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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra P, Perversión

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Perversión
Al.: Perversion.
Fr.: perversion.
Ing.: perversion.
It.: perversione.
Por: perversão.
Desviación con respecto al acto sexual «normal», definido como coito dirigido a obtener el
orgasmo por penetración genital, con una persona del sexo opuesto.
Se dice que existe perversión: cuando el orgasmo se obtiene con otros objetos sexuales
(homosexualidad, paidofilia, bestialidad, etc.) o por medio de otras zonas corporales (por
ejemplo, coito anal); cuando el orgasmo se subordina imperiosamente a ciertas condiciones
extrínsecas (fetichismo, transvestismo, voyeurismo y exhibicionismo, sadomasoquismo); éstas
pueden incluso proporcionar por sí solas el placer sexual.
De un modo más general, se designa como perversión el conjunto del comportamiento
psicosexual que acompaña a tales atiplas en la obtención del placer sexual.
1. Resulta difícil concebir la noción de perversión si no es por referencia a una norma. Antes de Freud, e incluso en nuestros días, el término se utiliza para designar «desviaciones» del instinto definido como un comportamiento preformado, propio de una determinada especie y
relativamente invariable en cuanto a su realización y a su objeto.
Los autores que admiten una pluralidad de instintos se ven inducidos, por consiguiente, a otorgar
al concepto de perversión una gran extensión y a multiplicar sus formas: perversiones del «sentido moral» (delincuencia), de los «instintos sociales» (proxenetismo), del instinto de
nutrición (bulimia, dipsomanía). En el mismo orden de ideas, es corriente hablar de perversiones,
o más bien de perversidad, para calificar el carácter y el comportamiento de ciertos sujetos que
indica una crueldad o malignidad especiales(35).
En psicoanálisis sólo se habla de perversión en relación con la sexualidad. Aunque Freud reconoce la existencia de otras pulsiones además de las sexuales, no habla de perversión en relación con ellas. En la esfera de lo que llama las pulsiones de autoconservación, como el hambre, describe, sin utilizar el término «perversión», trastornos de la nutrición, que muchos autores designan como perversiones del instinto de nutrición. Para Freud, tales trastornos se deben a la repercusión de la sexualidad en la función de la alimentación (libidinización); podría decirse, pues, que ésta ha sido «pervertida» por la sexualidad.
2. El estudio sistemático de las perversiones sexuales estaba a la orden del día cuando Freud comenzó a elaborar su teoría de la sexualidad (Psychopathia sexualis de Krafft-Ebing, 1893; Studies in the Psychology of Sex, de Havelock Ellis, 1897). Si estos trabajos describían ya el conjunto de las perversiones sexuales del adulto, la originalidad de Freud consistió en encontrar, en el hecho de la perversión, un punto de apoyo para poner en tela de juicio la definición tradicional de la sexualidad, que resume del siguiente modo: «[...] la pulsión sexual falta en el niño, aparece en el momento de la pubertad, en íntima relación con el proceso de maduración, se manifiesta en forma de una atracción irresistible ejercida por uno de los sexos sobre el otro, y su fin sería la unión sexual o, por lo menos, los actos que tienden a este fin». La frecuencia de los
comportamientos perversos definidos, y sobre todo la persistencia de tendencias perversas,
subyacentes en el síntoma neurótico o integradas en el acto sexual normal en forma de «placer
preliminar», conducen a la idea de que «[...] la predisposición a la perversión no es algo raro y especial, sino una parte de la constitución llamada normal»; lo viene a confirmar y explicar la existencia de una sexualidad infantil. Ésta, en la medida en que se halla sometida al juego de las pulsiones parciales, íntimamente ligada a la diversidad de las zonas erógenas, y en tanto que se desarrolla antes de establecerse las funciones genitales propiamente dichas, puede describirse como «disposición perversa polimorfa». Desde este punto de vista, la perversión adulta aparece como la persistencia o reaparición de un componente parcial de la sexualidad. Ulteriormente, el reconocimiento por Freud, dentro de la sexualidad infantil, de fases de organización libidinal y de una evolución en la elección de objeto, permitirá precisar esta definición (fijación a una fase, a un tipo de elección objetal): la perversión sería una regresión a una fijación anterior de la libido.
