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Estudio del psicoanálisis y psicología

SOBRE VIOLENCIA SOCIAL, TRAUMA Y MEMORIA (Sobre cómo circula lo traumático. Entre lo singular y lo colectivo)



SOBRE VIOLENCIA SOCIAL, TRAUMA Y MEMORIA

Susana Griselda Kaufman *
Facultad de Psicología, UBA

Sobre cómo circula lo traumático. Entre lo singular y lo colectivo:

Cuando la vida social quiebra o pierde su red de sostén, bajo estados de violencia, la posibilidad de referentes de filiación y de cuidado se desdibujan y los procesos de simbolización inherentes a la estructuración subjetiva y a los espacios sociales se desarticulan. Las sensaciones de inermidad llevan a procesos de alienación y de aislamiento.
Los sufrimientos y sus efectos traumáticos tienen distintas intensidades y cabe diferenciar a las víctimas directas de aquellas que guardan diferentes distancias y para quienes las consecuencias son menos cercanas en compromiso corporal y psíquico.
Surgen muchos interrogantes y dilemas al tratar de ver cuál es la relación entre las víctimas directas y los demás, colectivo en el que también hay diferencias de involucración y de responsabilización ética.
¿Cuál es el lugar que se asigna a las víctimas y cuáles los espacios sociales que disocian o facilitan compartir y transmitir las memorias de lo vivido?
Lo dilemático en el proceso de construir memorias es que como todo proceso subjetivo, está constituido por factores que exceden el orden de la voluntad. Desde otro ángulo, las memorias están sujetas a diferentes interpretaciones y a una lucha política tanto en su construcción como en su transmisión.
No cabe duda de que las huellas traumáticas en las víctimas directas de la violencia son diferentes de las de los que las rodean, de los que empatizan con ellas, de quienes tratan de escucharlas y contribuir a su alivio o a su lucha por la justicia. También sabemos que el dolor y sus marcas cuando aparecen en lo corporal hacen que no siempre ese dolor sea transmisible y que su inscripción subjetiva compleja remita al horror, a lo no elaborable y a procesos psíquicos que extienden sus efectos a emociones y a duelos intolerables.
A diferencia de otras sensaciones que reconocen objeto referente, el dolor físico y psíquico pueden resistir su objetivación en el lenguaje; el sufrimiento traumático puede privar a la víctima del recurso del lenguaje, de su comunicación. Los otros también encuentran un límite en la comprensión de aquello que entra en el mundo corporal y subjetivo de quien lo padece.
Las huellas traumáticas, silenciadas muchas veces para evitar el sufrimiento de quien las ha padecido, a veces no son escuchadas o son negadas por decisión política o por falta de una trama social que las quiera tramitar. Se crea un medio donde el silencio “suspende” y deja inmóvil su expresión y su circulación.
Las diferentes formas e intensidad del sufrimiento de las víctimas directas y de quienes las rodean han llevado muchas veces a conflictos acerca de la legitimidad de los discursos en relación con la lucha por la reconstrucción de la memoria. ¿Quién determina cuál es el discurso adecuado? ¿Es la condición de víctima directa la única que legitima el discurso? ¿Quienes no lo son, están excluidos?
El peligro de marcar estas diferencias en cuanto a las formas de sufrimiento, es que lleven a una glorificación o la estigmatización de las víctimas como las únicas personas cuyo reclamo sea validado o rechazado. De esta manera sólo se agudiza la disociación entre las víctimas y los otros.
¿Quiénes son las víctimas para los demás y qué representan? Una forma en que los afectados de sufrimientos traumáticos son mirados es la especificidad de su diagnóstico y tratamiento. Y en este punto se plantean diversas consideraciones, ya que existe una amplia experiencia en la psiquiatría clásica y en el psicoanálisis acerca del trabajo con víctimas. Algunos de los referentes teóricos ponen el acento en cómo facilitar los espacios de expresión y elaboración de lo traumático, otros en esquematizar su sintomatología.
