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Estudio del psicoanálisis y psicología

Jung, C. G. : Los complejos y el inconsciente. Libro Segundo: los complejos. La experiencia de las asociaciones (cuarta conferencia)



Libro Segundo: Los complejos

4. La experiencia de las asociaciones

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Ocupémonos ahora de la utilización teórica de las experiencias de asociaciones.
Estas experiencias conducen a conclusiones que son de una importancia
extrema para el desarrollo ulterior de las nociones fundamentales. Gracias a
ellas nos podemos hacer ya una idea de los rasgos esenciales que caracterizan
a las neurosis y al modo de acción del inconsciente. El complejo, como hemos
visto, es un contenido psíquico de tonalidad afectiva que puede ser bien
inconsciente, bien consciente en grados diversos, al ser ciertas palabras
inductoras atraídas, captadas por un complejo sin que se sepa claramente de
qué manera forman parte de él: sus relaciones con el complejo son relaciones
llamadas simbólicas. Sería preferible decir: aluden al complejo, son una alegoría
verbal que lo sugiere. Así recordemos el caso del sujeto que participó en una
riña a navaja; es poco probable que la palabra «puntiagudo» haya sido una
parte integrante de su complejo, el cual, sin embargo, ha sido alcanzado por
esta alusión periférica. Si yo hubiera registrado con este mismo sujeto las
reacciones determinadas por cien nuevas palabras inductoras, es seguro que,
entre éstas, un cierto número habrían alcanzado otra vez su punto débil.
Sucede en estas experiencias como en la vida corriente, en la que nos
complacemos a veces en alusiones que, aun siendo indirectas, no por ello
dejan de alcanzar el secreto, y en las que empleamos una multitud de
expresiones llamadas erróneamente simbólicas y que son propiamente
alegóricas; así, por ejemplo, los eufemismos que traducen, sin referirse a ella
en apariencia, la idea de robar: «Meterse en el bolsillo», «limpiar», «birlar», etc .
Hay numerosas figuras verbales que han pasado a la condición de
proverbios, que aluden así a actividades emocionales de las que se prefiere no
hablar directamente. El argot, la jerga, el lenguaje de todos los días, tienen, en
este sentido, una imaginación inagotable y forjan sin cesar innumerables
perífrasis que constituyen alusiones más o menos directas a complejos. Un
complejo, en efecto, a causa de su potencial afectivo, es como una sopa
demasiado caliente que no se puede llevar a los labios; nos contentamos con
rodearle con palabras, aislándole como podemos, y con hacer alusión a él. Es
igualmente esto lo que ocurre en el lenguaje religioso, en particular en cuanto
se trata de objetos esotéricos; se les elige designaciones indirectas. Por
ejemplo, era usual durante los siglos I y II, después de Jesucristo, no llamar a
Cristo directamente por su nombre; se decía simplemente: «el Pez». Los otros
secretos de la religión, que se convirtieron más tarde en los sacramentos,
tampoco eran entonces designados más que de forma alegórica como
misterios, de suerte que el profano no podía, es decir, no debía,
comprenderlos. Constituían todavía en esta época contenidos religiosos muy
candentes, en particular por el hecho de que eran de lo más peligrosos.
Encontramos así todos los sobrenombres posibles e imaginables para las
cosas que se quiere disimular. Las designaciones indirectas y alusivas, hechas
sólo de asociaciones mediatas, no son, pues, propiamente hablando,
símbolos. Para comprenderla bien hay que situar de nuevo a la experiencia
de asociaciones en esta fenomenología general del espíritu humano, pues las
relaciones mediatas con los complejos muestran la curiosa actividad de éstos.
Un complejo, en efecto, es como una especie de imán, un centro cargado de
energía atractiva que se anexiona todo lo que se encuentra a su alcance,
incluso cosas indiferentes. Cuando, por ejemplo, hemos vivido un episodio
notable, conservamos en la memoria ciertos detalles de la localidad, de los
olores, etc., que quizá son en sí perfectamente ajenos e indiferentes al sentido
del complejo. No por ello dejan de ser englobados por el complejo en la esfera
tabú; son también marcados por el signo del tabú y, convocados
oportunamente, pueden actuar como estimulantes condicionales del
complejo. Por esta razón se dice que el complejo ejerce un efecto atrayente y
asimilador. Quienquiera que se encuentre bajo el influjo de un complejo
predominante asimila, comprende y concibe los datos nuevos que surgen en su vida
en el sentido de este complejo, al que quedan sometidos: en resumen, el sujeto vive
momentáneamente en función de su complejo, como si viviera un inmutable prejuicio
original .
