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Estudio del psicoanálisis y psicología

S. Freud: Trabajos sobre metapsicología (1915), Complemento metapsicológico de la doctrina de los sueños



Complemento metapsicológico a la doctrina de los sueños  (1917 [1915])
(1)

Nota Introductoria:

Este artículo, junto con el siguiente («Duelo y melancolía»), parece haber sido escrito en un lapso de once días, entre el 23 de abril y el 4 de mayo de 1915. No se publicaron hasta dos años después. Como lo indica el título, se trata en esencia de una aplicación del esquema teórico que Freud acababa de reformular a las hipótesis propuestas en el capítulo VII de La interpretación de los sueños (1900a); pero en gran medida consiste en una discusión sobre los efectos producidos por el estado del dormir en los diferentes «sistemas» de la psique. Y esta discusión, a su vez, se centra fundamentalmente en el problema de la alucinación y en una investigación sobre cómo es que en nuestro estado normal podemos distinguir entre fantasía y realidad.

Freud se había ocupado de este problema desde época muy temprana. Le dedicó mucho espacio en el «Proyecto de psicología» de 1895 (1950a), AE, 1, esp. págs. 370-5 y 408 y sigs. Y la solución que allí propuso se asemeja visiblemente a la enunciada aquí -aunque la terminología usada es diferente-. Incluía dos líneas principales de pensamiento. Freud sostenía que los «procesos psíquicos primarios», por sí mismos, no hacen distinción alguna entre una representación y una percepción; primero tienen que ser inhibidos por los «procesos psíquicos secundarios», los cuales sólo pueden operar cuando hay un «yo» con una reserva de investiduras lo suficientemente grande como para proveer la energía necesaria para efectuar la inhibición. El fin de la inhibición es dar tiempo a que los «signos de realidad» lleguen desde el aparato perceptual. Pero, en segundo lugar, además de esta función de inhibición y posposición, el yo también es responsable de dirigir las investiduras de «atención» hacia el mundo exterior, sin lo cual los signos de realidad no podrían observarse.

En La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, págs. 558 y sigs., y 587 y sigs., Freud insistió nuevamente en la función de inhibición y posposición, como un factor esencial en el proceso de juzgar si las cosas son reales o no, y una vez más atribuyó esa función al «proceso secundario», aunque sin mencionar al yo como tal. El siguiente tratamiento detenido del tema corresponde a «Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico» ( 1911b), donde por primera vez Freud utilizó la frase «examen de realidad». Nuevamente puso énfasis allí en que el proceso se caracterizaba por la posposición, pero además se ocupó de la función de atención, describiéndola como un examen periódico del mundo externo, y vinculándola en particular con los órganos de los sentidos y la conciencia. Este último aspecto del problema -el papel desempeñado por los sistemas P y Cc- es el único al que se da preponderancia en el artículo que sigue.

Pero el interés de Freud por el tema de ninguna manera quedó agotado tras el presente estudio. En Psicología de las masas y análisis del yo (1921c), por ejemplo, atribuyó al ideal del yo la función de examen de realidad (AE, 18, pág. 108) -atribución de la que, sin embargo, se retractó poco después, en una nota al pie de El yo y el ello (1923b), AE, 19, pág. 30, n. 2-. Y ahora, por primera vez desde los tempranos días del «Proyecto», el examen de realidad fue adscrito definitivamente al yo. En un tratamiento posterior y particularmente interesante de este tema -en «La negación» (1925h), AE, 19, pág. 256-, se presenta a la prueba de realidad como dependiente de la estrecha relación genética del yo con los instrumentos de la percepción sensorial. También en ese artículo (al igual que en «Nota sobre la "pizarra mágica"» (1925a), casi contemporáneo) hay ulteriores referencias al envío periódico, por parte del yo, de investiduras exploratorias hacia el mundo exterior -evidentemente una alusión, en distintos términos, a lo que originalmente se había descrito como «atención»-. Pero en «La negación» Freud lleva más lejos su análisis del examen de realidad, y reconduce el curso de su desarrollo hasta los más tempranos vínculos de objeto del individuo.

En sus últimos años, el creciente interés de Freud por la psicología del yo lo llevó a examinar con más detenimiento las relaciones entre el yo y el mundo externo. En dos artículos breves (1924b y 1924e), publicados poco después de El yo y el ello, abordó la distinción entre la relación del yo con la realidad en las neurosis y las psicosis. Y en su artículo sobre el fetichismo (1927e) describió por primera vez en forma detallada un método de defensa del yo -la «Verleugnung» (desmentida)- que hasta ese momento no había sido diferenciado nítidamente de la represión, y que designaba la reacción del yo ante una realidad externa intolerable. El tema fue objeto de ulterior desarrollo en algunos de los escritos finales de Freud, sobre todo en el capítulo VIII del póstumo Esquema del psicoanálisis (1940a), AE, 23, págs. 197 y sigs.