En la bibliografía anglosajona de los últimos años hay una tendencia a la categorización de lo traumático en sus diferentes descripciones, que encuentran su síntesis en el Síndrome de Estrés Postraumático –PTDS– denominación que la Asociación de Psiquiatría Americana asigna a este cuadro en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales y que se corresponde, en parte, con la descripción fenoménica de la neurosis traumática investigada en la obra freudiana. Pero hay un riesgo en este intento de categorización. La limitación del trauma a su denominación descriptiva más que a la consideración de la singularidad de su proceso. *
La perspectiva que parte de la observación e investigación clínica con afectados, y de las inferencias derivadas del trabajo en el entorno de la “situación analítica”, plantea a éste como uno de los espacios privilegiados para la reconstrucción de lo traumático. En el proceso terapéutico la posibilidad de formular una nueva narrativa, reconstruir la historia, articularla con la realidad y transferirla a un otro fuera de sí mismo, permite externalizar la experiencia y volver a incorporarla de manera menos demonizada.
Para los especialistas la reconstrucción psicoanalítica de la historia de lo traumático puede ser reafirmada en lo innegable de su realidad, no metaforizada y entonces reconstruida. La situación transferencial es el medio en el cual el sujeto puede apropiarse de su historia. La reconstrucción entonces juntará pasado y presente. Contar, recordar, revivir se convertirán en parte de los intentos para aliviar el sufrimiento, para tratar de reconstruir la experiencia, para objetivar y poder darle inscripción subjetiva y reapropiarla.
La demanda terapéutica es una respuesta posible. Esto requiere, por un lado, del reconocimiento de las víctimas o de quienes las rodean de su necesidad de ser ayudadas, escuchadas y, por otro lado, de la existencia de lugares o instituciones donde ésto sea posible.
El testimonio es otra maneras de transmitir, actualizar, vincular tiempos y experiencias recreando un nuevo espacio entre quien relata y quien escucha. Deseo incluir este campo –cuyas otras dimensiones dejo en mano de los especialistas– como una forma de vincular el testimonio a la construcción y transmisión de la memoria. Puede contribuir a sacar a la víctima de su aislamiento y a quienes escuchan a convertirse en eslabones de la transmisión de lo traumático.
Como en los espacios de la clínica psicológica, la posición de ambos actores tiene sus propias vicisitudes. A la lucha interna entre silenciar y expresar de quien habla de lo vivido y padecido, se suma el impacto emocional del otro/otros frente al relato que puede sobrepasar los umbrales de tolerancia.
En el vínculo con un otro es posible organizar nuevos lazos sociales donde el sujeto traumatizado al narrar, puede compartir y salir tanto de su aislamiento como de las consecuencias patológicas.
Los espacios de transmisión se facilitan enormemente cuando grupos o instituciones –como las de DD.HH u otras– tratan de conectar los traumas individuales con acciones colectivas y espacios públicos, en relación con acciones de sostén psicológico y de iniciativas solidarias y jurídicas.
La justicia es, por supuesto, otro de los espacios privilegiados donde alguien injuriado o dañado puede legitimar y hacer comunicable una experiencia privada, puede pedir reparación y administración de justicia y de responsabilidades.
El carácter atemporal y fantasmático de lo traumático produce conflicto y malestares sociales que pueden circular silenciosamente. La víctima singular puede verse enfrentada a negaciones que ciegamente transcurren en los espacios intersubjetivos. El miedo y la alienación que denuncia quien sufre pueden perder dimensión cuando el miedo y el sometimiento son la manera colectiva de vivir. Visto así, el miedo y los silencios pueden multiplicarse y las víctimas no encuentran condiciones de recepción, de cuidado o de integración. ¿Cómo se crean, entonces, los espacios para hablar de lo doloroso e “inhablable”?
Que lo traumático quede encapsulado sólo en las víctimas directas podría condenar su transmisión. Pero la condición de ser transmitido y compartido es parte de la posibilidad de que lo traumático sea subjetivizado, para dar nuevas posibilidades de tramitación psíquica, por un lado y tal vez para crear nuevas gestiones sociales.

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