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Estudio del psicoanálisis y psicología

Variantes de la cura-tipo, De la vía del psicoanalista a su mantenimiento: considerado en su desviación



La observación que sirve de pórtico al capítulo precedente no tiene otra evidencia sino irónica. Es que perfilándose sobre el callejón sin salida aparente de la cuestión en su enfoque dogmático, la reitera, bien mirado y sin omitir el grano de sal, por un juicio sintético a priori, a partir del cual podrá sin duda volver a encontrarse en ella una razón práctica.

Pues si la vía del psicoanálisis se pone en tela de juicio en la cuestión de sus variantes hasta el punto de no recomendarse ya sino de un solo tipo, una existencia tan precaria establece que un hombre la mantenga y que sea un hombre real.

Así, será por las solicitaciones ejercidas sobre el hombre real por la ambigüedad de esta vía como intentaremos medir, con el efecto que él experimenta, la noción que toma de ella. Si prosigue su tarea en efecto en esa ambigüedad, es que no lo detiene más de lo que es común en la mayoría de las prácticas humanas; pero si sigue siendo permanente en esa práctica particular la cuestión del límite que ha de asignarse a sus variantes, es que no se ve el término donde cesa la ambigüedad.

Entonces importa poco que el hombre real se descargue de la tarea de definir ese término en Ias autoridades que sólo subvienen a ella dando gato por liebre, o,  que se avenga a desconocerlo en su rigor, evitando poner a prueba el límite; en los dos casos será, por su acción, más burlado que burlador de él, pero con ello no se hallará sino mas a sus anchas para alojar allí los dones que lo adaptan a él: sin darse cuenta de que al abandonarse aquí a la mala fe de la práctica instituida, la hace caer al nivel de las rutinas cuyos secretos dispensan los hábiles; secretos desde ese momento incriticables, puesto que están siempre subordinados a los mismos dones, aunque ya no los hubiese en el mundo, que ellos se reservan discernir.

Aquel que se deja, a este precio, aligerar de la preocupación de su misión se creerá incluso confirmado en ello por la advertencia que resuena todavía con la voz misma que formuló las reglas fundamentales de su práctica: de no hacerse una idea demasiado elevada de esa misión, ni menos aún el profeta de alguna verdad establecida. Así ese precepto, presentándose bajo el modo negativo, por el cual el maestro pensó ofrecer esas reglas a la comprensión, no abre sino su contrasentido a la falsa humildad.

En el camino de la verdadera, no habrá que buscar lejos la ambigüedad insostenible que se propone al psicoanálisis; está al alcance de todos. Ella es la que se revela en la cuestión de lo que quiere decir hablar, y cada uno la encuentra con sólo acoger un discurso. Pues la locución misma en que la lengua recoge su intención más ingenua: la de entender lo que "quiere decir', dice suficientemente que no lo dice. Pero lo que quiere decir ese "quiere decir" es también de doble sentido, y depende del oyente que sea el uno o el otro: ya sea lo que el hablante quiere decirle por medio del discurso que le dirige, o lo que ése discurso le enseña de la condición del hablante. Así, no sólo el sentido de ese discurso reside en el que lo escucha, sino que es de su acogida de la que depende quién lo dice: es a saber el sujeto al que concede acuerdo y fe, o ese otro que su discurso le entrega como constituido.

Ahora bien, el analista se apodera de ese poder discrecional del oyente para llevarlo a una potencia segunda. Pues, además de que se pone expresamente para sí mismo, y aun para el sujeto hablante, como intérprete del discurso, impone al, sujeto, en los términos de su discurso, la abertura propia de Ia regla que le asigna como fundamental: a saber que ese discurso se prosiga primo sin interrupción, secundo sin retención, esto no solo en cuánto a la preocupación de su coherencia o de su racionalidad interna, sino también en cuanto a la vergüenza de su llamado ad hominem o de su aceptabilidad mundana. Distiende pues de este modo el margen que pone a su merced la sobredeterminación del sujeto en la ambigüedad de la palabra constituyente y del discurso constituido, como si esperase que sus extremos se uniesen por una revelación que los confunde. Pero esa conjunción no puede operarse, debido al Iímite poco notado en el que permanece contenida la pretendida libre asociación, por el cual la palabra del sujeto es mantenida en las formas sintácticas que la articulan en discurso en la lengua empleada, tal como la entiende el analista.

