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Estudio del psicoanálisis y psicología

DICCIONARIO DE PSICOLOGÍA, LETRA P, PSICOANÁLISIS DEL NIÑO



Psicoanálisis del niño
 (fr. psychanalyse de l’enfant; íngI. psychoanalysis of children; al. Kinderpsychoanalyse).
Aplicación del psicoanálisis a los niños.
Considerado a menudo como una forma menor del psicoanálisis delegada a las mujeres no
médicas o a los aprendices de psicoanalistas, el psicoanálisis del niño se ha impuesto como un
campo de investigación y de creación excepcionales.
Su notable extensión a la psiquiatría del niño, cuyo cuerpo teórico alimenta [debemos hacer notar que esto sucede así en el marco hospitalario francés, y no en otros lados], pero también a
campos conexos como la educación y la prevención, ha contribuido a la difusión del
psicoanálisis y a la trivialización de algunos de sus conceptos. Este éxito y la doxa que ha
generado, por ejemplo con respecto al desarrollo pretendidamente armonioso del niño y a un
ideal de normalidad, son indisociables de la acción de los analistas de niños en las instituciones y
en el terreno de la formación.
Los analistas de niños, efectivamente, han sido a menudo creadores de instituciones para niños
y formadores proselitistas. Comprometidos con la vida de las ciudades, ya sea en la Viena de
1920 (Aichhorn con los delincuentes, Anna Freud que funda una escuela modelo, o luego la
Jackson Nursery) o en la Londres de posguerra (la Hampstead Clinic de Anna Freud, la
Tavistock Clinic de Melanie Klein) o en los Estados Unidos (la Escuela Ortogenética de Chicago
de Bruno Bettelheim, la Child Analytic Clinic de Cleveland) o en Francia (el Centro Claude Bernard
en 1946, los C.M.P.P. a partir de 1964, la Escuela Experimental de Bonneuil de Maud Mannoni, las
Casas Verdes de Françoise Dolto), han tendido siempre a promover lugares específicos, una
práctica específica, una formación específica, han buscado trasmitir su saber, su experiencia, y
mantener vivas estas cuestiones en las sociedades de psicoanálisis a las que pertenecían.
¿Constituye sin embargo el psicoanálisis de niños, con todo ello, una disciplina aparte, una
especialidad aparte?
Freud y el niño. Para dar cuenta de la etiología de las neurosis, ya desde los Estudios sobre la
histeria (1895), Freud supone la existencia de un trauma sexual precoz ocurrido en la infancia.
Aunque ya había descrito las zonas erógenas y las formas pregenitales de la excitación sexual
en 1897, sólo muy lentamente terminó por reconocer la sexualidad infantil y por hacer de ella el
verdadero pivote de la organización neurótica. En 1905, con los Tres ensayos de teoría sexual,
Freud indica precisamente a sus alumnos la orientación a seguir: «Puesto que la fórmula según
la cual los neuróticos han permanecido en el estado infantil de su sexualidad o han sido llevados
a este estado comienza a dibujarse en nuestro espíritu, nuestro interés se volverá hacia la vida
sexual del niño y pondremos nuestra energía en seguir el juego de las influencias que gobiernan
el proceso evolutivo de la sexualidad infantil hasta su culminación bajo la forma de perversión,
de neurosis o de vida sexual normal». El pedido que Freud hace a los primeros analistas de que
verifiquen directamente en los niños la validez de sus teorías suscita numerosas observaciones,
en particular la de Herbert Graf, llamado «el pequeño Hans». Conducido por su padre, bajo la alta autoridad de Freud, este constituye el caso princeps del análisis de niños, publicado por Freud en 1909: Análisis de la fobia de un niño de cinco años (el pequeño Hans). (Véanse Hans, fobia.)
