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Estudio del psicoanálisis y psicología

Psicología Evolutiva: Educación sexual (6 a 12 años). Los sentimientos amorosos



La educación sexual de niñas y niños de 6 a 12 años
(Autoras: Graciela Hernández Morales, Concepción Jaramillo Guijarro)

8- Los sentimientos amorosos.

Las imágenes del amor:

En diversos cuentos y películas, niños y niñas aprenden el modelo de amor romántico. Son historias que transmiten una idea del amor muy bonita, pero falseada o caricaturizada. Príncipes que son sapos hasta que reciben el beso de su amada. Princesas que pasan sus días esperando a que su amor las rescate. Doncellas que, con su belleza, enamoran al príncipe más apuesto del reino.
Estas imágenes despiertan algunos sentimientos positivos, pero, el modo de interpretar y canalizar estos sentimientos no lo son tanto. Por ejemplo, pueden llegar a pensar que, cuando se enamoren, no podrán vivir sin su persona amada. Imaginándose así un modelo de pareja basado en dos medias naranjas que se necesitan para completarse, en lugar de pensar en dos naranjas enteras que andan una al lado de la otra libremente.
Asimismo, muchas niñas sentirán que necesitarán de su ser amado, de su príncipe azul, para
dar pleno sentido a su vida, como si fuera posible que alguien pueda dar sentido a la vida de otra persona. Estas ideas sobre el amor pueden dar lugar a situaciones como ésta: Una niña de 9 años está encantada con su novio y tiene miedo de que él la deje como dejó a otra, pues no lo soportaría.
Su amiga del alma le dice: ‘tranquila, a la tonta de la otra la dejó por no morrearse, si tú haces lo que él quiere y te morreas, no te dejará…’ Estas niñas necesitan saber que una persona puede aportar herramientas, referentes o aliento para enriquecer una vida, pero no puede ser el centro ni el sentido de la misma.
Muchos de estos cuentos muestran uno de los lados más bonitos del amor, ese momento en el que la persona enamorada gritaría al mundo entero lo que siente. Estas imágenes les encantan y les preparan para acercarse al amor con gusto y sin miedo. Aunque también es cierto que esta sensación de apertura tan grande que sentimos cuando nos enamoramos no es suficiente para sostener una relación amorosa. Cuando un cuento termina con ‘se casaron, fueron felices y comieron perdices’, podemos iniciar una conversación invitándoles a pensar en aquello que hace posible que una pareja sea feliz.
No se trata de dejarles sin referentes sobre el amor, sino de elegir bien los cuentos o películas y de acompañarles y prestar atención a lo que sienten y perciben cuando los leen o visualizan.
Tampoco se trata de inculcarles miedo y pesimismo ante sus posibles relaciones amorosas, sino de prepararles para vivir esa experiencia con gusto y dándole un sentido propio, no estereotipado, al amor.
Las niñas suelen interesarse más por estos cuentos, por el amor en sí mismo, y por los sentimientos en general. Por todo ello, su imaginario sobre el amor suele ser más complejo y profundo.
Los niños, en cambio, no suelen mostrar tanto interés por estas cuestiones. Esto suele ser así, no porque realmente no les interese, sino porque llegan a sentir que son ‘cosas de niñas’ o ñoñerías.
Ellos suelen mostrar más interés por los disfraces, cuentos o películas de héroes, guerreros, monstruos o salvadores de la humanidad. A través de estos personajes construyen un imaginario más cercano a la conquista que al amor en sí mismo y, de este modo, pueden llegar a sentir que su papel es el de conquistar a ‘la chica’.

De la amistad al ‘cuelgue’:

Niñas y niños sienten mayor afinidad, están más a gusto, eligen estar más tiempo con unas criaturas que con otras. Las amigas y los amigos se eligen en función de este conjunto de sensaciones.
Si logran comunicarse y afrontar sus conflictos sin hacer daño a la relación, ésta será más fecunda.
La amistad, por tanto, es una relación afectiva en la que intercambian, no sólo juegos, sino también sentimientos y complicidades.
