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Estudio del psicoanálisis y psicología

Diccionario de psicología, letra P, pulsión, Freud-Lacan



Pulsión
s. f. (fr. pulsion; ingl. drive o instinct; al. Trieb). Concepto fundamental del psicoanálisis,
destinado a dar cuenta, a través de la hipótesis de un montaje específico, de las formas de
relación con el objeto y de la búsqueda de la satisfacción.
Dado que esta búsqueda de la satisfacción tiene múltiples formas, conviene hablar en general
más bien de pulsiones que de la pulsión, excepto en el caso en que interese su naturaleza
general: las características comunes a todas las pulsiones. Estas características son cuatro:
fueron definidas por Freud como la fuente, el empuje, el objeto y el fin. Determinan la naturaleza de la pulsión: ser esencialmente parcial, así como sus diferentes avatares (sus diferentes destinos: inversión, reversión, represión, sublimación, etc.).
Historia del concepto en Freud. La pluralidad pulsional supone la noción de oposición o de
dualidad. Para el psicoanálisis, las diferentes pulsiones se reúnen al fin en dos grupos que
fundamentalmente se enfrentan. De esta oposición nace la dinámica que soporta al sujeto, es
decir, la dinámica responsable de su vida. Esta noción de dualidad fue considerada siempre por
Freud como un punto esencial de su teoría y, en buena parte, está en el origen de la divergencia,
y luego ruptura, con Jung, que, por su lado, se mostraba cada vez más partidario de una visión
monista de las cosas.
Una primera dificultad en el abordaje del concepto de pulsión consiste en resistir la tentación
psicologizante, la tentación de comprender rápidamente, que tendería por ejemplo a asimilar la
pulsión al instinto, a darle el nombre de pulsión a lo que quedaría de animal en el ser humano. Las
primeras versiones, en castellano, inglés y francés, de los textos freudianos han favorecido
este malentendido, proponiendo casi sistemáticamente traducir como instinto el término alemán
Trieb.
Una segunda dificultad proviene del hecho de que la noción de pulsión no remite directamente a
un fenómeno clínico tangible. Si el concepto de pulsión da buena cuenta de la clínica, es porque
constituye una construcción teórica forjada a partir de las exigencias de ella, y no porque dé
testimonio de alguna de sus manifestaciones particulares.
Desde un punto de vista epistemológico, el término pulsión aparece bastante pronto en la obra
freudiana, donde viene a dar el rango de concepto a una noción bastante mal definida, la de
energía. A partir de ese momento, este concepto pasa a ocupar enseguida una posición esencial en la teoría analítica, hasta llegar a ser verdaderamente su clave de bóveda, lugar que ocupará aun en los últimos textos de Freud. Pero este lugar no se debe sólo al papel fundador de la metapsicología que tiene este concepto: está motivado también por la dificultad misma del concepto y por su resistencia intrínseca, en cierto modo, para entregarle a Freud lo que este espera de él, para develarle ciertos horizontes misteriosos. «La teoría de las pulsiones --escribe en 1915- es la cuestión más importante pero también la menos acabada de la doctrina psicoanalítica».
En J. Lacan, la pulsión conserva e incluso acrecienta todavía este lugar teórico. Para él es uno de los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, junto al inconciente, la trasferencia y la repetición, y justamente el que se muestra más delicado en su elaboración. La pulsión constituye también el punto límite donde captar la especificidad del deseo del sujeto, del que revela, por su estructura en bucle, la aporía. Permite además erigir una verdadera topología de los bordes y aparece, por último, como uno de los principales modos de acceso teórico al campo de lo real, ese término de la estructura lacaniana que designa lo que para el sujeto es lo imposible.
La concepción freudiana. Es en 1905, en los Tres ensayos de teoría sexual, donde Freud usa
por primera vez el término pulsión y hace así de él un concepto determinante. Pero, desde la
década de 1890, como lo atestiguan la correspondencia con W. Fliess y el Proyecto de
psicología, Freud está muy preocupado por aquello que da al ser humano la fuerza para vivir y  también por lo que le da a los síntomas neuróticos la fuerza para constituirse. Sospecha ya que esas fuerzas son las mismas y que su desvío es lo que en ciertos casos provoca los síntomas.
