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Estudio del psicoanálisis y psicología

VII Congreso Internacional de investigación y práctica profesional: Memoria , Trauma y Transfererencia en la segunda tópica freudiana



Memoria , Trauma y Transfererencia en la segunda tópica freudiana

DAVID LAZNIK, ELENA CARMEN LUBIÁN Y LEOPOLDO KLIGMANN.

El siguiente artículo se inscribe en el Proyecto de Investigación UBACyT: “Operadores conceptuales de la segunda tópica freudiana: alcances y límites”. Programación científica 2014-2017. Dentro del marco de dicha Investigación indagaremos los interrogantes y desarrollos que introduce la conceptualización freudiana de la segunda tópica en la teorización de la memoria y la transferencia. A pesar de la temprana conceptualización del mecanismo de la represión, los términos olvido y recuerdo mantienen su presencia en la obra de Freud, quien teoriza el objetivo de la cura en relación a la producción de recuerdos. Estos términos dan lugar a paradojas e incluso a contrasentidos, que se dilucidan si consideramos estos términos como el modo freudiano de situar una posición frente al saber, y a la vez, de interrogar la posibilidad de simbolización. Los desarrollos sobre el trauma ocupan un lugar privilegiado en los últimos años de la obra freudiana. A partir de los ejes propuestos, destacaremos la temática del olvido y el recuerdo en relación con lo traumático. De este modo, recorreremos diversas articulaciones entre lo traumático y el modo en que Freud conceptualiza el dispositivo analítico. Se trata de problemas que Freud no alcanza a explorar, o bien, delimitar con precisión.

A pesar de la temprana conceptualización del mecanismo de la represión, los términos olvido y recuerdo, primer modo freudiano de +abordar la escisión de conciencia característica de la histeria, mantienen su presencia en la obra de Freud. De hecho Freud continúa teorizando el objetivo de la cura en relación a la producción de recuerdos hasta el final de su obra, el uso de estos términos da lugar a paradojas e incluso a contrasentidos, que se dilucidan si pensamos estos términos como la manera freudiana de situar una posición frente al saber y a la vez, de interrogar la posibilidad de simbolización.

En la Conferencia 28 Freud al especificar la particularidad que la transferencia cobra dentro del dispositivo analítico la definirá como la pieza decisiva del trabajo analítico cuando la misma se ejecuta en la relación con el analista al crearse versiones nuevas del conflicto. Esta afirmación ubica dos condiciones necesarias que delimitan en Freud la aplicabilidad del método: la existencia de un conflicto y la capacidad de transferencia. La puesta en relación de ambas condiciones permite retomar la inicial caracterización de la transferencia en términos de un “falso enlace” sobre la persona del analista, “falso enlace” que supone la acción del desplazamiento y por lo tanto de la represión secundaria, testimonio de la posibilidad de la ligadura en relación con el soporte de las cadenas asociativas por las que el deseo circula. En Recordar, repetir, reelaborar (1914) Freud recorta el agieren como una modalidad particular del recuerdo una vez que se ha producido la entrada en transferencia. Freud señala que el paciente no recuerda nada de lo olvidado reprimido sino que en general lo actúa. No lo reproduce como recuerdo sino como acción, lo repite sin saber que lo hace. Agrega que en general el paciente comienza la cura con una repetición. Acentúa que el paciente repite todo cuanto de lo reprimido ya se ha abierto paso hasta ser manifiesto, sus inhibiciones, sus rasgos patológicos, y sus síntomas, Freud pondrá en relación el agieren con la existencia de una compulsión de repetición, sin embargo la vertiente abordada en 1914 resulta afín a la economía del principio del placer. Al punto que sostiene que finalmente no hemos descubierto nada nuevo ya que plantea que lo que se recuerda en acto en lugar del acto del recuerdo es una forma del retorno de lo reprimido. Es decir el retorno de lo reprimido se juega ahora no sólo en las formaciones del inconsciente sino también en el escenario privilegiado que ofrece la transferencia. La repetición así planteada no es otra cosa que la confirmación que se ha producido la neurosis de transferencia.