En cualquier momento, una niña o un niño empezarán a sentir una atracción diferente a la que sienten habitualmente por sus amistades y familiares. Es una atracción que les lleva, no sólo a querer estar con esa persona, sino a estar lo más cerca posible de ella. Tiene que ver con un deseo mayor y diferente de contacto físico.
Un niño de 8 años ha visto a su madre muchas veces desnuda pero, de pronto, se queda ‘hipnotizado’ viendo los pechos de una mujer que sale en un anuncio televisivo. La madre, al verlo, le comenta: ‘¿qué te pasa? ¿No has visto nunca unos pechos de mujer?’ Y él dice: ‘sí, los he visto, pero estos me gustan’.
Es probable que este niño ya hubiera visto estos mismos pechos en televisión. Pero, de pronto le gusta de forma especial lo que antes le parecía lo más normal del mundo. Cambian los significados de ese cuerpo que ya estaba ahí, se vuelve más bonito, más digno de admiración.
A esta atracción, niñas y niños dan significados diversos. En algunos casos, los niños, sobre todo cuando son más mayores, interpretan la atracción que sienten hacia otra persona como algo incontrolable, convirtiéndola en una sensación que les da vía libre para invadir el cuerpo ajeno. Por ejemplo, les puede llevar a mirar los pechos de una chica o a hacer comentarios en voz alta sobre ellos, de tal modo que ésta se sienta incómoda. Cuando actúan así, se alejan afectivamente, en lugar de acercarse, de la persona por la que sienten atracción.
Por otra parte, pueden llegar a pensar, sobre todo en el caso de las niñas, que, si esa atracción es fuerte, quiere decir que la persona por la que se sienten atraídas es el amor de su vida. O sea, dan a esa sensación de apertura grande y de deseos de conocer y tocar a otra persona, unos significados que desbordan lo que realmente les está pasando. Una atracción es algo agradable, pero es sólo eso; es una atracción que puede dar lugar a una relación más profunda, pero no siempre ocurre así.
Las ideas que alguien tiene sobre la persona por la que se siente atraída, sean éstas reales o no, pueden dar lugar al ‘cuelgue’, a una atracción que se mantiene a lo largo del tiempo sin que se dé un mayor acercamiento o profundización de la relación. Esto puede ocurrir con alguien conocido o con alguien a quien no se conoce, como, por ejemplo, un actor de cine o una presentadora de televisión. Una niña o un niño pueden confundir esta sensación con el amor, idealizando a la persona por la que sienten el ‘cuelgue’.
Pero, ¿qué les atrae a niñas y a niños? La atracción que sentimos hacia otras personas responde a aquello que buscamos. Pero eso que buscamos no siempre responde a lo que realmente nos hace sentir bien. A veces, está muy influida por mitos aprendidos que confunden nuestra percepción sobre qué es interesante y produce felicidad.
Por ejemplo, hay niñas que se sienten atraídas por niños que destacan por su fuerza o rendimiento deportivo. Otras niñas se ‘cuelgan’ de niños o de niñas que se fijan en ellas y les dicen palabras románticas. Es como si buscaran ser el centro de atención a través de la mirada ajena, más allá de si estos niños o niñas les aportan algo positivo o no. Aunque también es cierto que cada vez son más las niñas capaces de vivir esa atracción sin olvidarse de sí mismas.
Por su parte, hay niños que, al sentirse atraídos por las formas o medidas del cuerpo de una niña, llegan a idealizarla y a ‘colgarse’ de ella sin conocer sus gustos y sin tener en cuenta su carácter. Aunque no a todos les pasa así. Algunos niños se sienten atraídos por las niñas con las que intuyen que pueden compartir sus cosas y sus juegos, y a veces se sienten atraídos por otros niños.
De la misma manera que sienten atracción por otras u otros, sienten también ganas de gustar
y atraer. Un niño de 9 años se siente especialmente atraído por una niña de su misma edad. Se lo cuenta a su madre con cierta tristeza porque sabe que las niñas dicen de él que es un bruto y, por eso, piensa que no tiene muchas posibilidades de que ella se interese por él. Antes de ir a la fiesta de cumpleaños de esta niña, él se pone muy nervioso y, antes de salir, pregunta a su madre: ‘¿estoy guapo así?’
