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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra P, Principio de placer



Principio de placer
Al.: Lustprinzip.
Fr.: principe de plaisir.
Ing.: pleasure principle.
It.: principio di piacere.
Por.: principia de prazer.
Uno de los dos principios que, según Freud, rigen el funcionamiento mental: el conjunto de la actividad psíquica tiene por finalidad evitar el displacer y procurar el placer. Dado que el
displacer va ligado al aumento de las cantidades de excitación, y el placer a la disminución de las
mismas, el principio de placer constituye un principio económico.
La idea de basar en el placer un principio regulador del funcionamiento mental dista de ser propia
de Freud. Fechner, cuyas ideas ya es sabido hasta qué punto pudieron influir sobre Freud, había
enunciado un «principio del placer de la acción». Por él entendía, a diferencia de las doctrinas
hedonistas tradicionales, no que la finalidad perseguida por la acción humana sea el placer, sino
que nuestros actos vienen determinados por el placer o displacer producidos en el presente por
la representación de la acción a realizar o de sus consecuencias. Hace observar también que
estas motivaciones pueden no ser percibidas conscientemente: «[...] es natural que, cuando los
motivos se pierden en el inconsciente, lo mismo sucede con el placer y el displacer(87)».
Esta característica de motivación actual se encuentra también en el centro de la concepción
freudiana: el aparato psíquico viene regulado por la evitación o la evacuación de la tensión
displacentera. Se observará que el principio es designado primeramente como «principio de
displacer»: la motivación es el displacer actual y no la perspectiva del placer a obtener. Se trata
de un mecanismo de regulación «automática».
El concepto de principio de placer persistió sin grandes variaciones a todo lo largo de la obra
freudiana. En cambio, lo que constituye un problema para Freud y recibe distintas respuestas, es
la situación de este principio en relación con otras referencias teóricas.
Una primera dificultad, que ya se aprecia en la enunciación misma del principio, se relaciona con
la definición del placer y del displacer. Una de las hipótesis constantes de Freud, dentro del
marco de su modelo del aparato psíquico, pretende que, en los comienzos de su funcionamiento,
el sistema percepción-conciencia sería sensible a una gran diversidad de cualidades
provenientes del mundo exterior, mientras que del interior sólo percibiría los aumentos y
disminuciones de tensión, que se traducen en una sola gama cualitativa: la escala
placer-displacer(88). ¿Podemos entonces atenernos a una definición puramente económica,
según la cual placer y displacer sólo serían la traducción cualitativa de modificaciones
cuantitativas? Por otra parte, ¿cuál es la correlación exacta entre estos dos aspectos, cualitativo
y cuantitativo? Freud subrayó cada vez más la dificultad que él había encontrado en dar una
respuesta sencilla a este problema. Si bien, en una primera etapa, se contentó con enunciar una
equivalencia entre el placer y la reducción de tensión, y entre el displacer y el aumento de esta
última, muy pronto dejó de considerar esta relación como evidente y simple: «[...] no olvidemos el
carácter altamente impreciso de esta hipótesis, mientras no logremos descubrir la naturaleza de
la relación existente entre placer-displacer y las variaciones en las cantidades de excitación que
actúan sobre la vida psíquica. Lo que es seguro es que, si tales relaciones pueden ser muy
diversas, en todo caso no pueden ser muy simples».
Apenas hallamos en Freud unas cuantas indicaciones referentes al tipo de función de que se
trata. En Más allá del principio del placer (Jenseits des Lustprinzips, 1920), señala la
conveniencia de distinguir entre displacer y sentimiento de tensión: existen tensiones
placenteras. «La sensación de tensión no podría relacionarse con la magnitud absoluta de la
catexis, eventualmente con su nivel, mientras que la gradación placer-displacer indicaría la
modificación de la cantidad de catexis en la unidad de tiempo». Asimismo un factor temporal, el
ritmo, se toma en consideración en un texto ulterior, al mismo tiempo que se vuelve a conceder
valor al aspecto esencialmente cualitativo del placer.
A pesar de las dificultades existentes en encontrar equivalentes cuantitativos exactos a los
estados cualitativos que son el placer y el displacer, es evidente el interés que tiene, para la
teoría psicoanalítica, una interpretación económica de estos estados; permite enunciar un
principio válido tanto para las instancias inconscientes de la personalidad como para sus
aspectos conscientes. Así, por ejemplo, el hablar de un placer inconsciente en relación con un
síntoma manifiestamente penoso puede plantear objeciones a nivel de la descripción psicológica.