La observación de Hans confirma las tesis de Freud sobre la sexualidad infantil, la angustia de
castración y el complejo de Edipo. Permite afirmar la normalidad de la neurosis infantil y propone
una comprensión de la fobia. Demuestra, además, la posibilidad de llevar adelante la cura de un
niño pequeño y permite imaginar una profilaxis de las neurosis gracias a una educación basada
en el psicoanálisis. Por primera vez, la palabra de un niño de cinco años es escuchada, trascrita
por su padre analista, y relatada a Freud; el niño ya no es sólo un objeto de cuidados, de
educación o de amor, sino también la fuente de un nuevo saber. De este modo, a semejanza del
neurótico, el niño deviene sujeto de estudio del psicoanálisis; es él quien da testimonio de la
realidad de la neurosis infantil y quien, al mismo tiempo, suscita la inmensa esperanza de poder
prevenirla. En el texto de 1915, De la historia de una neurosis infantil (el Hombre de los
Lobos), Freud compara «el análisis que se realiza en el niño neurótico con el del adulto, en el
que la enfermedad del niño va a resurgir a través de los recuerdos». De este modo, el
psicoanálisis de niños es de entrada una parte integrante del psicoanálisis: no se distingue de él,
pues la teoría sobre el niño se elabora indisociablemente de la teoría analítica misma,
Hermine Hug-Hellmuth (1871-1924) es la primera en Viena en tener una práctica casi exclusiva
con niños y en elaborar cuestiones teóricas precisas concernientes al análisis del niño, Fiel
alumna de Freud, escribe desde 1912 numerosos artículos, publicados en Imago, entre los
cuales una memoria en 1913, La vida psíquica del niño, y, en 1920, en A propósito de la técnica
del análisis del niño, introduce el uso del juego. Pero es sobre todo el Diario de una niña el que
suscitó un verdadero escándalo: fue acusada, como también el psicoanálisis, de arrebatar a los
niños su inocencia (Entharmlosung). Caída en el olvido, su obra fue suplantada por las obras de
Anna Freud (en Viena) y Melanie Klein (en Berlín), las que aparecen en la escena analítica a
partir de 1920.
Anna Freud y Melanie Klein. El antagonismo célebre entre Anna Freud y Melanie Klein, si bien es
por cierto fruto de una sólida enemistad, encuentra también su fundamento lógico en la
naturaleza misma de sus investigaciones y de su objeto de estudio: una y otra no se interesan
en el mismo «niño»; bien por el contrario, ellas exploran dos campos heterogéneos con
instrumentos conceptuales radicalmente diferentes, aunque provenientes de la teoría de Freud.
A Anna Freud (véase Freud, Anna), pedagoga de formación, el psicoanálisis le permite ante todo
llevar a cabo «una observación psicoanalítica» del niño y «verificar» las hipótesis de su padre. El
niño que le interesa es en primer lugar el de la fase de latencia y el de la pubertad; es el niño que
habla, en el que se puede ver la neurosis in statu nascendi; pero es también el niño víctima de
sus padres, de la educación, de la pedagogía, de la miseria social y, luego, de la guerra.
Preocupada por «observar» a los niños, siempre creyó imposible analizarlos antes de que se
estableciesen los procesos secundarios y la verbalización. De la misma manera, las patologías
graves son excluidas de su campo de estudio, que permanece exclusivamente centrado en la
neurosis y las variaciones de la normalidad (El yo y los mecanismos de defensa, 1936). A lo
largo de toda su vida, intentó promover una «educación psicoanalítica» del niño, formando
educadores y maestros, creando lugares específicos «capaces de asegurar una prevención de
la neurosis» (Normalidad y patología en el niño, 1965).
Su elaboración teórica pretende estar en continuidad con la de Freud; se apoya en particular en
los Tres ensayos, en Inhibición, síntoma y angustia y en la teoría del yo de la segunda tópica. Su
primera obra, El tratamiento psicoanalítico del niño, que agrupa sus primeras conferencias de
1926-27, tiene el mérito de desarrollar los puntos singulares de la práctica con niños (los padres,
la trasferencia, la dificultad de las asociaciones verbales) y de poner de manifiesto el ideal de
omnipotencia que anima a esta práctica.
Desde ese momento, la línea divisoria entre Anna Freud y Melanie Klein queda establecida
virtualmente. Si Anna Freud permanece reticente a la cura psicoanalítica del niño, Melanie Klein
(véase Klein, Melanie) encara desde un principio la cura analítica de niños muy pequeños, antes
incluso del lenguaje. Para ella, no es la educación lo que puede provocar cambios en un niño,
sino el trabajo analítico, que permite la exploración del inconciente. El niño que le interesa es el de
antes del lenguaje, el de antes de la neurosis infantil (tal como Freud la define): se trata del
terreno del infans, situado más acá de la amnesia infantil, y por extensión, de la psicosis infantil
y el autismo (Psicoanálisis de niños, Desarrollos en psicoanálisis, Contribuciones al
psicoanálisis).
Melanie Klein afirma que el inconciente de un niño de 2 a 3 años ya está constituido, ya está ahí,
y que puede desplegarse en la trasferencia en la cura. El mundo interno del niño está compuesto
para ella por ¡magos primitivas, resultado del proceso de introyección de las diferentes imágenes
de la realidad; está poblado de monstruos, de demonios, y su sexualidad es fuertemente sádica.
