try another color:
try another fontsize: 60% 70% 80% 90%
Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra P, principio de constancia



Principio de constancia
Al.: Konstanzprinzip.
Fr.: principe de constance.
Ing.: principle of constance.
It.: principio di costanza.
Por.: principio de constância.
Principio enunciado por Freud, según el cual el aparato psíquico tiende a mantener la cantidad de
excitación en él contenida a un nivel tan bajo o, por lo menos, tan constante como sea posible.
Esta constancia se obtiene, por una parte, mediante la descarga de la energía ya existente; por
otra, mediante la evitación de lo que pudiera aumentar la cantidad de excitación, y la defensa
contra este aumento.
El principio de constancia se halla en la base de la teoría económica freudiana. Se encuentra
presente desde los primeros trabajos, y nunca deja de suponerse implícitamente su influencia
regulando el funcionamiento del aparato psíquico: éste intentaría mantener constante la suma de
las excitaciones en su interior, lo cual lograría poniendo en marcha los mecanismos de evitación
frente a las excitaciones externas, y de defensa y descarga (abreacción) frente a los aumentos
de tensión de origen interno. Llevadas a su última expresión económica, las más diversas
manifestaciones de la vida psíquica deberían interpretarse como tentativas más o menos
logradas de mantener o restablecer esta constancia.
El principio de constancia guarda estrecha relación con el principio de placer, en la medida en
que el displacer puede considerarse, desde un punto de vista económico, como la percepción
subjetiva de un aumento de tensión, y el placer como la disminución de dicha tensión. Sin
embargo, la relación entre las sensaciones subjetivas de placer-displacer y los procesos
económicos que se considera les sirven de base apareció, a la reflexión de Freud, como muy
compleja; así, un aumento de tensión puede acompañarse de una sensación de placer. Tales
hechos obligan a establecer que la relación entre el principio de placer y el principio de
constancia no es de una simple equivalencia (véase: Principio de placer).
Al situar en los fundamentos de la psicología una ley de constancia, Freud, al igual que Breuer,
no hizo más que recoger una exigencia generalmente admitida en los medios científicos de
finales del siglo xix: extender a la psicología y a la psicofisiología los principios más generales de
la física, en la medida en que tales principios se hallan en la base de toda ciencia. Pueden
observarse varias tentativas, ya anteriores (principalmente la de Fechner, que atribuye un
alcance universal a su «principio de estabilidad»), ya contemporáneas a las de Freud, para
encontrar en psicofisiología la intervención de una ley de constancia.
Pero, como el propio Freud hizo observar, bajo la aparente sencillez de la palabra constancia
«[...]pueden entenderse las cosas más diversas».
Cuando se invoca en psicología, basándose en el modelo de la física, un principio de constancia,
se hace con diferentes acepciones, que esquemáticamente pueden agruparse como sigue:
1.° Unas veces nos limitamos a aplicar a la psicología el principio de la conservación de la
energía, según el cual, en un sistema cerrado, la suma de las energías permanece constante. El
someter a este principio los hechos psíquicos lleva a postular la existencia de una energía
psíquica o nerviosa, cuya magnitud no varía a través de las distintas transformaciones y
desplazamientos que experimenta. Su enunciación conduce a establecer la posibilidad de
traducir los hechos psicológicos en lenguaje energético. Se observará que este principio,
constitutivo de la teoría económica en psicoanálisis, no se sitúa al mismo nivel que el principio
regulador designado por Freud con el término «principio de constancia».
2.° Otras veces el principio de constancia se entiende en un sentido que permite compararlo con
el 2.° principio de la termodinámica: dentro de un sistema cerrado, las diferencias de nivel
energético tienden a igualarse, de forma que el estado final ideal es el de un equilibrio. Análoga
significación reviste el «principio de estabilidad» enunciado por Fechner. En una transposición de
este tipo, es preciso definir el sistema que se considera: ¿se trata del aparato psíquico y de la
energía que circula por su interior?, ¿se trata del sistema constituido por el conjunto: aparato
psíquico-organismo, o incluso del sistema: organismo-medio? En efecto, según los casos, la
noción de tendencia a la igualación puede poseer significaciones opuestas. Así, en la última
hipótesis, tiene por consecuencia la reducción de la energía interna del organismo hasta
conducir a éste al estado inorgánico (véase: Principio de nirvana).
3., Finalmente, el principio de constancia puede interpretarse en el sentido de una
autorregulación: el sistema considerado funciona de tal forma que intenta mantener constante su
diferencia de nivel energético con respecto al ambiente. Dentro de esta acepción, el principio de
constancia afirma que existen sistemas relativamente cerrados (como el aparato psíquico o el
organismo en conjunto) que tienden a mantener y a restablecer, mediante los intercambios con el
medio exterior, su configuración y su nivel energético específicos. En este sentido, el concepto
constancia se ha relacionado útilmente con el de homeostasis, establecido por el fisiólogo
Cannon. (ver nota(79))
De esta pluralidad de acepciones, resulta difícil determinar cuál es la que coincidiría exactamente
con lo que entiende Freud por principio de constancia. En efecto, las formulaciones que dio del
mismo, y de las cuales el propio Freud manifestó no sentirse satisfecho, son con frecuencia
ambiguas o incluso contradictorias: « [...] el aparato psíquico tiene la tendencia a mantener lo
más baja posible la cantidad de excitación existente en el mismo, o por lo menos a mantenerla
constante». Freud parece atribuir a una misma tendencia «[...] la reducción, la constancia, la
supresión de la tensión de excitación interna». Ahora bien, la tendencia a reducir a cero la
energía interna de un sistema no parece asimilable a la tendencia, propia de los organismos, a
mantener constante, a un nivel que puede ser alto, su equilibrio con el ambiente. En efecto, esta
segunda tendencia puede traducirse, según el caso, por una búsqueda de la excitación o
también por una descarga de ésta.
