Obras de S. Freud: Sobre la psicología de los procesos oníricos (parte VII)

Sobre la psicología de los procesos oníricos

Nada más tenernos que ver con ella después que pesquisamos sus puntos de contacto con el tema del proceso onírico. Sólo puedo agregar una cosa. Puesto que aseveré que la angustia neurótica proviene de fuentes sexuales, puedo someter al análisis sueños de angustia a fin de poner de manifiesto el material sexual incluido en sus pensamientos oníricos. (1) Buenas razones me llevan a renunciar a todos los ejemplos que con gran riqueza me ofrecen muchos pacientes neuróticos, y prefiero considerar sueños de angustia de personas jóvenes. Yo mismo no he tenido ningún genuino sueño de angustia desde hace décadas. De cuando tenía siete u ocho años recuerdo uno, que sometí a la interpretación treinta años después. Fue muy vívido y me mostró a la madre querida con una expresión durmiente, de extraña calma en su rostro, que era llevada a su habitación y depositada sobre el lecho por dos (o tres) personajes con pico de pájaro. Desperté llorando y gritando, y turbé el sueño de mis padres. A las figuras con pico de pájaro, muy alargadas y curiosamente vestidas, las había tomado de las ilustraciones de la Biblia de Philippson (2); creo que eran dioses con cabeza de gavilán, del bajorrelieve de una tumba egipcia. Pero, en otra dirección, el análisis me brinda el recuerdo del malcriado hijo de un conserje, que solía jugar con nosotros en el prado lindero a la casa; y yo diría que se llamaba Philipp. Después me parece como si de ese muchacho hubiera oído yo por primera vez la palabra vulgar que designa al comercio sexual y que las personas cultas sustituyen siempre {en alemán} por una palabra de origen latino, «coitieren», y a la cual la elección de las cabezas de gavilán alude con suficiente nitidez. (3) Debo de haber colegido el :significado sexual de la palabra por el gesto de ese maestro tan experimentado. La expresión del rostro de la madre en el sueño estaba copiada del semblante del abuelo, a quien unos días antes de su muerte yo había visto roncando en coma. La interpretación llevada a cabo en el sueño mismo por la elaboración secundaria ha de haber sido, pues, que la madre moría, con lo cual armoniza también el bajorrelieve de la tumba. En esta angustia desperté, y no cejé hasta despertar a mis padres. Recuerdo que me tranquilicé de repente cuando tuve a la vista a la madre, como si hubiera necesitado de esta tranquilización: ella no ha muerto entonces. Pero esa interpretación secundaria del sueño se produjo ya bajo la influencia de la angustia desarrollada. No era que yo estuviese angustiado por haber soñado que la madre moría, sino que interpreté así al sueño dentro de la elaboración preconciente porque ya estaba bajo el imperio de la angustia. Ahora bien, mediando la represión, la angustia admite ser reconducida a una apetencia oscura, manifiestamente sexual, que en el contenido visual del sueño encontró buena expresión. Un hombre de veintisiete años, que desde hace un año sufre una enfermedad grave, entre los once y los trece años soñó repetidas veces, con gran angustia, que un hombre con un azadón lo perseguía; él quería correr, pero quedaba como paralizado y no se movía del sitio. Es este un buen modelo de un sueño de angustia muy común e insospechable de tener raíz sexual. En el análisis, el soñante dio primero con un relato que en un tiempo posterior le había hecho su tío: este había sido atacado de noche en la calle por un individuo sospechoso; y el propio soñante infirió, de esta ocurrencia, que en la época del sueño podía él haber oído de una vivencia parecida. Sobre el azadón recuerda que por esa época de su vida, una vez, astillando leña, se hirió en la mano con el azadón. Después, sin transición, dio con su relación con un hermano menor al que solía maltratar y revolcar, y especialmente se acuerda de una vez en que lo golpeó con el zapato en la cabeza, de lo cual su hermano sangró y la madre dijo: «Tengo miedo de que alguna vez lo mate». Mientras él parece