A la altura del seminario XI Lacan señala que la entrada en transferencia desencadena el despliegue del saber inconsciente y produce, a su vez, como efecto el amor. Efecto de engaño en tanto que se repite en el presente aquí y ahora. En ese sentido, no se trata de una sombra de los antiguos engaños del amor sino del aislamiento en lo actual de su puro funcionamiento de engaño (LACAN 1963). Es decir: la transferencia actualiza, respecto del analista, en tanto efecto de amor, los modos en que el sujeto se ha dirigido a los otros de su historia, los modos de su demanda, organizada en torno a los significantes primordiales que de la demanda del Otro lo han marcado. En el seminario V Lacan nombra a esta forma de despliegue de la demanda como “demanda en filigrana”[i] (LACAN 1957) y la contrapone al despliegue de la demanda en forma directa. Señala, entonces, que la predisposición fundamental al análisis implica la producción -en un primer tiempo- del reanudamiento por parte del sujeto de sus demandas, articulada a la función de la transferencia como sostén del dispositivo analítico. La demanda puede presentarse en el discurso en forma directa o a modo de filigrana. Lacan destaca que sin duda es mucho más importante para nosotros cuando es a modo de filigrana.[ii]

Leemos a modo de filigrana como sinónimo de la marca en el discurso del ciframiento del deseo inconsciente en la estructura de sus formaciones. Ese tejido del deseo es solidario con la instauración de una respuesta frente al encuentro con el deseo del Otro, la cual resultará soporte para que el padecimiento psíquico pueda expresarse simbólicamente a través del síntoma. Sin embargo, inevitablemente, la dimensión de la transferencia que atañe a la persona del analista como soporte de la neurosis de transferencia irrumpirá de manera inevitable con mayor o menor intensidad en todo análisis. Es respecto de ese registro de la transferencia, estructural en todo análisis, que se presenta el problema del amor y del odio. Al actualizarse de manera directa en relación al analista los modos de la demanda que han caracterizado las relaciones del sujeto a sus otros primordiales y que cuando atañen a su dimensión traumática, en tanto no ligados al campo de las representaciones, no retornan al modo de lo reprimido sino bajo el valor de lo actual correlativo de lo no tramitado. Por otra parte la reacción terapéutica negativa introduce una problemática particular. Freud fundamenta la formulación del superyó en la teoría a partir de la reacción terapéutica negativa entendida como un peligro para la cura. En El yo y el ello (1923) dice que determinados pacientes “reaccionan de manera trastornada frente a los progresos de la cura” (FREUD 1923). Esta formulación se ha confundido con la transferencia negativa[iii] que también atenta contra la prosecución de la cura. Sin embargo, la reacción terapéutica negativa se distingue de la transferencia negativa porque en ésta última se trata de la degradación del analista que ocupa el lugar de un objeto parcial. Por el contrario, la reacción terapéutica negativa no es una resistencia de transferencia, sino que, al decir de Freud, lo peligroso es la cura misma (FREUD 1923).

Freud vincula la reacción terapéutica negativa a la “gravedad de las neurosis” (FREUD 1923), que lo conducirá luego (FREUD 1924) a reformular las nosografías en tres grupos: neurosis, psicosis y psiconeurosis narcisistas (LAZNIK, LUBIÁN, KLIGMANN 2014).

Respecto de los avatares de la transferencia, sobre el final de la metapsicología Freud aún muestra optimismo al considerar que la producción de la nueva neurosis artificial coincide con la resolución de la enfermedad previa, al tiempo que toda la producción nueva de la enfermedad se concentra en la relación con el analista (FREUD 1917). Sin embargo Freud ya había vislumbrado un sesgo distinto de la repetición (FREUD 1914). Freud sitúa un tipo particular de importantísimas vivencias, sobrevenidas en épocas muy tempranas de la infancia que en su tiempo no fueron entendidas, y que hallaron inteligencia e interpretación con efecto retardado nachträglich}, para las cuales la mayoría de las veces es imposible despertar un recuerdo. Esta problemática, está de alguna manera presente desde los primeros desarrollos sobre el trauma. En los comienzos de su teoría sobre el trauma psíquico Freud parte de la analogía con las neurosis traumáticas pero a su vez señala el rasgo diferencial: en el caso de la neurosis traumática, la causa eficiente de la enfermedad es el afecto de horror, mientras que en la etiología de la histeria y las neurosis obsesivas sitúa al recuerdo inconsciente como el agente patógeno eficaz. En la medida en que Freud interroga la etiología de la histeria, las primeras formulaciones sobre el trauma, parten de la existencia de un síntoma. Desde esta perspectiva se aborda fundamentalmente lo que del trauma pudo ser cernido en la trama de las representaciones. Si bien Freud postula la existencia de una vivencia traumática, el acento recae en la eficacia de los recuerdos inconscientes y en el valor que cobran las representaciones patógenas al resultar inconciliables con el yo. En tanto se trata de cuadros clínicos de histeria o neurosis obsesiva, el síntoma, producto del mecanismo psíquico, da cuenta de una forma de tratamiento de lo real que connota la acción de la defensa; al situar el efecto patógeno del lado del recuerdo se acentúa lo que pudo ser anudado al campo de las representaciones. En oposición, la angustia resto ineludible de lo que vale como encuentro traumático, teorizada en un primer momento como rasgo esencial de las neurosis actuales, no se inscribe en la memoria y adquiere valor de actualidad; al remitir a lo no tramitado en términos de lo que escapa a la representación, evidencia la ausencia de mecanismo psíquico y por ende queda excluida momentáneamente del campo de aplicabilidad del psicoanálisis (LAZNIK, LUBIÁN, KLIGMANN 2010a).