James Strachey.

A raíz de diversos problemas, apreciamos la ventaja que significa para nuestra investigación aducir con fines comparativos ciertos estados y fenómenos que pueden concebirse como los modelos normales de afecciones patológicas. Entre ellos se cuentan estados afectivos como el duelo y el enamoramiento, pero también el estado del dormir y el fenómeno del soñar.

No suele reflexionarse bastante en que el hombre se despoja todas las noches de los envoltorios con que ha recubierto su piel, y aun, tal vez, de los complementos de sus órganos corporales, si es que ha logrado compensar sus deficiencias mediante un sustituto: las gafas, la peluca, los dientes postizos, etc. Cabría agregar que al irse a dormir ejecuta un desvestido análogo de su psiquismo, renuncia a la mayoría de sus adquisiciones psíquicas, y así, por ambos lados, recrea una aproximación extraordinaria a aquella situación que fue el punto de partida de su desarrollo vital. El dormir es, en lo somático, una reactivación de la permanencia en el seno materno, y cumple las condiciones de estado de paz, de calidez y de apartamiento de los estímulos; y aun muchos hombres vuelven a adoptar, dormidos, la posición fetal. El estado psíquico del durmiente se caracteriza por un retiro casi total del mundo que lo rodea y por el cese de todo interés hacia él.

Cuando investigamos los estados psiconeuróticos nos vemos llevados a poner de resalto en cada uno de ellos las llamadas regresiones temporales, el monto de retroceso en el desarrollo que les es peculiar. Distinguimos dos de esas regresiones: en el desarrollo del yo y en el de la libido. En el estado del dormir, este último llega hasta la reproducción del narcisismo primitivo, y el primero, hasta la etapa de la satisfacción alucinatoria del deseo.

Lo que se sabe acerca de los caracteres psíquicos del estado del dormir se lo ha averiguado, desde luego, por el estudio del sueño. Es verdad que este nos muestra al hombre en tanto no está dormido, pero no puede menos que revelarnos caracteres del dormir como tal. La observación nos ha permitido conocer ciertas peculiaridades del sueño que primero nos resultaban incomprensibles y ahora con poco trabajo podemos enhebrar. Así, sabemos que el sueño es absolutamente egoísta (2) y que la persona que en sus escenas desempeña el papel principal ha de discernirse siempre como la persona propia. Ahora bien, esto se desprende de manera fácilmente comprensible del narcisismo del estado del dormir. Es que narcisismo y egoísmo coinciden; la palabra «narcisismo» sólo quiere destacar que el egoísmo es también un fenómeno libidinoso o, expresado de otro modo, que el narcisismo puede definirse como el complemento libidinoso del egoísmo (3). Comprensible, de igual modo, se vuelve la capacidad «diagnóstica» del sueño, universalmente reconocida y juzgada enigmática: en el sueño, padecimientos corporales incipientes se sienten muchas veces antes y con mayor nitidez que en la vigilia, y todas las sensaciones corporales actuales se presentan agigantadas (4). Este aumento es de naturaleza hipocondríaca, y tiene por premisa que toda investidura psíquica se retiró del mundo exterior sobre el yo propio; de tal modo, posibilita el conocimiento anticipado de alteraciones corporales que en la vida de vigilia pasarán inadvertidas todavía durante algún tiempo.

Un sueño es para nosotros indicio de que ocurrió algo que quiso perturbar al dormir, y nos permite inteligir el modo en que pudo efectuarse la defensa contra esa perturbación. Al final el durmiente soñó y pudo seguir durmiendo; en lugar del reclamo interno que quería ocuparlo, sobrevino una vivencia externa cuyo reclamo fue tramitado. Por tanto, un sueño es también una proyección, una exteriorización de un proceso interior. Recordamos que nos hemos topado ya con la proyección en otro lugar, entre los medios de la defensa.

También el mecanismo de la fobia histérica culminaba en que al individuo le era dado protegerse mediante un intento de huida frente a un peligro exterior constituido en remplazo de un reclamo pulsional interior (5). Pero nos reservamos una elucidación a fondo de la proyección para el momento en que hayamos de descomponer aquella afección narcisista en la cual este mecanismo desempeña el papel más llamativo (6).

Ahora bien, ¿de qué modo puede darse el caso de que el propósito de dormir sufra una perturbación? Esta puede partir de una excitación interior o de un estímulo exterior. Queremos considerar primero la perturbación desde el interior, menos trasparente y más interesante; la experiencia nos presenta como excitadores del sueño a restos diurnos, investiduras de pensamiento que no obedecieron al quite general de las investiduras y, a pesar de este, conservaron un cierto grado de interés, libidinoso u otro (7). Entonces el narcisismo del dormir tuvo que admitir de entrada una excepción, y con ella principia la formación del sueño. En el análisis tomamos conocimiento de esos restos diurnos como pensamientos oníricos latentes; por su naturaleza, así como por toda la situación, es preciso considerarlos representaciones preconcientes, integrantes del sistema Prcc.