así centrado en el tema de la violencia, de pronto emerge un recuerdo de cuando tenía nueve años. Los padres habían regresado tarde a casa y, mientras él se fingía dormido, se fueron a la cama y oyó un jadeo y otros ruidos que se le antojaron siniestros; también pudo entrever la posición de los dos en el lecho. Sus pensamientos ulteriores muestran que había establecido una analogía entre lo que pasaba entre sus padres y su relación con el hermano menor. Subsumió lo que ocurría entre los padres bajo este concepto: violencia y riña. Una prueba en favor de esta concepción fue, para él, que a menudo había observado sangre en el lecho de la madre. Que el intercambio sexual de los adultos se les antoja ominoso a los niños que lo observan y les despierta angustia, yo diría que la experiencia cotidiana lo atestigua. Para esa angustia he dado una explicación, a saber, que se trata de una excitación sexual que su comprensión no puede dominar, pero que de todos modos tropieza con una repulsa porque en ella están envueltos los padres, y así se muda en angustia. En un período todavía anterior de la vida, la moción sexual hacia el miembro de sexo contrario de la pareja parental no choca todavía con la represión y se exterioriza libremente, como ya dijimos. Sin vacilar asigno esta misma explicación a los ataques nocturnos de angustia con alucinaciones (el pavor nocturnus), tan frecuentes en los niños. También en este caso no puede tratarse sino de mociones sexuales no comprendidas y repelidas, en cuyo registro probablemente podría establecerse una periodicidad temporal, pues un incremento de la libido sexual puede producirse tanto por impresiones excitantes de índole contingente como por los procesos espontáneos de desarrollo, que sobrevienen por oleadas. Me falta el material de observación indispensable para verificar esta tesis. (4) Los pediatras, en cambio, parecen ajenos a ese punto de vista, el único que permite comprender toda la serie de fenómenos tanto en el aspecto somático cuanto en el psíquico. Como un ejemplo cómico de lo cerca que se puede estar de la comprensión de esos casos sin verla, cegado por las anteojeras de la mitología médica, me permitiré citar uno que hallé en la tesis de Debacker (1881)sobre el pavor nocturnus: Un muchacho de trece años, de salud delicada, empezó a mostrarse angustiado y ensoñador, su dormir era intranquilo y casi todas las semanas se lo interrumpía un grave ataque de angustia con alucinaciones. El recuerdo de estos sueños era siempre muy nítido. Pudo así contar que el diablo le había gritado: «¡Ahora te tenemos, ahora te tenemos!», y después había olor a azufre y alquitrán, y el fuego abrasaba su piel. Más tarde, ese sueño lo hacía despertarse aterrorizado; primero no podía gritar, después recuperaba la voz y se le oía decir nítidamente: «¡No, no, a mí no; yo no hice nada!», o también: «¡Por favor, …no, nunca más lo haré! ». Algunas veces decía también: «Albert nunca ha hecho eso». Después evitó desvestirse «porque el fuego sólo lo sorprendía estando él desnudo». En medio de estos sueños demoníacos que hacían peligrar su salud fue enviado al campo, allí se recuperó en el curso de un año y medio, y una vez confesó, teniendo ya quince años: «Je n’osais pas l’avouer, mais j’éprouvais continuellement des picotentents et des surexcitations aux parties;» (5) à la fin, cela m’énervait tant que plusieurs fois ¡’ai pensé me jeter par la fenêtre du dortoir». (6) En verdad, no es difícil adivinar que: 1) el muchacho en años anteriores se masturbaba, probablemente lo había negado, y lo amenazaron con serios castigos por su mal hábito (su confesión: «Je ne le ferai plus» {«Nunca más lo haré»}; su negativa: «Albert n’a jamais fait ça» {«Albert nunca ha hecho eso»}); 2) bajo la presión de la pubertad, con el cosquilleo en los genitales, se le despertó de nuevo la tentación de masturbarse; pero ahora: 3) se desató en él una lucha represiva que sofocó la libido y la mudó en angustia, la cual retomó, con posterioridad, los castigos con que antaño lo habían amenazado.