Freud afirma que el trauma acontece frente a la imposibilidad de tramitación del aparato, pero a la vez sostiene que lo no tramitado insiste bajo la forma de recuerdos. Freud se ve llevado a precisar que en estos casos el recuerdo toma el valor de un cuerpo extraño a la vez que se comporta como algo actual. Los desarrollos metapsicológicos permiten retomar esta problemática. Freud remarca que “Con particular frecuencia, (sucede) que se «recuerde» algo que nunca pudo ser «olvidado» porque en ningún tiempo se lo advirtió, nunca fue consciente” (FREUD 1914). En este sentido, ¿es posible que lo que nunca fue olvidado retorne como recuerdo? ¿Qué estatuto particular tienen los recuerdos de aquello que nunca fue olvidado? Consideramos que estos interrogantes podrán ser retomados desde otra perspectiva a partir de las nuevas conceptualizaciones de Más allá del principio de placer donde Freud afirma que las huellas mnémicas del tiempo primordial no subsisten en estado ligado, y aún, en cierta medida, son insusceptibles del proceso secundario (FREUD 1920). Aquí sí, Freud se encuentra con un hecho nuevo y asombroso: la compulsión de repetición devuelve también vivencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer, que tampoco en aquel momento pudieron ser satisfacciones, ni siquiera de las mociones pulsionales reprimidas desde entonces. Sin embargo, será recién con la segunda tópica, al plantear un inconsciente que no coincide con lo reprimido, que Freud podrá esclarecer la contradicción expresada en Más allá del principio del placer y separar lo reprimido de lo no ligado. De este modo, aquello que escapa a la redes del principio de placer y a la posibilidad del cifrado inconsciente, hallará entonces su lugar en la estructura Freud aborda los alcances de la compulsión de repetición en transferencia y señala los efectos que la misma cobra en la vida de personas no neuróticas al situar la impresión de un sesgo demoníaco en su vivenciar, un destino que las persigue (FREUD 1920). Es decir, Freud advierte una satisfacción que luego nominará masoquista que se repite a través de una vía diferente a la de las formaciones del inconsciente. Una modalidad que por otra parte desde nuestro punto de vista prevalece en la mayoría de las demandas de análisis actuales. Esta modalidad de repetición si bien atañe a la compulsión de repetición, al no presentarse por la vía del síntoma, abre otro tipo de preguntas y problemas: Por un lado, hallamos aquellos denominados no neuróticos. Término que intenta cernir una modalidad del padecimiento que no se presenta por la vía del síntoma, sino del fantasma (LACAN 1966).

Hasta que dicho padecimiento no se sintomatiza dichos pacientes no consultan. Por otra parte las neurosis traumáticas enfrentan a nuevas problemáticas. En el encuentro con aquello que vale como un nuevo trauma, lo sorpresivo, lo inesperado, deviene en ocasiones una actualidad permanente no atemperada por el olvido. Es decir, se trata de un saber que no remite al saber no sabido, sino a un saber no articulado. Freud señala que el cuadro de la neurosis traumática se aproxima al de la histeria por presentar en abundancia síntomas motores similares; pero lo sobrepasa, por lo regular, en sus muy acusados indicios de padecimiento subjetivo -que la asemejan a una hipocondría o una melancolía-, así como en la evidencia de un debilitamiento y una destrucción generales mucho más vastos de las operaciones anímicas.