El ulterior esclarecimiento de la formación del sueño no se obtiene sin vencer ciertas dificultades. Es que el narcisismo del estado del dormir implica el quite de la investidura a todas las representaciones-objeto, tanto a su parte conciente cuanto a su parte preconciente. Entonces, si ciertos «restos diurnos» permanecieron investidos, es difícil suponer que por la noche consigan energía suficiente para imponerse a la consideración de la conciencia; más bien nos inclinamos a creer que la investidura que retuvieron es mucho más débil que la que poseyeron durante el día. El análisis nos dispensa aquí de ulteriores especulaciones; en efecto, nos demuestra que esos restos diurnos tienen que recibir un refuerzo desde las fuentes de las mociones pulsionales inconcientes si es que han de hacer el papel de formadores de un sueño. A primera vista este supuesto no ofrece dificultades, pues todo nos lleva a creer que, mientras se duerme, la censura entre Prcc e Icc está muy aminorada, y por tanto el comercio entre los dos sistemas se encuentra más bien facilitado (8).

Pero hay otro reparo que no debe callarse. Si el estado narcisista del dormir ha tenido por consecuencia que se recogieran todas las investiduras de los sistemas Icc y Prcc, entonces no es posible que los restos diurnos preconcientes reciban un refuerzo desde unas mociones pulsionales inconcientes que también entregaron al yo sus investiduras. La teoría de la formación del sueño desemboca aquí en una contradicción, o bien deberá ser rescatada modificando los supuestos sobre el narcisismo del dormir.

Un supuesto limitativo de esa índole, como más adelante se verá (9), es insoslayable también en la teoría de la dementia praecox. Sólo puede ser este: el sector reprimido del sistema Icc no obedece al deseo de dormir que parte del yo, retiene en todo o en parte su investidura y, en general, a consecuencia de la represión se ha procurado cierto grado de independencia respecto del yo. Ello implicaría que a fin de salir al paso del peligro pulsional debería mantenerse toda la noche un gasto de represión (la contrainvestidura), aunque la intransitabilidad de todos los caminos que llevan al desprendimiento de afecto y a la motilidad puede haber disminuido considerablemente el nivel de la contrainvestidura necesaria (10). Por tanto, nos imaginaríamos del siguiente modo la situación que lleva a la formación del sueño: el deseo de dormir procura recoger todas las investiduras emitidas por el yo y establecer un narcisismo absoluto. Lo logra sólo en parte, pues lo reprimido del sistema Icc no obedece al deseo de dormir. Por eso debe conservarse también una parte de las contrainvestiduras, así como mantenerse la censura entre Icc y Prcc, aunque no en toda su fuerza. Hasta donde alcanza el imperio del yo, todos los sistemas son vaciados de investiduras. Cuanto más fuertes son las investiduras pulsionales icc, tanto más lábil es el dormir. Conocemos también el caso extremo en que el yo resigna el deseo de dormir porque se siente incapaz de inhibir las mociones reprimidas que se liberan en ese estado; en otras palabras: renuncia a dormir porque teme a sus sueños (11).

Más adelante (12) apreciaremos en toda su importancia este supuesto del carácter refractario de las mociones reprimidas. Ahora sigamos estudiando la situación de la formación del sueño.

Como segunda fractura del narcisismo (13) tenemos que considerar la ya citada posibilidad de que también algunos de los pensamientos diurnos preconcientes se muestren resistentes y retengan una parte de su investidura. Ambos casos pueden ser idénticos en el fondo; la resistencia de los restos diurnos puede reconducirse a un enlace con mociones inconcientes, que ya existía en la vida de vigilia, o las cosas son un poco menos simples y los restos diurnos no del todo vaciados se ponen en vinculación con lo reprimido sólo en el estado del dormir, merced a la facilitada comunicación entre Prcc e Icc. En ambos casos resulta el mismo avance decisivo para la formación del sueño: Se forma el deseo onírico preconciente que da expresión a la moción inconciente dentro del material de los restos diurnos preconcientes. A este deseo onírico deberíamos distinguirlo tajantemente de los restos diurnos; no es preciso que haya estado presente en la vida de vigilia, puede mostrar ya ese carácter irracional que todo lo inconciente lleva en sí cuando se lo traduce a lo conciente. Tampoco es lícito confundir el deseo onírico con las mociones de deseo que posiblemente, aunque no de manera necesaria, se encontraban entre los pensamientos oníricos (latentes) pre-concientes. Pero si tales deseos preconcientes existieron, el deseo onírico se les asocia como el refuerzo más eficaz.