Oigamos ahora las conclusiones de nuestro autor:

«De esta observación se desprende:

»1. Que la influencia de la pubertad puede producir en un muchacho de salud delicada un estado de gran debilidad, que puede llegar a una anemia cerebral muy elevada. (7) » 2. Esta anemia cerebral produce una alteración del carácter, alucinaciones demonomaníacas y muy graves estados de angustia nocturna, y quizá también diurna. » 3. La demonomanía y los autorreproches del muchacho se remontan a las influencias de la educación religiosa que lo afectaron de niño. » 4. Todos esos síntomas desaparecieron tras una prolongada estadía en el campo, mediante el ejercicio físico y la recuperación de las fuerzas subsiguiente a la culminación de la pubertad. » 5. Quizá puede atribuirse a la herencia y a la antigua sífilis del padre una influencia predisponente sobre la génesis del estado cerebral en el hijo». Y el resultado final: «Nous avons fait entrer cette observation dans le cadre des délires apyrétiques d’inanilion, car c’est à l’ischémie cérébrale que nous rattachons cet état particulier». (8)

El proceso primario y el proceso secundario. La represión

Cuando osé penetrar con mayor profundidad en la psicología de los procesos oníricos, emprendí una difícil tarea, para la cual mi arte expositivo no bastaba. Reflejar una trabazón tan complicada, cuyos elementos son simultáneos, en la sucesión a que necesariamente ha de recurrirse para describirla, y a la vez procurar que cada tesis se presente sin presupuestos, por momentos supera mis fuerzas. Además, se toma conmigo su desquite el que yo no pueda, en la exposición de la psicología del sueño, seguir el desarrollo histórico de mis concepciones. Los puntos de vista para la concepción del sueño me fueron procurados por trabajos previos acerca de la psicología de las neurosis a los que aquí no debo referirme y, no obstante, tengo que hacerlo a cada paso mientras avanzo en la dirección inversa y, desde el sueño, me propongo alcanzar el entronque con la psicología de las neurosis. Conozco todos los inconvenientes que ello genera para el lector; pero no sé de medio alguno que permitiera evitarlos. Insatisfecho con este estado de cosas, me complace demorarme en otro punto de vista que, me parece, realzará mi esfuerzo. Abordé un tema donde reinaban las más ríspidas contradicciones en las opiniones de los autores, como lo ha mostrado el primer capítulo. Tras nuestra elaboración de los problemas del sueño, la mayoría de esas contradicciones han hallado cabida. Sólo debimos refutar terminantemente dos de las opiniones expresadas, a saber, que el sueño es un hecho carente de sentido y un proceso somático; pero a todas las otras, que se contradecían entre ellas, las hemos justificado en algún lugar de la enmarañada trabazón, y pudimos demostrar que habían puesto de relieve algo correcto. Que el sueño prosigue las incitaciones e intereses de la vida de vigilia se corroboró por el descubrimiento de los pensamientos oníricos escondidos, y con total generalidad. En efecto, ellos sólo se ocupan de lo que nos parece importante y nos interesa poderosamente. El sueño no se gasta en pequeñeces. Pero también admitimos lo contrario, a saber, que el sueño recoge los desechos indiferentes del día y no puede apoderarse de un gran interés diurno sino cuando se ha sustraído de algún modo a la actividad de la vigilia. Hallamos que esto era válido para el contenido del sueño, que da a los pensamientos oníricos una expresión alterada por desfiguración {dislocación}. El proceso onírico, dijimos, por razones que dependen de la mecánica de la asociación se apodera con mayor facilidad del material de representaciones fresco o indiferente, todavía no ocupado por la actividad de pensamiento de la vigilia, y por razones que dependen de la censura trasfiere la intensidad psíquica de lo importante, pero también chocante, a lo indiferente. La hipermnesia del sueño y el hecho de que tiene a su disposición el material infantil se han convertido en pilares fundamentales de nuestra doctrina; en nuestra teoría del sueño hemos atribuido al deseo que proviene de lo infantil el papel de motor indispensable para la formación del sueño. No pudo ocurrírsenos, desde luego, dudar de la eficacia, experimentalmente demostrada, de los estímulos sensoriales exteriores que sobrevienen mientras se duerme, pero sostuvimos que este material tiene con el deseo onírico la misma relación que los restos