En esta época, trata de distinguir entre estas fuerzas dos grupos, a los que refiere la «energía
sexual somática» y la «energía sexual psíquica», y llega a introducir incluso la noción de libido.
Luego, su interés lo lleva ya hacia las teorías del fantasma y de la represión, y descubre las
formaciones del inconciente. En 1905, entonces, habiendo ya explorado debidamente el «cómo»
de la neurosis, vuelve a la cuestión fundamental que se planteaba antes, la del «por qué», la de
las energías operantes en los procesos neuróticos.
El problema, justamente, es que los mecanismos de formación de los síntomas neuróticos
disimulan la naturaleza de las fuerzas sobre las que se ejercen. De este modo, para acceder a la
comprensión de estas últimas, Freud se ve obligado a tomar un camino indirecto. Hay dos
terrenos, piensa, que permiten observar «a cielo abierto» -o sea, suficientemente libre de la
represión- este juego de las pulsiones que constituye el motor de las neurosis y el motor del
sujeto humano. Estos dos terrenos son, respectivamente, el de las perversiones -donde la
represión es apenas eficaz- y el de los niños, esos «perversos polimorfos» -antes de que la
represión haya operado demasiado.
El estudio de las perversiones va a proveerle por lo tanto el medio para asir las características y
los modos de funcionamiento de las pulsiones. Pero, incidentalmente, también le da los
argumentos en apoyo de la tesis sobre la sexualidad infantil -que se juzgará totalmente
inaceptable en la época- y los medios para elaborar una teoría general de la sexualidad.
En Tres ensayos de teoría sexual, Freud precisa en primer lugar la naturaleza de la pulsión sexual: la libido. Le parece que no hay lugar ya para repartirla entre las vertientes «somática» y «psíquica». Por el contrario, le parece que se reparte por estas dos vertientes y entre ellas y que es esta posición fronteriza la que mejor la define, como, finalmente, a toda pulsión. «La pulsión -escribe- es el representante psíquico de una fuente continua de excitación proveniente del interior del organismo». Muestra luego que, en el plano sexual, cualquier punto del cuerpo puede estar tanto en el origen de una pulsión como en su término, como lo muestran las
«perversiones de objeto». En otras palabras, cualquier lugar del cuerpo puede ser o devenir
zona erógena a partir del momento en que una pulsión lo inviste. Esta comprobación tiene varias
implicaciones: en primer lugar, la de la multiplicidad de las pulsiones, puesto que sus orígenes y
sus objetivos son muy numerosos; en segundo lugar, el de su dificultad en tender hacia un fin
común, es decir, en verdad, su casi imposibilidad para unificarse, puesto que pueden
conformarse con objetivos parciales y muy diferentes unos de otros; en tercer lugar, la de la
precariedad de sus avatares, puesto que estos se muestran finalmente tan variados y
movientes como los objetivos mismos.
Por último, propone distinguir bien el grupo de las pulsiones sexuales (que, en ciertas
condiciones, entre otras cuando no son «desviadas» hacia una de las vías que se califican de
perversas, permiten al ser humano reproducirse) de otro grupo de pulsiones, que, por su parte,
tiene por función mantener en vida al individuo. Este segundo grupo engloba las pulsiones que
empujan al sujeto a alimentarse, a defenderse, etc., es decir, las pulsiones de autoconservación
que Freud no tardará en denominar más bien pulsiones del yo, para insistir no tanto en su
función (la supervivencia) como en el objeto de esa función: el individuo mismo.
Freud define así las pulsiones en la interfase de lo somático y de lo psíquico, destaca su
diversidad (y por consiguiente su pluralidad), indica lo frecuente de su carácter inacabado (por
consiguiente su carácter parcial, su falta de unificación y la incertidumbre de sus destinos) y
postula dos tipos principales y opuestos de pulsiones: las pulsiones sexuales y las pulsiones del
yo.