Ahora nos interesan los ulteriores destinos de esta moción de deseo que se ha formado en el Prcc como un deseo onírico (una fantasía que cumple un deseo) y que, en su ser, subroga un reclamo pulsional inconciente. La reflexión nos dice que podría tramitarse por tres caminos diversos: por el que sería normal en la vida de vigilia, que parte del Prcc y esfuerza por abrirse paso en la conciencia; por el de procurarse una descarga motriz directa esquivando la Cc; o por ese otro insospechado camino que la observación nos hace rastrear en la realidad. En el primer caso se convertiría en una idea delirante cuyo contenido es el cumplimiento del deseo, pero esto nunca acontece en el estado del dormir. (Siendo que estamos tan poco familiarizados con las condiciones metapsicológicas de los procesos anímicos, quizá podríamos tomar este hecho como indicio de que el vaciamiento total de un sistema disminuye su capacidad de respuesta frente a incitaciones.) El segundo caso, la descarga motriz directa, debería excluirse por el mismo principio, (14) pues normalmente el acceso a la motilidad está situado todavía un poco más allá de la censura de la conciencia, aunque por excepción se lo observa como sonambulismo. No conocemos las condiciones que lo posibilitan ni las razones por las cuales no es más frecuente. Lo que en realidad acontece en el caso de la formación del sueño es un resultado muy asombroso y del todo imprevisto. El proceso urdido dentro del Prcc y reforzado por el Icc toma un camino retrocedente a través del Icc hasta llegar a la percepción, que se impone a la conciencia. Esta regresión es la tercera fase de la formación del sueño. Para abarcar el panorama repito las anteriores: Refuerzo de los restos diurnos prcc por el Icc, producción del deseo onírico.

A una regresión así la llamamos tópica, a diferencia de la temporal, antes mencionada, o regresión en la historia del desarrollo (15). Ambas no por fuerza coincidirán siempre, aunque sí lo hacen en el ejemplo que ahora consideramos. La vuelta hacia atrás del decurso de la excitación (desde el Prcc, a través del Icc, hasta la percepción) es, al mismo tiempo, el retroceso al estadio anterior del cumplimiento alucinatorio de deseo.

Por La interpretación de los sueños conocemos el modo en que se produce la regresión de los restos diurnos preconcientes en el caso de la formación del sueño (16). Los pensamientos se trasponen en imágenes -predominantemente visuales-, y por tanto las representaciones-palabra son reconducidas a las representaciones-cosa que les corresponden; en el conjunto es como si un miramiento por la figurabilidad presidiese todo el proceso. Después de consumada la regresión, dentro del sistema Icc quedan pendientes una serie de investiduras, investiduras de recuerdos-cosa, sobre los cuales actúa el proceso psíquico primario hasta que por su condensación y por el desplazamiento recíproco de las investiduras acaba por formar el contenido manifiesto del sueño. Sólo cuando las representaciones-palabra incluidas entre los restos diurnos son restos actuales, frescos, de percepciones, y no expresión de un pensamiento, reciben el mismo tratamiento que las representaciones-cosa y son sometidas como tales a las influencias de la condensación y el desplazamiento. De ahí la regla que dimos en La interpretación de los sueños, corroborada después hasta la evidencia: las palabras y dichos del contenido del sueño no son creaciones nuevas, sino que están calcadas de dichos del día del sueño (o de otras impresiones frescas, aun las tomadas de la lectura). Muy digno de notarse es lo poco que el trabajo del sueño se atiene a las representaciones-palabra; en todo momento está dispuesto a permutar entre sí las palabras hasta hallar aquella expresión que ofrece el asidero más favorable para la figuración plástica (17).

En este punto se muestra la diferencia decisiva entre el trabajo del sueño y la esquizofrenia. En esta última, las palabras mismas en que se expresó el pensamiento preconciente pasan a ser objeto de la elaboración por parte del proceso primario; en el sueño no son las palabras, sino las representaciones-cosa a que las palabras fueron reconducidas (18). El sueño conoce una regresión tópica, la esquizofrenia no; en el sueño está expedito el comercio entre investiduras de palabra (prcc) e investiduras de cosa (icc); lo característico de la esquizofrenia es que ese comercio permanece bloqueado. Pero, justamente, es la magnitud misma con que se nos aparece esa diferencia lo que se debilita a raíz de las interpretaciones de sueños que emprendemos en la práctica psicoanalítica. Tan pronto como la interpretación pesquisa el circuito del trabajo onírico, sigue los caminos que llevan desde los pensamientos latentes hasta los elementos del sueño, descubre el modo en que se sacó partido de las ambigüedades de las palabras y pone de manifiesto las palabras-puentes entre los diversos círculos de materiales, trasmite la impresión de algo ora chistoso, ora esquizofrénico, y así nos hace olvidar que todas las operaciones con palabras no son en el sueño sino otros tantos preparativos para la regresión a cosa {escorzo de cosa concreta}.

