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Estudio del psicoanálisis y psicología

Trabajos de Jacques Lacan: Radiofonía y Televisión. Cuarta parte



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[Esos gestos vagos de los que vuestra garantía es mi discurso]

-Desde hace veinte años que usted propuso su fórmula, que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, se le objeta bajo diversas formas: «No son más que palabras -palabras, palabras, palabras-. Y lo que no se complica con palabras, ¿qué hace usted con eso? ¿Quid de la energía psíquica, o del afecto, o de la pulsión?».

-Usted imita los gestos con los cuales se finge un aire de patrimonio en la SAMCDA.

Porque, usted sabe, al menos en la SAMCDA de París, los únicos elementos de sustento provienen de mi enseñanza. Se filtra por todos lados, es un viento, que hiela cuando sopla demasiado fuerte. Entonces se vuelve a los viejos gestos, uno se calienta acurrucándose en Congreso.

Puesto que el que yo me venga de esta manera hoy con la SAMCDA no es un pito catalán, historia de hacer reír a la tele. Es expresamente a tal título que Freud concibió la organización a que legaba el discurso analítico. Sabía que la prueba sería dura, la experiencia de sus primeros seguidores lo había instruido al respecto.

-Consideremos primero la cuestión de la energía natural.

La energía natural hace de matraz de ejercicios para demostrar que en ese punto también se tiene ideas. La energía -es usted que le pone el gallardete de natural-, porque en lo que ellos dicen se sobreentiende que es natural: algo de hecho para el consumo, en tanto que una represa puede retenerla y tornarla útil. Solamente he ahí, no es porque la represa haga de decorado en un paisaje, que la energía es natural.

El que una «fuerza de vida» pueda constituir lo que se consume, es una metáfora grosera. Porque la energía no es una sustancia, que por ejemplo se bonifica o que al envejecer se pone agria, es una constante numérica que para poder trabajar necesita el físico encontrar en sus cálculos.

Trabajar de manera conforme a lo que, de Galileo a Newton, se fomentó de una dinámica puramente mecánica: a lo que constituye el núcleo de lo que se llama más o menos propiamente una física, estrictamente verificable.

Sin esta constancia que no es más que una combinación de cálculo, no hay física. Se piensa que los físicos son cautelosos y que ordenan las equivalencias entre masas, campos e impulsiones para que resulte una cifra que satisfaga el principio de conservación de la energía. Todavía es necesario que pueda plantearse ese principio, para que una física satisfaga la exigencia de ser verificable: es un hecho de experiencia mental, como se expresaba Galileo. 0 para decirlo mejor, la condición de que el sistema sea matemáticamente cerrado prevalece aún sobre la suposición de que sea físicamente aislado.

Esto no es de mi cepa. Cualquier físico sabe claramente, es decir, presto a decírselo, que la energía no es más que la cifra de una constancia.

Ahora bien, lo que Freud articula como proceso primario en el inconsciente -esto es mío, pero que se recurra y se lo verá-, no es algo que se cifre, sino que se descifra. Yo digo: el goce mismo. Caso en el cual, no constituye energía, y no podría escribirse como tal.

Los esquemas de la segunda tópica con que Freud se tantea en eso, el célebre huevo de gallina por ejemplo, son un verdadero pudendum y servirían al análisis, si se lo analizara al padre. Ahora bien, tengo por excluido que se analice al Padre real, y para mejor el manto de Noé cuando el padre es imaginario.

De tal suerte que más bien me interrogo yo sobre lo que distingue el discurso científico del discurso histérico donde, hay- que decirlo, Freud, para recoger su miel, no lo hace inocentemente. Puesto que lo que inventa es el trabajo de las abejas como no pensando, no calculando, no juzgando, es decir lo que aquí mismo he destacado ya -cuando después de todo puede que no sea lo que piensa von Friesch.

Concluyo que el discurso científico y el discurso histérico tienen casi la misma estructura, lo que explica que Freud nos sugiera la esperanza de una termodinámica por donde el inconsciente encontraría en el porvenir de la ciencia su explicación póstuma.

Se puede decir que después de tres cuartos de siglo no despunta la más mínima indicación de una tal promesa y aun que retrocede la idea de endosar el proceso primario a cuenta del principio que, de decirse del placer, nos demostraría nada, salvo que nos aferramos al alma como la garrapata al pellejo del perro. Puesto que esta famosa tensión menor con que Freud articula el placer, ¿qué es si no la ética de Aristóteles?