Por consiguiente el analista conserva entera la responsabilidad en el pleno sentido que acabamos de definir a partir de su posición de oyente. Una ambigüedad sin ambages, por estar a su discreción como intérprete, se repercute en una secreta intimación que él no podría apartar ni siquiera callándose

Por eso los autores confiesan su peso. Por oscuro que permanezca para ellos, por todos los rasgos en que se distingue un malestar. Esto se extiende desde el azoro, o aun de lo informe de las teorías de la interpretación, hasta su rareza constantemente acrecentada en la práctica por la postergación nunca propiamente motivada de su empleo. El vago término analizar viene a remediar demasiado a menudo la flotación que retiene ante él de interpretar, por defecto de su puesta al día, Sin duda es de un efecto de huida de lo que se trata en el pensamiento del practicante. La falsa consistencia de la noción de contratransferencia, su boga y las fanfarronadas que abriga se explican por servir aquí de coartada: el analista escapa gracias a ellas de considerar la acción que le corresponde en la producción de la verdad.

La cuestión de las variantes se esclarecería de seguir ese efecto, esta vez diacrónicamente, en una historia de las variaciones del movimiento psicoanalítico, devolviendo a su raíz universal, a saber su inserción en la experiencia de la palabra, la especie de catolicidad paródica en la que esta cuestión toma cuerpo.

Por lo demás, no se necesita ser gran letrado para saber que las palabras-clave que el hombre real, aquí evocado, utiliza de la manera más celosa para ilustrar con ellas su técnica no son siempre las que concibe más claramente. Los augures se ruborizarían de urgirse demasiado unos a otros sobre este punto, y no les parece mal que la vergüenza de los más jóvenes, por extenderse hasta los más novicios gracias a una paradoja que explican las modas actuales en favor de su formación, les ahorre esa prueba.

Análisis del material, análisis de las resistencias, tales son los términos en que cada uno referiría el principio elemental como la palabra final de su técnica, y el primero aparece como caduco desde la promoción del segundo. Pero, puesto que la pertinencia de la interpretación de una resistencia se sanciona por la emergencia de un "nuevo material", será en cuanto a la suerte que habrá de reservarse a éste donde empezarán los matices y aun las divergencias. Y resulta que si hay que interpretarlo como anteriormente, habrá motivo para preguntarse si, en estos dos tiempos, el término interpretación conserva el mismo sentido.

Para responder a esto, puede uno referirse a los inicios del año 1920 en que se instaura el viraje (tal es el término consagrado en la historia de la técnica) considerado desde entonces como decisivo en las vías del análisis. Se motiva, en esa fecha. por un amortiguamiento en sus resultados, cuya comprobación hasta ahora solo puede esclarecerse por la opinión, apócrifa o no, en la que el humor del maestro toma a posteriori valor de previsión, de ser necesario apresurarse a hacer el inventario del inconsciente antes de que vuelva a cerrarse.

Lo que sin embargo queda marcado de descrédito en la técnica por el término mismo de "material" es el conjunto de los fenómenos en los que habíamos aprendido hasta entonces a encontrar el secreto del síntoma, dominio inmenso anexado por el genio de Freud al conocimiento del hombre y que merecería el título propio de "semántica psicoanalítica": sueños, actos fallidos, lapsus del discurso, desórdenes de la rememoración, caprichos de la asociación mental, etc.

Antes del "viraje", es por el desciframiento de este material como el sujeto recobra, con la disposición del conflicto que determina sus síntomas, la rememoración de su historia. Y es igualmente por la restauración del orden y de las lagunas de ésta como se mide entonces el valor técnico que debe concederse a la reducción de los síntomas. Esta reducción comprobada demuestra una dinámica en que el inconsciente se define como un sujeto francamente constituyente, puesto que sostenía los síntomas en su sentido antes de que este fuese revelado, y esto se comprueba directamente al reconocerlo en la astucia del desorden en que lo reprimido pacta con la censura, en lo cual, observémoslo de pasada, la neurosis se emparienta con la condición más común de la verdad en el habla y en lo escrito.