El proceso onírico culmina cuando el contenido de pensamiento que se mudó en sentido regresivo y se retrabajó como fantasía de deseo deviene conciente en calidad de percepción sensorial, con lo cual experimenta la elaboración secundaria a que es sometido todo contenido perceptivo. Decimos que el deseo onírico es alucinado y, en cuanto alucinación, recibe la creencia en la realidad de su cumplimiento. Y justamente con esta pieza que remata la formación del sueño se vinculan las incertidumbres más graves, para cuya aclaración compararemos al sueño con estados patológicos que le son afines.

La formación de la fantasía de deseo y su marcha regresiva hasta la alucinación son las piezas más importantes del trabajo del sueño, pero no le pertenecen a él con exclusividad. Al contrario; se encuentran también en dos estados patológicos: en la confusión alucinatoria aguda, la amentia (de Meynert (19)), y en la fase alucinatoria de la esquizofrenia. El delirio alucinatorio de la amentia es una fantasía de deseo claramente reconocible, que a menudo se ordena por entero como un cabal sueño diurno. De un modo generalizante podría hablarse de una psicosis alucinatoria de deseo, atribuyéndola al sueño y a la amentia por igual. Acontecen también sueños que no constan sino de fantasías de deseo no desfiguradas, muy ricas en contenido (20). La fase alucinatoria de la esquizofrenia no está tan bien estudiada; por regla general, parece ser de naturaleza más compleja, pero en lo esencial respondería a un nuevo intento de restitución que pretende devolver a las representaciones-objeto su investidura libidinosa (21). No puedo aducir aquí con fines comparativos los otros estados alucinatorios que se presentan en múltiples afecciones patológicas porque no dispongo al respecto de una experiencia propia ni puedo aprovechar la de otros.

Tengamos en claro que la psicosis alucinatoria de deseo -en el sueño o dondequiera- consuma dos operaciones en modo alguno coincidentes. No sólo trae a la conciencia deseos ocultos o reprimidos, sino que los figura, con creencia plena, como cumplidos. Es preciso comprender esta conjunción. No puede aseverarse que unos deseos inconcientes deberían tenerse por realidades tan pronto como han devenido concientes, pues es bien notorio que nuestro juicio tiene plena capacidad para distinguir realidades de representaciones y deseos, por intensos que estos sean. Parece justificado suponer, en cambio, que la creencia en la realidad se anuda a la percepción por los sentidos. Toda vez que un pensamiento ha hallado el camino de la regresión hasta las huellas mnémicas inconcientes de objeto, y de ahí hasta la percepción, admitimos su percepción como real (22). Por tanto, la alucinación conlleva la creencia en la realidad. Ahora tenemos que averiguar la condición para que sobrevenga una alucinación. La primera respuesta sería: la regresión; y así, en lugar de la pregunta por la génesis de la alucinación, tenemos la pregunta por el mecanismo de la regresión. Para el caso del sueño, no necesitaríamos demorar mucho la respuesta. La regresión desde los pensamientos oníricos Prcc hasta las imágenes mnémicas de cosa es, manifiestamente, la consecuencia de la atracción que estos representantes de pulsión icc -p. ej., recuerdos vivenciales reprimidos- ejercen sobre los pensamientos vertidos en palabras (23). Sólo que enseguida advertimos que hemos caído en una vía falsa. Si el secreto de la alucinación no fuera otro que el de la regresión, cualquier regresión lo bastante intensa produciría una alucinación con creencia en la realidad. Pero harto bien conocemos los casos en que una reflexión regresiva trae a la conciencia imágenes mnémicas visuales muy nítidas, a las que no por eso, en momento alguno, tenemos por una percepción real. Además, muy bien concebiríamos que el trabajo del sueño avanzase hasta imágenes mnémicas tales que se nos hiciesen concientes las que hasta entonces fueron inconcientes, espejándonos así una fantasía de deseo que nos provocaría una sensación de nostalgia pero no reconoceríamos como el cumplimiento real del deseo. Por tanto, la alucinación tiene que ser algo más que la reanimación regresiva de las imágenes mnémicas en sí icc.

