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Estudio del psicoanálisis y psicología

La violencia y la melancolía en los adolescentes: concepto de melancolía, la angustia, ataques de pánico



La melancolía se caracteriza por un estado depresivo y profundamente doloroso, con pérdida del interés por el mundo exterior, la capacidad de amar y la disminución del amor propio que conduce a la búsqueda de situaciones de sanción pública y de castigo, por ejemplo el delito.
El sujeto se ha perdido en un dolor silenciado, en una desesperación acallada y no hay rehallazgo de objeto que relance el deseo. El yo se le presenta sin valor alguno, indigno, miserable y agobiado por la culpa pero para contrarrestar este sentimiento el joven se hace mirar con desprecio o temor. Algunos se visten o se adornan de modo que la gente los rechace, otros en lugar de llevar un tatuaje que resalte alguna parte del cuerpo se cubren toda la piel con escrituras ideográficas y lemas o se agujerean los orificios. Lo que se esconde es el deseo de “ser mirados” y/o “hablados”, de romper las barreras de la indiferencia o la desparobación.
Las causas de la melancolía comprenden todos los casos de ofensa, postergación y desengaño que introduce en la relación con los otros la antítesis absoluta entre el amor y el odio, radicalización que despliega un sadismo inusitado contra el prójimo.
La peculiaridad de la melancolía es transformarse en manía, estado en que el joven se siente exageradamente libre y descarga la energía psíquica en acciones excesivas que contrarresten la herida y el desvalimiento que padece.
Algunos padres se acercan a los centros asistenciales o de orientación porque perciben que los jóvenes regresan demasiado tarde en forma permanente, no descansan ni hacen sus tareas, están irritados por semanas sin que ceda el sufrimiento y la inestabilidad emocional, no estudian, tienen trastornos con la comida y el sueño, beben o fuman en exceso, portan objetos cortantes o armas, no se bañan, desaparecen del colegio, se encierran por largas horas y no hablan, escuchan música con el volumen demasiado alto y las letras de las canciones se refieren a la muerte y a la fragmentación, la música se les vuelve adictiva en lugar de ser un objeto placentero, perciben que esconden cosas o que les falta dinero, el lenguaje es pobre o ininteligible, hablan de “sustancias” que los padres desconocen o éstos encuentran frascos con yerbas extrañas, sienten a sus hijos como extraños que distorsionan la convivencia anhelada, etc.
La angustia lleva a algunos grupos familiares a la consulta psicoanalítica, y a otros a las promesas de la religión.
Cada vez más estos jóvenes parecen “recuperarse” a través de la fe; algunos comienzan a aferrarse a una ortodoxia que los aparta de sus hogares; la religión cumple una función endogámica pero para estos adolescentes resulta una alternativa a los lazos familiares.
También los analistas quedamos sorprendidos por la variabilidad de los síntomas y signos por lo cual estamos reflexionando sobre los estados límite, las estructuras que no se estabilizan en la neurosis, la perversión o la psicosis sino que “giran” según la definición lacaniana de la fobia. Cada vez más nos vemos llevados a aplicar el concepto de suplencia para entender la clínica de nuestros días.
Los llamados ataques de pánico aparecen como signo de una melancolización inadvertida y cuando recurren a alguna asistencia terapéutica son medicados con antidepresivos y/o ansiolíticos.
Los padres y profesores aceptan cada vez más la medicalización -muchas veces indiscriminada- pues se encuentran desorientados y no se sienten capaces de intervenir o poner límites. Temen resultar atacados pues perciben el nivel de violencia contenida. Estos ataques van desde las injurias, gritos o malhumor hasta la violencia física y el abuso moral.
“Los exigidos” se dividen a su vez en aquellos que colapsan ante las exigencias y demandas del entorno familiar y escolar, y los que se sintomatizan y consultan personal y voluntariamente porque comienzan a padecer inhibiciones, se angustian o dudan respecto de los proyectos elegidos.
Muchos de estos jóvenes se quejan que su futuro se confunde con las expectativas parentales y que desean encontrar un camino auténtico para sus vidas. Generalmente provienen de familias con educación universitaria y con expectativas de éxito profesional en el país y en el exterior. Terminada la escuela secundaria los jóvenes se alejan del hogar y viajan para estudiar o radicarse fuera del país dejando a los padres a su vez deprimidos por este alejamiento.
Mientras que los perdidos abrazan la fe o la trasgresión y sus consecuencias, los exigidos abrazan el exilio y sus desgarros.