Estudio del psicoanálisis y psicología

Señorita Elizabeth von R (contin.4)



Señorita Elizabeth von R

Rechaza el interrogatorio a medías enojada: «¡Ah, no! Sólo fue que el especialista N. estuvo de nuevo ahí y nos dio a entender que nada se podía esperar. Yo no tuve tiempo de llorar en aquel momento». Se refiere a la fatal enfermedad de su marido, muerto tres años atrás. Sería para mí muy interesante saber si en estas conmemoraciones solemnes que retornan año tras año se le repiten siempre las mismas escenas, o cada vez son detalles diferentes los que se presentan para su abreacción, como yo lo conjeturaría teniendo en cuenta mi teoría. Pero no puedo averiguar nada seguro sobre eso; esta señora, tan inteligente como fuerte, se avergüenza de la intensidad con que obran sobre ella tales reminiscencias. Lo descarto de nuevo: esta mujer no se halla enferma; la abreacción subsecuente no es, a pesar de su semejanza, un proceso histérico. Cabe preguntarse, entonces, por qué en una persona sobreviene una histeria tras cuidar a un enfermo, y en otra no. No puede deberse a la predisposición personal, puesto que en la dama a que me he referido esta última estaba presente en máxima medida. Vuelvo a la señorita Elisabeth von R. Mientras cuidaba a su padre, pues, se generó en ella por vez primera un síntoma histérico; era un dolor en una parte definida del muslo derecho. El mecanismo de este síntoma se puede iluminar suficientemente sobre la base del análisis. Hubo un momento en que el círculo de representaciones de sus deberes hacia el padre enfermo entró en conflicto con el contenido que en aquella época tenía su ansiar erótico. En medio de vivos autorreproches, se decidió en favor de lo primero y así se creó el dolor histérico. Según la concepción que parece convenir a la teoría de la histeria como conversión, cabría exponer el proceso del siguiente modo: ella reprimió {desalojó} la representación erótica de su conciencia y trasmudó su magnitud de afecto a una sensación de dolor somático. No quedó en claro sí este primer conflicto se presentó una sola vez o repetidas veces; más probable es lo segundo. Un conflicto totalmente similar -aunque de superior significatividad moral y mejor atestiguado por el análisis- se repitió unos años después y condujo a un aumento de esos mismos dolores y a su difusión más allá de las fronteras inicialmente establecidas. De nuevo era un círculo de representaciones eróticas el que entraba en conflicto con todas sus representaciones morales, pues la inclinación recaía sobre su cuñado, y tanto en vida de su hermana como después de su muerte era para ella un pensamiento inaceptable que ansiara justamente a ese hombre para sí. El análisis proporcionó detallada noticia sobre este conflicto que constituye el punto central del historial clínico. Acaso la inclinación de la enferma hacia su cuñado germinaba desde mucho antes; su desarrollo fue favorecido por el agotamiento físico tras el nuevo cuidado de enfermo, el agotamiento moral tras varios años de desengaños; su tiesura interior empezó a aflojarse por entonces, y ella se confesó que necesitaba el amor de un hombre. Al tratarlo durante semanas (en aquel lugar de restablecimiento), esa inclinación erótica alcanzó su plasmación plena juntamente con los dolores, y para la misma época el análisis atestigua un particular estado psíquico de la enferma, estado cuya conjunción con aquella inclinación y los dolores parece posibilitar una inteligencia del proceso en el sentido de la teoría de la conversión. Debo arriesgar, en efecto, la tesis de que en aquella época la enferma no era claramente conciente de la inclinación hacia su cuñado, por intensa que ella fuera, salvo en rarísimas ocasiones y, aun en estas, por contados momentos. De no haber sido así, habría devenido conciente de la contradicción entre esa inclinación y sus representaciones morales, y por fuerza sufriría unos martirios anímicos como le vi padecer tras nuestro análisis. Su recuerdo no tenía nada para informar sobre tales padeceres, se los había ahorrado; por lo tanto, ella misma no había tenido clara su inclinación. En aquel tiempo, como en el del análisis, el amor por su cuñado estaba presente en su conciencia al modo de un cuerpo extraño, sin que hubiera entrado en vinculaciones con el resto de su representar. Había preexistido