try another color:
try another fontsize: 60% 70% 80% 90%
Estudio del psicoanálisis y psicología

Obras de Winnicott: Un caso atendido en el hogar (1955)


Un caso atendido en el hogar (1955)

Case Confrence, vol. 2, n. 7, noviembre de 1955.

No todos los casos de la psiquiatría infantil interesan directamente al asistente social. Si les presento el caso de Kathleen es porque, a pesar de que el caso lo llevé yo mismo, su tratamiento no fue primordialmente a base de psicoterapia. El peso del caso lo cargó la madre, toda la familia a decir verdad, y su afortunado desenlace fue el resultado de la labor llevada a cabo en casa de la pequeña durante un año. Fue necesario que yo llevase la dirección del caso, por lo que, durante unos meses, cada semana tuve que ver a la madre y a la niña durante veinte minutos.

En la primera entrevista pude sacar una conclusión bastante definida acerca de la psicopatología de la afección, así como formarme una opinión provisional sobre la habilidad de los padres para ayudar a la niña a superar su enfermedad.

La niña me fue enviada con el fin de que yo gestionase su ingreso en una residencia, ya que a los que antes habían intervenido en el caso no se les había ocurrido que, bajo ciertas condiciones, la curación podía producirse espontáneamente con el tiempo. Lo importante fue que, al hacer un minucioso historial del caso durante la primera entrevista, pude trazar un gráfico de la sintomatología, y partiendo del mismo constaté que el punto culminante de la enfermedad ya había sido alcanzado, por lo que se registraba una tendencia hacia la mejora en el momento en que la entrevista se llevó a efecto. En el gráfico aparecía un punto máximo constituido por una aguda angustia neurótica seguida de una creciente aflicción; luego la enfermedad sufría una alteración de carácter que convertía a la niña en una enferma psicótica. La fase neurótica aguda aparecía a raíz de una historia que la niña había oído de labios de su hermano durante un período en que ya habían empezado los trastornos debido a que tenía que actuar de dama de honor en la boda de su tía favorita. En general, el período de agudos trastornos psicóticos correspondía a las fechas de la boda.

Me pareció interesante que la niña hubiese comenzado a mejorar y, examinando el hecho detalladamente, descubrí que la familia se había convertido en una especie de hospital mental, adquiriendo por sí misma una organización paranoide en la que encajaba perfectamente aquella niña paranoide y replegada. Al principio la pequeña solamente se las arreglaba para ir tirando cuando estaba en contacto real con su madre, pero para el momento de la consulta, ya existía alrededor de la madre un círculo limitado dentro del cual la niña se sentía libre de cualquier aflicción aguda. Comprobé que la madre, persona no instruida ni demasiado inteligente, pero sí excelente administradora de su hogar, mostraba interés por saber por qué ella y la familia se encontraban en un estado tan curioso y anormal. De hecho mantuvo el ambiente de hospital mental hasta que la niña alcanzó un nivel que permitió que paulatinamente el hogar recobrase la normalidad. El restablecimiento gradual del hogar se produjo cuando la pequeña perdió su organización defensiva paranoide. Obtuve la cooperación de las autoridades locales incluso cuando les pedí que nadie visitase la casa y durante un año entero me hice cargo de toda la responsabilidad, simplificando así la tarea de la madre.

Así, pues, lo que hizo que la niña volviese a la normalidad o a la casi normalidad fue antes la dirección del caso que una psicoterapia directa. Se hizo algo de labor directa con la niña en las visitas semanales, las cuales, sin embargo, fueron necesariamente breves, ya que a la sazón no tenía ninguna vacante para un caso digno de tratamiento. Lo que se hizo durante aquellos breves contactos no fue la parte principal del tratamiento, ni una parte esencial del mismo; fue sólo agregado útil.

Trataré de describir detalladamente el caso.

Kathleen tenía seis años cuando me la envió el psiquiatra de la clínica de puericultura del condado. En su nota el psiquiatra me decía: «Recientemente se ha vuelto negativa; habla consigo misma y se queda mirando fijamente al vacío y, aunque se niega a separarse de ella, rehúsa cooperar con su madre».

Pude aprovechar el informe que presentara un asistente social psiquiátrico de la localidad cuando recopilaba los siguientes datos, después de haber visto yo a la madre:

La madre: parece estable. Actualmente está desesperadamente angustiada y no tiene idea de cómo llevar al paciente.