Esta situación nos dice que algo está cambiando, que muchos niños, aunque se muestren brutos y poco afectivos, ya han aprendido que ésta no es una buena manera de relacionarse con las niñas. A muchas de ellas ya no les parece atractivo que un niño se porte así y buscan otro tipo de relación con ellos. Una niña de nueve años le dijo a una amiga: ‘a mí me gusta un niño de sexto porque no es machista’.

Los ingredientes del amor:

El amor surge en la propia relación cuando, además de la atracción, ganas de estar cerca y gusto al tocar la piel de determinada persona, es posible sacar lo mejor de cada cual en el intercambio.
El entendimiento, la aceptación y la apertura son ingredientes que hacen que una simple atracción o un gran flechazo puedan convertirse en una historia de amor. Sin estos ingredientes, un ‘flechazo’ se diluye o, en el peor de los casos, se estanca a modo de obsesión.
Del mismo modo que las personas cambiamos a lo largo de nuestras vidas, también cambian
las relaciones que establecemos. El amor es creación, es el arte de acoger las experiencias y transformaciones vividas por cada persona como un alimento que hace posible mantener viva la relación.
Saber esto es saber que el amor no es algo que dura toda la vida por arte de magia. Su duración y profundidad dependerá de lo que una relación sea capaz de generar.
Niñas y niños, más tarde o más temprano, conocerán a parejas que se separan. Puede tratarse de su padre o su madre, de personas cercanas a su entorno o que salen en series televisivas o en programas de actualidad. Estas situaciones pueden servir de pretexto para iniciar una conversación sobre la necesidad de estar a gusto con la persona que se elige como pareja y que, cuando no se encuentra el modo para que esto sea posible, esa relación deja de tener sentido. A veces, una separación permite mantener a salvo algunos sentimientos de afecto hacia la otra persona, mientras que forzar algo que ha dejado de tener sentido suele producir dolor, sensaciones negativas e incluso rechazo hacia el otro o la otra.
Muchas criaturas están más preparadas de lo que pensamos para entender cuando una relación
amorosa ya no tiene sentido. Por ejemplo: Una niña de 8 años, al tener un padre déspota y violento, pidió a su madre que se separara de él. Un día le dijo: ¡mamá, vámonos! Esta frase cogió de sorpresa a la madre, ya que ésta no se había atrevido a dar el paso de la separación por miedo a que su hija sufriera, pero, en realidad, la pequeña ya estaba sufriendo.
Es importante que las criaturas aprendan a VER a las personas que quieren. Esto significa no dejarse atrapar por una idea prefabricada sobre esa persona que no les permita iniciar la aventura de descubrirla realmente. Esto implica llevar el corazón a terrenos concretos, relacionarse con una persona real y no con lo que la niña o el niño quieren que sea esa persona.
La idealización les puede llevar a poner a la otra persona en un pedestal, como si fuera alguien perfecto, sin defectos. Esto produce mucha confusión o desazón cuando descubren que esa persona, a veces, hace las cosas mal. Por eso, tienen que saber que todas y todos tenemos defectos, y que esto no significa que no seamos dignos o dignas de amor.
Todo esto no es algo que afecta sólo a las relaciones de pareja, sino a cualquier vínculo afectivo. El modo en que niños y niñas sienten y establecen sus relaciones, sean con sus amigas y amigos, con personas de su círculo familiar o con otras figuras de referencia como alguna maestra o el portero del edificio donde viven, nos dan cuenta de los significados que dan a la palabra ‘querer’.
Es fundamental que aprendan a sacar el mayor jugo a sus relaciones, sin aceptar o justificar aquello que les hace daño. Tienen que saber que el amor no es un ente abstracto que todo lo cura, sino algo que se pone en las relaciones y que es incompatible con el maltrato o la violencia. La mejor manera de transmitir todo esto es relacionándonos bien con las niñas y los niños. Sólo aprenderán a querer, sin dañar y sin mendigar una muestra de afecto a cualquier precio, si se les ha querido, o sea, si se les ha entendido, aceptado y escuchado.
