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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra P, Perversión (Segunda concepción freudiana de las perversiones)



Segunda concepción freudiana de las perversiones
En 1915, Freud aporta un complemento de elucidación teórico-clínica a propósito de las
perversiones. Su estudio «Pulsiones y destinos de pulsión» (1915) pone el acento en la
plasticidad de los modos de satisfacción pulsional. El objeto de satisfacción de la pulsión sexual
aparece entonces como totalmente variable en función de la historia del sujeto. Al indicar cuatro
tipos de «destinos pulsionales» (represión, sublimación, transformación en lo contrario y vuelta
sobre la propia persona), Freud precisa ciertos aspectos metapsicológicos de las vicisitudes pulsionales que operan directamente en las perversiones: por una parte, la transformación en lo contrario, que denota a la vez un retorno de la pulsión desde la actividad hasta la pasividad (sadismo-masoquismo y voyerismo-exhibicionismo); por otro lado, una inversión del contenido del proceso pulsional, como el que testimonia la transformación del amor en odio: « ... la observación analítica no deja duda alguna acerca de este punto: el masoquista también goza del
furor dirigido a su persona, el exhibicionista comparte el goce de quien lo mira desnudarse».
En esta etapa de las elaboraciones freudianas, las perversiones son sólo especificadas en
cuanto aparecen como la «contrapartida de las neurosis» (cf. Tres ensayos de teoría sexual).
Las perversiones actualizarían, en la realidad, modos de satisfacción sexual recusados en las
neurosis, pero activamente presentes en ellas en formas disfrazadas: los síntomas.
Freud abordará más adelante otras cuestiones metapsicológicas esenciales para la comprensión del proceso perverso: la desmentida [dèni] de la realidad, la denegación [dèni] de la castración y la escisión del yo.
En sentido estricto, no fue el estudio de las perversiones lo que lo llevó a la elaboración del
concepto de desmentida. En un primer momento, introdujo este concepto en relación directa con
la castración (cf. «La organización genital infantil», 1923). La falta de pene de la niñita es
des-conocida [déni] en tanto diferencia, y abre la vía a elaboraciones secundarias de las que
dan testimonio las teorías sexuales infantiles. La desmentida [déni] ratifica así una contradicción
entre la observación y el prejuicio.
Más allá de la sexualidad infantil, Freud establece una interrelación entre la desmentida [déni] y la
psicosis. Por un tiempo, supone el mecanismo de la desmentida [den¡] como inductor de los
procesos psicóticos. De tal modo lo pone en paralelo con la represión: «La neurosis no
desmiente [déni] la realidad, sólo no quiere saber nada de ella; la psicosis la desmiente y trata de
sustituirla» (cf. «La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis», 1924). No obstante, Freud
reconsiderará esta discriminación inicial. La desmentida de la realidad deja de parecerle
específica de las manifestaciones psicóticas, pues ese mecanismo se encuentra ilustrado en un
caso ejemplar de perversión, como lo es el fetichismo (cf. «Fetichismo», 1927). En esta
perversión, la desmentida [déni] de la realidad se refiere electivamente a la ausencia de pene en
la madre (en la mujer). Esta disposición remite entonces de una manera general a la denegación
[déni] de la castración. Freud presenta así un mecanismo de defensa (la desmentida [déni]) con
respecto a una realidad percibida (la ausencia de pene) como un proceso constitutivo de la
organización perversa. Esta desmentida, que en el fetichismo está específicamente centrada en
la realidad de la castración, inaugura esa actitud, contradictoria con aquella que tiene en cuenta
la realidad. La elaboración del objeto-fetiche es una formación de compromiso entre dos
corrientes psíquicas conflictivas: una verifica la ausencia de pene en la madre; la otra le atribuye
imaginariamente el pene que se supone faltante, con la forma del objeto fetiche. Esta operación
pone de manifiesto que dos representaciones psíquicas inconciliables entre sí pueden coexistir
perfectamente en el aparato psíquico, sin influirse recíprocamente. Freud extrae de ello una
conclusión en favor de una escisión del yo que, en términos generales, refuerza la dimensión del
clivaje psíquico evidenciado desde el umbral del descubrimiento freudiano a propósito de los
Estudios sobre la histeria (1895). Pero, una vez más, esta propiedad de escisión del yo, que se
pone espectacularmente de manifiesto en el fetichista y en todos los perversos, en ningún caso
podría ser limitada por Freud como un mecanismo operatorio constitutivo de las perversiones.