La particularidad del desencadenante de las neurosis traumáticas reside en que se trata del encuentro con un suceso inesperado y displacentero, situable y fechable en el escenario de la realidad material cuya producción se presenta como absolutamente independiente de la participación activa del sujeto, es decir sucesos que también desde la perspectiva social son nombrados como traumáticos en la acepción más amplia que cobra este término. Remarcamos que el rasgo diferencial de la escucha nalítica exigirá poder situar a qué lugar singular de la estructura ha venido ese acontecimiento para cobrar valor traumático en un sujeto.

Freud establece que el terror tiene por condición la falta del apronte angustiado. Por ello sostiene que el apronte angustiado constituye la última trinchera de la protección antiestímulo y considera que en toda una serie de traumas, el factor decisivo para el desenlace quizá sea la diferencia entre los sistemas no preparados y los preparados por sobreinvestidura. Sin embargo, el apronte angustiado, erige una protección que no constituye una garantía contra la neoproducción de la angustia traumática[v].

Estas teorizaciones permiten recortar el lugar del trauma en la estructura en su valor universal, constitutivo y necesario para todo ser hablante; a su vez posibilitan abordar la génesis de la neurosis, más allá de su dimensión psicopatológica, como el nombre de una modalidad de respuesta frente al deseo del Otro y por lo tanto como un modo de inscripción de la castración. Desde la perspectiva señalada podemos afirmar que la génesis de la neurosis dependerá del modo en que se transiten los avatares de la constitución subjetiva; el fantasma, en tanto respuesta propia del campo de la neurosis, constituirá el indicador de que ha habido la posibilidad de la interrogación ¿Qué me quiere?, pregunta que guarda una relación esencial con la función de la falta en el campo del Otro. Sin embargo el armado del fantasma no asegura que esta respuesta esté siempre disponible: su vacilación frente a lo que vale como traumático o las detenciones en su constitución, harán subir a escena otros modos de abordar el encuentro con el deseo del Otro: angustia, acting-out, pasaje al acto son testimonios de su fracaso.

Estas conceptualizaciones pueden ser articuladas con la noción freudiana de estallido de la neurosis. Ella reintroduce las dimensiones de lo singular y lo contingente y nos lleva a resituar la afirmación freudiana acerca de una imperfección estructural del aparato ya que la constitución de la angustia como señal, propia de las neurosis, no evita la neoproducción automática de la angustia frente a lo que vale como un nuevo trauma.

En esta línea, en Inhibición, síntoma y angustia, Freud diferencia dos dimensiones de la angustia: la señal y la consecuencia de su fracaso es decir la reproducción automática de la angustia frente a una situación que en tanto vale como traumática se articula con la perturbación económica relativa a una la dimensión pulsional que trasciende y subvierte el plano atinente al desvalimiento biológico (FREUD 1925).

El anudamiento que Freud establece entre la angustia y el complejo de castración anticipa el lugar estructural que posteriormente Lacan le otorgará al Otro respecto de la constitución subjetiva. En varias oportunidades Lacan retoma la noción freudiana de Hilflosigkeit y, -apartándose de la pregnancia que la dimensión biológica cobra por momentos en los desarrollos freudianos- la define como “la posición de estar sin recursos, más primitiva que todo”. Se pregunta “¿El sin recurso ante qué?” para resaltar y precisar que eso no es definible, centrable, de ninguna otra forma más que ante el deseo del Otro” (LACAN 1958). Es entonces “ante la presencia primitiva del deseo del Otro como opaco, como oscuro, que el sujeto está sin recursos”. Lacan asevera que allí está el fundamento de lo que en análisis ha sido explorado, experimentado, situado como la experiencia traumática. Estos desarrollos permiten distinguir dos fórmulas diferentes y ambas válidas que fundamentan la aparición de la angustia: la angustia ante la falta de la falta y la angustia como respuesta frente a la emergencia del deseo del Otro como enigma del ser.