Los complejos—nuestras experiencias lo muestran claramente—gozan de una
autonomía acentuada, es decir, son entidades psíquicas que van y vienen según
su capricho; su aparición y su desaparición escapan a nuestra voluntad. Son
semejantes a seres independientes que llevasen en el interior de nuestra
psique una especie de vida parasitaria. El complejo hace irrupción en la
ordenación del yo y permanece allí por su conveniencia; experimentamos las
mayores dificultades para desembarazarnos de él. Además, como acabamos
de decir, un complejo, en cuanto se manifiesta de forma sensible, altera
nuestra conciencia: nos obliga a asimilar, a comprender, quiero decir, a
cometer malentendidos, en función de su tonalidad propia; turba nuestra
memoria: las respuestas influenciadas por complejos no dejan recuerdos
fieles o son olvidadas; el valor de nuestro testimonio se ve comprometido por
la acción de los complejos hasta el punto de que éstos nos empujan incluso a
mentir sin darnos cuenta, a contradecirnos; pues cuando un complejo reina
en nosotros, ya no somos del todo nosotros mismos. La experiencia de
asociaciones prueba elocuentemente todo esto .

Esquema 5
Jung, libro segundo, punto 4, cuarta conferencia, esquema 5
No podemos con él; el complejo constituye, por así decirlo, una entidad
psíquica separada, sustraída en medida más o menos grande al control
jerarquizante de la conciencia del yo. De aquí el hecho singular de que los
complejos pueden ser provisionalmente conscientes, para desaparecer y
hundirse luego eventualmente en el inconsciente, desde nos mantienen bajo
su férula, sin que notemos siquiera que sufrimos su influencia; pues cada vez
que un complejo manifiesta su presencia desplegando actividad, provoca en
la conciencia un efecto típico, representado por el esquema 5. Supongamos
que la conciencia tenga determinada fuerza, determinada atención, y que la
línea horizontal AA' represente su nivel en el estado de vigilia. Si existe un
complejo y comienza a activarse, entra, por así decirlo, procediendo de abajo,
en el nivel de la conciencia, según la curva BB . La conciencia, al mismo
tiempo, ve ceder su nivel; se constata un «descenso del nivel mental», es
decir, una disminución de la intensidad de la conciencia, según la curva AP.
Si esto, como lo representa nuestro esquema, se produce de forma intensa
hasta un estado en que el complejo ejerce un dominio total sobre el sujeto, la
conciencia, durante este lapso de tiempo, se encuentra suspensa, se hace
subliminal, recubierta como está por el complejo; es entonces como si no se
dispusiera ya de ninguna conciencia normal y como si no existiera más que el
afecto. Constatamos, pues, una especie de compensación dinámica entre el
complejo y la conciencia. No vemos sólo al complejo erigirse hasta el nivel de
la conciencia o superarla; al mismo tiempo asistimos a un abatimiento de la
conciencia, que se vuelve soñadora, desatenta, cediendo en cierto modo al
complejo la plena intensidad que caracteriza el estado de vela. Este descenso
del nivel mental se produce con frecuencia en la vida corriente, sin que se
llegue a localizar el complejo que lo ocasiona, pues éste se mantiene
imperceptible tanto para el sujeto mismo como para una persona que le
observa; sólo la debilitación de la conciencia es perceptible. Se asiste de
pronto a una pérdida de intensidad de la conciencia, el sujeto se vuelve
distraído, no presta ya correctamente atención y, si se le pregunta qué le pasa,
no sabe responder. Los primitivos dicen en estos casos que los ha
abandonado un alma, lo que expresa bellamente el hecho de que una parcela
de energía de la conciencia ha sido transferida a un complejo subyacente.