Para tener acceso al inconciente del niño, Melanie Klein recurre a la técnica del juego; el juego
libre del niño es para ella el equivalente de las asociaciones libres; los elementos del juego
pueden ser considerados análogos a los elementos del sueño en el adulto y sometidos al
análisis, pues son la expresión simbólica de los fantasmas, los deseos y las experiencias del
niño, cuyo contenido latente puede ser interpretado. En 1935, publica un artículo fundamental,
Contribución al estudio de la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos, en el que aísla
la posición depresiva infantil como posición central del desarrollo del niño; pone en evidencia las
angustias psicóticas que subtienden la neurosis infantil, de la que elabora una nueva definición
(hace de ella una estructura precoz de defensa contra las angustias). El objeto parcial y la
pulsión de muerte constituyen los pilares de su elaboración teórica: descubre la importancia de
los mecanismos de escisión y propone un cambio radical de perspectivas al insistir en los
aspectos creadores de la posición depresiva.
Melanie Klein situó siempre su obra en continuidad con la de Karl Abraham, de la que fue
discípula de 1921 a 1924. Su aporte teórico es reducido frecuentemente a la expresión de una
dialéctica basada en los pares antagónicos: objeto bueno/objeto malo, objeto total/objeto parcial,
introyección /proyección, paranoide/depresivo, cuando en cambio le ha abierto al psicoanálisis el
terreno hasta entonces inexplorado del infans y de la psicosis. Lacan le ha rendido homenaje a
menudo en sus seminarios, saludando su justeza clínica y su espíritu creador, al mismo tiempo
que puntualiza los callejones sin salida de su teoría.
De estos dos cuerpos teóricos se pueden, con todo, desprender algunas cuestiones
recurrentes que parecen específicas del psicoanálisis del niño: la cuestión de los padres y del
campo social (como alternativa de ser tomados en cuenta o ignorados), la cuestión del uso de
una técnica específica (el juego) y del manejo de la trasferencia (hacer una alianza con el niño o
interpretar su trasferencia negativa), la de la finalidad de la cura y del imperativo terapéutico, la
de la psicogénesis y el desarrollo del niño. Cada grupo responde de manera singular a estas
cuestiones: así, mientras que para Anna Freud la profilaxis de la neurosis se sitúa en el nivel de
la educación, para Melanie Klein depende de un psicoanálisis sistemático preventivo, hecho a
partir de los tres años de edad. Sólo la definición del encuadre técnico del psicoanálisis del niño
parece serles común: debe desarrollarse a razón de cinco sesiones semanales de cincuenta
minutos. Winnicott (véase Winnicott, Donald Woods), independiente de las dos orientaciones,
mantiene la misma definición. De este modo, es el encuadre ante todo el que para los
anglosajones permite hablar de análisis o de psicoterapia.
Originalidad e invención. Si las teorías kleinianas fueron introducidas en Francia recién hacia
1960 y si la influencia de Anna Freud fue modesta, el éxito de Winnicott fue, por el contrario, muy
grande, y su aporte teórico muy extensa e incluso abusivamente incorporado [observemos que
en Argentina la influencia de M. Klein fue enorme desde la década de 1940, muy poca la de A.
Freud, y fuerte la de toda la escuela inglesa siempre, en el psicoanálisis, con gravitación social
pero escasa proyección hacia el campo de la psiquiatría y la educación]. Su teoría del self (falso
self/verdadero self) y sobre todo la del objeto transicional y del espacio potencial constituyen
referencias importantes. Para él, el juego del niño es una experiencia cultural esencial que abre
el camino de la sublimación. Se interesa particularmente en las interrelaciones madre/hijo, e
introduce la noción de «ambiente facilitador», insistiendo en la evolución de la dependencia a la
independencia. Citemos por ejemplo El papel de espejo de la madre y de la familia en el
desarrollo del niño y La capacidad de estar solo. Sus textos De la pediatría al psicoanálisis y
Juego y realidad dan testimonio de un acercamiento original al otro, de un pensamiento muy
elaborado y de un estilo inimitable que hacen particularmente delicada la posibilidad de la
trasmisión de su práctica con los niños.
Los analistas franceses que se interesaron en los niños desarrollaron su actividad en
numerosas instituciones; no se trató de análisis en sentido estricto, sino de psicoterapias
dispensadas por analistas. Algunos crearon lugares de cuidados específicos como los C.M.P.P.
(Centros Médicos Psicopedagógicos), o el Centro Alfred Binet, otros se incorporaron a lugares
de cuidados pediátricos o neurológicos,
El servicio de neuropsiquiatría infantil del profesor Heuyer en la Salpêtrière [conocido hospital de
París donde en su momento Freud asistió a las clases de Charcot] acogió de 1934 a 1940 a
Sophie Morgenstern, psicoanalista polaca que desarrolló la técnica del dibujo infantil y que, en
1937, publicó Psicoanálisis infantil.