Si a partir de Freud podemos considerar a las distintas estructuras como efectos del modo en que se inscribe para cada uno la castración, con Lacan quedará acentuado el valor determinante que cobra el deseo del Otro en la constitución subjetiva. Los desarrollos relativos a las operaciones alienación y separación permiten precisar el lugar que el desamparo -correlativo del punto de imposibilidad del sujeto de saber quién es para deseo del Otro- juega en la constitución de las neurosis y, por ende, en el transcurso de un análisis. Lo que vale por lo traumático, ya sea en el campo de las psiconeurosis o respecto de las neurosis traumáticas conduce ineludiblemente a interrogar el estatuto que cobra lo actual, y sus avatares respecto de su inscripción en la memoria. La fijación al trauma[vi], y los modos de defensa frente al trauma que en tanto intentos de ligadura, aun fallidamente, participan de su tramitación, denotan la imposibilidad del olvido enfrenta una y otra vez al sujeto al retorno infinito de una vivencia a la que paradójicamente no logra dársele crédito. ¿Qué estatuto tiene ese vivenciar que no es pasible de olvido? ¿Qué estatuto tiene eso actual que no es un saber y sin embargo es pronunciable? ¿Se trata de un decir que arriba a la percepción pero no a la conciencia? El esquema freudiano de la memoria no parece resolver estos problemas. Esta problemática se conecta a su vez con el particular estatuto que cobran las marcas que participan en la constitución de la neurosis infantil .Las mismas tienen valor traumático y remiten a la dimensión estructural del trauma relativa al encuentro con el deseo del Otro. Atañen a su vez a una dimensión particular de lo imposible de ser sabido en tanto una arista de lo reprimido primordial que difiere de lo inconsciente reprimido.

Si bien la noción de lo no ligado permite recortar una serie de fenómenos que se caracterizan por el fracaso de la ligadura al campo de las representaciones, será la producción de un nuevo ordenamiento metapsicológico, solidario de la formulación de la segunda tópica, el que posibilitará particularizar diferentes aristas. A partir de la relación con las nuevas instancias delimitadas -ello, yo, superyó- Freud podrá inscribir la compulsión de repetición y por ende lo traumático, en relación con un inconsciente que no coincide con lo reprimido (LAZNIK, LUBIÁN, KLIGMANN 2010b); recién entonces es posible esclarecer la contradicción expresada en Más allá del principio de placer (1920) y separar lo reprimido de lo no ligado; aquello que escapa a la redes del principio del placer y a la posibilidad del cifrado inconsciente encuentra ahora su lugar en la estructura[vii].

Años más tarde en Análisis terminable e interminable (1937), Freud reinterroga el estatuto de lo traumático. La etiología de todas las perturbaciones neuróticas es mixta; o se trata de pulsiones hiperintensas, o del efecto de traumas tempranos. Considera que por regla general, hay una acción conjugada de ambos factores, el constitucional y el accidental. Mientras más intenso sea el primero, tanto más un trauma llevará a la fijación y dejará como secuela una perturbación del desarrollo; y cuanto más intenso el trauma, tanto más seguramente exteriorizará su perjuicio, aún bajo constelaciones pulsionales normales. Agrega: “No hay ninguna duda de que la etiología traumática ofrece al análisis con mucho, la oportunidad más favorable”(FREUD 1937).

¿A qué llama Freud traumas tempranos? Al factor accidental referido a vivencias tempranas. Es decir que diferencia respecto de la causación de las neurosis la incidencia del factor constitucional -la dimensión pulsional-, del factor accidental al cual le atribuye ser la causa de la etiología traumática. Los desarrollos del Moisés y la religión monoteísta zanjan la disyuntiva introducida en Análisis terminable e interminable y vuelven a establecer la conexión entre trauma y pulsión, retoman el planteo relativo a las series complementarias y remarcan ahora la importancia trascendental de las vivencias tempranas. Una dimensión de estas vivencias cobra valor a partir de la particular posición en la que un sujeto entra al mundo, mientras que otras remiten a la categoría de lo contingente, es decir a lo accidental. Señala que por regla general, las vivencias pertinentes al tiempo primordial han caído bajo un completo olvido, no son asequibles al recuerdo, pertenecen al período de la amnesia infantil que las más de las veces es penetrado por restos mnémicos singulares, los llamados «recuerdos encubridores», precisa que esos traumas refieren a impresiones de naturaleza sexual y agresiva, y por cierto también a daños tempranos del yo (mortificaciones narcisistas). Subraya: “Llamamos traumas a esas impresiones de temprana vivencia, olvidadas luego, a las cuales atribuimos tan grande significatividad para la etiología de las neurosis; los traumas son vivencias en el cuerpo propio o bien percepciones sensoriales, las más de las veces de lo visto y oído, vale decir, vivencias o impresiones”.