Ciertos enfermos mentales expresan este fenómeno diciendo: «Me han
robado mis pensamientos», como si el complejo, de pronto, aspirara hacia sí
lo que ordinariamente se produce en la superficie de la conciencia. La jerga
psicológica llama a esto una pérdida de libido, pues ésta ha sido captada por
otro centro. La energía, sin embargo, no desaparece sin dejar huellas; va a
inervar a un complejo ya existente. De ello puede resultar perturbaciones
verbales, estados de excitación, trastornos de la circulación, etc., pues los
complejos son una especie de parásitos psíquicos capaces de anidar en tal o
cual función. Estas curiosas manifestaciones han suscitado tempranamente
intentos de explicaciones: los complejos, es decir, las entidades que presentan
las singularidades que hemos destacado, han sido sentidos en el pasado como
si fueran kobolds y elfos, seres sin corazón y de alma helada. Los complejos, en
efecto, son el origen de la representación de los kobolds, los cuales, hablando
propiamente, son fragmentos psicológicos hechos hombres a causa de un
mecanismo que debemos precisar. Todo fragmento psicológico tiene en sí,
indudablemente, la tendencia a redondear su personalidad. Así, por ejemplo,
entre los alienados las voces que éstos escuchan son pensamientos que se les
escapan, que se han emancipado del control del yo y que se han hecho
audibles. Ahora bien, estas voces—y aquí está lo esencial para nosotros— no
se contentan con expresar los pensamientos que las inspiran, sino que
pretenden, además, ser la expresión de una personalidad dada, de un yo
definido. Tal es la razón de que el enfermo sea indefectiblemente víctima de
la convicción de que quienes hablan con esas voces y quienes le persiguen
son seres (16) [y es a causa de esta tendencia a la personalización por lo que
nuestros complejos han sido aprehendidos en el pasado bajo forma de elfos y
de kobolds] .
Los primitivos, en un mismo orden de ideas, consideran que el ambiente está
vivo y que, más o menos, todo lo que figura en el mundo circundante está
dotado de palabra. Cuando un problema los inquieta, van de noche a la selva
y hablan con los árboles, que les prodigan sus respuestas. O, también,
hallándose en el bosque, puede ocurrir que un árbol se dirija a un primitivo y
le ordene hacer tal o cual sacrificio; el hombre, entonces, debe obedecer.
Igualmente, todos los animales pueden hablar, y todos están dotados de una
comprensión profundamente humana; no hay en ello motivo de asombro,
pues los elementos del alma del primitivo no se mantienen coherentes en el
mismo, sino que se encuentran proyectados en las cosas o los seres del
mundo que le rodea, en los que producen eco. También nosotros
proyectamos todavía nuestros datos psíquicos en el mundo exterior; nuestro
mundo es aún un mundo animista, aunque de forma menos manifiesta y
menos evidente para nosotros. Pero si nos fuera dado ver nuestra vida actual
o leer libros de la época presente con una perspectiva de dos mil años, veríamos
son sorpresa todo lo que nuestra vida contiene de proyecciones. Hoy no
las percibimos: tienen la evidencia y la naturalidad de las cosas que no
pueden ser de otro modo. Sin embargo, ya se pueden descubrir ciertas
proyecciones. Hay, por ejemplo, personas que tienen que hacer un esfuerzo
casi sobrehumano para lograr darse cuenta de que otro ser no es ni malo ni
vulgar—atributos que le aplican gratuitamente, en función de la proyección
de sus malos aspectos personales—, sino que vive según una psicología
diferente de la suya propia. O también: siempre hay gente que cree que lo
que ellos juzgan bueno es válido para el mundo entero. Todos éstos son
rasgos primitivos, que estamos muy lejos de haber superado .
Así, los complejos que llevamos en nosotros nos hacen vivir en un mundo de
proyecciones que, escapando corrientemente a nuestros sentidos, invalidan
de modo considerable el valor de objetividad de los testimonios que éstos nos
proporcionan. El campo de influencia de los complejos, sin embargo, no se
limita a esta revelación, ya de por sí inquietante. La autonomía singular de los
complejos, su facultad de sustraer energía a la conciencia y de apropiársela,
de ocupar por un instante el puesto de ésta, de influenciarla y regentarla;
todo esto se encuentra de forma sorprendente en un complejo normal, el
complejo del yo. Se supone, en general, que los complejos no son normales, mientras
son necesidades vitales; el yo, el complejo del yo, es un ejemplo de ello. El yo es
un complejo que dispone de energía, que es autónomo y que se siente libre.