Si entonces, una vez que el analista ha dado al sujeto la clave de su síntoma, este no deja por ello de persistir, es que el sujeto resiste a reconocer su sentido: y se concluye que es esa resistencia la que hay que analizar antes que nada Entendamos que esta regla concede todavía fe a la interpretación, pero de la vertiente del sujeto en Ia que va a buscarse esa resistencia de la que va a depender la desviación que se anuncia y es claro que la noción se inclina a considerar al sujeto como constituido en su discurso. Basta con que vaya a buscar esa resistencia fuera de ese discurso mismo, y la desviación será sin remedio. No volverá a interrogarse sobre su fracaso a la función constituyente de la interpretación.

Este movimiento de dimisión en el uso de la palabra justifica que se diga que el psicoanálisis no ha salido, desde entonces, de su enfermedad infantil, término que rebasa aquí el lugar común, por toda la propiedad que encuentra gracias al resorte de este movimiento: donde todo se sostiene en efecto por el paso en falso de método que cubre el mas grande nombre en el psicoanálisis de niños.

La noción de la resistencia no era sin embargo nueva, Freud había reconocido su efecto desde 1895 como manifiesto en la verbalización de las cadenas de discurso en que el sujeto constituye su historia, proceso cuya concepción no vacila en dotar de imágenes al representar esas cadenas como englobando en su, haz el núcleo patógeno alrededor del cual se flexionan, para precisar que el efecto de resistencia se ejerce en el sentido transversal al paralelismo de estas cadenas. Llega incluso hasta plantear matemáticamente la fórmula de proporcionalidad inversa de este efecto a la distancia del núcleo respecto de la cadena en curso de memorización, encontrando en ello, por eso mismo, la medida del acercamiento realizado.

Está claro aquí que, si la interpretación de la resistencia en acción en tal cadena de discurso se distingue de la interpretación de sentido por la cual el sujeto pasa de una cadena a otra más "profunda", es sobre el texto mismo del discurso donde la primera se ejerce sin embargo, incluyendo sus elusiones, sus distorsiones, sus elisiones, y hasta sus agujeros y sus síncopas.  

La interpretación de la resistencia abre pues la misma ambigüedad que hemos analizado más arriba en la posición del oyente y que retoma aquí la pregunta: ¿Quien resiste? –El Yo, respondía la primera doctrina, comprendiendo sin duda en él al sujeto personal, pero sólo desde el ángulo de manga ancha de su dinámica.

Es en este punto donde la nueva orientación de la técnica se precipita en un engaño: responde de la misma manera, descuidando el hecho de que se las ve con el Yo cuyo sentido Freud, su oráculo, acaba de cambiar instalándolo en su nueva tópica, precisamente con la mira de marcar bien que la resistencia no es privilegio del Yo, sino igualmente del Ello y del Superyó.

Desde ese momento nada de este último esfuerzo de su pensamiento será ya verdaderamente comprendido, como se ve en que los autores de la ola del viraje estén todavía en la etapa de dar vueltas bajo todas sus facetas al instinto de muerte, incluso a enmarañarse sobre con qué propiamente el sujeto ha de identificarse, si con el Yo o con el Superyó del analista, sin dar en ese camino paso que valga, sino cada vez mas, multiplicando un contrasentido irresistible.

Por un vuelco de la justa elección que determina cuál sujeto es acogido en la palabra, el sujeto constituyente del síntoma es tratado como constituido, o sea, como dicen, en material, mientras que el Yo, por muy constituido que esté en la resistencia, se convierte en el sujeto al que el analista en lo sucesivo va a apelar como a la instancia constituyente.