Después de la guerra, el trabajo de Françoise Dolto (véase Dolto, Françoise) en el hospital
Trousseau es muy notable. Lejos del marco confortable del análisis, escucha el sufrimiento de
los niños y elabora todo un trabajo con ellos: más que ninguna otra, ilustra la fórmula que dice
que «el análisis del niño es el trabajo hecho por un analista con un niño». Supo hacer valer la
palabra de los niños, escucharlos, responderles, situar su síntoma en relación con los Otros
reales encarnados por los padres. Conoció un éxito mediático resonante, justificado por su
presencia, su carisma, y por un sentido de la interpretación fuera de lo común y por ello
difícilmente trasmisible. Su libro El caso Dominique y sus seminarios sobre el dibujo infantil son
buenos testirnonios de su estilo y de sus interpretaciones. Tenía también una preocupación por
la prevención y hubiera querido ver multiplicarse las «Casas Verdes» donde pudiesen
encontrarse los padres con sus hijos para hacer circular la palabra y para que se abriese una
dimensión dialéctica entre los adultos y los niños. Esperaba así intervenir precozmente, antes
incluso del surgimiento de los síntomas, fuera de todo marco terapéutico.
En el seno de su escuela, Lacan le permitió a Françoise Dolto y a otras (Maud Mannoni, Rosine
Lefort) llevar adelante sus investigaciones de manera independiente y hacer valer su práctica.
Lacan. Si bien Lacan no se interesó nunca directamente en el psicoanálisis del niño, el niño sin
embargo forma parte de su elaboración. Inaugura de este modo referencias teóricas que
modifican radicalmente las concepciones psicoanalíticas sobre los niños. Así, El estadio, del
espejo (Congreso de Marienbad, 1936) constituye una referencia tópica, un momento lógico en
el que se originan el yo [moi] y la alienación imaginaria al semejante. La formalización del Otro y
del objeto a va a permitir situar diversamente el lugar del niño y su relación con los Otros reales.
Pero es el seminario La relación de objeto (1956-57) el que constituye un verdadero manual
clínico del psicoanálisis del niño; propone allí un modelo teórico del desarrollo del niño que se
sitúa en ruptura con las ideas dominantes de la época (los estadios instintivos). Demostrando las
carencias de las diferentes teorías existentes, va a situar, por su parte, el lugar central de la
falta en la subjetividad, y gracias a los tres registros, real, simbólico e imaginario, define y
articula entre ellos los conceptos de privación, frustración y castración. A través del modelo
dialéctico madre-hijo-falo, intenta dar cuenta de la organización preedípica, es decir, de la
intersubjetividad en la que se basa la subjetividad del niño, en tanto no está solo, en tanto es
dependiente de esos Otros reales que son los padres. Es esta dialéctica imaginaría
madre-hijo-falo, referida a la dimensión simbólica del padre, la que va a llevar al sujeto al
complejo de castración. Lacan elabora allí la teoría del significante y retorna cuestiones clínicas
tales como la fobia, la perversión o la anorexia.
En otros seminarios, como Las formaciones del inconciente y El deseo y su interpretación,
intenta formalizar el advenimiento del sujeto a la palabra y su capacidad de enunciación, y el niño
es situado así en la teoría como un tiempo mítico, como una ficción, como el lugar de una
suposición lógica que permite dar cuenta de la estructura y de la dialéctica imaginaria de la
alienación al otro.
Estos señalamientos teóricos nos posibilitan pensar la práctica con los niños de otro modo que
como una intuición genial. El niño está por cierto en una posición particular con respecto al
psicoanálisis: está incluido en la teoría y es a la vez objeto singular de una práctica. Sujetos de
una palabra propia, de deseos sexuales, del inconciente que el psicoanálisis les ha reconocido,
para algunos niños el síntoma sigue siendo el único medio de hacerse oír. Pero, ¿a quién
pertenece el síntoma? ¿Se trata acaso del síntoma del niño que da testimonio de su propia
estructura o se trata de síntomas reactivos al inconciente parental?
A través de esta cuestión recurrente puede ser inscrita una especificidad de la práctica con
niños: esta supone en efecto que la escucha analítica se despliega en el nivel de la dialéctica
padres/hijos, de sus bloqueos, de sus impasses, tanto como en el nivel de los propios procesos
psíquicos del niño. Apreciar su valor, el sentido del síntoma, y poder plantear las indicaciones
justas, tal es la apuesta de este trabajo, de la que da testimonio el libro de J. Bergès y G. Balbo,
L'enfant et la psychanalyse (Masson, 1994).