El padre: Vive y goza de buena salud.

Los hijos: Pat, de once años, brillante y hablador. La paciente, de seis años. Sylvia, de veinte meses: una niña muy atractiva.

Kathleen había sido amamantada durante tres meses; luego pasó fácilmente al biberón y a los sólidos sin problema. Tampoco tuvo dificultad alguna para comer sola. Empezó a utilizar palabras alrededor de los doce meses y no tardó en hablar. Comenzó a andar a los dieciséis meses; el hábito del aseo se instauró normalmente.

La madre pudo comparar el desarrollo infantil de la pequeña con el de los otros dos hijos: no era retardada. No se había registrado ninguna enfermedad física de importancia. Había sufrido una operación del pulgar, en el hospital, sin que la experiencia la hubiese aterrorizado. Recientemente se había quejado de dolores de cabeza y había estado algo pálida. En la infancia había sido un poco más chillona de lo normal; los padres siempre habían tenido que tratarla con un poco más de cuidado que a los otros dos. Comprobaron que la niña necesitaba una adaptación más estrecha. Dicho de otro modo, era del tipo sensible. Se observó que le era necesario ver cómo sus preguntas recibían rápida respuesta, de lo contrario era propensa a las rabietas. Siempre estaba en tensión y necesitaba ser llevada con tacto. Era posible decir, sin embargo, que no sobrepasara los límites normales: inteligente, feliz, capaz de jugar y capaz de establecer buenos contactos. Cuando fue a la escuela, a los cinco años, no le gustó mucho pero se mostró bastante razonable. Era agradable y amigable y «sabía afrontar la depresión a base de reflexiones». Su trabajo alcanzaba el nivel requerido hasta que empezó a dar muestras de ir mal, unas pocas semanas antes de la consulta. A la niña le gustaba ayudar a su madre en casa; las tareas más o menos domésticas se le dieron bien desde los cuatro años. Disfrutaba jugando con su hermanita; mostraba gran empeño en conservar sus libros en buen estado y le molestaba que su hermanita se los desordenase o arrancase las páginas. Sentía afecto por sus muñecas. Le gustaba mucho asistir a la escuela dominical. Parecía sentir afecto por su hermanita y le gustaba hacer cosas para ella.

Kathleen pertenece a una familia corriente de clase trabajadora. El padre se dedica a la compara y venta de chatarra, en los negocios le van bien. Empezó con un pequeño terreno, luego adquirió una casa rodante como vivienda de la familia y a la larga pudo permitirse la adquisición de una cabañita y un automóvil, igualmente pequeño. La madre es una señora simpática, no muy inteligente, pero capaz de dirigir su vida con sensatez, sin tratar de hacer más de lo que puede hacer. Procede de una familia de inteligencia limitada; por parte del padre hay un tío epiléptico.

Unas pocas semanas antes de la primera consulta, Kathleen debía hacer de dama de honor en la boda de su tía preferida. La boda se alzaba como una amenaza en los días en que se produjo la aparición de la enfermedad.

La niña solía decirle a su tía: «Es mi boda y no la tuya». No lo decía solamente en plan de broma, y a decir verdad, aquello señaló la aparición de la enfermedad. Era capaz de verse a sí misma en el lugar de su tía, pero no de enfrentarse a la boda en posición de observadora. Por aquel entonces también empezó, primero de forma atenuada, a padecer manía persecutoria que la inducía a procurar que todo el mundo estuviese constantemente risueño pues temía algo desagradable en sus rostros. Al cabo de poco tiempo ya no bastaba con que la gente sonriera. Luego, con mayor rapidez, se produjo un cambio marcado, hasta tal punto que su maestra se dio cuenta de que durante las últimas semanas no prestaba atención cuando le hablaban, ni siquiera cuando la llamaban varias veces por su nombre. Se quedaba sentada mirando fijamente al vacío, totalmente preocupada.

Una o dos veces, al llegar a la escuela, se había negado a quitarse el sombrero y el abrigo. Sus dibujos con lápices de colores eran más bien descuidados y a veces en lugar de escribir trazaba garabatos; también escribía mal algunas letras, cosa que no había sucedido anteriormente.

