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Estudio del psicoanálisis y psicología

La enfermedad como acontecimiento estresante



Enfermedad como acontecimiento estresante.
La enfermedad es un proceso de deterioro que daña el funcionamiento biológico
y/o psicológico y/o social de una persona y que puede llegar a conducir a la
muerte.
En la mayoría de las sociedades y culturas se otorga a la salud un valor
muy alto. Por tanto, la aparición de la enfermedad en la vida de una persona
supone siempre una situación de crisis, un acontecimiento estresante. En
mayor o menor medida produce un impacto en la vida del sujeto y una ruptura
de su comportamiento y modo de vida habitual, generando una situación de
desequilibrio, que es, en último extremo, lo que cabe denominar situación
estresante.
Moos (1977) analiza la potencialidad estresante de la enfermedad
considerándola una crisis vital, y adoptando la teoría de la crisis como marco
general de su análisis.
La teoría de la crisis proporciona, en su opinión, un
sistema conceptual para la consideración de las enfermedades físicas graves.
En general, la teoría de la crisis trata del impacto de interrupciones en las pautas
establecidas de la identidad personal y social.
Todos necesitamos un equilibrio psicológico y social, al igual que una
homeostasis fisiológica. Cuando algo rompe nuestras pautas de
comportamiento y modo de vivir, empleamos mecanismos, en general también
habituales, para solucionar los problemas y restablecer el equilibrio. Una
situación nueva en la que nuestras pautas de respuesta habituales son
inadecuadas para manejarla, conduce a un estado de desorganización a
menudo acompañado de ansiedad, miedo, culpabilidad, u otros sentimientos,
desagradables que contribuyen todavía más a la desorganización.
Por definición, una crisis es de duración limitada, puesto que una persona no
puede permanecer en un estado extremo de desequilibrio. En pocos días o
semanas, la persona ha de encontrar una solución y restablecer el equilibrio,
aunque sea temporalmente. Este nuevo equilibrio conseguido puede
representar una adaptación sana que promocione el desarrollo personal y la
madurez, o una mala adaptación que, aún restaurando el equilibrio
biopsicosocial de la persona, tenga efectos negativos concomitantes o a largo
plazo. Una experiencia de crisis puede considerarse, pues, como un período
transitorio, decisivo, con implicaciones importantes para una adaptación a largo
plazo del individuo, y para su capacidad de afrontar otras crisis en el futuro.
La enfermedad constituye una crisis que puede durar un período muy largo y
conducir a cambios permanentes entre los pacientes y sus familiares.
La
potencia de la crisis, como sigue señalando Moos, proviene de la interrupción
repentina de las funciones habituales y de la amenaza omnipresente a la vida y
a la adaptación de la persona. Puede que tenga que afrontar hospitalización y
separación prolongada de su familia y amigos, dolor e impotencia, cambios
permanentes en su aspecto o en su función corporal, pérdida de papeles clave,
y un futuro inseguro e imprevisible, incluyendo la posibilidad de la muerte.
Los problemas de adaptación en este caso vienen planteados por las
características específicas de las crisis de salud, que hacen difícil que una
persona pueda elegir las estrategias apropiadas de afrontamiento para asimilar y
acostumbrarse a cambios repentinos en su vida (Haan, 1977) Por ejemplo, las
crisis de salud habitualmente no pueden ser anticipadas, su significado para la
persona que enferma es ambiguo, y con frecuencia le falta información clara y
tiene que tomar decisiones definitivas y rápidas. Ciertamente, el carácter
estresante de la enfermedad depende de muchos factores:
1) De su duración (aguda/ crónica)
2) De su forma de aparición: repentina e inesperada, lenta y
evolucionada, manifiesta o insidiosa.
3) De su intensidad y gravedad.
4) De las etapas del proceso de la enfermedad.