Muy pronto Freud generaliza esta propiedad al nivel del funcionamiento psíquico de todos los
sujetos. Y de allí el presentimiento de una «tercera tópica», última descripción del aparato
psíquico esbozada por Freud al término de su obra (cf. Esquema del psicoanálisis, 1939).
Desde la desmentida [déni] de la realidad de la castración hasta la escisión del yo, todo sucede
como si, en las perversiones, el sujeto llegara a mantener esa paradoja psíquica que consiste en
saber algo de la castración mientras no se quiere saber nada de ella. En este sentido, las
perversiones no remiten sólo a las teorías sexuales infantiles, sino más en general a la cuestión
de la diferencia de los sexos como tal. Además se diseña el proyecto de examinar las
perversiones a través de los avatares de la apuesta fálica y, como consecuencia, a través de la
cuestión de la identificación perversa que, estrictamente hablando, constituye el punto de anclaje
de la estructura de las perversiones, en los confines de la identificación fálica.
Freud ubica el inicio del proceso constitutivo de las perversiones en tomo a la atribución fálica a
la madre, tal como se produce en el curso del complejo de Edipo. Esta atribución fálica tiene que
ver con la concepción de algo que tendría que haber estado allí y es vivido como faltante. Tal es
el origen del objeto-fálico, un objeto estrictamente imaginario, según lo revelan las teorías
sexuales infantiles (cf. «La organización genital infantil», 1923). Ahora bien, el niño no renuncia
de buena gana a la representación de la madre fálica. La movilización de su deseo con relación
al deseo de la madre se apoya siempre en esta elaboración de un objeto imaginario supuesto
faltar a la madre, y que le permite, por lo menos en un primer momento, identificarse con un
objeto tal, que podría colmar a la madre carente; en sentido propio, ésta es la identificación fálica
del niño. Esta construcción imaginaria lo conduce inevitablemente a aprehender la diferencia de
los sexos a la manera de una alternativa: castrado o no castrado. A justo título, esta concepción
fantasmática de la diferencia de los sexos tiene que ser angustiante, en cuanto lleva a dar
crédito a la amenaza imaginaria de castración. La angustia de castración que resulta de ella
puede favorecer la movilización de ciertas reacciones defensivas capaces de neutralizarla.
Estos procesos defensivos, si persisten, pueden a su vez predeterminar y orientar el curso de
la economía psíquica en vías de realización estructuralmente estereotipadas. Freud identifica
tres posibilidades de salida ante la angustia de castración. Una salida consiste en que el niño
acepte, de buen o mal grado, la imposición de la castración y la ley de la prohibición del incesto
que ella emplaza simbólicamente, con el riesgo de que más tarde despliegue una inextinguible
nostalgia sintomática por la pérdida soportada. Ésta es la suerte común de los neuróticos. Los
sujetos que sólo aceptan la incidencia de la castración con la reserva de transgredirla
continuamente, encuentran otros dos tipos de salida: esto es lo propio del proceso perverso.
En tal sentido, Freud aísla dos procesos de defensa característicos: la fijación (asociada a la
regresión) y la desmentida [déni] de la realidad; ambos parecen intervenir de manera
preponderante en la organización de dos casos ejemplares de perversión: la homosexualidad y
el fetichismo. La homosexualidad resultaría de una reacción de defensa narcisista ante la
castración. El niño fijaría electivamente la representación de una mujer provista de pene. Esta
representación persistiría después en el inconsciente, y de tal modo influiría en todo el dinamismo
libidinal ulterior: « ... incapaz de renunciar al pene en su objeto sexual, este individuo [.. . ] se
convertirá necesariamente en homosexual, y buscará sus objetos sexuales entre los hombres
que, en razón de otros caracteres somáticos Y psíquicos, le recuerdan a la mujer» (cf. «Sobre
las teorías sexuales infantiles», 1908). El fetichismo supone la intervención de un proceso
defensivo más complejo. El sujeto se niega a reconocer la existencia de la percepción
traumatizante de la ausencia de pene en la madre (en la mujer). Ante esta ausencia reacciona
con la elaboración de una formación sustitutiva. Así, a la desmentida de la realidad (ausencia de
pene) el fetichismo le responde con una formación de compromiso: como la mujer no tiene pene
en la realidad, el fetichista encarna al objeto supuesto faltar, reemplazándolo por otro objeto de la
realidad, es decir, por el objeto fetiche. La elección de ese objeto le permite no renunciar al falo
en la mujer. Además, la angustia de castración se encuentra igualmente neutralizada y, en último
extremo, el fetichista evita de ese modo todo enganche libidinal en la vía de la homosexualidad.