Tengamos en cuenta, además, que es de gran importancia práctica distinguir percepciones de representaciones, por grande que sea la intensidad con que estas últimas se recuerden. Toda nuestra vinculación con el mundo exterior, con la realidad, depende de esta capacidad. Hemos forjado la ficción de que no siempre poseímos esta capacidad y al comienzo de nuestra vida anímica de hecho alucinábamos el objeto satisfaciente cuando sentíamos la necesidad de él. Pero en tal caso la satisfacción quedaba en suspenso, y el fracaso tiene que habernos movido muy pronto a crear un dispositivo con ayuda del cual pudiera distinguirse una percepción desiderativa así de un cumplimiento real, y evitarse aquella en lo sucesivo. Con otras palabras: muy temprano resignamos la satisfacción alucinatoria de deseo e instauramos una suerte de examen de realidad. (24) Ahora se plantea esta pregunta: ¿En qué consistió este examen de realidad, y cómo es que la psicosis alucinatoria de deseo del sueño y de la amentia, etc., logran cancelarlo y restaurar el viejo modo de satisfacción?

Obtendremos la respuesta si procedemos a determinar con mayor precisión el tercero de nuestros sistemas psíquicos, el sistema Cc, que hasta ahora no separamos tajantemente del Prec. Ya en La interpretación de los sueños debimos decidirnos a considerar la percepción conciente como la operación de un sistema particular, al que atribuimos ciertas propiedades asombrosas y al que con buenas razones agregaremos todavía otros caracteres. A ese sistema, que allí llamamos P, lo hacemos coincidir con el sistema Cc, de cuyo trabajo depende por regla general el devenir-conciente. Pero no siempre el hecho del devenir-conciente coincide por entero con la pertenencia a ese sistema; en efecto, tenemos averiguado que pueden notarse ciertas imágenes mnémicas sensoriales a las que es imposible atribuir un lugar psíquico dentro del sistema Cc o P.

No obstante, tendremos que volver a diferir el tratamiento de esta dificultad hasta que podamos concentrar nuestro interés en el sistema Cc (25). En este contexto puede permitírsenos el supuesto de que la alucinación consiste en una investidura del sistema Cc (P), que, empero, no viene desde afuera, como en el caso normal, sino desde adentro, y que tiene por condición que la regresión avance hasta el punto de excitar aun a este sistema y así pueda saltarse el examen de realidad (26).

En un contexto anterior (27), hubimos de reclamar para el organismo todavía inerme la capacidad de procurarse por medio de sus percepciones una primera orientación en el mundo distinguiendo un «afuera» y un «adentro» por referencia a una acción muscular. Una percepción que se hace desaparecer mediante una acción es reconocida como exterior, como realidad; toda vez que una acción así nada modifica, la percepción proviene del interior del cuerpo, no es objetiva {real}. Es harto valioso para el individuo poseer un tal signo distintivo de realidad objetiva (28), que al mismo tiempo constituye un remedio contra ella, y bien quisiera estar dotado de un poder semejante en contra de sus reclamos pulsionales, a menudo implacables. Por eso pone tanto empeño en trasladar hacia afuera lo que desde adentro se le vuelve penoso, en proyectarlo (29).

Ahora, luego de una descomposición más a fondo del aparato anímico, tenemos que atribuir con exclusividad al sistema Cc (P) esta operación de orientarse en el mundo distinguiendo entre un adentro y un afuera. Cc tiene que disponer de una inervación motriz por la cual se establezca sí la percepción puede hacerse desaparecer o se comporta como refractaria. No otra cosa que este dispositivo necesita ser el examen de realidad. Nada más estricto podemos decir, pues todavía conocemos muy poco la naturaleza y el modo de trabajo del sistema Cc. Al examen de realidad lo situaremos, como una de las grandes instituciones del yo, junto a las censuras establecidas entre los sistemas psíquicos, que ya nos son familiares, a la espera de que el análisis de las afecciones narcisistas nos ayude a descubrir otras instituciones de esa clase (30).

En cambio, desde ahora podemos averiguar por la patología el modo en que el examen de realidad puede cancelarse o ponerse fuera de acción; y por cierto lo discerniremos de manera más unívoca en la psicosis de deseo, la amentia, que en el sueño: La amentia es la reacción frente a una pérdida que la realidad asevera pero que debe ser desmentida {Verleugnung} por el yo como algo insoportable. A raíz de ello el yo rompe el vínculo con la realidad, sustrae la investidura al sistema Cc de las percepciones (o quizá le sustrae una investidura cuya particular naturaleza puede ser todavía objeto de indagación). Con este extrañamiento de la realidad queda eliminado el examen de realidad, las fantasías de deseo -no reprimidas, por entero concientes- pueden penetrar en el sistema y ser admitidas desde ahí como una realidad mejor. Una sustracción así puede ponerse en el mismo rango que los procesos de la represión; la amentia nos ofrece el interesante espectáculo de una desavenencia del yo con uno de sus órganos, quizás el que le servía con mayor fidelidad y el que estaba más íntimamente ligado a él (31).