ese singular estado de saber y al mismo tiempo no saber con respecto a esa inclinación, el estado del grupo psíquico divorciado. Pues bien, no se mienta otra cosa cuando uno asevera que esa inclinación no le había sido «claramente conciente»; no se mienta una cualidad inferior ni un grado más bajo de conciencia, sino un divorcio del libre comercio de pensamiento asociativo con los restantes contenidos de representación. Ahora bien, ¿cómo pudo suceder que un grupo de representación de tan intenso acento se mantuviera tan aislado {isoIieren}? Ello se nos plantea porque, en general, con la magnitud de afecto de una representación aumenta también su papel en la asociación. Uno puede responder esta pregunta si toma en consideración dos hechos que es lícito emplear como bien certificados: 1 ) que los dolores histéricos se generaron al mismo tiempo que se formó aquel grupo psíquico separado, y 2) que la enferma oponía una gran resistencia al intento de establecer la asociación entre el grupo psíquico separado y sus restantes contenidos de conciencia, y cuando esa reunión a pesar de todo se consumó, sintió un gran dolor psíquico. Nuestra concepción de la histeria conjuga ambos factores con el hecho de la escisión de conciencia, afirmando: el punto 2 contiene la referencia al motivo de la escisión de conciencia, y el punto 1 a su mecanismo. El motivo era el de la defensa, la revuelta del yo todo a conciliarse con ese grupo de representación; el mecanismo era el de la conversión, vale decir, en lugar de los dolores anímicos que ella se había ahorrado emergieron los corporales; así se introdujo una trasmudación de la que resultó, como ganancia, que la enferma se había sustraído de un estado psíquico insoportable, es cierto que al costo de una anomalía psíquica -la escisión de conciencia consentida- y de un padecer corporal -los dolores, sobre los cuales se edificó una astasia-abasia-. En verdad, no puedo proporcionar una especificación del modo en que se establece una conversión así; es evidente que no se la crea como se ejecuta adrede una acción voluntaria: es un proceso que se consuma en un individuo bajo la impulsión del motivo de la defensa, cuando ese individuo -en su organización, o en una eventual modificación de esta- es portador de la proclividad para ello. Es justo exigir a la teoría y preguntar: ¿Qué se muda aquí en dolor corporal? La cauta respuesta rezará: algo desde lo cual habría podido y debido devenir dolor anímico. Si uno se atreve a dar un paso más y a ensayar una suerte de figuración algebraica de la mecánica de la representación, puede atribuir al complejo de representación de esta inclinación que ha permanecido inconciente un cierto monto de afecto, y designar a esta última cantidad como la convertida. Una consecuencia directa de esta concepción sería que el «amor inconciente» perdiera tanto en intensidad, en virtud de esa conversión, que resultara deprimido a la condición de una representación débil; y entonces sería este debilitamiento, y sólo él, el que posibilitaría su existencia como grupo psíquico divorciado. Sin embargo, el presente caso no es apto para ofrecer contenido intuitivo en esta materia tan espinosa. Es probable que sólo corresponda a una conversión incompleta; otros casos nos muestran con verosimilitud que se producen también conversiones completas y que en estas la representación inconciliable ha sido de hecho «reprimida» como sólo puede serlo una representación muy poco intensiva. Consumada la reunificación asociativa, los enfermos aseveran que desde la génesis del síntoma histérico nunca más se ocuparon en su pensamiento de la representación inconciliable. Sostuve antes que en ciertas oportunidades, si bien de manera sólo fugitiva, la enferma discernía también concientemente el amor hacia su cuñado. Un momento así fue, por ejemplo, cuando ante el lecho de su hermana se le pasó por la cabeza el pensamiento: «Ahora él queda libre y tú puedes convertirte en su esposa». Debo elucidar el significado de este momento para la concepción de la neurosis en su conjunto. Pues bien, opino que en el supuesto de una «histeria de defensa» ya está contenida la exigencia de que haya ocurrido al menos uno de tales momentos. Antes de él la conciencia no sabe cuándo se instalará una representación inconciliable; esta, que luego será excluida