Esto no significa que una relación amorosa se caracterice por la ausencia de conflictos, dificultades o altibajos. Lo que la caracteriza realmente es la forma de afrontar estas situaciones. Cuando hay comunicación, interés por aprender del otro o la otra y ganas de expresar lo que se siente sin hacer daño, los conflictos y las dificultades pueden ser oportunidades para profundizar aún más en la relación. Aunque no siempre resulte fácil, ésta es una parte de las relaciones a la que hay que prestar especial atención si queremos que siga dando sus frutos.
Cuando niñas y niños interiorizan una noción del amor en la que no hay fisuras, en la que todo fluye sin aristas, pueden sentir que, cuando alguien piensa de una manera diferente a la suya o no le gusta algo que haya hecho, en el fondo es que no le quiere. Puede sentir también que las dificultades y malentendidos indican que dos personas son incompatibles entre sí y no simplemente dispares.
Esto les puede llevar a esconder sus discrepancias para no estropear el ‘idilio’ o a separarse ante la menor dificultad, sin pararse a buscar el modo de hacer posible un entendimiento.
Cualquier relación afectiva supone respetar, dar importancia a las necesidades y opiniones de la otra persona, saber compartir, dar cariño, estar pendiente del otro o la otra. Pero, ¿hasta dónde? Cualquier niño o niña necesitan aprender a abrirse al otro o a la otra que es diferente a sí, dejarse dar, empatizar, descubrir el placer de ayudar y escuchar a otra persona.
Aunque pueda parecer una paradoja, salirse del ‘propio ombligo’ es un ejercicio que da libertad y ligereza a un ser humano. Cuando alguien se siente muy a gusto con otra persona y se abre a lo que ella le quiera dar, tendrá la oportunidad de descubrir nuevos puntos de vista, sentir emociones distintas, ir a lugares que le eran desconocidos.
Si niñas y niños aprenden a reconocer y valorar que gran parte de lo que saben y son capaces de hacer se lo deben a otras personas que han estado ahí, dándoles palabras, referentes, conocimientos, cultura e incluso la vida, aprenderán a ser más humildes y a cuidar de las y los demás porque sabrán que cada relación es un tesoro.
Reconocer que necesitamos de otras personas para existir y para desplegarnos en el mundo nos acerca a una libertad en relación. Todas y todos la hemos experimentado cuando, gracias a la relación con otra persona, hemos podido aprender y desarrollar cosas. Tomar conciencia de esto nos lleva a saber que la libertad de las otras y de los otros llena el mundo de referentes y de riqueza con los que relacionarnos, aprender, desarrollarnos y, por tanto, nos da la posibilidad de ser más libres.
La libertad en relación pone en tela de juicio esa otra idea de libertad que dice, en contra de la evidencia de los sentidos, que es posible “hacerse a sí mismo” sin vínculos, sin relación. Ahora bien, dejar ‘el propio ombligo’ no implica quedarse ‘fuera de sí’; escuchar a otra persona no implica dejar de escuchar lo que nos dice la propia piel. Se trata de hilar fino, para cuidar, escuchar y atender con gusto y placer sin someterse a las y los demás.
Esto se puede aprender en la propia relación educativa. Por ejemplo, un padre que está centrado en sí, respetará, escuchará y cuidará a su hija, pero no permitirá que ésta lo trate mal pisando el suelo que acaba de fregar o gritándole cuando tiene fiebre. También lo aprenden a través de lo que observan en el modo de relacionarse de las parejas adultas que tienen cerca. Por ejemplo, si una madre no acepta que su pareja le grite o trate mal, estará dando un buen referente a sus hijas e hijos.
En el amor también cabe el NO. Una niña de 10 años siempre hacía los deberes a su ‘amiga
especial’. Su educadora, al darse cuenta de la situación, preguntó a esta niña si ella hacía estos deberes a gusto o si los hacía algo forzada. La niña le contestó: ‘yo se los hago porque a mí se me da mejor, aunque a veces no me da tiempo para hacer otras cosas que me apetece’. La educadora le dijo: ‘Si tú quieres hacer una cosa y te sientes a gusto, pues hazla, pero no dejes que te presionen para que hagas lo que no quieres hacer. Mírate dentro, ¿realmente quieres hacer siempre los deberes a esta chica?’ Y, tras un tiempo de charla, la niña dijo que a veces lo hacía con gusto y otras veces no.