El uso del término olvido comporta una dificultad ya que el mismo sugiere la posibilidad del cifrado inconsciente y por ende la acción de la represión secundaria. ¿Se trata de lo “olvidado” o de lo imposible de recordar como una arista de lo reprimido primordial que remite en este caso a las marcas primordiales que participan en la constitución de la neurosis infantil? Dimensión de lo psíquico que para ser abordada requiere de una intervención particular: La construcción. ¿Es la construcción una adición de saber o una intervención que en transferencia permite producir respecto de “lo mismo” un nuevo vivenciar? ¿Qué estatuto tiene ese vivenciar que no es pasible de olvido? ¿Qué relación guarda con aquello que vale como un nuevo trauma o respecto de una fijación al trauma[viii], allí donde el padecimiento central

denota la imposibilidad del olvido y enfrenta una y otra vez al sujeto al retorno infinito de una vivencia a la que paradójicamente no logra dársele crédito. ¿Cuál es el estatuto de una percepción que no termina de poder “ligarse” al campo de las representaciones? ¿Qué abordaje permite entramarla al campo de las representaciones?

El trauma en sus diferentes vertientes se conecta ineludiblemente con el núcleo duro de la compulsión de repetición. El encuentro con esta vertiente de la repetición resiente el optimismo freudiano respecto del alcance de la cura. Si bien la pregunta por el alcance y los límites del método psicoanalítico está presente en Freud desde los comienzos, luego de Más allá del principio de placer se torna un tema crucial, el problema no es cómo se produce la cura sino los obstáculos que impiden su prosecución, obstáculos que además se presentan sin duda en el terreno que Freud demarcó como apto para el psicoanálisis. Las formas extremas de la dimensión resistencial de la transferencia, la reacción terapéutica negativa, el trauma (más allá de las neurosis traumáticas) la melancolía (más allá de las estructuras línicas), el sentimiento inconsciente de culpa, las “neurosis graves”, los rasgos de carácter se recortan como figuras de lo inasimilable en el interior mismo del campo del psicoanálisis. Fenómenos que en transferencia actualizan de manera directa, es decir sin el soporte de las formaciones del inconsciente. Dimensión traumática del encuentro con el deseo del Otro, que en tanto no ligada al campo de las representaciones no retorna al modo de lo reprimido sino bajo el valor de lo actual correlativo a lo no tramitado. Lo hostil, lo erótico, la persistencia en la enfermedad… son algunos de sus testimonios.

Desde una teoría del recuerdo, Freud nombra estos fenómenos como resistenciales y desde el punto de vista freudiano su aparición complica la posibilidad de intervención del analista ya que ponen en cuestión la posición del analista. Posición que Freud remite a la transferencia positiva tierna. Para Freud la apuesta consiste en “mostrarle” al paciente que hay en juego una repetición, forzándolo a mudar su repetición en “recuerdo”. La cuestión radica en cómo es posible producir esta mudanza. Y por otra parte ¿se trata de lo olvidado? ¿O por el contrario de aquello que no lo logra inscribirse y por ello vale como actual? Freud enmarca correctamente el problema cuando considera que se trata de mostrarle al paciente que hay en juego una repetición pero pareciera enredarse en sus propios argumentos. Señala que la transferencia es consecuencia del acto del analista por lo cual no sería ético ni eficaz advertirle ahora al paciente que lo que le sucede “no es con uno”, apuesta entonces a mostrarle que esos sentimientos no provienen de la situación presente y por lo tanto no valen para el analista.

Es crucial el modo en que consideremos a qué alude aquí el “mostrarle”, ya que evidentemente, de acuerdo a la lógica desplegada por Freud no debería remitir a un intento de convencer racionalmente al paciente, cuestión que por otra parte a Freud no se le escapa, ya que en numerosas ocasiones señala que, cuando estas vertientes de la transferencia suben a escena, el paciente no presta oídos a ningún argumento y sin embargo Freud no logra resolver el nudo problemático al que estas situaciones transferenciales lo enfrentan. Freud interrumpe el tratamiento de la joven homosexual señalando que la transferencia complica sus intervenciones cuando el analizado repite en transferencia una relación infantil que se exterioriza bajo la forma de una oposición a todos los esfuerzos terapéuticos y en la conservación de la enfermedad” (FREUD 1917).