junto con su séquito para la formación de un grupo psíquico separado, tiene que ser inicialmente admitida en el comercio de pensamiento, pues de lo contrario no se habría producido el conflicto que llevó a su exclusión. Justamente a esos momentos, pues, cabe designar «traumáticos»; en ellos ha sobrevenido la conversión cuyos resultados son la escisión de conciencia y el síntoma histérico. En la señorita Von R. todo indica una multiplicidad de tales momentos (las escenas de la caminata, la meditación matinal, el baño, ante el lecho de la hermana); y hasta quizá nuevos momentos de esa índole ocurrieron en el curso del tratamiento. En efecto, la multiplicidad de esos momentos traumáticos es posibilitada por el hecho de que una vivencia semejante a la que introdujo por primera vez la representación inconciliable aporta excitación nueva al grupo psíquico divorciado, y así cancela provisionalmente el éxito de la conversión. El yo se ve precisado a ocuparse de esta representación reforzada que surge como súbito relámpago y a restablecer el estado anterior mediante una nueva conversión. La señorita Elisabeth, que mantenía continuo trato con su cuñado, por fuerza estaba expuesta de particular modo a la emergencia de nuevos traumas. Para esta exposición yo habría preferido un caso cuya historia traumática estuviera clausurada en el pasado. Ahora debo ocuparme de un punto que he señalado como una dificultad para entender el presente historial clínico. Sobre la base del análisis supuse que en la enferma sobrevino una primera conversión mientras cuidaba a su padre, y ello en el momento en que sus deberes como cuidadora entraron en querella con su ansiar erótico; y que ese proceso fue el arquetipo del otro, posterior, que llevó al estallido de la enfermedad en aquel lugar de restablecimiento alpino. Sin embargo, de las comunicaciones de la enferma se desprende que en la época de su cuidado del padre y en el lapso que siguió, que yo he designado como «primer período», no sufrió dolores ni debilidad al caminar. Es verdad que unos dolores en los pies la postraron en cama durante algunos días cuando la enfermedad de su padre, pero era dudoso que ese ataque debiera atribuirse ya a la histeria. En el análisis no se comprobó vínculo causal alguno entre estos primeros dolores e impresiones psíquicas cualesquiera; es posible, y aun verosímil, que en ese tiempo se tratara de dolores reumáticos musculares, comunes. Y aunque uno se aviniera a suponer que ese primer ataque de dolores fue el resultado de una conversión histérica a consecuencia de la desautorización de sus pensamientos eróticos de entonces, permanece inconmovible el hecho de que los dolores desaparecieron a los pocos días, de suerte que la enferma parecía haberse comportado en la realidad de manera diversa a la que mostraba en el análisis. Durante la reproducción del llamado primer período, acompañaba todos los relatos de la enfermedad y muerte del padre, de las impresiones recibidas en su trato con el primer cuñado, etc., con exteriorizaciones de dolores, en tanto que en la época en que vivenció esas impresiones no había registrado dolor alguno. ¿No es esta una contradicción apta para disminuir en mucho la confianza en el valor esclarecedor de semejante análisis? Creo poder solucionar la contradicción suponiendo que los dolores -el producto de la conversión- no se generaron mientras la enferma vivenciaba las impresiones del primer período, sino con efecto retardado (nachträglich}, vale decir, en el segundo período, cuando la enferma reprodujo esas impresiones en sus pensamientos. La conversión no habría seguido a las impresiones frescas, sino al recuerdo de ellas. Por lo demás, opino que un proceso así no es nada desacostumbrado en la histeria, tiene participación regular en la génesis de los síntomas histéricos. Pero como es evidente que una aseveración como esta no ilumina el problema, intentaré hacerla verosímil exponiendo otras experiencias. Cierta vez me sucedió, durante un tratamiento analítico de esta clase, que en una enferma se plasmara un síntoma histérico nuevo, de suerte que yo pude abordar su remoción al día siguiente de su génesis. Intercalaré aquí, en sus rasgos esenciales, la historia de esta enferma; es bastante simple y no carece de interés.

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