Tomarse en serio aquello que sentimos, también aquello que nos pasa cuando alguien nos ofende y nos hace daño, y saber expresarlo sin ofender ni dañar, es un paso importante para poner las pautas que permiten establecer una relación sana. Esto significa situarse en un lugar adecuado a la hora de abrirse, para crear un pequeño proyecto que nazca del intercambio real de opiniones, deseos e intereses, es decir, de un intercambio donde nadie se crea la medida de todas las cosas.

Reconocer y expresar sentimientos:

Un grupo de niñas de 10 años pusieron, en su clase, un cartel enorme lleno de corazones con
los nombres de los niños que les gustaban. Una niña de 7 años vio el cartel y les pidió poner ella también un corazón con el nombre de un niño. Estas niñas lo aceptaron y se creó entre ellas mucha intimidad y complicidad.
Reconocer y expresar lo que sienten es algo que las niñas suelen hacer desde que son muy
pequeñas, aunque no siempre lo consigan o lo sepan hacer de la mejor manera. Es habitual que dediquen mucho tiempo a ahondar en sus sentimientos, sobre todo en aquellos que tienen que ver con la atracción, el amor, el querer. Es un ejercicio que a muchas les suele gustar especialmente.
Esto no suele ser vivido con tanta intensidad y profundidad por los niños. Muchos, desde que son muy pequeños, interiorizan la idea de que hablar de sus sentimientos es algo que no casa bien con la masculinidad. Cuando se sienten atraídos por una niña, es más fácil, por ejemplo, que digan ‘ésta es mi novia’ a que cuenten lo que sienten por ella.
Son muchas las maneras en las que, tanto niñas como niños, expresan lo que sienten. Acompañarles en este proceso, escucharles y ayudarles a encontrar las palabras adecuadas para decir lo que quieren decir es un buen ejercicio para que aprendan a fiarse de lo que sienten. Esto les permite discernir mejor lo que les gusta de lo que no les gusta, cuándo quieren que les toquen y cuándo no, si quieren continuar con una relación o no.
Uno de los sentimientos más difíciles de nombrar y gestionar son los celos. Es un sentimiento que tiene que ver con el miedo a perder el afecto de la otra persona. A menudo, responde a la falsa idea de que tenemos un cupo de afecto y que, por tanto, si queremos a una persona tendremos menos amor para dárselo a otra.
Reconocer los celos que sentimos, nombrarlos sin culpar al otro o a la otra de lo que sentimos, permite encontrar formas más satisfactorias de relación. Un niño de 7 años vivía sólo con su madre.
Esta mujer decidió alquilar una habitación a una mujer durante unos meses. Ambas se pasaban horas hablando y eso le daba muchos celos a este niño. Pero él fue capaz de expresarlo y de proponer un trato: su madre hablaría un rato con la inquilina y otro rato con él. Ellas estuvieron de acuerdo y él pudo adaptarse mejor a la nueva situación.
Hay sentimientos que cuesta menos reconocer y expresar como la tristeza, la alegría o el enfado.
Aunque, a veces, cuando los niños o las niñas presienten que sus sentimientos hacen que otra persona también se sienta mal, optan por negarlos o callarlos. Por ejemplo, una niña de 11 años no le dice a su madre que está triste porque sabe que a ella no le gusta verla así. Pero esta niña no es responsable de lo que les pasa a las demás personas cuando ella está triste. Es inteligente tomarse en serio lo que el otro o la otra sienten y, desde ahí, buscar el momento adecuado y las palabras idóneas para decir lo que nos pasa. Pero, otra cosa bien distinta, es negar lo que sentimos como si así pudiéramos proteger a las demás personas de sus dificultades.
Hay sensaciones que tienen que ver con la atracción, la seducción o el despertar de sensaciones nuevas que niñas y niños no siempre saben reconocer. Es necesario escuchar qué nos quieren decir realmente cuando expresan este tipo de sentimientos y también darles palabras para que puedan profundizar en su relato.
