser conducida por el sujeto, si él no es más que un apóstrofo que está en una relación con el deseo del otro?.

Aquí interviene la función del Ideal del yo, en tanto que es de ella que se preserva i(a), el yo ideal, esta cosa preciosa que se trata de tomar, esta pequeña vasija símbolo de lo creado, en que cada uno trata de darse a sí mismo alguna consistencia: todo converge allí, todas las nociones de forma y de modelo, y, en la referencia al otro, tenemos en el inicio este soporte donde va a poder jugarse la captura de la flor. ¿Por qué?. Porque no hay ningún otro medio para que el sujeto subsista.

¿Qué es lo que nos enseña el análisis por la imagen de la fobia y del "Tótem", (de este Totem tan controvertido en nuestros días, que de el ya queda poco).

Bien se puede arriesgarlo todo por el placer, la gresca, la prestancia, y hasta la vida, pero no aquélla que liga al sujeto a esta imagen.

Que un Bororo no sea un Ara no es una fobia del Ara. El único factor común entre los dos, es la imagen en su función de discernimiento del objeto; es el yo ideal. Esta metáfora del deseante puede volverse urgente en cualquier cosa. En Juanito, es el momento en que lo deseado este sin defensa en el lugar del deseo del otro, donde amenaza la ribera, el límite, i(a): es allí donde el sujeto se recupera y aparece en la piel del oso antes de haber lo matado; Pero es una piel de oso dada vuelta; y es en el interior que el fóbico defiende al otro, se trata de la imagen especular. La imagen especular tiene un lado de investimiento, pero también otra cara, que es la de ser una barrera contra "el Pacífico" del amor.

El investimiento del otro es defendido por el yo ideal.

El investimiento del falo propio es defendido por el fóbico; la fobia es lo luminoso que aparece para indicar que se está rodando sobre la reserva de la libido. Aún se puede rodar un cierto tiempo con eso. Esto es lo que quiere decir la fobia, y es por eso que su soporte es el falo como significante

Recuerden al sujeto de E. Sharpe. Ese tosiqueo con el cual advierte a su analista, antes de entrar, de todo lo que está escondido detrás: ¿qué haría yo si estuviera en un lugar donde no quisiera que se me descubra?

Un pequeño ladrido: se diría "no es más que un perro" —ese perro que se ha masturbado sobre la pierna del paciente.

¿Qué es lo que encontramos?

Que el significante, más que nunca en posición de defensa, en el momento de entrar hace semblant de ser un perro. No es un perro, hace semblant. Son los otros los que son perros antes que él entre. El les advierte de tomar su apariencia humana.

Ser un perro, eso quiere decir que se hace "guauguau" nada más. Se diría "es un perro": valor del einziger Zug.

Y del mismo modo, cuando ustedes toman el esquema en el cual Freud nos presenta La identificación del Ideal del yo, lo hace por el desvío de la psicología colectiva. ¿Qué se produce (anticipando a Hitler) para que cada uno entre en esta fascinación que permite congelar a una masa?.

Todos los "moi" estando allí, algo frente a ellos, sus objetos, profuit = este elemento colectivo: el Ideal. Este ideal que durante un tiempo bastante corto permite todo y cualquier cosa. ¿Qué requiere?. Que estos "äussere Objekte'' sean tomados como teniendo un rasgo común.

Lo que es cierto a nivel colectivo, también lo es a nivel individual.

La función del Ideal, en la medida en que con cuerda la función de un sujeto con sus objetos, es en tanto que en el mundo del sujeto que habla, es un puro asunto metafórico conferirles un rasgo común.

En el mundo del sujeto que habla, es un puro asunto de decreto fijar este rasgo común a la diversidad de los objetos (perro, gato...), y de decretar que, para subsistir en un mundo donde el i(a) del sujeto sea respetado, hacen todos "guau guau". Tal es La función de este "einziger Zug".

Es esencial mantenerla también estructurada.

Fuera de este registro, es imposible saber lo que Freud dice en la psicología del Duelo y la Melancolía.