Las contradicciones y las imprecisiones, los deslizamientos de sentido que se encuentran en los
enunciados freudianos sólo podrán esclarecerse si se intenta establecer, más claramente de lo
que lo hizo el propio Freud, a qué experiencia y a qué exigencia teórica responden sus
tentativas, más o menos logradas, de enunciar en psicoanálisis una ley de constancia.
El principio de constancia forma parte del aparato teórico que Breuer y Freud elaboran en común
alrededor de los años 1892-1895, especialmente para explicar los fenómenos que observaron
en la histeria: los síntomas se atribuyen a un defecto de abreacción, y el factor de la cura se
busca en una descarga adecuada de los afectos. Con todo, si comparamos dos textos teóricos
debidos a la pluma de ambos autores, constataremos, bajo el aparente acuerdo, una clara
diferencia de perspectivas.
En las Consideraciones teóricas de los Estudios sobre la histeria (Theoretisches in Studien
über Hysterie, 1895), Breuer considera las condiciones de funcionamiento de un sistema
relativamente autónomo dentro del organismo, el sistema nervioso central. Distingue dos tipos de
energía en este sistema: una energía quiescente o «excitación tónica intracerebral» y una
energía cinética que circula en el aparato. Lo que regula el principio de constancia es el nivel de
la excitación tónica: « [ . .. ] existe en el organismo una tendencia a mantener constante la
excitación intracerebral». Aquí deben subrayarse tres puntos esenciales:
1.° la ley de constancia se concibe como una ley de óptimum. Existe un nivel energético
favorable que debe restablecerse por medio de descargas cuando tiende a aumentar, pero
también por medio de una recarga (especialmente el sueño) cuando ha descendido demasiado;
2.° la constancia puede hallarse en peligro, ya sea por estados de excitación generalizados y
uniformes (por ejemplo, estado de expectación intensa), ya sea por una distribución desigual de
la excitación en el interior del sistema (afectos);
3.° la existencia y el restablecimiento de un nivel óptimo constituyen la condición que permite una
libre circulación de la energía cinética. El funcionamiento sin trabas del pensamiento, un
desarrollo normal de las asociaciones de ideas, presuponen que no esté perturbada la
autorregulación del sistema.
Freud, en su Proyecto de psicología científica (Entwurf einer Psychologie, 1895), estudia
también las condiciones de funcionamiento del aparato neuronal. Pero lo que plantea, desde el
comienzo, no es un principio de constancia como mantenimiento de cierto nivel energético, sino
un principio de inercia neuronal, en virtud del cual las neuronas tienden a vaciarse de la cantidad
de excitación, a evacuarla por completo. En consecuencia, Freud supone ciertamente la
existencia de una tendencia a la constancia, pero ve en ella una «función secundaria impuesta
por la necesidad de la vida», una modificación del principio de inercia: «[...] el sistema neuronal
se ve forzado a abandonar la tendencia originaria a la inercia, es decir, al nivel = 0. Debe
decidirse a mantener una provisión de cantidad, para satisfacer las exigencias de la acción
específica. Sin embargo, la forma en que lo hace pone de manifiesto la continuación de la misma
tendencia, transformada en un esfuerzo por mantener lo más bajo posible dicha cantidad y por
defenderse contra sus aumentos, es decir, por mantenerla constante». El principio de inercia
regula, según Freud, el tipo de funcionamiento primario del aparato, la circulación de la energía
libre. La ley de constancia, aun cuando no fue enunciada explícitamente como un principio
independiente, corresponde al proceso secundario, en el cual la energía está ligada, mantenida a
un determinado nivel.
Como puede verse, a pesar de utilizar un aparato conceptual que puede parecer el mismo, los
modelos de Breuer y de Freud son muy distintos. Breuer desarrolla su pensamiento dentro de
una perspectiva biológica que no carece de verosimilitud y que anticipa las ideas modernas
acerca de la homeostasis y los sistemas de autorregulación(80). En contraposición, la
construcción freudiana puede parecer aberrante desde el punto de vista de las ciencias
biológicas, en la medida en que pretende deducir un organismo, con sus aptitudes vitales, sus
funciones adaptativas, sus constantes energéticas, de un principio que es la negación de toda
diferencia estable de nivel.