Imagino que poseo una voluntad libre, que puedo hacer lo que quiero e ir a
donde me parezca. Pienso que todo esto es un derecho mío. ¿Qué es este
complejo del yo? Es un amontonamiento de contenidos imbricados unos en
otros, dotados cada uno de un potencial energético y centrados de forma
emocional en torno al precioso yo. Pues el yo tiene un efecto poderosamente
atrayente sobre toda clase de representaciones. Puede incluso por sí solo
ocupar toda la conciencia. Se accede así a una conciencia de sí exclusiva,
mezquina y penosa, que se agota en la preocupación y en la percepción de su
comportamiento exterior: se está poseído por el propio yo. Piénsese en un
orador tímido que tiene que ganar su cátedra y que prefiere que se lo trague
la tierra, etc. Los otros complejos, como hemos visto, tienen poderes análogos.
Pero existe una diferencia primordial entre los complejos en general y el del
yo en particular: el yo está dotado de conciencia. De este modo, puede volverse
sobre sí mismo y concebirse a sí mismo, mientras que los otros complejos no
parecen testimoniar ninguna conciencia. Por otra parte, es muy difícil—por
no decir imposible—precisar si los complejos tienen o no conciencia de ellos
mismos. Es frecuente que alguien se entregue a una acción que piensa que
está realizando conscientemente, cuando en realidad se produce sin que lo
sepa. Esto es más frecuente de lo que se suele creer. Es sorprendente ver lo
que la gente piensa unos de otros desde el punto de vista de su conciencia
recíproca. ¿Qué nos garantiza que, en un complejo ordinario, las relaciones de
los contenidos periféricos con su centro no constituyan una especie de
conciencia, no se correspondan con las relaciones que existen entre las
componentes periféricas del complejo del yo y su propio centro, el yo,
relaciones que son precisamente la conciencia? No podemos absolutamente
ni probar ni invalidar la probabilidad de una conciencia inherente a los
complejos; acaso éstos poseen trazas de conciencia. En esta hipótesis, los
kobolds serían seres inmorales que, despreciando el interés general y a costa
del conjunto, actuarían como individualistas por su cuenta .
Hemos constatado más arriba una compensación dinámica entre la conciencia
y los complejos, lo que nos obliga a abordar la cuestión de la energética
psíquica. Designo a la energía psíquica, en general, por el término de libido. Mi
hipótesis inicial es que, si la psique forma un sistema relativamente cerrado,
posee un potencial energético que se mantiene inmutable a través de todas las
manifestaciones de la vida; es decir, que si la energía suspende una de sus
exteriorizaciones, reaparecerá en otra. Supongamos el caso de alguien que se
interesa con pasión por una materia cualquiera. Un buen día todo el interés
que tenía por ella se evapora, dejando paso a una fría y razonable indiferencia.
Ahora bien, la energía en un sistema cerrado no podría desaparecer de
un punto sin surgir en otro, y debemos preguntarnos a dónde ha pasado la
libido, en qué nueva esfera de la persona se ha fijado o en favor de qué
necesidad superior ha cambiado de objeto. Efectivamente, en el caso de
nuestro ejemplo no dejaremos de observar en nuestro sujeto algo insólito, que
denota la presencia de la energía aparentemente desaparecida. Si nuestra
mente tiene en cuenta esta regla, podemos constatar una especie de
causalidad en el seno de los acontecimientos psíquicos, causalidad que no es
una continuidad lógica, sino que presenta el siguiente proceso: hoy, un sujeto
tiene un gran interés por tal o cual cosa; este interés, al día siguiente, parece
haber desaparecido, pero paralelamente se constatan trastornos abdominales,
por ejemplo; éstos cesan de pronto, a su vez, y hace su aparición algo nuevo,
pongamos una angustia inmotivada. En el pasado era imposible asignar una
continuidad lógica y causal a esta serie de hechos en apariencia heterogéneos.