Que se trate de la persona en su "totalidad" es en efecto falso del nuevo concepto, incluso y sobre todo en que asegura el enchufe de órganos llamado sistema percepción-conciencia. (¿Freud por otra parte no hace del Superyó el primer aval de una experiencia de la realidad?)

Se trata de hecho del retorno, del tipo más reaccionario y por ello cuán instructivo, de una ideología que en todas las demás partes reniega de sí misma por habér entrado simplemente en quiebra.

No hay sino que leer las frases que abren el libro The Ego and the mechanism of defense, de Anna Freud: "En ciertos períodos del desarrollo de la ciencia psicoanalítica, el interés teórico concedido al Yo del individuo sea abiertamente desaprobado... Toda ascensión del interés desde las capas más profundas hacia las más superficiales de la vida psíquica, y asimismo todo viraje de la investigación del Ello hacia el Yo eran considerados, en general, como un comienzo de aversión hacia el análisis", para escuchar, en el sonido ansioso con que preludian el advenimiento de una era nueva, la música siniestra en la que Eurípides inscribe, en sus Fenicias, el lazo místico del personaje de Antígona con el tiempo de retorno de la Esfinge sobre la acción del héroe.

Desde entonces, es un lugar común recordar que no sabemos nada del sujeto sino lo que su Yo tiene a bien darnos a conocer, y Otto Fenichel llega hasta proferir por las buenas, como una verdad que no necesita discutirse, que "es al Yo a quien incumbe la tarea de comprender el sentido de las palabras"

El paso siguiente lleva a la conclusión de la resistencia y de la defensa del Yo.

La noción de defensa, promovida por Freud, desde 1894, en una primera referencia de la neurosis a una concepción generalmente aceptada de la función de la enfermedad, vuelve a ser tomada por él, en su trabajo fundamental sobre la inhibición, el síntoma y la angustia, para indicar que el Yo se forma de los mismos momentos que un síntoma.

Pero el único uso semántico que, en su libro citado hace un instante, la señorita Anna Freud hace del término Yo como sujeto del verbo muestra suficientemente la transgresión que consagra con él, y que, en la desviación desde entonces asentada, el Yo es ciertamente el sujeto objetivado, cuyos mecanismos de defensa constituyen la resistencia.

El tratamiento se concebirá entonces como un ataque que pone como principio la existencia de una sucesión de sistemas de defensa en el sujeto, lo cual queda suficientemente confirmado por las vacuidades ridiculizadas a la pasada por Edward Glover, y con lo que se da uno a bajo precio aires de importancia planteando a tuertas y a derechas la cuestión de saber si se ha "analizado bastante bien la agresividad"; por cuyo expediente el alma de Dios afirma no haber encontrado nunca de Ia transferencia otros efectos sino agresivos.

Así es como Fenichel trata de enderezar las cosas por medio de una inversión que las embrolla un poco más. Pues si bien no se sigue sin interés el orden que él traza de la operación que debe realizarse contra las defensas del sujeto al que considera como una plaza fuerte –de donde resulta que las defensas en su conjunto no tienden sino a desviar el ataque de aquella que, por cubrir demasiado cercanamente lo que esconde, lo entrega ya, pero también que esa defensa es desde ese momento la prenda esencial, hasta el punto de que la pulsión que oculta, de ofrecerse desnuda habría de considerarse como el artificio supremo para preservarlo- la impresión de realidad que nos seduce en esa estrategia preludia el despertar que quiere que allí donde desaparece toda sospecha de verdad, la dialéctica recobre sus derechos por aparecer que no ha de ser inútil en la práctica si tan sólo se le devuelve un sentido.

Pues no se ve ya ningún término ni aun ninguna razón a la investigación de las pretendidas profundidades, si lo que descubre no es más verdadero que lo que lo recubre, y, de olvidarlo, el análisis se degrada en una inmensa chicana psicológica, cuyo sentimiento nos lo dan más que suficientemente los ecos que pueden tenerse de su práctica en algunos.