Brote agudo

Al llegar a este punto, su hermana de once años, que se veía igualmente afectada por la próxima boda, hizo algo que repercutió claramente en el conflicto de Kathleen. Le contó una historia fantástica. Kathleen sentía afecto por su tía y se identificaba con ella por medio del lado femenino de su personalidad; pero, al mismo tiempo, tenía que hacer frente a otra vertiente de su personalidad a la que resultaba mucho más difícil llegar: su identificación con el hombre de la boda. Kathleen lo conocía y también sentía afecto por él. Partiendo de su propia identificación con su madre y del amor por su padre, la pequeña hubiese podido afrontar todo aquello de haber ido bien las cosas. Digamos que tenía dos sueños potenciales: uno de ella misma en el papel de dama de honor, identificada con la novia; y otro en el que la vertiente masculina de su naturaleza rivalizaba con el novio. En esta rivalidad había un elemento de muerte, por lo que fue algo muy serio para ella que su hermana (que se hallaba igualmente atrapada en semejante conflicto) le contase una historia fantástica que había oído por la radio y en la que se hablaba del asesinato de un hombre mientras ríos de sangre corrían por el suelo de la habitación.

Sus defensas contra la angustia y el conflicto suscitados por la boda habían estado funcionando bien; su identificación masculina se había visto reprimida. Ahora, sin embargo, se cernía la amenaza de que irrumpiesen los intolerables sueños en los que rivalizaba con el hombre, por lo que se veía obligada a organizar nuevas defensas de índole más primitiva. Empezó a dar muestras de replegamiento y paranoia. La reorganización requirió tiempo y el efecto inmediato de la historia contada por su hermana se tradujo en una angustia manifiesta y muy severa. Hubo, pues, un período preliminar de enfermedad neurótica aguda; la niña se mostraba muy asustada a la hora de acostarse; preguntaba repetidas veces si había sangre en el suelo; constantemente decía: «Mami, mami, ¿vendrá él a asesinarme? ¿No me pasará nada? ¿Vas a vigilar la puerta?». Finalmente lograban tranquilizarla y hacer que se durmiese.

Después de este período de aguda angustia la pequeña se recuperó y durante un tiempo estuvo bastante normal, pero más o menos una semana más tarde, al regresar un día de la escuela, empezó a decir cosas extrañas acerca de un hombre que habla querido meterla en el agua. Dijo que todos los niños que se metían en el agua con aquel hombre salían con vestidos nuevos. Se había convertido en un caso psicótico.

A partir de entonces, nunca fue ella misma, y cuando la boda era ya inminente se agravó considerablemente, tanto que a uno le hace pensar más en una enfermedad propia del hospital mental que en una psiconeurosis. Se quedaba sentada mirando distraídamente al vacío, negándose a contestar. Una mañana miró a su amiga y hermana y pareció horrorizarse; se puso a gritarle a la madre: «Que se los lleven». Dijo que tenían unas caras horribles y feas y que no podía soportar aquella visión. Se encontraba claramente alucinada. Una vez, en la calle, exclamó: “Que se lleven a toda esta gente. No dejéis que se acerquen”. Se convirtió en una niña totalmente envuelta en preocupaciones. Si le pedían que hiciese alguna cosa sencilla, no parecía comprender y montaba en una especie de rabia, diciendo: «¿Dónde? ¿Qué quieres decir? Me hacéis vagar de un lado a otro y otra vez me hacéis perder el tiempo». Con frecuencia rompía a llorar y empleaba un lenguaje muy soez, mientras mostraba aspecto de estar muy aterrorizada. A menudo se doblaba sobre sí misma como si se viera atacada por un dolor muy fuerte y le decía a su madre: «Me estás hablando al estómago, me estás haciendo daño». A menudo decía que odiaba a su madre y que quería marcharse. A veces hablaba de un hombre: «Él y yo lo haremos. Me voy a vivir con él en un bungalow y vosotros no vais a venir. Él me tomará». A veces, al escuchar la radio, identificaba alguna voz y decía que era la del hombre en cuestión. Parecía estar viéndole, y se quedaba mirando fijamente al espacio, como alucinada, llorando y exclamando: «Ha sido él». Si le daban dulces o caramelos los conservaba en la mano como si no estuviera segura de lo que debía hacer con ellos.