Al situarse en el punto de vista de un aparato psíquico y de las modificaciones energéticas que
en él se producen, Freud dispone de un modelo que le permite considerar cada subestructura
como regulada por el mismo principio que el conjunto del aparato psíquico, dejando en suspenso
el difícil problema de determinar, para cada una de estas subestructuras, la modalidad y el
momento en que un aumento de tensión se vuelve efectivamente motivante como displacer
sentido. Este problema, sin embargo, no fue descuidado en la obra freudiana. Fue directamente
considerado, a propósito del yo, en Inhibición, síntoma y angustia (Hemmung, Symptom und
Angst, 1926) (concepción de la señal de angustia como motivo de defensa).
Otro problema que, por lo demás, no deja de hallarse en conexión con el anterior, es el referente
a la relación entre placer y constancia. En efecto, incluso una vez admitida la existencia de una
significación económica, cuantitativa, del placer, persiste el problema de saber si lo que Freud
denomina principio de placer corresponde a un mantenimiento de la constancia del nivel
energético o a una reducción radical de las tensiones al nivel más bajo. Numerosas
formulaciones de Freud, que asimilan principio de placer y principio de constancia, hablan en el
sentido de la primera solución. Pero, por el contrario, si se hace intervenir el conjunto de las
referencias teóricas fundamentales de Freud (como se desprenden especialmente de textos
como el Proyecto de psicología científica [Entwurf einer Psychologie, 1895] y Más allá del
principio del placer), se aprecia que el principio de placer se halla más bien en oposición al
mantenimiento de la constancia, ya sea porque corresponda al flujo libre de la energía, mientras
que la constancia corresponde a la ligazón de ésta, ya sea porque, en último extremo, Freud
llegue a preguntarse si el principio de placer no se encuentra «al servicio de la pulsión de
muerte». Este problema lo discutimos más extensamente en el artículo «Principio de constancia».
El problema, frecuentemente debatido en psicoanálisis, de la existencia de un «más allá del
principio de placer» sólo puede plantearse con validez una vez destacada plenamente la
problemática que hace intervenir los conceptos de placer, constancia, ligazón, reducción de las
tensiones a cero. En efecto, la existencia de principios o de fuerzas pulsionales que trascienden
el principio de placer sólo es defendida, por Freud cuando opta por una interpretación de éste
que tiende a confundirlo con el principio de constancia. Cuando, por el contrarío, se tiende a
asimilar el principio de placer a un principio de reducción a cero (principio de nirvana), no se
discute su carácter último y fundamental (véase especialmente: Pulsión de muerte).
La noción de principio de placer interviene principalmente en la teoría psicoanalítica en conexión
con el de principio de realidad. Asimismo, cuando Freud enuncia en forma explícita los dos
principios de funcionamiento psíquico, lo que propone es este gran eje de referencia. En un
principio las pulsiones sólo buscarían descargarse, satisfacerse por los caminos más cortos.
Progresivamente efectuarían el aprendizaje de la realidad, que es el único que permite, a través
de los rodeos y aplazamientos necesarios, alcanzar la satisfacción buscada. En esta tesis
simplificada se ve cómo la relación placer-realidad plantea un problema que a su vez depende de
la significación que se atribuya, en psicoanálisis, a la palabra placer. Si entendemos
esencialmente por placer la satisfacción de una necesidad, cuyo modelo lo constituiría la
satisfacción de las pulsiones de autoconservación, la oposición principio de placer-principio de
realidad no ofrece nada de radical, tanto más cuanto que fácilmente puede admitirse la
existencia en el organismo vivo de una dotación natural, de predisposiciones que hacen del
placer una guía de vida, subordinándolo a comportamientos y funciones adaptativas. Pero si el
psicoanálisis ha situado en primer plano la noción de placer, lo ha hecho en un contexto
totalmente distinto, en el que aparece, por el contrario, como ligado a procesos (experiencia de
satisfacción), a fenómenos (el sueño) cuyo carácter arreal es evidente. Dentro de esta
perspectiva, los dos principios aparecen como fundamentalmente antagonistas, por cuanto la
realización de un deseo inconsciente (Wunscherfüllung) respondería a diferentes exigencias y
funcionaría según otras leyes que la satisfacción (Befriedigung) de las necesidades vitales
(véase: Pulsiones de autoconservación).