de pensamiento pendientes del trabajo diurno. No nos hizo falta poner en entredicho que el sueño interpreta al estímulo sensorial objetivo al modo de una ilusión pero hemos agregado el motivo de esa interpretación, que los autores habían dejado sin precisar. La interpretación consigue que el objeto percibido no interrumpa el dormir y se vuelva utilizable para el cumplimiento de deseo. Al estado subjetivo de excitación de los órganos sensoriales mientras se duerme, que Trumbull Ladd [1892]; parece haber demostrado, no le concedemos el rango de una fuente onírica particular, sino que sabemos explicarlo por la reanimación regrediente de los recuerdos que operan tras el sueño. También hemos reservado un papel, aunque modesto, en nuestra concepción a las sensaciones orgánicas internas, que fueron tomadas con predilección como punto axial de la explicación del sueño. Ellas, las sensaciones de caer, de flotar, de estar inhibido, constituyen a nuestro juicio un material disponible en todo momento, del cual el trabajo del sueño se sirve para expresar los pensamientos oníricos cada vez que le es necesario. Que el proceso onírico es rápido, instantáneo , nos parece correcto en cuanto a la percepción por la conciencia del contenido onírico ya preformado; pero en cuanto a los tramos previos del proceso onírico, hallamos probable un trayecto largo, sinuoso. Sobre el enigma que plantean los sueños compuestos en lapso brevísimo, no obstante lo cual su contenido es de extrema riqueza, pudimos aportar esta contribución: se recogen allí productos ya listos de la vida psíquica. Creemos correcto que el sueño es desfigurado y mutilado por el recuerdo, pero no 73 nos pareció un obstáculo; en efecto, este es el último tramo, manifiesto, de un trabajo de desfiguración eficaz desde el comienzo de la formación del sueño. En la acerba querella, en que ninguna reconciliación parece posible, sobre si la vida anímica duerme por la noche o dispone, lo mismo que durante el día, de toda su capacidad de rendimiento, dimos la razón a los dos partidos, pero sin concedérsela entera a ninguno. En los pensamientos oníricos hallamos las pruebas de un rendimiento intelectual en extremo complejo, que trabaja con casi todos los recursos del aparato anímico; pero es indiscutible que estos pensamientos oníricos surgieron durante el día, y es indispensable admitir que la vida del alma conoce un estado del dormir. Así, también liemos admitido la doctrina del dormir parcial; pero para nosotros la característica del estado del dormir no es la disgregación de las trabazones del alma, sino el hecho de que el sistema psíquico que gobierna de día se acomoda al deseo de dormir. El desvío respecto del mundo exterior conservó también su valor para nuestra concepción; contribuye, si bien no como factor único, a posibilitar la regresión propia de la figuración onírica. La renuncia a la guía voluntaria del decurso de las representaciones resulta innegable; mas no por ello queda sin meta la vida psíquica, pues sabemos que cuando se resignan las representaciones-meta voluntarias cobran imperio otras, involuntarias. No sólo admitimos el carácter laxo del enlace asociativo en el sueño, sino que atribuimos a su imperio una extensión mucho mayor de la que pudiera haberse sospechado; pero hallamos que no es más que el obligado sustituto de otro enlace, correcto y pleno de sentido, Por cierto que también nosotros llamamos absurdo al sueño; pero numerosos ejemplos pudieron enseñarnos cuán inteligente es cuando parece absurdo. Ninguna objeción nos separa de los autores en cuanto a las funciones que le han discernido al sueño. Que él aligera al alma como una válvula y que, según la expresión de Robert [1886] toda clase de cosas perjudiciales dejan de serlo por obra de su representación en el sueño, no sólo coincide exactamente con nuestra doctrina acerca del doble cumplimiento de deseo que se alcanza mediante él, sino que, en su literalidad, ello es aún más inteligible en nosotros que en Robert. La libre afirmación del alma en el juego de sus facultades vuelve a encontrarse, en nuestra concepción, en la tolerancia del sueño por parte de la actividad preconciente. El «regreso de la vida anímica en el sueño al punto de vista embrional» y la observación de Havelock Ellis [1899a], «an archaic world of vast emotions and imperfect thoughts», nos parecen felices anticipaciones de nuestras tesis, según las cuales en la formación del