Precisemos entonces, desde nuestra lectura que esta demostración no puede apuntar al yo, ni tampoco servirse de la interpretación. Freud considera que lo que decide el resultado de esta lucha no es su penetración intelectual, sino únicamente su relación con el analista. (FREUD 1917). Por ello, en el Esquema dice que el peligro consiste en que el paciente considere el estado transferencial como unas nuevas vivencias objetivas, en vez de espejamientos del pasado (FREUD 1938). La tarea del analista consiste en arrancar al paciente “de esa peligrosa ilusión, de mostrarle una y otra vez que es un espejismo del pasado lo que él considera una nueva vida real-objetiva …Y si se logra adoctrinar al paciente sobre la real y efectiva naturaleza de los fenómenos trasferenciales, se habrá despojado a su resistencia de un arma poderosa y mudado peligros en ganancias, pues el paciente no olvida más lo que ha vivenciado dentro de las formas de la trasferencia, y tiene para él una fuerza de convencimiento mayor que todo lo adquirido de otra manera” (FREUD 1938). El uso del término adoctrinar da cuenta de la complicación freudiana…Freud sabe que no se trata de la penetración intelectual, remarca que lo decisivo se juega en la relación transferencial y sin embargo el retorno del término adoctrinar devela un punto problemático relativo a la posición del analista que Freud no logra resolver.

Quizás el atolladero al que estas cuestiones nos conducen no sea ajeno al modo en que Freud concibe la transferencia. En diversas ocasiones explicita que “la transferencia reproduce el vínculo con los padres, y por ende su ambivalencia” (FREUD 1938). Freud resalta entonces la demanda del paciente de obtener el reconocimiento y la satisfacción que en su momento no obtuvo de ellos.

Sin embargo vemos que estas situaciones transferenciales introducen en ocasiones otro sesgo: más que reeditar lo padecido parecieran reproducir el ejercicio del acto mismo que los ha llevado a padecer.

Lacan señala que frente a la angustia “…el actuar es un modo de arrancarle a la angustia su certeza. Actuar es operar una transferencia de angustia” (LACAN 1962)[ix].

En este sentido las referencias lacanianas de una transferencia de afecto o transferencia de angustia aportan nuevos elementos para dilucidar estos aspectos de la transferencia. Se imbrican con las diferentes dimensiones que atañen a la posición del analista: no sólo en términos de Otro sino también de objeto. Si bien Freud tematiza que el analista, efecto de la constitución de la neurosis de transferencia, “queda en una posición particularmente ventajosa, porque es uno mismo el que en calidad de objeto, está situado en su centro”, (FREUD 1916) es necesario diferenciar el alcance que esta postulación cobra en Freud, de los desarrollos lacanianos en torno a esta posición. Cuando Freud ubica al analista en el lugar de objeto se refiere fundamentalmente a que el analista pasa a formar parte de la serie psíquica en calidad de objeto de amor. Acentúa, respecto de la transferencia, sin desconocer el fundamento pulsional, la corriente tierna que comporta la elección amorosa, pero relega, más allá de que sus propias teorizaciones sobre la vida amorosa complejizan esta lectura, la degradación del objeto de amor a la que la disociación de la vida amorosa también convoca.

Nos encontramos entonces con que estas modalidades transferenciales en el decir de Freud ponen en cuestión la posición del analista. Efectivamente al poner en juego el registro pulsional sin el anudamiento con el ideal, introducen la dimensión de degradación del objeto y convocan al analista como partenaire para la constitución de una escena. Freud lo aborda a partir del estudio de la vida amorosa al distinguir dos corrientes: la tierna y la sensual. La corriente tierna supondría el abordaje del otro apoyado en las pulsiones yoicas, siguiendo el primer modelo pulsional. Se trata de una instancia no sexual, derivada de las pulsiones de conservación, en cuyo caso el cuerpo sexualizado está ausente. En este caso es la palabra aquello que aparece jerarquizado, situando el lugar del ideal y la función del decir en la relación con el semejante. Por el contrario, la corriente sensual parte de las pulsiones sexuales, las que involucran un cuerpo parcial, despegado del ideal, es decir, degradado. El objeto degradado no sólo es un objeto caído del ideal, sino también del decir. En ese sentido, no se dice sino que se muestra, y sólo se sostiene en la dimensión de la presencia. La corriente tierna del amor constituye al semejante como ideal, mientras que la corriente sensual lo constituye como objeto degradado. Ambas atañen, por la vía del amor de transferencia, al analista. Sin embargo, es respecto de la melancolía y la reacción terapéutica negativa que es posible delimitar la transferencia del lugar del sujeto en tanto objeto caído del deseo del Otro. Desde esta perspectiva la transferencia de angustia como puesta en acto de la defensión y la transferencia del afecto, en su vertiente erótica u hostil, ambas formas diversas de la transferencia salvaje, constituyen un intento precario de abordar lo traumático a través de la compulsión de repetición desplegada ahora en transferencia.