Eso que en la amentia es efectuado por la «represión» {esfuerzo de suplantación}, en el sueño lo produce la renuncia voluntaria. El estado del dormir no quiere saber nada del mundo exterior, no se interesa por la realidad o lo hace sólo en la medida en que entra en juego el abandono del estado del dormir, el despertar. Por tanto, quita también la investidura al sistema Cc, así como a los otros sistemas, el Prcc y el Icc, en la medida en que las posiciones (32) presentes en ellos acaten el deseo de dormir. Con esta «condición de no investidura» {Unbesetzheit} que adquiere el sistema Cc se imposibilita el examen de realidad, y las excitaciones que, independientemente del estado del dormir, han emprendido el camino de la regresión lo encontrarán expedito hasta el sistema Cc, en el interior del cual se las tendrá por una realidad indiscutida (33).

Respecto de la psicosis alucinatoria de la dementia praecox, nuestras reflexiones nos permiten deducir que no puede pertenecer a los síntomas iniciales de la afección. Sólo se vuelve posible cuando el yo del enfermo se ha fragmentado hasta el punto en que el examen de realidad ya no impide la alucinación.

En cuanto a la psicología de los procesos oníricos, alcanzamos el resultado de que todos los caracteres esenciales del sueño son determinados {determiniert} por la condición del estado del dormir. El viejo Aristóteles, con su modesto enunciado de que el sueño es la actividad anímica del durmiente, acierta por entero (34). Podríamos glosarlo: un resto de actividad anímica posibilitado por el hecho de que el estado narcisista del dormir no puede imponerse en toda la regla. Esto no es muy diferente de lo que psicólogos y filósofos dijeron desde siempre, pero descansa en perspectivas completamente divergentes acerca del edificio y el funcionamiento del aparato anímico. Y estas perspectivas aventajan a las anteriores en que pudieron acercarnos también a la comprensión de todas las particularidades del sueño.

Para terminar, echemos todavía una mirada a la importancia que una tópica del proceso de la represión cobra para nuestra intelección del mecanismo de las perturbaciones del alma. En el sueño, la sustracción de la investidura (libido, interés) recae sobre todos los sistemas en igual medida; en las neurosis de trasferencia es retirada la investidura prcc; en la esquizofrenia, la del Icc, y en la amentia, la de la Cc.

Notas:

1- Los dos ensayos que siguen provienen de una colección que originariamente yo me proponía publicar en forma de libro bajo el título de Zur Vorbereitung einer Metapsychologie {Trabajos preliminares para una metapsicología}. Son la continuación de trabajos que se imprimieron en el volumen 3 de la Internationale Zeitschrift tür ärztliche Psychoanalyse («Pulsiones y destinos de pulsión», «La represión» y «Lo inconciente»). Esta serie tiene como propósito aclarar y profundizar las hipótesis teóricas que podrían ponerse en la base de un sistema psicoanalítico.
2- [Cf, La interpretación de los sueños (1900a), AE, 4, págs. 276 y sigs. Véase, sin embargo, el agregado hecho en 1925 a una nota al pie, ibid., pág
3- [Se hallará un tratamiento más extenso de la relación entre narcisismo y egoísmo en la 26ª de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16, págs. 379-80.]
4- [Cf. La interpretación de los sueños (1900a), AE, 4, págs. 30-1 y 59-60.]
5- [Cf. «Lo inconciente» (1915e).]
6- [Posible referencia a un artículo perdido sobre la paranoia.]
7- [Cf. La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, págs. 546-8.]
8- [Cf. La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, pág. 520.]
9- [No resulta claro a qué remite esto.]
10- [La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, pág. 559. Cf. también «La represión» (1915d), supra, pág. 146.]
11- [La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, pág. 571.]
12- [No resulta claro a qué remite esto.]
13- [La primera es «el carácter refractario de las mociones reprimidas».]
14- [El «principio de la inexcitabilidad de sistemas no investidos» parece aludido en uno o dos pasajes de los escritos posteriores de Freud; por ejemplo, en Más allá del principio de placer ( 1920g), AE, 18, pág. 30, y en el trabajo sobre la «pizarra mágica» ( 1925a) , AE, 19, pág. 247. Ya había sido anticipado en términos neurológicos en el «Proyecto de psicología» de 1895 (1950a), AE, 1, pág. 364, donde se establece que «una cantidad pasa más fácilmente de una neurona a una neurona investida que a una no investida». Y en ibid., pág. 383, Freud aplica de hecho esta hipótesis al problema de la descarga motriz en los sueños, el mismo tema que el del presente pasaje. Escribe en ese lugar: «Los sueños están privados de descarga motriz, así como, las más de las veces, de elementos motores. En el sueño uno está paralizado. La explicación más cómoda de este carácter es la ausencia de la preinvestidura espinal. [ ... ] La excitación motriz no puede sobrepasar la barrera con neuronas no investidas». Pocos párrafos más adelante (ibid., págs. 385-6) examina la naturaleza «retrocedente» de la característica alucinatoria de los sueños, tal como lo hace en la última parte del presente pasaje.]
15- [Véase un párrafo agregado en 1914 al capítulo VII de La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, pág. 541, donde se distinguen tres tipos de regresión, y otro tratamiento de la regresión en la 22ª de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16, págs. 310-12. Véase también mi «Apéndice A» al «Proyecto de psicología» (1950a), AE, 1, págs. 390 y sigs.]
16- [AE, 5, págs. 536 y sigs.]
17- Al miramiento por la figurabilidad adscribo también el hecho, destacado por Silberer [1914] y quizá sobrestimado por él, de que muchos sueños admiten dos interpretaciones simultáneamente válidas y, no obstante, de diferente naturaleza. Silberer llama a la una analítica y a la otra anagógica. En todos los casos se trata de pensamientos de índole muy abstracta, que por fuerza ofrecieron grandes dificultades para su figuración en el sueño. A modo de comparación, considérese la tarea que importaría sustituir el artículo editorial de una gaceta política por ilustraciones. En tales circunstancias el trabajo del sueño tiene que sustituir primero el texto de pensamientos abstractos por uno más concreto, enlazado con aquel de algún modo por comparación, simbolismo, alusión alegórica y, en el mejor de los casos, genéticamente. Sólo después puede usar este último, en remplazo de aquel, como material del trabajo del sueño. Los pensamientos abstractos producen la interpretación llamada anagógica, que en el trabajo interpretativo colegimos con mayor facilidad que la genuinamente analítica. Según una acertada observación de Otto Rank, ciertos «sueños sobre la cura» de pacientes bajo tratamiento analítico son los mejores modelos para entender esos sueños de interpretación múltiple. [En 1919 Freud agregó un parágrafo sobre interpretaciones anagógicas a La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, pág. 518. Cf. también «Sueño y telepatía» (1922a), AE, 18, pág. 207.]
18- [Cf. «Lo inconciente» (1915e).]
19- [En el resto del artículo debe entenderse que el término «amentia» alude a este estado.]
20- [Cf. La interpretación de los sueños (1900a), AE, 4, pág. 149n.]
21- En el ensayo sobre «Lo inconciente» (1915e)  tomamos conocimiento de la sobreinvestidura de las representaciones-palabra como un ensayo de esa índole.
22- [Esta observación fue hecha por Breuer en su contribución teórica a los Estudios sobre la histeria (1895), AE, 2, págs. 200 y 201, n 2. El parece atribuir la idea a Meynert.]
23- [La interpretación de los sueños (1900a), AE, 5, págs. 538-9.]
24- [Véase mi «Nota introductoria»]
25- [Otra probable remisión al artículo perdido que trataría sobre la conciencia.]
26-  A manera de complemento agrego que un ensayo de explicar la alucinación no debería partir de la alucinación positiva, sino más bien de la negativa.
27- «Pulsiones y destinos de pulsión» (1915c)
28- [«Kennzeicken der Realität». Cf. «Realítätszeichen» («sígno de realidad objetiva») en el «Proyecto de psicología» (1950a), AE, 1, pág. 371 y passim.]
29- [Véase el tratamiento ulterior del «afuera» y el «adentro» en el artículo muy posterior sobre «La negación» (1925h) y en El malestar en la cultura (1930a), AE, 21, pág. 68.]
30- Acerca de la diferenciación entre un examen de la actualidad {Aktualitätsprüfung} y un examen de la realidad {Realitätsprüfung}, véase un pasaje posterior.
[En ninguna otra parte parece hacerse referencia a la primera; quizá se trate, una vez más, de una alusión a un ensayo perdido.]
31- A partir de esto puede conjeturarse que también las alucinosis tóxicas, por ejemplo el delirio alcohólico, han de entenderse de manera análoga. La pérdida insoportable infligida por la realidad sería justamente la del alcohol. Cuando se suministra este último, las alucinaciones cesan.
32- [La palabra alemana es aquí «Positionen», «puestos militares». El uso de la metáfora fue sugerido sin duda por el hecho de que «Beseizung» {«investidura»} puede ser también utilizado en el sentido de «ocupación milítar».]
33- El principio de la inexcitabilidad de sistemas no investidos aparece aquí invalidado para la Cc (P); pero sólo puede tratarse de una cancelación parcial de la investidura, y justamente para el sistema de la percepción tendremos que suponer cierto numero de condiciones de excitación que se apartan mucho de las de otros sistemas.  Desde luego, de ninguna manera puede ocultarse o embellecerse el carácter tentativo, inseguro, de estas elucidaciones metapsicológicas. Sólo una ulterior profundización puede aportarnos cierto grado de probabilidad.
34- [Citado en La interpretación de los sueños (1900a), AE, 4, pág. 30.]