Tal no podría ser el mismo hedonismo que aquel de que los epicuros se hacían portavoces. Se necesitaba que tuvieran algo muy precioso que cobijar, más secreto que los estoicos, para hacerse injuriar con el nombre de cochinos por esa insignia que no querría decir hoy día sino psiquismo.

De todos modos, me atuve a Nicómaco y a Eudemo, es decir a Aristóteles, para diferenciar rigurosamente la ética del psicoanálisis -cuyo camino facilité todo un año.

Lo mismo de la historia del afecto que yo descuidaría.

Que se me responda solamente sobre este punto: un afecto, ¿concierne al cuerpo? Una descarga de adrenalina, ¿es del cuerpo o no? Que desordene las funciones, es verdad. ¿Pero en que viene ello del alma? Es del pensamiento que descarga.

Entonces lo que hay que pesar, es si mi idea de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, permite verificar más seriamente el afecto -que aquella que expresa que es un despatarro del que se produjo una mejor acomodación-. Puesto que tal es lo que se me opone.

Lo que digo del inconsciente va o no más lejos que esperar que las alondras ya asadas os caigan en el pico, ¿adecuado? Adecuatio, más bufonesco por remitir a otra más compacta, a arredomar esta vez rei, la cosa, a affectus, al afecto en el que ella se reacomodará. Se necesitó esperar a nuestro siglo para que los médicos produjeran eso.

Por mi parte, no he hecho más que restituir lo que Freud enuncia en 1915 sobre la represión, y en otros que vuelven sobre el punto: que el afecto está desplazado. ¿Cómo podría juzgarse de este desplazamiento si no fuera por el sujeto que supone que no encaja ahí mejor que la representación?

Yo lo explico con su «cinta» 1 para como destacarlo con alfileres, pues tengo que reconocer que debo habérmelas con la misma. Solamente que yo demostré recurriendo a su correspondencia con Fliess (la única edición que se tiene de esta correspondencia expurgada) que la dicha representación, especialmente reprimida, no es nada menos que la estructura y precisamente en tanto ligada al postulado del significante. Cf. carta 52: este postulado está ahí escrito.

¿Cómo persistir diciendo que descuido el afecto, para pavonearse de hacerlo valer, sin recordar que un año, el último de mi permanencia en Saint-Anne, me ocupé de la angustia?

Algunos conocen la constelación en que le di lugar. La emoción [l'émoi], el impedimento [l'empéchement], el desconcierto [l'embarras] diferenciados como tales, prueban bastante que no hago poco caso del afecto.

Es cierto que escucharme en Saint-Anne estaba prohibido a los analistas en formación en la SAMCDA.

No lo echo de menos. Afecté tan bien mi mundo para, ese año, fundar la angustia del objeto que ella concierne -lejos de estar desprovista de él, (en lo que se quedaron los psicólogos que no pudieron aportar más que su distinción del miedo ... ), fundarla, digo, de este abjeto [abjet] como designo ahora más bien a mi objeto (a), que uno de los míos tuvo el vértigo (vértigo reprimido), de dejarme, tal objeto, caer.

Reconsiderar el afecto a partir de mis decires, reconduce en todo caso a lo que se dijo de seguro.

La simple resección de las pasiones del alma, como Santo Tomás nombra más pertinentemente esos afectos, la resección desde Platón de esas pasiones según el cuerpo: cabeza, corazón, véase como dice (latín) o sobrecorazón, ¿no es el testimonio ya de lo que es inevitable para su aborde, pasar por ese cuerpo, que yo digo no estar afectado más que por la estructura?

Indicaré por qué cabo se podría dar continuación seria, a entender por serial, a lo que en ese afecto prevalece del inconsciente.

Se califica por ejemplo a la tristeza de depresión, cuando se le da el alma por soporte, o la tensión psicológica del filósofo Pierre Janet. Pero no es un estado de alma, es simplemente una falla moral, como se expresaba Dante, incluso Spinoza: un pecado, lo que quiere decir una cobardía moral, que no cae en última instancia más que del pensamiento, o sea, del deber de bien decir o de reconocerse en el inconsciente, en la estructura.

Y lo que resulta por poco que esta cobardía, de ser desecho del inconsciente, vaya a la psicosis, es el retorno en lo real de lo que es rechazado, del lenguaje; es por la excitación maníaca que ese retorno se hace mortal.