Una niña de 9 años le dice a su madre: ‘¿Cómo te llevaste al más guapo de todos? Ahora no tendré novio, porque nunca encontraré a otro como mi padre.’ Con estas palabras, esta niña expresa que siente algo muy profundo por su padre. Ella necesita tiempo para hablar, entender y expresar qué siente realmente por él, para lograr que esta idealización se convierta en algo fructífero. Lo mismo le pasa a un niño de 7 años que dibuja a su madre rubia y alta, como si fuera una princesa, cuando en realidad es baja y morena.
A veces, la dificultad para hablar sobre este tipo de sensaciones, tiene que ver con el pudor, saben que es contar algo muy íntimo que suele generar risa entre sus mayores. Un niño de 9 años le dice a su madre ‘me parece que me estoy enamorando, anoche no pude dormir porque estoy enamorado’ y, cuando lo dice, mira para otro lado. Tiene la confianza para decir ‘¡es que yo le gusto a una niña y no sé si ella me gusta a mí también!, pero lo dice rápidamente, con cierto recelo y vergüenza. En situaciones como ésta, si encuentra a una madre dispuesta a escuchar y a ser su cómplice, es probable que siga expresando lo que siente, pero si se encuentra con risas o burlas, su silencio será inmediato.
Muchas niñas y niños dicen ‘no sé si me gusta fulanita o menganito’. Cuando nos dicen algo así, les podemos plantear cuestiones concretas que les permitan entender mejor qué sienten. Por ejemplo. Una niña de 10 años le dice a su educadora que no sabe si le gusta un niño de su misma edad. La educadora le pregunta: ¿Tienes ganas de estar cerquita de él? ¿Te parece simpático? ¿Te llevas bien con él? ¿Tienes ganas de conocerle más? Y la niña responde a todo eso que sí. Entonces, la educadora le dice: ‘Pues parece que sí que te gusta’. Pero la niña vuelve a decir ‘pues no lo sé’.
Con esta afirmación, esta niña plantea a su modo que quiere seguir indagando sobre sus sentimientos.
Asimismo, es probable que le esté dando a la palabra ‘gustar’ un significado especial, tal vez lo que quiera decir realmente es ‘no sé si lo que siento es amor o no’. Y ésta es una oportunidad estupenda para hablar sobre el amor y sus mitos.
Ellos y ellas necesitan aprender a reconocer y expresar sus sentimientos, no sólo a sus mayores, sino también a las niñas y a los niños por quienes sienten algo especial. Un chico alto y fuerte de 11 años empuja a una chica delgada y bajita de su misma edad. La chica se siente intimidada y se echa a llorar. El educador pregunta a este chico si se siente atraído por esta chica y él le contesta que sí.
Entonces, el educador le explica que si quiere acercarse a ella no puede tratarla a empujones.
En una clase de tercero de primaria, existe un buzón en el que niñas y niños se escriben entre sí. Un día, dos niños escribieron una carta a una niña, dibujaron un corazón y dijeron que querían ser novios de ella. La niña leyó la carta, pero no sintió ningún interés por la misma. La maestra se enteró que estos niños vivieron este episodio muy mal porque sus madres le dijeron que ambos estaban muy tristes. La maestra aprovechó la situación para decir a la niña: ‘no tienes que decirles que sí, si lo que sientes es todo lo contrario, pero no hace falta que los ignores, contéstales y diles que no.’
Hay muchas maneras de expresar el afecto hacia un niño o una niña. Un niño de 7 años dice que está enamorado de su novia. El día de San Valentín, ella le regala un reloj de publicidad y él le hizo un dibujo con dos dragones enamorados.
Es habitual, sobre todo a partir de los 9 ó 10 años, que niñas y niños se cuenten, por ejemplo, “tú le gustas a mi amiga”. A veces, este intercambio de información se vuelve presión: ‘a ti te gusta este chico, ¿a que sí?’. Muchas y muchos no se sienten bien cuando escuchan hablar de su propia intimidad en estos términos. A veces, esto les lleva a mantener secretos. Más aún, cuando la atracción que sienten se dirige hacia alguien de su mismo sexo. Una niña dio una nota a su maestra y le dijo ‘te doy esto por escrito para que lo leas sólo tú, pero no lo leas en voz alta’.