Algunos años después, en 1914, Freud adelanta una nueva noción, la del narcisismo, el amor
que el sujeto dirige a un objeto muy particular: él mismo. Este nuevo concepto le ofrece una clave
suplementaria para abordar una parte del campo de las psicosis (psicosis narcisistas, como las
llama en esa época) pero lo obliga también a reconsiderar esa oposición que tenía por
fundamental entre pulsiones sexuales y pulsiones del yo. En efecto, a partir del momento en que
admite que existe una verdadera relación de amor entre el sujeto y su propio yo, le es necesario
también admitir que hay una libidinización del conjunto de las funciones del yo (que estas no
responden simplemente a la lógica de la autoconservación sino que también están
erogeneizadas), que la preservación del yo no entra únicamente en el registro de la necesidad,
sino además, y en definitiva sobre todo, en el del deseo. Por consiguiente, desde que el yo es
también un objeto sexual, se desprende de ahí que la distinción entre pulsiones sexuales y
pulsiones del yo ya no tiene razón de ser. Freud la remplaza entonces por la de pulsiones del yo
y pulsiones de objeto. Muy provisionalmente, porque pronto se le hará evidente que esta
segunda oposición no es sostenible: la desmiente la teoría misma del narcisismo, ya que esta
precisamente muestra que el yo es un verdadero objeto para el sujeto. Por lo tanto, yo y objeto
deben ponerse de hecho en el mismo plano, en todo caso en lo concerniente a las pulsiones.
En otra etapa, casi simultánea, se ve llevado a precisar exactamente las características de las
pulsiones. Esto ocurre con Trabajos sobre metapsicología (1915), recopilación inicial de doce
artículos que se proponen suministrar los fundamentos del psicoanálisis. El artículo princeps
-uno de los cinco que no fue destruido por el mismo Freud- se titula Pulsiones y destinos de
pulsión. En la primera parte, tras una muy bella advertencia epistemológica, define la naturaleza
de la pulsión: una fuerza constante, de origen somático, que representa «una excitación» para lo
psíquico. Luego se enuncian las características de la pulsión: fuente, empuje, objeto y fin. La
fuente, como se acaba de decir, es corporal; procede de la excitación de un órgano, que puede
ser cualquiera. El empuje es la expresión de la energía pulsional misma. El fin es la satisfacción
de la pulsión, dicho de otro modo, la posibilidad de que el organismo alcance una descarga
pulsional, o sea, reconduzca la tensión a su punto más bajo y obtenga así la extinción
(temporaria) de la pulsión. En cuanto al objeto, es todo aquello que permita la satisfacción
pulsional, o sea, alcanzar el fin. De todo esto surge que los objetos pulsionales son innumerables
pero también, y sobre todo, que el fin de la pulsión no puede ser alcanzado sino de manera
provisional, que la satisfacción nunca es completa porque la tensión renace enseguida, y que, al
fin de cuentas, el objeto siempre es en parte inadecuado y su función nunca se cumple
definitivamente.
Queda así reafirmado el carácter múltiple y opuesto entre sí de las pulsiones. Pero Freud es
mucho menos claro sobre la naturaleza de esta oposición, que por otra parte considera poco
importante precisar. La distinción yo/objeto que preconizaba le parece ya mucho menos
pertinente y, si todavía se refiere a la de las pulsiones del yo/pulsiones sexuales, es más para
mostrar que los dos grupos tienen finalmente cada uno por función garantizar la supervivencia
de algo y que este algo es lo que los especifica: supervivencia del individuo para el primero,
supervivencia de la especie para el segundo. Pero, a partir de aquí, la pulsión sexual, que
demuestra la continuidad del germen más allá del individuo, tiene una afinidad esencial con la
muerte.