Lo opuesto de la tristeza, el gay saber, el cual es una virtud. Una virtud no absuelve a nadie del pecado -original como todos saben-. La virtud de manifestar en qué consiste, que designo como gay sabor, es su ejemplo: no se trata de comprender, de mordiscar en el sentido, sino de rasurarlo lo más que se pueda sin que haga liga para esta virtud, gozando del descifraje, lo que implica que el gay saber no produzca al final más que la caída, el retorno al pecado,

¿Dónde en todo eso, lo que produce buena suerte? Exactamente en todos lados. En incluso su definición puesto que no puedo deber nada sino a la suerte [heur], dicho de otra manera a la fortuna, y que toda suerte le es buena para lo que lo mantiene, o sea para que él se repita.

Lo sorprendente no es que sea feliz [heu-reux] sin sospechar lo que lo reduce, su dependencia de la estructura, sino que se haga idea de la beatitud, una idea que llega bastante lejos para que se sienta exilado.

Felizmente [heureusement] que ahí tenemos al poeta para revelar la intriga": Dante que acabo de citar, y otros, fuera de los prostitutos que se venden al clacisismo.

Una mirada, la de Beatriz, o sea menos que nada, un parpadeo y el desperdicio que de eso resulta: y he ahí surgido al Otro que sólo debemos identificar al goce de ella, aquella que él, Dante, no quiere satisfacer, puesto que de ella no puede tener más que esa mirada, que ese objeto, pero de la que nos enuncia que Dios la colma; es aun de la boca de ella que él nos provoca a recibir la promesa.

A lo que en nosotros responde: fastidio [en-nui]. Palabra con que, al hacer danzar las letras, como en el cinematógrafo hasta que ellas se reacomoden en una línea, recompuse el término: uniano [unien]. Con que designo la identificación del Otro al Uno. Yo digo: el Uno mismo cuyo Otro cómico, que hace eminencia en el Banquete de Platón, Aristófanes para nombrarlo, nos ofrece el crudo equivalente de la bestia-de-dos-espaldas de la que imputa a Júpiter que no pueda sino, la bisección: es muy feo, ya dije yo que eso no se hace. No se compromete al Padre real en tales inconveniencias.

Queda que Freud también cae en eso: puesto que lo que imputa a Eros, en tanto que lo opone a Tanatos, como principio de «la vida», es de unir, como si, fuera de una fugaz coiteración, no se hubiera visto nunca dos cuerpos unirse en uno.

Así el afecto llega a un cuerpo cuya peculiaridad consiste en habitar el lenguaje -me pavoneo aquí de plumas que se venden mejor que las mías-, el afecto, digo, de no encontrar alojamiento, al menos no de su gusto. Eso se llama pesadumbre [morosité], mal humor también. ¿Es un pecado, una pizca de locura, o una verdadera pincelada de lo real?

Los SAMCDA hubieran hecho mejor, usted ve, en tomar mi ronroneo para modular el afecto. Les hubiera permitido algo más que papar moscas.

Que ustedes comprendan la pulsión en esos gestos vagos de los que vuestra garantía es mi discurso, en otorgarme un lugar demasiado bello para que yo os agradezca, puesto que lo saben bien, ustedes que con brocha impecable han transcrito mi XI seminario: ¿quién otro que yo supo arriesgarse a decir sobre eso alguna cosa?

Por primera vez, y ante ustedes especialmente, yo sentía escucharme otras orejas que no eran taciturnas: es decir que no se escuchaba que yo Otrificaba [Autrifiais] el Uno, como se abalanzó a pensarlo la persona misma que me llamó al lugar que me concede vuestra audiencia.

¿Al leer los capítulos 6, 7, 8, 9, 13 y 14 de ese seminario XI, no se advierte lo que se gana en no traducir Trieb por instinto, y ciñendo de cerca a esta pulsión, llamarla deriva [dérive], en desmontar, luego remontarla, adhiriendo a Freud, la singularidad?

De seguirme, ¿quién no sentirá la diferencia que hay, entre la energía, constante en todo momento localizable de lo Uno donde se constituye lo experimental de la ciencia, y el Drang o impulso de la pulsión que, goce, cierto, no se prende sino en los bordes corporales, -llegué hasta dar la forma matemática-, su permanencia? Permanencia que no consiste más que en la cuádruple instancia en que cada pulsión se sostiene al coexistir con las otras tres. Cuatro no da acceso más que de ser potencia, a la desunión a la que se trata de evitar, para aquellos que el sexo no alcanza para convertirlos en compañeros.

Ciertamente no hago ahí la aplicación con la que se distinguen neurosis, perversión y psicosis.

Lo hice en otra parte: no procediendo jamás sino por los rodeos con que el inconsciente abre camino al volver sobre sus pasos. Mostré lo que era la fobia de Juanito, donde él paseaba a Freud y a su padre, pero donde desde entonces los analistas tienen miedo.