sueño participan modalidades de trabajo primitivas, sofocadas durante el día; a la aseveración de Sully [1893] , para quien «el sueño vuelve a presentarnos nuestras personalidades anteriores que fueron desarrollándose de manera sucesiva, nuestra vieja manera de ver las cosas, impulsos y modos de reacción que nos gobernaron en un lejano pasado (9)» , pudimos hacerla nuestra en todo su alcance (10); como para Delage [1891], para nosotros es lo «sofocado» el resorte impulsor del soñar. También aceptamos en todo su alcance el papel que Scherner [1861] adscribe a la fantasía onírica, así como las interpretaciones que él ensaya, pero debimos señalarles otra ubicación dentro del problema, por así decir. La fantasía no forma al sueño, sino que en la formación de los pensamientos oníricos la actividad inconciente de la fantasía tiene la participación mayor. Debemos a Scherner la indicación de la fuente de los pensamientos oníricos; pero casi todo lo que él adscribe al trabajo del sueño ha de imputarse a la actividad del inconciente, alerta durante el día, que proporciona las incitaciones para los sueños no menos que para los síntomas neuróticos. Nosotros debimos separar de esta actividad al trabajo onírico como algo por entero diverso y mucho más circunscrito. Por último, en modo alguno renunciamos al vínculo del sueño con las perturbaciones del alma, sino que lo fundamos con mayor solidez en un nuevo terreno. Hemos podido entonces ensamblar en nuestro edificio los más variados y contradictorios hallazgos de los autores anteriores merced a lo novedoso de nuestra doctrina sobre el sueño, que, por así decir, los combina en una unidad superior. A muchos de esos hallazgos les dimos otro sesgo, y fueron muy pocos los que debimos desestimar por completo. Pero tampoco nuestra construcción está del todo terminada. Aun prescindiendo de las múltiples oscuridades que nos atrajimos a medida que íbamos penetrando en las tinieblas de la psicología, una nueva contradicción parece que ha de atormentarnos aún, Por una parte, hicimos que los pensamientos oníricos naciesen de un trabajo mental enteramente normal, pero, por otra, descubrimos entre ellos una serie de procesos de pensamiento en un todo anormales que desde ahí alcanzan al contenido del sueño, procesos que después repetimos {retomamos} en la interpretación del sueño. Todo lo que hemos llamado «trabajo del sueño» parece distanciarse muchísimo de los procesos [de pensamiento] que reconocemos como los correctos, a punto tal que deberíamos juzgar atinados los más duros juicios de los autores acerca del ínfimo rendimiento psíquico del soñar. En este punto, quizá sólo avanzando un poco más podamos procurarnos esclarecimiento y auxilio. Quiero poner de relieve una de las constelaciones que llevan a la formación del sueño. Tenemos averiguado que el sueño sustituye a una cantidad de pensamientos que provienen de nuestra vida diurna y poseen una perfecta ensambladura lógica. Por eso no podemos poner en duda que estos se engendran en nuestra vida mental normal. En los pensamientos oníricos reencontramos todas las propiedades que tanto apreciamos en nuestras ilaciones de pensamiento, y que los caracterizan como unas operaciones complejas de un orden superior. Pero no hay necesidad alguna que nos obligue a suponer que ese trabajo de pensamiento se consumó durante el dormir, lo cual confundiría gravemente todo lo que hasta ahora tenemos sabido sobre ese estado psíquico. Más posible es que esos pensamientos se originaran de día, pasaran inadvertidos para nuestra conciencia desde el comienzo, y se continuaran; así estuvieron ya listos en el momento de adormecerse. Sí pretendemos inferir algo de esa relación de las cosas será, a lo sumo, la prueba de que los rendimientos intelectuales más complejos son posibles sin la intervención de la conciencia; pero ya cualquier psicoanálisis de una persona histérica o que sufra neurosis obsesiva nos fuerza a enterarnos de ello. Sin duda, estos pensamientos oníricos no son en sí insusceptibles de conciencia; si durante el día no nos devinieron concientes, ello puede deberse a diversas razones. El devenir-conciente se entrama de manera íntima con la aplicación de una cierta función psíquica, la atención, que, al parecer, sólo es gastada en determinada cantidad; entonces, otras metas quizá la desviaron de la ilación de pensamiento en cuestión. (11) Otro modo en que esa ilación de pensamiento puede ser escatimada