Son los desarrollos de Lacan los que permiten fundamentar la posición del analista no sólo en términos de Sujeto supuesto al Saber sino también como semblante de objeto. Esta dimensión, atinente a la función del analista, posibilita que el analista aloje esa transferencia sin responder empero desde el lugar del partenaire.

Hemos desarrollado de qué manera los términos olvido y recuerdo mantienen su presencia en la obra de Freud, y fundamentalmente, permiten particularizar el objetivo de la cura en relación a la producción de recuerdos. En este sentido, destacamos el modo en que Freud sitúa una posición frente al saber, e interroga la posibilidad de simbolización. 

Nuestro recorrido nos permitió ubicar el lugar privilegiado que ocupan los desarrollos sobre el trauma en los últimos años de la obra freudiana. A partir de los ejes propuestos, destacamos la temática del olvido y el recuerdo en relación con lo traumático, y las diversas articulaciones entre lo traumático y el modo en que Freud conceptualiza el dispositivo analítico. En este punto, ubicamos los problemas con los que se encuentra Freud en la teorización de la transferencia, y la manera en que Lacan retoma dichos obstáculos. La noción de transferencia de angustia, al constituirse como un intento de abordar lo traumático a través de la compulsión de repetición desplegada ahora en transferencia, permite retomar e interrogar la problemática de lo actual y la dirección de la cura. En este sentido, estos distintos desarrollos fundamentan la conceptualización de la posición del analista en términos de sujeto supuesto al saber y semblante de objeto; distintas maneras de delimitar la posición del analista que intentan abordar la complejidad de la clínica psicoanalítica.

NOTAS

[i] Nos referimos a la marca que se hace en el papel en el momento de su fabricación y que es visible a trasluz.

[ii] “Sin embargo, de una cierta manera, esta reanudación es articulada: es en su discurso que el sujeto hace aparecer ya sea directamente, ya sea como filigrana de su discurso- y sin duda es mucho más importante para nosotros cuando es a modo de filigrana-, mediante la forma y la naturaleza de su demanda, los significantes con los que esa demanda se formula” (LACAN 1957)

[iii] Cf. con los desarrollos de Etchegoyen en la sexta parte de Los fundamentos de la técnica psicoanalítica (2005). Amorrortu editores. Buenos Aires. 2005.

[iv] Posteriormente, la postulación del masoquismo erógeno primario permitirá recortar el fundamento de la existencia de un más allá del principio del placer al conceptualizar el masoquismo erógeno primario como residuo interior de la pulsión de muerte no traspuesto al exterior, testimonio y resto de la fase en que se produjo la ligazón entre pulsión de vida y pulsión de muerte.

[v] La concepción de Lacan en torno a la función del fantasma respecto de la relación del sujeto con la realidad esclarece las teorizaciones freudianas: la respuesta fantasmática, a la vez que permite la constitución de una escena enmarcada por el principio del placer- es decir sostenida en el sentido y el reencuentro de marcas-, le sirve al neurótico de defensa contra su angustia. El fracaso de su constitución o la vacilación del mismo introducen la dimensión de la angustia consecuente con la falta de representación frente a lo que vale como traumático.

[vi] Tomamos como referencia los sobrevivientes del holocausto, casos de abuso reales o relatos de detenidos desaparecidos.

[vii] Posteriormente, la postulación del masoquismo erógeno primario permitirá recortar el fundamento de la existencia de un más allá del principio del placer al conceptualizar el masoquismo erógeno primario como residuo interior de la pulsión de muerte no traspuesto al exterior, testimonio y resto de la fase en que se produjo la ligazón entre pulsión de vida y pulsión de muerte.

[viii] Tomamos como referencia los sobrevivientes del holocausto, casos de abuso reales o relatos de detenidos desaparecidos.

[ix] A continuación de esta afirmación, pasa a situar la relación entre la angustia, el acting y el pasaje al acto. Lacan, J. (1962-1963), El Seminario 10. La Angustia, p. 88, Paidós, Buenos Aires, 2006.

BIBLIOGRAFÍA

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FUENTE: Revista Electrónica de la Facultad de Psicología - UBA (AÑO 5 - NÚMERO 17 - DICIEMBRE 2015)

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