La segunda parte del artículo se refiere a las vicisitudes de las pulsiones: sus suertes [sortsI, como propone Lacan traducir el término Triebschicksale [destinos de pulsión], No son suertes felices; y, por otra parte, sólo existen por el hecho de que las pulsiones no pueden alcanzar su fin. Freud enumera cinco, que son, en cierto modo, cinco maneras, para la pulsión, de organizar el fiasco [ratage: también falla, pifiada] de la satisfacción. La primera es el proceso más corriente en el campo de las neurosis, el responsable de la formación de los síntomas: la represión. La segunda, propia de las pulsiones sexuales, sigue siendo quizá la más misteriosa, también es ejemplar en cuanto a la distancia que puede separar un origen pulsional de su devenir último: se trata de la sublimación. Las otras tres (la trasformación en lo contrario, la vuelta contra la propia persona y el pasaje de la actividad a la pasividad) son de hecho constitutivas de la gramática que organiza el campo de las perversiones, y más particularmente, de las oscilaciones que se operan de una posición perversa a otra. Por último, para ser totalmente exhaustivos, habría que agregar dos maneras más, mencionadas en Introducción del narcisismo (1914), que parecen más específicas de las psicosis: la introversión y las regresiones libidinales
narcisistas.
En 1920, en Más allá del principio de placer, a partir de los indicios suministrados por la
repetición, Freud termina por forjar la hipótesis de una pulsión de muerte (véase pulsión de vida -
pulsión de muerte). La opone a las pulsiones de vida y hace de esta dualidad la pareja
fundamental en la que reposa toda la teoría pulsional. Las pulsiones sexuales, del yo o de objeto,
vienen entonces a situarse, según su función, en una u otra de estas dos categorías, con la
importante idea de que la supervivencia de la especie puede ser antagónica a la del individuo. A
partir de allí, queda reafirmado el principio general del funcionamiento psíquico, a saber, que el
aparato psíquico tiene como tarea reducir al mínimo la tensión que crece en él, especialmente por
obra de las pulsiones. Pero ahora este funcionamiento está subsumido a la pulsión de muerte, es
decir, a una tendencia general de los organismos no sólo a reducir la excitación vital interna, sino
también, por ese camino, a volver a un estado primitivo inorganizado, o sea, en otros términos, a
la muerte primera. Y en 1924, en El problema económico del masoquismo, Freud corroborará
esta visión de las cosas, viendo allí la expresión del principio de Nirvana.
La concepción lacaniana. Lacan, en particular en el Seminario XI, «Los cuatro conceptos
fundamentales del psicoanálisis» (1973), se dedica a radicalizar estas concepciones. El hecho de que las pulsiones siempre se presentan como pulsiones parciales le parece determinante, en tanto introduce el lazo necesario entre sexo y muerte y en tanto funda una dinámica de la que el sujeto es el producto. Este sujeto está en lucha con dos lógicas de tendencias antagónicas: la que lo hace diferente de cualquier otro ser viviente, y preocupado entonces ante todo por su propia supervivencia, y la que lo considera uno entre otros, y entonces, aun cuando no se dé cuenta de ello, lo pone al servicio de su especie. Por otra parte, al volver sobre las características de las pulsiones, Lacan va a insistir en el hecho de que lo propio del objeto pulsional es no estar jamás a la altura de lo esperado. Este carácter del objeto tiene toda clase de consecuencias: en primer lugar, hace que sea imposible realizar directamente el fin pulsional, y por motivos no contingentes sino estructurales, en segundo lugar, sitúa la razón de la
naturaleza parcial de la pulsión en este carácter inacabado; en tercer lugar, permite también
poder describir el trayecto de la pulsión: al errar su objeto, la pulsión describe una especie de
bucle alrededor de él que la lleva de nuevo a su lugar de origen y la dispone a reactivar su
fuente, es decir, la prepara para iniciar entonces un nuevo trayecto casi idéntico al primero; por
último, permite agregar otros dos objetos pulsionales a la lista establecida por Freud: la voz y la
mirada.
Pero este carácter parcial de la pulsión, este fiasco y este aspecto inacabado incitan a Lacan a inscribir allí el origen del despedazamiento corporal fundamental del sujeto y a denunciar el engaño que representa la noción de una genitalidad unificada, o sea, de un estadio subjetivo donde las pulsiones estarían todas reunidas para responder al unísono a una función global como la de la procreación. Este estado, dice, sólo puede ser un ideal, en flagrante contradicción con los principios que rigen a las pulsiones; y esto lo lleva a recusar la noción misma de estadio entendida en la perspectiva de tina progresión genética.