Pero esta divergencia, por lo demás no explicitada, entre Breuer y Freud(81) es rica en
significaciones. En efecto, lo que Freud considera regulado por el principio de inercia es un tipo
de proceso cuya existencia se vio inducido a postular por el descubrimiento, a la sazón
recentísimo, del inconsciente: el proceso primario. Éste es descrito desde el Proyecto basándose
en ejemplos privilegiados, como el sueño y la formación de síntoma, especialmente en el
histérico. Lo característico del proceso primario es fundamentalmente una circulación sin trabas,
un «desplazamiento fácil». En el plano del análisis psicológico, se observa que una
representación puede llegar a reemplazar completamente a otra, substrayéndole todas sus
propiedades y su eficacia: «[...] la histérica que llora por A ignora que lo hace a causa de la
asociación A-B, y el propio B no desempeña ningún papel en su vida psíquica. El símbolo ha
sustituido aquí por completo a la cosa». El fenómeno de un desplazamiento total de la
significación de una representación a otra, la comprobación clínica de la intensidad y eficacia
que presentan las representaciones sustitutivas, tienen lógicamente su expresión, según Freud,
en la formulación económica del principio de inercia. La libre circulación del sentido y el flujo total
de la energía psíquica hasta su completa evacuación son, para Freud, sinónimos. Como puede
verse, tal proceso es el opuesto al mantenimiento de la constancia.-
Esta última fue invocada en el Proyecto, pero en el sentido de venir precisamente a moderar e
inhibir la simple tendencia a la descarga absoluta. La función de ligar la energía psíquica y
mantenerla a un nivel más elevado se atribuye al yo; éste realiza dicha función porque él mismo
constituye un conjunto de representaciones o de neuronas en las que se mantiene un nivel
constante de catexis (véase: Yo).
La filiación entre proceso primario y proceso secundario no debe comprenderse, pues, como
una sucesión real, en el orden vital, como si, en la historia de los organismos, el principio de
constancia hubiera venido a suceder al principio de inercia; sólo puede mantenerse a nivel de un
aparato psíquico en el que Freud, desde un principio, reconoció la existencia de dos tipos de
procesos, de dos principios de funcionamiento mental. (ver nota(82))
Como es sabido, el capítulo VII de La interpretación de los sueños (Die Traurndeutung, 1900) se
basa en la existencia de tal oposición. En él desarrolla Freud la hipótesis «[...] de un aparato
psíquico primitivo, cuyo trabajo viene regulado por la tendencia a evitar la acumulación de
excitación y a mantenerse, en lo posible, sin excitación». Tal principio, caracterizado por «[...] el
libre flujo de las cantidades de excitación», lo denomina Freud «principio de displacer». Preside el
funcionamiento del sistema inconsciente. El sistema preconsciente-consciente tiene otro modo
de funcionamiento: «[...] produce, en virtud de las catesis que de él emanan, una inhibición de
este [libre] flujo, una transformación en catexis quiescente, sin duda con elevación del nivel». En
consecuencia, la oposición entre los modos de funcionamiento de ambos sistemas será
asimilada casi siempre por Freud a la oposición entre principio de placer y principio de realidad.
Pero si, con un deseo de aclaración conceptual, se intenta mantener una distinción entre una
tendencia a reducir a cero la cantidad de excitación y una tendencia a mantener ésta a un nivel
constante, se aprecia que el principio de placer correspondería a la primera tendencia, mientras
que el mantenimiento de la constancia correspondería al principio de realidad.
Hasta 1920, en Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips), Freud no formuló
explícitamente un «principio de constancia». A este respecto deben subrayarse varios puntos:
1.° el principio de constancia se presenta como el fundamento económico del principio de placer;
2.° las definiciones que de él se han propuesto implican siempre un equívoco: el de considerar
equivalentes la tendencia a la reducción absoluta y la tendencia a la constancia;
3.° sin embargo, la tendencia al cero, designada con el nombre de principio de nirvana, se
considera fundamental, siendo los demás principios únicamente modificaciones de aquélla;
4.° al mismo tiempo que Freud parece ver actuar en «[...] la vida psíquica y quizá [en] la vida
nerviosa en general» una única tendencia más menos modificada, introduce un dualismo
fundamental e irreductible nivel de las pulsiones, tendiendo las pulsiones de muerte a la
reducción absoluta de las tensiones, mientras que, por el contrario, las pulsiones de vida
intentan mantener y crear unidades vitales que suponen un nivel elevado de tensión. Este último
dualismo (acerca del cual más de un autor ha subrayado, por lo demás, que debía interpretarse
como un dualismo de principios) puede esclarecerse al ponerse en relación con algunas
oposiciones fundamentales, que se hallan constantemente presentes en el pensamiento
freudiano: energía libre-energía ligada, liberación-ligazón (Entbindung-Bindung), proceso
primario-proceso secundario (véase también: Pulsión de muerte).
Por el contrario, Freud jamás estableció plenamente la oposición que, a nivel de los principios
económicos del funcionamiento mental, correspondería a las oposiciones precedentes. Si bien
es bosquejada en el Proyecto, con la distinción de un principio de inercia y de una tendencia a la
constancia, no constituirá la referencia explícita que permitiría quizás evitar la confusión que
sigue implícita en la noción de principio de constancia.