a la conciencia es el siguiente: Por nuestra actividad reflexiva conciente sabemos que, poniendo atención en algo, seguimos un determinado camino. Si por este camino llegamos a una representación que no resiste la crítica, lo interrumpimos; dejamos caer la investidura de atención. Ahora bien, parece que la ilación de pensamiento iniciada y abandonada puede seguir devanándose sin que la atención se aplique de nuevo a ella, a menos que en cierto lugar alcance una intensidad particularmente elevada que se imponga a la atención. Una desestimación inicial por el juicio (acaso hecha con conciencia) de algo que se considera incorrecto o inutilizable para el fin actual del acto de pensamiento puede, entonces, ser la causa de que un proceso de pensamiento prosiga inadvertido para la conciencia hasta el 74 adormecimiento. Resumamos: a una ilación de pensamiento de esa índole la llamamos preconciente, la juzgamos por entero correcta y creemos que puede haber sido meramente descuidada, o bien interrumpida, sofocada. Expongamos con claridad el modo en que nos imaginamos el decurso de las representaciones. Nuestra opinión es que, desde una representación-meta, una cierta magnitud de excitación que llamamos «energía de investidura» se desplaza a lo largo de las vías asociativas seleccionadas por aquella. Una ilación de pensamiento «descuidada» no ha recibido esa investidura; si ella ha sido «sofocada» o «desestimada», es que se le volvió a retirar la investidura; en cualquiera de los dos casos queda librada a su excitación propia. En ciertas condiciones, la ilación de pensamiento investida con una meta {zielbesetu} es capaz de atraer sobre sí la atención de la conciencia, y por intermedio de esta recibe una «sobreinvestidura». Un poco más adelante tendremos que aclarar nuestros supuestos sobre la naturaleza y el funcionamiento de la conciencia. Una ilación de pensamiento incitada en el preconciente puede extinguirse espontáneamente o conservarse. Al primer desenlace nos lo imaginamos así: su energía se difunde siguiendo todas las direcciones asociativas que parten de ella, toda la cadena de pensamientos es puesta en un estado de excitación que dura un momento, pero después decae en la medida en que la excitación que pugnaba por descargarse se trasmuda en investidura quiescente. Si es este primer desenlace el que sobreviene, el proceso que sigue ya no importa nada para la formación del sueño. Pero dentro de nuestro preconciente acechan otras representaciones-meta que provienen de las fuentes de nuestros deseos inconcientes y siempre alertas. Ellas pueden apropiarse de la excitación dentro del círculo de pensamientos librados a sí mismos; establecen la conexión entre este y el deseo inconciente, le trasfieren la energía que pertenece al deseo inconciente y desde ese instante la ilación de pensamiento descuidada o sofocada está en condiciones de conservarse, aunque c312 refuerzo no le otorgue ningún título para su acceso a la conciencia. Podemos decir que la ilación de pensamiento hasta entonces preconciente ha sido arrastrada al inconciente. Otras constelaciones para la formación del sueño serían estas: que la ilación de pensamiento preconciente estuviera conectada de antemano con el deseo inconciente y por eso chocara con un rechazo de parte de la investidura-meta dominante; o que un deseo inconciente fuera alertado {puesto en movimiento} por otras razones (somáticas, quizás) y buscara trasferirse sin transacción alguna (12) a los restos psíquicos no investidos por el Prcc. Los tres casos en definitiva coinciden en un mismo resultado, a saber, que dentro del preconciente se lleva a cabo un itinerario de pensamientos que, abandonado por la investidura preconciente, ~a encontrado investidura desde el deseo inconciente. A partir de ahí el itinerario de pensamientos sufre una serie de trasmudaciones que ya no reconocemos como procesos psíquicos normales y que arrojan un resultado que nos extraña: una formación psicopatológica. Pongamos de relieve esos procesos y sinteticémoslos: 1. Las intensidades de las representaciones singulares se vuelven susceptibles de descargarse en su monto íntegro y traspasan de una representación a la otra, de suerte que se forman representaciones singulares provistas de gran intensidad. Cuando este proceso se repite varias veces, la intensidad de un itinerario íntegro de pensamientos puede reunirse en definitiva en un único elemento de representación. Es