Dejaron de interesarle los juegos, fuesen de la clase que fuesen, y había regalado sus muñecas. No le importaba que su hermana pequeña garabatease sus libros. No quería salir a jugar con su patinete. Seguía a su madre a todas partes, sin querer perderla de vista. Cada noche lloraba al acostarse y deseaba que el padre o la madre se quedase a su lado. No podía soportar que se mencionase el nombre de su escuela, y al oírlo tapaba la cara con las manos. Cuando tenía que salir con su padre hacía ocho intentos sin acabar de decidirse y finalmente, afligida, corría hacia su madre. Después se negaba rotundamente a separarse de su madre. Mientras estaba muy cerca de su madre, no estaba demasiado mal, pero era incapaz de conciliar el sueño si su madre no se quedaba una o dos horas sentada junto a ella. Incluso entonces se levantaba a las dos de la madrugada y se metía en la habitación de la madre, donde permanecía inquieta y sin sueño. Se habían terminado las pesadillas. (Antes de la enfermedad siempre había dormido de un tirón.)

Durante cierto tiempo no fue capaz de soportar el ver a su hermana mayor. Sin embargo, se valía de la hermana menor para representar un aspecto normal de sí misma, algún sitio donde seguir adelante mientras padecía la grave enfermedad, del mismo modo que otros pacientes similares se valen de un gato, perro o pato.

Mientras que anteriormente había amado a sus muñecas, que guardaba cariñosamente en su propio lecho, ahora las había alejado de sí y dejaba que la pequeñita jugase con ellas. En su cariño por la pequeñita se había mezclado una cierta angustia, ya que la paciente no cesaba de acariciar el rostro de su hermanita preguntando si estaba bien. Esto ponía de mal humor a la pequeña.

También había dejado por completo de dibujar con lápices de colores. No había rastro de ncontinencia, si bien la madre siempre había tenido que estar alerta para llevarla corriendo al lavabo al menor síntoma. La escuela dominical, que antes le gustaba mucho, se había convertido en algo imposible, ya que no quería abandonar a su madre. Una vez fue con su madre a la iglesia, pero se hartó antes de que finalizase el culto. No podía soportar a la gente.

El curso de la enfermedad aguda

El examen cuidadoso de los detalles demostró que el trastorno empezó como una exageración de la susceptibilidad corriente que va asociada con la excitación que producen los preparativos de una boda. El súbito auge de la angustia manifiesta se produjo a continuación de la historia radiofónica. Se recuperó algo de esto pero, transcurrida otra semana, se desarrolló la fase psicótica de la enfermedad, fase que duró hasta después de la boda. Poco a poco, después de una o dos semanas, la severidad de la enfermedad tendió a atenuarse y esta mejoría, si bien leve y gradual, se mantuvo firmemente hasta que la niña se restableció al cabo de un año completo.

Yo entré en escena en el momento de producirse la leve mejoría, después de la peor fase de la enfermedad, y me vi obligado a preguntarme por la causa de aquella mejoría. ¿Sería porque la boda ya se había celebrado o porque estaba sucediendo alguna otra cosa beneficiosa? Yo ya me había formado la opinión de que era poco probable que hiciese ingresar a la pequeña en una residencia, ya que no era cosa fácil que lograse hallar para ella plaza en un sitio donde pudiera quedarse hasta el total restablecimiento. También me había preguntado cómo sería el hogar de la pequeña; pude comprobar que su hogar se había convertido en un hospital mental para la niña. Los padres habían dispuesto que nadie llamase a la puerta, toda vez que a la niña le asustaban mucho las llamadas. Le dijeron al lechero que dejase la leche en la entrada del jardín en vez de hacerlo en los peldaños de la puerta principal. El cartero y el carbonero recibieron instrucciones parecidas. Ni siquiera a los parientes les estaban autorizadas las visitas; y así sucesivamente. Toda la familia estaba involucrada en el caso.

¿En qué residencia se habría obtenido todo esto? Tuve que preguntarme a mí mismo si yo podía ofrecer algo mejor que lo que se le estaba ofreciendo en casa. Decidí que no. Le expliqué a la madre la importancia de lo que ella estaba haciendo y le pregunté si sería capaz de continuarlo. Me dijo: «Ahora que usted me ha explicado lo que estoy haciendo, puedo seguir adelante. ¿Cuánto tiempo durará?». Tuve que responderle que no lo sabía pero que podía estar segura de que transcurrirían unos meses.

