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Estudio del psicoanálisis y psicología

Historiales clínicos (Breuer y Freud): Señora Emmy von N. (40 años, de Livonia) (Freud)



Señora Emmy von N. (40 años, de Livonia) (Freud)

El 1º de mayo de 1889 comencé a prestar atención médica a una dama de unos cuarenta
años, cuyo padecimiento y cuya personalidad despertaron tanto mi interés que le consagré
buena parte de mi tiempo e hice de su restablecimiento mi misión. Era histérica, y con la
máxima prontitud caía en estado de sonambulismo; cuando reparé en esto, me resolví a
aplicarle el procedimiento de Breuer de exploración en estado de hipnosis, que yo conocía por
comunicaciones del mismo Breuer sobre el historial de curación de su primera paciente. Fue mi
primer intento de manejar este método terapéutico; yo estaba aún muy lejos de dominarlo, y de
hecho no levé suficientemente adelante el análisis de los síntomas patológicos, ni los
perseguí con el necesario plan. Para que pueda visualizarse el estado de la enferma y mi
proceder médico, acaso lo mejor será que reproduzca las notas que noche tras noche redacté
durante las primeras tres semanas del tratamiento. Toda vez que mi posterior experiencia me
ha proporcionado una inteligencia mejor, lo consigno en notas al pie o en puntualizaciones
intercaladas.
1º de mayo de 1889. Encuentro a una señora de aspecto todavía joven, con finos rasgos
faciales de corte singular, yacente sobre el diván, con un almohadón de cuero bajo la nuca. Su
rostro tiene expresión dolorida, tensa; sus ojos guiñan, la mirada abismada, el ceño arrugado,
bien marcados los surcos nasolabiales. Habla como trabajosamente, en voz queda,
interrumpida en ocasiones por un balbuceo espástico que llega hasta el tartamudeo. En tanto,
mantiene entrelazados los dedos de sus manos, que muestran una agitación incesante
semejante a la atetosis. En el rostro y los músculos del cuello, frecuentes contracciones a
modo de tics, de las que resaltan plásticamente algunas, sobre todo en los mastoideos
superiores. Además, se interrumpe a menudo en el habla para producir un curioso chasquido
que yo no puedo imitar.
Lo que dice es de todo punto coherente y atestigua evidentemente una formación y una
inteligencia nada comunes. Por eso es tanto más extraño que cada tantos minutos se
interrumpa de pronto, desfigure el rostro hasta darle tina expresión de horror y de asco, extienda
hacia mí su mano con los dedos abiertos y crispados, y al tiempo que lo hace prorrumpa en
estas palabras con una voz alterada por la angustia: «¡Quédese quieto! ¡No hable! ¡No me
toque!». Es probable que se encuentre bajo la impresión de una cruel alucinación recurrente y
con esa fórmula se defienda de la intromisión del extraño. Pero esa intercalación concluye
de manera igualmente repentina, y la enferma prosigue su discurso sin desovillar esa excitación
presente, sin explicar su comportamiento ni disculparse; es probable, entonces, que ella misma
no haya notado la interrupción.
Acerca de sus circunstancias de vida averiguo lo siguiente: Su familia es oriunda de Alemania
central; desde hace dos generaciones se ha establecido en las provincias rusas del Báltico,
haciendo allí considerable fortuna. Eran catorce hijos, ella la decimotercera; cuatro viven
todavía. Fue educada con esmero, pero de manera muy compulsiva, por una madre severa e
hiperenérgica. A los veintitrés años se casó con un hombre muy talentoso y capaz, quien, como
gran industrial, se había labrado una posición descollante, pero era mucho mayor que ella. Murió
repentinamente, de apoplejía, tras una breve vida matrimonial. Ella indica como causa de su
enfermedad ese suceso, así como la educación de sus dos hijas, ahora de catorce y dieciséis
años de edad, ambas muy enfermizas y que padecen de perturbaciones nerviosas. Desde l
muerte de su marido, hace catorce años, ella siempre estuvo enferma con variable intensidad.
Cuatro años atrás, una cura de masajes unida a baños eléctricos le aportaron un alivio
pasajero, pero todos sus otros empeños por recobrar la salud fueron infructuosos. Ha viajado
mucho, y tiene vastos y vivos intereses. En el presente mora en una residencia señorial sobre el
Báltico, en las cercanías de una gran ciudad. Desde hace unos meses la aquejan graves
padecimientos; desazonada e insomne, es martirizada por dolores; en vano ha buscado una
mejoría en Abbazia; desde hace seis semanas se encuentra en Viena, hasta este momento
tratada por un médico destacado.
Acepta, sin objetar palabra, mi propuesta de separarse de ambas niñas, que tienen su
gobernanta, e internarse en un sanatorio donde yo podré verla todos los días.
El 2de mayo al atardecer la visito en el sanatorio. Me llama la atención que se estremezca con
tanta violencia toda vez que la puerta se abre de manera inesperada. Por eso dispongo que el