el hecho de la compresión o condensación que vimos operar en el trabajo onírico. Ella es la principal responsable de la impresión de extrañeza que provoca el sueño, pues nada análogo conocemos en la vida anímica normal y asequible a la conciencia. También en esta tenemos representaciones que en calidad de puntos nodales o de resultados finales de cadenas íntegras de pensamientos poseen una gran significatividad {Bedeutung} psíquica, pero esta valencia suya no se exterioriza en ningún carácter sensorialmente patente para la percepción interna; lo representado de ninguna manera se vuelve más intenso. En el proceso de la condensación todo nexo psíquico se traspone a la intensidad del contenido de representación. Es el mismo caso que si en un libro hago imprimir espaciada, o en caracteres gruesos, una palabra a la que atribuyo valor sobresaliente para comprender el texto. O si al leerla, la pronunciara con voz más alta y más lentamente, y cargara el acento sobre ella. El primer símil nos lleva directamente a un ejemplo tomado del trabajo onírico (trimetilamina, en el sueño de la inyección de Irma). Los historiadores de la cultura nos hacen notar que las esculturas más antiguas obedecían a un principio parecido, pues expresaban el rango de las personas figuradas mediante el tamaño de las figuras. La figura del rey era dos o tres veces mayor que la de sus súbditos o la del enemigo vencido. Un grupo escultórico de la época romana se servirá para el mismo fin de recursos más finos. La figura del emperador se situará en el medio, se lo mostrará erguido, poniénd9se particular cuidado en el modelado de su rostro; sus enemigos yacerán a sus pies, pero él ya no parecerá un gigante entre enanos. Entretanto, la reverencia del subordinado ante su jefe es, todavía hoy, una resonancia de aquel viejo principio figurativo. La dirección siguiendo la cual avanzan las condensaciones del sueño es prescrita en parte por las relaciones preconcientes correctas entre los pensamientos oníricos y, en parte, por la atracción que ejercen los recuerdos visuales en el interior del inconciente. Como resultado, el trabajo de condensación alcanza aquellas intensidades que se requieren para irrumpir a través de los sistemas perceptivos. 2. Mediante la libre trasferibilidad de las intensidades y al servicio de la condensación se forman también representaciones intermedias, compromisos, por así decir (véanse los numerosos ejemplos que hemos dado). Es de nuevo algo inaudito en el decurso normal de las representaciones, donde lo que interesa, sobre todo, es la elección y retención del elemento de representación «correcto». En cambio, con extraordinaria frecuencia sobrevienen formaciones mixtas y de compromiso cuando buscamos la expresión lingüística para los pensamientos preconcientes, las que se citan como ejemplos del desliz en el habla {Versprechen}. 3. Las representaciones que se trasfieren sus intensidades unas a otras mantienen entre sí las relaciones más laxas y se enlazan mediante variedades de la asociación que nuestro pensamiento desprecia y cuyo aprovechamiento sólo se admite para producir el efecto del chiste. En particular, a las asociaciones por homofonía y por paronimia se les asigna el mismo valor que a las otras. 4. Pensamientos que se contradicen entre sí no tienden a cancelarse mutuamente, sino que subsisten unos junto a los otros, y a menudo se componen en calidad de productos de condensación como si no mediara contradicción alguna, o forman compromisos que no admitiríamos en nuestro pensar [conciente], pero que muchas veces autorizaríamos en nuestra acción. 75 Esos serían algunos de los procesos anormales más llamativos a que los pensamientos oníricos, formados hasta ese momento según la ratio, son sometidos en el curso del trabajo del sueño. He aquí el rasgo principal que discernimos en esos procesos: todo el acento se pone en hacer que la energía invistiente se vuelva móvil y susceptible de descarga; el contenido y la significatividad intrínseca de los elementos psíquicos a que adhieren las investiduras pasan a ser cosas accesorias. Podría creerse también, por los casos en que es cuestión de mudar pensamientos en imágenes, que la condensación y la formación de compromiso acontecen sólo al servicio de la regresión. Empero, el análisis -y todavía con mayor claridad la síntesis- de aquellos sueños en los que falta la regresión a imágenes, por ejemplo el sueño «Au todidasker.