No se sabía representar lo que una angustia podía tener que ver con tal o cual
imaginación, con tal o cual interés, entre los cuales se intercalaba una diarrea,
dolores de cabeza, vértigos, un enamoramiento, etc. Estos eslabones
heteróclitos, considerados inconmensurables entre sí, no parecía que
pudieran formar una cadena continua. Hoy sabemos que son la expresión de
las metamorfosis de una misma energía, que sufre saltos de nivel; en general
inerva a la conciencia, pero a veces ésta desaparece, desciende algunos
escalones y desencadena entonces accidentes tales como palpitaciones
cardíacas, dolores abdominales, erupciones cutáneas, para volver en seguida
a lo psíquico, a menudo bajo un aspecto inesperado, por ejemplo, el de una
idea o un estado emocional obsesivos. Mientras el pensamiento energético era
extraño a la psicología, todos estos fenómenos sucesivos aparecían privados
de denominador común. Se ignoraba las relaciones de equivalencia que han introducido
una unidad fundamental y un encadenamiento en el seno de estas
manifestaciones, cuya observación más antigua había quedado sin explicar.
He aquí un ejemplo que ilustra lo que acabamos de decir sobre estas
metamorfosis de la energía psíquica y que es particularmente interesante por
el hecho de que dos de los más brillantes clínicos alemanes formularon sobre
él diagnósticos erróneos. Se trata de una viuda de cincuenta y seis años que
cayó repentinamente enferma, presentando estados singulares y
desconcertantes, una especie de confusión mental y gritos hidrocefálicos. El
reconocimiento no había revelado nada, salvo una extraña afección cutánea
que había aparecido seguidamente en la espalda y que presentaba pequeñas
nudosidades, lo que había hecho pensar en un tumor maligno. No sé por qué
azar fui consultado en este caso, puesto que no habían considerado un
posible origen psíquico. Sin embargo, al reconocer a la enferma, constaté que
la erupción cutánea era simétrica a ambos lados de la espalda. Luego hice que
me trajeran el historial de la enferma, en el que se indicaba el lugar y el día en
que había aparecido el primer grito hidrocefálico. «¿Qué pasó entonces—
pregunté a la enferma—para que de pronto empezara todo esto?» No lo
sabía, no tenía la menor idea; hasta entonces había estado perfectamente bien
de salud, y todo aquello había comenzado de modo repentino. Pregunté a los
médicos que la habían tratado, los cuales me respondieron que habían
investigado concienzudamente, que habían preguntado incluso a los padres y
al hijo de la enferma, sin haber des- cubierto nada de particular. Pero, terco
como yo lo era (y como lo sigo siendo), le pregunté de nuevo a la enferma:
«Reflexione una vez más: era la semana anterior a Navidad, período de fiesta
en que se queda uno en familia.» Continuaba negando resueltamente .
—Probablemente hacía usted los preparativos de Navidad .
—No, no los hice .
—¿Por qué? —Porque mi hijo se marchaba .
—¿Por qué se marchaba? —Iba a casarse .
—¿Y tenía que partir? —Sí, en contra de mi deseo .
—¿En qué fecha? —Tal día .
Y fue ese día precisamente cuando sobrevino el primer grito hidrocefálico. Le
dije a los médicos: «Sapienti sat; es una histeria»; lo que fue confirmado poco
después. Cuando me marchaba, la enferma me alcanzó en la puerta y me dijo:
«Doctor, me alegro de su diagnóstico: yo siempre había pensado que era un
caso de histeria.» La desaparición de una de sus razones de vivir había sido
seguida en la enferma por una acumulación considerable de energía en un
lugar determinado e inadecuado de su organismo psíquico, lo que había
provocado sus gritos hidrocefálicos, cuya causa no lograban explicarse. La
enferma, una viuda, no podía aceptar que su mal era causado por el amor de
su hijo hacia otra mujer; algo en ella decía, revolviéndose: mi hijo-amante me
abandona y me deja viuda por segunda vez; de aquí sus gritos, pues la
enferma no quería confesarse a sí misma su verdadera situación afectiva.

Notas:
15- Cuarta conferencia.
16- Podríamos hacer observaciones análogas a propósito de las visiones y de las
alucinaciones de los alienados. Añadamos que esta personificación de los complejos no es necesariamente patológica; es corriente en nuestros sueños. Adiestrándose, nuestros complejos pueden hacerse visibles y audibles en estado de vigilia; el objeto de cierta
disciplina del yoga es dividir la conciencia en sus componentes y hacer de cada una una
personalidad distinta. Nuestro inconsciente tiene también sus. figuras típicas y
personificadas, como, por ejemplo, el anima y el animus. (Véase a este respecto: C. G. JUNG,
Dialectique du moi et de l'inconscient, prefacio y adaptación del doctor Roland Cahen,
Galllmard, París, 1963.)

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