De manera que contribuí a la tarea de la madre escribiendo a las autoridades locales, a quienes rogué que nadie, ya fuese de la clínica o de la escuela, visitase la casa. Recibí una cooperación completa. A medida que la niña fue recuperándose, la primera persona grata fue el asistente social de la escuela, cuyo reciente fallecimiento, por cierto, ha dejado un gran vacío en la familia, tanto era el apego que habían cobrado por aquel hombre. Dentro de este sistema paranoide artificial la niña pudo dejar ir gradualmente su propio replegamiento paranoide. En vez de poder soportar la vida solamente cuando estaba junto a su madre, empezó a ser capaz de comportarse de modo bastante normal dentro de un círculo de pocos metros con respecto a la madre. Resultó notable la forma en que los demás niños así como los adultos, se adaptaron a las necesidades de la pequeña. El círculo dentro del cual la niña se sentía segura fue agrandándose ininterrumpidamente hasta llegar a tener el mismo o más volumen que toda la casa.

Cómo se mantuvo el contacto

Si bien ello se contradecía con el concepto de la casa en cuanto a sistema cerrado, durante todo aquel tiempo la madre traía la niña a consulta una vez a la semana para que yo sostuviera un breve contacto con ella. Cada semana le explicaba a la madre lo que iba acaeciendo y le daba a la niña la oportunidad de ser negativa. La pequeña rehusaba entrar en mi sala de juegos. Se comportaba de manera desordenada y desafiante y la mayor parte del tiempo lo pasaba junto a su madre, pataleando, escupiendo, maldiciendo y empleando palabrotas. Era ni más ni menos que una especie de animal salvaje. A veces decía: «Cierra el pico, te voy a romper la cabeza»; o bien: «No. No. No”. Es difícil describir la violencia con que me repudiaba. Después de varias visitas la pequeña se permitió a sí misma un rápido recorrido por la sala de juegos antes de marcharse. De esta forma supo que había juguetes y, al cabo de muchas semanas, incluso se permitió tocar uno de ellos. Una vez, si bien rehusó el carrete de papel que yo le ofrecía, al llegar a la calle alzó la vista hacia mi ventana y, al lanzarle yo un carrete, lo recogió y se lo llevó a casa. Las visitas a mi consultorio las aceptaba la niña como una excursión fuera de casa, la única que le era posible tolerar. Paulatinamente, en el transcurso de numerosas entrevistas breves, fue acercándose a los principios de una aceptación de mi persona.

Hubo un largo intervalo durante el cual, debido a las vacaciones, no vi ninguna vez a la pequeña. Transcurrido el mismo, comprobé que la niña había mejorado tanto que no proseguí las entrevistas; aconsejé a los padres y a la escuela, así como a los asistentes sociales, que dejasen que el restablecimiento siguiera su curso lenta y naturalmente.

Una vez se registró un episodio importante. La niña tenía que pasar unos días en casa de su tía, la casada. Ésta no pudo tenerla en su casa y durante unas pocas semanas se produjo un regreso a la enfermedad en forma de síntomas. Todos los síntomas eran reconocibles, pero al cabo de breves semanas volvió a producirse una mejoría espontánea.

Antes de que pasaran quince meses desde la irrupción de la enfermedad, la niña volvía a asistir a la escuela.

Los maestros dijeron que era evidente que se había retrasado un poco, pero pudieron aceptarla y tratarla casi igual que antes.

Dos años más tarde

Casi dos años después, cuando tenía ocho años, la pequeña le dijo a su madre: «Quiero ver al doctor Winnicott y llevar conmigo a mi hermanita». Se concertó la visita y, al entrar en mi despacho, resultó evidente que la pequeña sabía qué encontraría allí y se puso a enseñarle los juguetes a su hermana. Anteriormente me hubiese sido imposible decir con toda seguridad que la niña se había fijado en los juguetes. La hermanita se puso a jugar a un juego totalmente distinto, normal, y yo dividí mi atención entre las dos pequeñas. El juego de Kathleen consistía en la construcción de una larguísima calle empleando las numerosas casitas de juguete que por aquel entonces tenía en mi consultorio. Resultaba claro que estaba pidiendo una interpretación y yo pude explicarle que lo que estaba haciendo era vincular el pasado con el presente, mi casa con la suya, integrando las experiencias pretéritas con las actuales. Para eso había venido y también para hacerme saber que se había valido de la hermana pequeña para el aspecto normal de ella misma. Poco a poco, durante su restablecimiento, su ser normal lo había sacado de la hermanita, con la cual había reemprendido unas relaciones normales.