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Notas:

1- [Algunos de los comentarios que siguen deben revisarse a la luz de los puntos de vista posteriores de Freud sobre la angustia.

2- [Die israelitísche Bibel, edición del Antiguo Testamento en hebreo y alemán, Leipzig, 1839-54 (2º ed., 1858). Una nota al pie en el cuarto capítulo del Deuteronomio muestra una cantidad de grabados en madera de dioses egipcios, varios de ellos con cabezas de pájaros.]

3- [El vulgarismo alemán al que se alude es «vögeIn», derivado de «Vogel», «pájaro».]

4- [Nota agregada en 1919:] Después que escribí estas líneas, la literatura psicoanalítica ha aportado gran cantidad de material de esta clase.

5- Destacado por mí, aunque es imposible confundiese en cuanto a esta expresión.

6- {«No osaba admitirlo, pero continuamente sentía picazones y sobreexcitaciones en las partes; al fin eso me exasperaba tanto que varias veces pensé en arrojarme por la ventana del dormitorio».}

7- Las bastardillas son mías.

8- {«Hemos ubicado esta observación en el cuadro de los delirios apiréticos de inanición, porque vinculamos este estado particular con la isquemia cerebral».}

9- {Aquí Freud parafrasea a Sully}

10- La referencia a Sully y la correspondiente cita fueron agregadas en 1914.

11- [El concepto de «atención» desempeña escaso papel en los escritos posteriores de Freud. Por lo, contrario, ocupa un lugar prominente en su «Proyecto de psicología» (1950a), por ejemplo en la parte III, AE, 1, págs. 409-12

12- {«Sin transacción» («ohne Entgegenkommen»): sin negociación previa con la fuerza evocada por la palabra «rechazo» en la frase anterior.}