Asimismo, estas situaciones generan infravaloración en quienes, aparentemente, no gustan tanto. Una niña tiene a varios niños detrás de ella, mientras que su hermana gemela no. Es una niña que se relaciona muy bien, pero ningún niño se muestra interesado por ella y esto hace que se sienta mal. Es importante hablar también de este tipo de sentimientos y saber que el hecho de que ningún niño le pida que sea su novia no significa que no guste.
En este proceso de detectar, escuchar y hablar sobre sensaciones y sentimientos, es fundamental la complicidad entre maestras, maestros, madres y padres.

Tener novia, tener novio:

Aunque las niñas suelen interesarse más por las cuestiones amorosas, tener novias o novios es una cuestión que suele interesar más a los niños, sobre todo cuando de lo que se habla realmente es de la conquista, de ‘me la he ligado’. Quizás esto tenga que ver con los estereotipos que generalmente están detrás: ‘el niño seduce y la niña se deja seducir y elige’. Un niño lleva desde infantil enamorado de una niña. Ahora están en sexto de primaria y le sigue escribiendo cartas de amor. Y la niña dice que no entiende por qué él quiere ser su novio si son amigos y están bien así.
Si se les pregunta cómo es su pareja ideal, los chicos, aunque señalan diversas cuestiones,
suelen dar mucha importancia al aspecto físico. Dicen que su pareja ideal es una chica con buen cuerpo, o sea, que tenga buenas tetas, sin demasiado culo, buenas caderas, etc. Las chicas, por su parte, también hablan del físico, pero suelen destacar más otros aspectos como ser educado, amable, divertido o simpático. Algunas van más allá, y buscan un chico que sepa expresar lo que siente.
Les podemos preguntar qué harán cuando su pareja envejezca, engorde o se arrugue. Considerar el aspecto físico por encima de otras cuestiones, es plantear un modelo de pareja errático.
Para unas y para otros tiene mucha importancia la fidelidad. Ahora bien, este principio no
es igual en ellos que en ellas. Muchos chicos, aún hoy en día, consideran que son ellas las garantes del mismo, como si ellos no pudieran controlarse ante ‘una provocación’. Dicen, por ejemplo, ‘quiero una chica que se haga respetar’, haciéndola responsable de la ‘falta de respeto’ que pueda sufrir.
Asimismo, muchas y muchos consideran que sentir celos es un indicador del amor: a más celos, más amor. Sin embargo, lo que indica realmente es inseguridad o desconfianza. En una clase, una niña de 10 años dijo que ‘como los chicos se van con cualquiera, te pueden dejar a la primera de cambio, y yo no quiero ser un repuesto fácil para nadie’.
Para algunos chicos y algunas chicas, los celos significan controlar a su novia o novio. Con 11 años, ya hay niños que dicen a sus novias que no les gusta que vayan con determinadas amigas o que se vistan con determinada ropa. Ellas y ellos tienen que saber que no pueden obligar a nadie, ni obligarse a sí mismos o a sí mismas, a cualquier cosa que les hagan sentirse mal.
A veces, dan más importancia a los celos o a la fidelidad que a la comunicación, complicidad, honestidad o confianza, como si la pareja fuera una propiedad en vez de un vínculo. Y esto no es extraño, porque muchos de los mitos amorosos de nuestra cultura resaltan esta idea. Una buena conversación sobre aquello que nos hace felices en una relación afectiva puede aminorar la fuerza que tiene esta visión de las cosas.
Esta cuestión es compleja. Considerar que el otro o la otra es de nuestra propiedad, da lugar a un tipo de dependencia que produce anulación y atadura, pero, como ya hemos visto, existe otra dependencia que da libertad, esa que nos dice que con tal persona podré hacer determinadas cosas que sin ella sería incapaz. Una cosa es la autonomía que nos permite estar en nuestro centro y otra cosa es ‘hacer lo que nos de la gana’. En una clase de sexto de primaria, una niña dijo que no quería ser novia de un chico independiente. El profesor le preguntó: ¿qué quieres decir con esto? Y ella respondió: ‘quiero que él cuente conmigo’.