¿Qué es lo que significan el duelo y la melancolía? Con respecto al duelo, es en torno a la función metafórica de los rasgos, en lo que refieren al objeto del amor, en tanto tienen privilegio narcisístico, que va a girar toda la continuidad del duelo. Freud insiste sobre ello. El duelo consiste en autentificar la pérdida real del objeto pieza por pieza, signo por signo, Ideal por Ideal.

¿Qué habría que decir si este objeto fuera un "a", un objeto de deseo, sino que este objeto está siempre enmascarado detrás de sus atributos?

El asunto no comienza sino a partir de La Melancolía.

El objeto es allí mucho menos aprehensible, por estar ciertamente presente y desencadenar efectos catastróficos por amenazar allí a ese Trieb fundamental que los adhiere a la vida.

Freud indica no se que decepción que no sabe definir, ¿qué veremos nosotros allí para un objeto tan velado, oscuro?, Estos no son ninguno de los rasgos de un objeto que no se ve, al cual el sujeto se prende; podemos encontrar algunos a partir de sus propias carácterísticas: "no soy nada".

No es a la imagen especular a lo que se tiende.

El está en el dominio de las auto-acusaciones, en el dominio de lo simbólico, incluido allí el Tener: está arruinado.

¿Acaso esto no les indica algo?.

Este punto de conjunción no es el del duelo ni de la depresión en el sujeto por la pérdida de un objeto, sino de un cierto tipo de remordimientos, desencadenado por un cierto tipo que es del orden del suicidio del objeto.

Entonces, remordimientos a propósito de un objeto ingresada en el campo del deseo, y que, debido a ciertos riesgos que ha corrido en la aventura, ha desaparecido.

Analicen estos casos, Freud nos trazó la vía.

Ya en el duelo normal, esta pulsión que el sujeto vuelve contra si, era, en el lugar del objeto, una pulsión agresiva. Sondeen estos remordimientos dramáticos la fuerza de la cual vuelve contra el significante mismo una potencia de insulto que puede lindar con la de la melancolía, encontrarán ahí la fuente; con este objeto que se ha escapado así, no valía la pena tomar tantas precauciones —haberse alejado de su verdadero deseo si este deseo, a este objeto, se lo llega hasta a destruir,

Este ejemplo extremo, que no es raro ver en el rodeo de tal pérdida, después de lo que sucede entre sujetos deseantes, en el transcurso de esos largos abrazos que se denomina las oscilaciones del amor, les lleva al corazón de las relaciones entre I y a.

Este limite, en torno al cual siempre es cuestionada la seguridad del limite, es aquello de lo cual se trata en ese punto del fantasma, que es aquel con el cual debemos saber tratar.

Esto supone en el analista una completa función mental de la función del significante, en tanto debe captar por qué desvío es siempre ella la que está en juego cuando se trata de la posición del Ideal del yo.

Pero es algo distinto lo que concierne a la función del "a".

Lo que Sócrates sabe, y que el analista debe entrever, es que con respecto a "a" la cuestión es muy distinta de aquélla del acceso a ningún ideal. Lo que está en Juego aquí en esta isla, este campo del ser que el amor no puede sino circunscribir, es algo de lo cual el analista no puede más que pensar que cualquier objeto lo puede llenar.

Somos llevados a vacilar sobre los límites en que se plantea esta cuestión: ¿qué eres tú con cualquier objeto que entra una vez en el campo de nuestro deseo?.

Que no hay ningún objeto que tenga más valor que otro. Es en torno al duelo que está centrado el deseo del analista. Agatón hacia quien se dirige el elogio de Sócrates, es el más boludo de todos, y es a él a quien se atribuye haber dicho, bajo la forma ridícula, lo que hay de más verdadero en el amor. El no sabe lo que dice, y no por eso es menos el objeto amado. Y Sócrates dice a Alcibíades: "todo lo que me dices, es para él",

La función del analista conlleva un cierto duelo, "Amarás a tu prójimo como a tí mismo" (conservación del jarrón), es esto lo que quiere decir: a propósito de cualquier cosa, es plantear así la cuestión de la perfecta destructividad del deseo;a propósito de cualquier cosa, pueden interrogar ustedes mismos a un ser, a riesgo de desaparecer allí ustedes mismos.

Final del Seminario 8.