médico de guardia y el personal de enfermeras golpeen fuerte la puerta y no entren hasta que
ella haya exclamado «Pase». A pesar de ello hace con la boca un gesto sarcástico y se crispa
cada vez que alguien entra.
Su queja principal se refiere hoy a una sensación de enfriamiento y a dolores en la pierna
derecha, que arrancan de la espalda, por encima de la cresta ilíaca. Ordeno baños calientes, y
que le masajeen todo el cuerpo dos veces por día.
Es notablemente apta para la hipnosis. Le acerco un dedo, le digo « ¡Duérmase! » y ella se
abandona con expresión estupefacta y turbada. Le sugiero que dormirá bien, que mejorarán
todos sus síntomas, etc.; ella lo escucha con los ojos cerrados, pero con una atención
inequívocamente tensa; al mismo tiempo, distiende poco a poco su gesto y cobra una expresión
de paz. De esta primera hipnosis le queda un oscuro recuerdo de mis palabras; ya tras la
segunda le sobreviene un sonambulismo total (con amnesia). Le había dicho que la hipnotizaría,
cosa que aceptó sin resistencia. Nunca ha sido hipnotizada antes, pero puedo suponer que ha
leído sobre el tema, aunque no sé qué representación previa traía acerca del estado hipnótico.
Los días que siguieron continuó el tratamiento con baños, el masaje dos veces diarias y la
sugestión hipnótica. Dormía bien, se recuperaba a ojos vistas, pasaba la mayor parte del día
reposando en su lecho de enferma. No le estaba prohibido ver a sus hijas, leer y atender su
correspondencia.
El 8 de mayo por la mañana platica conmigo, con apariencia enteramente normal, sobre
historias terroríficas de animales. Ha leído en el Frankfurter Zeitung, que tiene ante sí sobre la
mesa, que cierto aprendiz de taller ató a un muchacho y le metió en la boca un ratón blanco; el
muchacho se murió de terror. El doctor K. le ha contado que él envió a Tiflis una caja llena de
ratas blancas. Al referirlo se le pintan en la cara, de la manera más plástica, todos los signos del
horror. Varias veces crispa alternativamente las manos. -«¡Quédese quieto! ¡No hable! ¡No me
toque! ¡Si apareciera ese bicho en la cama!». (Gesto de horror.) «Imagínese que abren el
paquete {auspacken}. ¡Hay entre las ratas una muerta, ro-í-da! ».
En la hipnosis me empeño en ahuyentar estas alucinaciones de bichos. Mientras duerme, tomo
el Frankfurter Zeitung; efectivamente hallo la historia del maltrato infligido a un escolar, pero sin
intervención alguna de ratones o ratas. Ello fue introducido ahí por el delirio durante la lectura.
Al atardecer le refiero nuestra plática sobre los ratones blancos. Ella no sabe nada de eso, se
asombra mucho y ríe de buena gana.
A la siesta ha tenido algo que llama «calambre en la nuca», pero «sólo fue breve, duró un
par de horas».
La exhorto en la hipnosis a hablar, y lo consigue tras algún esfuerzo. Habla quedo, siempre
reflexiona un momento antes de responder. Su gesto se altera de acuerdo con el contenido de
lo que relata, y cobra expresión tranquila tan pronto como por vía sugestiva pongo término a la
impresión del relato. Le pregunto por qué se aterroriza tanto. «Son recuerdos de mí niñez». -
«¿Cuándo?». - «Primero a los cinco años: mis hermanitos solían arrojarme animales muertos.
Entonces tuve el primer ataque de desmayo con convulsiones, pero mi tía dijo que eso era
abominable, una no podía tener tales ataques, y ellos cesaron. Después a los siete años,
cuando de improviso vi a mi hermana en el sarcófago; luego a los ocho, cuando mi hermano me
asustaba envuelto en una sábana como un fantasma; y también a los nueve años, cuando vi a
mí tía en el sarcófago y de pronto se le cayó la mandíbula inferior».
La serie de ocasiones traumáticas comunicadas como respuesta a mi pregunta por su carácter
asustadizo evidentemente se encontraba aprontada en su memoria; no habría podido rebuscar
con tanta rapidez, en el breve lapso trascurrido entre pregunta y respuesta, esas ocasiones que
databan de diversos períodos de su niñez. Al concluir cada relato parcial, le sobrevenían
crispaciones generales y su gesto mostraba espanto y terror; tras el último, de pronto abrió
mucho la boca y jadeó. Las palabras que comunicaban el contenido terrorífico de la vivencia
eran proferidas trabajosamente, con aliento entrecortado; luego sus rasgos tomaron expresión
calma.
Ante una pregunta mía, me confirma que en el curso del relato ve frente a sí cada escena de
una manera plástica y en sus colores naturales. A menudo piensa en todas esas vivencias, y lo
ha hecho también los últimos días. Siempre que ello ocurre, ve la escena frente a sí con toda la
vividez de la realidad. Ahora comprendo por qué tantas veces me habla sobre escenas con
animales e imágenes de cadáveres. Mi terapia consiste en borrarle esas imágenes de suerte
que no vuelvan a presentarse a sus ojos. En apoyo de la sugestión se las tacho varias veces
sobre los ojos.