En general, niñas y niños tienen interiorizada la idea de que la pareja ideal es alguien del otro sexo. Aunque no siempre rechazan la posibilidad de formar pareja con alguien de su mismo sexo. Un padre comenta a su hijo de 7 años que, cuando lo ve con su amigo, les parece que son novios, siempre están juntos y parece que no pueden vivir el uno sin el otro. Y el niño dice: ‘a lo mejor soy gay, no lo sé’.
Hay cuestiones que pueden parecer banales pero que necesitan aprenderse. Por ejemplo, una
madre dijo a su hijo: ‘si aprendes a ser limpio, a no oler mal, a no hacer pis fuera del water, a recoger la mesa, a tirar de la cadena, etc. te será más fácil que, de mayor, encuentres a una pareja, a alguien que quiera vivir contigo’.
Lo mismo ocurre con el trabajo doméstico. Estas tareas hacen posible que vivamos con salud
y calidad de vida. Saber hacerlas y valorarlas, les permite establecer relaciones donde se da el cuidado mutuo, y no el cuidado de uno a costa de la otra. Asimismo, les da una mayor autonomía para elegir cómo, con quién y dónde quieren vivir.
Las ideas que niñas y niños tienen sobre la pareja les hacen vivir sus primeras relaciones amorosas con más o menos felicidad y libertad. A veces, dicen que son novios o novias de otra persona a muy corta edad. Por eso, es importante que tengan la oportunidad de hablar y profundizar sobre su forma de sentir y vivir el amor y la pareja.
Es importante poner estas experiencias en un contexto de infancia. Una maestra dice a sus
alumnas y alumnos de 7 años: ‘cuando seáis mayores tendréis novio o novia si os gusta alguien especial y así lo queréis, pero ahora, de momento, vosotros y vosotras jugáis a ser novios o novias.’ Esto no significa que a estas edades no se enamoren ni establezcan vínculos especiales de gran importancia en sus vidas. Simplemente queremos destacar que, a veces, cuando hablan de ser novios o novias, suelen referirse a un intento de reproducir lo que perciben qué es el noviazgo adulto y esto les resta libertad para vivir lo que realmente quieren vivir. Sin olvidar que incluso algunas personas adultas sienten que la palabra ‘novia’ o ‘novio’ no expresa el tipo de relación que ha creado con su pareja.
Con 8 ó 9 años, no juegan tanto a las novias y los novios como cuando son menores. Pero, al
final de este periodo, suele resurgir este interés de otro modo, con otros significados. Aunque, cada cual vive este proceso y cada experiencia amorosa de un modo diferente. Estas tres situaciones que podrás leer a continuación son sólo una pequeña muestra de las maneras tan dispares y distintas con la que cada criatura humana vive y siente el amor, la atracción o el noviazgo: Un niño de seis años tenía una novia en el colegio, pero no se lo había contado a su madre.
Un día, esta mujer se encontró con la madre de la niña. Ésta le contó que su hija le había dicho que era novia de ese niño y que ambos se besaban debajo de un árbol en el recreo. La madre del niño le preguntó si era verdad eso que le habían dicho y él le dijo que sí.
Un niño de once años que nunca había dado muestras de interesarse por las chicas, anuncia que se va al cine con una niña. Fueron novios durante un tiempo. Al pasar unos meses, su madre le preguntó por la niña, y él le dijo que lo habían dejado porque se aburría con ella. Más tarde, inició una relación amorosa con otro chico con el que no se aburría.
Una niña de once años le dijo a su madre que había quedado con gente de su colegio para
despedir a un niño que se marcha de ese centro escolar. Ella tenía una relación especial con este niño y estaba muy triste porque él se marchaba. Su madre la acompañó a comprarle un regalo de despedida y la niña le enseñó lo que él le había regalado. La madre se tomó muy en serio lo que estaba viviendo su hija y comprendió que se trataba de algo muy importante para ella. Durante un tiempo, la niña estuvo ‘en las nubes’, pensando todo el tiempo en él. Pero, al mes siguiente, se le había pasado.

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