Una vez reconocida como tal por el paciente, la enfermedad tiene muchas de las
características que hacen de ella que un acontecimiento sea estresante, es
decir, es interpretada como desafiante, perjudicial, o, en algunos casos, como
desafiante, para la persona:,Tiene una valencia negativa, puesto que constituye
un daño y/o una pérdida (material y/o funcional) objetiva socialmente valorada
como tal; es impredecible las más de las veces, y es, también, al menos desde
la perspectiva del enfermo, incontrolable, por lo que deberá confiar el control de
los acontecimientos a otra persona, el médico.
Aunque, como señala Nichois (1984), el estrés psicológico asociado a la
enfermedad es muy difícil de evaluar por cuanto que es muy frecuente que el
enfermo lo niegue, sin embargo, su existencia en mayor o menor cuantía es
innegable en una gran mayoría de enfermos. Un gran número de los estudios
sobre el tema ha evaluado la existencia del distrés asociado a la enfermedad a
partir de sus manifestaciones emocionales: ansiedad, depresión, culpa,
desamparo, desesperación, vergüenza, disgusto, ira, y otros estados efectivos
negativos.
Hay, además, toda una tradición en la investigación que considera que ciertas
enfermedades pueden producir, con mayor probabilidad que otras, reacciones
emocionales y complicaciones psicológicas. Así, Lipowski (1967) comprobó que
las infecciones virales (por ejemplo, la hepatitis) suelen ir seguidas de depresión.
Castelnuovo y Tedescu (1961) reseñaron muchos otros tipos de enfermedad
ligados significativamente con la depresión: problemas cardíacos, colitis
ulcerosa, asma, neurodermatitis, anemia, desórdenes endocrinos y tumores
malignos. En una revisión de la literatura sobre Neary (1976) indicó que los
datos existentes sugieren que la depresión es la reacción, más común al fallo
renal, y que en un tercio de los casos uremias crónicas.
Existe, también, una cantidad de datos apoyando que el cáncer de rnama y la
mastectomía producen altos niveles de estrés en muchas mujeres. Morris
(1979) realizó una extensa revisión de estudios que demuestran la existencia de
altos niveles de estrés psicológico en pacientes con cáncer de mama. Maguire
(1978) encontró un 31 % de las mujeres mastectomizadas de la población
estudiada se mostraba deprimida y/o ansiosa en un nivel que precisaba
tratamiento antes de la operación, y un 25% se mostraba afectada todavía un
año más tarde. Por el contrario, en el grupo control (mujeres con un tumor de
mama benigno), sólo el 12% había desarrollado tales síntomas. Hay igualmente
datos que indican altos niveles de estrés en personas sometidas a colectomía
(Wirsching et al, 1975), en pacientes con problemas coronaos (Mayou et al.,
1978), o en pacientes con fallo renal y que están siendo sometidos hemodiálisis
(Kaplan de Nour, 1981; Nichols, 1984)
Este tipo de respuestas es resultado, como se ha dicho, de la apreciación del
acontecimiento de la enfermedad corno estresante, es decir, de su evaluación
como amenaza, daño, pérdida o desafío, y de que los recursos no son
adecuados para afrontar las demandas del acontecimiento. Esta apreciación
puede evocar estados 3fectivos negativos entre los cuales la depresión y la
ansiedad son los más habituales. La ansiedad no sólo puede aparecer como
resultado directo de la apreciación de estrés, sino que también puede hacerlo en
fases posteriores como consecuencia del fallo del ajuste realizado, o de la
posibilidad de recurrencia del acontecimiento, o incluso puede presentarse si el
sujeto no puede afrontar correctamente la depresión o la pena (Wilson-Barret,
1979)
Es interesante señalar que, como en el caso de otros estresores, no hace falta
que padezcamos de hecho la enfermedad para sufrir estrés por ello. La
anticipación de la enfermedad puede ser tan estresante como su ocurrencia real
y, a menudo lo es mucho más. Por otro lado, el estrés provocado por la
enfermedad no sólo tiene efectos a corto plazo, sino que tales efectos persisten
hasta mucho tiempo después de que el acontecimiento estresante haya dejado
de actuar.