Si fingir fingir, en efecto, es un momento posible de la dialéctica, no por ello es menos cierto que la verdad que el sujeto confiesa para que se la tome por una mentira se distingue de lo que sería su error. Pero el mantenimiento de esta distinción sólo es posible en una dialéctica de la intersubjetividad, donde la palabra constituyente está supuesta en el discurso constituido.

Al rehuir efectivamente el más acá de la razón de este discurso, se le desplaza en el más allá. Si el discurso del sujeto podía, en último extremo y ocasionalmente, ponerse entre paréntesis en la perspectiva inicial del análisis por la función de engaño, y aun de obstrucción, que puede llenar en la revelación de la verdad, es en cuanto a su función de signo y de manera permanente como es devaluado ahora. Pues no es ya sólo que se le despoje de su contenido para ocuparse de su emisión, de su tono, de sus interrupciones, incluso de su melodía. Toda otra manifestación de la presencia del sujeto pronto parece deberse preferir: su presentación en su aspecto y su porte, la afectación de sus modales, y el saludo de su despedida; una reacción de actitud en la sesión merecerá más atención que una falta de sintaxis y será más apreciada por su índice de tonus que por su alcance gestual. Una bocanada emocional, un borborigmo visceral serán testimonios buscados de la movilización de la resistencia, y la sandez a que llega el fanatismo de lo vivido no dejará de encontrar en la intersubodoración su recóndito meollo.

Pero, a medida que se separa más del discurso en que se inscribe la autenticidad de la relación analítica lo que sigue llamándose su "interpretación" corresponde cada vez más exclusivamente al saber del analista. Sin duda, ese saber se ha acrecentado mucho en esa vía, pero no se pretenda haberse alejado así de un análisis intelectualista, a menos que se reconozca que la comunicación de este saber al sujeto no actúa sino como una sugestión a la cual el criterio de la verdad permanece ajeno. Por eso un Wilhelm Reich, que ha definido perfectamente las condiciones de la intervención en su modo de análisis del carácter, considerado con justicia como una etapa esencial de la nueva técnica, reconoce no esperar su efecto sino de su insistencia.

Que el hecho mismo de esa sugestión sea analizado como tal no la convertirá por ello en una interpretación verdadera. Semejante análisis dibujaría solamente la relación de un Yo con un Yo. Es lo que se ve en la fórmula usual, que el analista debe hacerse aliado de la parte sana del Yo del sujeto, si se la completa con la teoría del desdoblamiento del Yo en el psicoanálisis. . Si se procede así a una serie de biparticiones del Yo del sujeto llevándola ad infinitum, está claro que se reduce, en el límite, al Yo del analista.

En este camino, poco importa que se proceda según una fórmula en que se refleja bien el retorno al desdén tradicional del sabio por el "pensamiento mórbido", al hablar al paciente en "su lenguaje", no por ello se le devolverá su palabra.

El fondo de la cosa no ha sido cambiado, sino confirmado por formularse en una perspectiva enteramente diferente, la de la relación de objeto cuyo papel reciente en la técnica vamos a ver. Sólo que, al referirse a una introyección por el sujeto, y bajo forma de buen objeto, del Yo del analista, permite soñar sobre lo que un hurón observador deduciría de ese banquete místico en cuanto a la mentalidad del civilizado moderno, por poco que ceda al mismo extraño error que cometemos al tomar al pie de la letra las identificaciones simbólicas del pensamiento que llamamos "primitivo".

Queda el hecho de que un teórico, opinando en la delicada cuestión de la terminación del análisis,
establece crudamente qué implica la identificación del sujeto con el Yo del analista en cuanto que ese Yo lo analiza. .

Esta fórmula, demistificada, no significa otra cosa sino que al excluir su relación con el sujeto de todo cimiento en la palabra, el analista no puede comunicarle nada que no haya recibido de un saber preconcebido o de una intuición inmediata, es decir que no esté sometido a la organización de su propio Yo.

Se aceptará de momento esta aporía a la que el análisis queda reducido por mantener en su desviación su principio, y plantearemos la pregunta: para asumir ser la medida de la verdad de todos y cada uno de los sujetos que se confían a su resistencia, ¿qué debe pues ser el Yo del analista?