3. Son evidentes las consecuencias que la concepción freudiana de la sexualidad puede tener sobre la definición misma del término «perversión». La sexualidad llamada normal no es un don de la naturaleza humana: « [...] el interés sexual exclusivo del hombre hacia la mujer no es una  cosa obvia [...] sino un problema que necesita ser aclarado». Así, por ejemplo, una perversión como la homosexualidad aparece ante todo como una variante de la vida sexual: «El psicoanálisis se niega en absoluto a admitir que los homosexuales constituyan un grupo dotado de características particulares, que puedan aislarse de las de los restantes individuos Ha
establecido que todos los individuos, sin excepción, son capaces de elegir un objeto del mismo
sexo, y que todos ellos han efectuado esta elección en su inconsciente». Podría incluso irse
más lejos en este sentido y definir la sexualidad humana como «perversa», en la medida en que
nunca se desprende de sus orígenes, que le hacen buscar la satisfacción, no en una actividad
específica, sino en la «ganancia de placer» que va unida a funciones o actividades
dependientes de otras pulsiones (véase: Apoyo). En el ejercicio mismo del acto genital, basta que el juego se adhiera excesivamente al placer preliminar para que se deslice hacia la perversión.
4. Dicho esto, Freud y todos los psicoanalistas hablan ciertamente de sexualidad «normal».
Incluso aunque la disposición perversa polimorfa caracterice toda sexualidad infantil, y aunque la
mayoría de las perversiones se encuentren en el desarrollo psicosexual de todo individuo, y la
culminación de este desarrollo (la organización genital) no sea algo «obvio» y dependa de un
ordenamiento, no de la naturaleza, sino de la historia personal, todo ello no impide que el
concepto mismo de desarrollo suponga una norma.
¿Equivale esto a decir que Freud vuelve a encontrar, al fundarla en bases genéticas, la
concepción normativa de la sexualidad que pone vigorosamente en tela de juicio al principio de
sus Tres ensayos sobre la teoría sexual (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905)?
¿Clasifica como perversiones lo que desde siempre se ha reconocido como tales?
Ante todo, hagamos observar que si existe una norma para Freud, ésta no se busca jamás en el
consenso social, como tampoco se reduce la perversión a una desviación con respecto a la tendencia central del grupo social: la homosexualidad no es anormal porque sea condenada, y no deja de ser una perversión en aquellas sociedades o grupos en que se encuentra muy extendida y admitida.
¿Es, entonces, el establecimiento de la organización genital el que instaura la normalidad, en la
medida en que unifica la sexualidad y subordina al acto genital las actividades sexuales
parciales que se convierten en simples preparativos? Esta es la tesis explícita de los Tres
ensayos, tesis que ya no será nunca totalmente abandonada, ni siquiera cuando el
descubrimiento de las « organizaciones » pregenitales sucesivas venga a disminuir la distancia
existente entre la sexualidad infantil y la adulta; en efecto, la « plena organización sólo se
alcanza con la fase genital».
Es lícito, sin embargo, preguntarse si es solamente su carácter unificador, su valor de
«totalidad», en contraposición a las pulsiones «parciales», lo que confiere a la genitalidad su
papel normativo. Numerosas perversiones, como el fetichismo, la mayoría de las formas de
homosexualidad, e incluso el incesto consumado, suponen, en efecto, una organización bajo la
primacía de la zona genital. ¿No indica esto que la norma debe buscarse en algo aparte del
funcionamiento genital propiamente dicho? Conviene recordar que el paso a la plena
organización genital supone, según Freud, la superación del complejo de Edipo, la asunción del
complejo de castración y la aceptación de la prohibición del incesto. Por lo demás, las últimas
investigaciones de Freud sobre la perversión muestran cómo el fetichismo va ligado a la renegación de la castración.
5. Ya son conocidas las famosas fórmulas que relacionan y contraponen a la vez la perversión
y la neurosis: «La neurosis es una perversión negativa», es el «negativo de la perversión».
Estas fórmulas se expresan con demasiada frecuencia en su forma inversa (perversión,
negativo de la neurosis), que hace de la perversión la manifestación en bruto, no reprimida, de la sexualidad infantil. Sin embargo, las investigaciones de Freud y de los psicoanalistas acerca de las perversiones muestran que éstas constituyen afecciones altamente diferenciadas. Freud las contrapone, con frecuencia, a las neurosis por la ausencia del mecanismo de la represión. Pero él se dedicó a mostrar que intervienen otros modos de defensa. Sus últimos trabajos, especialmente sobre el fetichismo, subrayan la complejidad de tales mecanismos: renegación de la realidad, escisión (Spaltung) del yo, etc., mecanismos que guardan cierta similitud con los de la psicosis.