Supe que inmediatamente después del percance que representó el hecho de que su tía no pudiera tenerla en casa, a la madre le había parecido que tenía que hacer algo para alejar a la pequeña de ella, pues entre ellas se había desarrollado una relación que tenía su base en el control de la enfermedad más que en el hecho de que ella fuese la madre. Resultaba imposible romper del todo aquella relación. Así, pues, la madre decidió correr el riesgo de mandar a la niña a casa de otros parientes. Al volver de sus vacaciones, Kathleen parecía estar normal, dormía bien, jugaba y compartía, al mismo tiempo que era menos propensa a las rabietas de lo que lo había sido antes de la enfermedad.

Seguimiento ulterior del caso

Hace poco pedí que me visitasen en plan de amistad. La madre accedió gustosamente y se presentó con los tres pequeños. La mayor de las hermanas, que ya tiene diecinueve años, es inteligente, instruida, tiene un buen empleo y viste con mucho gusto.

Sylvia, que ahora cuenta nueve años, se está desarrollando bien.

Kathleen, a los trece años y medio, da una impresión razonablemente normal, pero es más bien concentrada y no posee la vivaz inteligencia de su hermana mayor. Se alegró mucho de verme y se puso a hablar de la vida dando muestras de madurez. En la escuela las cosas le han ido bien, pero no se le dan bien las sumas. Por lo demás, su media es la normal más o menos. Me entero de que es apreciada aunque no tenga muchos amigos.

Ya se ha inscrito para que la enseñen a hacer bordados y los maestros dicen que todo les hace pensar que lo hará y que lo hará bien.

Y así es cómo puede decirse que se ha restablecido. Yo presté ayuda a mi manera. Fueron los padres quienes hicieron lo principal y para ello no les hizo falta saber muchas cosas. Bastó con que sintieran que valía la pena realizar una adaptación especial de manera transitoria y de acuerdo con las necesidades de la pequeña.

Consideraciones teóricas

Permítanme que compare la enfermedad neurótico con el desarrollo psicótico. Ciertos conflictos existentes entre su identificación por la vertiente masculina (homosexual) no eran accesibles a su conciencia psicológica, por lo que no pudo dar con una relación satisfactoria entre su ser masculino y el hombre que iba a ser su tío.

De ahí el trauma en potencia de la boda. La historia fantástica había hecho que este conflicto saliese al exterior, haciéndole padecer una grave angustia. En esa fase la psicoterapia personal hubiese podido servir. A medida que la boda iba acercando, la niña desarrolló una defensa más fuerte: psicosis, replegamiento y preocupación por el cuidado de ella misma dentro de ella misma. Esto en una posición vulnerable, ya que no le quedaba tiempo para contender con el mundo externo. Dicho de otro modo, se hizo paranoide. Mi intervención fue solicitada cuando ya se hallaba instaurada esta organización más psicótica de defensa. De haber estado en situación de darle a la pequeña un tratamiento más profundo, en vez de dejar que viniese a escupir en mi consultorio, se hubiese creado paulatinamente el mismo ambiente de hospital mental que de hecho se había creado en el hogar. Pero no me fue necesario aplicarle tal tratamiento. Los padres aportaron un marco dentro del cual la niña podía permanecer. La paciente podía identificarse con su propio hogar (modificado) porque éste adquiría la forma de sus propias defensas.

Resumen

Acabamos de ver un caso de psiquiatría infantil en el cual una familia de clase obrera fue capaz de ayudar a su hija a recuperar una enfermedad psicótica de quince meses de duración. Se vieron ayudados por un mínimo de atención personal al paciente, así como por la dirección del caso. El tiempo real que dediqué a aquel caso no fue de más de unas horas distribuidas a lo largo de varios meses.

Quizás este caso sirva de ayuda al asistente social en su intento de comprender qué sucede cuando los niños hacen un uso positivo de unos padres adoptivos o de una escuela-residencia (véase Clare Britton, 1955).