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Estudio del psicoanálisis y psicología

La adolescencia y postmodernidad: La madurez de la propia personalidad (Figuras de identificación)



La madurez de la propia personalidad
Si el adolescente vivía preguntándose " ¿quién soy?", el adulto debía haber llegado a repondérselo.
Para Stone y Church la madurez se lograba a partir de buenos cimientos, de la “confianza básica” que el niño hubiera podido desarrollar, la que le permitiría confiar en sí mismo y alcanzar autonomía. Separar su identidad de la de sus padres, confrontar con ellos, reconocerse como otro sin quebrantar los vínculos afectivos básicos.
Las instancias intrapsíquicas postuladas por el psicoanálisis y dentro de las mismas el ideal del yo. Este, tal como lo ha explicitado Blos, “alcanza su estructura definitiva sólo durante la etapa final de la adolescencia”; es decir, que el adulto ya ha conformado un ideal al cual intentar parecerse a lo largo de su vida. El yo por su parte adquiere autonomía en relación con las
figuras de identificación importantes. Podrá, a partir de la madurez, afrontar sus conflictos con sus propias armas si su desarrollo ha sido normal. Y podrá también hacerse cargo de conflictos ajenos, en el rol de padre o madre que la sociedad le propone.
El mecanismo fundamental postulado para estructurar la propia personalidad es la identificación.
Hemos visto que, en la actualidad, los adolescentes no encuentran fácilmente figuras, por lo menos adultas, con las cuales identificarse y que tanto los padres como los docentes han perdido ese lugar.
¿Con quién se identificaban las generaciones anteriores?
Dolto hace su propia historia de las figuras de identificación. Al período que va desde el
Renacimiento hasta el siglo XVIII, lo denomina “la época de los maestros”, época de sabios y de
grandes navegantes exploradores, época de los aprendizajes. Desde el siglo XIX hasta 1950 define otra etapa denominada “la época de los timoneles”, con caudinos militares y combatientes de la libertad.
Así desde 1950 los adolescentes habrían perdido figuras de identificación encarnadas ya fuera en los héroes o en los maestros. A partir de entonces, ¿con quién se fueron identificando?
El período 1960-1980 es denominado “la época de los ídolos” con estrellas efebos y jefes de
banda como ideales. Sin Dios ni maestros y con un claro retorno al narcisismo. O bien figuras
adolescentes proporcionadas por los medios masivos o bien pares puestos al nivel de ideales.
En ningún caso es el adulto el modelo ideal. Decía Anna Freud en 1969:
"Algunos adolescentes colocan en el lugar que dejaron vacío los padres a algún autodesignado
líder que pertenece a la misma generación que aquellos. Esta persona puede ser un profesor
universitario, un poeta, un filósofo, un político. Quienquiera que sea, se lo considera infalible,
semejante a un dios, y se lo sigue ciega y alegremente. Pero en la actualidad esta solución es
comparativamente infrecuente. Es más común la otra, en la que se eleva al papel de líder al grupo de pares como tal o a algún miembro de él convirtiéndolo en árbitro indiscutido en todas las cuestiones morales y estéticas."
Los adultos actuales surgidos de los años cincuenta hacia el presente habrían conformado su
personalidad en este clima, sin tomar como modelo a un adulto. Al igual que sus hijos adolescentes actuales habrían tomado a sus pares idealizados lo cual desdibuja el tradicional concepto de adulto.
Si este desarrollo es correcto, caben dos posibilidades: o bien que el mecanismo de identificación con padres y maestros y la construcción de un ideal del yo, a los cuales tanta importancia se les dio en la teoría psicoanalítica para comprender la madurez de la personalidad, realmente no la tengan; o bien que la personalidad se haya desarrollado defectuosamente en las últimas décadas en la medida en que tales procesos no hayan ocurrido como se esperaba. El concepto de "madurez" de la personalidad suponía un "camino hacia" la edad adulta. La identificación con pares suprime este desarrollo progresivo consolidando la estabilidad de la problemática adolescente.