Además no podemos olvidar que la misma situación de enfermedad hace
problemática la puesta en marcha de los mecanismos. tanto fisiológicos corno
psicológicos, de ajuste a la situación, y de la emisión de las respuestas de
afrontamiento correspondientes. Los enfermos son una población
particularmente vulnerable ante estresores que en otras poblaciones producen
pocos efectos negativos (Cohen, Glass y Phillips, 1973)
Por otra parte, la enfermedad no sólo produce estrés en la persona que la
padece, sino que tiene efectos estresantes, de mayor o menor cuantía, en los
familiares del enfermo. La dinámica de las relaciones personales intrafarniliares
se ve afectada por la enfermedad (y, en su caso, por la hospitalización) de uno
de los miembros de la familia, y se producen cambios en la representación de
los roles habituales. Este cambio de roles por sí mismo es una fuente de estrés,
que se suma a la propia situación del enfermo. Cuando la enfermedad es
crónica sus características estresantes se potencian, así como su impacto de
perturbación social. Las enfermedades largas pueden incluso conducir a
discordias familiares, a menudo relacionadas con problemas económicos, o con
la resistencia por parte de algunos de los miembros de la familia participar en el
cuidado del enfermo, si este permanece en la casa (Lipowski, 1975)
En suma, como señala Nichols (1984), comentando un interesante artículo del
Lancet (1979), la enfermedad y la lesión o herida conllevan dos cosas: la
experiencia de amenaza y la experiencia de pérdida. La amenaza puede ser
compleja porque tiene que ver con los problemas más inmediatos de dolor y de
inmovilización, pero también con la pérdida de control de acontecimientos que
afectan a nuestra vida. Por lo que se refiere a las pérdidas producidas por la
enfermedad, dependen del tipo de enfermedad y del contexto vital en el que se
sufren. Se puede perder literalmente una parte del cuerpo, o una función (por
ejemplo, el habla), o ambas cosas (el útero y la capacidad reproductora); o
ambas más una pérdida de energía física (en el caso del fallo renal, por ejemplo)
Estas pérdidas provocan una aflicción potente que puede cambiar a una
persona y significar para ella un tiempo prolongado de profunda
1) Amenaza a la vida y miedo a la muerte.
2) Amenaza a la integridad corporal y al bienestar:
3) Amenazas al auto-concepto y a los planes futuros:
• Necesidad de alterar la propia imagen o el sistema de creencias.
• Incertidumbre acerca del curso de la enfermedad y del futuro.
• Peligro para las metas y valores vitales.
• Pérdida de la autonomía y el control.
4) Amenazas al equilibrio emocional.
5) Amenazas al cumplimiento de los roles y actividades habituales:
Separación de familia, amigos y otros apoyos sociales.
• Pérdida de roles sociales importantes.
• Necesidad de depender de otros.
6) Necesidad de ajustarse a un nuevo entorno físico y social:
• Ajuste al marco hospitalario.
• Problemas de comprensión de la terminología y usos médicos.
Como también señala Nichols (1984, 21), "es vital entender que las reacciones
emocionales que afectan a las personas en las crisis personales pueden tener
un poder aplastante. Para algunas personas, la angustia de la reacción
emocional es más difícil de soportar que la enfermedad misma" (Tabla 4.1)
El modelo que presenté en el capítulo anterior constituye un posible expresión
del marco contextual en el que se produce el proceso de afrontamiento de la
enfermedad. La apreciación de una enfermedad como estresante puede ser
función de las propias características fisiológicas de los síntomas que presenta
(como estresor físico); de los estados efectivos y cognitivos del individuo que en
ocasiones determinan la aparición de la enfermedad misma, y de la pérdida de
funcionalidad psicológica que conlleva (estresor psicológico);
de la interacción
social real vulnerada por la aparición de la enfermedad y de la interrupción en el
desempeño de los roles habituales (estresor social); y de su capacidad
"estigmatizante" (estresor cultural).